samedi 17 novembre 2012

Héctor Abad FACIOLINCE/ La fuga sin fin de Joseph ROTH


Artículos
La fuga sin fin de Joseph Roth
Por Héctor Abad Faciolince

¿Qué puede llevar a un lector a volver muchas veces sobre un mismo libro? En este caso, las razones para retomar La fuga sin fin de Joseph Roth pueden ser las mismas que llevan al protagonista de la novela a persistir en su huida.

En general yo sigo el cuarto mandamiento literario de mi amigo Aguirre: “No releer nunca un libro”. No creo que pueda haber experiencia más funesta que arruinar nuestra lectura juvenil deRayuela con una relectura adulta; temo que sería el final de una ilusión. Sé que tampoco repetiré nunca la laboriosa lectura del Doctor Faustus o de Absalón, Absalón, pues releer esos libros es cosa de académicos o de eruditos, no de hedonistas del libro. Hago, sin embargo, una permanente excepción a la regla. Tengo el vicio de releer todos los años –y a veces más de una vez– el mismo libro de Joseph Roth: Fuga sin fin. Creo que la primera vez lo habré leído hacia 1990, por lo que a estas alturas es seguro que mis relecturas de esta novela ya no se pueden numerar ni siquiera con la suma de los dedos de las manos y los pies. 

¿Por qué lo releo siempre? ¿Qué extraño poder hipnótico ejerce esta sencilla novela sobre mí? No lo sé bien. Lo que sí sé es que si existiera algo que se llamara “el libro de mi vida”, yo no dudaría en definir así aFuga sin fin. Creo que lo releo como los devotos cuando repiten versículos de la Biblia, como abren al azar los cabalistas una página de la Torah –para hallar la solución al enigma del instante–, como repasa un imán de Persia las suras del Corán. En cada relectura de Fuga sin fin hallo siempre un sentido distinto a la vida aventurera y desaventurada de su protagonista, el teniente Franz Tunda, oficial del ejército austríaco, caído en desgracia y hecho prisionero en Rusia al comienzo de la Primera Guerra Mundial. Y ese nuevo sentido que le encuentro a su vida sin sentido encierra algo que me habla de cerca sobre asuntos profundos que se alojan también en mi mente, o quizá en muchas mentes. Si alguna vez soñé con aprender alemán, en realidad fue solamente para poder leer en lengua original Die Flucht ohne Ende, publicada en Múnich en 1927, por el editor Kurt Wolff. Y si tuviera que decir lo que este libro, sin exageraciones, ejerce sobre mí, la única palabra precisa que se me ocurre es fascinación. La extraña fascinación de encontrar, en la literatura, un amigo íntimo, o mejor, un hermano, el hermano que no tuve jamás.

Voy a resumir, en líneas generales, la trama de la novela, cuyos sucesos transcurren entre 1919 y 1926, pero antes diré algo sobre su autor. A Joseph Roth no le gustaba contar su vida; le gustaba borrar las huellas e inventarse vidas parecidas a la suya, con variaciones importantes en los detalles fundamentales. Vidas que mejoraran o empeoraran su destino. Cuentan sus biógrafos que a veces, borracho, sentado en los cafés de Viena o de Berlín, Roth hablaba de sus hazañas de oficial en el glorioso ejército austríaco, durante la Gran Guerra. Cada vez que volvía a contar la historia lo hacía de un modo distinto. Sus amigos sabían que mentía; sabían que el judío Joseph Roth, endeble y bajo de estatura, nunca habría dado la talla para ser soldado, y menos oficial de aquel altivo ejército derrotado. Si había servido al Ejército Imperial, lo habría hecho desde una oficina, en algún rutinario cargo administrativo. Y sin embargo a veces el escritor hablaba de sí mismo como del “teniente Roth”, con el respeto que se debe a un oficial en retiro, aunque sin el beneficio de una pensión estatal de veterano.

Yo sospecho que la historia del teniente Franz Tunda es una de las versiones de la vida del falso teniente Joseph Roth, y quizá la menos infiel de todas sus biografías inventadas. Es más, creo que la trama de este libro fue elaborada poco a poco, en los cafés, con las mentiras que Roth contaba sobre su propia vida. Y como creo que en toda ficción se esconde una verdad más honda que en el relato fidedigno, Fuga sin fines la vida imaginaria del escritor Joseph Roth, pero la que mejor explica su vida real, pues es su vida decantada por el arte (no como fue, sino como debió ser), y por lo tanto convertida en mito, no idealizada, sino condensada mediante imágenes e historias poéticas, donde lo real y lo inventado se mezclan indisolublemente. 

Del teniente Franz Tunda sabemos que era un hombre sin nombre, sin papeles, sin origen conocido y, sobre todo, sin destino. La suya es una “fuga in avanti”, porque no huye de nada, sino que huye hacia el futuro, rompiendo cualquier atadura que surja en su camino. Del hombre y del nombre Joseph Roth, sabemos lo siguiente: que nació en Brody, en lo que entonces era la Galitzia austríaca, a pocos kilómetros de la frontera con Rusia, hijo de padre y madre judíos. También sabemos la fecha, el 2 de septiembre de 1894, y según comenta él mismo “bajo el signo de la Virgen, con la que mi nombre, Joseph, guarda cierta relación lejana”. Tanto jugaba Roth con su destino, que a veces se declaraba católico, a veces monárquico y a veces comunista. En su funeral, de hecho, hubo militantes de los dos partidos (el monárquico y el comunista), cura y rabino. Sus nombres (Moses Joseph), sin embargo, no pueden ser más hebreos, ni su apellido tampoco: Roth. 

No muchos años antes de su nacimiento, cuando el emperador Francisco José de Habsburgo (Franz Josef Karl von Habsburg-Lothringen) quiso conocer mejor a todos sus súbditos, ordenó que se dieran apellidos alemanes a los judíos del imperio. Sin pecar por exceso de imaginación, los perezosos burócratas del anágrafe empezaron a dar a los judíos nombres de colores: Roth, rojo, Schwarz, negro, Braun, marrón, Weiss, blanco… Cuando agotaron los colores, le añadieron al color el consistente sustantivo “piedra”: Stein. De ahí vienen los Braunstein, Weisstein, Goldstein, etc. Agotadas las piedras vinieron las estrellas: Stern. Gelbstern, Rothstern, y así. Roth, pues, es uno de los apellidos de la primera camada, y quizá haya que traducirlo para que sepamos bien, en español, lo que su nombre evoca en alemán: Moisés José Rojo. 

Me doy cuenta de que he divagado mucho sobre el nombre. No es del todo gratuita esta divagación. En Fuga sin fin se lee esta sentencia: “En los nombres vive una fuerza, como en los vestidos”. Sí, el nombre es una especie de vestido que nos arropa toda la vida; a veces, incluso, llega a ser un destino. Pero al principio de Fuga sin fin se nos dice que Franz Tunda (quien de momento se hace pasar por hermano de un amigo polaco, y lleva su apellido, Baranowicz) es un hombre “sin nombre, sin crédito, sin rango, sin título, sin dinero, sin profesión: no tenía ni patria ni derechos”.

Franz Tunda participa, más por error y por amor que por convicción, en la revolución rusa: primero cae prisionero de los blancos, luego los rojos lo rescatan (por eso parece quedar de su lado), y la comandante de ese escuadrón comunista que lo libera, Natasha, se enamora de él, contra su voluntad y contrariando sus convicciones revolucionarias. “Es indiferente si alguien se vuelve revolucionario por lecturas, reflexiones, experiencias o por amor”, dice Roth en el libro. La revolución a Tunda no lo apasiona, y aquello que lo apasiona, el amor, fracasa porque su amada detesta tener “un amor burgués”, a pesar de ser este, el burgués, el único tipo de amor que podría tener. Cuando ella lo deja, Tunda encuentra a una mujer mansa, suave, sumisa, casi inexistente, que lo ama con una devoción servil, y se casa con ella. Se llama Alia: “La muchacha era bonita y callada. Se movía en silencio como un velo. Algunos animales producen un silencio de ese tipo en el que después pasan su vida, como si hubieran hecho un voto de servir a un fin superior y secreto”.

Estando con Alia, y ya trasladado a otra ciudad rusa, Bakú, su única distracción de la sana monotonía conyugal consiste en ver llegar los barcos que vienen de Occidente, como emisarios de otro mundo. De uno de esos barcos desciende una francesa sofisticada, la señora G., que va de visita a Bakú, quizá como espía; se acuestan. Ella le deja en una tarjeta su dirección en París. Y esa sola dirección le quita a Tunda su deseo de quedarse. Roth comenta: “Las mujeres que encontramos excitan más nuestra fantasía que nuestro corazón. Amamos el mundo que ellas representan y el destino que ellas significan para nosotros”.
Tunda decide regresar a Occidente, sin tener muy claro el motivo. Han pasado demasiados años y quizá su prometida de Viena ya no lo esté esperando. De todos modos, por ella o por la señora G., o por un incomprensible desasosiego interior, Tunda abandona a Alia, su muchacha silenciosa, su paz doméstica. Se va sin despedirse siquiera (le envía dinero en un sobre) y resuelve desandar los pasos de su vida anterior, regresar a Austria, su patria inexistente. Además de recuperar su nombre precedente, su pasaporte, su nacionalidad austríaca (en el consulado le creen por el acento vernáculo de su alemán original, la más perfecta huella digital), eso que los insufribles llaman “identidad”, trata de retomar el hilo de su vida. Pero ese hilo se ha roto: el imperio austrohúngaro ya no existe; el emperador ha muerto; su novia se ha casado con otro; su hermano tiene éxito y es un burgués (director de orquesta, rico, cortesano) adaptado a la nueva sociedad alemana, lo cual para Franz es otra forma de morir. 

Tunda ya no es nadie y está por convertirse, como Roth, en un Santo Bebedor que vive de préstamos, subsidios y trabajos temporales. Es un hombre sin destino en un mundo que, de nuevo, deja ver las señales de que próximamente se volverá a desmoronar, y de un modo incluso más cruel que en la Primera Guerra Mundial. Tunda lo anuncia, como un profeta (estamos en 1926), pero nadie le cree. De mujer en mujer, de frontera en frontera y de revolución en revolución, lo que nos deja esta novela maravillosa es la sensación de un yo desintegrado, que se ahoga como un pez fuera del agua, y salta de un lado a otro, a veces enloquecido, a veces resignado, reflexivo, pero siempre carente de un elemento vital que ya no existe, un agua (o un aire) que ya nunca podrá volver a respirar. No es ni siquiera inquietud: “Lo único que sé es que no ha sido la inquietud, como se dice, lo que me ha impulsado, sino, al contrario, una calma absoluta. No tengo nada que perder. No soy valiente ni tengo ganas de aventuras. Un viento me impulsa y yo no temo ir más allá, hasta el fondo”.

Tal vez cuando una guerra nos desgarra y nos aleja del país que nos dio nuestra manera de hablar (esa huella indeleble de la lengua nativa), cuando uno trata de asumir, y momentáneamente asume, otra identidad (maldita palabra ineludible), el regreso al viejo nombre, al país que ya no es, es siempre una fuga sin fin: porque esa patria perdida, ese país que ya no se reconoce nos deja como único destino, además del estupor, un deseo perpetuo de volver a irnos de ahí. Y la tragedia de esa carrera sin destino es que en la huida tampoco hay escapatoria porque en ninguna parte un fugitivo de sí mismo puede sentirse en su casa, por el sencillo motivo de que su casa ya no existe. Siempre se quiere ir a un sitio, y a otro, pero al llegar comprende que tampoco ahí se siente bien, y la pulsión de irse de nuevo es inmediata y perpetua. 

Joseph Roth vivió siempre en hoteles o en cuartos de alquiler, con una pequeña maleta donde cabían todas sus pertenencias: poca ropa, y un montón de papeles desordenados en los que iba escribiendo frenéticamente las novelas y los artículos que le daban a duras penas lo suficiente para ganarse la vida y para ayudar a sus sucesivas mujeres. Se emborrachaba todos los días y agobiaba a sus editores y amigos con préstamos constantes, que acababa por pagar mediante otros préstamos y anticipos, en otra especie de fuga hacia adelante, en este caso monetaria. Hundido en el alcohol y desesperado porque –como un profeta lúcido– veía con claridad que el nazismo era “la sucursal del infierno en la tierra”, y pocos le creían, tuvo la buena suerte de morir en París, cirrótico y envejecido (a los 45 años), poco antes de que la invasión alemana acabara por derrumbar de nuevo la vieja ilusión de una Europa iluminada y civil. El teniente Franz Tunda y el falso teniente Joseph Roth describen del modo más desolado y lúcido la disolución de una idea de Europa que se volvió un espejismo, un mundo en el que, por un momento, pareció posible la integración normal de los judíos, la convivencia con ateos, liberales y cristianos; ese “mundo de ayer” del que hablara Stefan Zweig (buen amigo de Roth) en sus memorias, que parecía que fuera a imponerse –por racional y sensato– para siempre, y en esa primera mitad del siglo XX, en cambio, se desmoronó dos veces. En Fuga sin fin dos cosas se desmoronan una y otra vez: la estabilidad de Europa y la estabilidad de las relaciones amorosas. En ese mundo desmoronado del amor y de las ilusiones políticas, Franz Tunda sigue huyendo en su libro y en nuestras relecturas reiteradas del libro. Las fugas sin fin, obviamente, no pueden parar jamás. 

Articulo: http://www.elmalpensante.com 04/2012