samedi 24 novembre 2012

Diego GIMÉNEZ/ Extrañas formas de vida: VILA MATAS, PESSOA & Will OLDHAM


Extrañas formas de vida: VILA MATAS, PESSOA & Will OLDHAM
Por Diego GIMÉNEZ

El 1 de agosto de 2008 Enrique Vila-Matas leyó en la Cátedra Anagrama en Monterrey un texto que, bajo el título Alocución en Monterrey, aborda el tema de la metaliteratura.

Dice: “Escribimos siempre después de otros. Y a mí no me causa problema recordar frecuentemente esa evidencia. Es más, me gusta hacerlo, porque en mí anida un declarado deseo de no ser nunca únicamente yo mismo, sino también ser descaradamente los otros. Ya en uno de mis primeros libros, Recuerdos inventados, me dediqué a robar o a inventar los recuerdos de los otros para poder tener una personalidad propia”.

El pasado abril, en vísperas de Sant Jordi, entrevisté a Vila-Matas en +Bernat para hablar de las librerías de barrio y de Aire de Dylan. En aquel momento sólo transcribí una parte de la conversación. Meses después, recupero esa charla por una extraña forma de azar que me ha llevado a establecer un mapa de relaciones un tanto ecléctico al que quería dar forma. La cita del texto que Vila-Matas leyó en México no es gratuita, ya que en aquella entrevista me habló de la misma después de que le preguntase sobre el tema de la intertextualidad. “El método es coger una cita, transformarla, me lleva a otro sentido. Entonces este sentido a veces me permite continuar la narración”.

Esa misma mañana le pregunté por Pessoa. Sabía que era un gran admirador del escritor portugués. “Me entusiasma. Los poemas de Campos, sobre todo, me parecen fascinantes. Porque, además, de pronto, son frases que se deslizan hacia otro lado. Es como si estuviera muy borracho, llegara a su casa e iniciara una frase normal e inmediatamente se fuese hacia algo que jamás nadie había escrito. Tiene un sentido a veces difícil de captar a la primera. Luego cobra sentido, porque lo ha inventado él”, me dijo con entusiasmo.

Entonces me referí a un poema de Pessoa que comienza con la frase “Viajar! Perder países!”. “Fíjate que pensaba que no existía. Hubo un tiempo en que pensé que era mía. Viene de esa duda que a veces se tiene sobre la autoría de algunas frases. En todo caso, y si es de alguien, lo es porque lo ha oído antes. Es la historia interminable de dónde salen las palabras, del verbo o de la creación”. Después comprendí mejor a qué se refería sobre su proceso de escritura, tras leer la alocución que dio en México y relacionarlo con Perder Teorías. La escritura podría ser entonces “un acta levantada con el propósito exclusivo de escribir y perder países, de viajar y perder teorías, perderlas todas”.

Al poco tiempo, continuó hablando sobre el proceso de narración y me dijo que “Vilnius, además de ser la capital de Lituania, es lo que me escribía Eduardo Lago. Vil por mi apellido y news porque le daba noticias de Barcelona. Pero a partir de ahí tendríamos que ir hacia atrás y preguntar por qué me escribo con Eduardo Lago y le doy noticias de Barcelona. Es porque él vive en Nueva York e intercambiamos noticias mutuas. Me llama Vilnews, en inglés, porque forma parte de La Orden de Finnegans y entonces iríamos a Finnegans wake. Esto forma parte de la narración. Y no es gratuito que ahora hablemos de Finnegans wake porque la narración, en lo que hago yo, se apoya también en las relaciones que tengo con la cultura. Eso se ha criticado en España, pero me parece de catetos. Son como san benitos que se me cuelgan de que cito mucho y tal… todo para mí está relacionado e inmediatamente me relaciono con la cultura. Algunas veces me he preguntado (y no he ido nunca) qué haría en el desierto. Allí no hay prácticamente marcas. Las buscaría y las encontraría: los bereberes, una señal en la arena, una huella. Todo me conduce a otra cosa. Todo está relacionado”.

“Recuerdo que fui a las Azores con Juan de Segarra. Allí, en un bar, Juan me dijo “aquí no hay nada”. Y yo le dije “¿Cómo que no hay nada?”. Sí que tenía razón en que había pocas señales, primero de gente, y también de cultura. Pero es infinito, cuando te pones a buscar aparecen las marcas. Había un museo de balleneros… y allí estaba Moby Dick,… Para mí sería desesperado que no hubiera nada”, continuó.

Antes de marchar Vila-Matas me recomendó Extraña forma de vida, una obra en que Pessoa le permite hilar una ficción que tiene como centro el espionaje de la realidad. El título se debe a un precioso fado de Amália Rodriguez.


Precisamente, días después, Moby Dick y Pessoa se volvieron a entrelazar de manera casual. Consuelo, la librera de Pequod, del barrio de Gràcia, que es una enamorada de Portugal, publicó en el muro de Facebook de la librería dicho fado. La obra de Vila-Matas transcurre en el mismo barrio barcelonés. Y ahora reconstruyo esta extraña forma de conexiones por casualidad también. El pasado 5 de noviembre, Iñigo López Palacios publicó en El País un artículo sobre el cantautor americano Will Oldham en el que analizaba su trayectoria y biografía a tenor de un reciente libro de entrevistas.

Will Oldham creó los alter ego de Bonnie Prince Billy y de Palace para hacer música. Lo que me llamó la atención del artículo está en el tercer párrafo donde López cita un fragmento de una entrevista sobre la dualidad que Oldham ha establecido con sus personajes: “Al leer viejos artículos sobre Palace/Bonnie, me acordé de las estrellas de telenovela. La gente se acerca a ellas en un aeropuerto o un restaurante y las reprende por algo que hizo su personaje en la serie, y tienen que dar explicaciones: ‘Ese no soy yo’”.

‘Ese no soy yo’ me llevó a Pessoa y a Vila-Matas. Vivir estéticamente en otro. Me habían recomendado a Will Oldham en la facultad de filosofía y nunca presté mucha atención. Esta vez la llave para entrar en la obra del artista fue la literatura. Me puse a buscar canciones y di, entre incrédulo y sorprendido, con una que parecía dar sentido a las extrañas formas de conexión que había establecido: Strange form of life. La canción forma parte del álbumThe Letting Go, publicado en 2006. El título del disco se debe a un poema de Emily Dickinson:
This is the hour of lead
Remembered if outlived,
As freezing persons recollect the snow,
First chill, then stupor, then the letting go.

Foi por vontade de Deus que eu vivo nesta extraña forma de vida… a strange form of life kicking through windows, rolling on yards. The letting go. Dejar ir países, dejar ir teorías. “Ser outro constantemente / Por a alma não ter raízes / De viver de ver somente!”.

***
Una conversación con Enrique Vila-Matas
Por José A. Muñoz 
18.03.10

Llega Dublinesca (Seix Barral), una de las novelas más esperadas del año. Reencuentro con Enrique Vila-Matasquien, en esta ocasión, hace protagonista a un editor “de élite” acabado tras más de treinta años dirigiendo su editorial. Frustrado ante los cambios en el sector de la edición, agotado por relacionarse con autores a los que desprecia, aburrido de mentir a sus padres, que reciben su visita semanal para que les explique viajes que ya no hace y con la angustia de un sueño premonitorio que le lleva a preparar un funeral por la muerte del libro tradicional al que invitará a tres “amigos”, emulando a Leopold Bloom y sus compañeros, quienes asisten, en el capítulo VI del Ulises de Joyce, al funeral de Paddy Dignam.

Más allá de quienes se han limitado a buscar referencias a algunas personas reales, en especial en la figura del editor Samuel Riba, protagonista de la obra, hay que celebrar esta fiesta literaria que, de nuevo, nos trae a un Vila-Matas en estado de gracia.

¿No temes que la búsqueda de identidades más o menos conocidas dentro del sector editorial pueda entorpecer los hallazgos de Dublinesca?
Creo que no se da esto en el libro. Una cosa es la noticia periodística en la que se intenta deducir que tal personaje puede corresponder a alguien real, y otra cosa es el libro. Piensa que se ha vendido ya a ocho países, entre ellos Francia. Y no creo que allí me vayan a preguntar nada respecto a eso. Cuando leo a un escritor norteamericano no sé la vida que ha llevado ni lo que le pasa, me limito a leer la novela. Y esto es lo que ocurrirá, al igual que con el resto de mis obras. Siempre he hecho muchas entrevistas y lo que ha quedado, siempre, ha sido el libro. Su trayectoria, los recuerdos, no están ligados a una noticia u otra.

Metaliteratura. Encontramos esas recreaciones de la realidad en tus ficciones, juegos en los que pones al lector alerta.

La utilizo casi como sintaxis, como un atrezzo para construir la historia. Dublinesca se puede leer sin necesidad de conocer las obras que se citan, no es un ensayo ni una reflexión profunda sobre el Ulises de James Joyce. Las referencias son parte del decorado para avanzar en la historia.

Uno de los personajes dice que Jaime Gil de Biedma dijo aquello de “el autor es el fantasma del editor”. Samuel Riba, tu protagonista, iba a ser en un principio escritor, pero al poco tiempo de comenzar te diste cuenta que debía ser editor. ¿Cambio mucho el sentido de la novela al enfrentar a Riba a sus fantasmas?
Sí, lo que ocurre con las novelas en que hay muchos borradores. Comienzas, vas probando, cambias la primera persona por la tercera… En esta ocasión, con esto que dices, hubo un cambio de perspectiva. Si hubiera sido camionero y dijera lo mismo que el escritor, también hubiera resultado llamativo. Variaba el sentido y esto me resultó divertido y puso en marcha la novela en su versión definitiva. Pero no fue un cambio de última hora, fue casi al principio de la escritura. Se me ocurrió darle a Riba un oficio diferente y encontré uno parecido, el de editor, que no es que sea el reverso, sino que está en otro lugar. Me divertí con eso, que es lo fundamental cuando escribes. Me atraía mucho contar la historia desde otro punto de vista, ya que tal y como la había previsto al inicio, parecía que hablaba de mi.

Los fantasmas.

Fueron surgiendo y me intrigaban, tanto como al lector el saber cómo ubicarlos. Salen en la novela a medida que los iba encontrando, por lo tanto, quien se acerque al libro leerá lo que sentí yo a medida que escribía.

En Dublinesca hay mucho fruto de la casualidad…
No son casualidades, sino asociaciones. Las hago continuamente. Mi mente trabaja asociando dos imágenes aparentemente no conectadas, porque, como sabemos, todo se puede conectar. La estructura mental ha sido siempre así, con tendencia a asociar. Por ejemplo:
Salgo ahora de la editorial y coincido en el ascensor con alguien que trabaja en la planta de arriba. Como está nevando, cogemos un taxi. La conversación que tenemos en el taxi me remite a otra conversación que me contó una vez Monterroso que había tenido con Rulfo en un taxi de México. Y lo más curioso es que, lo ocurrido en ese taxi el día de la nieve, pasó, y era una historia paralela, a lo que les ocurrió a Rulfo y Monterroso. Y es que el taxista, cuando se bajó uno de los dos clientes, continuó la conversación como si fuera el viajero que se había apeado.

Asocio cualquier historia. Si la medito, me lleva a otra que ya conozco. No es deliberado. Es así. Lo hago, salvando las diferencias, como lo hacía Salvador Dalí, que era un surrealista en el sentido literal. En el libro sobre “El Angelus” de Millet asocia esa imagen con mil cosas. Descubrió la posibilidad de hacer una foto y esa foto asociarla con otras cosas distintas. En definitiva, es la libertad de creación sin fronteras. Todo puede ser interesante para ser narrado.
Es un juego con el que mantienes en vilo al lector. En cierto pasaje, Riba ve un fragmento de una película de Drácula en el televisor del hotel y luego va apareciendo Drácula en otros momentos…

Sí, y hay más que no salen en la novela. En un viaje posterior a Dublín, fui a ver la casa donde vivió Bram Stoker. Estaba al lado de mi hotel. Sabía que había una placa en la fachada pero no estaba. Busqué en internet para confirmar que era la dirección exacta y encontré una foto con la placa. Volví al día siguiente, hice una foto y, efectivamente, era la casa pero sin la placa. Entonces me entero que, actualmente, es un pequeño hospital. Posiblemente hayan retirado la placa para no asustar a la gente que va allí (risas). Claro, no pueden dejar un aviso de que allí nació el creador de Drácula. Y esto no sale en el libro.

Por otra parte, en mi primer viaje a Dublín, me desperté a las cinco de la mañana, con la primera luz del día, como en la novela, y la película que daban en televisión era Drácula. Después me enteré de que Stoker había nacido en Dublín. El cementerio católico de Glasnevin, uno de los escenarios del Ulises, parece realmente un escenario de Drácula, con sus tumbas góticas. Es impresionante. Pertenece al siglo XIX y no faltan ni las torres desde donde vigilaban a los ladrones de tumbas. Por lo tanto, la historia de Drácula está muy ligada a Dublín y a la película que vi aquel día. Ya ves que no busco asociar, todo me va remitiendo a otras cosas. A veces, cuando se habla del azar, de la casualidad, se piensa en el mundo de Paul Auster. Yo no funciono así, la gente me cuenta tantas casualidades que ya no hago caso, estoy saturado del azar.

Durante más de la mitad de la novela estamos esperando que llegue el funeral organizado por Riba y sus acompañantes para despedir a la Galaxia Gutenberg, y, como el que celebran los amigos del director de cine asesinado en S.O.B., la película de Blake Edwards, al final resulta todo un desastre que invita a la carcajada.

Tenía la opción de hacer un funeral muy dramático por el final de la era de la imprenta, pero me habría sentido muy ridículo tomándomelo en serio, sin más connotaciones humorísticas. De hecho, no creo que haya una interrupción entre la era de la imprenta  y la digital, sino una continuidad. No hay una ruptura. Hace diez años que trabajo con ordenador y he vivido la transición con una suavidad y tranquilidad total, sin ningún trauma ni problema, viendo las ventajas que me ofrecía la Red.

No ves el futuro de la edición sin editor.

Puede pasar de todo, pero es necesaria la figura del editor o de alguien que esté junto al escritor en ese aspecto que tanto necesitamos, que es el estímulo de la creación. Alguien que, moralmente, te anime, esté a tu lado… Es muy importante incluso que pueda orientarte en lo que escribes. Se puede interpretar de manera egoista, porque el de escribir es un trabajo muy solitario y el editor puede acompañarnos viendo los pasos que vamos haciendo.

En algunos pasajes del libro, y entiendo que lo habrás hecho, en parte,  para simplificar y quitar paja, has recurrido a darle a la narración una forma esquematizada, emulando a Nabokov con sus clases de literatura.

Sí, cambia el ritmo de lectura y creo que se agradece. Es un recurso sencillo pero hace que funcione mejor la narración. Quizás si la hubiera utilizado al principio, la hubiera agilizado demasiado, pero en el momento en el que lo uso, va muy bien. Paradójicamente, está en la parte más intrascedente, el funeral, que es como una fiesta en Dublín.

Pero al principio de la tercera parte, que es quizás la más reflexiva, reencontramos esa estructura de manera más extendida.

Continúo con ella, porque si la olvidara sería como en el cuento del clavo, que luego no te lo puedes sacar. Repasando, vi que no la podía abandonar. Es como lo de las visitas que Riba hace a sus padres.  Al inicio me iban muy bien, pero más adelante resultaba complicado para la acción que continuara visitándoles, porque el tiempo se detiene. Sin embargo, una vez  colocados,  tenía que seguir con ellos, por eso los desplazo a Londres y mantengo las visitas con más interés debido a esos fantasmas que ven alrededor de la casa.

Tres partes y las tres terminan con la misma frase: “Siempre aparece alguien que no te esperas para nada”.

Está en el capítulo VI del Ulises de Joyce. Hace referencia a ese personaje que aparece en el funeral y nadie sabe quién es, le llaman Macintosh. Estaba calculado que apareciera en los finales de los tres capítulos. De hecho, todo el libro estaba calculado para esa frase, justo cuando ha aparecido el autor.

Te has centrado en el famoso capítulo VI del Ulises…
Si hubiera abarcado todo el libro, sería un lío (risas).

Ya, claro…
Escogí ese fragmento porque es un trayecto.

Pero también hay muchas referencias a otro libro fundamental de Joyce, Dublineses y, por supuesto al relato Los muertos.

Dublinesca abarca tres meses. Mayo sería Dublineses, estamos muy cerca del narrador costumbrista, realista. Junio sería elUlises. Y julio, Finnegans Wake, más Beckettiano. Los tres meses equivalen a los tres estilos, los tres retos de Joyce. Es una manera de verlo. Si esto lo digo en una entrevista de prensa tumbo al lector, porque se podría preguntar “pero, ¿de qué nos está hablando?”. Por lo tanto, lo digo en otros lugares, como en este.

El humor es inseparable de tus historias. A ningún escritor presuntamente serio que escriba haciendo referencias al Ulises se le ocurriría citar a “La familia Ulises” del TBO.

La cito en una conversación perfectamente factible. Lo que no se puede es abusar, si pusiera muchas bromas de estas sería horrible (risas). Una de vez en cuando se permite.
A veces se quiere dramatizar tanto que se llega a la parodia. Tú, sin dramatizar, ya le das ese tono paródico.

Sí, te entiendo. Cuando tengo terminado el trabajo y ya he resuelto la escena, incorporo alguna frase para desmitificar lo que narro. ¿Te refieres a eso?
Exacto.

En cierta manera sería como si lo hubiera escrito otro y me dijeran “acaba esto”. Añado una nota irónica y sigo. Es muy sano respecto a lo que hago yo mismo, sí. Lo he comprobado también hablando en público. Muchas veces estoy en una conferencia o charlando en un coloquio, empiezo con unas frases larguísimas, potentes, reflexivas… Y, de repente, sale el loco que hay dentro y dice algo que tiene un éxito enorme. Pero no es por lo que he dicho, sino porque es una explosión de sorpresa y se agradece lo espontáneo y lo que surge de manera creativa e inesperada, dándole la vuelta a lo que parecía tan trascendente.

Como lo de Macintosh.
Sí, era inevitable. Tuve muchos problemas para saber cómo se escribía. De hecho, lo escribí de tres maneras distintas, como en el propio Ulises. Siempre es el modelo de gabardina, que confunden con el apellido del fantasma del capítulo VI. Y lo mismo con el ordenador  Mac. Confieso que estuve durante mucho tiempo leyendo en internet la biografía del señor Mackintosh, el inventor de la gabardina, me quedé atrapado.

Te convertiste también en un hikikomori.
Sí, una cosa te lleva a la otra, como las asociaciones que te comentaba antes. Luego, toda esta información no sirve, pero te ayuda a sobrellevar la vida. Aparte de la novela, van surgiendo cosas que resultan interesantes. Muchas de las que he descubierto de Irlanda y Dublín no están en el libro, porque no se trataba de hacer un reportaje turístico. Hay lugares apasionantes con mucha historia, como las que tienen de protagonista al poeta Yeats, que no han cabido en la novela.

Las tres ciudades de Dublinesca: Barcelona, Nueva York, Dublín. Las identificamos con tres estados anímicos de Riba.
Y seguramente son muy verosímiles. Pertenecen a mis estados de ánimo. Es así, no tengo ninguna inseguridad sobre ello. En este sentido soy muy natural, muy auténtico escribiendo.

Y hay una angustia que contagias al lector: la del sueño que, has confesado, tuviste hace tres años en el hospital, en el que te viste volviendo al alcohol en Dublín. Nos conduces por la historia haciéndonos pensar que sí, que es el futuro que le espera a Riba.
Fue algo de gran intensidad emocional, como volver a la vida de una manera trágica, por todo lo que había ocurrido. Volver a la bebida en una ciudad que desconocía. Fue lo que intenté trasladar al libro. Un sueño premonitorio que me empujaba a ir a esa ciudad. La novela se puede leer, de hecho, de esa manera, una premonición que se va cumpliendo salvo en un par de detalles. Pero si no cuento así la historia, es para que la gente no crea que estoy explicando un sueño. Eso molestaría a los lectores. Una de las diez primeras lecturas posibles es la historia de cómo un sueño se va convirtiendo en realidad, salvo por la parte del viaje final a Cork.

El cine también está presente en el libro. Además de las referencias constantes aSpider, la película de Cronenberg, Riba se introdujo en la literatura, dices, gracias a Catherine Deneuve…
Lo de Spider fue el origen de todo, en cierta manera, porque escribí un cuento sobre esa película. Lo de la Deneuve, en serio que no tengo nada que ver, me parece algo incomprensible (risas). En las novelas puedes incluir estas cosas disparatadas, absurdas.

¿Y por dónde entraste tú a la literatura?
Cada día descubro cosas nuevas sobre eso. Siempre he dicho lo de Marcelo Matroianni en La noche, pero el otro día volví a ver, después de cuarenta años, Eva, de Joseph Losey, que tiene como protagonista a otro escritor, interpretado por Stanley Baker, y que me impresionó mucho. Ahora sospecho que Eva también forma parte de mis orígenes en la escritura, porque reincide en la pasión del escritor como personaje, previamente a saber que antes de ser escritor había que escribir, porque yo quería tener un estatus enseguida, con libros ya hechos, éxito, una mujer…

Otra asociación.
Sí, hasta ahora siempre decía que era por La noche, en la que Mastroianni interpreta a un escritor que tiene que presentar su libro en Milán y le comenta a su mujer que le parece un aburrimiento eso de la presentación. Un día fui a Milán y tenía que presentar uno de mis libros. Estaba allí y cuando fui a contar la historia, me di cuenta de que estaba en el mismo lugar que el personaje de la película y que también me resultaba un fastidio tener que hacer ese acto. Además el personaje de Mastroianni se llamaba Pontano y no me di cuenta del parecido con Montano hasta que Juan Cueto lo citó en un artículo.

¿Revisitas mucho el Ulises?
Últimamente más que antes, porque es infinito. Entro en cosas que no conozco y voy estudiando, repaso lo que se ha escrito sobre él…  Un ejemplo: La palabra “rotunda” que aparece en el libro en inglés, me obligó a buscar en internet su significado, hasta que finalmente descubrí que era la casa de maternidad. Pero, hasta que no fui a Dublín, internet me sirvió de poco, la información no era fiable. Y total, para poder incluir la palabra en el libro. Es un trabajo de campo que te puede servir o no, como le sucede a tantos escritores. Investigar me divierte, es lo que más me gusta.

¿Y lo lees en inglés?
Trabajé con las tres traducciones al español, porque no hablo inglés, que es una de las cosas más divertidas del libro, porque lo he escrito también para aprenderlo (risas). En dos años he ido cinco veces a Dublín y me sirvo de otros para que traduzcan lo que digo. Por eso me resulta tan aventurero adentrarme en un mundo que no conozco y, a la vez, me sirve para perder el temor, a pesar del handicap del inglés.

Es otra cosa que te une a Riba.
Sí, hice que no supiera inglés para que se entendiera que era un editor culto pero es su secretario quien resuelve la parte inglesa en los viajes.

En pocos días te vas a reencontrar con Paul Auster en el Salón del Libro de París. ¿Hace tiempo que no le ves?
Comí con él en su última visita a Barcelona. Yo acababa de publicar No soy Auster. Fui sin el libro porque no sabía de qué manera reaccionaría, tampoco le dije nada. Pero ya le habían comentado lo del librito y, al verme, me dijo “Oye, me han dicho que has escrito un libro que se titula No quiero ser Auster de ninguna forma ni lo seré nunca aunque me obliguen“. Le respondí: “Yo no le he puesto ese título, por favor” (risas). En París le daré la edición francesa, porque habla en francés. Como aparezco en una página de Invisible, su última novela, podemos considerarlo un intercambio involuntario. Algunas cosas de las que cuento en Dublinesca son reales, los bostezos en su casa…

¿Sí? ¿Lo que dice en el libro de “dejar algo en depósito” también?
No, es una frase que ha gustado mucho pero no la dijo. Lo cierto es que me encantó estar en su casa, quería demostrarle que estaba muy a gusto y, sin embargo, no dejaba de bostezar (risas). La contradicción esa de que el alma va por un lado y el cuerpo por otro. Supongo que la frase a la que has hecho referencia le hará pensar, porque comprenderá que su casa me gusta. A veces me pasan estas cosas. Fui a visitar a Eduardo Lago, muy amigo mío, director del Instituto Cervantes de Nueva York, y al entrar en su despacho, le dije: “Me gusta mucho tu silla”. Claro, entendió que quería quitarle el sitio, y lo que me gustaba era su silla, pero me gustaba para mí, que necesitaba una silla nueva (risas). Él sí que sabe de Joyce… Aparece en Dublinesca, es Nievsky, aunque el personaje se torció mucho. Ya le he avisado, porque la idea era que se tratara de un joven genio a quien Riba descubre en Nueva York y luego me ha salido un personaje muy diferente.

Los cuatro tipos que hacen el viaje en Dublín… Lo primero que pensé fue “Pero, ¿cómo van a viajar juntos, si se llevan fatal y Riba les odia?”.
Riba los recluta, sí (risas). Bueno, en la Orden de Finnegans, a la que pertenezco, nos reunimos 6 personas muy dispares -Eduardo Lago, Antonio Soler, Jordi Soler, Malcolm Otero, José Antonio Garriga Vela y el propio Vila-Matas-, resulta un viaje extraño, pero el interés del mismo está en su propia extrañeza.

***
Comienza a leer Dublinesca

Pertenece a la cada vez ya más rara estirpe de los editores cultos, literarios. Y asiste todos los días conmovido al espectáculo de ver cómo la rama noble de su oficio —editores que todavía leen y a los que les ha atraído siempre la literatura— se va extinguiendo sigilosamente a comienzos de este siglo. 

Tuvo problemas hace dos años, pero supo cerrar a tiempo la editorial, que a fi n de cuentas, aun habiendo alcanzado un notable prestigio, marchaba con asombrosa obstinación hacia la quiebra. En más de treinta años de trayectoria independiente hubo de todo, éxitos pero también grandes fracasos. La deriva de la etapa fi nal la atribuye a su resistencia a publicar libros con las historias góticas de moda y demás zarandajas, y así olvida parte de la verdad: que nunca se distinguió por sus buenas gestiones económicas y que, además, tal vez pudo perjudicarle su fanatismo desmesurado por la literatura.

Samuel Riba —Riba para todo el mundo— ha publicado a muchos de los grandes escritores de su época. De algunos tan sólo un libro, pero lo suficiente para que éstos consten en su catálogo. A veces, aunque no ignora que en el sector honrado de su oficio quedan en activo algunos otros valerosos quijotes, le gusta verse como el último editor. Tiene una imagen algo romántica de sí mismo, y vive en una permanente sensación de fin de época y fin de mundo, sin duda influenciado por el parón de sus actividades. Tiene una notable tendencia a leer su vida como un texto literario, a interpretarla con las deformaciones propias del lector empedernido que ha sido durante tantos años. Está, por lo demás, a la espera de vender su patrimonio a una editorial extranjera, pero las conversaciones se encuentran encalladas desde hace tiempo. Vive en una potente y angustiosa psicosis de final de todo. Y aún nada ni nadie ha podido convencerle de que envejecer tiene su gracia. ¿La tiene?

Ahora está de visita en casa de sus ancianos padres y los está mirando de arriba abajo, con curiosidad nada contenida. Ha ido a contarles cómo le fue en su reciente estancia en Lyon. Aparte de los miércoles —cita obligada—, es una vieja costumbre que vaya a verlos cuando regresa de algún viaje. En los dos últimos años, no le llega ni una décima parte de las invitaciones a viajar que recibía antes, pero ese detalle lo ha ocultado a sus padres, a los que también ha escondido que ha cerrado su editorial, ya que considera que tienen una edad demasiado avanzada para darles según qué disgustos y, además, está seguro de que no lo asimilarían nada bien.

Se alegra cada vez que le invitan a alguna parte, porque, entre otras cosas, eso le permite seguir desarrollando ante sus padres la ficción de sus múltiples actividades. A pesar de que pronto cumplirá sesenta años, tiene con ellos, como puede apreciarse, una fuerte dependencia, quizá porque no tiene hijos, y ellos, por su parte, sólo le tienen a él: hijo único. Ha llegado a viajar a lugares que no le apetecían demasiado, sólo para contarles después el viaje a sus padres y así mantenerles en la creencia —no leen periódicos ni ven televisión— de que sigue editando y sigue siendo reclamado en muchos lugares y, por tanto, las cosas continúan marchando muy bien para él. Pero eso no es para nada así. Si cuando era editor estaba acostumbrado a una gran actividad social, ahora apenas tiene alguna, por no decir ninguna. A la pérdida de tantas amistades falsas se ha unido la angustia que se ha apoderado de  él desde que hace dos años prescindió del alcohol. Es una angustia que procede tanto de su conciencia de que, sin beber, habría sido menos atrevido publicando como de su certeza de que su afición a la vida social era forzada, nada natural en él y quizá tan sólo provenía de su enfermizo temor al desorden y la soledad.

Nada marcha muy bien para él desde que corteja a la soledad. A pesar de que trata de que no caiga al vacío, su matrimonio más bien se tambalea, aunque no siempre, porque su relación de pareja pasa por los más variados estados y va de la euforia y el amor al odio y el desastre. Pero se siente cada día más inestable en todo y se ha vuelto gruñón y le disgusta la mayor parte de las cosas que ve a lo largo del día. Cosas de la edad, probablemente. Pero lo cierto es que empieza a estar incómodo en el mundo y cumplir sesenta años le produce la misma sensación que si tuviera una soga al cuello. Sus ancianos padres escuchan siempre sus relatos de viajes con gran curiosidad y atención. A veces, hasta parecen dos réplicas exactas de Kublai Kan oyendo aquellas historias que contaba Marco Polo. Las visitas que siguen a algún viaje de su hijo parecen disfrutar de un rango especial, una categoría superior a las más monótonas y habituales de todos los miércoles. La de hoy tiene ese rango extraordinario. Sin embargo, algo raro está pasando, porque lleva un buen rato en la casa y todavía no ha sido capaz ni tan sólo de abordar el tema de Lyon. Y es que no les puede explicar nada de su paso por esa ciudad, porque allí estuvo tan desligado del mundo y su viaje fue tan salvajemente cerebral que no dispone de una sola anécdota mínimamente humana. Además, la realidad de lo que le sucedió allí es antipática. Ha sido un viaje frío, gélido, como esos trayectos hipnóticos que últimamente emprende tantas veces ante su ordenador.
—Así que has estado en Lyon —insiste su madre, ahora ya incluso algo inquieta.

Su padre ha comenzado lentamente a encender la pipa y le mira también con extrañeza, como preguntándose por qué no cuenta nada de Lyon. Pero ¿qué puede decirles de su estancia en esa ciudad? No va a ponerse a hablar de la teoría general de la novela que fue capaz de fabricar él solo, allí en el hotel lionés. No les interesaría nada la historia de cómo elaboró esa teoría y, además, no cree que sepan muy bien qué puede ser una teoría literaria. Y, suponiendo que lo supieran, está seguro de que les aburriría profundamente el tema. Y hasta podrían llegar a descubrir que, tal como asegura Celia, anda demasiado aislado en los últimos tiempos, demasiado desconectado del mundo real y abducido por el ordenador o, en ausencia de éste —como le ha ocurrido en Lyon—, por sus viajes mentales.

En Lyon se dedicó a no ponerse nunca en contacto con Villa Fondebrider, la organización que le había invitado a dar la conferencia sobre la grave situación de la edición literaria en Europa. Tal vez porque ni en el puerto ni en el hotel apareció alguien para recibirle, Riba, a modo de venganza por el menosprecio que le habían mostrado los organizadores, se encerró en su dormitorio del hotel de Lyon y logró allí realizar uno de sus sueños cuando editaba y no tenía tiempo para nada: redactar una teoría general de la novela.

Ha publicado a muchos autores importantes, pero sólo en el Julien Gracq de la novela Le Rivage des Syrtes ha percibido un espíritu de futuro. En su dormitorio de Lyon, a lo largo de un sinfín de horas de encierro, se dedicó a perpetrar una teoría general de la novela que, basándose en las enseñanzas que advirtiera desde un primer momento en Le Rivage des Syrtes, establecía los cinco elementos que consideraba imprescindibles en la novela del futuro. Esos elementos que consideraba esenciales eran: intertextualidad; conexiones con la alta poesía; conciencia de un paisaje moral en ruinas; ligera superioridad del estilo sobre la trama; la escritura vista como un reloj que avanza.

Era una teoría osada, puesto que proponía a la novela de Gracq, habitualmente considerada como anticuada, como la más avanzada de todas. Llenó una multitud de hojas comentando los diversos elementos de esa propuesta de novela del futuro. Pero cuando hubo terminado su duro trabajo, se acordó del «sagrado instinto de no tener teorías» del que hablaba Pessoa, otro de sus autores favoritos y del que tuvo el honor en cierta ocasión de poder editar La educación del estoico. Se acordó de ese instinto y pensó en lo muy tontos que a veces eran los novelistas, y se acordó de varios escritores españoles a los que les había publicado historias que eran el producto ingenuo de educadas y extensas teorías. Qué pérdida de tiempo más grande, pensó Riba, hacerse con una teoría para escribir una novela. Ahora él podía decirlo con todo fundamento, pues acababa de escribir una.

Porque vamos a ver, pensó Riba, si uno tiene la teoría, ¿para qué quiere hacer la novela? Y en el momento mismo de preguntárselo y seguramente para no tener una sensación tan grande de haber perdido el tiempo, incluso de perderlo al preguntárselo, comprendió que haberse pasado tantas horas en el hotel escribiendo su teoría general le había en el fondo permitido desembarazarse de ella. ¿Acaso un hecho así era desdeñable? No, desde luego. Su teoría seguiría siendo lo que era, lúcida y osada, pero iba a destruirla tirándola a la papelera de su cuarto. Celebró un secreto e íntimo funeral por su teoría y por todas las que en el mundo ha habido, y después abandonó la ciudad de Lyon sin haber contactado en momento alguno con quienes le habían invitado para hablar de la grave —quizá no tan grave, pensó durante todo el viaje Riba— situación de la edición literaria en Europa. Salió por la puerta falsa del hotel y regresó en tren a Barcelona, veinticuatro horas después de su llegada a Lyon. No dejó para los de Villa Fondebrider ni una carta justificando su invisibilidad en Lyon, o su extraña posterior huida. Comprendió que todo el viaje había servido sólo para poner en pie una teoría y luego celebrar un íntimo funeral por ella. Se fue con la convicción total de que todo lo que había escrito y teorizado en torno a lo que tenía que ser una novela no había sido más que un acta levantada con el único propósito de librarse de su contenido. O, mejor dicho, un acta levantada con el propósito exclusivo de confirmar que lo mejor del mundo es viajar y perder teorías, perderlas todas.

Articulo: http://lamula.pe 24/11/2012

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...