samedi 1 décembre 2012

Andrea PALET/ El libro, esa cosa


Columnas
El libro, esa cosa
Por Andrea PALET

¿Qué futuro le espera al libro como objeto? Una reciente estrategia para exhibir zapatos en Chile da algunas pistas al respecto.

Por estos días hubo un mini-mini-mini-escándalo en mi ciudad, un breve episodio de esos que se difunden rápidamente e igual de rápido van a perderse y morir en el mar de las notas olvidadas, reemplazados por otro brote de repudio o entusiasmo agudo pero igualmente vaporoso. Una persona hizo llegar a la prensa una fotografía de la sección de zapatería masculina de una nueva y gigantesca tienda por departamentos. (Cuánto le debe el periodismo ciudadano –tan alternativo, tan de base– a ese símbolo del consumo pos pos todo que es el iPhone.) Como soportes para la exhibición de zapatos de vestir para hombres de clase media, los decoradores de estos über-almacenes habían escogido libros viejos, con toda seguridad comprados al bulto, por kilo, y luego cortados por la mitad y tratados con barnices y pegamentos hasta convertirlos en atrezzo, en un remedo pobre y teatral de rincón antiguo; pequeñas gradas hechizas, oscuras, duras, como altares paganos pero rebajados a la más humillante de las funciones simbólicas: estar debajo de lo que está abajo de todo, a ras de suelo. La figura era irresistible por lo insultante y, por unas horas, los letraheridos, los biempensantes genéricos y los alharacos pusieron –pusimos– el grito en el cielo con estática de las redes sociales: ¡han roto libros para vender zapatos! 

Como el sacrilegio me venía de perillas para una clase que doy en la universidad –y porque tenía que comprar una estufa, caramba, me estaba muriendo de frío–, fui al centro comercial a ver los zapatos del delito. Y era toda la tienda una delicia para los buscadores de paradojas y los antropólogos de la modernidad, porque los libros transformados en ladrillos solo hacían parte de una propuesta decorativa mayor, una incongruencia plegada sobre sí misma de tantas vueltas como se daba, sin querer. 

La puesta en escena consistía en disponer por aquí y allá artefactos despendolados de hace unas décadas a modo de falsas antigüedades. Un viejo secador de peluquería con la clásica forma de huevo, surtidores de gasolina oxidados, cajones amish de mentira, sillas de colegial despintadas y posiblemente dadas de baja en los años setenta. La paradoja, un poco triste, un poco cómica, es que la clase media y media baja que masivamente acude allí a comprar y endeudarse no tiene la menor apreciación por lo viejo (tampoco por lo “natural”), como sí la tienen los decoradores de clase alta con suficiente canje de millas de vuelo. Los nuevos consumidores no entienden la nostalgia cozy porque, a diferencia de los ricos, los objetos del pasado no les son gratos. ¿Cómo podrían serlo? Les recuerdan la pobreza de la que han salido no hace mucho, y no reciben sino con callada perplejidad estas modas de recuperación esnob en que a la madera rota se le asigna más valor que al metal y el plástico relucientes. Lo que me recuerda a ciertas vanguardias revolucionarias; pero ya me he desviado demasiado.

Fui a la tal zapatería y allí estaban, en representación de una vaga idea de distinción ligada al color tabaco, a lo varonil, las pipas, los bufetes de abogados y las pinturas de la caza del zorro: libros (pero destrozados). Como una es masoquista me acerqué a mirar qué títulos habían degradado en mobiliario, y la verdad es que el único que me dolió un poco fue una edición amarilla, en inglés, muy sencilla, de El lamento de Portnoy de Philip Roth. El resto eran, todos, ajados libros religiosos o técnicos, pero de la técnica y la religión de los años cincuenta, que eran aun menos interesantes que ahora. Basta de fetichismo, pensé, si quieren usarlos como adorno que los usen; al fin y al cabo, aquí o en bibliotecas de caoba se ven igualmente opacos frente a la sensual y más democrática competencia de los telefonitos. 

La misma semana vi un documental llamado How to Make a Book with Steidl. Gerhard Steidl es un editor alemán que hace libros de lujo; ultraperfeccionista, han trabajado con él, casi para él, artistas de renombre y recontranombre como Martin Parr, Robert Frank, Karl Lagerfeld y Günter Grass. Es un neurótico que no se ha tomado un día de vacaciones en su vida y prepara sus propios papeles para que los libros tengan un olor distintivo; por supuesto que hace ediciones maravillosas, que por supuesto cuestan cientos o miles de dólares el ejemplar. Yo fui dispuesta a emocionarme porque siento debilidad por las imprentas (creo que podría acariciar una rotativa o una plegadora de papel, susurrarles “soy tu fan”), pero al salir fue como si soltara otro saco de lastre en el lento camino a la volatilización del objeto, la cosa. No quisiera ser como Steidl, pensé, un obsesivo compulsivo que viaja a Dubái para mostrarle una maqueta al millonario árabe que financia una edición ridículamente cara de las fotos de atardeceres de su hijo con cara de cordero. No quiero trabajar en la industria del lujo, quiero trabajar en la industria del libro.

Un tercer asunto encajó solito en un puzzle que no pensaba hacer pero se me impuso. En Buenos Aires, la sofisticada librería Eterna Cadencia se unió a una agencia de publicidad para producir El libro que no puede esperar, una antología de nuevos narradores impresa en serigrafía con una tinta que va borrándose hasta esfumarse por completo a los dos meses: en serio. Bueno, más o menos. Hay un video en que casi te convencen, pero en realidad el volumen había sido publicado en 2009 y esta no es una edición verdadera sino unos cuantos ejemplares estratégicamente distribuidos que al parecer desprenden un fuerte olor a amoníaco –a Steidl le daría un soponcio–: un truco publicitario que también puede entenderse como una performance melancólica. Si no lees este libro con urgencia, dice, las palabras irán desvaneciéndose ante tus ojos; si no les das ya una oportunidad a estos jóvenes autores, desaparecen. 

Me pareció evidente que el gesto debía entenderse como una acción de arte –por eso sorprenden los comentarios en YouTube insistiendo en que era una locura, pero una locura comercial (“yo jamás compraría un libro así, qué mal negocio”)–, pero no pensé en los autores sino, de nuevo, en nuestra relación con ese pequeño y entrañable mueble que es el libro impreso. No será fácil decirles adiós a los libros de papel porque son una tecnología muy buena y realmente bella: a mí hay colofones antiguos que me sacan lágrimas. Pero lo que realmente importa es lo de adentro –lo dicen los niños buenos y el libro que no puede esperar a deshacerse entre los dedos– y eso no cambiará, no demasiado.

El distanciamiento ya empieza a suceder: por ejemplo, tengo un Kindle y si algún título no me ha gustado lo borro del aparato. Adiós, letras, salgan de aquí. No sé por qué lo hago, pero ¿no es interesante que empiece por alguna parte a desgastarse el instinto de la propiedad privada, a difuminarse el de la acumulación de objetos como modo de protegerse de la incertidumbre?

Articulo: http://www.elmalpensante.com  07/2012