dimanche 14 octobre 2012

Rafael NARBONA/ Mo YAN gana el Premio Nobel de Literatura 2012


Mo Yan, una discreta disidencia
Por Rafael NARBONA 

El Nobel chino es un reformista que no esconde su deseo de mayor tolerancia y libertad para su país

Mo Yan (Shandong, 1955) significa "No hables". Es el apodo que escogió Guan Moye después de vivir de cerca el clima de represión de la Revolución Cultural.

Hijo de una familia de campesinos, su padre le aconsejó no hablar y cultivar la discreción. La prudencia se convirtió en un rasgo de carácter del joven Guan Moye y, años más tarde, influyó de forma decisiva en la configuración de su orbe literario, donde se advierte una disidencia discreta, pero no una confrontación directa con el régimen comunista. 

Mientras los guardias rojos intentaban imponer una utopía rural, liquidando cualquier símbolo o actividad contrarrevolucionaria, Guan Moye abandonó la escuela y comenzó a trabajar en una planta petrolífera. Poco después, se enroló en las fuerzas armadas, huyendo de una existencia con escasos horizontes, y en 1984 logró una plaza como profesor en el Departamento de la Academia Cultural del Ejército Popular. Adicto a la escritura desde muy temprano, Mo Yan escribió dos novelas en esa época: El rábano transparentey Sorgo Rojo, donde se apreciaba la huella de Kafka al abordar las relaciones entre el individuo y el poder. Sorgo Rojo recreaba la violencia que soportaba China en los años 30, cuando la guerra civil y la invasión japonesa propagaban un sufrimiento sin límites. 

Influido por Faulkner y García Márquez, su relato se internaba en una comunidad rural, mostrando los prejuicios, mitos y ritos de una sociedad, donde la razón claudica ante el instinto y lo real parece más inverosímil que lo fantástico. Aunque la prosa carecía de la complejidad de sus modelos, la trama discurría con morosidad y notable intensidad, mostrando de forma trágica y convincente el drama de una joven obligada a casarse con un anciano enfermo de lepra. Adaptada al cine por el director chino Zhang Yimou, la película obtuvo el Oso de Oro del Festival Internacional de Cine de Berlín. En Sorgo Rojo, Mo Yan ya manifestaba una especial sensibilidad hacia la situación de la mujer en China y recurría a lo metafórico para denunciar la ausencia de libertades. La lepra podía interpretarse como el símbolo de una sociedad que menosprecia el anhelo individual de felicidad, alegando que los derechos sólo pueden ser colectivos y comunitarios. 

En 1989, Mo Yan consolida su carrera literaria con Las baladas de ajo, que relata la catástrofe provocada por los experimentos políticos de una economía dirigida. Incitados a cultivar ajo en grandes extensiones de terreno, los agricultores obtienen una producción gigantesca que desborda la demanda y las posibilidades de almacenamiento. Las familias arruinadas se rebelan y las autoridades, lejos de admitir su error, responden con brutales represalias. La trama se enriquece con la desdicha Gao Ma y Crisantemo Dorado, una pareja de enamorados que no podrán desposarse por culpa de un matrimonio concertado en la niñez. Al igual que en Sorgo Rojo, Mo Yan no escatima crudeza y desgarro, relatando minuciosamente los actos de violencia contra los que se atreven a manifestar su descontento e intentan promover un cambio social. 

En 1996, Mo Yan chocha con las autoridades. Su novela Grandes pechos, amplias caderas es prohibida por el gobierno comunista. La obra abarca un siglo de la historia de China, con la perspectiva de una mujer que ha vivido en su propia carne el drama de los matrimonios forzosos y el rechazo hacia las niñas recién nacidas en las zonas rurales, donde sólo son bienvenidos los hijos varones. A pesar de los problemas con la censura, Mo Yan no se plantea el exilio y continúa escribiendo. En 2008, publica La vida y la muerte me están desgastando. Explotando la fórmula del realismo mágico, relata el viaje de Ximen Nao a los infiernos. Ximen es un terrateniente ejecutado por el régimen comunista. El Señor Yama, una figura equivalente al Demonio, permitirá que regrese a la tierra con forma de burro. Se inicia de ese modo un ciclo de transformaciones, que le convertirán en cerdo, buey, perro y mono. Sólo recuperará la condición humana cuando al fin su corazón logra superar cualquier forma de vanidad y el egoísmo, pero su aspecto ya no será el de un hombre adulto, sino el de un niño que aún no ha perdido su inocencia original.

En 2010, aparece Rana, que reincide en las penalidades de la mujer china bajo la política del hijo único. Wan Zu, un joven que sueña con ser autor dramático, relata la historia de su tía Wan Xin, ginecóloga y comadrona que ayudará a nacer a infinidad de niños. Compasiva y llena de ternura, se deshumanizará poco a poco al someterse a las consignas del gobierno, participando activamente en una campaña de abortos orientada a evitar que las familias engendren un segundo hijo. Su fanatismo evoca las políticas eugenésicas del nazismo. Pese a todo, la esperanza se impone al final del relato con un giro fantástico, donde se celebra la maternidad y el nacimiento.

Mo Yan ha escrito diez novelas en su propio idioma. No es un disidente, pero sí un reformista que no esconde su deseo de un cambio hacia un escenario de tolerancia y libertad. La concesión del Premio Nobel de 2012 es un justo reconocimiento a su labor literaria, pero también un espaldarazo de la comunidad internacional a los artistas y creadores que sueñan con una China moderna y plenamente democrática. 

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Mo Yan gana el Premio Nobel de Literatura

La Academia Sueca destaca la mezcla de cuentos populares, historia y contemporaneidad en su obra | El fallo abre la polémica por su presunta ambiguedad hacia el régimen comunista.

Las reacciones tras el premio se contraponen. Ai Weiwei lo ha criticado: "Mo Yan es parte del sistema" | Ángel Fernández Fermoselle, su editor en España, lo niega: "Quien lo piense que lea 'Las baladas del ajo'".

La Academia Sueca ha otorgado este año el Premio Nobel de Literatura a Mo Yan (pseudónimo que significa "no hables" en chino), porque "con realismo alucinatorio mezcla cuentos populares, historia y la contemporaneidad". El autor chino se ha impuesto a Philip Roth, Alice Munro, Bob Dylan... Todos ellos sonaban como favoritos en las quinielas previas a que se hiciera público el fallo. Y se convierte así en el segundo escritor del gigante asiático en lucir este reconocimiento en su currículo, tras Gao Xingjian, que lo ganó en 2000. 

A Mo Yan se le compara con Kafka por su forma describir la impotencia del ser humano frente al poder, pero sus novelas no se caracterizan por lo metafórico y simbólico sino por el análisis histórico y político. En Occidente es conocido principalmente por la adaptación cinematográfica de una de sus novelas, que, con el título de Sorgo rojo, llevó a cabo el director Zhang Yimou. En su obra traza un retrato de la gente humilde, sobre todo campesinos de entornos rurales, que luchan a brazo partido con las circunstancias hostiles que les rodean para salir adelante.

Tras conocer el fallo del jurado, el autor chino declaró sentirse "tremendamente feliz y asustado", según informó la agencia DPA. Y en una entrevista con la agencia oficial china, China News, relativizó la importancia del premio al manifestar que "ganar no representa nada", y añadió: "Seguiré centrado en la creación de nuevas obras. Continuaré trabajando duro, gracias a todos". También dedicó unas palabras a sus compatriotas escritores: "China tiene muchos autores excelentes, cuyos destacados trabajos podrán también ser reconocidos en el mundo". No está tan feliz uno de sus compatriotas más internacionalmente conocidos, el artista Ai Weiwei, que, según informa Efe, ha afirmado tras conocer la noticia que Mo Yan "es parte del sistema" y que la Academia Sueca ha demostrado "una gran insensibilidad" al premiarle. Su editor en España, Ángel Fernández Fermoselle, responsable del sello Kailas, lo niega rotundamente: "Quien lo piense que lea 'Las baladas del ajo'". 

Mo Yan nació en 1955 y creció en Gaomi en la provincia de Shandong en el noreste de China. Sus padres eran campesinos. Durante la revolución cultural dejó la escuela a los doce años y empezó a trabajar en la agricultura, y más tarde en una fábrica. En 1976 se enroló en el Ejército Popular de Liberación y fue durante esa época cuando empezó a estudiar literatura y a escribir sus propios relatos. Su primer cuento se publicó en una revista literaria en 1981. El éxito llegó unos años más tarde con la novela cortaTouming de hong luobo (1986, en francés Le radis de cristal 1993).

Mo Yan enlaza en su creación narrativa con sus experiencias de juventud y con los ambientes de la provincia en que creció. Esto se hace evidente en su novela Hong gaoliang jiazu (1987, en español Sorgo rojo1992). El libro se compone de cinco relatos que se entrecruzan y que se desarrollan en Gaomi durante varios turbulentos decenios del siglo XX, con descripciones de la cultura del bandidaje, de la ocupación japonesa y de las difíciles condiciones de los campesinos pobres del país. Sorgo rojo se convirtió en 1987 en una exitosa producción cinematográfica dirigida por Zhang Yimou. La novela Tiantang suantai zhi ge (1988, en español Las baladas del ajo 2008) y la satírica Jiuguo (1992, en español La república del vino 2010) han sido consideradas como subversivas debido a su afilada crítica de la sociedad china contemporánea.

Fengru feitun (1996, en español Grandes pechos, amplias caderas 2007) es un vasto fresco histórico que partiendo de una familia en particular retrata la China del siglo XX. La novela Shengsi pilao (2006, en español La vida y la muerte me están desgastando 2009) utiliza el humor negro para describir la vida cotidiana y los violentos cambios en la joven república popular, mientras Tanxiangxing (2004, en francés Le supplice du santal 2006) es una historia sobre la crueldad humana en el imperio que se desintegra. La última novela de Mo Yan hasta el momento Wa (2009, en español Rana, 2011) arroja luz sobre las consecuencias en China de la política impuesta del hijo único.

Con una mezcla de fantasía y realidad, de perspectiva histórica y social, Mo Yan ha creado un mundo que en su complejidad recuerda a los de escritores como William Faulkner y Gabriel García Márquez, tomando al mismo tiempo como punto de partida la tradición literaria china y la cultura narrativa popular. Junto a las novelas ha publicado un gran número de cuentos y ensayos sobre temas diversos, y se le considera en su país, pese a su crítica social, como uno de los más eminentes escritores contemporáneos.

El galardón está dotado con ocho millones de coronas suecas (876.785 euros). Dos millones menos que en las ediciones previas, ya que la organización decidió rebajarlo en un 20% por la crisis. La ceremonia de entrega se celebrará como es tradicional el 10 de diciembre, aniversario de la muerte de su creador Alfred Nobel (1833-1896), en la capital sueca.

El premio Nobel de Literatura, el más prestigioso a nivel mundial, se concede desde 1901. En las últimas ediciones han sido galardonados el poeta sueco Tomas Tranströmer (2011), el peruano Vargas Llosa (2010), la germanorumana Herta Müller, el francés Jean-Marie Gustave Le Clézio, la británica Doris Lessing (2007), el turco Orhan Pamuk (2006), el británico Harold Pinter (2005), la austriaca Elfriede Jelinek (2004), el surafricano John M. Coetzee (2003), el húngaro Imre Kertész (2002), el británico nacido en Trinidad Naipaul (2001), el francés de origen chino Gao Xingjian (2000), el alemán Günter Grass (1999), el portugués José Saramago (1998), el italiano Dario Fo (1997), la polaca Wislawa Szymborska (1996), el irlandés Seamus Heaney (1995), el japonés Kenzaburo Oe (1994), la estadounidense Toni Morrison (1993), el caribeño Derek Walcott (1992), la surafricana Nadine Gordimer (1991) y el mexicano Octavio Paz (1990). En total, con el de este año, son 109 los galardonados, de los cuales 12 son mujeres. 

Ángel Fernández Fermoselle, editor español de Mo Yan: "Es capaz de escribir 1.000 páginas sobre las que uno va deslizándose, feliz"

- ¿Qué le empujó a editar a Mo Yan en España?
- Editar a Mo Yan es un privilegio, y ya lo era antes de que le concedieran el Nobel. Nos ofrecieron una de sus obras -Grandes Pechos...- a través de un agente literario, y nos enamoramos. A partir de ahí, en 2006, la relación no ha hecho sino crecer sana y feliz. Algunos dicen que qué valientes, correr el riesgo de editar seis libros de él. Pero cuando uno está enamorado, riesgo no hay ninguno.

- ¿Cuál son a tu juicio sus principales virtudes narrativas?
- La capacidad narrativa de Mo Yan yo al menos no la he encontrado en ningún otro autor vivo. Es capaz de escribir 1.000 páginas sobre las que uno va deslizándose, feliz, a medida que las lee para encontrarse, al final, exhausto... de felicidad. Su relación con algo que se le parece al realismo mágico de García Márquez me fascina.

- ¿Cuál es su peso específico en la literatura china?
- Nosotros publicamos a otros grandes autores chinos. Para mí, el mejor con Mo Yan es Han Shaogong. Su Diccionario de Maqiao es una auténtica joya, tal vez mi libro preferido en Kailas. También editamos a Wang Anyi, la gran referencia femenina en China. Han Shaogong y Wang Anyi tienen muchísimo peso en su país, equiparable al de Mo Yan. Internacionalmente, este está claramente por delante. También publicamos a Liu Xiaobo. Sus Elegías del 4 de junio son excelentes; publicarlas (y leerlas), una obligación moral.

- Algunos chinos le acusan de ambiguo en su relación con el régimen comunista. ¿Qué le parecen esas insinuaciones?
- Mo Yan es un tipo muy inteligente. Cuando escribe, y también cuando no escribe. Tiene una extrema habilidad para convivir con sus deseos de libertad y ante la idiosincrasia de su país. No es que sea ambiguo, es que es un hombre de una destreza intelectual y una habilidad supremas. Por otro lado, él no eligió vivir en el país que vive, ni sufrir la Revolución Cultural, ni asombrarse ante los cambios en la nueva China. ¿Es culpable de algo? Desde luego que no. Y, por supuesto, no es un autor "del régimen". El que lo piense, que lea Las Baladas del Ajo, por ejemplo.

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Rana
Mo Yan
Traducción de Yifan Li. Kailas. Madrid, 2012. 400 páginas, 19 euros

Por Rafael NARBONA
Publicado el 10/02/2012

Mo Yan (Shandong, 1955) significa “No hables”. Mo Yan se llama en realidad Guan Moye y desde que en 1996 se prohibió una de sus novelas (Grandes pechos amplias caderas) ejerce una discreta disidencia. 

Adaptada al cine por Zhang Yimou, Sorgo rojo (1987) mostraba la crudeza del mundo rural en la época de la invasión japonesa, escogiendo la lepra como metáfora de la miseria moral de una sociedad que no contemplaba la libertad de elegir. Ambientada en los años 50, Rana (2010) redunda en un conflicto semejante, pero esta vez no se trata de la imposición de un matrimonio no deseado, sino de una política de Estado que limita el número de nacimientos, implicando a todos los estratos de la sociedad en una medida que subordina el anhelo individual de felicidad al interés de la comunidad. 

Mo Ya escoge la forma epistolar para narrar la historia de Wan Xin, ginecóloga y comadrona que ha intervenido en infinidad de nacimientos, prodigando vida con su saber y ternura. Su sobrino Wan Zu, que sueña con convertirse en autor dramático, recrea su historia en su correspondencia con el profesor japonés Gijin, un experto en literatura que le incita a buscar la poesía en lo más íntimo y cercano. Siguiendo sus consejos, Wan Zu se acerca a la figura de su tía, sin ignorar que la belleza a veces anida en lo terrible y que el espanto en ocasiones brota de la inocencia. Dedicada a facilitar los alumbramientos de las mujeres de Dongbiexiang, las manos de su tía desprendían “un frío envuelto en un calor suave”. 

Compasiva y comprometida con el bienestar de sus semejantes, luchará desde joven por la transformación de China en un país sin hirientes y ofensivas desigualdades, pero la historia no repara en los sentimientos y cuando el gobierno impone la política del hijo único, la joven idealista se convertirá en la fiel ejecutora de una decisión que escarnece sus sentimientos y menosprecia sus logros. Afiliada al Partido Comunista en 1955, Wan Xi se alejará cada vez más de sí misma. Después de ayudar a nacer a 1645 niños, no escatimará esfuerzos para impedir que las familias que ya han engendrado un hijo, incrementen su prole con un segundo vástago. 

Mo Yan no escribe novelas líricas, sino introspectivas, donde el estudio psicológico prevalece sobre el estilo. Se le ha comparado con Kafka por su forma de describir la impotencia del ser humano frente al poder, pero sus novelas no se caracterizan por lo metafórico y simbólico, sino por el análisis histórico y político. El proceso de deshumanización de Wan Xi refleja el potencial destructivo de las ideologías, sin ocultar el conflicto permanente entre las emociones subjetivas y las necesidades colectivas. En la cultura china, la rana simboliza el poder de la mujer para engendrar vida. Wan Xin procede de ese linaje, pero los acontecimientos históricos aniquilarán su potencial benefactor, acercando su trabajo a un umbral que recuerda las políticas eugenésicas del nazismo. 

Mo Yan finaliza la novela con un cambio de género. La ambición literaria del narrador se ha consumado y la peripecia de Wan Xi se convierte en una pieza teatral firmada por Renacuajo. El sobrino de la Rana restituye el poder de la vida mediante la ironía y la creación artística, donde lo formal sólo es el soporte de una visión ética del ser humano. No es extraño que la última página celebre un nuevo nacimiento y ensalce la maternidad como la experiencia que nos revela la trascendencia del otro. Sin concesión al pesimismo, Mo Yan no oculta su confianza en un porvenir donde la vida pueda desplegarse, sin sufrir el acoso de ideologías enemistadas con la libertad y la dignidad. 

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La vida y la muerte me están desgastando
Mo Yan
Traducción de Carlos Ossés. Kailas. Madrid, 2009. 756 páginas, 22'90 euros

Por Rafael NARBONA
Publicado el 12/06/2009 

Nietzsche describía el tiempo como un anillo y esta novela describe un círculo perfecto, rescatando la vieja doctrina de las reencarnaciones para urdir una fábula moral sobre el totalitarismo político y las flaquezas del ser humano.Arrojado al infierno tras ser ejecutado por los comunistas, Ximen Nao expiará su pasado como terrateniente, soportando castigos que evocan el paseo de Dante por ese trasmundo, donde la esperanza está proscrita. No hay un Virgilio que acompañe a Ximen, sino lacayos del Señor Yama, que sumergen a los condenados en tinajas de aceite hirviendo. El Señor Yama consentirá que Ximen regrese a la vida primero como burro y, más tarde, como cerdo, buey, perro y mono, hasta recuperar su condición de hombre en la forma de un niño.

Testigo de la muerte de Mao y del furor homicida de los guardianes de la Revolución Cultural, Ximen habrá cumplido un destino que restaura simbólicamente la inocencia original de esa humanidad corrompida por la ambición, la vanidad y el egoísmo. Para Nietzsche, el niño es el superhombre, el artista rebosante de generosidad y creatividad. Al transformarse en Lan Quiansu, “niño de cabeza grande”, Ximen -que significa “Disturbio en la puerta de Occidente”- se enfrentará a la vida con los ojos cargados de esperanza, pero sin la ilusión de los sueños utópicos. 

Ha conocido la humillación y el desprecio, ha sido maltratado por los hombres en sus sucesivas reencarnaciones y cada golpe le ha enseñado que el mal está arraigado en lo más profundo del ser humano, pero cuando un lacayo del Señor Yama, rey del inframundo, le ofrece la posibilidad de escoger entre la vida y la muerte, elige la vida porque el sufrimiento no es fruto del azar, sino un elemento esencial de la experiencia. Al igual que el Salvaje de Un mundo feliz (1932), Ximen acepta el infortunio porque entiende que es una de las caras de la libertad. 

El comunismo no tolera el dolor en el mundo feliz que ha engendrado. Por eso, no hay rostros humanos en su distopía, sino máscaras donde no se aprecia ningún vestigio de humanidad. Mo Yan (1955) reside en China y esa circunstancia limita sus denuncias. Su literatura no es la de un disidente, sino la de un emboscado. Ese niño megacefálico que pone fin a su purgatorio encarna la fragilidad y la grandeza del hombre. Descartado el exilio, Mo Yan ejerce una disidencia discreta, pero tenaz. Su obra es un testimonio perdurable contra cualquier forma de intolerancia. 

Se asocia a Mo Yan con el realismo mágico de García Márquez, filiación que el autor de Sorgo rojo y Las baladas del ajo no rechaza. De hecho, ha reconocido muchas similitudes entre la percepción de lo real en la China rural y la asombrosa imaginación de los pueblos latinoamericanos, donde no se discrimina entre mito y experiencia. Sin embargo, Mo Yan está más cerca de Rabelais que del universo premoral de Macondo. Rabelais prefigura las innovaciones de Rulfo, aunque sin ese trasfondo trágico del alma mexicana, hundida en un fatalismo negro que recuerda la España de Solana. Rulfo desecha lo grotesco, la crueldad y la inmundicia. 

Ahora que se cumplen veinte años de la matanza de Tiananmen, las ansias de libertad y democracia del pueblo chino hallan cobijo en el espíritu crítico de autores como Mo Yan. Mo Yan significa “No hables”, pero Guan Moye (su verdadero nombre) no parece dispuesto a enmudecer. China es un pueblo desgarrado por las paradojas y los contrastes, y Mo Yan ha asumido el compromiso de narrar la incertidumbre de una nación abocada a cambiar. 

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Las baladas del ajo
Mo Yan
Traducción de Carlos Ossés. Traducción de Carlos Ossés. 489 páginas, 21'90 euros

Por Rafael NARBONA 
Publicado el 22/05/2008

Influido por Faulkner y García Márquez, Mo Yan (Shandong, China, 1955) se llama en realidad Guan Moye. Mo Yan es un apodo que significa No hables, la consigna que le transmitió su padre durante los años de la Revolución Cultural. 

Es indiscutible que la violencia de esa época no se corresponde con la situación actual, pero China continúa estrangulando las libertades. Director de ¡Vivir!, galardonada en el Festival de Cannes de 1994, Zhang Yimou no ha conseguido estrenar en su país Ju Dou, semilla de crisantemo (1990) ni La literna roja (1991), ambas nominadas al Oscar. Exiliado en Francia desde 1987, Gao Xinjiang (Premio Nobel 2000) sufrió el boicot de las autoridades comunistas, que no han permitido la publicación de su obra más ambiciosa, La montaña del alma (1989). Autor de La espera(1999) y Despojos de guerra (2007), Ha Jin (Liaoning, 1956) fijó su residencia en Estados Unidos, después de la masacre de Tiananmen. Gao Xinjiang disfruta de nacionalidad francesa y Ha Jin escribe en inglés. Por el contrario, Mo Yan ha permanecido en su país y ha escrito más de diez novelas en su idioma natal. 

La vitalidad creativa de la sociedad china contrasta con el inmovilismo del Partido Comunista, que ha emprendido reformas en lo económico, pero no en lo político. Es imposible pronosticar la evolución de una potencia emergente que aún conserva la retórica de una ideología desfigurada por los acontecimientos históricos. Hasta ahora conocíamos a Mo Yan por La familia (adpatada al cine en 1987 por Zhang Yimou con el título Sorgo Rojo), perfecta recreación de la violencia que afligía a China en los años 30, cuando soportaba simultáneamente una guerra civil y la invasión japonesa, y por Grandes pechos, amplias caderas (1996), que mostraba la tragedia de las mujeres chinas en las zonas rurales, obligadas a realizar matrimonios forzosos, donde la ausencia de hijos varones se consideraba una desgracia intolerable. 

Las baladas del ajo (1989) refleja las desastrosas consecuencias de una economía dirigida. Animados por el gobierno comunista, los agricultores emprenden el cultivo del ajo en grandes extensiones de terreno. La producción es gigantesca, pero no hay suficiente demanda. Es absurdo buscar compradores, pues los almacenes del Estado rebosan excedentes. Las cosechas se malogran y la ruina afecta a miles de familias. Las protestas populares son reprimidas con brutalidad. Mo Yan no escatima detalles. Como un notario que levanta acta, describe la crueldad de los funcionarios policiales, sin mostrar mucha preocupación por el estilo. No pretende ser Malraux, que hace poesía con la guerra, ni Hemingway, que narra los acontecimientos desde la perspectiva de un ego hipertrofiado. Mo Yan busca la voz del testigo impersonal: fiel a los hechos, pero ecuánime y justo. Al borrar la sombra del autor, Mo Yan pretende infundir a las palabras la máxima credibilidad para relatar el infortunio de unos personajes obligados a participar en un experimento político, sin espacio para las ilusiones individuales. Mo Yan utiliza la literatura para rescatar a esos hombres y mujeres sin relevancia. Las baladas del ajo no está ambientada en un pasado remoto, sino en el presente de China y otras naciones que empiezan a conocer las revueltas del hambre impulsadas por la crisis energética. En las páginas preliminares, Mo Yan cita a Stalin para justificar la necesidad de una literatura comprometida. El novelista está condenado a implicarse en la política, pues el objeto de la novela es la realidad, punto de encuentro de los destinos individuales, incluido el del propio escritor. 

Gao Yang y Gao Ma son cultivadores de ajo, familiarizados con los lemas del comunismo, pero sin esa conciencia de clase que transforma al trabajador en sujeto ético. Sólo la miseria y un amor frustrado despertarán su inconformismo, revelando las profundas tensiones que persisten en un país, donde el pasado feudal convive con el anhelo de modernidad. Gao Ma se enamorará de Crisantemo Dorado, pero la pervivencia de los contratos de matrimonio convertirá el idilio en un drama de acento isabelino, con las mismas dosis de desesperación que empujan al suicidio a los personajes de Shakespeare. 

Las baladas del ajo no se ajusta a la forma del poema épico, pero tragedia y ensoñación, drama y sensibilidad, se conciertan para elaborar una obra áspera y delicada, con una violencia ancestral y una ternura reservada a las grandes tragedias, que se abastecen de los estratos más profundos de una cultura. Mo Yan prescinde de elipsis para retratar la vulnerabilidad del cuerpo: la carne se desgarra, los fluidos se precipitan al exterior, la dignidad se desintegra frente a la tortura. La redundancia de estas escenas sólo se rompe para introducir los comentarios Zhang Kou, poeta ciego, clarividente y ensimismado, que encadena el presente y el porvenir en sus baladas. La poesía es el hilo que guía a los hombres en el laberinto de la Historia. La hija ciega de Gao Yang expresa la extrema indefensión de los inocentes, que aceptan el dolor provocado por sus semejantes como una catástrofe natural. Su incomprensión es tan insoportable y hermosa como las apariciones de un potro castaño, que apoya su cabeza en los amantes Gao Ma y Crisantemo Dorado, aterrorizados por la imposibilidad de su pasión. Pero la belleza es un paréntesis efímero. Las cosechas de ajo se pudren mientras Gao Zhieling cría a sus periquitos, esforzándose en no escuchar el sonido del mundo. La dolorosa peregrinación de Gao Yang, con el cadáver de su madre sobre sus espaldas, recuerda las lágrimas de Príamo. En ambos casos, se busca una tumba digna para el ser querido. Gao Yang entierra a su madre, asesinada durante la Revolución Cultural, en un paisaje circundado por un río y con el Pequeño Monte Zhou al sur, garantizando una eternidad de paz. 

La perspectiva crítica de Mo Yan está matizada por el realismo. En China hay corrupción, escaso respeto a los derechos humanos, la libertad de expresión está sujeta a censura, pero la China tradicional, la China profunda, no es menos refractaria a la modernidad. Las mujeres viven sometidas a la voluntad de sus padres y esposos, brutales e ignorantes. El problema no es el socialismo, sino la ausencia de compasión. Las baladas de ajo muestra una notable afinidad con El intendente Shanso (1954), del japonés Kenji Mizoguchi, una fábula moral que, sin renunciar a las exigencias estéticas más rigurosas, evoca el pesimismo de Plauto: los hombres actúan con sus semejantes como feroces depredadores. Sin embargo, esa tendencia es reversible. La ternura de una niña ciega o de un potro castaño restituyen la esperanza de un porvenir gobernado por sentimientos de fraternidad y misericordia. El pesimismo es la tentación más seductora, pero Mo Yan es un poeta ciego. Su escritura es la obra de un visionario deslumbrado por la convicción de un futuro mejor. 
  
Mo Yan, un escritor en el Ejército
Es profesor en la Academia de las Fuerzas Armadas

Mo Yan ha manifestado que su obra narrativa está concebida como un doble homenaje a la libertad y a la condición femenina. Al parecer, el autor de Las baladas del ajo empezó a escribir cuando se enroló en el Ejército Popular de Liberación para huir de las escasas oportunidades de promoción social de los hijos de las familias campesinas. Actualmente, ejerce como profesor del Departamento de Literatura de la Academia Cultural de las Fuerzas Armadas. Alabado por Kenzaburo Oe, que le considera merecedor del Nobel, su trabajo docente se ha convertido en una objeción a su talante crítico con el gobierno comunista. Sin embargo, sus novelas no son nada complacientes con un sistema sin legitimidad democrática.

Articulo : http://www.elcultural.es 11/10/2012