dimanche 21 octobre 2012

Marilú ORTIZ DE ROZAS/ Colección Peggy GUGGENHEIM llega al Centro Cultural Palacio La Moneda


Arte del siglo XX Obras de Picasso, Kandinsky, Ernst, Dalí, Brancusi, Duchamp, entre otros:
Colección Peggy Guggenheim llega al Centro Cultural Palacio La Moneda
Por Marilú ORTIZ DE ROZAS

El 30 de octubre se inaugura "Grandes Modernos", una exposición que develará a los chilenos un importante capítulo de la historia del arte del siglo XX, las vanguardias, con obras relevantes de artistas emblemáticos provenientes de la Colección Peggy Guggenheim, en Venecia. Su director, Philip Rylands, revela que de las 88 piezas que envían a Santiago, unas doce son consideradas obras maestras. De este grupo seleccionamos y explicamos nueve de ellas.

¿Qué es una obra maestra? Un ensayo no bastaría para responder esta pregunta. "Nuestros criterios se concentran en la factura artística de la pieza y en que sea representativa de la mejor época de un autor", precisa el director de la Colección Peggy Guggenheim y curador de la muestra, el inglés Philip Rylands. Historiador del arte radicado en Venecia desde comienzos de los años 70, ha estado a cargo de este museo desde la muerte, en 1979, de su creadora y gran amiga.

Peggy Guggenheim tenía educación y olfato para el arte, así como humildad y sabiduría para acoger los consejos de personajes como Marcel Duchamp, el crítico Herbert Read, Samuel Beckett y tantos otros. A lo largo de su intensa vida, ella reunió obras icónicas en el Palazzo Venier dei Leoni, su hogar en los últimos 30 años, donde se conservan su colección y su memoria. Frente al Gran Canal de Venecia, es uno de los museos más visitados, con una de las mejores muestras en Italia de arte europeo y americano de la primera mitad del siglo XX. "Es una época fascinante, donde se reinventan las leyes de la representación; las vanguardias llevan el arte a territorios inexplorados", sostiene Rylands.

Gracias a una gestión iniciada por el ministro de Cultura, Luciano Cruz-Coke, 82 obras de este museo, y seis de la Fundación Guggenheim de Nueva York -a la que pertenece la Colección Peggy Guggenheim-, se exhibirán en el Centro Cultural Palacio La Moneda, a partir del 31 de octubre. Será la primera vez que una muestra emanada de dicha fundación, que está por cerrar su sede en Berlín y abrir una en Abu Dhabi, viaje a América Latina. Incorpora objetos personales de la coleccionista y mecenas, así como retratos de ella por André Kertész y Man Ray, entre otros destacados fotógrafos, y "una cuarta parte de sus obras de arte más renombradas", afirma Rylands.

Hacemos un recorrido por nueve obras maestras de la mano de Philip Rylands y de Grazina Subelyte, asistente curatorial de la colección.

"Grandes Modernos"
Colección Peggy
Guggenheim, Venecia.
Lugar: Centro Cultural Palacio La Moneda 31 de octubre de 2012 al 26 de febrero de 2013
Entrada General: $2000. Estudiantes, convenios, adulto mayor: $1000. Entrada liberada lunes a domingo hasta las 12:00 horas.
  
La exposición es organizada por la Fundación Solomon R. Guggenheim de Nueva York y el Centro Cultural Palacio La Moneda, con el apoyo del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. Está acogida a la Ley de Donaciones Culturales. Cuenta con el auspicio de Entel y Barrick Sudamérica; Lan Cargo colabora en el transporte de las obras.

 Constantin Brancusi
(1876-1957), "Maiastra", 1912.
Brancusi vivía en París como un asceta, y a pesar de su larga amistad con "Pegitza", como la llamaba, fue difícil para ella comprarle obras. Finalmente adquirió "Maiastra" de la ex esposa del diseñador de alta costura Paul Poiret. Fue exhibida en la Bienal de Venecia de 1948, donde Guggenheim presentó al mundo su colección.

Desde muy joven, Brancusi observaba los pájaros y los representa infinitas veces en su obra. En esta escultura plasma un pájaro sagrado, que nos remite a las raíces rumanas del artista. "Representa a un ave mágica del folclore local, que con su canto guiaba a quienes se perdían en los bosques. La escultura parece estar cantando, con el pico abierto y el pecho inflado", explica Grazina Subelyte. El artista también trabajó mucho en la estilización de las figuras y no se dejó influenciar por los deconstructivistas. "Brancusi llega a la belleza a través de la simplicidad", agrega Philip Rylands.

Max Ernst (1891-1976)
"El vestido de la novia", 1940.
Esta teatral obra, que representa al surrealismo romántico, es "probablemente la mejor de la trayectoria de Ernst, su pieza más sublime", según el director de la Colección Peggy Guggenheim, Philip Rylands. Realizada con la técnica de la decalcomanía, los extraños personajes configuran una onírica atmósfera, como de un rito oculto, que remite a la mitología del pájaro. "Ernst se había inventado un alterego: Loplop, el Rey de las Aves", comenta Rylands. Por ende, esa figura híbrida verde-azul podría representarlo a él, mientras que la joven podría ser Leonora Carrington, su pareja por mucho tiempo y gran fuente de dolor para Peggy Guggenheim, que se casó con Ernst después. Un ser hermafrodita completa la singular escena, donde se combinan elementos renacentistas germanos y perspectivas modernas, incluso un cuadro dentro del cuadro. Se ha dicho que la obra alude a la leyenda de Leda y el cisne, pintada por Da Vinci, pero hay referencias a muchos otros artistas, entre ellos Moreau, De Chirico, Cranach. Ernst será uno de los artistas más representados en la exposición, con otras tres obras.

Vasily Kandinsky (1866-1944),
"Curva Dominante", 1936.
Esta obra de gran formato pertenece a la llamada Edad de Oro de Kandinsky (1934 a 1937), última etapa parisina de su carrera. Según el propio autor, era su mejor pieza. Peggy Guggenheim la adquirió luego de la primera exposición que montó de Kandinsky en su galería londinense, en 1938, pero luego la vendió. Confesó en sus memorias que fue uno de sus mayores errores como coleccionista, y que lo hizo "porque escuchó a personas que decían que era una pintura fascista". Posteriormente, fue adquirida por la Fundación Guggenheim de Nueva York, de su tío Solomon, a quien Peggy legó sus obras con la condición de que las mantuviera en su Palazzo veneciano. "Es la primera vez que exhibiremos este cuadro con la colección de Peggy, creemos que ella hubiera apreciado este gesto", declara Rylands.

Respecto a su contenido, esta pieza, fuertemente abstracta, es "una obra épica, una turbulencia magnífica de singularidad cósmica", han dicho los especialistas. Rylands sostiene que nadie tiene una explicación para ella.

Jackson Pollock (1912-1956)
"Bosque encantado", 1947
Pollock es uno de los descubrimientos mayores de Peggy Guggenheim, mérito que ella siempre atribuyó a sus avezados consejeros. "Organizó la primera muestra individual de Pollock en Nueva York, en 1943, y luego en Europa. Además, lo apoyó constantemente, entregándole un estipendio mensual", cuenta Philip Rylands.

"Bosque encantado" es una obra de gran formato. que representa la plena madurez de un Pollock que ya abandonó la figuración y la influencia picassiana, para concentrarse en la técnica del dripping , que fue su aporte al arte del siglo XX. Restringe aquí la paleta cromática, deja espacios en blanco, en una composición equilibrada, rítmica. "En su obra no hay figuras centrales, ni límites; su forma de pintar parecía una performance", agrega Grazina Subelyte.
Van también a Santiago dos otras pinturas de Pollock, una de ellas desde Nueva York. Este artista ocupa un lugar destacado dentro de la Colección Peggy Guggenheim, con una sala exclusiva en Venecia, donde se exhiben seis obras de diversos períodos.

Marcel Duchamp (1887-1968)
"Desnudo estudio-, joven hombre triste en un tren", 1911-1912.
Esta obra del ajedrecista y artista de los objetos cotidianos, alude al movimiento. Retrata las diversas etapas de la fractura de la imagen fotográfica, tanto del personaje como del tren, "pero captadas desde el mismo plano", precisa Grazina Subelyte. Se anticipa al Futurismo, y prepara las bases de su controvertido "Desnudo bajando la escalera". Al explicar la obra, Duchamp dice que simplemente es un autorretrato suyo, en alguno de sus viajes de infancia a Rouen. Comenta también que no es una obra sicológica, que solamente juega con las palabras "triste" y "tren". Algunos ven guiños a la etapa cubista de Picasso o Braque, de la que luego se distancia por completo para crear su propio lenguaje, precursor del dadaísmo. Duchamp siempre estuvo al lado de Peggy Guggenheim y fue él quien la incitó a dedicar su colección al arte abstracto y al surrealista.

René Magritte (1898-1967)
"La Voz del espacio", 1931.
Este surrealista artista belga se entretuvo desafiando las percepciones humanas de la realidad. Toma objetos anodinos, como en este caso unos cascabeles cilíndricos, y los descontextualiza y desproporciona, haciéndolos volar, gigantes, sobre los campos. "Magritte siempre decía que no hay que buscar el simbolismo en su obra, porque si lo hacen fracasarán en entender la poesía, el misterio de la imagen. El era un purista", afirma Grazina Subelyte. Esta obra era muy querida por su autor, hizo cuatro versiones y ésta la recuperó de su primer comprador, para venderla a Guggenheim en 1940.

Salvador Dalí (1904-1989)
"Sin título", 1931
A Peggy Guggenheim no le fascinaba la obra de Dalí. "Sin embargo, consideraba imprescindible que estuviese en su colección, porque la quería representativa del arte del siglo XX", revela el curador. Esta pequeña obra es interesante por cuanto representa, en un estilo hiperrealista, sus conocidas figuras solitarias, descontextualizadas. "No se sabe si la mujer, cuya muñeca se suspende de un cordel, está durmiendo o muerta; pero él decía que dormir es una forma de morir", precisa Subelyte. Hay conchas marinas dentro de la cabeza de la figura central, tal vez aludiendo al mar, o a recuerdos personales, como cuando quemó su pelo bajo unas conchas en una playa de Cadaqués. Una obra inquietante, que plasma el ingreso de Dalí al movimiento surrealista, y el fuerte influjo freudiano. "Su técnica pictórica es muy minuciosa, Dalí admiraba a los artistas del Renacimiento", comenta Rylands.

"La última dogaresa"

"El mito de Peggy nació en Venecia", dijo Roberto Matta a Virginia Dortch, una de sus biógrafas. Porque no sólo por su colección llegan los turistas hasta el Palazzo Venier dei Leoni, bella casona inconclusa del siglo XVIII, donde ella fundó su residencia. El propio Matta le ayudó a convertirla en centro de arte, transformando las dependencias en salas de exposiciones. En cada rincón se respira su leyenda: en las habitaciones cargadas de historias, con vistas a esta obra maestra viviente que es Venecia; también en el frondoso jardín sembrado de esculturas. Algunas son provocadoras, otras ingenuas, como "El árbol del deseo" de Yoko Ono, un olivo donde los visitantes cuelgan papelitos con peticiones. A su costado se encuentran la lápida de Peggy Guggenheim, y la de sus "adorados bebés", sus últimos catorce perros.

Marguerite "Peggy" Guggenheim nació en Nueva York, en 1898, en el seno de una familia judíasuiza que hizo fortuna en la industria minera. Fueron propietarios de Chuquicamata, así como de las salitreras de San Pedro y María Elena. Su padre, Benjamin, falleció a bordo del Titanic, lo que dejó a sus tres hijas en desventajosa situación frente a su millonaria parentela. "No me sentía como una verdadera Guggenheim", escribe Peggy en sus memorias. "Sin embargo, traía ese gen, que la impulsó a hacer algo en su vida y eso fue su colección de arte. Tenía una gran personalidad, lealtad, ganas de triunfar y de ayudar a otros", destaca la escritora estadounidense Jane Turrel, íntima amiga suya, que aún reside en Venecia.

Del brazo de su primer marido, Laurence Vail -padre de sus dos hijos, Sindbad y Pegeen-, emigra a Europa, en 1921, donde se integra al mundo artístico e intelectual del Viejo Continente. Funda su primera galería en Londres, en 1938, luego un museo/galería en Nueva York, en 1942, y finalmente en Venecia, donde se radica hasta su muerte, en 1979.

"Probablemente ella sea la última persona que tuvo una góndola privada, y su gondolero. En las tardes solía dar un paseo por el Gran Canal", cuenta Enzo Di Martino, escritor y curador que frecuentaba su Palazzo, junto a artistas locales. Y revela que ella consideró dejar su legado a las autoridades venecianas -que ya no son dogos, pues el último fue Ludovico Manin, que capituló ante Napoleón Bonaparte en 1797-, pero concluyó que lo mejor era crear un museo privado, que dependiera de la fundación de su tío, en Nueva York.

"Ella será siempre recordada por todo lo que hizo por el arte y también por la ciudad, a través del Comité de Salvación de Venecia", sostiene Bruna Aickelin, galerista. Rememora que Peggy Guggenheim venía a verla, "tan dulce y elegante, una mujer muy completa, con una vida nada fácil y que se realizó a través del arte".

La muerte, en una operación, de su segundo marido, John Holms -el amor de su vida-, y el suicidio de su hija, enlutaron a Peggy. La última fase de su vida fue más discreta. "La mujer que yo conocí era alguien más bien solitario, que había proclamado que por fin la pasión había amainado, y estaba completamente consagrada a crear y perpetuar su colección: esa fue su obra", afirma Ziva Kraus, que trabajó con Guggenheim en los 70.

"Creo que lo esencial sobre Peggy no se ha dicho, pues sólo se han divulgado los pormenores sobre sus amantes, pero no todo el apoyo que brindó a numerosos artistas, o cómo ayudó a escapar a Estados Unidos a cantidad de personas, cuando Alemania invadió Francia, entre ellos a André Breton, Max Ernst, y sus familias", expresa su bisnieto Sindbad Rumney, que prepara una película sobre ella.

Ciertamente, sus tumultuosos amores han sido relatados con lujo de detalles en sus memorias y en las múltiples biografías que le consagran. "Ella se enamoraba de hombres inteligentes", sostiene Turner. "Era una mujer muy liberal para su época, una adelantada", precisa Kraus. Eso le valió una no muy buena reputación en esta ciudad, pero fue respetada por los lugareños. "Era bonito verla pasar en su góndola, con sus perros y sus originales anteojos. Históricamente, en Venecia los extranjeros siempre han tenido cabida, así como en una misma cuadra habitan un aristócrata y un gondolero", afirma el poeta veneciano Pier Luigi Olivi.

El día de sus ochenta años, celebrados en el Hotel Gritti, en la otra orilla del Gran Canal, recibieron a Peggy Guggenheim con una gran pancarta que decía: "A la última Dogaresa". Ella concluye su autobiografía con ese recuerdo.

Roberto Matta, (1911-2002)
"Las Dríadas", 1941.
Si bien es solamente un dibujo, tiene su historia: iba a ser presentado en la famosa primera exhibición de la Colección Peggy Guggenheim en la Bienal de Venecia de 1948, pero fue removido debido a su contenido sexual, ya que se esperaba la visita de unos sacerdotes. "En respuesta a esta ofensa, el dibujo se cayó y su vidrio se rompió en mil pedazos", escribió su propietaria.

"Las Dríadas" se presenta bajo la forma de un cómic, donde se funden el imaginario físico, síquico y mitológico de Matta. A la vez, esta obra, creada durante el exilio de los surrealistas en Nueva York, demuestra su temprano interés por el cine y la animación. Va también a Chile "Le dénommeur renommé" (el denominador renombrado), un óleo sobre tela de 1952-1953, pintado a su regreso a Europa, tras la guerra, que deja un fuerte impacto en su obra. Matta fue amigo de Peggy Guggenheim desde 1938 y es uno de los tres latinoamericanos en su museo.

Pablo Picasso (1881-1973)
"El estudio", 1928.
Esta obra, que se emplaza habitualmente en el hall de entrada al Palazzo de Peggy Guggenheim, era especial para Picasso, pues cinco años después de venderla a su agente, la recuperó, intercambiándola por otras cinco pinturas. Fue exhibida en el MoMA en 1939, en la muestra "Picasso, 40 años de su obra" y representa una de sus tantas escenas de taller. "Lo fascinante de Picasso es cómo aborda la ambigüedad, cómo desafía las leyes de la representación", destaca Grazina Subelyte. Picasso parece jugar a pintar elementos o figuras que logramos reconocer, disociados o desmembrados, con total libertad creadora y serenidad, como esas manzanas, que podrían representar los pechos de la mujer. El artista Robert Motherwell describió esta pintura como "quizás la obra que más me influyó durante los primeros diez años que pasé en Nueva York... Esta pintura era, sin duda, una de las más austeras y poderosas desde el auge del Cubismo... Indiscutiblemente, una obra maestra del siglo XX".

Articulo: http://www.mer.cl 21/10/2012

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