samedi 10 novembre 2012

Erik MONTENEGRO/ Del jazz y otras cosas del diablo


LA GACETA
Del jazz y otras cosas del diablo
Por Erik Montenegro

Luc Delannoy es un filósofo y musicólogo de origen belga que en la última década ha cartografiado minuciosamente el volátil territorio del jazz con raíces latinas. Convergencias (FCE, 2012) es el tercer volumen de este singular ejercicio de caracterización de un rico subgénero musical. Sin rehuir la polémica, el autor se ha permito especulaciones que asombran y deleitan tanto como la misma música de que se ocupa.

Reseña de Erik Montenegro, publicada en La Gaceta (revista editada por Fondo de Cultura Económica).

Como lo fue Nietzsche al proclamar lo mismo, sólo que respecto de, digamos, instancias más altas. Así defiende, estoico, el trompetista originario de Nueva Orleans Nicholas Payton su postura desde hace ya varios años, cuando proclamó la muerte del jazz, tallando en su lápida el año de 1959, justo el momento más prolífico en la producción discográfica del género: en ningún otro año se habían realizado tantos y tan buenos discos sincopados. Sin embargo, para Payton el jazz estaba agonizando. Desde que lanzó la bomba, las consecuencias colaterales han sido de lo más interesantes. Reacciones en cadena, medidas y aguerridas en contra o a favor del argumento,  el  cual  ha  debido  ser  visitado  en  cuatro nuevas ocasiones por el mismo autor para ampliar el panorama y dar respuesta a quienes no les provocó ninguna gracia la sentencia.

Ya lo menciona acertadamente Carlos Cruz en su propio espacio cibernético: para una mayor propagación del discurso, ha sido necesario “twitterizar” el asunto, proceso en el que el propio Payton ha participado de manera directa. Las herramientas han sido frases sueltas: “Sueltas pueden funcionar con cierta autonomía y así generar ‘revuelo’ con sentencias necrológicas, como la citada ‘El jazz murió en 1959’; sociológicas, como ‘El jazz se separó de la música popular americana’; de lectura interpretativa, como ‘El jazz murió en 1959, por eso Ornette trató de liberar el jazz en 1960’ (en el original Free Jazz, título del disco de Ornette Coleman); historicistas, como ‘Mis antepasados no tocaban jazz, tocaban música de Nueva Orleans tradicional, moderna y de vanguardia’; de denuncia comercial, al decir que ‘El jazz es una treta del marketing que sirve a una pequeña elite’, a partir de lo cual concluye que ‘La música es más un medio que una marca’, etcétera. Entre las más de cien frases cortas de Payton, algunas sugieren que jazz  es  un  concepto  fruto  de  la  mentalidad  colonialista padecida por la población negra obligada durante siglos a agradecer las migajas. Una idea racial de sometimiento que desarrollará cada vez con mayor beligerancia en los textos posteriores.”

De ese tamaño son los discursos. Alegra saber que hay espacio para la discusión. El jazz es el tema y, estando de acuerdo o no, todos los involucrados se meten a los terrenos de la hermenéutica. Ése es el epicentro de la actualidad. El nuevo debate en el que participan músicos, aficionados, periodistas, intelectuales de cepa, gente con alguna opinión. La propuesta concreta es dejar de llamarle jazz a lo que hoy se graba y se escucha. Hay adeptos, hay insultos, hay tema sobre la mesa.

Payton lanzó el concepto bam  (Black American Music) como un rescate, una propuesta que intenta colocar los cimientos a partir de la ruptura. Es la lucha constante e incansable por defender la paternidad del género a rajatabla, se llame como se llame, lo que ha provocado a la distancia un rechazo en automático de los géneros y las instrumentaciones que a través de los años han surgido en otras latitudes. En pocas palabras, es la historia del world music resumida en: “música que no proviene de los Estados Unidos”.

Y mientras eso sucede, precisamente en aquel país, se cierra una estación de radio dedicada a la difusión del jazz, y en Chicago se eliminan las barras de jazz de ¡la radio pública!, confinándola sólo a los fines de semana. En Seattle, en 2011, una estación de jazz contemporáneo fue cambiada abruptamente de perfil.

Por otro lado, el pasado 30 de abril se instituyó el Día Internacional del Jazz, propuesta de Herbie Hancock, embajador de la buena voluntad para la unesco. Entre vítores y aplausos se llevaron a cabo poco más de 72 horas de música y festejos. En España, a través de los Cuadernos de Jazz, publicación referencial en Europa, se denunció que la celebración era sólo para unos cuantos. Hancock y sus amigos, para ser precisos. Fue una fiesta que al final dejó en un buen sitio a los mismos de siempre, ignorando a los que vienen empujando desde abajo.

La característica de inactividad que por años imperó en este género musical hoy se desvanece y se vuelve tema de importantes agendas. Una vuelta a la espiral.

Así llega muy puntual a la cita el tercero de los libros que Luc Delannoy ha dedicado al tema, publicado por el Fondo de Cultura Económica bajo el título Convergencias. Lo único que ya no se permite en el día a día es mantenerse al margen, el no involucrarse y no participar. Hay mucho que decir y otro tanto por describir. De ahí la importancia del libro en estos momentos de discusión.

Ya abre uno el libro y pasa lista de inmediato al jazz  latino  como  otro  tema  de  conversación.  Igual de contemporáneo y ¡caliente! (para ponerlo en los términos literarios del autor) en una época donde, como categoría, incluso fue eliminado de los otrora prestigiosos premios Grammy, para finalmente ser reinstalado como categoría de entrega tras una fuerte protesta por parte de los músicos. Tengo la buena fortuna de conocer al autor y saber de cierto que ha sido misión complicada el poder dilucidar conceptos y nuevas ideas que aporten razón a un cúmulo de hechos históricos, alguno de los cuales son como piezas de museo y se mueven al son de quien los recuerde, mientras que la parte activa ha sido descrita a detalle por un segmento de gente que mayoritariamente es la misma.

Convergencias viene a redondear ideas y contrapuntos que surgieron en las anteriores obras de Delannoy —¡Caliente! Una historia del jazz latino (Colección Popular, 2000) y Carambola. Vidas en el jazz latino  (Colección  Popular,  2005)—,  en  un trabajo que además de elocuente tiene la buena fortuna de hacer convivir a Dave Holland con Hans Georg Gadamer, en el oficio natural del autor por la idea racionalizada y sustentable. Delannoy se lo ha ganado a pulso. Muchos de los argumentos son contundentes. Parte de la historia plasmada  en  sus  anteriores  trabajos  son hoy usados como elemento determinante en la descripción del proceso histórico y etnomusical Eso nos lleva al asunto de las clasificaciones: ¿jazz?, ¿jazz latino? Y es que hay que decirlo: Luc Delannoy también es conocido por esa postura incendiaria. Baste echar un ojo a la red de opiniones que se han desprendido de su trabajo. Como
con el caso de Payton, de nuevo se abre un mar de públicos divididos que adoptarán alguna postura en torno a algunas aseveraciones que, desprendidas de la investigación, ponen el dedo en la llaga. “El jazz ha muerto” o “Todo el jazz lleva raíz latina” son simplemente posturas fascinantes de explorar.

Es el escucha quien alza la mano y pone el primer tema: “¿jazz latino es eso que suena a salsa? Porque, si es eso, entonces sí que me gusta.” Cito un fragmento de Convergencias que viene muy al caso, en palabras del pianista argentino Adrián Iaies: “Me gusta decir que el problema de las músicas de fusión está en que, en algún momento, se les ve la costura.

Hasta acá es jazz y luego es rumba o salsa, o bossa, luego vuelve a ser jazz…” Esto es como abrir la caja de Pandora y mirar azorado lo que emana de ella. ¿Qué significa todo esto para México? ¿En dónde cae el  peso  fuerte  cuando  la  cuna  se  tambalea?  La  respuesta tal vez nos esté negada por varios años más.
No así la visión sobre lo que en el “entretanto” sucede. Es curioso. Latinos como somos, poco inyectamos a nuestras vidas de este jazz. Aun siendo parte misma de la historia y apostadores (in)voluntarios de temas, letras, ritmos, no sólo no lo consumimos, sino que tampoco lo fabricamos. Al menos, no con la conciencia puesta sobre el jazz, amén de algunas muy honrosas excepciones. En una ciudad con millones de habitantes, casi todos imbuidos en otros menesteres, habitantes que guardan y atesoran el recuerdo, la grabación que sólo en ocasiones especiales brilla: mucho de Celia por aquí, poco de Tito por acá, uno de éxitos de La India.

En nuestro país nos gana la tradición, a la que damos continuidad de forma automática. Adoptamos y usamos por el simple gusto de hacerlo. La trilogía de Luc Delannoy ayuda a comprenderlo mucho mejor. “Que mi novia sí sabe cómo se baila la cumbia / y al sonar los tambores, si no la invito me invita ella”: el pie izquierdo levanta al derecho y vaya usted a saber de dónde vienen esos tambores de los que habla la canción pero yo ya estoy en la pista. Respetables, históricos, cada uno de los géneros están para cumplir una misión y lo logran. Los autores como Delannoy pavimentan el camino, el cual se había quedado desolado por décadas.

Mayoritariamente en tono socarrón, me preguntan  de  manera  continua  si  en  verdad  existe  eso  que llamamos jazz mexicano o jazz hecho en México, o música que parece jazz hecha en México. De hecho es la pregunta más célebre para los que algo tenemos que ver con esto. Además de la evidente respuesta musical y la referencia histórica que indica —incluso— que tal vez algunos compatriotas tuvieron todo que ver en la formación e instrucción de bandas de jazz en los Estados Unidos, el cúmulo de respuestas ahora son inmediatos e impresos. No hay multitudes de tomos, pero los libros de consulta están cada vez más cerca.

Y es que con la maldición de ser música del demonio, al jazz le ha tocado una tunda ejemplar al paso de los años. No sólo en nuestro país, sino en gran parte del mundo. En México, las estrellas del jazz de los años cuarenta, cincuenta y sesenta grabaron y dejaron su testimonio indeleble. Sólo algunos distraídos hicieron apuntes o notas de esos trabajos. Alain Derbez da cuenta precisa de ello en El jazz en México que —de manera muy afortunada— ahora sale de nuevo a la luz en una nueva edición corregida y aumentada.

Es decir, están sucediendo cosas.

Quisiera ser muy puntual aquí y dejar en claro que no borro de ninguna manera de un plumazo a la gente que ha trabajado incansablemente para informar sobre el género y lo que significa para tantos. Señalo que mucho tiempo atrás encontrábamos notas muy escasas, panfletos rescatados, contraportadas de los lp’s que era necesario mirar con lupa para saber al menos quiénes eran los músicos que participan en el disco. Cito al autor: “¡Caliente! fue un libro de historias,  Carambola uno de ensayos. Convergencias es un libro de fragmentos.” Efectivamente no pretende abarcar un panorama completo del jazz latino, pero ya en conjunto con sus antecesores se logra un sólido estudio, que igual corre desde el anecdotario hasta la entrevista, desde la cita hasta el dato duro. La intención es clara: la búsqueda de la verdad no se detiene, se comparte. Afortunadamente, para casos como éste, es un proceso largo e incluyente.

Tal vez Nicholas Payton tenga razón y el jazz de origen, el jazz que tanto conocimos y que tanto amamos, murió hace tiempo. Hay demasiadas manos involucradas en el caso, muchos sospechosos de homicidio. Pero tal vez sucede todo lo contrario. Probablemente sea hora de dejar lo homogéneo y caminar hacia una identidad definida, como propone Delannoy, en donde exista reconocimiento y aceptación a los que han contribuido a hacer de esto una mejor música. Jazz cubano, dominicano, panameño, de Puerto Rico, mexicano…

Ya el autor lo deja claro en una de sus entrevistas: “El jazz latino lo que hace es mantener viva esta diversidad cultural y, al mismo tiempo, une todas estas diversidades gracias a la improvisación y a sus armonías. Es como una gran familia de gente con cultura diferente. Ése es el papel sociológico del jazz latino.

Es una música de resistencia porque resiste a una forma de globalización para impedir que lleguemos a un momento en el cual toda la gente tiene el mismo pantalón, la misma camisa, calzando la misma cosa, haciendo los mismos gestos, comiendo lo mismo. El jazz va en contra de esto de manera indirecta. Por lo tanto,  es  una  música  de  resistencia:  quiero  mantener mi diferencia, quiero mantener mi cultura, y yo esto  lo  hago  saber  a  través  de  la  música  mía,  que  es el jazz.”

Así que “la acción es lo único que hay”, dijo Nietzsche.
Yo le creo.

Erik Montenegro, locutor y jazzista de las palabras, es el gerente de Horizonte 107.9, una estación del IMER.

Articulo: http://www.elboomeran.com  06/11/2012

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