dimanche 2 décembre 2012

Caballero BONALD/Premio Cervantes 2012


Caballero Bonald, Premio Cervantes 2012

"Es un buen fin para toda mi trayectoria literaria", declara el poeta | Miembro destacado de la generación del 50, el también narrador obtiene el mayor galardón de las letras españolas a los 86 años

El escritor jerezano José Manuel Caballero Bonald ha ganado este jueves el Premio Cervantes, el más importante de los galardones literarios de cuantos se conceden en los países de habla hispana. Concedido por el Ministerio de Cultura, a propuesta de las 22 Academias de la Lengua, el reconocimiento está dotado con 125.000 euros. Caballero Bonald pertenece a una nueva edad de plata de las letras españolas, la integrada por los miembros de la generación del 50, en la que, junto a él, figuran voces como las de Ángel González, José Ángel Valente y Gil de Biedma, entre otros. No demasiado amigo de los premios, "con los años el entusiasmo decrece y la ilusión ya pierde el carácter excesivo", dijo en una entrevista con El Cultural, sonaba como favorito al Cervantes desde hacía años. Esta vez se ha impuesto a otros escritores tras cinco votaciones.

Preso de una afonía que ha ido creciendo confome avanzaba la mañana, durante la que ha atendido infinidad de llamadas y visitas, y de una fiebre de gripe, Caballero Bonald ha declarado a El Cultural que el Cervantes es "un buen fin" para su trayectoria literaria. "Empecé a escribir hace 60 años y estoy muy contento, satisfecho y honrado de que un jurado haya concedido este premio, el máximo, a toda mi obra literaria". Preguntado por su conocida falta de ilusión hacia los galardones, ha distinguido: "El Cervantes es una excepción, es el premio de los premios". 

El jurado, que ha estado compuesto por Darío Villanueva, Arístides Martínez Ortega, Rosa Navarro Durán, Magdalena Mijares Fernández, Montserrat Iglesias, Fernando González Urbaneja, Ernesto Carmona y Patrizia Botta Annoscia, ha declarado en el acta que ha otorgado el premio “al poeta, novelista y memorialista José Manuel Caballero Bonald por el conjunto de su obras que, como este galardón reconoce, ha contribuido a enriquecer el legado literario hispánico”. El ganador de la pasada edición del Premio, Nicanor Parra, no ha asistido a las votaciones.
  
Primeros pasos, primeros libros

José Manuel Caballero Bonald nació el 11 de noviembre de 1926 en Jerez, en la calle Caballeros, en el lugar donde actualmente se ubica su Fundación, hijo de Plácido Caballero, cubano de madre criolla y padre santanderino, y de Julia Bonald, perteneciente a una rama de la familia del vizconde de Bonald, filósofo tradicionalista francés, radicada en Andalucía desde mediados del S.XIX. En 1944 inicia estudios de Náutica en Cádiz y escribe sus primeros poemas. Entabla relación con los miembros del grupo de la revista gaditana Platero: Fernando Quiñones, Pilar Paz Pasamar, Felipe Sordo Lamadrid, Serafín Pro Hesles, Julio Mariscal, José Luis Tejada, Francisco Pleguezuelo, Pedro Ardoy... En 1949 inicia estudios de Filosofía y Letras en Sevilla. Entabla relación con el grupo cordobés de la revista Cántico. Obtiene el Premio de Poesía Platero por su poema Mendigo (1950). En 1952 conseguirá un accesit del premio Adonais con su primer libro, Las adivinaciones. SeguiránMemorias de poco tiempo (1954) y Anteo (1956). En esas fechas ejerce como secretario y luego subdirector de la revista Papeles de Son Armadans, dirigida por Camilo José Cela, y comienzan sus actividades clandestinas a través de su vinculación con Dionisio Ridruejo, y vive en París durante seis meses. 

Publica Las horas muertas (1959), libro por el que consigue el premio "Boscán" y el de la Crítica. En esos años entabla relación con los poetas que más tarde integrarían el grupo del 50. Al poco tiempo se traslada a Bogotá, donde enseña Literatura Española y Humanidades en la Universidad Nacional de Colombia. Entabla relación con el grupo colombiano de la revistaMito (integrado por Jorge Gaitán Durán, Gabriel García Márquez, Eduardo Cote, Hernando Valencia, Pedro Gómez Valderrama y Fernando Charry Lara, entre otros).

El salto a la novela

En 1962 publica su primera novela, Dos días de setiembre, que recibe el premio "Biblioteca Breve" de la editorial Seix Barral. En 1963 regresa a España, ocupándose de diversos trabajos editoriales. Es detenido y multado por motivos políticos. En 1963 publica el poemario Pliegos de cordel, y el libro de viajes Cádiz, Jerez y los Puertos. Entre 1965 y 1968 pasa una temporada en Cuba. En 1974 se edita su novela Ágata ojo de gato, "Premio Barral" (al que renuncia) y Premio de la Crítica. En 1977 el libro Descrédito del héroe, con el que obtiene nuevamente el Premio de la Crítica. En 1981 se edita la novela Toda la noche oyeron pasar pájaros, que recibe el Premio "Ateneo de Sevilla". En 1993 publica la novela Campo de Agramante y recibe el Premio Andalucía de las Letras. En 1995 publica Tiempo de guerras perdidas, primer tomo de sus memorias. En 1997 vuelve a la poesía con Diario de Argónida y en 2001 publica el segundo volumen de sus memorias, con el título de La costumbre de vivir. 

Manual de infractores (Seix Barral, 2005), que el poeta reconoce haber escrito zarandeado por "una fuerte crisis de indignación ante las cosas que están pasando por ahí", recibe el Premio Internacional Terenci Moix al Mejor Libro del Año. Pocos autores tan variados, constantes y hondos como José Manuel Caballero Bonald, galardonado en 2005 con el premio Nacional de las Letras por el conjunto de su obra, un año después recibe el premio Nacional de Poesía por ese mismo libro.

En 2007 se reedita en Seix Barral su poesía completa, Somos el tiempo que nos queda (1952-2005), publicada en 2004, y en Galaxia Gutenberg una antología con el título Summa Vitae, además de Poesía amatoria. Nueva edición aumentada (1952-2005). En 2009, año en el que recibe el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca- Ciudad de Granada, sale a la venta La noche no tiene paredes, de Seix Barral, editorial encargada también de La novela de la memoria, volumen que recoge sus dos libros de memorias. Su último poemario es Entreguerras o De la naturaleza de las cosas.

La Fundación Caballero Bonald, creada en 1998 bajo los auspicios del Ayuntamiento de Jerez, ciudad natal del escritor, creó el Premio Internacional de Ensayo en honor del poeta, que reconoce una obra seleccionada entre todas las publicadas durante el año en cualquier lugar del mundo y en alguna de las lenguas del Estado español. La Fundación tiene entre sus objetivos la custodia y difusión de la obra de Caballero Bonald y la organización de actividades de carácter literario durante todo el año, tanto en su sede como en el resto de España y otros países. 

***
José Manuel Caballero Bonald
"El boom liberó al lenguaje de los inmovilismos académicos"
Por Alberto OJEDA 
09/11/2012

Clausura el Congreso Internacional 'El canon del boom' mañana (13.00 h.) con una conferencia en la Casa de América.

El Congreso Internacional 'El canon del boom', organizado por la Cátedra Vargas Llosa y Acción Cultural Exterior, toca a su fin. A lo largo de toda la semana, casi una cincuentena de autores, de este y aquel lado del Atlántico, ha debatido en diversas universidades españolas y en la Casa de América sobre el estallido de este movimiento literario (que agrupó a figuras como Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez, Carlos Fuentes...) y su vigencia en este tiempo. Para cerrar la batería de argumentos, teorías, reivindicaciones, diatribas, manifestación de admiraciones..., los organizadores han delegado en José Manuel Caballero Bonald (Jérez, 1926). El poeta gaditano, que entrecruzó caminos con muchos de los protagonistas del boom, ofrece una conferencia en la que abordará "el papel esencial del mestizaje como factor de enriquecimiento de la lengua literaria".

Pregunta.- Literariamente, en qué medida se siente cercano al boom. ¿Qué rasgos cree que comparte con los miembros de este grupo? 
Respuesta.- Sobre todo, la vitalidad lingüística, ese magnífico esfuerzo por renovar un lenguaje depauperado, anquilosado por los inmovilismos académicos. Algunos miembros del boom son sin duda unos excelentes artífices de la lengua literaria española del siglo XX, de sus variantes en libertad, pero los verdaderos fundadores -y no sólo en el ámbito hispanoamericano- pertenecen a la generación anterior: Onetti, Rulfo, Carpentier, Borges, Lezama. 

P.- El uso de un lenguaje más llano y apegado a la calle fue una de las características que hermanó a este grupo de escritores. ¿En ese terreno, en el del uso del lenguaje, cuál la principal aportación del boom? 
R.- Eso del lenguaje apegado a la calle puede ser muy equívoco. Suena a los usos más zafios del realismo, y el boom no tiene relación con nada de eso. Se trataba, eso sí, de rehabilitar ciertos hábitos dialectales, ciertos giros propios de cada país, para injertarlos en unas estructuras novelísticas bastante complejas. Los personajes de esas novelas podían hablar como se habla en la calle, pero estaban sujetos a una técnica narrativa que tenía muy poco que ver con la tradición realista. 

P.-¿Puede decirse que en el terreno poético el boom no fue un movimiento de interés? 
R.-¿En el terreno poético? No sé, el boom genera por sí mismo una poética muy atractiva, una poética de venía de Rulfo, de Onetti, de Lezama, y además debe mucho a poetas como César Vallejo, Borges, Neruda, Octavio Paz... 

P.-¿Podría establecer su propio canon del boom citando sus tres obras predilectas de este movimiento? 
R.- Por ejemplo, Cien años de soledad, Conversación en La Catedral y La otra raya del tigre (de Gómez Valderrama, un novelista colombiano desplazado de la lista canónica del boom). 

P.- Usted tiene debilidad por Carpentier, ¿no?, que fue uno de esos autores más veteranos que se benefició de la repercusión internacional de este movimiento y cuya obra cobró nuevo impulso. En eso el boom también tuvo efectos muy positivos: en la nueva oportunidad que brindó a escritores hispanoamericanos anteriores, ¿no? 
R.- Sí, por supuesto. El boom acabó incentivando la difusión de toda una generación de grandes novelistas hispanoamericanos que se habían quedado un poco rezagados, más que nada por razones de oportunidad editorial. Pero también desplazó de una primera apreciación justiciera a otros contemporáneos: Sergio Pitol, Julio Ramón Rybeiro, Pedro Gómez Valderrama, Juan José Saer...

P.- ¿Ha sido la Barcelona del boom el territorio literariamente más fértil que ha pisado en su vida? ¿O eso es mucho decir? 
R.- Bueno, sí, Barcelona fue una ciudad muy ufana de su cultura literaria, sobre todo en los años 60, cuando viven y publican allí los más reconocibles miembros del boom. La labor de Carlos Barral, a través de Seix Barral, fue en este sentido providencial, digamos que fue como una oportunidad histórica muy bien aprovechada. 

P.- ¿Por dónde van ir los tiros de su conferencia de clausura del boom? 
R.- Voy a tratar sobre todo de un aspecto de la cuestión que me interesa mucho: el papel esencial del mestizaje como factor de enriquecimiento de la lengua literaria. 

***
El fúnebre olor a mosto
Dos días de setiembre, de J.M. Caballero Bonald
Por Marta SANZ 
18/05/2012 

La realidad de Dos días de setiembre no es una realidad estilizada, sino precisa: las palabras de una literatura que no se avergüenza de serlo captan la complejidad de los interiores de alcoba y tabaco, pensamiento y conversación, el urbanismo de una ciudad del sur durante dos días de septiembre de 1960. Tiempo de vendimiar. 

El lector se alza a la altura de un texto que se ajusta al claroscuro de una sociedad encerrada en el asfixiante vidrio de la damajuana. Bienteveo, barda, tranquera… Cada palabra apunta a su exacto referente y delimita un espacio en la masa amorfa de lo real. Lo hace visible. El autor mete el líquido en la botella y se lo da a beber a un lector que disfruta paladeando los matices -el caldo es excepcional-. Pero, con el último trago, pesa la tristeza. La culpa del vino. 

El mundo huele mal. Sobre todo para la carne de cañón como Joaquín, cantaor, vencido, presidiario, un nadie que anda sin cédula por la vida, pobre. Joaquín no se puede quitar de la nariz el fúnebre olor a mosto. Aquí huele a mosto que apesta. Como en esas películas de terror que se parecen tanto a las historias de los documentales. La realidad pincha gracias a un tratamiento hiperestésico de la narración: la perspectiva múltiple resulta abrumadora mientras filma el falso movimiento de una geografía y un periodo que permanecen inmóviles en su miseria física y moral. Cuerpo y mente degeneran al ritmo de la abundancia de unos y de la precariedad de casi todos. 

El vino se retrata bajo su doble máscara: alegría y desesperación, hastío y excepcionalidad, lucidez y ceguera, violencia y mansedumbre. El agrio sabor del exceso. El olor de la putrefacción en la propia carne. Fúnebre olor a mosto. Ese vino al que se alaba llamándole "hideputa" como en la cita cervantina que abre la novela. Entre la borrachera del lenguaje se barrunta la tragedia y la tragedia no deja de ser lo de siempre: la imposibilidad de escapar de un círculo vicioso donde el lector también se encuentra encerrado cuando repara en que todos, briagos y desposeídos, somos Miguel Gamero: oímos un "tengo que hacer algo", gota de tortura china, que engorda el bolo de la mala conciencia y enrancia los corazones. Aquí se habla de la cobardía y de lo difícil que resulta mantener la dignidad. Del sometimiento a la fatalidad, al miedo y a la norma que dicta que vivir es acodarse al mostrador. 

Caballero Bonald, con un lenguaje que despierta a los lectores, tiene la valentía de escribir sobre lo que le duele: el precio de las cosas y los efectos corrosivos de la guerra en la conciencia pública y privada.Sobre esa caridad del rico que mantiene el desnivel subrayando el talante magnánimo de su corazón de mierda. Escribe sobre el individuo en la Historia en plena dictadura. Bilis, rencor y lucha de clases. Ni siquiera a los niños puede explicárseles el mundo con un vocabulario de mil palabras: por eso, la prosa de Caballero Bonald tenía que ser ubérrima, embriagadora, emocionante, exacta, dolorosa, acre. 

***
Entreguerras, la vida de Caballero Bonald en verso
27/01/2012

Lea el comienzo del poema-libro en el que el poeta jerezano compendia su trayectoria biográfica

'Entreguerras' es la autobiografía poética de José Manuel Caballero Bonald en un sentido doble de vida contada y poesía revisitada. Los largos versículos y el habitual rigor y riqueza del vocabulario inventivo del autor nos deparan una síntesis de su trayectoria vital que es al propio tiempo compendio y superación última de toda su escritura precedente

PREFACIO

el lugar de las revelaciones ¿era aquel donde un día 
abrí las cajas primordiales rompí el invicto sello el
embozo perpetuo
hendí la piedra y sus tentáculos me interné en la caverna
estática del tiempo?
¿estaba acaso inscrito en ningún sitio el potencial de la
iluminación?
oh fronda oh fuego oh detrimento impuro de la invivida
realidad
¿iba a poder testificarme allí en lo más intraducible
en lo más interino de los muchos lenguajes que la duda
engendraba?
¿sabía yo ya entonces que toda realidad circunvala el
Enigma
que estaba franqueando la luz razonadora que irradia de
lo hermético?
y de aquellas palabras que el poder la increencia la
ambición
fueron desmantelando ¿con qué triza qué gajo me quedé
qué estría de la hostilidad fragmentó el paradigma
impuro del pasado
qué herramienta de humo qué súbito espejismo aportó la
escritura
que podía enmendar los desperfectos habidos en tamaña
coyunda del idioma
mientras la introversión se desguazaba como un cadáver
en su pudridero?

hermano de la noche hermano mío de la inmune guarida
de la noche
atrévete a surcar el ávido oleaje del deseo el cerco de
arrecifes sensoriales
ya cuando en la tiniebla se vacían sus más broncos
impúdicos boquetes
y en derredor ningún edicto estorba la sigilosa
emanación del tiempo

me junté mientras tanto con la secta que exalta las
ocultaciones
penetré en la angostura donde yace subsumida la
implacable gramática
la que instaura la historia y sus correlativos
menoscabos
la que a veces consiste en una lenta sangre que obstruye el
caño de la vida
¿y qué experiencia es la que pude pobre de mí salvar de
ese silencio
de esa onerosa imposibilidad de convivir con quienes
contradicen al oráculo

qué significación por nadie recelada me recluyó en la
cóncava indigencia
en esa contrasombra donde ya no subsisten sino residuos
de ignorancias?

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las palabras que aspiro a exonerar de sus hueras baldías
adherencias
sólo para entender de qué belleza me han desposeído
en qué esfera han tratado de agostar tantas menguadas
anodinas lecciones
las palabras que en un larvario estado esperan desde
nunca germinar
¿contienen de algún modo esos locuaces signos que el
azar despedaza
que están apenas reteniendo las insonoridades de la
oscuridad
atenuando en noches muchas las trazas que preceden a la
luz?
sólo entre dos silencios cabe el tamaño justo del verbo
predecir
ya cuando el in futuro conduce al expectante a una
inhumana disfunción
rotos los nudos del deseo trasgredido el ayer las
remembranzas
en vilo la veloz muda del tiempo el trueque del tesón por
la indolencia
las precarias últimas voluntades retenidas en los
atolladeros de la pasividad
y ese estupor testamentario de los días acompasado
a algún reloj exangüe
mientras las marcas de lo venidero se identifican con la
descreencia
porque el ayer es sólo un epitafio porque mañana es
nunca para siempre

se afianza en su imán la permanencia
lo mismo que en la sed se filtran los suplicios borrosos del
cautivo
lo mismo que por dentro del peligro emerge siempre un
último deseo
hasta que al fin esa sinopsis de alegorías de la duración
suscite la belleza la haga fértil gozosa persuasiva
la difunda en segmentos que se acaban juntando en lo
indiviso
para que nadie pueda restringir esa potencia magistral
del Número de Oro

nadie además conoce los sinuosos remisos accidentes que
integran el olvido
esas volutas ávidas que traspasan a veces los intersticios
de la evocación
y sugieren como una ilógica continuidad de escrituras
ideográficas
el estrago vital la desgarrada vela los árboles quemados
las botellas vacías
todo el brumoso taciturno vacilante muestrario de
erosiones
que afecta a la pureza de esa desmemoria gestada en lo
imposible

y da a entender que el tiempo tiene algo de exequias de la
credulidad

***
Caballero Bonald
"Me irrita el desdén general hacia las grandes figuras de nuestra cultura"
Por Nuria AZANCOT 
19/01/2011

Ayer uno de nuestros más jóvenes poetas, José Manuel Caballero Bonald (Jerez, 1926), intervino en el ciclo Maestros x Maestros organizado por la Residencia de Estudiantes para celebrar su centenario.

Su maestro fue García Lorca, propuesto por los organizadores, aunque el propio Caballero Bonald lo hubiese elegido porque "fue un ejemplo esencial de penetración en la realidad". Hoy regresa a la Residencia para leer sus poemas, con algunos inéditos, como los que Elcultural.es ofrece a continuación, junto a esta entrevista: 

PREGUNTA: ¿De verdad le propusieron a Lorca como Maestro, no lo eligió usted?
RESPUESTA: No, pero yo también lo hubiera elegido, porque García Lorca ha supuesto para mí una enseñanza de adolescencia inolvidable. Yo empecé a leer a Lorca antes que a ningún otro poeta, en la antología inevitable de Gerardo Diego, en aquellos años oscuros y realmente la palabra de Lorca me llegó muy adentro, la tenía muy viva y siempre la he recordado como un ejemplo de penetración en la realidad y de dinamismo retórico y verbal.

P.: Si dentro de unos años le propusieran el mismo juego, y participase en un ciclo como éste, ¿a qué poetas jóvenes elegiría como discípulos y amigos?
R.: Hay dos o tres, pero yo elegiría a Antonio Lucas o a Pérez Azaústre,alguno de esos jóvenes a los que considero muy próximos, muy cercanos, aunque quizá, llegado a ese caso, titubearía mucho.

P.: ¿Cuál ha sido su relación con la Residencia de Estudiantes?
R.: Siempre he estado bastante cerca, desde que empecé a compartir las experiencias que habían vivido allí Lorca, Alberti, Buñuel y Dalí. Sin embargoha habido una parte de esa fama de la Residencia ligada a ese trío de Lorca-Dalí-Buñuel que me ha incomodado, sobre todo a través de lo que contaba Pepín Bello, que se había convertido en una especie de portavoz oficial de aquella juventud disparatada. Me molestaba un poco aquella especie de bromas de colegio mayor, pero poco a poco también fui penetrando más en el clima de la Residencia y en lo que supuso de regeneración cultural en aquellos años, sobre todo la figura de los directores de la Residencia, como Jiménez Fraud, y lo que representó también Giner de los Ríos en aquella Institución Libre de Enseñanza: todo aquello fue para mí un ejemplo y un ejemplo que he recordado siempre y sigo recordando como una especie de espacio cronológico en la cultura del siglo XIX y XX en España que no ha tenido parangón.

P.: Ahora que está encendido el debate sobre la jubilación a los 67, resulta sorprendente que un poeta que hace tiempo sobrepasó esa edad esté más vital y creativo que nunca. ¿Cuál es el secreto?
R.: No sé, a veces, cuando medito en mi edad y pienso que tengo 84 años, no entiendo muy bien por qué sigo teniendo entusiasmo como escritor, como poeta sobre todo. Pues esto me desconcierta. Creo que realmente soy muy viejo y sin embargo, me siento realmente pleno y muy lleno de vida para seguir escribiendo; estoy haciendo un nuevo poema, un libro nuevo que es un largo poema y lo tengo casi listo, y lo reviso y me siento muy animado y eso no parece concordar con mi edad. La última etapa de mi obra poética es la más intensa, donde he escrito más, he publicado tres libros o cuatro con bastante frecuecia, cuando antes tardaba una década de un libro a otro, prácticamente: Y no sé por qué me ha sobrevenido, así como he abandonado mucho la prosa, y sé que no voy a escribir ninguna novela más, ni otro libro de memorias. Me siento muy distanciado de la prosa novelística, de la narrativa, de las memorias, pero el verdadero ímpetu juvenil de la poesía me llena de vida.

P.: ¿Por qué parece que España es siempre mezquina con sus grandes poetas, y pienso, por ejemplo, en Muñoz Rojas o Carlos Edmundo de Ory?
R.: Lo de Ory fue un gran ejemplo de eso, murió y apenas se le hizo caso. No lo entiendo, es un desdén que me irrita, me llena de iracundia contra la mentalidad general de un pueblo, de un país que desdeña a sus grandes figuras.

***
Este Fragmento de un libro inédito que a continuación reproducimos, está extraído del libro Ruido de muchas aguas, de José Manuel Caballero Bonald, con prólogo de Aurora Luque, publicado en la Colección Palabra de Honor, de la editorial Visor.

FRAGMENTO DE UN LIBRO INÉDITO

el lugar de las revelaciones ¿era aquel donde un día
abrí las cajas primordiales rompí el invicto sello el embozo perpetuo
hendí la piedra y sus fisuras me interné en la caverna estática del tiempo?
¿estaba acaso inserto en el no nunca el lugar de las revelaciones?
oh fronda oh fuego oh detrimento impuro de la invivida realidad
¿iba a poder testificarme allí en lo más intraducible
en lo más interino de los muchos lenguajes que la duda engendraba?
¿sabía yo ya entonces que toda realidad cincunvala el enigma
que estaba franqueando la luz propiciatoria que irradia de lo hermético? 

y de esos lenguajes que el poder la codicia la sinrazón
fueron desmantelando ¿con qué triza qué gajo me quedé
qué estría de la malevolencia fragmentó el aparejo impuro del pasado
qué herramienta de humo qué espejismo usó entonces la vida
para reconstruir los desperfectos habidos en tamaña coyunda del idioma
mientras la percepción se desguazaba como un cadáver en su pudridero? [...]

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Caballero Bonald y Elena Medel
Cara a cara de la mejor poesía andaluza contemporánea
Por Nuria AZANCOT 
19/03/2010 

Patriarca de la poesía andaluza y española, José Manuel Caballero Bonald (Puerto de Santa María, Cádiz, 1926) está marcando a varias generaciones de poetas. Su “contrincante” en estas páginas es Elena Medel (Córdoba, 1985), nieta de una misma tradición poética que entronca con Góngora , y que tampoco quiere saber de banderas.

Andalucía al fondo. Y Lorca, Machado, Góngora... Frente a frente dos poetas, y una primera pregunta obligada: ¿existe hoy una poesía andaluza con rasgos propios? 
José Manuel Caballero Bonald: No, no creo que exista hoy o haya existido en el pasado una poesía andaluza con rasgos propios, a no ser que se trate de un subgénero de tipo regional. Además, esa especie de parcelación agraria de la poesía es más bien un invento de profesionales del andalucismo.

Elena Medel: Andalucía es una comunidad de más de ocho millones de vivos, de los cuales un amplio porcentaje escribe poesía. No imagino yo a ese cuarto de millón, menos o más, asumiendo un Pensamiento Literario Único, o creando una Voz Regional que nos separe entre vates locales y autores descastados, Las Dos Andalucías. Porque, ¿de qué hablamos cuando hablamos de rasgos distintivos en una hipotética poesía andaluza? ¿Los instalados en el tópico? Creo importante que Andalucía reivindique su modernidad si la tuviera, su futuro si lo tuviera, que espero que sí. E intuyo fundamental que arrojemos una mirada crítica a nuestro alrededor. Nacimos, o viven, en la tierra de las tasas estratosféricas de paro, el abandono escolar... Ojalá, de existir un rasgo distintivo, se tratase de un escalpelo que diseccionara esa realidad. 

Lorca y el 27

¿ Lorca en particular, y el 27 en general, lastra (o fecunda) a los poetas andaluces? 
Medel: Reformulo: ¿hasta qué punto Pessoa ahoga a un poeta portugués? Y amplifico: ¿hasta qué punto lastra o fecunda el 27 en la poesía española posterior? En mi caso, desde luego, la lectura de Lorca resultó determinante: el encuentro con Poeta en Nueva York me impulsó a la escritura de poemas, y todavía hoy regreso a Lorca, y lo releo, y desvelo nuevas contraseñas. Pero igual que pienso en Lorca pienso en Cernuda, en Aleixandre o en Alberti, y añadiendo a Machado y Juan Ramón sospecho que la brújula del lector de poesía española no puede obviar el sur. Bendito lastre, en todo caso, el de escribir con la fortuna de haber leído Espacio o Los placeres prohibidos en el idioma, y con el acento, en que se concibieron. 

Caballero Bonald: Los poetas de mi edad, o de mi grupo generacional, se formaron al abrigo de los poetas del 27. Fue una herencia aceptada con gusto, que se saltó convenientemente a los poetas intermedios del 36 y a los de la inmediata posguerra, salvo quizá a Rosales y Blas de Otero. Cierto que Lorca, Cernuda, Alberti, Aleixandre, Prados, formaron el cuadro general de mis primeras lecturas, junto a los también andaluces Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado. Quiero decir que yo empecé a escribir poesía porque previamente había leído a esos poetas. 

¿De qué autores, de qué tradición, se sienten herederos y de qué manera se filtran en su obra? 
Caballero Bonald: Quizá no pertenezca a una tradición concreta sino a una línea de conducta en la que se cruzan diversas tradiciones. Me considero deu dor del barroco de Góngora, Soto de Rojas, Bocángel, y me identifico con los simbolistas y surrealistas franceses y con los románticos anglosajones, y aprendí mucho de Juan Ramón, de Lorca, de Cernuda, de Vallejo, del Neruda de las Residencias, del Rosales de La casa encendida... 

Medel: En una ocasión, al referirse a “Don Luis de Góngora”, García Baena añadía: “de quien nunca me olvido”. También a mí me gustaría recordar siempre las Soledades o el Polifemo. Me interesa, como lectora, esa estela con la que conversan Lorca y Aleixandre, con la que entroca La casa encendida de Rosales, a cuya sombra se cobijaron los poetas de Cántico, se asomó Pérez Estrada, estalló Carlos Edmundo de Ory: la del desafío al y del lenguaje, el cóctel delicioso de la palabra en pura lucidez. Y aunque transitando otro camino, pero compartiendo brillantez, el inagotable Juan Ramón . Desconozco si en mis poemas late ese espíritu, ojalá; a mí, de momento, me basta con leerlos.

¿Por qué parece imposible concebir la poesía andaluza en general, y la suya en particular, sin Hispanoamérica? 
Caballero Bonald: Bueno, en mi caso eso está bastante claro. Me agrada considerarme un mestizo. Yo soy hijo de cubano, viví años en Colombia y en Cuba, mis primeros poetas amigos fueron hispanoamericanos y he mantenido vínculos con la mayoría de esos países de lengua española. Podría decirse que también dispongo de unas raíces literarias muy principales que conectan con Neruda y Vallejo, con Onetti y Rulfo, con Borges y Lezama, con Carpentier y García Márquez... 

Medel: ¿Cómo, por qué, para qué ignorar la poesía de todo un continente que amplifica en cantidad, calidad y diversidad nuestras opciones como lectores? Si te invitan a una fiesta que garantiza diversión, ¿te negarías? Pienso en un baile con Antonio Cisneros, Ida Vitale, Viel Temperley, Idea Vilariño, Marosa di Giorgio, Nicanor Parra, Vallejo y Huidobro, Paz y Orozco... 

¿A qué poetas andaluces contemporáneos leen y admiran? 
Caballero Bonald: No estoy muy al tanto de lo que ocurre en esos distritos poéticos. Pero citaré a un poeta de las últimas generaciones: el cordobés José Luis Rey. 

Medel: Me interesa mucho la obra de María Eloy-García, Juan Andrés García Román, Rubén Martín, Erika Martínez, Antonio Portela o Raúl Quinto: voces propias, muy diferentes entre sí, arriesgadas y en crecimiento constante. Creo que la poesía andaluza (sí, al fin) refleja algo que ocurre en el resto del país: la diversidad, no sé si la convivencia sin tiras y aflojas de estéticas diferentes, pero sí la posibilidad de que un lector pique aquí, pique allá, y quede saciado.

***
12 poemas (inéditos) para celebrar los 80 de Caballero Bonald
09/11/2006

Los versos de Ángel González, Antonio Colinas, García Montero, Antonio Martínez Sarrión, Juan Bonilla, Luis Antonio de Villena, Benítez Reyes, Pablo García Casado, Juan Antonio González Iglesias, Vicente Gallego, Luis García Montero y Antonio Lucas. 

No es fácil alcanzar 80 años tan cuajados de vida, creación, versos, memoria y amistad como los que estos días celebra José Manuel Caballero Bonald. Quizá por eso, hace tiempo descubrió que “Mi propia profecía es mi memoria:/mi esperanza de ser lo que ya he sido”. Nacido un 11 de noviembre de 1926, un congreso y la exposición De lo vivo a lo contado analizan en Jerez sus peripecias personales, políticas y culturales. El Cultural ha invitado a doce de los mejores poetas españoles a que le dediquen un poema inédito: ángel González, Antonio Colinas, Luis García Montero, Antonio Martínez Sarrión, Juan Bonilla, Luis Antonio de Villena, Felipe Benítez Reyes, Pablo García Casado, Juan Antonio González Iglesias, Vicente Gallego, Eloy Sánchez Rosillo y Antonio Lucas no lo han dudado. Además, Antonio Soler confiesa el influjo que el novelista ha tenido en su obra.

Toronjil
Por Vicente GALLEGO

Aquellas sierras, madre,
altas son de subir;
corrían los caños,
daban en un toronjil. 
(Anónimo)

Decantado en el nombre
de una hierba olorosa, el toronjil,
gusto el genio travieso de mi idioma.

Si una chispa pudiera, 
cargada con el fuego
de mil penas de amor prender la música
secreta de una lengua 
-¿no la oís?-,
suene aquí, junto al río, 
tu verde cascabel,
mi toronjil.
Contemplando tus tímidas
flores blancas y azules 
cómo pudo

el primero en decirte hallar la nota
redonda que es tu ser.
Quién supo así acuñarte, masculino,
tan de seda y relumbre, toronjil.
Agita, mi valiente,
por detrás de la orquesta
severa castellana
tu sonajero arriba, 
tu penacho de aromas, como ayer.
Toronjil en la hora
del ay y de la espera, zalamero
de reja y de promesa, 
y en la noche
de pasarlas a solas 
tu arrullo, toronjil.
Otra vez, talismán
de los romances viejos, 
el que se oye 
en la casa del padre,
permite que te invoque, 
deja aquí tu sabor, 
sabor moro y de lima, júranos.
Toronjil, rumoroso 
de luna y peripecia,

bien querido del pueblo
que canta con tu pie 
y que se encomienda,
cuando aprieta la vida,
a la madre y a ti.

***

Todo el mundo lo sabe
Por Ángel GONZÁLEZ

A J. M. Caballero Bonald.

De tarde en tarde el cielo está que arde.
En el jardín la luz declina rosa
rosae, y la fuente rumorosa
conjuga en el silencio de la tarde

el presente de un verbo evanescente
que articula el mañana y el ayer.
“Todo lo que ya fue volverá a ser”, 
murmura el cuento claro de la fuente.

El cuento de la fuente ees eso: un cuento.
Quemó el cielo la luz en la que ardía,
y el día se deshizo en un memento

homo: humo, ceniza, lejanía.
Eso es lo que nos queda de aquel día.
Quien quiera saber de él, pregunte al viento.

***
Nueva York
Por Luis GARCÍA MONTERO

“La botella vacía se parece a mi alma”
José Manuel Caballero Bonald

Un borracho se bebe una ciudad
hasta romper la última botella.
Era mil novecientos veintinueve. Dormía 
sobre cristales rotos.

Un poeta lo escribe. Ha vivido

en sus versos la luz inconsolable
de los asesinados, de los que comen fruta
del árbol sin raíces.

Después habrá un muchacho que lo lea
y descubra los cienos, las arañas
de los últimos trenes, la aurora corrompida
de los años setenta.

Pero no sé que luz mucho más fuerte
ha levantado al cielo los cristales.
Son violetas tardías, emociones de invierno
en el Puente de Brooklyn.

Las cosas de este mundo tienen sed.
La realidad no sabe estarse quieta.
Nueva York son mis ojos. La botella vacía
puede llenar mi alma.

***
16 frases y un verso
Por Felipe BENÍTEZ REYES

El futuro en su oro y su espejismo.
El pensamiento aliado de la vida.
El tiempo que se vence con la vida.
La vida redimida en su espejismo.

La noche que renace y se suicida.
El paso más allá de todo abismo.
La dignidad de un paso ante el abismo.
La noche prorrogada del suicida.

Lo que queda después de los fracasos.
El ansia que precede a los enigmas.
La realidad que adquieren los enigmas.
La irrealidad que otorgan los fracasos.

La memoria que oculta sus estigmas.
El olvido y su circo de payasos.
El circo en el que mueren los payasos.

La memoria que exhibe sus estigmas.

Y el veneno inmortal de tener miedo.

***
La sólo su semblante...
Por Antonio MARTíNEZ SARRIÓN

“Del doceavo de los píos 
cuya tartufería amargó cada minuto 
de mi infancia y la juventud 
de pepe caballero-bonald”

ya sólo su semblante lo delata
ese papa está enfermo de malaria
el amarillo de su tono es suyo
de su amigo ese rojo cruz gamada 
que el hacedor de puentes 
no duda en sostener
si le acosa el rencor o saltan los fusibles
odia a la simple gente 
o quizás la desprecia
no se puede saber
se conoce que es de familia antigua
sorda para el clamor de las matanzas
de acuerdo con el dicho
el se acuesta a las ocho
tras poner la capucha 
a unos pájaros bordes
únicos invitados a su mesa
y se despierta aún más amarillo

***
Del silencio
Por Antonio COLINAS

Verano pleno, pero sin cigarras.
¿A dónde fuisteis, que no regresáis?
No tardéis más, pues con vuestro silencio
nuestra vida se apaga.
Necesitamos vuestro dulce ritmo,
necesitamos vuestra melodía
y en ella oír crujir el tiempo de la luz,
el temblor de las hojas;
esa música vuestra en la que arde
la consciencia de ser y de no ser.
Y cuando ella regrese, 
nos dejará en los labios el más dulce 
mensaje de quietud:
“Vivos estáis aún
y vivos estaréis 
por siempre y para siempre
los que habéis escuchado mi música,
los que habéis escuchado la música.”

***
Sabbat
Por Pablo GARCÍA CASADO

Los polígonos, las áreas comerciales, las oficinas iluminadas. En todas partes el rostro de la angustia, los horarios, y esa puerta que nunca cierra. El cansancio de abrimos sábados tarde, el lunes se lo instalan, Antonio, acompaña al señor hasta la puerta. Y las tarjetas pasando por todas las ranuras, los coches atestados de familia, los teléfonos de servicio. Dulces operadoras que trabajan hasta muy tarde, ahorrando para un sábado futuro de zapatillas, cine en casa y ojos cerrados. Buenas tardes, le atiende Luisa, en qué puedo ayudarle. 

***
Reencuentro
Por Antonio LUCAS

A J.M Caballero Bonald, maestro en disidencias

Antes de que llegaras, en el mismo lugar,
antes de respirar a fondo y derribar los dioses,
vivir tan sólo era compartir la nada,
desamar las cosas unidas por el fuego,
brindar con vino azul y aceptar oscuros dones.

Era otro el tiempo, un sórdido festín
que tú no reconoces.

Nevaba el corazón aquellos días,
la vida era un fragmento de súbitas heladas,
osario de fogosas ausencias, un fósforo de noche
y esta sed con su penumbra.

Si hoy miro atrás todo es afuera y confusión.

Mi prieta soledad halló tu abrazo,
tu alto linaje sin costuras.

Sólo la erguida compasión de tu presencia
recuerda hoy tal línea de tristezas:
algo de mí llegó contigo prendido de algún sur.

***
Multiculturalismo
(Para el Manual de Infractores 
de José Manuel Caballero Bonald)
Por Juan BONILLA

Apóstol del multiculturalismo
dice muy encantado de haberse conocido:
“Por supuesto que yo permito que
a mi mesa se sienten los caníbales;
respeto sus costumbres, tan sólo les exijo
que respeten las mías, y coman lo que coman
usen cuchillo, tenedor y servilleta”.

***
Procede de Cervantes
Por J. A. GONZÁLEZ IGLESIAS

Procede de Cervantes,
pero está en una página
de Seferis: la idea

de crear un alter ego
y decidir hoy mismo
que exista un Caballero
puro nombre, poeta
que prepare el milagro.

***
Una palabra y otra
Por Eloy SÁNCHEZ ROSILLO

Para J. M. Caballero Bonald

Qué poder tan inmenso y qué sencillo
le resulta ejercerlo a aquel que lo posee.
Ni el más grande monarca pudo nunca
decidir de manera semejante.
Ilusión y deseo, papel, pluma,
y decir poco a poco lo que ahora está ocurriendo,
lo que tus ojos ven, lo que piensas o sueñas,
tu verdad de este día. Y nada más.
Así se hará el poema, si la buena fortuna
te acompaña y decide que de un hombre
brote una luz tan alta y verdadera,
tan pura y para siempre. Es increíble.
Una palabra y otra, y una música
pequeña y suficiente. Y va surgiendo
delante de tus ojos, de tu asombro,
una tarde con sol, un pájaro, la lluvia,
la luna, una muchacha, la hierba, el mar, la nieve.
En el camino hay mucha incertidumbre,
pasos titubeantes que no saben
si se aproximan al lugar del canto
o si de allí se alejan de forma irremediable;
la vida en vilo hasta que todo acaba.
Después ya sólo queda la alegría
y un corazón con mucha gratitud.

***
Inmigrantes
Por Luis ANTONIO DE VILLENA 

Para Pepe Caballero, en su noble y sabia edad

Poseía esa singular clase de belleza. A los 19, delgado y alto, tenía el cuerpo apretado y los ojos oscuros y dulces en el rostro blanco, pálido. Muy negras las cejas, como el pelo lacio. Al mirar, los ojos susurraban, serios, aguzados. Parecía hielo azul sobre fondo de mares cálidos. El fotógrafo dijo: Aire de "chico malo", perfecto. Si da la foto te forras, chaval. Y daba. Venía del llano de Bolivia. No sabía nada de las arañas barrocas y las columnas de pórfido. Era el mayor y tenía que mandar plata a la mamá y las hermanas. Lo buscaban, lo pedían. Cedió dos o tres veces, máximo. Se conocía. Pero esperaba a su cuate de allá. Ya la novia. Los esperaba a ambos, vestido con chaquetas blancas y charoles de noche y un diamante en el lóbulo. (La más bella foto). Perfume y música en el cuerpo de nieve, visos de alabastro. Cuando llegó la noticia de la enfermedad de la más chica, no lo dudó. Volvió a la pequeña y pobre ciudad de Bolivia. Y no hubo más. La inmarcesible belleza del "bad boy". Y aquel experto agregó: Es la segunda vez en mi vida, sólo la segunda vez, que miro caminar un auténtico, un sublime, magistral Leonardo. 
  
***
Manual de infractores
José Manuel Caballero Bonald
Seix Barral. Barcelona, 2005. 144 páginas, 15 euros
Por Francisco DÍAZ DE CASTRO 
17/11/2005 

La publicación de Manual de infractores es uno de los acontecimientos poéticos del año. Caballero nos ofrece en esta entrega una nueva celebración de la palabra y de la imaginación en desarrollo de una poética que, aun afilando aquí su arista crítica, invita al lector a compartir el placer de la escritura, el resultado superior de la compleja retórica sobre la que se edifica su obra.

Es el resultado artístico, en el alto sentido, de la composición de lugar que el poeta, situado en un presente que es el suyo y el de todos, ha reelaborado a la altura de las circunstancias tras Diario de Argónida (1997). “Son los ultramontanos que regresan”, escribía Caballero en éste. Ahora, varios poemas de Manual de infractores abordan, desde la imprecación o la sátira, una reflexión que siendo más amplia y general, se concreta duramente en el poema “Secta”: “[...] Son los mismos/ que siguen solazándose/ con las soflamas de los patriotas/ y empuñan de continuo estandartes y cruces/ con que emular a sus mayores,/ mientras avanza por las avenidas/ un cortejo triunfal de bienpensantes.// Líbrate compañero,/ de esas iglesias y esos mentecatos”.

Pero esta incitación a la disidencia recorre el libro por caminos diversos, porque el tono dominante no es el de la denuncia, sino el de la invitación al recelo ante las grandes palabras, a la desconfianza de las convicciones absolutas: “Yo, que dejé que me vencieran/ con tal de no pecar de victorioso,/ no sé dónde termina este litigio/ entre la historia y sus culpables”. En un sentido introspectivo que no abandona su valor didáctico, este Manual lo es también para que quien lo escribe se ponga ante su espejo de palabras. “Huyo a veces de mí” plantea, así, el interminable ir y volver de la conciencia por sus caminos contradictorios, de la misma forma que en “La transparencia” quien ha ejercido de memorialista en Tiempo de guerras perdidas (1995) y La costumbre de vivir (2001) nos recuerda y se recuerda que “así pretendo ahora ordenar los olvidos, elegir/ únicamente aquellos/ que no afecten apenas a los turbios litigios del pasado”.

Ordenar los olvidos es una irónica forma de seguir apostando por el “descrédito del héroe”, y de llevar a la práctica la reafirmación de una evidencia: “no sin ser deformada/ puede la realidad exhibir sus enigmas” -todo depende, claro está, del cuánto, del cómo y del para qué. Caballero consigue aquí sumar al placer estético de un primer plano de imágenes, aliteraciones, intertextualidades, etc., el desvelamiento de un vivir que desde las reconstrucciones de la memoria exhibe sus coartadas, sus fidelidades a espacios, aficiones, figuras o sueños, esos “barcos” que en el espléndido poema del mismo título conforman el recuento de un presente hecho de desengaño y de obstinación: “algunos de esos barcos eran míos,/ otros pertenecían a los prolijos puertos/ de la imaginación [...] A lo lejos los mástiles/ sugieren cotas de felicidad,/ indistintos trasuntos de aventuras/ que viví ansiosamente/ cuando yo menos las necesitaba/ y que se han ido disipando/ igual que cicatrices en la cara del mar”.

Frente a las constancias del deterioro, de “la pesadumbre de los cuerpos/ apenas ya reconocibles”, de “las exequias innobles de la edad”, de las noches y de los despertares de angustia que jalonan el libro, Caballero erige su resistencia. En Diario de Argónida se decía que “la literatura se parece a una carta/ que el escritor se manda sin cesar a sí mismo”. Ahora, en “De los peligros epistolares” especifica en ella su “belicosa caterva de improperios”, pero es también esta carta, este libro, “un modo de coartada/ para no desertar”. Se deja, sin embargo, espacio suficiente para seguir gustando el vino de otras realidades y de otras imaginaciones: sombras de mujeres, luminosos espacios que son también “espejo judicial de la naturaleza:/ quien en su faz se mira/ corrobora también sus propias subversiones”, tal la enramada cuya voz “reproduce/ la voz de las raíces y una mano suave/ desaloja la vida de asperezas”, o la música, en fin, que súbitamente nos recupera el espacio puro del seguir: “el veredicto de la plenitud/ se filtra entre la furia voluptuosa/ del saxo./ El mundo cabe en esa súbita/ constancia musical de haber vivido”. Pleno, a la máxima altura de su autor y con verdad de arte, Manual de infractores nos entrega aún más de lo que anuncia.

***
Somos el tiempo que nos queda
José Manuel Caballero Bonald
Seix Barral. Barcelona, 2004. 540 páginas, 23 euros
Por Luis Antonio DE VILLENA 
19/02/2004 

Todas las generaciones empiezan teniendo un núcleo aglutinador (del que algunos quedan fuera) se dispersan después, y vuelven a unirse, a menudo más por el reclamo crítico que por urgencias personales. Entre la nómina más clásica de la Generación del 50 (muy diezmada) Caballero Bonald ha sido siempre -quizá con Claudio Rodríguez, pero por distinto motivo) el más heterodoxo.

Y no sólo porque también haya sido el más plural en su escritura, desde Ensayos sobre el vino a significadas novelas o memorias. Nunca muy cercano a la llamada poesía de la experiencia (propugnada, sobre todo, por Gil de Biedma o por ángel González) Caballero Bonald no se ha negado al realismo, pero lo ha querido trascendido por un cuidado lenguaje de tradición barroca, que ha ido haciéndose menos engolado y más sabía y eficazmente conceptista. Caballero Bonald -su poesía- parte siempre de la pura anécdota real para someterla al esguince de la mirada creadora, a un punto de vista distanciador (profundización o recubrimiento o lejanía con la anécdota) y un discurso cultista, cuyo eco interior persevera en la heterodoxia y la disidencia. Por motivos éticos, Caballero Bonald no desdeñó, en los finales años 50, acercarse a la poesía comprometida o social, pero me parece que esta faceta de su obra (quizá representada, sobre todo, en Pliegos de Cordel de 1963) es la que hoy le resulta más lejana al autor. Aunque nunca llegara a ser un poeta social al pie de la letra.

Su separación de la poesía -libros nuevos- entre 1963 y 1977, cuando aparece uno de sus dos libros mejores, a mi entender, Descrédito del héroe(mediando una novela como ágata, ojo de gato, que en 1974 tuvo un gran éxito entre los más jóvenes, que buscábamos nuevas aventuras lingöísticas) hizo probablemente que la fama de Pepe Caballero, quedara un tanto oscilante entre el novelista y el poeta. Si creo yo que hoy predomina de nuevo el poeta -como en su juventud- ello es debido a la alta y singular calidad de su último libro por hoy -Diario de Argónida, 1997- que reafirma un decir muy personal entre la meditación con lo real y la meditación sentenciosa en el lenguaje, y porque además desde la visión de una obra que se dilata ya en más de medio siglo (su primer libro es de 1952) podemos advertir que su novelística -incluso desde el aparente realismo de Dos días de septiembre, 1962- tenía una propensión lírica que un texto como Campo de Agramante no hizo sino reconfirmar, 30 años después.

Desde 1979, en que lo haría por segunda vez, esta es la única recopilación (con pocas supresiones y algunas correcciones) de la obra poética completa o casi completa, como el autor prefiere decir. Aunque en la nota inicial que preludia este tomo Pepe Caballero se presenta como un poeta casi perezoso (“mis relaciones con la poesía no se han caracterizado por la tenacidad”) y aún esquivo (“a veces he preferido abstenerme de cultivar un género que no me resultaba nada tentador en según qué ocasiones”) lo cierto es que el lector de esta poesía se sentirá rápidamente ante la certeza no sólo de un poeta auténtico, de un poeta con sello propio de buena retórica sabia, sino de un poeta con clara voz propia: Barroca, conceptista, sensual, rebelde, siempre más lejos. Aunque Caballero -por ahí van los tiros- nos sugiera que en ocasiones le interesaba poco la poesía que prevalecía en su entorno o en su época. Un alto poeta con cuño propio.

Tengo bastante con vivir
J.M. Caballero Bonald 

No me hace falta más que un poco
de fe, que una mezquina veta
de esperanza, que un resquicio
de caridad, para poder
seguir llamándote
como ahora te llamo: patria impía,
piel aciaga de amor, vida quemada
en cada sueño, palabras repetidas
contra un muro de azar.
Aquí mi sed
se sacia con mi sed. No necesito
nada: tengo bastante con vivir.

***
La costumbre de vivir
Por José Manuel CABALLERO BONALD 
12/09/2001 

En vísperas de cumplir setenta y cinco años, José Manuel Caballero Bonald sigue, irreductible, haciendo memoria. Tras Tiempo de guerras perdidas, publica ahora La costumbre de vivir (Alfaguara), para evocar, sin pudor y sin mentiras, lo vivido desde 1954 hasta la muerte de Franco. Años cruciales, cuajados de literatura, traiciones y amistad, como los que rezuma este fragmento, en el que explica lo que ocurrió con la primera mujer de Camilo José Cela.

Todo el mundo actúa, ha actuado indebidamente en un momento preciso, y no en todos los casos el balance retrospectivo de ese episodio suscita en él ninguna clase de arrepentimiento. El resorte de la ocultación funciona con mucha más energía que cualquiera de las corazas que preservan la intimidad. Es fácil exhibir -objetivar, en jerga de psiquiatra- hechos nimios, infracciones leves, injurias de palabra y obra a escala reducida, deslices de poca monta, pero no lo sustancialmente prohibitivo, lo que la propia circunspección encubre y ni siquiera acepta que sea adivinado por nadie, todo eso que no ha traspasado nunca el umbral del secreto. Divulgarlo equivaldría a desmontar el sostén de la propia estabilidad, a ceder a la sinrazón. Se trata incluso de un preacuerdo tácito con uno mismo, una táctica parecida a la clasificación de los miedos personales, de los miedos crónicos e innominados, según su grado de virulencia. Hay como un espacio bloqueado donde se deposita todo lo que está vedado a los otros, y ese espacio dispone de un sello que sólo debe romperse cuando el decaimiento del ánimo o la pérdida de la salud mental hagan estrictamente aconsejable la indebida exposición de lo oculto. Sólo entonces empieza a debilitarse la siempre tenaz resistencia a difundirlo. No es improbable tampoco que los conflictos, las auto disputas que se alojan por decoro o por temor en la conciencia y de cuyo interior no salen nunca, aumenten el riesgo de un desequilibrio directamente insertado en la “psicopatología de la vida cotidiana”. Y eso es lo que ocurrió o pudo aproximadamente ocurrir en el intrincado asunto de mis relaciones con Charo Conde, la mujer de Cela, divulgadas al cabo de los años en las páginas de una revista deplorable y difundida de la peor manera posible. No es que esté justificándome de nada, eso que quede claro, estoy simplemente constatando la significación biográfica de unos hechos que fueron poco a poco desvaneciéndose entre las tendencias modificadoras del presente y la irreparable consumación de los años.

Un día, de improviso, en el transcurso de alguna de aquellas itinerantes cuchipandas nocturnas protagonizadas por Camilo, a las que me unía a veces, Charo reiteró que estaba cansada y yo me ofrecí a llevarla a su casa. Quizá ya se había producido algún acercamiento complaciente, sobre todo a través de conversaciones y paseos en los que ella se liberaba de disciplinas domésticas o de aislamientos periódicos y yo encontraba un manifiesto contrapeso a mis hábitos de paseante a la deriva o a mis pertinaces inercias de solitario. Eso era todo. Pero aquella noche se aceleró un desenlace no exactamente imprevisto o quizá en parte imaginado, generándose así ese proceso de ocultaciones a que me he referido. No fue desde luego un acto indeliberado, surgido sin más en circunstancias fortuitas, sino una decisión que incluía de antemano la prórroga de sus propias y furtivas implicaciones morales. La experiencia tuvo sus lógicos desvíos traumáticos y las mismas circunstancias en que se produjo, o se fue produciendo, acabaron afectándome seriamente y con muy contradictorios daños psicológicos. De eso ni me pude librar ni me pareció viable el simple hecho de intentar reparar a ese respecto una voluntad averiada, de la que ya había sido suprimida cualquier inducción deontológica. Era como si las deslealtades, las modulaciones del síndrome de culpabilidad, ya hubiesen sido redimidas de antemano por el terco e ineluctable potencial amatorio. La estrategia de los tapujos, los disimulos, las duplicidades se engranaron entonces de muy defectuoso modo a las solicitaciones de la vida diaria. Yo mismo era mi cómplice. La correlación de las causas y los efectos se desarticuló, se hizo añicos de algún modo, y todo empezó a depender de un crudo y proceloso engranaje sentimental donde no era raro que yo, a veces, acabara medio extraviándome por los vedados trayectos de una existencia vicaria. Se me borran los días previos y los subsecuentes y, además, ignoro si el fatum me salvó de alguna sucia emboscada del destino o me hizo caer incorregiblemente en ella. Ni siquiera podría fijar con precisión dónde acababa entonces la inocencia y empezaba el cinismo. 

La disfunción de unos resortes sensoriales tal vez anómalos, pero regulados por la dignidad última del silencio, o por una simple decencia con algo de testamentaria, vino a establecer un epílogo nunca deseado, cuando al cabo del tiempo -como digo- un periodista execrable, después de un indigno acoso a la desprevenida Charo, hizo pública una noticia de tan estricta privacidad en una publicación especializada en invectivas y chismorreos.

Charo Conde era una mujer algo reservada y bastante compleja dentro de su aparente simplicidad. Estaba muy segura de sus convicciones, y no solía ser ni demasiado sociable ni demasiado doméstica, de difícil afabilidad y poco amiga de los ajetreos de la vida literaria, por la que Camilo navegaba con aire impetuoso y a toda vela. 

Pertenecía a una familia vasca bien abastecida de católicos de los de cirio y capuchón. Un antepasado suyo, sin embargo, Ricardo Macías Picavea, escritor y pedagogo -el de “España es una tribu con pretensiones”-, defendió las ideas regeneracionistas de Joaquín Costa y luchó en las guerras carlistas al lado de los liberales, lo que no parecía compadecerse con la férrea unción religiosa de su descendencia femenina. Las hermanas de Charo, en número de cuatro o cinco, o eran todas monjas o se comportaban como tales. Me acuerdo de que un día la acompañé junto con Camilo hijo -que a la sazón debía de andar por los nueve o diez años- a visitar a una de ellas, que era farmacéutica a la manera conventual y vivía en un piso enorme de la Gran Vía madrileña. Me estuvo observando con mucho retintín, como si estuviera maliciándose que yo era propagador de alguna peligrosa herejía, o suponiendo tal vez que podía esperarse lo peor de mi sospechosa condición de intruso. No andaba muy descaminada, aunque yo me comporté con suma corrección, como no podía ser menos, aceptando de grado un té con pastas y rehusando muy a mi pesar la copa de ponche -mejor eso que nada- que me ofrecieron. Cosas de ese jaez ocurrían con harta frecuencia. Charo y yo -y algunas veces Jorge Cela- solíamos andar por ahí en funciones de paseantes más o menos díscolos. Recuerdo algunas sabrosas excursiones a Segovia, a Toledo, a El Paular. Todo empezó a acomodarse, aparentemente al menos, a una rutinaria distribución de las distintas demandas de cada día. Y aun de las anormalidades de cada día. También se iba precisando, a la manera de un alivio psicológico, la tácita aceptación de unos hechos cuya propia irregularidad les otorgaba paradójicamente ciertos matices exculpatorios.

Así iban las cosas cuando volví a frecuentar un poco, no mucho, los acudideros nocturnos del café Gijón y anexos varios. De acuerdo con mis hábitos precedentes, nunca concurrí a ninguna tertulia poética o literaria en general, sino a la de los pintores. Supongo que me resultaban más divertidos o menos monotemáticos. No sé. También pululaba por allí una población flotante de candidatos periféricos a la fama. Se les conocía por la manera indecisa de desplazarse en la zona de entrada del café, arrimándose sin ninguna seguridad al mostrador y observando solapadamente desde allí la abigarrada panorámica del parnaso capitalino. Casi ninguno se atrevía a traspasar la frontera del escalón que dividía la zona de las mesas del sucedáneo del vestíbulo. Melindrosos o apocados, todos tenían algo de lo que yo pude tener cuatro o cinco años atrás, cuando me asomé por primera vez a aquel neutro santuario de cierta sociedad literaria de los años 50, recluida tal vez allí, o en sitios similares, para eludir la deforestación cultural vigente en un país todavía mediatizado por las sañudas pertinacias del ideario de la guerra civil.

Tampoco es que fuese un asiduo al café Gijón. Solía ir de tarde en tarde, alguna que otra noche en que la tendencia a la disipación se me hacía más reiterativa o más subordinada a los recursos de última hora. Seguramente que por aquellas calendas ya había llegado a la conclusión de que dejar pasar el tiempo no era perderlo. Pienso que también empecé entonces a recuperar una vaga afición al dibujo, quiero decir a la práctica del dibujo, un poco a ciegas y otro poco instado por la frecuencia con que oía a aquellos pintores de la tertulia del Gijón, en general iletrados y de pocas pero rudas ideas, tratar de postulados artísticos con una notoria superficialidad. No es que yo me considerara ni mucho menos un corrector de estilo gráfico mínimamente aceptable, ni siquiera aspiraba a nada en esa materia, pero tampoco dejaba de creer que alguna aptitud no me faltaba para traspasar ciertas implicaciones poéticas en una desarrollo dibujístico casi nunca figurativo, algo equiparable por vía sesgada a ese ejercicio de ingenio que circula por la historia aforística de la literatura, pongamos que desde Horacio a Baudelaire. O desde Gracián a Bergamín. Supongo que también era una variante más de esas osadías que persisten casi por obligación inconformista y a manera de rémora jactanciosa a partir de la primera juventud.

Entre los más o menos asiduos visitantes del café Gijón, los había naturalmente de muy varia índole. Algunos aparecían de manera muy irregular, pero otros denotaban un persistente abatimiento de estables, parecían situados de por vida en aquel salón de insanos vapores y voceríos como de preludio de alguna conflagración inmediata. Quienes más llamaban la atención eran obviamente los que acudían de manera episódica y precedidos de cierta notoriedad, como podían ser Suárez Carreño, Gabriel Celaya, Buero Vallejo, Mur Oti... No a todos ellos los conocí entonces. A Suárez Carreño empecé a tratarlo algo después, con motivo de algunas juntas de conspiradores a las que él acudía siempre pertrechado de un misterioso sigilo, como aprendido de una cierta dramaturgia política. Pero con el que más me amigué por aquellos días fue con Gabriel Celaya. Acababa de llegar de San Sebastián en compañía de Amparo Gastón, una donostiarra de muy buen ver con la que acabaría casándose, no sin atravesar previamente por unas prolongadas y peliagudas fases de encontronazos y treguas. Gabriel me contó entre copas y risas que había abandonado la empresa familiar donde trabajaba en su calidad de ingeniero industrial, interrumpiendo al mismo tiempo la colección de poesía -Norte- que dirigía y en la que había publicado algunas traducciones valiosas: Rilke, Blake, Rimbaud. Pensaba instalarse de modo definitivo en Madrid, dedicado al cultivo del mayor número posible de géneros literarios y a una severa actividad política generalmente simultaneada con meritorios gastos de bebidas. A partir de aquellos primeros encuentros, continuamos viéndonos con relativa frecuencia, en su casa o en la mía o en expediciones nocturnas de mucho ajetreo, a las que también se unían a menudo Juan García Hortelano, ángel González o Pepe Amillo, a veces algún pintor -Juan Manuel Caneja, José Ortega, Ricardo Zamorano-, a veces algún que otro adepto al antifranquismo y a los despilfarros migratorios de paso por Madrid: Jaime Salinas, Pere Portabella, Gil de Biedma, Elías Querejeta, Muñoz Suay, Celso Emilio Ferreiro... Aquel círculo de amigos se fue ampliando con los años a otros sectores profesionales y políticos. La alternancia de las sesiones etílicas en algún club de jazz y las reuniones clandestinas en alguna iglesia de barrio trazaban sin duda otro de los transitorios mapas de contradicciones de la época. Un rapsoda en paro que andaba por el Gijón, Carlos Oroza se llamaba, propaló un día por el café una historia divertida: dijo que nos había sorprendido a los Celaya, a ángel González y a mí -o sea, a unos supuestos marxistas enzarzados en la lucha de clases- mientras devorábamos unas cigalas gigantes en un bar de postín, haciendo especial hincapié en que el zumo del crustáceo nos resbalaba por la barbilla, un detalle que aún ponía más en evidencia lo inadmisible de semejante regodeo. Cosas de ese tenor podían circular entonces por los andenes de la subcultura castellano-manchega. Aunque lo más seguro es que sólo se enquistara a título de cotorreo en ciertas parcelas de la estulticia ambiental. 

Celaya exhibía ya entonces, a una escala representativa similar a la de Blas de Otero, la figura de santón de la poesía social o abanderado poético en la lucha antifranquista. En cualquier caso, comenzaba a ser bastante popular, dentro de lo popular que podía ser un poeta en funciones de comunista furtivo, sobre todo en ciertos ámbitos de la burguesía ilustrada, del activismo universitario y de la desobediencia militante. Aparte, por supuesto, de lo muy registrado que empezaría a estar su nombre en los archivos de la Dirección General de Seguridad. Paradójicamente, sin embargo, apenas sufrió Celaya -ni entonces ni después- más que alguna esporádica detención, alguna multa gubernativa o algún interrogatorio de trámite. Y eso que las campañas anticomunistas -el macartismo en versión sur pirenaica- tendían entonces a agudizarse, al mismo tiempo que proliferaban los adoctrinamientos a sangre y fuego, las soflamas patrióticas y las reiteradas cruzadas nacionales en pro de las observancias ideológicas y morales. Las intervenciones públicas de Celaya podían incluso provocar un notable enardecimiento entre los oyentes, reunidos por lo común en aulas improvisadas o en centros subversivos camuflados de cineclub, seminarios y similares. Siempre existía la posibilidad de que los abajo firmantes quedaran reconvertidos de inmediato en atentos estudiosos del noveau roman. La poesía de Celaya -y la de Juan de Leceta, Rafael Múgica y algún otro heterónimo posible- contenía la suficiente dosis acusadora, en términos políticos o civiles, como para que su autor fuese tenido por el más acabado ejemplo de una poesía -la social- puesta al servicio de las campañas contra la dictadura. Aun admitiendo que no se estuviese conforme con muchos rasgos de su copiosísima, abrumadora y desigual obra, tampoco se podía disentir sin más de ese preciso merecimiento extraliterario.

Articulo: http://www.elcultural.es 29/11/2012

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