dimanche 21 octobre 2012

María Eugenia TAMBLAY/ Crisis económica La mirada desde la filosofía


Crisis económica La mirada desde la filosofía
Por María Eugenia TAMBLAY

Alejandro Vigo: "Me preocupa que no exista en Europa una visión más realista de la crisis"

Vehemente, por talante, procedencia e historia, Alejandro Vigo ofrece una visión, desde la filosofía, del momento actual del Viejo Continente. Sus palabras son una invitación a reflexionar.

Alejandro Vigo es uno de los más destacados filósofos contemporáneos. Especialista en Platón y Aristóteles, así como en el pensamiento de Immanuel Kant y Martin Heidegger, es autor de más de noventa artículos y premio Friedrich Wilhelm Bessel 2011, que se otorga a los grandes científicos internacionalmente reconocido que sirven de referentes para la investigación en su campo de estudio.

Desde el año 2006 es profesor de la Universidad de Navarra, pero guarda un gran recuerdo de los diez que vivió en Chile, como profesor de la Universidad de los Andes, desde 1996 a 2001, y de la Universidad Católica, desde entonces hasta 2006. Aquí nació su hijo menor e hizo amistades que conserva y que explican que regrese siempre que sus compromisos profesionales se lo permiten.

Su bajo perfil y modestia le llevan a rechazar el calificativo de "maestro" que con absoluta seriedad y admiración le dispensan sus alumnos, entre los que se cuentan varios chilenos llegados al campus de la Universidad de Navarra en Pamplona con el exclusivo deseo de convencerlo de que les dirija la tesis doctoral. Los que no lo consiguen, porque sus investigaciones consumen la mayor parte de su tiempo, se conforman con lograr conversar con él algún día durante la pausa del café.

En esas conversaciones hace gala de una vehemencia propia de su carácter argentino. Pero cuando se le plantea la posibilidad de una entrevista, se retrae, duda, y pide tiempo para pensarlo. Finalmente accede con el deseo de que sus palabras aporten al debate en torno a la crisis económica y de institucionalidad que atraviesan España y Europa, así como también algunos países de Latinoamérica.

-Entre las causas de la crisis se menciona la avaricia, la falta de valores o la irresponsabilidad de políticos que construyeron estados benefactores incapaces de autofinanciarse. ¿Cómo cree que hemos llegado hasta aquí?
"Dar una explicación comprensiva de todos los fenómenos involucrados es muy complejo. Viniendo yo de la filosofía seguramente se espera que enfatice el problema de los 'valores', como se suele decir ahora. Y ciertamente la tentación está. Pero si uno enfatiza unilateralmente eso, llegará a explicaciones que no son suficientemente específicas, pues problemas de 'valores' han existido siempre y, sin embargo, no siempre habían desencadenado una crisis como esta. Yo no soy economista, aunque me interesa mucho el discurso económico y la economía como ciencia práctica. En este caso concreto creo que cabría preguntarse por qué esta crisis afecta fundamentalmente al mundo desarrollado, por qué los países más ricos están sufriendo una crisis de endeudamiento, público y privado, que sólo encuentra precedentes en la Gran Depresión. La conexión de ese problema con el problema de los 'valores' es evidente pues una crisis de endeudamiento, dejando de lado todos los aspectos técnicos -a quién se pidió el dinero, por qué se pidió...-, es una crisis en la que lo que se ve es una primacía del corto plazo sobre la perspectiva de mediano y largo plazo".

-¿Por qué Occidente ha pasado de ser una cultura del ahorro a una cultura del endeudamiento?
"Este es para mí el punto clave. No es solamente un asunto económico, pues se vincula a la forma en que el sujeto y las sociedades afrontan la condición humana, una condición de escasez en que los recursos de los que disponemos son siempre más limitados que nuestros deseos y propósitos, por lo que tenemos que resolver cómo gestionamos esa asimetría. Estamos frente a una cultura muy fuertemente anclada en el corto plazo; una cultura del endeudamiento y del reclamo, reclamo de una serie de cosas que nunca han podido ser satisfechas de esa manera en la historia humana y, sin embargo, el político promete satisfacer esos reclamos por la vía del endeudamiento. Esta es una cultura en que la sociedad civil no se pregunta qué es lo que debe aportar, sino, más bien, a qué debe aspirar, cuáles son sus derechos, cuáles sus necesidades que otros deben cubrirle. Esa es una constelación económica y también cultural que en mi opinión debe ser tenida muy en cuenta, pues de lo contrario no vamos a dar con el fondo del problema".

-¿Este cortoplacismo es coherente con el hedonismo, característico de la cultura actual?
"Sin duda. El ahorro no es sólo un tema económico. El ahorro requiere tratar con la finitud humana. Cuando ahorro tengo cierta conciencia de que mi vida es una totalidad temporalmente extendida, de que tengo que hacerme cargo del hoy pensando en qué vendrá después y de que muchas cosas que hoy me parecen relevantes no lo son, o no lo son tanto, viendo mi vida como un todo. Es un problema de racionalidad práctica. Las teorías de racionalidad práctica, tanto clásicas como modernas, nos dicen que es propio de los agentes racionales tener una perspectiva de la vida, concebida como una cierta totalidad de sentido, que desborda ampliamente el marco de las situaciones presentes. Y uno lee el presente a partir de las anticipaciones de futuro. Si uno se concentra, focaliza en el presente, no hay lectura significativa del presente. Y eso tiene mucho que ver con la diferencia entre consumir y ahorrar".

-¿Cómo se explica desde la filosofía esa primacía de la cultura cortoplacista?
"Yo no quisiera aparecer aquí como el gurú que da las claves últimas. Puedo hacer algunos alcances, con toda la modestia del caso, porque estas son cosas muy complejas y nos falta distancia para analizarlas. Teniendo en cuenta esas limitaciones, desde la perspectiva de la filosofía se puede decir que nuestra gestión vital tiene que ver con la asignación de importancia a las cosas. Lo que hacemos con nuestra propia vida es, de alguna manera, escoger criterios de relevancia que nos permitan enjuiciar, tomar decisiones sobre lo que es preferible y lo que es menos preferible, lo que es mejor o peor, lo que debe contar como más o menos importante. En un marco como el actual uno está bombardeado muy fuertemente de mensajes que tienden a focalizar la perspectiva en el horizonte más inmediato, que es casi un no horizonte. 'No sé lo que quiero pero lo quiero ¡ya!', decía una vieja canción de los años ochenta. Los discursos políticos nos dicen que hay que activar el consumo, que ahorrar es una irresponsabilidad, mientras que se le hace un servicio a la comunidad consumiendo, aunque uno tenga que pedir prestado. Si esto no es un fenómeno de locura colectiva, alguna semejanza con un autoengaño global, a mi juicio, tiene".

-Los autoengaños suelen ser muy difíciles de combatir.
"La lucha contra el autoengaño en filosofía procede de Sócrates. La gran paradoja de la estructura de la conciencia errónea es que, al que está instalado en ella, la conciencia errónea no se le aparece como errónea. Cuando uno detecta el error como error, ya no está en el error".

-Chirac dijo una vez: "El patriotismo es el amor a lo propio, el nacionalismo es el odio a los otros". ¿Le sorprende que este mensaje de odio esté calando tan fuerte en Europa?
"Debería sorprendernos. La reflexión, en general, la filosófica, en particular, comienza con el asombro, con la sorpresa. Si uno se acostumbra a todo, no reflexiona. En este caso me parece muy importante la distinción entre patriotismo y nacionalismo. En Alemania se distinguen muy nítidamente: el nacionalismo es una palabra tabú por razones históricas, mientras que una noción sana de patriotismo no puede ser vista de esa manera. Para mí lo más grave del nacionalismo, en sus expresiones más radicales, es el discurso autoexculpatorio: explicar todos los problemas delegando las responsabilidades en factores exteriores, de manera de crear enemigos, que pueden ser los especuladores internacionales, los inmigrantes, los vecinos, los de otra comunidad... Eso plantea un enroque con el viejo populismo. El recurso populista es decirle al que le oye 'tú no eres responsable, tú lo has hecho todo bien, te han perjudicado, no te han reconocido, hay otros que te estafan'. Es una forma de adulación. El populista es alguien que le dice a una masa indiferenciada aquello que ella quiere oír. Ese esquema se repite en Latinoamérica y ahora lo vemos campear en Europa, lo que es muy preocupante, porque Europa es la cuna de nuestra civilización, y uno tiende a pensar erróneamente que esas cosas están superadas definitivamente. Diría que la lección que debemos sacar es que el potencial civilizatorio de una sociedad forma una delgada capa, bajo la cual está siempre la amenaza de la vuelta a alguna forma de barbarie".

-¿Se utiliza en España el aparato estatal para combatir a la Iglesia?
"Se han visto en los últimos tiempos muchas iniciativas que, si no apuntaban directamente en esa dirección, habría que ser un experto para reconocer la diferencia. La pregunta de fondo es nuevamente la anterior: ¿qué hace que ciertos grupos de la sociedad civil se sientan legitimados, para llevar adelante programas de ingeniería social que van en contra del ethos de la misma sociedad civil a la que pretenden representar? Es una pregunta que vincula con concepciones más hermenéuticas o más iluministas de la racionalidad. En estas situaciones, hay grupos que representan formas de despotismo ilustrado, es decir: creen estar obrando a favor del pueblo, de la ciudadanía, que no estaría a la altura de reconocer lo que realmente necesita. Entonces lo que se necesitaría es un agente de cambio social que no vendría dado desde abajo, como en el ideal de las comunidades utópicas, sino desde el Estado. Lo curioso ahora es que el Estado ya no es el stablishment para estos grupos, sino el arma de la transformación social. Con el resultado sabido: conocemos proyectos de ingenierías sociales globales, como los del bloque soviético, en los que el destino de toda interpretación revolucionaria del Estado es transformarse posteriormente en stablishment ".

-¿Cree que ese riesgo es real? ¿Que la democracia está amenazada?
"Creo que la democracia está gravemente amenazada. Está gravemente amenazada en países donde la percepción es que eso no puede ocurrir, de modo que la amenaza es doble. Han transcurrido sólo sesenta años desde que Europa vivió fenómenos incomprensibles, lo que históricamente es nada. La percepción según la cual ahora estamos a salvo de esos peligros, a mi juicio, es otro autoengaño colectivo, de proporciones mayúsculas. Los pueblos que no estén en vela, respecto de las posibles amenazas al nivel civilizatorio que efectivamente han alcanzado, corren serios riesgos de perderlo. Y no quiero ser aquí profeta, ni nada por el estilo. Es algo que la historia ha verificado muchas veces, no sería nada nuevo. Toda la filosofía política clásica ha sido siempre una teoría de la degeneración de las formas de gobierno, de cuáles son los riesgos implícitos a los que está expuesta cada forma de organización social. Por ejemplo, a la democracia ya Platón le asignó como riesgo intrínseco la tiranía, que consiste en que un líder populista le diga a una muchedumbre convertida en masa lo que quiere oír, buscando chivos expiatorios. Eso ya lo puede leer uno en la República de Platón, escrita en el siglo IV a.C. Creo que el peor riesgo en que puede incurrir una sociedad es creer que es inmune a este tipo de tentaciones colectivas. Un discurso europeo que no considerara estas posibilidades sería completamente irresponsable".

-¿Cree que la UE, que aspira a cohesionar Europa, está agudizando el fenómeno contrario?
"He vivido en Europa en dos ocasiones: en la época de la caída del muro de Berlín, que me tocó vivirla en Alemania, y ahora en la época de esta crisis, cuando vivo en España. Y sigo teniendo una mirada que es un poco ajena, la mirada de alguien que se siente europeo por vocación, pero que naturalmente tiene una procedencia diferente. Lo que me sorprende del desarrollo de todo esto es cómo se pasa de una situación de optimismo que podría calificar de alarmante, a un pesimismo igualmente alarmante, sin solución de continuidad y sin ver lo que hay de común entre esas dos maneras de adherirse a una idea. Porque ¿qué duda cabe de que la Unión Europea es un gran proyecto político y cultural? Pero esa declamación, ese anhelo de unidad se ha traducido en un repertorio de políticas económicas, fiscales, institucionales, que, con el tiempo, se han convertido en tabú, porque discutirlas sería estar en contra de la unidad, ser un antieuropeísta o un euroescéptico. Ese discurso impositivo, sin consulta a la ciudadanía a nivel local, ha sido generado por una clase política que vive de la misma institucionalidad que genera, no está sometida a genuino control democrático y cada vez está más distanciada del trabajo en el terreno, para dedicarse a proyectos construccionistas. ¿Qué duda cabe de que existe una relación entre los fenómenos de centralismo que se dan en Europa y estos elementos de dispersión, de fuga hacia una identidad nacional definida de manera reactiva frente al otro?".

-¿La clase política europea está a la altura de los desafíos que se le plantean?
"En absoluto. Pienso que la actual clase política europea es, sin duda, la peor desde la II Guerra Mundial. Pero pido perdón por un juicio tan tajante"."

-Usted ha estudiado el vínculo entre ética y política en Aristóteles. Desde una perspectiva filosófica, ¿cómo se explica el voto a políticos imputados? ¿Falta ethos democrático sólo en los elegidos o también en los electores?
"Sin duda. Es muy sorprendente que, por una parte, exista un rechazo global a la clase política, que tiene sus fundamentos, pero cuyo carácter generalizado incurre, por supuesto, en injusticias, porque hay políticos decentes, que intentan hacer las cosas bien. Por otra parte, vemos una sumisión total de la sociedad civil a la clase política, que la sigue votando, afectada por una especie de anestesiamiento colectivo ante el constante descubrimiento de escándalos. Esto tiene un potencial explosivo tremendo y esperemos, por bien de la sociedad, que no estalle, sino que se produzca una regeneración de la clase política y una mayor identificación de la sociedad con la clase política. No debemos olvidar lo siguiente: los políticos no son personas importadas de otros planetas, son gente producida por la misma sociedad que los desprecia".

-¿Cuál es el escenario más preocupante que visualiza en este momento?
"En este momento tengo preocupaciones múltiples. Escoger una de ellas me resulta un poco difícil, pero por urgencia, no sé si por importancia, me preocupa muy gravemente que no exista en Europa una visión más realista sobre la crisis. Una visión en la cual nos preguntemos si no hemos vivido de una manera que no es sostenible incluso para los países más ricos del planeta. Me preocupa que se quiera seguir con más de lo mismo: tenemos un problema de sobreendeudamiento de los estados y de las personas, al menos en España, y queremos seguir en una política de la irresponsabilidad que no mide las consecuencias futuras de nuestra conducta actual".

"Pienso que la actual clase política europea es, sin duda, la peor desde la II Guerra Mundial."
Los pueblos que no estén en vela, respecto de las posibles amenazas al nivel civilizatorio alcanzado, corren serios riesgos de perderlo.

Articulo: http://www.mer.cl 21/10/2012