samedi 17 novembre 2012

Gilbert Keith CHESTERTON/ William BLAKE y otros temperamentos'


'William Blake y otros temperamentos'
Por Gilbert Keith Chesterton
EDICIONES UDP

El formidable ensayo de G. K. Chesterton sobre William Blake -que ocupa la primera mitad de este libro- es una pieza crítica clave de la literatura del siglo XX: el autor de El hombre que fue jueves repasa allí, con inimitable agudeza y originalidad, la vida y la dilatada obra pictórica y poética del genial artista inglés, a la vez que nos propone una discusión en torno al arte de la biografía, a la historia religiosa y mágica de Occidente, y a las relaciones entre temperamento artístico, locura y mística, todo ello sin dejar de revelarse, a cada paso, como un luminoso humorista, un heterodoxo moralista y un maestro del aforismo.

Junto a ese ensayo, el libro reúne una serie de comentarios biográficos sobre otros personajes cuya vivisección a manos de Chesterton sólo podía producir pequeñas obras maestras: Lord Byron, Charlotte Brontë, William Morris, Robert Louis Stevenson, Carlos II, Francisco de Asís, Girolamo Savonarola y Lev Tolstói. En su mayoría, los textos nacieron como reseñas de libros que el propio escritor contribuyó a olvidar, erigiéndose, como era su costumbre, en un juez extraordinariamente lúcido -y también insólitamente divertido- de lo bueno y de lo superior.

Estas páginas son una muestra del mejor Chesterton, un autor al que el paso de los años sólo ha conseguido engrandecer, confirmando lo que Jorge Luis Borges anotó sobre él: "Pienso que Chesterton es uno de los primeros escritores de nuestro tiempo".

Primeras páginas
EL MAESTRO DE ESGRIMA
Por Rodrigo Pinto

"He escrito varios libros que se supone son biografías y vidas de hombres realmente grandes y notables, a los que cicateramente he hurtado los más elementales datos cronológicos", escribió G. K. Chesterton en su Autobiografía para explicar por qué omitía del relato de su propia vida ese tipo de información. Y ese rasgo es llamativo tanto en el extenso ensayo sobre William Blake como en los perfiles de escritores y personajes históricos que conforman este volumen. Chesterton define un perfil como "la línea que separa una cosa de lo que está fuera de ella", y en el periodismo y el ensayo ejerció largamente el oficio de trazar esa línea, de seguir su derredor, pero no al hilo de las fechas y los datos, sino al modo como cada personaje se dibuja en el tiempo y establece su diferencia particular con el entorno. Chesterton, además, busca entenderlos desde el conjunto, desde la totalidad de la obra o de la biografía; para ese tipo de mirada, la cronología es un detalle que no importa tanto. No quiere establecer una biografía de manera fidedigna (si es que ello fuera posible) ni quedarse en las anécdotas (o hechos: nacimiento, estudios, títulos, matrimonios) que pueden darse en cualquier existencia. En cambio, procura ofrecer una interpretación, una lectura, una mirada que ilumine esa obra o esa vida a fin de que diga algo vivo y nuevo a sus lectores.

Como suele ocurrir con escritores de la talla de Chesterton, esa mirada, la suya, es también reveladora de sí mismo, de sus ideas y propuestas filosóficas, estéticas y religiosas. Converso al catolicismo, fue un militante ejemplar en la defensa de la fe y de la Iglesia católica en un país mayoritariamente protestante. Ello explica la presencia en este libro de los perfiles de Francisco de Asís y de Savonarola, reformador religioso que pasó a la historia por su consecuencia y rigor en la denuncia de la corrupción de los Medici y del papa Alejandro vi. No son éstos ensayos históricos; Chesterton da por supuesto que el lector está familiarizado con los personajes, y entrega, como es habitual, una interpretación muy personal y a contrapelo de la tradición. En el caso de Francisco de Asís, discute con el señor Adderley –quien, sostiene Chesterton, no ha escrito una biografía de Francisco sino “un devocionario”–, y afirma que el santo ha expresado, “en un lenguaje más elevado y audaz que el de ningún pensador terrenal, la idea de que la risa es tan divina como las lágrimas”. Y cuando habla de Savonarola y su cruzada por quemar objetos de lujo, valiosos, joyas, cuadros, libros, para volver al ascetismo de la auténtica fe, escribe algo terrible y difícil de entender para un descreído: “Debo confesar que espero que la pila haya contenido montones de obras maestras incomparables, si el sacrificio hizo más real aun ese momento único”.

Salvo los dos anteriores perfiles y el de Carlos II –un pretexto, en realidad, para explayarse sobre el escepticismo con ironía, pero también con respeto, todos los otros se refieren a escritores: Lord Byron, espíritu romántico cuyo pensamiento fue una “convulsión de la naturaleza”, un volcán que en la época de Chesterton ya no era ni siquiera “un volcán extinguido”, sino “el cartucho quemado de un cohete”; Charlotte Brontë, aunque en realidad habla mucho más de las tres hermanas que de la autora de Cumbres borrascosas, y es para sostener que ellas “vinieron a decir que toda el agua no basta para apagar el amor, y que la respetabilidad es incapaz de desviar o sofocar un anhelo secreto”; William Morris, estilista perdido ya en el tiempo o al menos en el campo de las traducciones al castellano, cuya obra califica de esencialmente decorativa, puesto que “parecía creer realmente que los hombres pueden disfrutar de una felicidad perfectamente monótona”; Lev Tolstói, profeta contradictorio en quien resulta difícil conciliar las dos caras de su obra: “No sabemos qué hacer con ese moralista pequeño y ruidoso que habita en un rincón de un hombre grande y bueno”; y Robert Louis Stevenson. Respecto de este último, Chesterton suelta una afirmación digna de destacarse: “Cumplía el primero de los requisitos fundamentales para ser un grande: ser malinterpretado por sus detractores. Pero con Robert Louis Stevenson, el libro del señor H. Bellyse Baildon [...], venimos a enterarnos de que cumple también el otro requisito fundamental: ser malinterpretado por sus admiradores”.

Chesterton, sin duda, tiene razón en establecer ambos requisitos y su manera de despedazar a Baildon es una singular pieza de mordacidad y perspicacia.Estos perfiles, de pocas páginas, son ejemplares en su manera de apuntar al corazón de la obra o la vida de cada personaje, pero también en el modo en que Chesterton se apropia de ellos para llevar agua a su propio molino. Con Stevenson, nuevamente, lo muestra de la más clara manera: “El denominador común de la variada obra de Stevenson es la idea de que la imaginación, o la visión de las posibilidades de las cosas, es mucho más importante que los meros acontecimientos: que aquélla es el alma de nuestra vida y éstos el cuerpo, y que lo más preciado es el alma”. Aunque se puede interpretar su texto en términos estrictamente literarios, la aparición del alma –ese concepto tan ligado a la fe, que en otros ámbitos se designa como espíritu– introduce en el análisis otra tradición, otra forma de mirar: la de Chesterton en su defensa del catolicismo y su mundo de ideas. No es que ello sea reprochable. Al contrario. Leerlo obliga a estar atento a los matices y a confrontar su poderoso pensamiento con las propias convicciones. Convierte cada ensayo, cada perfil (y hasta cada uno de sus relatos policiales protagonizados por el padre Brown) en un ejercicio de esgrima donde él, sin duda, es el maestro; podrá parecernos equivocado o certero, pero nadie podrá dejar de admirar su destreza en el manejo del filo de las palabras. Y eso sí que es una virtud, que se manifiesta brillantemente en esta colección de ensayos.

La pieza mayor del libro es el extenso texto sobre William Blake, el poeta y pintor del siglo XVIII que aún deslumbra por la potencia de sus visiones y la ambivalencia de sus poemas, a veces comprensibles, a veces totalmente  disparatados. Con él, Chesterton arriesga otra vez una tesis radicalmente a contrapelo de la tradición y la convierte en el punto de vista que rige su análisis. “Difiero de los críticos”, escribe, “que miran a Blake con escepticismo. Éstos afirman que sus visiones eran falsas precisamente porque estaba loco. Por mi parte, digo que estaba loco justamente porque sus visiones eran verdaderas”. Desde este eje, Chesterton revisa tanto los dibujos como la poesía de Blake e interpreta las inconsistencias y oscuridades que, según él, si se las mira desde el ángulo de un místico que tenía acceso a un mundo de seres angélicos y demoníacos, son mucho más explicables que por la simple atribución de locura.

Así, las repeticiones al borde de la manía de figuras incomprensibles en sus pinturas, los dípticos carentes de sentido que intercala en los contextos más distintos, su falta de control sobre su poderoso sentido del humor y la proposición de ideas tan disparatadas como que “el éxito social de un caballero entre las damas” depende de que, “previamente, haya o no conseguido irritar a un buey”, Chesterton ve claramente el síntoma de “un punto ciego en el cerebro”, y concluye que “un hombre que sabía escribir tan bien y que por momentos escribió tan mal debía estar loco”.

¿Pero qué clase de locura? Ahí es donde Chesterton discrepa con la generalidad de los intérpretes y críticos de Blake, como se señala más arriba. “La autenticidad de sus comunicaciones espirituales” es la clave para entenderlo, porque Chesterton, a diferencia de la mayoría, reconoce, hasta con orgullo, que “yo, en cambio, sí creo en los ángeles, incluso en los ángeles caídos”. Para el autor, Blake no era ante todo un loco, sino un místico, y por lo tanto hay que enfrentar sus visiones como mensajes de otro mundo que se expresan en los cuadros y los poemas de un creador incesante que escribía y pintaba mejor cuando no estaba bajo el influjo de la inspiración de sus visiones; en aquellos casos se manifestaban sus obsesiones, las discrepancias con el sentido común, las fealdades incongruentes con el título de las obras, el delirio que lo llevaba a escribir mal y a llegar a espantosas conclusiones: “Sea cual fuere el arcángel que rige sobre los más crasos errores intelectuales, sin duda había desplegado sus penumbrosas alas sobre Blake cuando éste llegó a la conclusión de que un hombre debe ser malvado para alcanzar el perdón”. De donde se sigue, según Chesterton, que Blake era un hombre cuerdo afectado por ramalazos de locura, provenientes de esos ángeles y demonios que de tanto en tanto se posesionaban de su espíritu.

El magnífico don de Chesterton para usar la paradoja como herramienta y la extraordinaria ductilidad con que emplea el lenguaje se revelan a cada paso en este largo ensayo sobre Blake. Además, sustenta su examen no sólo en la somera revisión de su biografía, en el corpus de la obra del místico iluminado y en las lecturas de otros críticos, sino también y sobre todo en sus propias ideas sobre el arte y la historia. Ejemplo de ello es, por ejemplo, su larga caracterización del siglo XVIII, el de Blake, que considera necesaria para aquilatar “cuánto ganaron o perdieron, a causa de su postura, su alma y su credo, su hererodoxia, su ortodoxia, su posición frente a la época”. Su teoría acerca de las tres personas que hay en cada uno de nosotros es original y provocativa; es su manera de conjugar las distintas tradiciones culturales que dieron forma a Europa, arrastrándolas hasta el cazador recolector que es casi invisible, pero no menos poderoso, ante los ojos de sus contemporáneos.

De la mano de su cordura y de su locura, bajo el impulso de sus visiones, Blake, según Chesterton, en un plazo de diez años, “fraguó un sistema teológico tan enmarañado e interdependiente como el que la Iglesia católica ha construido en dos mil”. Su ensayo es un enorme aporte para aproximarse a este sistema compuesto tanto por una ingente obra plástica –de la que en esta edición se reproducen algunas muestras– como por una obra poética inagotable que ha dado pie a lecturas sensatas y a otras delirantes, inspiradas por un exceso de credulidad del que Chesterton se cuida mucho. Es siempre interesante apreciar cómo una inteligencia privilegiada como la suya desbroza el aparente matorral de la obra de Blake, con tanta frecuencia irreductible ya no sólo a la interpretación, sino también a la comprensión. Por cierto que Chesterton, cosa que a nadie debe extrañar, destaca también sus desacuerdos con Blake y no vacila en calificar de malos y malísimos algunos de sus poemas, pero siempre en el marco del intento de apreciar el conjunto y rescatar de la confusión o el olvido a este místico. Pero, así como lo critica, también asume sus acuerdos y señala lo que probablemente es la razón de su interés por Blake: el auténtico valor de su filosofía, que “radica en su desafío apacible y positivo del materialismo, un asunto en que todos los místicos, paganos y cristianos, se ha embarcado desde tiempos inmemoriales”. Y añade Chesterton: “En todo aquel ejército no hubo jamás un guerrero más grande que Blake”.

Ficha técnica
Título: William Balke | Autor: G.K. Chesterton | Editorial: Ediciones UDP |Colección: vidas ajenas | Publicación: 2012 | Páginas: 208 | ISBN: 978-956-314-180-1 | Precio de Referencia:$11.500/USD23 

Articulo: http://www.elboomeran.com 15/11/2012

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