samedi 17 novembre 2012

Pálido FUEGO/'Conversaciones con David FOSTER WALLACE'


'Conversaciones con David Foster Wallace'
Stephen J. Burn
Por Pálido FUEGO

A lo largo de dos décadas de creatividad intensa, David Foster Wallace (1962-2008) creó una obra extraordinaria que abarca ensayos inclasificables (Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, Hablemos de langostas, Esto es agua), un libro sobre las matemáticas transfinitas (Everything and More: A Compact History of ∞), narraciones vertiginosas (La niña del pelo raro, Entrevistas breves con hombres repulsivos, Extinción) y tres novelas inolvidables (La escoba del sistema, La broma infinita, El rey pálido). Tanto la calidad como las características del trabajo de Wallace recalibraron la medida del logro literario contemporáneo.

Recopiladas por Stephen J. Burn, Conversaciones con David Foster Wallace reúne las veinte mejores entrevistas concedidas por el escritor durante su carrera. En ellas, además de conocer de primera mano la deriva vital del autor, los lectores descubrirán cuáles fueron los motivos que lo indujeron a escribir cada una de sus obras, sus autores favoritos, sus teorías acerca del arte, sus motivos recurrentes, y comprobarán hasta qué punto Wallace mantenía los mismos niveles de inteligencia, diversión e intensidad en el habla que en su escritura. Todas ellas inéditas en castellano, se incluyen dos documentos de enorme importancia: la larga entrevista concedida a Larry McCaffery para la Review of Contemporary Fiction, y la semblanza escrita por David Lipsky a la muerte de Wallace.

«Recomendado para todos los fans de David Foster Wallace y para los recién llegados a su vida y obras», Library Journal.

«Un libro esencial para los críticos y lectores de Wallace, pero también de enorme interés para cualquier interesado en la narrativa norteamericana de finales del siglo veinte, de la que Wallace fue un practicante estelar y un teórico brillante», Steven Moore, Style Magazine.

«Cada encuentro con el autor proporciona otra pieza del puzzle», Publisher's Weekly.

David Foster Wallace: una semblanza
William R. Katovsky / 1987
Arrival, verano de 1987. © 1987 William R. Katovsky 

David Wallace está arrodillado en el vestíbulo, como un golfista que trazara un putt. Se saca un Marlboro Light de sus pantalones de pana grises y lo enciende. Antes de que el cigarrillo le llegue a la boca de nuevo, una de sus alumnas, una chica universitaria, bronceada, fornida, con una espesa melena rubia melada, se le aproxima.

     «No puedo ir a clase el jueves», dice.
     Desde la posición en que se encuentra, está de cara a la entrepierna de ella, así que se levanta, con el cigarrillo todavía a varios centímetros de los labios. «¿Puedes repetir eso?», pregunta.
     «No podré venir el jueves. Creo que he cogido bronquitis.»
     Las pulseras que lleva en ambas muñecas hacen un sonido metálico, tintinean musicalmente mientras ella se aparta el flequillo de la frente. La clase de Lengua Inglesa 210, Introducción a la Escritura de Ficción, comienza en breve.
     «Claro, yo tampoco me encuentro bien», dice. «Acabo de superar una neumonía viral. Todo el mundo parece estar cogiendo la fiebre del Valle.»
     «¿Qué es eso?»
     «¿La fiebre del Valle? Un hongo del desierto que viaja por el aire.» Tose.
     Ella se mueve nerviosa, vacilante. De nuevo se toca el flequillo. «¿Afectará a mi nota si no aparezco por clase?»
     Él la mira fijamente, frunciendo el ceño.
     «Se supone que tengo que estar muy temprano en el aeropuerto al día siguiente para coger un vuelo a Hawái.»
     «Oh.» 
«Sale a las cinco de la mañana.» Lleva un vaso gigante de plástico lleno de refresco de cola. En el lateral del vaso puede leerse: Soy una chica materialista, y los diamantes son el mejor amigo de una chica.

«Me temo que no lo entiendo. ¿Te vas a Hawái? Hablemos dentro de la clase.»

El Marlboro jamás llega a tocarle los labios. Lo apaga con un pellizco y lo lanza a la papelera al entrar en el aula. Hablan en voz baja en su mesa mientras el resto de rezagados entra en clase. Los pupitres están dispuestos formando un semicírculo. Uno de los estudiantes borra conjugaciones de verbos franceses de la pizarra.

Estamos a mediados de marzo y fuera hace 29 grados. La mayoría de los estudiantes va en pantalones cortos, camisetas, sandalias y camisetas de tirantes. Alto, pálido, delgado como un junco y con barba incipiente, David lleva una camisa de manga larga Brooksgate a rayas rojas y cuello abotonado y unas botas de caza Timberland semi anudadas; probablemente el único par semejante presente en la Universidad de Arizona.

«¿Stephanie?», lee de su cuaderno de asistencia.
No hay respuesta.
«¿Stephanie se ha esfumado? ¿Stephanie la pelirroja?»
No hay respuesta.
«¿Brandon?»
No hay respuesta.
«¿Dónde está todo el mundo?»
Risas.
«¿Cory?»
«Debería estar aquí, estaba en mi clase de ciencias», sugiere Chica
Materialista.
«¿Jack?»
«Aquí.»

Un murmullo de alivio se extiende por la habitación.
«Veo que George está ausente sin permiso. Va a meterse en problemas.»

Hay veinte estudiantes, y durante la siguiente hora y media analizan dos relatos cortos escritos por sus compañeros. David guía el taller universitario como un profesional experimentado, analizando, explicando, señalando los fallos y los puntos fuertes de los relatos.

«Cuando escribes ficción», explica como parte de su crítica a un relato sobre una chica joven, su tío y el mal de ojo, «estás contando una mentira. Es un juego, pero los hechos deben estar claros. El lector no quiere que se le recuerde que se trata de una mentira. Ha de ser convincente, o la historia nunca cuajará en la mente del lector.»

Ingenioso, simpático, amable y revelador, David dirige sus observaciones a través de las zarzas y matorrales de la teoría literaria. A excepción de Chica Materialista y de George, quien llega tarde y es reprendido por ponerse a leer un periódico, los alumnos están embelesados, animados, prestando toda su atención, por lo que cuando llegó la hora de evaluar su magia educativa, la Universidad de Arizona nombró, recientemente, al docente de veinticinco años Profesor Asistente del Año.
Hacia el final de la clase parece agotado, como un coche de carreras que esté a punto de quedarse sin combustible. Se saca un palillo de dientes del bolsillo de la camisa y deja que le cuelgue, inmóvil, de la comisura izquierda de la boca.

Una campana petardea en el pasillo.
«Suelo arrojar el contenido de mis entrañas en el baño cuando termina la clase», admite más tarde. Estamos en la cafetería. «Imagino que soy una persona muy tímida. Odio ser el centro de atención.» Se decide por una porción grande de pastel de crema y chocolate; desbordante de azúcar.

Hablamos de otros asuntos. Como de ser el autor de La escoba del sistema, que ha sido la punta de lanza de la nueva colección de narrativa americana contemporánea de la editorial Viking. La novela, un manuscrito de 1100 páginas que presentó como tesis de graduación en el Amherst College y que fue calificada summa cum laude, es producto de una imaginación desenfrenada y talentosa. Ambientada en Cleveland, Ohio, en el año 1990, La escoba gira en torno a Lenore Beadsman, una operadora telefónica de veinticuatro años sin rumbo, y la búsqueda desesperada de su bisabuela, una acólita de Wittgenstein que se ha esfumado inexplicablemente de la residencia de ancianos Shaker Heights propiedad de la compañía de comida para bebés de su padre. Por el camino, encontramos un elenco de personajes hilarantemente descritos: un hombre obeso, Norman Bombardini, cuya única misión en la vida es llenar el mundo con su corpulento yo, algo que, naturalmente, implica comer todo lo que pueda; la cacatúa malhablada de Lenore; su hermano de una sola pierna, apodado el Anticristo, el cual pasa el tiempo en Amherst, donde da clases particulares a sus amigos sobre temas sustanciosos como Hegel a cambio de hachís que esconde en un compartimento de su prótesis; y su novio, Rick Vigorous, un contador de historias empedernido cuya compulsiva necesidad de relatar cuentos macabros es su manera de ocultar la vergüenza de ser impotente.

La estructura narrativa multiestrato de La escoba y su estilo excesivamente antiniminalista evocan el juego metaficcional de Thomas Pynchon y Robert Coover. El libro, alegremente vivo, no es desde luego de lectura fácil o rápida. El desafío al lector estriba en avanzar a través de pasajes densos que tratan adivinanzas metafísicas, juegos lingüísticos, teorías del yo y antinomias tantálicas tales como la del «barbero que afeita a todos y sólo a aquellos que no se afeitan a sí mismos». Pero esos malabarismos suyos con elucubraciones embriagadoras son un juego travieso cuyo propósito se enraíza en la cultura pop. ¿En qué otra obra encontramos un bar temático de la Isla de Gilligan repleto de palmeras y camareros atolondrados con gorros de marinero a quienes se les paga por trastabillar y derramar bebidas?

«Mi mayor temor durante el año pasado fue que Viking perdiera una pasta conmigo», dice Wallace, encendiendo el primero de una sucesión de cigarrillos aparentemente interminable. «Se hicieron con La escoba del sistema en una subasta por 20.000 dólares. Pensé que aquello era la Puerta del Cielo de la industria editorial.» Pero se corrige. «Bueno, en aquel momento me pareció un montón de dinero.»

Veinte de los grandes por una primera novela, más una avalancha de reseñas favorables, incluida la de la decana literaria del New York Times, Michiko Kakutani, bueno, no es que sea algo despreciable para un recién graduado que aún produce relatos mecánicamente en un prestigioso programa de escritura creativa en Arizona. «Escribí “Lyndon” aquí», dice, «pero admito que no cayó demasiado bien en el taller. Hay un énfasis desigual en los programas de escritura sobre la narrativa hermética, la mecánica del oficio, la técnica y el punto de vista, en contraposición al lado más oculto o espiritual de la escritura, el disfrutar del proceso de creación.

»No me interesa la ficción que se preocupa únicamente de capturar la realidad de un modo artístico. Lo que me molesta de gran parte de la narrativa de hoy día es que es simplemente aburrida, en especial la narrativa joven proveniente de la Costa Este diseñada para atraer a los yuppies estereotípicos, con énfasis en la moda, los famosos y el materialismo.»

Se detiene al darse cuenta de que está sermoneando. «Esto…», añade con un modesto encogimiento de hombros, «qué se yo.» Al fin y al cabo, son sólo las opiniones de un tipo de veinticinco años. «No es que afirme ser especialmente perspicaz sobre nada de lo que está sucediendo.» Busco algún rastro de falsedad, de insinceridad, en su voz, pero no lo encuentro.

Creció como hijo de académicos. Su padre es profesor de filosofía en la Universidad de Illinois en Champaign/Urbana y su madre enseña retórica en una facultad pública local. «Era un hogar intelectual. Recuerdo a mis padres leyéndose Ulises en voz alta el uno al otro cuando se acostaban. Mi padre nos leyó Moby Dick a mi hermana menor y a mí cuando teníamos seis y ocho años. Hubo un conato de rebelión en mitad de la novela. Allí estábamos nosotros, todavía metiéndonos el dedo en la nariz, y aprendiendo la etimología de los nombres de las ballenas. Más tarde, en el instituto, jugar al tenis y desear chicas me ocupó la mayor parte del tiempo. Aunque la universidad cambió todo eso.»

Se graduó en 1985 en Amherst con una doble licenciatura en Lengua Inglesa y Filosofía —y con la calificación más alta de su promoción—. Su tesis de graduación en filosofía no tenía nada que ver con la escritura, afirma. «Ofrecía una solución al tratamiento de las modalidades físicas y semánticas en la batalla naval de Aristóteles. Si es verdad hoy que mañana habrá una batalla en el mar, ¿habrá mañana necesariamente una batalla en el mar? Si es falso hoy, ¿es imposible que mañana haya una batalla en el mar? Se trata de una forma de
manejar las proposiciones en tiempo futuro de un modo lógico, dada la complejidad de lo que es físicamente posible en un momento dado ya que hay que diferenciar el momento de la posibilidad del suceso de la posibilidad del momento del suceso.»
*
¿Eh?
Después de graduarse, rechazó la oportunidad de estudiar filosofía en Harvard al sentirse atraído por una beca en el oeste, en el programa de escritura de la Universidad de Arizona, que eligió frente al de Iowa y la John Hopkins. «Escribir ficción me ocupa todo el tiempo», explica. «Me siento y el reloj deja de existir durante unas cuantas horas. Probablemente eso sea lo más cerca que podamos estar nunca de la inmortalidad. Me aterra sonar pretencioso porque cualquiera que escribe ficción dice “Mirad esto que he escrito”.»

Todo lo que queda de su pastel es la corteza del bizcocho, que aplasta contra el plato con el tenedor. Antes de que se levante de la mesa, decide intentar dar otra explicación de lo que espera lograr como escritor. «Pasé mucho tiempo como voluntario en una residencia de ancianos en Amherst el verano pasado. Le leía la Divina Comedia de Dante a un hombre mayor, el señor Shulman. Un día le pregunté de dónde era, y me respondió, “De justo al este de aquí, de las Rocosas”. Y yo le dije, “Señor Shulman, las Rocosas están al oeste de aquí”. Y él hizo un voilà con las manos y dijo, “Muevo montañas”.

Me quedé con eso. La narrativa o mueve montañas o es aburrida; o mueve montañas o se sienta sobre su propio culo.»

Articulo: http://www.elboomeran.com 15/11/2012

***
Foster Wallace o el placer de editar
Por Daniel ARJONA 

Pálido fuego, la pequeña editorial de José Luis Amores, arranca con dos obras inéditas del genial escritor estadounidense.

Un economista desconocido en el mundillo de la letra impresa monta Pálido fuego, editorial de novela hard, alta literatura, tan divertida como ardua. Por placer. Y por responsabilidad. Ni de Barcelona ni siquiera de Madrid, es, ustedes disculpen, “de provincias”. ¿Su nombre? José Luis Amores (Málaga, 1968). ¿El género? Nada menos que dos Foster Wallace para empezar: las Conversaciones con el malogrado escritor, que este jueves se presentan en Madrid, y La escoba del sistema, primera novela inédita en español, que estará lista en febrero. ¿De dónde sale Amores?

"Comprendo que en un país como el nuestro, colonia de becarios eternos y pasantías sine die, resulte extraño que alguien ajeno a un sector decida introducirse en él sin más bagaje profesional que el oído y meramente intuido. El truco, si lo hay, es tener un interés verdadero en hacer y decidirse a aprender haciendo”. Amores amenaza además con próximas delicatessen literarias como Spurious, de Lars Lyer, Mi primo, mi gastroenterólogo, de Mark Leyner o la joya de la vanguardia literaria estadounidense, House of Leaves, de Mark Z. Danielewski, un collage compositivo del que Bret Easton Ellis afirmó: “deja sin sentido a la mayor parte del resto de narrativa. Cabe imaginarse a Pynchon, Ballard, Stephen King y Foster Wallace a los pies de Danielewski, atragantándose de asombro, sorpresa y risas, sobrecogidos”.

No es una empresa editorial que apele a lectores acomodaticios. La literatura que le gusta al neonato editor pasa de puntillas en un mercado editorial tan trémulo y facilón como el nuestro. “Supongo que si nadie se decidía a traducir esas obras es porque las cuentas no salen si editas a la manera tradicional, con bastante carga de costes indirectos. La literatura que me gusta no disfruta de muchos lectores, esa es la impresión; y producir libros de estas características es caro, básicamente porque las traducciones son más difíciles conforme aumenta el nivel intelectual de la obra, y en el caso de los libros que vamos a editar ese nivel es de los más altos que cabe imaginar”. 

Pero a José Luis Amores, que aterriza desde el mundo del marketing no le asusta la dudosa rentabilidad de su apuesta: “Lo dijo, bien dicho, Schumacher, el economista, 'lo pequeño es hermoso'. A lo que habría que añadir que socialmente rentable. El mundo, y especialmente España, necesita un tejido productivo conformado por pequeñas iniciativas que vengan a paliar el destrozo -económico, social, cultural- que han causado las grandes corporaciones”. 

David Foster Wallace. El autor de La broma infinita se ahorcó el 12 de septiembre de 2008 dejando una novela inacabada (El rey pálido, Mondadori, 2012). Su literatura es extraña, gargantuesca, desnortada, tremendamente divertida. Su pecado coincide con el de otros grandes como el ignoto Pynchon o DeLillo, una aparente ininteligibilidad. ¿Por qué rinde entonces a sus pies a quién se topa con él? “¿Por crear una poética como pocos escritores han sabido y pueden hacer? ¿Por hacernos pensar al mismo tiempo que nos entretiene? ¿Por no bajar nunca el listón de las expectativas del lector, ni tratarlo de manera condescendiente ni, por supuesto, insultar su inteligencia? ¿Por no aburrirnos jamás?”. Amores, al quite.

El primer libro de Pálido Fuego, Conversaciones con David Foster Wallace en edición de Michael J. Burn, agrupa las 20 mejores entrevistas concedidas por el escritor. Allí se colman las expectativas de sus más fieles lectores, que podrán rellenar los huecos vitales y literarios que se abren tras la lectura de sus obras. Pero también lo disfrutará “todo aquel interesado en saber qué se ha cocido de verdad en el país con mayor producción literaria del mundo, tanto en lo que respecta a alta literatura como entretenimiento comercial”. Y es además, apuntilla Amores “un libro fundamental para quien escriba o sienta el deseo de escribir”.

El periodista que busca primicias de La escoba del sistema, el siguiente lanzamiento y presumible estrella del pequeño sello malagueño, no consigue gran cosa. Y es que esta tarde, a las ocho, en la librería Tipos Infames de Madrid se leerán en primicia algunas páginas de la traducción. El editor sólo adelanta, con evidente sentido del marketing, que se trata de “un Wallace terriblemente divertido, con una forma de narrar arrolladora y una historia francamente genial. No extraña que el libro haya tenido siete ediciones en USA en los últimos años, sin contar las que ha tenido desde 1987, año de su primera publicación, y que se haya traducido al francés, italiano, alemán, japonés... Podría decirse que La escoba es el reverso de La broma infinita, o esta última el reverso tenebroso de aquélla. Lo que en una resulta triste y terrible en la otra es alegría, exultación y optimismo”.

Foster Wallace, Pynchon, Danielewski, pero también DeLillo, Cormac McCarthy o William Gaddis se han visto de un tiempo a estas partes editadas y reeditadas en español en un mano a mano entre grandes y pequeñas editoriales esperanzador. Obras difíciles, tumultuosas, desbordantes, de culto, que no se sabe si por azar o necesidad, emergen del misterio y parecen al fin tocar el cielo del mainstream. “Ojalá tuvieras razón y el número de adeptos a este tipo de libros aumentara de verdad”, suspira Amores, “sería una señal clara y medible del inconformismo de nuestra sociedad. Y te aseguro que entonces las cosas podrían empezar a cambiar”.

Articulo: http://www.elcultural.es 15/11/2012

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