jeudi 27 décembre 2012

Carlos GARCIA GUAL/ La comunicación y la condición humana


CLAVES DE LA RAZÓN PRÁCTICA
La comunicación y la condición humana
Por Carlos GARCIA GUAL

Duch y Chillón, en un admirable estudio antropológico sobre la estructura básica del convivir humano y sus contingencias históricas, ofrecen una mirada sobre las presiones mediáticas de nuestro tiempo.

Reflexión de Carlos García Gual sobre la sociedad contemporánea, a partir del libro Un ser de mediaciones. Antropología de la comunicación (Editorial Herder, Barcelona, 2012) de Lluis Duch y Albert Chillón. Artículo publicado en Claves de la Razón Práctica.

"Duch ha insistido en señalar la creciente distancia entre la abrumadora información mediática y la distorsionada comunicación y la menguante educación personal de nuestra muchedumbre solitaria. El progresivo deterioro de la cultura tradicional sustituida por el masivo furor consumista y una valoración donde lo primacía de lo económico borra cualquier otro criterio de valor". 

A Javier Pradera, Añorando su inteligencia y su amistad.

Me gustaría empezar por destacar, decididamente, la ambición intelectual del extenso y denso estudio antropológico de Lluis Duch y Albert Chillón, Un ser de mediaciones. Antropología de la comunicación (Editorial Herder, Barcelona, 2012) que ofrece, en definitiva, una teoría crítica filosófica, de amplios horizontes y radical perspectiva sobre la condición humana. Tal vez el título no revela por sí solo su alcance; el lector lo advertirá ya en las primeras líneas del preámbulo: “Un ser de mediaciones: despegado de la naturaleza y de su innata animalidad, a un tiempo autor y fruto de las creaciones que arma, el ser humano lo es gracias a los signos, prótesis y artificios con que pone en pie su mundo: esa complejísima esfera advenida –frágil, mudable y anfibia, contingente y ambigua– que llamamos civilización o cultura”. El ser humano se construye su mundo y da a lo real un sentido humano a través de los signos y los símbolos con los que se comunica. No solo se lo representa, sino que lo concibe y lo interpreta siempre a través de la comunicación, con los signos y símbolos que, desde un principio, le aporta el lenguaje.

A través de esas mediaciones, el hombre configura su más íntima realidad, siempre mediada por la cultura. La capacidad de hallar y comunicar significados en un inagotable proceso semiótico define radical y esencialmente el existir del ser humano, como “extraño animal simbólico” albergado siempre en la cultura. De entre los epítetos usados para caracterizar el ser del ánthropos, definido variamente como homo sapiens, loquens, religiosus, mythicus, ludens, ridens, faber y signans, aquí se insiste en que es signans y, por tanto, loquens, semiótico y parlante, es decir, un ser simbólico, como había comentado ya E. Cassirer. Recordemos que ya Aristóteles lo había definido como poseedor de logos –en el sentido más amplio del término– y destinado a la koinonía, es decir, la “comunicación”. (Duch y Chillón dan al término logos un sentido más preciso, el de “razón” y “razonamiento”, como han hecho algunos filósofos luego, y por eso insisten en que el hombre necesita logos y mythos, “narración”, y es “una criatura logomítica”).

Es decir, no se trata de insistir aquí en el factor racional, sino en la índole semiótica de la imaginación y la narración, en la capacidad y exigencia esencial humana de expresar la realidad y, como dice Duch, con una clara metáfora, “empalabrar el mundo”. “Desde el punto de vista ontológico, debe asumirse que la ‘realidad humana’ llega a serlo en virtud de la mediación sémica, la cual –repárese en ello– no actúa solo como mímesis de lo real, sino como poíesis que hace posible su creación y renovación constante. Todas las dimensiones de la semiosis poseen, en potencia o en acto, un ‘valor performativo’... La semiosis no aprehende ‘lo real’ tal cual es, sino que arma y configura los distintos ‘mundos’ en que vivimos. En rigor, la entera civilización no puede ser más que semiosis: no solo porque se expresa y cobra sentido con su concurso, sino porque es y vive por y en ella”.

Como una categoría trascendental, la semiótica fundadora de nuestro mundo, tiene su esencial fundamento en la comunicación, en ese convivir en sociedad que define al ser humano, parlante y simbólico. Pero es un a priori del conocer y el sentir: “Toda cognición es posible si –y solo si– se da en el seno de una cierta comunidad de interpretación”, es decir, dentro de un contexto de relaciones y respectividades intersubjetivas. Y la comunicación, entonces, no se da a posteriori, como vehículo de lo antes pensado, sino que es la condición de posibilidad del pensamiento, el conocimiento y la vida –entendida en su más grávido e histórico sentido–. Este “primado de la semiosis y el verbo” lleva a replantear algunas premisas de las ciencias sociales, una “nueva prima philosophia”, en palabras de K. O. Apel, según los autores, y “es la médula del giro semiolingüístico” aquí propuesto, un “cambio de paradigma” como antes dijeron pensadores como J. Simon, G. Colli y el ya citado Apel. (Luego se apuntan otros más lejanos precursores, como Schopenhauer y Nietzsche y Mac Luhan y H. Blumenberg). Y, desde luego, el conocido maestro de la semiótica C. S. Peirce, que ya sentenció: “Todo pensamiento debe estar necesariamente en los signos”. O, como diría Gadamer: “El ser que puede ser comprendido es lenguaje”.

Esta concepción del mediático existir humano se acompaña de una consecuente teoría del conocimiento que rechaza cualquier realismo o naturalismo simplista. Es a través de la comunicación por signos y símbolos como la imaginación –en un sentido muy amplio que comprende una cultura y una crítica– se representa y expresa el mundo. De modo que “no se da entre cosas y palabras, por lo tanto, ningún vínculo de reproducción y de adecuación, sino una “transustanciación” semiótica, lingüística y estética, al cabo. Porque cualquier posible conocimiento parte por fuerza de la sensación (aísthesis), que luego el psiquismo transforma, por este orden, en perceptos, palabras y conceptos. Y porque, además, el lenguaje hace posible algo que no puede facilitar ningún otro códice ni cauce semiótico”. Con alguna referencia a Peirce, e incluso a antiguos sofistas, a Gorgias especialmnete, se nos presenta la verdad no como adecuación del pensar al ser, sino como una interpretación de los datos y los signos, invocando muy a tiempo a Nietzsche. “A la vez lingüístico y retórico, el doble giro de Nietzsche pone patas arriba las premisas de la metafísica dogmática, y también sus derivadas nociones del ser y la realidad, por un lado, y de los límites y posibilidades de su intelección, por otro. Trae consigo, en suma, una corrosiva inversión de la metafísica parmenídea...”.

Me doy cuenta de que en una reseña breve es muy difícil dar idea suficiente de la inusual riqueza conceptual de este amplio libro, construido con admirable coherencia y gran impulso, que va invocando y citando muy puntual y críticamente una imponente nómina de autores y textos de gran actualidad, además de volver la vista de continuo a la gran tradición filosófica (Platón, Bacon, Kant, Cassirer, Gadamer, etcétera), y también a la crítica de psicólogos y simbolistas (Jung, Bachelard, Ricoeur, Durand, etcétera). Así que para dar una cierta idea de esos contenidos me parece útil copiar los títulos, de por sí mismos sugerentes, de sus 10 capítulos: “1: La semiosis ubicua; 2: La soberanía de la palabra; 3: Un animal simbólico; 4: La dialéctica entre mythos y logos; 5: La imaginación creadora; 6: La narración interminable; 7: Hacer los hechos; 8: Memoria y olvido; 9: Meditación de la tecnología; 10: Comediación y acogida”.

Las citas anteriores subrayan el radical planteamiento filosófico del libro, y sus ideas básicas, pero quizás dan una idea demasiado axiomática o esquemática del mismo. Los puntos básicos que he destacado están acompañados de múltiples referencias y citas de obras muy actuales, y tanto en su hermenéutica como en su exposición quedan muy bien expuestos, con una precisión muy notable. En la lista de los capítulos recién expuesta el lector puede percibir cómo esa exposición y análisis antropológico se despliega, desde esos principios de crítica a la metafísica hasta una cierta sociología del conocimiento y una reflexión sobre la sociedad actual y sus derivas tecnológicas. Tanto sobre el símbolo como sobre la imaginación narrativa hay aquí páginas muy logradas. Son excelentes las reflexiones sobre el tiempo y la relación dialéctica entre el yo, el pasado y el futuro (con apoyos en Agustín y en Proust, entre otros). Y me parece espléndida su defensa del papel de la memoria como base de la identidad individual. Así que añadiré otra cita : “Véase bien, sin embargo, que los recuerdos no son datos objetivos desprendidos de la realidad, sino constructos de la memoria activa, facultad que selecciona, clasifica y distribuye las heteróclitas vivencias de sujetos y grupos. No habría “yo” alguno si la memoria no elaborase la esfera de pertenencia de cuyo interior reconozco actuares, pensares y sentires como míos, vivencias cuyas huellas ahorman mi ahora. Tampoco habría “nosotros” sin una memoria y un imaginario colectivos que conforman horizontes de pertinencia e identidad. No habría mundo, en fin, si la memoria no vinculase logomíticamente el tropel de sucesos y acciones del existir, ese inarmónico magma que desembocará de modo ineluctable en la anomia”.

Desde el análisis general del hombre como un ser fatalmente mediatizado –que construye su mundus mediante el lenguaje y la cultura, afianzándose entre el mythos y el logos– se avanza hacia una reflexión muy actualizada sobre la vida humana en la historia y la sociedad, los hechos sociales y las vivencias que determinan la existencia individual en un contexto preciso. Ll. Duch ha escrito mucho y muy a fondo acerca de la Antropología de la vida cotidiana (título de uno de sus libros que recoge muchos textos), y A. Chillón, profesor universitario de teoría de la comunicación en Barcelona, un buen estudio sobre Literatura y periodismo. Tanto uno como otro conocen muy bien las obras de sociólogos y teóricos de la información y expertos en la cultura mediática, de modo que las referencias son muy amplias : de Durkheim a Benjamin, de H. Marcuse a Galimberti, de Ortega y Dilthey a Blumenberg y Horkheimer, y muchos otros. La reflexión sobre la técnica y la ideología tecnológica, sobre los invasivos y dominantes medios de información y comunicación, sobre el descrédito de la lectura y la tradición humanista y la religión en una sociedad globalizada y más adicta a lo espectacular que a la reflexión individual.

Los nuevos media han revolucionado de manera espectacular y con una proyección ubicua la comunicación social y con ella la convivencia y la vida pública y privada cotidiana. El último capítulo examina ese horizonte actual con mirada alerta

1. Citaré de nuevo: “Las hasta hace poco nítidas fronteras entre las tres grandes esferas del vivir –pública, privada, íntima– se están tornando porosas, fenómeno del que derivan neologismos como “extimidad”

2, alusivo a la exhibición de esos simulacros de intimidada que la “red social” fomenta. Asimismo están redibujándose los límites de lo comunitario, tradicionalmente ligados a la cercanía espacial y ahora cada vez más virtuales, extendidos en direcciones múltiples y hasta distancias remotas. Y está mudando la añeja estructura vertical de la comunicación masiva en beneficio de un ecosistema doble, en el que el sensorium rizomático y horizontal del ciberentorno convive con los media tradicionales –hasta nuevo aviso–” (Cf. p. 484). Esta “sociedad mediatizada” hasta extremos antes inéditos supone, como Duch señala en su terminología, una nueva “estructura de acogida” para la socialización del individuo, y a eso apunta su designación de la misma como un nuevo ámbito mediático. Esa nueva circunstancia es lo que aquí se designa con el término de “comediación” de índole social y semiótica (y debo remitir a las últimas páginas del libro para más explicaciones).

No quisiera extenderme más en el comentario de este libro, aunque ciertamente merece una crítica más extensa y detallada. Lo que pretendo en estas líneas es ante todo subrayar la valentía intelectual y el desafío filosófico de esta “antropología de la comunicación”, en su perspectiva semiótica y existencial. E invitar a su lectura a fondo. He querido destacar algunos de sus temas y sus valiosas propuestas, pero debo elogiar además el estilo de su exposición con sus múltiples y siempre precisas referencias a otros textos de la tradición filosófica y sociológica, y su aguzeda crítica de la sociedad actual, que vienen a refrendar la solidez y la inteligencia de este espléndido trabajo, una muy afortunada colaboración de dos expertos en la teoría de la comunicación y la antropología filosófica.

POSDATA

Pero me gustaría destacar con una cita más la actualidad de este último capítulo, y la llamada de alerta con que se cierra este extenso libro, con su avance desde una fundamental perspectiva acerca de la estructura del vivir humano hasta las circunstancias mediáticas que condicionan y definen nuestro presente, en una sociedad tan globalmente mediatizada. Con ella no pretendo sino poner de relieve cómo de esa reflexión sobre los poderes de la comunicación (en su fundación del mundo humano) y sus variantes históricas (ligadas a la cultura y al tiempo) llega a una crítica desencantada y radical de nuestra deriva actual: “Ética, política, cultural y religiosamente desconcertada, carente de fiables cartografías tras la caída de los meta relatos mayores, esta “modernidad líquida” ha reemplazado... los grandes continentes ideológicos por un archipiélago de idearios que se muestra inerme ante el poder y sus arterías. (...) Aunque técnico y tecnofílico desde su albor, el anthropos ha ingresado en una era tecnocrática y tecnolátrica, un nuevo sensorium que postula los artefactos como fines y no como simples medios, y segrega un cosmos de usos, creencias y valores que hace de la tecnicidad un nuevo ídolo, deslumbrante y cegador tótem. El desolado y desolador “hombre unidimensional” u Homo oeconomicus denunciado por Herbert Marcuse, Max Horkheimer, Lewis Mumford o Günther Andres puede sin duda beneficiarse de los adelantos que los nuevos ingenios procuran, pero también hallar en ellos una fuente de alienación renovada. No se trata, por supuesto, de menospreciarlos, sino de vindicar un “ejercicio de la humanidad” rebelde ante la deriva en curso, que aprenda a utilizar la potencia tecnológica en aras de los fines éticos, religiosos, políticos y culturales, que integran nuestro mejor legado” ( pág. 468).

No se trata aquí de un diagnóstico de dos “intelectuales melancólicos”, como he dejado ya claro, y al lector del libro no le cabrá ninguna duda al respecto. Tanto en este como en otros –como su reciente Religión y comunicación– Duch ha insistido en señalar la creciente distancia entre la abrumadora información mediática  y la distorsionada comunicación y la menguante educación personal de nuestra muchedumbre solitaria. El progresivo deterioro de la cultura tradicional sustituida por el masivo furor consumista y una valoración donde lo primacía de lo económico borra cualquier otro criterio de valor. Es una época de menguante humanismo cívico, lo que se refleja, de manera hiriente, en los torpes planes educativos de nuestros países. Al respecto resulta difícil hacerse muchas ilusiones. No creo que hoy los intelectuales más críticos tengan buen papel en este teatro, y entiendo que sea difícil rehuir la melancolía, ahora que “la izquierda ha perdido la utopía y la derecha la tradición” (Lluis Duch). No parece tan solo una moda; casi siempre tienden a ella, y hemos de reconocer que no les faltan razones. Desde George Steiner a Juan Goytisolo y Mario Vargas Llosa, de Walter Benjamin a Marta Nussbaum y Zygmunt Bauman, muchos han escrito contra la reducción y desprestigio del nivel cultural, alertando de la trivialidad en la cultura del espectáculo y la obsesión por lo rentable (según los mercados), en interesada confusión de lo vulgar y lo democrático. Releyendo estos días un añejo coloquio de Rafael Argullol y Eugenio Trías, publicado con el título de El cansancio de Occidente (Destino, 1992) advierto cómo ya entonces –¡hace 20 años!– con otras palabras, pero con
perspectiva no menos desengañada y melancólica, apuntaban una crítica muy parecida. Bueno, mientras nos lo permitan, suavicemos la melancolía con una discreta nostalgia.


1 “Una vez más, debe subrayarse”, escriben Duch y Chillón, “que el rampante desahucio de que son objeto las humanidades resulta de su subordinación cientificista y no cabalmente científica, si bien se mira a una epistemología aquejada de delirios matematizantes, y de la pretensión de abordar la totalidad de lo humano de acuerdo con los principios y métodos de las ciencias naturales y exactas”. Y, añadimos, en el marco de una sociedad de masas, que, sin perspectivas claras, menosprecia la educación tradicional y atiende solo a fomentar las “destrezas” técnicas y “lo rentable “ en el sentido económico más inmediato, considerando innecesaria la formación cultural de otros tiempos. En notas se dan referencias a muy interesantes trabajos sobre el tema. (Esa decadencia de la pedagogía en nuestra sociedad democrática, atiborrada de informaciones y con una comunicación personal degradada, es, creo, uno de los “temas de nuestro tiempo”). Véase , sobre esto, el reciente libro de Ll. Duch, Religión y comunicación, Fragmenta, Barcelona, 2012.

2 El texto, en nota, dice : “Al parecer acuñado en P. Sibilia, La intimidad como espectáculo, México, FCE, 2008

Carlos Garcia Gual es escritor y crítico literario. Autor de la Antigüedad novelada y Apología de la novela histórica.

Articulo: http://www.elboomeran.com 12/2012