samedi 10 novembre 2012

Iñigo LÓPEZ PALACIOS/ El hombre que hablaba consigo mismo


El hombre que hablaba consigo mismo
Por Iñigo LÓPEZ PALACIOS 

Se publica en España, 'Bonnie Prince Billy por Will Oldham', un libro de entrevistas en el que Oldham, cantautor estadounidense líder de una generación se enfrenta al personaje que él mismo ha creado.

Will Oldham es el hombre. Un cantautor estadounidense nacido en 1970. Está en activo desde 1993 con una discografía enmarañada en la que ha firmado sus numerosos discos como Palace, Palace Songs, Palace Music o Palace Brothers, entre otros sobrenombres. 

Pero, sobre todo como Bonnie Prince Billy.

Así que Bonnie Prince Billie por Will Oldham, un libro de 352 páginas que recoge una serie de entrevistas que el periodista y músico Alan Litch realizó con Oldham (y que ahora publica en España la editorial Contra)  es algo así como el hombre enfrentado a su obra.

El mismo autor del libro aclara en la introducción de la obra, la dualidad que Oldham ha establecido con su personaje."Al leer viejos artículos sobre Palace/Bonnie, me acordé de las estrellas de telenovela. La gente se acerca a ellas en un aeropuerto o un restaurante y las reprende por algo que hizo su personaje en la serie, y tienen que dar explicaciones: 'Ese no soy yo".

Sabe de lo que habla, uno de los motivos por el que se le ha permitido acercarse tanto al auténtico Oldham es que son viejos conocidos desde que Oldham todavía era un joven actor. "Aún no era músico pero estaba involucrado en la escena musical de Louisville y, según afirmaban, era conocido por haber aparecido en Matewan, de John Sayles (una película que por entonces yo no había visto). Había tomado la fotografía de la portada de Spiderland, el disco de Slint, y había hecho de telonero en el CBGB en el concierto de Rapeman, el grupo que había formado Steve Albini justo después de Big Black, no tocando música, sino haciendo sonidos de «respiración anal» con el trasero", recuerda en el prólogo.

Esa noche, Will Oldham le dio una copia de su primer sencillo como Palace. Y a partir de ahí Licht le ha visto crecer en tiempo real. Que no es poco. Oldham es uno de los cantautores imprescindibles en la construcción del nuevo lenguaje del género en Estados Unidos. Esa estirpe que nació de las cenizas del hardcore estadounidense, que a nivel ético ha sido el género más integro de los últimos 30 años, siempre preocupado por mantener los pies en el suelo, o más abajo, por evitar los divismos, por estar comprometido con las causas más variadas. Y que si bien ha creado una serie de impresentables espantajos carentes de sentido del humor, también ha dado pie a una raza de creadores insobornables y valiosos.

A pesar de que vive como un artista de perfil bajo comercialmente hablando, Oldham tiene realmente un tirón mucho mayor del que se podría desprender del tamaño de los locales en los que actúa. Es parte de su ethos, se niega a participar en festivales, excepto muy puntualmente, si eso le sirve para sus aventuras. Un ejemplo: la única vez que este redactor le entrevistó, en Praga, en 2008, Oldham había atravesado Albania y Yugoslavia en furgoneta con su banda gracias al dinero obtenido por una única actuación en un festival escandinavo. No parecen importarle detalles como que PJ Harvey sea fan confesa. Johnny Cash hizo una versión de su estremecedora I see a Darkness algo que cualquiera hubiera usado como trampolín. Él no.

Como Bonnie Prince Billy se ha enfrentado a demonios personales eternos (la religión, el sexo, el desamor, la muerte) y casi siempre ha parecido que estaba a punto de perder la batalla, de una forma tan bella que se explica por sí misma. Pero Oldham ha salido reforzado de cada uno de sus asaltos. Y ahora, con 42 años y una carrera de casi 20 detrás, convertido en un mito ha decidido responder a preguntas sobre su vida y su forma de entender la música y el arte. 

Cualquiera que haya intentado indagar en la biografía de Oldham habrá descubierto las fechas contradictorias, (incluso su día de nacimiento no era seguro) los datos que no encajan, las zonas oscuras que esta entrevista resuelve de forma exhaustiva, de forma a veces confusa y contradictoria, como corresponde a su autor.  De momento aquí van, en exclusiva, unos extractos seleccionados del libro organizados de forma temática.

EXTRACTOS DE 'BONNIE ‘PRINCE’ BILLY POR WILL OLDHAM'

Sobre el nombre y la identidad...

Bonnie Prince Billy es un nombre de lo más ridículo. No había ninguna idea preconcebida, nadie podía decir como iba a ser la música al oír el nombre. Pero transfirió la música a un individuo, lo cual parecía ser lo que todo el mundo -el público, o por lo menos la gente con la que tenía que hablar por fuerza sobre la música- estaba buscando.  "Vale. Vamos a inventar uno. Uno que en realidad no exista, y por lo tanto puedo seguir sintiéndome seguro de que no hay ningún responsable individual de las cosas, pero vosotros podéis pensar que sí" [risas]. El alter ego es alguien que no tiene origen, infancia o existencia real. Will Oldham tiene una vida privada, y Bonnie Prince Billy, no.

Sobre crecer en Louisville, Kentucky...

No me parecía que nadie del resto del país o del mundo supiera nada de Louisville, Kentucky. Era genial. Era también como algo nuestro. Me gustaba ir a otros sitios, pero nosotros se la sudábamos, y no me importaba porque era emocionante estar en Louisville. [...] Durante un tiempo hubo una sensación fuerte de que estaba pasando algo bueno: un grupo de músicos muy potente y cambiante y una comunidad de personas que eran un gran sostén y muy comunicativas. Personas que no dudaban en educarse y desafiarse mutuamente.

Sobre la independencia...

Cuando bandas como Hüsker Dü o The Replacements pasaron de sellos independientes a grandes y fracasaron de un modo tan deprimente, eso fue muy significativo para mí. Parecía que hacer cosas al estilo mayoritario significaba hacerlas al estilo de otro. [...] Hace mucho tiempo hubo un par de ofertas. Me he reunido con gente de sellos importantes. Yo pensaba en la posibilidad, pero en el curso de la interacción la imposibilidad se volvía cada vez más obvia en cada pequeño movimiento. No parecían relaciones de las que fiarse y ha resultado que no podían serlo. [...] No es que los sellos grandes sean malos. Es que sería absurdo no estar agradecido por lo que tienes delante. Un autobús de gira o un anuncio del tamaño de una pared en Virgin Megastore no solo no es algo tan sensacional, sino que en realidad no lo echo en falta en mi vida.

Sobre la composición...

Componer canciones es una profesión. No es un intento de coger cosas de mis interacciones con otras personas y presentárselas por algún motivo a alguien totalmente desconocido para que las escuche. Me resulta ofensivo enterarme de que otros hacen algo así. Yo básicamente uso otras cosas que me han emocionado como ejemplos, que sé que no comparten nada con la persona que estaba involucrada, y sé que estoy compartiendo algo que no tiene nada que ver con nada concreto. La paleta emocional que proviene de la experiencia personal tiene sus ventajas, pero la música va de cambiar las cosas, igual que un libro o una película: coges una situación y construyes otra nueva. Se supone que las canciones no son la vida real. Se supone que apelan más a lo psíquico que a los hechos de quien las escucha. Las canciones están hechas para existir en y por sí mismas, como una gran novela de James Jones o Robert Louis Stevenson. No son autobiográficas, y sin embargo hay realidad en cada página. Es la vida real de la imaginación. Yo siempre reescribo una canción que parece que está demasiado vinculada a un hecho real, porque la intención es siempre crear el hecho hiperreal, de forma que, idealmente, pueda atañer a más personas.

Sobre la música y la religión...

Lo que por lo general llaman religión es lo que yo tendería a llamar música: participar en la música, escuchar música, hacer discos y cantar. Creo que la música y los discos son más apropiados y más respetuosos con el alma humana que las iglesias. Y más respetuosos con las necesidades de los humanos de comunicarse con los aspectos de sí mismos desatendidos por el lenguaje. No creo que la gente piense en Dios tanto como en sí misma y en cómo va a arreglárselas en la vida.

Sobre la versión de Johnny Cash de I see a darkness...

Él había cantado un verso, me lo pusieron y recuerdo que aluciné. Por algún motivo no estaba contento con él, y no recuerdo la diferencia entre lo que había grabado y lo que terminamos haciendo. Así que se nos ocurrió que yo hiciera una voz de guía, y la hice. Y dijeron todos. "Hala, que bien suenan las dos voces juntas. [...] Fue bastante emocionante, porque mientras cantaba me miraba como a la autoridad.

Sobre el trabajo con otros músicos...

 No parece nada adecuado atar tu destino al destino de un grupo de personas inextricablemente, hasta el punto de ponerte en plan: "Vamos a desayunar, comer, cenar juntos la mayoría de las veces durante los próximos diez años". Solo hay una persona en tu vida con la que debes hacer algo así. Me parecía una pesadilla. Además, en cualquier momento de una gira o una sesión de grabación siempre puedes recurrir al hecho de que sabes que estás aprendiendo algo de alguien, pero si siempre estás tocando con unas personas y pasas todo el tiempo con ellas, entonces no van a sorprenderte, no van a enseñarte nada y tú no vas a enseñarles nada. Por otro lado, está bien tocar con personas cuyas vidas no dejan de renovarse y reactivarse, y juntarte un tiempo y luego volver a separarte y reunirte.

Sobre la necesidad de hacer música...

 Yo lo hago para ganarme la vida. A veces la gente identifica la frase «hacer algo para ganarse la vida» con el aspecto puramente económico, pero tomada de forma literal, significa que lo haces «para la vida»: te pagan por ello, pero también lo haces para vivir... Es como respirar, lo necesitas. El dinero es un símbolo de comida, refugio y la capacidad de existir, lo cual es legítimo. El motivo por el que escribo canciones y creo música no tiene nada que ver con motivaciones o razones. Es simplemente que para mí no parece que haya otra forma de existir, de vivir. Es una manera de comunicar cosas con la que me siento cómodo. Va más allá de escribir una canción, porque me quito un peso de encima por motivos catárticos. Soy un apasionado de la música, pero va incluso más allá de eso. No es siquiera una cuestión de si debería escribir una canción o no. Es una necesidad.

Articulo: http://cultura.elpais.com 07/11/2012