samedi 24 novembre 2012

Juan Esteban AGUDELO RESTREPO/ Muchos años después, Félix ÁNGEL


Many years later, Félix Ángel
Muchos años después, Félix Ángel 
Por Juan Esteban AGUDELO RESTREPO 

Félix Ángel inauguró su exposición Trayectos el pasado miércoles en la galería Color y Forma, ubicada en El Poblado. La muestra estará abierta hasta el próximo 14 de diciembre.

Que sí, que fue exitoso, que fue director del Centro Cultural del Banco Interamericano de Desarrollo, que no dejó de pintar, que no dejó de escribir, que ha expuesto en muchos países, pero que no exponía en Medellín desde hace 21 años, es más, que no vive en Medellín desde hace 35 años. Que acaba de regresar para exponer. Que la mayoría de los artículos recientes que se publican sobre él no le hacen justicia, que son muy clínicos, que se ve muy serio, que es un hombre lleno de historias, crudas y duras pero, después de tantos años, divertidísimas.

Que para mucha gente en esta ciudad su nombre puede ser muy desconocido. Que quizá toca contarles su historia desde cero. Y bueno, es que ha estado por fuera por mucho tiempo.  

– ¿De alguna forma aquí la prensa apenas lo está conociendo?
–  Yo creo que sí –, responde él.

Que antes no era así. 

Félix Ángel

“Yo era un agitador, siempre he sido una persona muy curiosa, desde chiquito pinto y escribo, y quería que el medio artístico de Medellín fuera mucho más inquieto y rico”, recuerda él.

Por esa época, al inicio de la década del 70, ya habían pasado las tres primeras bienales de arte de Medellín.

“Y cuando ocurrieron, muchos de los artistas jóvenes de aquí no habíamos salido ni siquiera de la ciudad. Fueron exposiciones de gran calidad que nos mostraron que el arte era una cuestión muy compleja y muy importante en otras ciudades del mundo. Que el artista no es un vago o un loco o un tipo que no sabía hacer nada más, o que no sabía hacer plata. Que el artista es una persona que sabe hacer cosas diferentes y contribuye al desarrollo de sus comunidades. A mí me sorprendía que eso no se entendiera acá”, cuenta.

Pero en el año 72 las bienales finalizaron. Quedó un vacío para la crítica. Quedó la necesidad de que ese ambiente generado no se extinguiera. “Y si las cosas no pasan uno hace que pasen”, afirma Ángel. 
E hizo que pasaran.

“Te quiero mucho, poquito, nada”

“Es una novela que es extraordinariamente novedosa, no la puedo calificar de importante porque no lo sé, pero sí puedo decir que fue novedosa”, relata él sobre “Te quiero mucho, poquito, nada”, su primer libro, una obra ilustrada erótico - urbana que, realmente, tocó un tema muy novedoso en la ciudad para 1975: la homosexualidad.

“¡La gente se escandalizó!, a mí me contaban muchos de mis amigos que las mamás les encontraban el libro y se los quemaban, o sea, era una cosa que yo no me imaginé, la novela produjo un impacto que no pensé que podría tener”, relata.

La obra fue underground. Félix Ángel pagó con sus ahorros los $40.000 pesos que le valió hacer el tiraje de 1.000 ejemplares. “Eso era una fortuna en esa época”, agrega.

La plata la consiguió vendiendo sus pinturas y dando clases. Incluso vendió, a $100 pesos, reproducciones de uno de los grabados que ilustraba el libro. Él sabía que ninguna editorial lo iba a querer publicar, que lo tenía que hacer él. Además, los escritores de la ciudad preguntaban, despectivamente, qué hacía un pintor escribiendo, como si no se pudiera. 

Él mismo se encargó de distribuir los ejemplares en las librerías de la ciudad, aunque, cuando regresaba a estos sitios para mirar cómo iban las ventas, le devolvían los paquetes con los libros. Solo Alberto Aguirre quiso venderlos. Aún así, la circulación fue extraordinaria.

“Recuerdo que había un personaje conocido aquí en Medellín, que era medio loco, de los que gritan cosas en los parques. Yo un día iba caminando por el Parque Bolívar y escuché a ese tipo hablando del libro,  tenía un corrillo como de cien personas alrededor”, cuenta.

En una ocasión, haciendo fila en Telecom para realizar una llamada, alguien le golpeó el hombro. Cuando se volteó para mirar quién era, un muchacho le dijo: “¿Sería tan amable de autografiarme el libro?”.

“La carátula del libro tenía mi cara, por lo que la gente podía reconocerme”.
Para bien: Durante unas vacaciones en Barranquilla, mientras bajaba por el ascensor del hotel, este se detuvo. Se abrieron las puertas y apareció un tipo. Se quedó mirando y, acto seguido, preguntó: “¿’Te quiero mucho, poquito nada’? Eso fue lo más cercano que he estado en mi vida de sentirme famoso”, afirma.

Y para mal: “A mí me empezaron a llegar anónimos amenazándome, a decirme que me iban a matar, me empezaron a llamar por teléfono, a decirme cosas a cualquier hora. Yo cambié mi estudio, que lo tenía en Ayacucho con Junín, y me fui a vivir a otro donde no tenía teléfono para evitar esa molestia. Yo no le dije a nadie dónde vivía. Sin embargo, la gente en la calle me reconocía, cuando iba caminando paraba un carro con tres o cuatro personas y me empezaban a gritar las cosas más horribles”, recuerda.

Fue un tiempo de angustia para Félix Ángel, un momento muy doloroso en el que perdió a varios amigos, como él mismo narra.

Hoy, tantos años después, el libro le ha dado muchas satisfacciones. Hace pocos meses la revista Arcadia lo nombró como una de las “25 joyas de la cultura gay en Colombia”.

“El libro está en todos lados, inclusive en la Biblioteca Pública de Australia, en Sidney. Si busca en Internet lo va a encontrar listado allí... Además está en Haifa, en la Biblioteca del Congreso, en la Universidad de California. Recuerdo que una vez iba en un avión y decidí comprar algo dentro del avión con mi tarjeta de crédito, y cuando el mozo la vio, dijo: ‘¿Félix Ángel? ¿Te quiero mucho, poquito, nada?’. Le dio la vuelta al mundo. Estoy orgulloso de haberlo escrito”.

En Medellín no se pueden encontrar copias. Al parecer, la única que queda está en la Biblioteca Pública Piloto.

“Yo digo”

Por la misma época de “Te quiero mucho, poquito, nada”, Félix Ángel, al notar la ausencia de crítica de arte en la ciudad, se animó a hacerla él mismo. Así nació, en septiembre de 1975, “Yo digo”, su propia gaceta.

“Yo no tenía conexiones periodísticas, así que no podía aspirar a publicar como un periodista. Además, yo no quería un tono periodístico tradicional, quería algo bastante irreverente. Aunque, como cosa curiosa, ‘Yo digo’ me abrió las puertas en los periódicos”, narra él.

La publicación también nació con un carácter underground. “Se hacía debajo de las escaleras del Edificio Coltejer, yo llevaba allí mi texto porque había un mimeógrafo, pasaban el texto a maquina y lo imprimían. Después, con un sello de caucho le ponía a uno por uno, con tinta roja, la frase ‘Yo digo’”, recuerda.

Fue un éxito. Cuenta Félix Ángel que la gaceta se la leía todo el mundo. Que él la repartía y la gente se la pasaba de mano en mano. Y si se demoraba en publicar la siguiente edición, la gente se empezaba a preguntar qué pasaba.
Y tuvo varias peleas por “Yo digo”.

“La primera fue con los profesores del Instituto de Artes Plásticas (que hoy es la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia). A mí me nominaron para ser el director. Cuando los profesores se enteraron fueron y se quejaron con el rector de la Universidad, con una copia de ‘Te quiero mucho, poquito, nada’, y le dijeron que si a mí me nombraban director ellos iban a entrar en huelga, que no iban a obedecer absolutamente nada de lo que yo les dijera”.

Entonces Félix Ángel hizo en “Yo digo” un análisis de la obra de los profesores del Instituto, como Rafael Saenz, mirando lo que ellos producían desde la óptica de las vanguardias artísticas propias de esa época.

– ¿O sea que habló mal de ellos?
– De cierta manera –, responde riendo.  

La gente empezó a decir que Félix Ángel era una persona muy complicada. “Cuando a mí me llegaba un anónimo donde decía que me iban a matar, yo lo tomaba en serio. Muchas puertas se me cerraron”, expresa.

El pintor

“Félix, te tengo una mala noticia, no es nada personal...”, esas fueron las primeras palabras que doña Teresita Peña de Arango, directora del Museo de Zea, amiga de Ángel, le dijo al artista un día.

La junta directiva del Museo le había pedido a ella que desmontara una exposición que él tenía allí, también en la década del 70.

“Le dije: ‘Teresita, no te preocupes, mañana mismo voy y desmonto la exposición. Yo sé que solo estás siguiendo ordenes de tus jefes”, le contestó él.
La exposición era bastante osada.

“Eran collages hechos con revistas eróticas. La gente los vio y pegó el grito en el cielo. Yo los hacía con pedazos de revistas que se conseguían en la calle, o sea que yo no estaba trabajando con material ilegal, eso lo leía la gente de Medellín, entonces me parecía lo más normal. Alegaron que al Museo iban muchachos de los colegios y que ellos no podían ver eso, y yo decía: ‘¡pero si son los primeros que leen esas revistas!’”.

En otra ocasión, por esa misma época, Félix Ángel llegó a la inauguración del Salón Regional de Artistas con un bisturí en la mano.  

“Yo envié dos obras, una grande y otra pequeña. La pequeña solo servía para contextualizar la grande. El jurado decidió exponer únicamente la pequeña, y que además con esa yo participará en Bogotá en el Salón Nacional de Artistas, pero esa pieza solo era un soporte de la otra. Yo, por las bases del Salón, no podía negarme. Pero entonces, la noche de la inauguración del Salón Regional, fui con un bisturí, recorté la tela y les dejé el marco para que se lo llevarán a Bogotá”. 

Un representante de Colcultura estaba esa noche allí.

“Él era como muy histérico, salió corriendo y gritando que porque yo lo iba a apuñalar. Se estaba dando demasiada importancia”.

Algo similar le ocurrió en el quinto Salón de Arte Joven en el Museo de Zea, cuando los jurados no quisieron colgar los tres collages que él envió por considerarlos vulgares, y decidieron poner solo uno.

“Yo no quería que la gente viera solo esa obra, entonces él día de la inauguración me fui con una funda de almohada, se la puse encima y Teresita Peña la dejó ahí”.

Adiós

Llegó el momento en que Félix Ángel entendió que debía irse de Medellín.
“La gente decía que yo estaba loco. En lugar de entender mis actos como una crítica contra el status quo del arte, de cuestionarse sobre el por qué hacía esas cosas, lo minimizaron a la ridiculización. Pensaban que yo me iba a volver un payaso que cada vez que hacía una exposición  salía con una locura. Eso desvió toda la atención de mi obra. La gente dice que yo me fui porque odiaba a Medellín, pero yo me fui porque Medellín no me entendió”, narra Ángel.

Y sí. Se fue. Y fue exitoso. Fue director del Centro Cultural del Banco Interamericano de Desarrollo, no dejó de pintar, no dejó de escribir, expuso en muchos países.

Desde hace 35 años vive en Estados Unidos. Llevaba 21 años sin exponer en Medellín y mucha gente se pregunta por qué. 

***
Su vida

Artista, escritor y gestor cultural nacido en Medellín.

Es arquitecto de la Universidad Nacional. Se afincó en Estados Unidos desde 1977, específicamente en Washington. Fue director del Centro Cultural del BID hasta el año pasado. Ha sido editor colaborador del Handbook of Latin American Studies de la Biblioteca del Congreso desde el año 2000.

Su trabajo artístico hace parte de colecciones de Argentina, Costa Rica, Estados Unidos, Inglaterra, Panamá y Colombia. Ha estado presente en exposiciones en Chile, Cuba, Francia, Perú y Venezuela.

Dentro de su trabajo escrito se encuentran los títulos: "Te quiero mucho, poquito, nada", "Nosotros: un trabajo sobre los artistas antioqueños", "Nosotros, vosotros, ellos: memoria del arte en Medellín en los años 70", "El espíritu de América Latina: arte y artistas en los Estados Unidos", y el año pasado editó su poemario "Todos ellos", publicado por Tragaluz Editores.

Articulo: http://www.elmundo.com 21/11/2012

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