dimanche 28 octobre 2012

Marina SANMARTIN/ J. M. GUELBENZU: “Escribo como quien se adentra con mapa y brújula en territorio desconocido”


J. M. Guelbenzu: “Escribo como quien se adentra con mapa y brújula en territorio desconocido”
Por Marina Sanmartín

José María Guelbenzu, J. M. Guelbenzu si lo que firma es una novela de género, como en esta ocasión, sonríe con frecuencia delante del café que se ha pedido en el Miau. Ha llegado el último, así que, cuando me encuentra, yo ya llevo un rato mirando por la ventana enorme junto a la que se sitúa nuestra mesa, entretenida con el tránsito más bien escaso de la calle del Príncipe a esas horas de un lunes por la mañana.

Empezó a escribir en serio a los 22 años, ha trabajado en algunas de las editoriales españolas más importantes, ha sido profesor en la Escuela de Letras, es crítico literario y coordinador de numerosas antologías y, entre sus favoritos, hay algunos de los míos, como Chandler, Hammett o Sjöwall y Wahlöö, creadores de Rosanna. Así que, al saludarnos, pienso que tengo delante de mí a un hombre que ha dedicado cerca de medio siglo exclusivamente a la literatura. Por eso no me resisto a preguntarle cómo la ve, cuál es su veredicto sobre la narrativa actual y los escritores más jóvenes de nuestro país. Me cuenta que percibe “un serio aumento en la tradición de la novela”.

“España era un país de novelistas sueltos, pero ahora ha surgido un grupo de autores de tipo medio que garantiza la continuidad. Antes no lo había”. Sin embargo, reconoce que no lee demasiada novela española, porque está en una edad en la que ya solo se permite leer cosas muy buenas, como los clásicos.

Ante esa elección, retomo las palabras de algunos de mis colegas libreros, que insisten en la conveniencia de leer únicamente autores muertos, pero Guelbenzu no está de acuerdo: “uno debe leer a sus contemporáneos”. Los escritores vivos escriben para su gente y hay que leerlos, sin olvidar ese referente cualitativo que marcan las obras supervivientes al paso de los siglos.
Estoy de acuerdo y lo comparto con él antes de advertirle que vamos a adentrarnos en las preguntas centradas en su último trabajo.

Es un hombre amable, de gestos pausados y barba blanca, que se alegra con una modestia auténtica cuando le digo que me ha gustado su novela: Muerte en primera clase, recientemente publicada por Destino, es la sexta entrega de la serie protagonizada por la juez de instrucción Mariana de Marco, que arrancó en 2001 con No acosen al asesino.

“Escribo novela policíaca por el personaje. No era esa mi intención inicial, pero cuando terminé la primera -no había prevista una segunda-, me di cuenta de que no podía dejar a Mariana, porque aún tenía muchas cosas que decir”.
  
MARIANA DE MARCO

Y es que a Guelbenzu le gusta el género, más el policíaco que el negro, cree en él, pero sobre todo le gusta Mariana de Marco y, en esta ocasión, el juego de pistas de la intriga, que se desarrolla en el espacio cerrado de un crucero de lujo por el Nilo, le sirve como excusa para desarrollar el que él mismo considera el tema principal de la historia:

“Con Muerte en primera clase lo que pretendo es profundizar en cómo es la amistad entre las mujeres, sin duda muy distinta a la amistad entre los hombres. Ellas son más confiadas, más abiertas. Los hombres siempre se guardan muchas cosas por muy fuerte que sea la relación que mantienen con el otro, pero las mujeres comparten más y permiten a la amiga que se adentre sin obstáculos en sus zonas de inquietud o de vergüenza. Eso es lo que quería captar”.

Es un hecho: yo soy una mujer y lo que afirma no lo tengo tan claro. Se lo digo y vuelve a reír sin desdecirse de su opinión. Él es un escritor que ha observado mucho a las mujeres y está convencido de que, después de un largo proceso de análisis y trabajo duro, las conoce muy bien y es capaz de crear caracteres femeninos “desde dentro”; aunque lo que me resulta más curioso es la abstracción en la que se inspira:

“Nunca jamás me he apoyado en personajes reales para crear los míos en la ficción. Es imposible sacar un personaje de la nada, pero yo, antes de verlo físicamente, lo veo moral y sentimentalmente. El físico lo compongo como si fuera el Doctor Frankenstein, de retazos…”.

Más allá de la definición del perfil, cuando se sienta a escribir deja un margen para que le sorprendan, “porque el personaje puede sorprender al propio autor. Antes de empezar, y más en una novela como esta, conozco la trama pero no sé qué le va a pasar al personaje”, cómo va a alcanzar esos puntos preestablecidos.

EL PROCESO CREATIVO

“Muchas veces por mi casa me han pillado hablando solo por el pasillo. Es un ejercicio de calentamiento”. Eso es lo que me responde cuando me intereso por cómo trabaja los diálogos, cuya presencia en Muerte en primera clase es fundamental. “Cuando el personaje habla, el lector debe intuir lo que hay detrás… es como cuando un amigo nos enseña las fotos de su viaje y elige sólo las más bonitas”.

Comparaciones como esta hacen que me resulte muy interesante el proceso creativo de Guelbenzu, la mecánica mental que aplica a la hora de sentarse a redactar. Considera que la inspiración es una broma pesada y que la escritura, más allá de la indispensable sensibilidad del autor, es una cuestión de disciplina. Me dice: “Escribo como quien se adentra en un territorio desconocido con un mapa y una brújula”.

Y tiene una regla de oro: “Para mí es igual de real mi familia que la del personaje, pero son mundos paralelos, que no deben tocarse jamás”.

Marina Sanmartín

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SILLÓN DE OREJAS
En el bosque de libros
Por Manuel RODRÍGUEZ RIVERO 

De todos los elementos que componen una novela el personaje es el más difícil de analizar en términos puramente técnicos

De todos los elementos que componen una novela, el personaje es el más difícil de analizar en términos puramente técnicos. Grosso modo, los novelistas eligen entre dos fórmulas (combinables) para presentárnoslo. Una, la más fácil (pero la más aburrida), es largarnos de entrada una descripción del mismo —de su físico, de su indumentaria, de sus tics—, a menudo con el propósito de que, a partir de ella, el lector obtenga un primer indicio de su clase, de su psicología, de su catadura moral, incluso de algún aspecto relevante de su biografía. La otra es dejar que el personaje se nos muestre en sus acciones y su discurso, a medida que crece y se transforma en el transcurrir de la historia. A veces esos personajes saltan de un libro a otro, redondeándose (por utilizar la terminología de E. M. Forster) poco a poco ante los ojos del lector, adquiriendo solidez y madurando a cada nueva historia que protagonizan o en la que intervienen. En la reciente novela española me atraen particularmente —y por motivos muy distintos— dos de esos personajes que se nos despliegan a lo largo de sucesivas entregas de sus autores. Son muy distintos entre sí, pero también tienen rasgos en común, por lo que eventualmente podrían simpatizar, y (fantaseo) quizás algún día alguien los presente o traben conversación en algún elegante bar de copas frecuentado por gentes de su clase. Uno es Jacques Deza (llamado también Jacobo o Jaime, y quizás, por alusiones, Diego o Yago), que aparece innominado en Todas las almas y reaparece en Tu rostro mañana, en ambos casos como conspicuo narrador de esas historias de Javier Marías. La otra es Mariana de Marco, la juez de instrucción con la que Guelbenzu inició su serie policiaca (No acosen al asesino, 2001) y que ha ido creciendo a lo largo de las siguientes entregas hasta mostrarse en su espléndida y compleja madurez en Muerte en primera clase (Destino), la sexta novela que protagoniza. De nuevo, un whodunit que respeta creativamente la tramoya del género (poco que ver con la llamada “novela negra”), esta vez en un crucero turístico por el Nilo, en el consabido trayecto de Luxor a Asuán. Sí: Agatha Christie fijó el escenario en Death on the Nile (1937), que aquí se tradujo originalmente por Poirot en Egipto, pero la nueva novela de Guelbenzu le guiña el ojo sólo en la medida en que también lo hace a Wilkie Collins o a Patricia Highsmith, autores de novelas con las que se distraen algunos de los participantes en el crucero. Y hay crímenes (aunque se demoran) e intrigas familiares y espacio cerrado, como mandan los cánones, y alguna sorpresa. Pero sobre todo está Mariana y las relaciones entre mujeres, algo que siempre ha atraído al novelista Guelbenzu —en el sentido en que también interesaba, por ejemplo, a los cineastas Cukor o Mankiewicz— y que ha incorporado ahora a su novela de género. Pero en lo sucesivo el autor tendrá que tener cuidado: Mariana, una “tímida compensada”, le está creciendo tanto —y tan bien— que su complejidad psicológica y moral, su mundo mental, en definitiva, amenaza con hacer saltar las rígidas costuras del género; claro que quizás ese sea el tipo de escollo que le encante sortear al novelista. En todo caso, si quieren disfrutar de una buena historia clásica de sabuesos, uno de esos entretenidos puzles de intriga y razonamiento que tonifican nuestra atención y apelan a nuestra perspicacia y sagacidad, aquí tienen una excelente muestra.

Infantil

Dice Martin Amis, que siempre ha tenido un don especial para irritar al personal, que “solo una lesión cerebral” le haría escribir para niños. Y no lo dice en cualquier sitio, sino en la BBC y en un programa de gran audiencia. Y, encima, y para arreglarlo, justifica su aserto con un peregrino argumento: “La ficción es libertad (…) y nunca escribiría sobre algo que me obligara a hacerlo en un registro más bajo del que puedo”. Las reacciones de editores y autores de libros infantiles no se hicieron esperar y el apelativo más suave que Amis ha recibido del gremio es el de estúpido. Después de haber leído sus declaraciones me debato en si conceder el primer premio europeo “Sillón de Orejas a la arrogancia” al ministro Wert (otro prodigio de petulancia incontinente, pero sin méritos apreciables) o al (por otra parte estupendo) autor de La viuda embarazada (Anagrama). Mientras lo decido, me entero de que Kalandraka, uno de mis sellos favoritos, ha obtenido el Premio Nacional a la mejor labor editorial, de lo que me congratulo. Por cierto que, si a sus hijos pequeños les fascina el circo, regálenles El Gran espectáculo de Crispín Capote & Flamarión, un estupendo kalandrako de Álvaro Alejandro y Sergio Mora. Al poblado bosque libresco (a veces echo de menos otro igual de grande lleno de setas) de la literatura infantil-juvenil también se lanza (con ímpetu y bagajes feltrinellescos) Anagrama, que traduce y pone a disposición de los neolectores la serie cerrada Save the Story con títulos como La historia de Don Juan explicada por Alessandro Baricco o La historia de Los Novios explicada por Umberto Eco, libros sobre libros (re)contados por autores contemporáneos con el objetivo de “salvar a los clásicos del olvido”. Para terminar el capítulo infantil-juvenil, me entero de que la Feria de Bolonia —el mercado mundial más importante de ese tipo de edición—, que festejará en 2013 su primer medio siglo de existencia, concederá anualmente un premio “al mejor editor del mundo” en el género. Estoy seguro de que ya han empezado las intrigas.

Colapsos

Es algo extraordinario cómo caminamos a lo largo de la vida con los ojos medio cerrados, con los oídos sordos, con los pensamientos aletargados. La frase anterior no es mía, sino de Conrad (Lord Jim) y es, en cierto modo, el punto de partida de Todo lo que era sólido, el libro que acaba de terminar Antonio Muñoz Molina y cuyo manuscrito ya han recibido su editora, Elena Ramírez (Seix Barral), y su agente, Andrew Wylie. La frase del título, prestada del Manifiesto Comunista (y ya empleada en su forma completa por el filósofo Marshall Berman en su libro All That is Solid Melts into Air, 1982), es un modo de describir (y quizás conjurar) el evidente colapso de instituciones, valores y certidumbres que ha tenido lugar desde el inicio de la crisis financiera de 2008. Aún no he podido leerlo, pero tengo la impresión de que Muñoz Molina ha recuperado su registro más personal para componer un peculiar ensayo, mezcla a la vez de análisis, memoria y panfleto, sobre la crisis y sus consecuencias (políticas, sociales, morales, psicológicas). Un testimonio de un escritor que vive a caballo de dos mundos y que no sólo ha querido contar lo que ahora ve y antes no pudo o no quiso ver (como nos pasó a casi todos), sino también lo que recuerda y nunca deberíamos olvidar: el modo en que en este país se recuperaron libertades y derechos (incluyendo la libertad de expresión, la educación pública, el sistema de salud) que costó mucho conseguir y que ahora, cuando la crisis se ha aposentado en nuestras vidas, revelan toda su enorme fragilidad.

Articulo: http://cultura.elpais.com 20/10/2012

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