samedi 10 novembre 2012

Abel HERNANDEZ/ La columna de aire


La columna de aire
por Abel Hernández

A veces las relaciones entre las cosas están ahí, delante de las narices, pero uno no las ve hasta pasado un buen tiempo y un buen espacio, y hay que dar un rodeo casi imposible para encontrarlas. 

Así, por ejemplo, quién me iba a decir a mí que un buen día saldría de una exposición sobre la semilla sembrada por Antonin Artaud en diferentes campos del arte y la poesía de los años 50, y que a partir de esa herencia, en unas cuantas horas (quizá días, no sé, porque seguramente haya perdido el sentido el tiempo) llegaría a esta situación de ahora de dar vueltas sobre mi propio eje con los oídos envueltos en telas de los más variopintos materiales, pesos, texturas, orígenes y cortes, mientas sobrevuelan los ecos de sonoridades nuevas e imprevistas, y letras de distintos colores y hasta algunos signos que parecen contener un sonido propio.

Me ocurrió que fui a ver esa exposición al dichoso museo y me quedé atrapado en un fractal. Primero llegó la voz de Artaud, como si saliera de una psicofonía diciendo (casi mejor podría decirse que transustanciándose en) aquellos versos suyos de Alienación y magia negra. Salí de ese primer encuentro sonoro aturdido con su irracional razonamiento de peso y esa voz capaz de adquirir las características físicas de cada una de las palabras. Fui dando tumbos por varias obras letristas, dibujos, pinturas y películas, que me parecieron de sumo interés, hasta llegar a una sala pensada para escuchar sonidos. Con la apariencia de un fumadero de opio diseñado en una Bauhaus del siglo XXI, la luz muy baja y mullidos asientos a lo largo de todas las paredes, la sala gris permitía ponerse una docena larga de auriculares, cada uno de los cuales hacía sonar una pieza propia del contexto de la exposición. 

Se convertía en una experiencia sin fin pasar de uno a otro, desde el mismo Artaud hasta los Déserts de Edgar Varèse o la Symphonie pour un homme seul de los Pierre Schaeffer & Henry, pasando por los experimentos en cinta de John Cage en Williams Mix y sobre todo por obras de esos continuadores del sentido artaudiano de lo poético como filo que fueron los letristas como Isidore Isou y Gil J Wolman o de inventores como Henri Chopin, adelantado de la poesía sonora y concreta. Al lado, un documento mostraba el frenesí de Francois Dufrene y el propio Wolman en el Recital de Poesía Letristade 1964. En el corto de éste último L'Anticoncept, ráfagas de luz se proyectan sobre un globo blanco suspendido en el aire, mientras suenan ruidos de estática y se le oye diciendo "Soy inmortal y estoy vivo". Y en el filme sin imagen de 1952Tambours du jugement premier de Dufrêne, se presenta como instalación cuadrafónica en una sala a oscuras, acolchada como las de un manicomio. Cine de visión a imaginar. Cine netamente sonoro.


Hasta ahí, los puntos de contacto del circuito aparecían bien claros, en relieve. El dramaturgo, poeta, actor, dibujante y bastantes cosas más (incluido probablemente chamán y médium) Artaud como instigador de la poesía sonora francesa y del movimiento letrista. Su sentido del lenguaje, como centro de gravedad de las nuevas vanguardias europeas posteriores a la segunda guerra mundial. Cacofonía, espectros, ruidos parásitos en el filtro del lenguaje de lo que no se dice. Ok. Pero salta todo por los aires cuando se escuchan palabras en portugués. La exposición se gira hacia Brasil y las cadencias de los poetas Haroldo de Campos y Décio Pignatari, hacia el movimiento del Neoconcretismo surgido a finales de la década de los 50, hacia Lygia Clark y sus espacios modulados.


Y, de repente, oyendo esos poemas con palabras como puntos de luz más que como conceptos designados Nascemorre, beba coca cola, Um movimento vivo,con la música de Gilberto Mendes o Willy Corrêa de Oliveira, algo chasqueó los dedos con reverb en la memoria, y ¿a qué suena esto?, ¿a qué suena? Y aparece algo de Hélio Oiticica y, de pronto, el blanco y negro europeo, el riguroso luto y el albo fantasmal de la vanguardia sublevada van tiñéndose de colores y ¿no es ese Oiticica que se declara "hijastro de Artaud" el autor de Tropicália, aquella instalación-laberinto con forma de favela constructivista (estructuras geométricas con materiales precarios y colores puros) que en 1967 dio simbólicamente el pistoletazo de salida al Tropicalismo?¿No es también Hélio Oiticica el autor de esas capas de tela para llevar en el baile llamados "parangolés "que lleva Caetano Veloso en algunas fotos? Claro,Tropicália, Caetano Veloso, y entonces baja un alud.

He pasado horas escarbado entre los restos de esta avalancha de poesía concreta y verbi-voco-visual. Tropicália tomará el testigo en la próxima Columna de aire.

Articulo: http://www.elcultural.es 08/11/2012

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