samedi 1 décembre 2012

Bernardo MARÍN/ Las cifras sonríen a la fiesta de las letras


Las cifras sonríen a la fiesta de las letras
Por Bernardo MARÍN

Las editoriales confirman un aumento de las ventas en la FIL de hasta un 15%. El encuentro sirve para escenificar el vigor de la nueva narrativa latinoamericana.

Parece que la crisis no ha saltado el charco, al menos para las editoriales. A dos días de su conclusión, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) era este viernes un hormiguero de visitantes y editores sonrientes por la buena cifra de negocio, según coinciden todas las editoriales consultadas. La FIL no ha tenido este año la efervescencia de otros. Pero el éxito de público y de ventas parecía claro. “La feria este año tiene más vida, a la gente se la ve entusiasmada y tengo esa misma sensación de las editoriales”, decía su directora, Nubia Macías. Hasta el miércoles la habían visitado 250.000 personas pero las grandes aglomeraciones se producen sobre todo en los últimos días, por lo que la organización confía en superar la cifra récord de 659.898 de 2011.
La feria arrancaba con algunas dudas. Primero, por el premio a Alfredo Bryce Echenique, que tuvo que entregarse a domicilio para evitar una polémica mayor. Pero la sombra de ese escándalo se fue difuminando según pasaban los días y salvo en contadas intervenciones, como la de Elena Poniatowska, que proclamó que la cultura no puede ser ajena a la ética, el tema apenas volvió a mencionarse. Los libros del escritor peruano, por cierto, tuvieron una venta discreta en la feria, según las fuentes consultadas por este periódico. Además, algunos editores dudaban del tirón del país invitado, Chile, que repetía como protagonista después de 13 años. Y por último no faltaban voces para recordar que en esta edición no estaría presente ningún premio Nobel, frente a los dos que intervinieron el año pasado, Mario Vargas Llosa y Herta Müller.

Cifras y cultura

La asistencia de público podría superar la cifra del año pasado de 659.898 personas.

El aumento en las ventas de libros se cifra, según las editoriales, entre un 10 y un 15%, con respecto a 2011.

La feria echa el cierre mañana. La jornada de hoy estará centrada en tres encuentros internacionales: Periodismo (con la presencia de autores como Martín Caparrós, Álex Grijelmo, Juan Villoro o Darío Jaramillo), Caricatura e historieta y un coloquio sobre Biodiversidad y recursos naturales.

Pese a todo esto, con la FIL a punto de echar el cierre, las editoriales participan del optimismo de la organización. Edgar Ángeles, gerente comercial de Random House Mondadori, aseguraba el miércoles que la venta iba “muy bien”. Según sus cifras, desde el sábado se había vendido un 18% más que el año pasado, gracias sobre todo a tres libros: El manuscrito encontrado en Accra, de Paulo Coelho, las sagas de 50 sombras de Grey y Juego de tronos. Carlos Ramírez, director general de PRISA Ediciones México, hablaba de “muy buen año”. Hasta el miércoles el aumento de ventas era del 4% respecto a 2011, que para ellos también ha sido positivo. Pero un día después comentó que las ventas se habían acelerado mucho más. En su caseta, el libro más vendido era El tango de la vieja guardia, de Arturo Pérez-Reverte.

Miguel Ángel Serrano, representante de Fondo de Cultura Económica, coincidía en que la cosa va mejor que en 2011. Por lo menos, tan bien como en 2010. Respecto a la edición anterior, sus ventas habían subido entre el 12 y el 15% hasta el miércoles y esperaba terminar la feria un 5% por encima del excelente 2010, gracias sobre todo a Noticias del Imperio, de Fernando del Paso.

Las ventas de las distintas editoriales consultadas no muestran tendencias temáticas claras. Pero más allá del aspecto comercial, lo que la FIL 2012 ha mostrado, según diversos autores, es el vigor de la narrativa latinoamericana. Tras un periodo en que los escritores trataban de apagar la presencia de los padres del boom, la literatura de la región presente en Guadalajara ha rescatado esos fuegos y la explosión es ahora un verdadero bumerán. Aunque hay ensayistas y poetas, la feria ha demostrado que la literatura en América Latina es narrativa y muchos de sus representantes han presentado aquí sus nuevas obras, desde la chilena Carla Guelfenbein, al peruano Alonso Cueto o al mexicano Juan Villoro. Como si el continente se hubiera puesto a contar lo que pasa con una sintaxis que arranca en Macondo y se prolonga hasta la Sinaloa de Élmer Mendoza.

La sensación de los organizadores de la FIL es que también el mercado de derechos literarios se había vigorizado. “Países como Chile, Perú o Brasil, que nunca habían apostado a fondo en la feria, ya no solo quieren vender libros, también abrir mercados”, asegura Macías. Según sus datos, en el mercado de derechos participaron 122 empresas de 21 países distintos que tuvieron una media de 25 citas, 15 previamente concertadas y otras diez que surgieron durante el evento. Más datos: el número de profesionales creció el 14,4%, el número de editores el 31% y el número de libreros el 22%. Y el negocio crece también fuera de Latinoamérica: la FIL calcula que los editores chinos e indios que vinieron a hacer negocios aumentaron en esta edición el 20%. Macías encuentra parte de la explicación en la crisis que vive Europa: “Tal vez la situación allá ha hecho que la gente mire más aquí”. Pero Carlos Ramírez, director general de PRISA Ediciones de México, pide cautela con ese argumento. “América Latina está creciendo económicamente y eso se nota en un aumento sostenido en la venta de libros. Pero lo que realmente impulsa el mercado editorial es la educación, y en eso, la brecha entre Europa y esta región es aún enorme”.

¿Y qué dicen los escritores? Un veterano como Juan Villoro, participante en 18 o 20 ediciones de la feria, dice que esta “ha sido la mejor, por la implicación del público”. Entre los debutantes, la argentina Betina González, que se alzó con el Premio Tusquets por Las poseídas, asegura que “comparada con la de Buenos Aires, en Guadalajara hay más relación entre la gente y los autores, aquella es más comercial, más enfocada a vender libros”. Otro novato, también argentino, Eduardo Sacheri, coincide: “La FIL es agotadora pero su atractivo es que hay un montón de actividades entre nosotros y los lectores. Y eso es para mí es lo más interesante. Fráncfort es un fiasco en ese sentido”.

***
La ficción chilena: últimas décadas
Por J. ERNESTO AYALA-DIP 

Mapa de la narrativa del país suramericano: desde referentes como Edwards hasta Alejandro Zambra, pasando por Gumucio y Fuguet.

La inclusión de dos escritores chilenos en la lista de “Los mejores narradores jóvenes en español”, confeccionada por la revista Granta hace dos años, no premiaba sólo a Carlos Labbé y Alejandro Zambra (los dos escritores incluidos) sino a todo un grupo de autores que desde su heterogeneidad narrativa, temática y generacional exponen la vitalidad de una literatura que prosigue su camino, tras haber superado las trágicas secuelas del pinochetismo, además de ir desprendiéndose de la prestigiosa (pero no por ello menos pesada) herencia del boom. Si se mira atrás, los nombres de José Donoso y Jorge Edwards mantienen intactas sus aureolas de referentes narrativos como desenmascaradores de la realidad: la ideológica y la que se esconde con pudoroso cinismo entre las cuatro paredes de la alta burguesía chilena. Se mantienen intactos esos nombres de la misma manera que se mantenían (aunque tal vez con no tanta resonancia crítica y lectora) los nombres señeros de unJorge Guzmán o Carlos Droguett (del que nunca dejo de recordar, por cierto, su hermosa novela Eloy, publicada en los años sesenta pero escrita en 1954), o ese extraño escritor llamado Francisco Coloane, autor de un excelente libro de memorias titulado Los pasos del hombre (2000). En España, entre novelas de Donoso y Edwards, de vez en cuando alguien se acordaba de María Luisa Bombal, aunque lamentablemente no ocurría lo mismo con Eduardo Barrios, del que nunca ninguna editorial de nuestro país atinó a editar uno de los textos clásicos de la narrativa chilena del siglo veinte: me refiero a El niño que enloqueció de amor.

Un aparte lo comprenden tres nombres muy vinculados por la popularidad que alcanzaron sus libros: me refiero a Isabel Allende, Antonio Skármeta y Luis Sepúlveda. Tres maneras muy personales de entender la literatura como vehículo de sentimientos a flor de piel, en su vertiente sentimental, política y de aventuras ecológicas, respectivamente.

Hacia la mitad de los años noventa del siglo pasado, un libro llama poderosamente la atención entre los críticos literarios españoles: se trata de Literatura nazi en América, de un escritor llamado Roberto Bolaño. Vienen más tarde La estrella distante y Nocturno de Chile (para mí una auténtica joya literaria en el subgénero que llamaría “literatura en torno al mal”). Con Los detectives salvajes (premio Rómulo Gallegos) llega la consagración definitiva. Estamos sin lugar a dudas ante un maestro, como así lo consigna definitivamente la publicación de su última novela, 2666. Con Bolaño, en la literatura chilena se produce un corte de la episteme literaria que regía la representación novelística hasta ese momento. Su modo de encarar los múltiples problemas que ofrece la narrativa contemporánea (por supuesto que no sólo la chilena y ni siquiera solo la latinoamericana), es un adiós a las obsesiones socio-psicológicas de un Donoso o las socio-ideológicas de un Edwards. Con Bolaño y con los novelistas que se incorporan a ese proceso de derrocamiento formal y temático en la narrativa chilena, se cierran los coletazos del boom en Chile y se abre una narrativa, no solo renovada sino que más de las veces, nueva.

Si uno habla de una novela como Navidad y matanza (2007), de Carlos Labbé, está hablando de ese nuevo paradigma en la narrativa chilena al que me referí más arriba. Un lado surrealista, una incursión metaliteraria y una cierta huella bolañiana para redondear una pieza perfecta. No me merece menos consideración Rafael Gumucio (1970), del que todavía me sigue pareciendo su mejor libro Memorias prematuras (2000): un compendio de reflexiones antitrascendentales sobre el hombre común chileno, que se convierte en una especulación sobre el hombre común a secas. Un día me enteré de que una novela de Alberto Fuguet (1966),Tinta roja es de lectura obligatoria en las escuelas (si Internet no me miente) y también leí en la red que después de leerla un lector decidió ser escritor. Cuando yo la leí, ya era tarde para ser novelista, pero no para seguir siendo, con un inmenso placer, lector. Luego seguí leyendo más novelas suyas. Como también sigo leyendo a Arturo Fontaine(1952), escritor que antes de novelista fue un poeta leído y escuchado en su país. Novelista tardío, en los años noventa irrumpe en la narrativa con una novela, Oír su voz (1992), probablemente una de las mejores novelas construida a partir de voces distintas que leí en castellano en los últimos años. No quiero dejar de consignar la impresión de excelente literatura que me dejó la lectura de La vida doble (2010). Esa manera de darle vuelta al realismo y demostrar que todavía esta escuela sigue contando (como lo demuestran constantemente la narrativa inglesa y norteamericana de nuestros días sin ningún complejo) y mucho en el futuro. Y a propósito de este último libro de Fontaine, me viene a la memoria una novela de Carlos Franz (1959) que me dejó una grata impresión, muy en la estela de “La vida doble”, aunque con una resolución formal muy diferente. Me refiero a El desierto (2005).

No dejo, para ir terminando este breve y seguramente injusto repaso, de comentar a dos novelistas más: Alejandro Zambra (1975) y Pedro Lemebel (1955), sumados a significativos y consagrados nombres comoMarcela Serrano (1951) ("Las mujeres siempre están obligadas a contar la misma historia”: palabras pronunciadas a propósito de la publicación de Diez mujeres (2011), Ariel Dorfman (1942), Pablo Simonetti (1961), Hernán Rivera Letelier (1950), Diamela Eltit(1949) y Lina Meruane (1970), distinguida este año en la Feria del Libro de Guadalajara con el premio Sor Juan Inés de la Cruz. Zambra no es sólo el autor de Bonsái (2006), esa pieza de provocativa brevedad digna de Borges (recuérdese este fragmento antológico de la levedad literaria: “Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura.”), es también el autor de esa impecable indagación generacional tituladaFormas de volver a casa (2011). Lemebel: de este inclasificable escritor no puede dejarse de leer (y releer) sus crónicas reunidas en Loco afán (crónicas de sidario) (en España, 2000). Un libro que seguramente el gran Copi hubiera también deseado escribir. Resumen rotundo de la filosofía gay: un sofisticado dardo al corazón de la hipocresía mundial.

***
Chile, fértil tierra de poetas
Por Oscar HAHN 

Chile es el país invitado de honor a la Feria del Libro de Guadalajara. Recordamos algunos de sus nombres más universales. Vicente Huidobro, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Gonzalo rojas, Enrique Lihn y Nicanor Parra son algunos de los autores clásicos.

¿Cuándo surge, no la poesía chilena, sino la gran poesía chilena, que no es lo mismo? Afortunadamente existe un consenso preciso: en 1918. Ese es el año en que se publican los dos libros de Vicente Huidobro que inauguran la nueva estética en nuestra lengua: Ecuatorial y Poemas árticos. No estamos olvidando a Gabriela Mistral. Se trata solamente de que su primer libro, Desolación, apareció en 1922. Es Huidobro entonces el adelantado que clava en la cima la bandera de la gran poesía chilena. Este hecho constituye el nacimiento de la vanguardia en lengua española y por lo tanto tiene una proyección internacional. También la tuvo Gabriela Mistral, pero de una manera más limitada, porque su poesía aún estaba siendo regida por la tendencia posmodernista de principios de siglo, y tanto en España como en Latinoamérica ya soplaban vientos de ruptura con el canon anterior.

Los años treinta pueden ser considerados la década de oro de la poesía chilena. En 1931, Vicente Huidobro expande el espacio poético con esa audaz aventura de la palabra que es Altazor, y Pablo Neruda deja una impronta imborrable en 1935 con su obra capital, Residencia en la tierra, que representa un descenso a los laberintos del inconsciente, mediante un lenguaje muchas veces hermético, pero que penetra subliminalmente en el lector. Cierra el decenio Gabriela Mistral con un libro de alto voltaje: Tala, cuyo verbo es como “una socarradura larga que hace aullar”, por usar una expresión suya. Por esos años, sin embargo, el magisterio de Neruda ya estaba ocupando gran parte del territorio poético chileno. En 1950 publica el Canto general, máximo exponente del americanismo social, que por estar dirigido a una audiencia más amplia abandona el hermetismo y se abre hacia la claridad expresiva. Quiere ir de la voz de la soledad a la vocería de las multitudes.

Pero el espacio de la poesía es demasiado grande para que pueda ser llenado por un solo poeta. Y es así como en 1954 irrumpe Nicanor Parra con Poemas y antipoemas. Es la entrada en escena de la antipoesía, que se propone romper con el tono elevado y solemne de la estética nerudiana, realizando una labor desacralizadora, en la que el humor, la irreverencia y el lenguaje coloquial son sus herramientas más eficaces. Paralelamente se va gestando la obra de Gonzalo Rojas. Desde La miseria del hombre (1948) hasta Del relámpago (1981) el erotismo y la muerte confluyen en su poesía. Hay en ella una suerte de erotización del lenguaje y una fisonomía textual que es a la vez expresionista y barroca. Lo que viene después de Rojas es la llamada generación del cincuenta, en la que brilla con luces propias Enrique Lihn. Después de su muerte, Lihn se transforma en autor de culto. En su legado destaca La pieza oscura, que es de 1963.

Lihn ejerce una ácida conciencia crítica sobre los temas que trabaja, sin excluir a la poesía misma, a la que llama “la musiquilla de las pobres esferas”. Pero la poesía chilena no había dicho la última palabra. En 1982 y en plena dictadura militar se imprime Anteparaíso, de Raúl Zurita, un libro que recoge la tradición whitmaniana presente en Huidobro y en Neruda, le da una vuelta de tuerca y la empuja en una nueva dirección.

En poesía las valoraciones entusiastas suelen tener un alto grado de subjetividad, pero en el caso de los autores señalados hay datos objetivos que las avalan. Son poetas reconocidos más allá de las fronteras de Chile; figuran en numerosas antologías internacionales, han obtenido prestigiosos premios que van desde el Casa de las Américas hasta el Reina Sofía, el Cervantes y el Nobel (Gabriela Mistral y Pablo Neruda), y además tienen una vigencia que no parece desfallecer. Sus obras merecen el apelativo de gran poesía, porque mediante un instrumento verbal de sello inconfundible han sido capaces de acceder a estratos profundos de la condición humana y de instalarse con toda propiedad en la historia misma de la poesía.

* Oscar Hahn es poeta chileno. Su último libro Poesía completa. 1961-2012 (Visor).

Articulo: http://cultura.elpais.com 01/12/2012