samedi 10 novembre 2012

Karl KRISPIN/ El regreso de CASANOVA


El regreso de Casanova
Por Karl KRISPIN

Era el reino de la doble KK, Kaiserlichund Königlich (imperial y real), fórmula con que los funcionarios del Imperio ornaron sus comunicaciones y normas de entendimiento. Desde el Congreso de Viena hasta 1914, los austriacos descifraron su hora más fina.

Y no se dedicaron como sus altaneros pares europeos a conquistar colonias en ultramar y a pensar que tenían una misión que fuese más allá del Viejo Continente. Por lo contrario, construyeron un mosaico de diversidad, una especie de Roma centroeuropea y allí convivieron pese al hieratismo de su sociedad de castas, austriacos, húngaros, checos, eslovenos, eslovacos hasta los sucesos de Sarajevo y el desbordamiento del humor militar del Káiser Guillermo II.

Todo parecía salvado para nunca acabar. En esa sociedad de correcciones y modales, los jóvenes se dejaban crecer la barba y adoptaban una pose de gravedad para parecer mayores porque el Imperio honraba la experiencia y nada era más preciado que la madurez. En esa vasta geografía donde circulaban el Elba y el Danubio, se produjo un fenómeno de inmensa estabilidad, un mundo que parecía mantenerse apartado del riesgo del cambio. Todo parecía diseñado con criterio de eternidad y lo establecido prometía que la alteración no visitaría sus linderos. Stefan Zweig lo escribió con nostalgia y dolor viendo cómo ese mundo que parecía inmutable se agrietaba para siempre y desdecía lo que alguna vez creyó que “fue la edad de oro de la seguridad”.

Junto a la repostería del café y una tradición culinaria de altura, surgieron grandes artistas como Klimt, Egon Schiele; músicos como los Strauss, Franz Schubert, Hugo Wolf, Gustav Mahler; escritores como von Hoffmanstahl, Rilke, Zweig, Schnitzler; pensadores como Karl Popper; filósofos del lenguaje como Ludwig Wittgenstein y juristas como Hans Kelsen. En el Imperio vivió también Theodor Herzl quien ante la discriminación del pueblo judío se figuró reunirlo en Palestina. En la elegante Viena de leontina, sombrero y bastón, las barbas más cuidadas del planeta incorporaron la psique como discusión y el doctor Sigmund Freud contrabandeó el sexo en todas sus neuronas. Los austriacos habían visto caer bajo la guillotina al Rey y a la Reina de Francia, la austriaca como despectivamente la nombraba el pueblo de París y bajo la tutela de su sagaz diplomático Klemens von Metternich se juraron que diseñarían una Europa a prueba de Napoleones y un imperio que sobreviviese a la conjura de la revuelta.

La primera daga hundida en el corazón nacional se la dieron los prusianos en 1866 con la batalla de Sadowa donde sus primos alemanes advirtieron sobre quien tomaría las decisiones en el continente. La segunda fue la Primera Guerra Mundial que desmembró el Imperio. La tercera fue un oscuro cabo nacido entre sus fronteras que anexó al país al totalitarismo nazi y causó la diáspora de esa generación brillante, tal vez la generación de artistas y creadores de mayor luminosidad en la Europa continental. Viena fue subordinada a Berlín y con el fin de la Segunda Guerra Mundial los austriacos estuvieron a punto de pensar en soviético cuando los camaradas del Ejército Rojodesfilaron ante el Palacio de Schönbrunn.

Ya nunca más sería la Viena de Zweig o de Freud sino una zona ocupada y sombría en la que Graham Greene hace aparecer a suTercer hombre. Cuando al doctor Freud lo visitó la Gestapo y reconoció las bondades de abandonar Viena, comentó irónicamente a la prensa: “Recomiendo vivamente a la Gestapo”.

Arthur Schnitzler (1862-1938) es uno de esos escritores memorables de esa época de oro. A diferencia de muchos judíos austriacos, nunca abandonó su religión que le hubiese reportado mayores significaciones y reconocimientos. Una de las cosas que tuvo que hacer el compositor Gustav Mahler fue convertirse al catolicismo para poder optar al rol de titular de la Ópera de Viena. Aunque agnóstico, Schnitzler prefirió la lealtad a sus raíces y no se embarcó en un cambio de piel para complacer a los antisemitas. Se graduó de médico y ejerció la consulta privada pero no fue su devoción a la ciencia lo que lo hizo ilustre en este ancho mundo. Se le conoce fundamentalmente como dramaturgo y novelista. En una de sus obras ridiculiza el sentido de honor del ejército austriaco y pone a un oficial ante el dilema del suicidio al ser insultado por un panadero. La gracia le costó su expulsión del ejército en su calidad de médico asimilado. Su obra fue vasta y pocos saben que una obra suya, Traumnovelle, inspiró al realizador americano Stanley Kubrick para la última película que llevó a cabo, Eyes Wide Shut, en que como en el filme un marido, el doctor Trevolin, se ve impactado por las confesiones de su mujer que tiene fantasías sexuales con otro hombre y en seguida el personaje se ve envuelto entre un submundo de orgías y sexo.

Si algo tuvo la Viena de esos años fue de haber desacralizado al sexo para poder examinar sus rutas en una mesa de disección cultural. El propio Schnitzler tuvo una vida disipada y sus biógrafos cuentan que su padre, médico como él, al descubrir sus escapadas juveniles comenzó a mostrarle esclarecidas láminas que describían los estragos de la sífilis y otras reproducciones venéreas. Lo cierto es que como escritor y dramaturgo incorporó con naturalidad el tema del sexo y fue autor de una pieza que estuvo prohibida donde un hombre y una mujer se exploraban en la desnudez del lecho.

Una de sus obras últimas es la incomparable El regreso de Casanovaque escribe con genio y trastocando la historia de un Giacomo Casanova ingresando en el preámbulo de su vejez. La historia se desarrolla entre Mantua y la propiedad de un próspero amigo con cuya esposa y suegra el astuto italiano ha compartido las sábanas años antes. Casanova se encuentra de paso, atendiendo la invitación delsignore Olivo. Es casi pobre de solemnidad y está a la espera de una respuesta del Gran Consejo de Venecia, su ciudad natal, a la que tiene 25 años sin regresar por sus tropelías libertinas.

En la casa donde se aloja se dedica al juego con el que pierde y gana y a lo que nunca su naturaleza le ha permitido renunciar: el sexo. Sólo que esta vez las arrugas le han historiado el cuerpo y Casanova cae en el peor de los pecados: se enamora de la sobrina de su anfitrión que no es una mujer cualquiera, porque es culta, bella y arrogante y discute de los grandes temas que entusiasman a Casanova en particular de cómo desacreditar intelectualmente a Voltaire. La joven no le hará caso nunca y eso humilla al viejo zorro que intentará el provecho de comprarla. Los venecianos están dispuestos a perdonar a Casanova con el peor precio imaginado: quieren convertirlo en espía de la ciudad para que denuncie a los librepensadores que comenzaban a agitar sus canales. Ello significa para Casanova la traición de sus ideales libertarios. Schnitzler aclara que es un relato imaginario pero también señala que a Casanova se le tuvo en una época como espía al servicio de Venecia, lo que significa que el una vez iluminado cayó ante la compra de su conciencia.

En el ínterin Casanova piensa en la posibilidad veneciana y concluye que la riqueza lo es todo: él que no le ha rendido devoción al dinero porque ha dilapidado sus ducados de oro por las doncellas. Hasta su búsqueda de escribir una obra que le dé reconocimiento más allá de sus aventuras, le parece subalterno si se le concediera la posibilidad de abrazar a la mujer de quien se ha prendado. Como en los versos finales del Fausto, el eterno femenino lo sigue persiguiendo bajo la trampa del amor y dice el personaje: “Mujeres… mujeres por todas partes. Por ellas lo había abandonado todo en todo momento”.

El deseo sigue rondando pero esta vez la marca de su edad lo traiciona. En el momento cumbre del constreñimiento de los sentidos, Casanova recurre a lo que tanto hizo: se disfraza del amante de su deseada con quien ha convenido negociarla a cambio de pagarle una deuda de juego e ingresa como un impostor en la habitación de la mujer. Pero ella lo descubre y lo rechaza con desprecio “y lo que leía en la mente de Marcolina no era lo que hubiese preferido mil veces leer: ladrón, libertino, canalla; sólo leía una cosa –algo que lo aplastaba más ignominiosamente que lo que hubieran podido hacer todos los demás insultos-; leía la palabra que era para él la más terrible de todas, porque significaba su sentencia definitiva: viejo”.

El regreso de Casanova es de los últimos años del escritor. Este erotismo otoñal que Schnitzler personifica en Casanova quizá sea también el otoño de su ciudad, la penúltima estación de un país que ve desaparecer sus glorias y pretéritos. El Imperio probablemente envejeció. Aquella época de la seguridad se venció. La doble KK se extravió como sus documentos y queda la añoranza de que la impresionante ciudad a la que hoy en día se califica como uno de los sitios de mayor nivel de vida del planeta, vuelva a juntar los lustrosos nombres con los que se exhibió como condominio estelar de la humanidad.

FICHA
El regreso de Casanova
Arthur Schnitzler
Acantilado
España, 2004

Articulo: http://www.el-nacional.com  04/11/2012

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