samedi 10 novembre 2012

Daniel HANDLER/ Cómo, cuándo y dónde leer poesía


Artículos
Cómo, cuándo y dónde leer poesía
Por Daniel Handler

Incluso algunos voraces lectores encuentran dificultades para meterle el diente a la lírica. Puede no tratarse de un asunto de género, sino de momento y lugar. Al menos así es para el novelista que firma este ensayo.

Si usted entrara a la sala de mi casa un fin de semana por la noche, le resultaría miedoso. Aun antes de que yo me levantara y le preguntara qué está haciendo en mi casa, vería un sillón de cuero negro que, ya me han dicho, es demasiado grande para el lugar. Yo, por mi parte, estaría de traje y corbata, leyendo poesía.

Nunca tuve los problemas que la gente dice tener con la poesía: que les parece aburrida, que no la comprenden. Como lector voraz, gasté mi niñez leyendo cosas de adultos y aprendí rápido a encontrar la paz estática de la literatura. Cuando uno ha leído El arco iris a los catorce años (oí decir que D. H. Lawrence era sucio), un poema de Robert Hass parece cargado de acción. Y hasta donde llega mi comprensión, la poesía no tiene más misterio que muchas otras cosas. Esta mañana, en la estación de buses, un pequeño letrero electrónico anunció que mi bus llegaría en dos minutos, luego en un minuto, luego anunció: “Llegando”, aunque la calle permaneció vacía. Luego se fue. Había perdido un bus que nunca llegó. Ninguna frase de El juramento de la pista de frontón, de John Ashbery, podría acercarse a aquel sentimiento de confusión pura y completa.

Mi problema con la poesía era que no sabía cuándo leerla. Me refiero a leerla por placer. Sé cómo leer poesía cuando la estoy estudiando: a John Donne lo recitaba en voz alta cuando estaba en la universidad, y mi novia fingía interés. Sé cómo leer poesía cuando intento escribir: copié tanto de las obras completas de Elizabeth Bishop que debieron darle a ella el Premio de Poesía Estudiantil de Connecticut en 1992, no a mí. Y sé cómo leer poesía cuando estoy escribiendo una reseña: en tres largas tandas en el bar de la esquina, con el bourbon induciendo mis opiniones críticas. Cuando soy mi seudónimo, Lemony Snicket, sé cómo devorar Las flores del mal de Baudelaire mientras escribo novelas para niños. Pero, hasta hace un par de años, tenía problemas tratando de descubrir cuándo leer poesía por el simple gusto de leer.

Con los grandes tomos, simplemente, no había solución. Los compraba cuando salían: en la librería se veían tan atractivos y vigorosos que, al igual que las personas atractivas y vigorosas, prometían llegar a arreglarme la vida. Pero en el hogar se volvían intimidantes, y no ayudaban las reseñas según las cuales a Czeslaw Milosz ya lo sabíamos de memoria y el tomo debía estar en los anaqueles solo por “referencia”. Pero, incluso con un libro estándar (digamos ocho años de trabajo para la mayoría de los poetas, y una semana y media para Charles Simic), son pocos los poemas de un mismo autor que uno pueda leer de una sentada. Yo leo dos o tres poemas seguidos de Campbell McGrath y quedo contagiado de alegría por ese aliento entusiasta. Si leo siete u ocho, me resulta admirable que pueda mantener una consistencia de tono y a la vez ser sorprendente todo el tiempo. Si leo diez o doce, tal vez sea suficiente Campbell McGrath por un tiempo, sin ánimo de ofender. Si leo dieciocho poemas sin respiro, bueno, Campbell, ya cállate. ¿Qué le voy a hacer?

La solución, como muchas otras soluciones, vino de mi esposa un sábado por la noche. Este es un mundo injusto y, como la mayor parte del género masculino, puedo pasar de estar en piyama escuchando Sonic Youth a estar bañado, afeitado y arreglado, listo para mi primer martini, en quince minutos. Si hay que ponerse corbata, digamos veinte minutos. Mi mujer, entretanto, tiene que luchar en este patriarcado. Para aparecer amorosa y formal, pese a que le proteste y le argumente que se ve encantadora con cualquier chaqueta, ella necesita todo el tiempo del mundo. En demasiadas ocasiones estuve en conflicto: ¿qué hacer mientras la esperaba? Una noche me acerqué a decirle que faltaban veinte minutos para la hora. “Vete de aquí”, me ordenó. “Ve y siéntate en ese sillón enorme que insististe en comprar”. 

Le hice caso, e impulsivamente tomé el volumen de las obras completas de Cesare Pavese. Allá en la alcoba, mi esposa encendió el secador de pelo por tercera vez mientras yo leía:

Aturdido por el mundo, alcancé una edad
en que tiraba golpes al aire y lloraba a solas.
Escuchar los discursos de hombres y mujeres
sin saber responder no es que alegre mucho.
Pero hasta eso se acabó; no estoy más solo
y si no sé responder, sé arreglármelas sin eso.
He encontrado compañeros encontrándome a mí mismo.

(De “Antepasados”)

Y seguí y seguí. Había descubierto una porción de tiempo perfecta, que se acopla a la poesía como (ya lo dijo Matthea Harvey) la tina a la forma humana. Fue así como empecé a leer a Harvey, y a Chelsey Minnis, y a Joshua Beckman. He surcado a Joshua Clover, he rabiado y delirado con Carolyn Kizer. Me he puesto eufórico con D. A. Powell, risueño con James Tate, sentimental con Robert Frost. Admiro los diseños de las editoriales Wave Books y Ugly Duckling. Intento que Daisy Fried no me ponga llorón ni que Anne Carson me apague. Y una y otra vez hago todo lo posible por avanzar con The Changing Light at Sandover, el poema de 560 páginas de James Merrill, pero después de veinte años sigo tan perdido como el arete que mi esposa no encuentra. No es que el mundo se detenga cuando leo, pero mi lugar en él parece volverse extraño. ¿Qué mejor contexto para entender For the Fighting Spirit of the Walnut, de Takashi Hiraide?

Invito a todos los que ya estén vestidos, y listos para salir, a que me acompañen. A pesar de lo que digan, hay suficiente espacio en la sala, aun con el sillón de cuero negro. Por cierto: es el único mueble donde no se pueden sentar, porque es mío.  

Articulo: http://www.elmalpensante.com 07/2012

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...