dimanche 21 octobre 2012

Pedro GANDOLFO/ El último SADA


El último Sada
Por Pedro GANDOLFO 

El gran escritor mexicano Daniel Sada acababa de terminar esta novela cuando falleció prematuramente hace ya casi un año. Poco conocido en Chile, El lenguaje del juego es a la vez la lección de un maestro y una buena puerta introductora a su ineludible obra que, sin duda, crecerá en reconocimiento con los años.

En efecto, Sada, junto con otros escritores mexicanos, optó por un trato con el lector que reclama una lectura atenta, creativa, despierta, cómplice y, sobre todo, amante de los goces que proporciona el lenguaje mismo, trato a cambio del cual sacrificó popularidad y le valió el calificativo de "pesado", "denso" y "difícil". El acontecimiento literario propiamente tal no es para Sada la historia o argumento que se narra, sino su forma, la enunciación de lo narrado y, por lo mismo, es usual en su obra -desde la monumental (y acaso su cúspide narrativa) Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (1999) hasta esta novela publicada de manera póstuma- que el estilo prime poderosamente en las consideraciones críticas sobre los demás aspectos de la novela. Su escritura posee un sello inconfundible, radical y original.

El lenguaje del juego es, por cierto, una novela estilísticamente "sadiana": la particular cadencia de la frase, el uso de la palabra precisa, de un vocabulario y una sintaxis radicalmente híbrida que intercala festivamente elementos poéticos y cultismos con regionalismos y coloquialismos, que mezcla arcaísmos y neologismos más allá de la imaginación de cualquier diccionario, que emplea abundantemente los dos puntos para acelerar y concentrar la acción y otros recursos, como la elipsis y solecismos, que evidencian un manejo del estilo indirecto libre como es difícil encontrar en la literatura hispanoamericana actual. Es también justo advertir que, como venía ocurriendo en sus últimos libros, Sada, en una disposición más ascética, tiende a morigerar aquí estos rasgos, sobre todo, el uso de la versificación (octosílabos, endecasílabos y alejandrinos) en su prosa (Sada también escribió poemarios cuya lectura, intrínsecamente interesante, brinda claves para la comprensión de su narrativa).

Este estilo, que Roberto Bolaño llamó, con su acostumbrada agudeza, "barroco del desierto", sin perjuicio de su densidad idiomática, posee una curiosa simplicidad para el lector que ya ha cogido su cadencia y ritmo. El autor mexicano fue capaz de adaptarlo, sin nunca dejar de serle fiel, a la naturaleza de lo que desea representar y, sobre todo, lo puso al servicio de la construcción de un narrador, una "voz", que simula una oralidad popular típicamente mexicana, una suerte de contador de historias, parcial, chismoso, quejica y piadoso con su pueblo y sus gentes. La prosa de Sada es, así, "sensorial y mexicana. Tiene el polvo y la aridez del desierto, los olores y excesos de sus comidas", pero, aunque parezca oral, es una construcción artificial hasta en sus detalles más mínimos, fruto de un trabajo de escritura lento y esmerado. Según lo precisa el crítico Geney Beltran Félix, el cometido de Sada se inscribe en el esfuerzo de legitimar las jergas populares para hacerlas invadir, previo destilado literario, "los cenáculos de la escritura culta".
En El lenguaje del juego , como ya sucedió con su espléndida novela anterior, A la vista , Sada regresa a sus ambientes y escenarios habituales: la provincia y el desierto norteño. El argumento posee aquella aparente simplicidad propia de sus obras: Vicente Montaño, el protagonista, luego de peligrosas entradas y salidas de México por la zona más caliente de la frontera, decide abandonar esa vida llena de peripecias y riesgos y montar un negocio honrado y modesto con su capital acumulado. La pequeña localidad escogida para vivir con su mujer e hijos, Candelario y Martina, sin embargo, es capturada por un cartel de narcotraficantes, una banda de maleantes, de modo que ese pueblo es una suerte de microcosmos que sirve a Sada para poner bajo su lupa la tragedia moral de México. A partir de la base de ese tronco argumental, el autor mexicano despliega personajes trazados con no menos profundidad que concisión (Don Flavio, Virgilio Zorrilla y su hijo, Luis Blas) y se detiene en episodios como el tiroteo entre bandas rivales o el maquillaje de Martina ante el espejo que son ejemplos de perfección narrativa.

La originalidad de Daniel Sada radica en que para abordar lo trágico de esos ambientes e historias adopta un punto de vista cómico y pícaro (apartándose del enfoque magicorrealista y del lacónico-sintético) y, más todavía, un enfoque satírico en que el humor corrosivo se da en el lenguaje mismo más que en la anécdota: su escritura es humorística. En El lenguaje del juego la lección es de resignación, puesto que ya de nada sirven la honradez y el trabajo en un país en que el narcotráfico ha corrompido los lazos morales y afectivos entre las personas.

La particular cadencia de la frase, el uso de la palabra precisa, de un vocabulario y una sintaxis radicalmente híbrida que intercala festivamente elementos poéticos y cultismos con regionalismos y coloquialismos, que mezcla arcaísmos y neologismos más allá de la imaginación de cualquier diccionario.

Articulo: http://www.mer.cl 21/10/2012