samedi 10 novembre 2012

Agustín GARCÍA CALVO, libre te queremos


Muere el filósofo, poeta y dramaturgo con 86 años | Figura clave de nuestra cultura, fue uno de los catedráticos represaliados por el franquismo
Agustín García Calvo, libre te queremos
ELCULTURAL.es 
Publicado el 01/11/2012

En el Salón de la Cacharrería del Ateneo, ayer tarde, no estaba Agustín García Calvo (Zamora, 1926). Era miércoles, el día de la semana en que, desde hace años, impartía sus lecciones socráticas rodeado de fieles seguidores que acudían a la cita con el maestro.

Un infarto le tenía apartado de este quehacer, donde quizá podía contemplarse la vertiente más genuina del filósofo: la del sabio que transmite conocimiento mediante la palabra oral.En algún corrillo se comentaba que no andaba bien de salud, que podían perderle en cualquier momento, pero el discípulo que le venía sustituyendo durante sus ausencias, le quitaba hierro a la rumorología: "No hagáis caso de las noticias". La resistencia de su optimismo se ha dado de bruces hoy con la realidad. García Calvo ha fallecido en su casa de Zamora, donde andaba recuperándose de sus achaques del corazón, en compañía de su querido Lucrecio, cuyas traducciones propias andaba revisando. 

El filósofo Javier Gomá lamentaba la noticia durante una conversación por teléfono con El Cultural. Él fue alumno suyo durante tres años cuando estudiaba Filología Clásica en la Universidad Complutense y sabe que se ha perdido un ejemplar de una especie ya extinguida: "Es la única persona que conozco en mi vida que conservaba algo de esa sabiduría en un estado previo a la de este mundo racional, burocratizado y uniformizado". Gomá recuerda que aquellos tiempos los cabellos blancos y alborotados de su maestro, junto con espaldas anchas y fornidas, le daban un aire "cercano al del dios Zeus". "Hasta en los días más fríos del invierno aparecía en la cafetería vestido con una sola camisa jipi de colores atada mostrando panza velluda. Es una imagen que nunca olvidaré". 

Tampoco le olvidaran tantos jóvenes que siguieron su estela libertaria y ácrata, siempre en guardia frente al poder y la realidad. Para la historia de la cultura española queda el surco dejado por sus pasos en el Ateneo. Iba de un lado a otro mientras peroraba, fumando. Verle recitar en su lengua original a los poetas griegos era un espectáculo impagable. "Era un verdadero genio de la oralidad. La dominaba a la perfección después de tanto investigar la métrica y declamación", continua Gomá. Para transmitir sus enseñanzas despreciaba el texto escrito, tan ensalzado hoy en la cultura occidental, "por considerarlo que ya estaba degenerado en relación a la palabra viva".

Otro alumno suyo, Fernando Savater, ha manifestado desde Chile, donde se encuentra de viaje, que García Calvo era "una personalidad única por su original fuerza y su capacidad de suscitar adversarios por su pensamiento". Y ha destacado su "capacidad enorme de análisis de los clásicos griegos". El filósofo y escritor vasco fue discípulo suyo en los 70 y planeó elaborar con él una tesis doctoral, que nunca llevó a buen término. En años posteriores sus posturas se alejaron radicalmente. Pero Savater ha reconocido que fue "fundamental" en su "devenir intelectual y moral encontrarle, no menos que luego despegarme de él".

Fue filósofo, ensayista, poeta, dramaturgo y traductor. Sin duda, una de las figuras de la cultura española más poliédricas, inclasificables y polémicas de las últimas décadas. Aunque él decía, con cierta resignación, que en "era poca cosa en este país". Ganó el Premio Nacional de Ensayo en 1990 por Hablando del habla, el Nacional de Literatura Dramática en 1999 por la Baraja del rey Don Pedro y el Premio Nacional al conjunto de la obra de un traductor en 2006. Durante las revueltas del movimiento 15-M participó activamente en los debates, a pie de plaza incluso, para fervor y estímulo de los llamados entonces a cambiar el mundo. 

García-Calvo realizó estudios de Filología Clásica en la Universidad de Salamanca, donde estudió con la primera promoción de alumnos del maestro de la filología clásica española, Antonio Tovar. Se doctoró en Madrid a los 22 años con la tesis Prosodia y métrica antiguas. En 1951 ejerció como profesor catedrático de instituto.

En 1953 ocupó una cátedra de lenguas clásicas en Sevilla y en 1964 en Madrid, en la Universidad Complutense (UCM), hasta que la dictadura franquista lo separó de la cátedra madrileña en 1965 junto a Enrique Tierno Galván, José Luis López-Aranguren y Santiago Montero Díaz por prestar su apoyo a las protestas estudiantiles. José María Valverde y Antonio Tovar renunciaron a sus cátedras voluntariamente como protesta contra esta medida.

A García Calvo su exilio lo llevó durante varios años a París, donde fue profesor en la Universidad de Lille y en el Collège de France. También trabajó como traductor para la editorial Ruedo Ibérico. En la capital francesa coordinó una Tertulia Política en el café La boule d'or del Barrio Latino. En 1976 fue restablecido en su cátedra, en la que permaneció hasta su jubilación en 1992.

Como filólogo ha hecho importantes contribuciones a la lingüística general, la prehistórica o indoeuropea, la grecolatina y la del espofcont (español oficial contemporáneo). Su teoría general sobre el lenguaje aparece desarrollada en la trilogía formada por Del lenguaje, De la construcción (Del lenguaje II) y Del aparato (Del lenguaje III), y en los artículos recopilados en el volumen Hablando de lo que habla. Estudios de lenguaje (Premio Nacional de Ensayo de 1990).

En 2009 se publicó su trilogía Elementos gramaticales, concebida como libro de texto para iniciar en la gramática a adolescentes. Sus obras más destacadas en el ámbito del pensamiento son: Lecturas presocráticas, Lecturas presocráticas II. Razón común, Contra el tiempo, De Dios y Contra la Realidad.

Como poeta ha publicado, entre otras: Canciones y soliloquios, Más canciones y soliloquios, Del tren (83 notas o canciones), Libro de conjuros, Ramo de romances y baladas, Sermón de ser y no ser, Valorio 42 veces, Relato de amor o 4 canciones de amor perdido y el cínife. Es autor de varias piezas dramáticas como Ismena, Rey de una hora y Baraja del rey don Pedro (por la que recibió el Premio Nacional de Literatura Dramática de 1999).La obra poética de García Calvo ha inspirado varias versiones musicales, como las de Amancio Prada (intérprete de su famoso poema Libre te quiero) o Chicho Sánchez Ferlosio.

García Calvo, además, es autor del himno de la Comunidad de Madrid, al que dio letra por encargo de su entonces presidente, Joaquín Leguina. Cobró el precio simbólico de una peseta.

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Agustín García Calvo
"No quiero ni ver la Nueva Gramática de la RAE"
Por Marta Caballero
Publicado el 22/02/2010

A falta de jerseys, se enfrenta Agustín García Calvo al frío de Madrid con cuatro camisas. Ni una ni dos ni tres, cuatro: lila, morada, verde y blanca. Las cubre además con una cazadora vaquera, que no se quita. La melena, ya muy blanca, va anudada en gomillas de los mismos tonos de su ropa. Y fuma un paquete doble de cigarrillos que enciende con cerillas. Brillan sus cuatro o cinco anillos de piedras. Llega el fotógrafo, él lo intuye, y entonces posa. Tan amable el gesto, que choca tal simpatía con su carácter descreído. Este traje suyo no se lo ha quitado con los años, así que el filósofo parece un trozo de su tiempo, con todos sus atributos. No le falta un perejil. Tampoco ha mudado su pensamiento en lo esencial quien fue uno de los catedráticos represaliados por el franquismo, por eso sigue erre que erre con la Escuela de Lingüística, Lógica y Artes del lenguaje, cuyos actos de homenaje y recordatorio se celebran este martes a las 19.30 horas en el Círculo de Bellas Artes. Por eso la RAE le parece una institución fea y triste y por eso acude los miércoles al Ateneo a debatir con el resto del mundo, en unos encuentros plenos de gente joven -“menos formada”, distingue él- que pulsa el rec de su grabadora para conservar las palabras del maestro. 

PREGUNTA.- Recordatorio para su Escuela de Lingüística, lógica y Artes del lenguaje. No se da por vencido.
RESPUESTA.- Lo que hace que las cosas valgan la pena es la insatisfacción, las quiebras de uno mismo son las que producen ideas como ésta que ahora reivindicamos.

P.- ¿La cultura oficial le sigue pareciendo una estafa?
R.- No estoy interesado en la historia y menos en la contemporánea. Es un engaño, y hay que luchar contra ese engaño de la cultura y de la educación y empeñarse en lo que queda por debajo, que es la lengua. Sin ese desengaño no habría surgido esta idea.

P.- Hasta ahora es una idea nonata. 
R.- Fracasó, como lo hacen las cosas que pueden cambiar algo. Aquel intento no era un proyecto, sino tres encuentros en los que tratamos de reunir gente adscrita a las matemáticas o a la lengua y descubrir lo que se entrecruza entre un campo y otro. Cosas como hasta qué punto la música habla de las matemáticas o cómo las matemáticas estaban en contacto con el lenguaje, pues aquellas no son más que un tipo de lenguaje. 

P.- No hay institución que se dedique hoy a estas conexiones.
R.- No, las instituciones no hacen más que aumentar su potencia de engaño para con la gente. No dejan de imponer ideas sobre la realidad desempeñando una labor mortífera. 

P.- ¿No atisba avances o mejoras desde que empezó a defender estas causas?
R.- El progreso es siempre ir a peor. Los planes de estudio son hoy más engañosos que hace 20 años. Y eso pasa también con las propias ciencias y las disciplinas, que han reforzado más la idea de que están en la verdad. La alegría es que esa labor mortífera nunca se completa del todo y surgen ideas más o menos imprevistas.

P.- ¿Y cómo aguantó 40 años de profesor?
R.- No lo sé, aún me lo pregunto. Ya entonces existían el terror al examen y el temor a los resultados. Yo me decidí a no examinar, repartía las notas según la cara que hubiera puesto el alumno durante el curso. Me las arreglaba con esos trucos. Pero cuando me acuerdo, tengo cierto pesar de haber empleado tanto tiempo en esa educación. 

P.- Hábleme de las tertulias de los miércoles en el Ateneo. Sé que hay allí multitud de jóvenes esperando aprender de usted.
R.- Allí no se da clase, sino que se juega con la lengua y con lo que ésta tiene que hacer frente a las ideas. Va todo tipo de gente, también muchos jóvenes, pero no me gusta llamarlos así, porque es un término más bien fascista, simplemente es gente menos formada. 

P.- Volviendo a la institución. ¿Qué opina de la RAE y de su Nueva Gramática?
R.- A la RAE la encuentro fea y triste. Provoca confusiones de la lengua con la cultura, da instrucciones del manejo de la cultura confundiéndolo con la lengua. Y no puede hacerse eso, porque en la lengua no manda nadie, es lo único gratuito, lo único que tenemos todos. La Nueva Gramática no quiero ni verla, entre otras cosas porque me la sé de hace muchos años. Con la lengua no se puede hacer nada, no hay forma de poner reglas, porque eso lo hace una especie de asamblea subconsciente que está por debajo de las personas. Al hablar uno no sabe lo que hace y cuando trata de saberlo sólo entorpece la lengua. Es lo que ocurre con el feminismo, los que defienden que la lengua es machista se equivocan. En todo caso están hablando de cultura y de educación social. Otras veces hay cosas que vienen de arriba, como el vocabulario semántico, que llegan a penetrar entre el pueblo. Términos como existir o verdad, creados para Dios, han llegado a caer en el subconsciente y la gente los usa, a veces cambiándole el sentido. Es el caso de palabras como individuo, que ahora se usa de forma peyorativa.

P.- Una de sus grandes aspiraciones es devolver la poesía a su función primera de canto.
R.- Sí, la corriente vino a dar con la conversión de la poesía en algo escrito. Yo lo que intento es que la escritura vuelva a las fuentes libres. Esto tiene que ver con la noción de autor, porque al estar escritas las letras pertenecen a un señor o señora.

P.- Usted tiene gran cantidad de títulos publicados, ¿es que no los tiene registrados a su nombre?
R.- Supongo que mis libros lo estarán. No estoy muy al tanto de esto desde que en el 79 fundé una editorial con uno de mis hijos que nadie conoce. Es cierto que una vez al año cobro unos cientos de euros por algunas de mis canciones que cantan varios amigos míos. 

P.- De la SGAE pensará mucho peor que de la RAE...
R.- Esa institución del cobro es de las más graves que hay. Pero no retirarme ha implicado transigir con ciertas cosas. Exige un tanteo que no siempre es fácil. 

P.- De vuelta al proyecto de mañana, llama la atención que lo denominase Escuela, una palabra que parece alejarse de sus ideas contra la institución.
R.- ¿Cómo pensar en una escuela que no sea escolástica? Cierto, pero lo que el término quería decir, escolé, remitía a los conceptos de ocio y juego. Es una de las más curiosas hipocresías del lenguaje para ayudar a los jóvenes a pasar por el aro. 

P.- ¿Tiene conciencia de la percepción que de Agustín García Calvo tienen los españoles?
R.- Soy poquita cosa en este país. Yo he tratado de ser fiel a cómo son las cosas, pero estoy acostumbrado a que los medios vuelvan la cabeza hacia otro lado. 

P.- ¿Y le enfada mucho?
R.- No, yo hablo de alegría, pero que no lo sea del todo, que no sea completa nunca. 

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Agustín García Calvo
“El mundo de la cultura española me importa un bledo”
Por Nuria AZANCOT 
Publicado el 13/07/2006

El más joven de los nuestros viejos filósofos, Agustín García Calvo (Zamora, 1926), acaba de publicar tres nuevos libros, el ensayo ¿Qué es lo que pasa?, a vueltas con la realidad y sus mentiras; una versión rítmica de Cementerio marino, de Paul Valéry, y 47 sonetos de Guiseppe Belli, todos ellos en su editorial, Lucina, creada tras su exilio francés. Su vitalidad no tiene receta, aunque apunta que quizá sea el no rendirse a la ingratitud del mundo de la cultura, y el estar rodeado de gente joven, con la que se encuentra en su tertulia del Ateneo de Madrid.

Pregunta: ¿Qué es lo que pasa en el mundo de la cultura española?
Respuesta: El mundo de la cultura española me importa un bledo. Apenas me interesa como parte de la realidad contra la que el libro mana.

P: ¿Por qué contra la realidad?
R: Porque la realidad se nos presenta, se nos impone o vende, nos estamos hundiendo en la verdad y sólo podemos defendernos contra eso, contra las mentiras de la ciencia y de la física. En el libro intento descubrir la esencia, la verdad y la mentira, de la realidad.

P: ¿La raíz del libro es la tertulia que mantiene desde hace 8 años en el Ateneo de Madrid con un centenar de jóvenes?
R: Desde luego, en gran parte surgió de ahí, en las sesiones del Ateneo. Es un fenómeno singular porque va ya para nueve años y siempre acuden unos cien, con pocas deserciones incluso en verano, a pesar del desprecio hacia mi obra de los que mandan en el mundo de la cultura. Y me consuela bastante. 

P: ¿El contacto asiduo con jóvenes creadores le da motivos para el optimismo?
R: Prefiero hablar no de jóvenes sino de gente menos formada. Existe una mayoría idiotizada que domina la ciencia, la cultura y con los que no se puede hablar porque no aceptan el debate. Otros menos formados sí admiten el intercambio de ideas, porque la edad no condiciona demasiado ese talante abierto. 

P: ¿Cómo surge su pasión por la física?
R: Mi pasión por la física esencialmente es odio. Y nace del amor a lo que no se sabe, a lo que sigue vivo. Por eso odio el capitalismo, que es la realidad de lo real, y otras formas de la realidad, como la ciencia y la cultura, que siempre están al servicio del poder. Me interesa saber si en física se puede descubrir algo de lo que es la verdad, a pesar de sus contradicciones. 

P: ¿Se puede luchar contra la realidad?
R: Siempre, es una batalla abierta. En contra de lo que nos quieren hacer creer, la realidad no es todo lo que hay. Y no sólo es que haya probabilidad de éxito al combatirla, sino que es posible. Es lo que hace que el corazón y la razón sigan latiendo, porque no hay que resignarse jamás.

P: Y sin embargo, la escritura también falla...
R: Claro, porque tampoco está perfectamente hecha; pero a través de sus grietas a veces habla algo de voz viva en forma de poesía o de lógica, y entonces es lo que deshace la contradicción. 

P: Ahora que menciona la poesía, también acaba de publicar una nueva versión del Cementerio marino de Valéry, y 47 sonetos de Belli... ¿cómo conviven en su caso el filósofo y el poeta?
R: Con naturalidad. En mi caso filosofía y poesía siempre han estado ligadas, sólo separadas por el placer de las técnicas creativas diversas.

P: ¿Por qué se edita sus libros, es una decisión personal o un síntoma del mercado editorial? 
R: El problema es complejo. A mí, como sabe, ni Dios me hace caso, de modo que cuando volví de Francia decidí con alguno de mis hijos montar la editorial, con resultados económicos desastrosos.

P: ¿Sí, qué respuesta tienen entonces sus libros?
R: En general los medios, con excepciones como El Cultural, no se dan ni por enterados de lo que estoy haciendo. Se ve que sólo se recoge o alaba lo que se vende fácilmente, lo que no hace pensar, no molesta ni daña. Y se ve que mis obras son peligrosas.

P: ¿Por eso afirma que se venden los vendidos?
R: Sí, cuando uno decide someterse a las reglas del mercado, tratando de decir algo original pero aceptando los límites impuestos, se vende y vende. Pero si decide trabajar con libertad, sin someterse, tiene pocas probabilidades de reconocimiento.

P: ¿En qué radica la originalidad de su traducción de Cementerio marino?
R: En que he reinterpretado el ritmo del verso francés, dándole una nueva musicalidad a los poemas.

P: ¿No es un esfuerzo inútil empeñarse en volver a Valéry o Belli, en estos tiempos de falcones y browns?
R: No sé si es inútil, pero sí es posible y necesario. Me he dedicado a sacar a la luz poesía antigua y moderna, porque es uno de los sitios donde se habla de verdad. Intento devolver a la voz viva lo que yace muerto en la escritura.

P: ¿Le gusta que le consideren “el último ácrata”?
R: Nada, en absoluto, es meterme en la historia, es un truco, un señuelo, una etiqueta para hacer que lo que hago no sirva para nada. Lucho contra eso.

P: ¿De verdad cree que su obra no es más valorada porque hace tiempo renunció a salir en televisión?
R: Sí, suelo decirlo así, que la mitad de la culpa es mía y la otra del mundo porque me he negado a aparecer ahí, y lo que no sale en la televisión no existe. 

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Uno o dos en 23 sitios y más
Agustín García Calvo
Lucina. Zamora, 2003. 116 páginas, 7 euros
Por José Luis GARCÍA MARTÍN 
Publicado el 31/07/2003

García Calvo gusta de arremeter quijotescamente contra el Estado, el Capital, la Realidad, la ortografía académica, las normas editoriales y otras quimeras. A medio camino entre la genialidad y ciertas peculiaridades idiosincrásicas que antiguamente se conocían como chifladura, es un escritor, y un personaje, desmesurado y fascinante.

Hombre de muy varios saberes, filósofo y lingöista, el núcleo de su obra incitante y plural se encuentra, como en el caso de Unamuno, en la poesía. Aunque comenzó a escribirla en los 40, en su época de estudiante en Salamanca, no comenzó a publicarla hasta los setenta, lo que le llevó a quedar descolgado de su generación, que es la misma que la de José ángel Valente, ángel González o Claudio Rodríguez.

Canciones y soliloquios titula el tomo, luego ampliado, en que recopila lo fundamental de su obra. Un puñado de nuevas canciones añade en Uno o dos en 23 sitios o más. La estructura del volumen, que no lleva índice, resulta curiosa. Aparece, en primer lugar, la colección que le da título, veintitrés canciones surgidas a lo largo de diversos viajes, generalmente por tierras españolas. Vienen luego, separados por un garabato e impresos en negrita, un poema titulado “Soliloquio con coro” y la traducción de un poema de Iris Murdoch. Termina el volumen con un “Suplemento de lírica ferroviaria”, una serie de canciones, numeradas del 84 al 105 que continúan las incluidas en Del tren (las precede un fragmento olvidado que ha de intercalarse, según indica el autor, en la página 99 de ese libro). Son los caprichos de la autoedición, que quizá desanimen a algunos lectores.

En el prólogo a Ramo de romances y baladas escribió García Calvo que el poeta, como creían los antiguos, es un “Criado de las Musas”, pero que no hay más musa que “el lenguaje común y popular, del que toda gracia mana, y que es el que habla, hasta en la poesía culta, cuando el poeta tiene el arte de quitarse de en medio un poco”. Mucho de esforzados, y a ratos hasta premiosos, ejercicios, tienen estas canciones, que no siempre consiguen levantar el vuelo (la inicial resulta especialmente cansina), pero que de vez en cuando logran esa magia popular que el autor busca, ese ser de todos y de nadie como las mejores canciones tradicionales. Algunos ejemplos memorables: la canción 5, la de la lluvia en París, la misma lluvia de hace años o siglos, indiferente a la locura breve de los hombres que sueñan que hacen historia; la número 7, la propia muerte entrevista un viernes santo en Salamanca; la número 11, que habla de un hotel en las Ramblas y de un balcón abierto; la número 22, con su tarde quieta, transparente, la cigöeña enhiesta en su torre y el tiempo por un instante detenido. Las machadianas canciones del tren no resultan menos memorables, trenes que van de Zamora a ávila o a Medina, que cruzan la Mancha, que bordean el Miño o el Duero, que pasan una y otra vez frente a Navalgrande, que unen Palma con Sóller. El recuerdo de Antonio Machado resulta inevitable: “Corre el tren/ por sus brillantes rieles,/devorando matorrales,/alcaceles,/terraplenes, pedregales,/ olivares, caseríos,/ praderas y cardizales,/ montes y valles sombríos”. En varias de estas canciones viajeras el autor se encuentra, al volver a un lugar frecuentado hace años, con aquel que fue, esperándole: el exiliado de París, el alférez novato de Plasencia. “¿Cuándo será que pueda/librarme de este hombre,/ y que me deje/que me olvide, que siga/andando solo/y como pueda?”. El autobiográfico temblor de la elegía añade emoción a unas canciones que se quieren de todos y de nadie, desnudo regalo del ritmo y de la lengua, y que a veces, como por imprevisto milagro, nos permiten entrever lo que está más allá de las palabras. 

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37 adioses al mundo
Agustín garcía calvo
Lucina. Zamora, 2000. 123 páginas, 1.000 pesetas
Por Román PIÑA 
Publicado el 02/05/2001

Un libro valioso, no sólo históricamente. Un libro sobre el que pensar y desde el que las puertas del pensamiento se abren

Para quien conozca a Agustín García Calvo está fuera de lugar aclarar de qué tratan sus adioses el mundo. Para quien no lo conozca, decir que García Calvo es el creador más original, marginal, solitario y tocapelotas del panorama español no será decir mucho. Pero si el lector no avisado se entera de que nuestro poeta, latinista y helenista, dramaturgo y declamador, lo mismo te hace una versión rítmica de la Ilíada que le pone voz a un coño (“¿Qué coños? ¿Cincuenta cuentos y una charla?”), entonces posiblemente albergue ilusiones de conocer a todo un personaje. García Calvo, que obtuvo en 1999 el Premio Nacional de Literatura Dramática, aprovechó el espacio que el diario La Razón le brindó, rompiendo los esquemas mentales de quienes tachan este periódico de “de derechas”, para ir despidiéndose durante treinta y siete miércoles de “las miserias y pesadumbres del mundo en general y del Estado del Bienestar en particular”. Treinta y siete motivos para dejar este mundo encantado, descansado, harto, ya son. García Calvo acomete contra todos los elementos del sistema que tiene sometido a lo que él llama “pueblo”. Automóviles, Leyes, Ejecutivos, Semáforos, Fiestas, Fechas, Televisión, Jóvenes, Ciencias, Turistas, Letras, Idiomas, nadie se salva de la mayúscula inicial, marca de desprecio. Se abren muchos de estos artículos con una breve pincelada de nostalgia, algún elogio que revela un mínimo placer de haber vivido. Pero en toda rosa hay espinas y los motivos que afean y prostituyen cualquier aspecto de la realidad, empujan a García Calvo a una muerte feliz. Su prosa es canción, juego y ejercicio. Sus adioses las coces de un Diógenes. Será duro “dejar de acariciar la yerba o sentir correr el agua entre los dedos de los pies o ver desgranarse las nubecillas con el morir del sol”. Pero, en resumen, ¡cómo le consuela a García Calvo pensar que dejará de ver a los hombres “sometidos y condenados a comprar futuro, cargándose cada vez más de tristeza y aburrimiento”.

Articulo: http://www.elcultural.es 05/11/2012