samedi 10 novembre 2012

Alberto OJEDA/Luis HARSS: "Nunca pretendí establecer un canon del boom latinoamericano"


Luis Harss
"Nunca pretendí establecer un canon del boom latinoamericano"
Por Alberto OJEDA

Alfaguara reedita 'Los nuestros', libro de entrevistas en el que el crítico chileno fijó en 1966 la nómina del boom latinoamericano | Esta tarde, además, Vargas Llosa abre en la Casa de América un congreso internacional sobre el revolucionario movimiento, que agrupó a Cortázar, Carlos Fuentes, García Márquez...

Los nuestros es un libro que tiene rango clásico. Luis Harss, su autor, un crítico apenas conocido en 1966, año de su publicación, jamás pensó fuera a tener tanta repercusión. Pero hoy cualquier estudio sobre la novela latinoamericana del siglo XX debería hacer escala en los diez perfiles-entrevistas que recogió en ese volumen. Todo empezó por una casualidad, cuando viajó a París y se encontró en el escaparate de una libreríaRayuela. Y bajo el título, un nombre: Julio Cortázar, de quien le había hablado un pintor argentino-japonés amigo suyo antes de viajar a la capital francesa. "Es un gran escritor. Búscale", le aconsejó. No hizo mucho caso hasta que se dio de bruces con ese ejemplar tras el cristal. Cuando lo leyó, quedo fascinado. Y, al fin, decidió ir a su encuentro, con la vaga idea de traducirle al inglés. Ahí empezó la sucesión de entrevistas. Un escritor le llevaba a otro. Cortázar le habló de Vargas Llosa, que también vivía en París. El Nobel peruano, a su vez, le puso en contacto con Carlos Fuentes, otro inquilino provisional de la bohemia parisina. Éste le dijo que había un colombiano empecinado en encerrar un universo entero en una novela. Y así se fue conformando "la trenza".

Ese clásico contemporáneo se reedita ahora de la mano de Alfaguara. Un momento muy oportuno. Algunos fijan el surgimiento del boom latinoamericano (un término que se sacó él de la manga, "una pavada" que hizo fortuna) hace justamente 50 años: en 1962 vieron la luz La ciudad y los perros de Vargas Llosa, y Aura y La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes. La recién creada Cátedra del primero (un año de vida), en colaboración con Acción Cultural Exterior, ha organizado para conmemorar la efeméride el Congreso Internacional El canon del boom, que se desarrollará en ocho universidades españolas y que arranca esta tarde en la Casa América, con una conferencia de Vargas Llosa y la presencia de los Príncipes de Asturias. Se impone escuchar de nuevo al investigador literario que primero fijó una nómina cerrada de este movimiento. Y eso es lo que hace a continuación El Cultural. Pasados los años, reconoce que le pesa haber dejado fuera algunos nombres (Cabrera Infante y Filisberto Hernández en particular) y que la suerte jugó un papel clave a la hora de troquelar esta Piedra Rosetta del boom latinoamericano. 

Pregunta.- Los diez autores canonizados por usted tienen cada uno una personalidad muy singular, que se traslada a su propia obra, pero ¿cuál sería el rasgo común que los hermana? 
Respuesta.- La preocupación por el lenguaje como expresión de una forma de ser, y el intento de desmarginalizar Latinoamérica, centrar allí la experiencia humana para universalizarla. 

P.- Uno de los aspectos más comentados del libro son las ausencias. Reconoce tener algunos remordimientos por dejar fuera a algunos autores. ¿Qué ausencias le pesan más en la conciencia? 
R.- Los tres o cuatro años alrededor de Los nuestros fueron una explosión de autores nuevos. Algunos, como Lezama Lima o Guillermo Cabrera Infante, publicaron (Paradiso, Tres Tristes Tigres) justo cuando ya había salido mi libro. Felisberto Hernández ya había muerto cuando emprendí el proyecto. Juan José Saer todavía no se hacía notar. Otros no me gustaron. Soy cabezadura, no me arrepiento de nada. Nunca pretendí establecer ese famoso canon. Ni me creí tanta cosa. Junté la gente con la que simpaticé. 

P.- Una pena que Felisberto Hernández muriera poco antes. ¿Por qué lo valora tanto? 
R.- Porque decía que ciertas palabras eran amigas y tenían calor humano. Escribía "pastito"y el editor corregía: "césped", que no era lo mismo. Soñaba sus cuentos como quien ve crecer una plantita en el subconsciente. Veía cosas que otros no ven, y ésas eran las que le interesaban. No hay mucha gente así. 

P.- Se pregunta todavía por qué se leyó tanto el libro. ¿A qué conclusiones ha llegado para explicar su éxito? 
R.- Fue el momento. El público lector quería mirarse en su propio espejo. Había cierta prosperidad editorial. Una conciencia de un mundo latinoamericano más profundo que las diferencias políticas o las fronteras. En los años de las dictaduras, la libertad espiritual de estos escritores prometía otra cosa. Y hay que recordar los cursos universitarios que usaban Los nuestros como guía. Era algo sencillo, sin jerga crítica, retratos de personas, lecturas pensadas de sus libros. Yo daba mis impresiones más o menos espontáneas. Era como cualquier lector que comunica sus entusiasmos. 

P.- El libro ensalza las virtudes literarias de los diez autores. Les ayudó bastante en su proyección posterior pero usted también les hace bastantes observaciones y reproches. ¿Quizá eso también ha acrecentado el interés por Los nuestros, el que no sea un mero panegírico? 
R.-A veces, lo siento ahora, mis críticas eran tontas o males informados o emprejuiciadas, pero sí indicaban el deseo de mantener la objetividad.

P.- Comenta que estos autores tenían ya sus exégetas y cierto reconocimiento pero que hacía falta "inventarlos" para darles relieve propio, y separarles así de la tradición anterior. ¿Cómo describiría esa función de invención que usted puso en marcha? 
R.- Ahora, con el paso de los años, me parece todo una novela, pero no inventada por mí sino por esos escritores que empezaban, cada uno, a saber quién era. 

P.- El primero que conoció fue a Cortázar, por una casualidad. Pero ¿cómo llegó a García Márquez, que por entonces era un desconocido? 
R.- Me parece que llegué a través de Carlos Fuentes que abrazaba y protegía gente de valor. Era la famosa mafia. En realidad, un club de amigos. Y para mí una trenza de la que me fui agarrando. 

P.- También le honra el hecho de que reconozca que, de entrada, Cien años de soledad le pareció "una anécdota". 
R.- Sigo creyendo que es una anécdota pero ha cambiado radicalmente mi impresión de lo que se puede lograr con una anécdota. 

P.- ¿Qué papel diría que jugó España, sobre todo Barcelona y sus editoriales, en el estallido y resonancia del boom? 
R.- Creo que el tercer polo de la nueva novela fue Barcelona. Yo eso no lo sabía entonces. La amistad de Carlos Barral con algunos de los nuevos, la importancia que tuvo el imperio Carmen Balcells. 

P.- Reconoce en el nuevo prólogo que se ha sentido tentado de corregir algunos "defectos". ¿Cuáles son los más graves, si se pueden confesar? 
R.- Principalmente la traducción del inglés. Fue hecha de apuro. Ahora cotejé con el original. Había cosas que no entendía yo mismo en la traducción. En cambio, mis criterios de esa época los dejé, aunque no fueran los míos de ahora. Corregirlos hubiera sido falsear el texto. A veces agregué alguna pequeña aclaración o se me ocurrió algún detalle pintoresco. 

P.- ¿Cómo ve las generaciones posteriores de jóvenes escritores latinoamericanos que intentan sacudirse la sombra de unos maestros tan relevantes? 
R.- No estoy nada al día. Conozco solamente obras individuales y desde hace muchos años ya no estoy más en ese mundo, del que fui huésped sólo por un momento. 

P.- ¿Cuál es su canon dentro del canon? ¿Podría citar las tres obras más notables de este grupo?
R.- Mis favoritos personales siguen siendo La vida breve de Onetti, Rayuela y los cuentos de Borges. Soy o fui río platense. 

P.- Ahora ha vuelto Argentina. ¿Se ha reconciliado con el país o sigue pensando que allí "la gente de valor en cualquier esfera de la vida termina fundida, o suicidada, o expulsada"? 
R.- Pienso lo mismo que pensé siempre y más con este gobierno que hunde otra vez al país en el pozo del pasado. 

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El canon del boom latinoamericano, a juicio
Por Alberto OJEDA 
Publicado el 31/10/2012

Con motivo del 50° aniversario del surgimiento del movimiento literario, se celebra en ocho universidades un Congreso Internacional con casi una cincuentena de autores

En 1962, mientras la tensión entre los Estados Unidos y la Unión Soviética estaba a punto de pasar de una guerra fría a una guerra atómica (recuerden la crisis de los misiles), aparecieron en librerías La muerte de Artemio Cruz yAura, de Carlos Fuentes; y La ciudad y los perros, de Vargas Llosa. Es difícil establecer hitos definidos y definitivos cuando se habla del surgimiento de un movimiento literario. Pero lo cierto es que ese año, por su cuádruple coincidencia, podría fijarse como el que dio a luz el boom latinoamericano. Al menos así lo ha decidido la Cátedra Vargas Llosa y Acción Cultural Española, que han organizado el Congreso Internacional El canon del boom, por el que desfilarán 46 escritores españoles y latinoamericanos, a lo largo del 5 al 10 de noviembre. 

Corresponderá al propio Vargas Llosa inaugurarlo, el lunes a las 19.00 horas en la Casa de América, con una conferencia magistral en la que recapitulará sobre los orígenes del grupo, que tuvo en Barcelona su epicentro, sobre todo gracias al clima de apertura que se respiraba en la capital catalana por entonces, con una ebullición de editoriales y agentes (mención especial merece Carmen Balcells) que apostaron por primera vez por aquellos jóvenes valores que revolucionarían la historia de la literatura en español. En el congreso de la próxima semana se mezclarán autores de diversas edades, cada uno con su visión sobre aquel fenómeno. Estarán algunos consagrados, aparte del Nobel peruano, como Sergio Ramírez y Caballero Bonald (este último cerrará el ciclo el viernes). 

Aunque en la nómina del congreso sobre todo abundan voces nuevas, o no tan nuevas pero que, por diversas razones, a pesar de tener ya una trayectoria notable, no son tan conocidos en España. Entre los primeros, J.J. Armas Marcelo, director de la Cátedra Vargas Llosa, destaca la presencia de Jeremías Gamboa y Pedro Félix Novoa, dos escritores limeños que ya van acumulando contratos de edición y traducciones en diversos países (al primero lo editará Mondadori en España). Entre los segundos, podría citarse al argentino Marcelo Birmajer y el venezolano José Balza. "A todos ellos", advierte el escritor canario, "les corresponde desterrar y rescatar nombres" de ese canon que, desde siempre, ha dado mucho que hablar. En ese "todos ellos" hay que incluir, además, Héctor Abad Faciolince, Iván Thays, Fernando Iwasaki, Fernando Savater, Luis Gotisolo, Carlos Franz...

Un libro clásico que intentó ofrecer una lista cerrada es Los nuestros (1966 y recién reeditado por Alfaguara), en el que el crítico e investigador Luis Harss reunió una serie de entrevistas a 10 escritores (Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Joao Guimaraes Rosa, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa). El propio Harss reconoce hoy, no obstante, que las limitaciones de espacio, las muertes prematuras y su propio desconocimiento dejaron fuera plumas también capitales. El cónclave de la próxima semana, titulado no por casualidad El canon del boom, repasará esas nóminas canónicas para ponerlas al día. Armas Marcelo se acuerda (se quiere acordar, digamos) de Jorge Ibargüengoitia, "al que sólo leemos escritores", y de Roberto Arlt, "del que muchos dicen, y creo que con buenas razones, que fue el introductor de la novela moderna en Latinoamérica". Son dos, pero los autores que bailan en la frontera de la etiqueta boom son muchos.

Una de las características más llamativas del congreso es, por otra parte, su carácter descentralizado. La mayoría de las mesas redondas se celebrarán en la Casa de América. Pero los escritores se dividirán en grupos y se repartirán por diversas universidades españolas que han concedido el Doctorado Honoris Causa a Mario Vargas Llosa (la Universidad Europea de Madrid, la de La Rioja, Castilla-La Mancha, la de Valladolid, la de Granada, la de Murcia y la de Alicante). 

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Aquellos años del boom
La Barcelona del boom
Por Joaquín MARCO
Publicado el 15/10/2010

Como ya apuntó Javier Cercas, tampoco la concesión del Premio Nobel a Mario Vargas Llosa significó para mí sorpresa alguna. Su obra merecía la distinción desde hace muchos años. Que no se lo hubieran concedido todavía no era otra cosa que un demérito de la Academia Sueca que ya se había deslucido con Jorge Luis Borges. Y, al margen de considerarla como un homenaje a la diversidad de la lengua española, creo que puede celebrarse también la relación que el autor peruano y español ha mantenido con la ciudad de Barcelona, cuando ésta significaba, mucho más que hoy, el epicentro de la literatura hispanoamericana.

Tras formarse en Perú y lograr una beca para ampliar sus estudios en España, la primera obra premiada de Mario Vargas Llosa no fue La ciudad y los perros, sino un libro de relatos titulado Los jefes (1959), que obtuvo el prestigioso, aunque modesto, “Leopoldo Alas” en Barcelona. No sería difícil, tal vez, establecer algunas relaciones que podemos advertir entre el decimonónico “Clarín” y el renovador, aunque entonces muy joven todavía (23 años) y reciente Premio Nobel. 

Carlos Barral cuenta en sus memorias cómo y por qué se trasladó a París para conocer al novelista peruano y a proponerle que se presentara al recién estrenado Premio Biblioteca Breve. Por aquel entonces yo formaba parte del comité de lectura de aquella inolvidable aventura editorial. Y fue, por entonces, cuando me lo presentó Barral en el pasillo de los despachos de “los sabios” que conectaba directamente con el suyo. Fue, pues, antes de la publicación de La ciudad y los perros, de que la lucha con la censura obligara al editor a ofrecer la novela con unas páginas introductorias explicativas, de un papel amarillento, firmadas por José Mª Valverde. En aquella primera edición figuraba también un plano desplegable con el barrio limeño de Miraflores. 

Muchas veces se dijo que fue este libro quien propició el llamado boom, denominación ya inevitable, para designar a un grupo de escritores de características muy distintas y de nacionalidades diversas, aunque con algunos rasgos comunes: la voluntad renovadora de la literatura hispanoamericana; la recreación del lenguaje oral; de la tradición técnica derivada de la narrativa de la generación perdida estadounidense y de otros modelos latinoamericanos que ya la habían asumido (Borges, Onetti, Lezama Lima, Arguedas, Asturias, Carpentier, Bioy Casares, Leopoldo Marechal, Yáñez y, principalmente, Juan Rulfo) y el carácter autobiográfico de sus textos. 

Vargas Llosa no lo disimuló en sus primeras novelas, intuyendo ya que la propia experiencia era materia esencial del escritor, ya fuera la de su infancia en la novela corta, escrita entre 1965 y 1966, Los cachorros (que alcanzó una difusión, sólo en España, que excedió de los trescientos mil ejemplares en aquella colección que dirigí, Biblioteca Básica Salvat y Alianza Editorial) para la que escribí un prólogo (1970), su adolescencia en Conversación en la catedral (1969), una de los varios, aunque en este caso decisivo, testimonio sobre la dictadura, en el Perú de Odría o La tía Julia y el escribidor (1978), que tuvo mucho más tarde su réplica. Pero, al margen de su ya elaborada técnica y de sus intuiciones, Vargas Llosa se sirve de la recuperación del lenguaje en etapas decisivas de su formación, porque lo reelabora con sus modismos, colaborando en la reconstrucción realista y, a la vez, simbólica de la ciudad. 

Barcelona se convirtió en un polo de atracción de los narradores latinoamericanos, desde Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa a José Donoso y Jorge Edwards, junto a una valiosa colonia peruana, entre la que figuró también Julio Ortega. Sin lugar a dudas, Carmen Balcells, y cierta libertad vigilada, junto al hedonismo del fenómeno Boccaccio, colaboraron en convertirla en núcleo de un exilio político o literario. Intervino también en ello la proximidad parisina y la figura de Juan Goytisolo -árbitro de lo latinoamericano joven en Gallimard-, la aparición de nuevas editoriales de espíritu renovador: Lumen, Anagrama, La Gaya Ciencia, Tusquets, al margen de las experiencias de Barral, desterrado ya de su emblemática Seix-Barral.

Mientras Vargas Llosa escribe su análisis -no superado todavía- sobre la narrativa de García Márquez, Historia de un deicidio (1971), elabora su novela de mayor riesgo, La casa verde (1966). Pero en estos años García Márquez y Vargas Llosa ocupan ya el olimpo del boom. Su relación con Barcelona se prolonga hasta ayer mismo. En 1992 acudió a un encuentro, ya irrepetible, de figuras de la narrativa hispanoamericana en la Universidad de Barcelona, al que le convoqué. En él estaba también Octavio Paz, junto a Bioy Casares, Alfredo Bryce Echenique y otros, algunos ya desaparecidos. Posiblemente otras fases de su obra estén más próximas a otras lenguas y culturas.

Pero su texto sobre Tirant lo Blanc procede no sólo de su entusiasmo, ya en su etapa de estudiante en la Universidad de San Marcos, sino del contacto con Martín de Riquer, quien divulgó el libro de caballerías catalán que salvó Cervantes de la quema. En 2004, Antoni Munné vino a visitarme para pedirme, de parte de Mario Vargas Llosa, que prologara el volumen sexto de sus Obras Completas (Galaxia Gutenberg) correspondiente a sus Ensayos literarios, que aparecieron al año siguiente.

Mi admiración por su honestidad intelectual nunca decreció, pese a sus aventuras políticas (recordará bien cómo le aconsejé en Madrid que no cayera en la tentación de presentarse a la presidencia de su país). Pero también de aquella experiencia extrajo temas para futuras novelas y el eje de su autobiografía. Nunca se ha apartado de un realismo que trata de reflejar una realidad compleja, ni siquiera en su faceta como crítico, ya sea la de Arguedas y el indigenismo, la burguesía francesa y Flaubert u Onetti y su espacio simbólico. 

No cabe olvidar que la España sentida del escritor algo deberá a una Barcelona sobre la que tan escasamente escribieron los del boom y que, tal vez, convenga reivindicar por su riqueza intelectual incluso durante aquel postfranquismo con Franco, capital de la edición, en la búsqueda entonces de un ámbito universal. 

Articulo: http://www.elcultural.es 05/11/2012