jeudi 27 décembre 2012

Darío VICO/ Sexo en Nueva York


ROLLING STONE
Sexo en Nueva York
Por Darío VICO

En los últimos días de 1967, un semidesconocido poeta canadiense que había viajado y escrito por medio mundo y que era demasiado viejo para el rock’n’roll –y también para una muerte de rock’n’roll, como dejó claro la “generación del 27”: su ocasional amante Janis, su antónimo Jim Morrison– editó casi en el anonimato y acompañando su melancólica voz por apenas una guitarra su primer álbum, Songs of Leonard Cohen. Artículo de Darío Vico publicado en la revista Rolling Stone.

45 años después, Suzanne, Marianne, las hermanas de la caridad y el resto de personajes de sus canciones nos siguen fascinando en un mundo que se desploma a nuestro alrededor y en el que, como Cohen nos describió, el sexo, el amor y la tristeza son los únicos asuntos que verdaderamente deben tomarse como de vida o muerte. Aquel día, jueves de luna nueva,  llovía en Nueva York desde que amaneció; el poeta, que no madrugó, y despertó solo, se abrigó, salió a la calle, recorrió varias manzanas y entró al azar en varias tiendas de discos. En ninguna le reconocieron –porque no tenía pinta de estrella de rock, sino de dependiente de comercio, como su padre, y una voz que, cuando no cantaba o hablaba con una chica, apenas parecía perceptible–, y en cada una de ellas preguntó si tenían Songs of Leonard Cohen, su primer disco, que se editaba en aquellos días. No, no lo tenían. No sabían de qué disco se trataba en realidad.

No era excepcionalmente vanidoso, pero aquello le decepcionó. No quiso que el día que había elegido como inicio de su nueva carrera como cantante de folk de 33 años acabara con él caminando despacio y solo por las ciudad, sin que nadie se fijara en él (aunque habitualmente era algo que le gustaba, desde niño), volviendo a su habitación como el mismo desconocido que había salido unas horas antes. Leonard había vivido ya una vida que muchos otros habían agotado ya con creces (Lennon, Dylan, Morrison, Buckley… no llegaban a los 30, y parecían tan lejos de todo lo que él había hecho, aunque no los envidiaba, no era un sentimiento para el que se sintiera capacitado), y él aún era un poeta semidesconocido que había estado en todas partes desde que escapó de Montreal sin que nadie se diera cuenta de que había estado (o de que se había marchado).   

Así que anduvo vagando por las calles, entró en un bar y pidió un café. Sacó un ajado libro de Lorca del bolsillo y un viejo se acercó a él. Le dijo que sabía quién era, y Leonard al principio pensó que el tipo se refería a él, pero se dio cuenta que señalaba la foto del libro. Le contó que había estado en Granada antes de la guerra (civil) y que había hablado con él (el otro poeta, Lorca, le dijo, y Cohen se sorprendió que le reconociera como tal, aunque se dio cuenta de que le había comentado que también escribía) y que ahora los españoles ni siquiera sabían dónde estaba enterrado. Y que, quizás, algún día él, Leonard, iría allí y lo buscaría hasta encontrarlo. Leonard le invitó a un café y le regaló el libro. Volviendo a casa, entró en otra tienda más, encontró su disco en la C y lo puso al principio de la caja. Fue algo infantil, pero se sintió un poco más feliz y él apreciaba la felicidad, sobre todo el milagro (el único en el que creía, junto con el sexo) de encontrarla en algún momento inesperado, por eso había escrito mucho sobre lo que pasaba cuando esto no sucedía y cuando sucedía fugazmente.

Muchos años después viajaría a Granada y conocería a Enrique Morente. Se acordó del viejo y de que ya no tomaba café. Le aceptó uno al granadino, en cualquier caso, que apenas probó, y de alguna manera se dio por satisfecho con la búsqueda. Todo esto pudo suceder así, o no. Casi todo el mundo que ha sido importante en las canciones de Cohen ha muerto y no puede contarlo, salvo en su voz, en sus poemas y sus canciones; es algo que ha sucedido desde el principio. Quizás sólo hayan existido ahí, Janis y su fugaz encuentro en una habitación del Chelsea Hotel; Morente, que ya no está, como tampoco el chico español que le enseñó a tocar la guitarra y un día faltó a clase y Cohen se enteró de que se había suicidado; Federico García Lorca, que sigue caminando por un monte sin mirar atrás, y escribiendo poemas mentalmente que de alguna manera llegan a Cohen; su padre (Nathan Cohen) que se fue cuando él tenía sólo 9 años… y muchos más que ya sólo recuerda Leonard. Quizás Suzanne siga viva –en realidad la verdadera Suzanne son todas las chicas de su juventud en Montreal, y ninguna es ya como él las recuerda, así que murieron, a su manera, como los recuerdos mueren sin marcharse nunca– , quizás Marianne –ella era su musa, pero él, ¡escribió mal su nombre!; se llamaba Marianna, así que la que él creía real (la de la canción) quizás no existió salvo en su imaginación– pero mucho nos tememos que las chicas que entraban en la cama y en el corazón de Cohen y las que salían de su cabeza no eran exactamente las mismas, no eran ‘exactamente’ reales porque el amor y el sexo tampoco lo son, como nada que nos una estrechamente a alguien.

Sobre aquel primer disco y lo que significó… Cohen no era vanidoso, porque había sido un niño feliz. Bueno, no exactamente, sus padres le habían criado como un niño feliz. Luego ya, serlo es otra cosa, pero al menos no tenía nada que echarle en cara al mundo, aunque cuando escribía (y empezó a hacerlo muy pronto) le era difícil no sentirse melancólico y un poco irónico. Era un mecanismo de defensa, como lo era la espiritualidad, aunque para Cohen el espíritu siempre ha sido algo que uno se quita y se pone cada mañana, y que te quedas mirando desde la cama como algo inanimado que descansa sobre el respaldo de una silla mientras tú duermes y parece tener vida propia, hasta que ambas partes, la física y la espiritual, se ensamblan a la mañana siguiente; es por eso por lo que la mayoría de la gente tiene miedo a la muerte por la noche. Leonard nunca había tenido, sin embargo, ese miedo, cosa que se notaba en muchas de sus canciones, en las que la muerte es algo tan fugaz, y liberador,  como el sexo. La vida es algo más complicada. Y para eso está la religión, no para irse preparando para lo que vendrá después, como piensan muchos, simplemente para pagarlo a plazos. En 1967 todo el mundo tenía una solución para la muerte, la mayoría, importada de Oriente.

Leonard nunca creyó en eso y de hecho solía escribir y cantar sobre ello. A Cohen le hacían gracia todas esas chicas que le enseñaban sus libritos de Lobsang Rampa –casi siempre El tercer ojo– fascinadas por la historia de aquel monje tibetano y su ‘aura’, que, en realidad, era un oscuro y anónimo funcionario inglés que, por supuesto, nunca había estado en el Tíbet y se lo había inventado todo, manteniendo su identidad como un misterio, cambiando regularmente de ubicación (física) en una especie de huida, hasta que finalmente, acosado por la prensa, se había refugiado en Canadá, muy cerca de donde procedía Cohen, que por su parte había vivido en una isla griega, y en otros mil sitios, antes de establecerse en Nueva York y decidirse no ya a escribir sino también a convertir sus poemas en canciones, una vez que Judy Collins había cantado con cierta repercusión uno de ellos, Suzanne, ahora la canción que abría su propio disco. ¿Qué pensaría Rampa (Cyril, en realidad) de todo aquello?  Cohen había hablado a veces con Bob Dylan sobre religión. Dylan era una estrella, pero se había estrellado como escritor con Tarántula, en un campo en el que Cohen había logrado cierta reputación (subterránea), así que estaban en cierta igualdad, aunque no unidos en el éxito común, sino por el fracaso anverso. Bob, a quien con 20 años ya habían convertido en algo así como un dios, había empezado a preocuparse más seriamente por Dios (un proceso que desembocaría en su revelación cristiana de unos años después) mientras Cohen, que había tomado como ventaja del anonimato y de su actividad literaria la de pasar mucho tiempo a solas y sin hacer realmente nada, había tenido mucho tiempo de pensar en ello. Así que, en aquellos años en los que estrellas como Carlos Santana (rebautizado Devadip) o George Harrison buscaban su espiritualidad guiados por santones, Cohen fue el primero en usar la pesada carga de su educación sentimental en el judaísmo como ingrediente para muchas de sus canciones.

El budismo llegaría después, más como una disciplina que como una fe. Una de las cosas más singulares de la religión en la que se educó Cohen es que no te puedes escapar de ella de ninguna manera; existe lo que se llama ateísmo judío, que engloba a todos aquellos que habiendo abandonado sus creencias han nacido judíos, por lo que de cara a su religión, lo serán siempre; el judaísmo así entendido es algo casi podríamos decir biológico, que es exactamente como se formula lo espiritual –y muchas más cosas, lo sentimental, lo erótico, lo romántico, lo trágico– en las canciones de Cohen. A veces es más fácil imaginar una letra como la de So long Marianne o Sisters of Mercy como una cadena de ADN que como una partitura…

Cercano confesionalmente a Lorca, a quien realmente se parece en su enfoque del sentimiento trágico de la vida (y de lo espiritual como una duda que es la única certeza), es a Miguel de Unamuno. Entre Songs of Leonard Cohen y Niebla hay muchísimos puntos en común, lo que no voy a catalogar como algo mágico o cósmico ya que, simplemente, hay ciertos caminos en la vida que llevan a ciertas conclusiones inevitables; Cohen ha sido siempre el poeta de lo inevitable, del destino que marca lo cotidiano, por mucho que te refugies en el amor, en el sexo, en los ansiolíticos o en el vino bueno, malo o el de misa que empapa las hostias comulgadas tras confesarse. Con 33 años, es cierto que Cohen llegaba algo tarde para lo que era común a grabar su primer disco, pero todo lo que había vivido volcaba en aquellas canciones una percepción de la vida completamente ajena a lo que todos aquellos chicos que en los años anteriores se habían convertido en estrellas nada más salir de los veinte y habían vivido su madurez en una burbuja. Songs of Leonard Cohen es el primer gran disco de madurez del rock.

A Cohen no le era complicado ligar; de crío había descubierto el poder del hipnotismo –en realidad, de su elocuencia, aunque por su pausada manera de habar daba la impresión a las mujeres de que sabía escuchar mientras literalmente las rodeaba con sus palabras– y por otra parte los tiempos estaban cambiando y con los chicos del equipo de fútbol local muriendo en Vietnam como héroes a los que no amaba nadie; era el tiempo de los antihéroes, tipos como él, normales, que te miraban a los ojos con expresión de saber todo de ti pero no poder explicarte nada (como hace en la portada de su primer álbum); sin ofrecerte esperanzas, sólo futuro, pero dispuesto a escapar contigo a cualquier parte y consumir las horas follando en algún motel, ajenos a todo, como en la escapada final de El graduado que había convertido en una estrella al anónimo y flacucho Dustin Hoffman (luego le llegaría el turno, muy poco después, a Pacino, De Niro o Woody Allen, el contrapunto cinematográfico de Cohen).

Leonard tuvo una gran actividad sexual y romántica  –no siempre coincidente, como en el ya mentado encuentro con Janis– durante aquellos años. Es la etapa azul de su entrepierna, podíamos decir, un período sórdido y sentimental, con encuentros esporádicos o reiterados, o ambas cosas, en la intimidad o en diversas combinaciones –la pareja de minifalderas de Edmonton que le inspiraron The sisters of mercy y un agradable encuentro carnal– que reflejaron también y tan bien sus canciones, de una manera absolutamente desinhibida y a veces brutal y desnuda, brutal en lo que se refiere al amor o su fuga y desnuda a la hora de narrar lo puramente mecánico del amor y del sexo.

Cohen se pasea desnudo por tu habitación cuando escuchas todas esas canciones, a veces es él quien permanece en la cama, cobijado por las sábanas, aún atónito ante la chica que se levanta de ella y se aleja de él. Algunas letras parecen escritas durante el mismo momento del sexo, como si las hubiera pergeñado con saliva, sobre una espalda desnuda y palpitante. Otras, con la puerta del cuarto recién cerrada, ya sólo. Otras, días o meses o años después, tras masturbarse y recordar aquel amor, o simplemente el encuentro, o este proceso en cualquier orden.

Songs of Leonard Cohen no causó un gran impacto en la navidad de 1967 ni a lo largo del siguiente año. Fue, eso sí, como el vuelo de una mariposa que acaba provocando un sismo en otra parte del planeta, sólo que giró una órbita completa y estalló un tiempo después. Cohen fue durante mucho tiempo, artista de culto en Estados Unidos, pero pronto una nueva sensibilidad se adueñó del folk urbano y otro chico depresivo, James Taylor, y la amiga que siempre contestaba las cartas que él le enviaba desde el sanatorio mental, Carole King (Klein en realidad, era judía) copaban las listas. El folk americano, que había nacido en el entorno rural para contar historias de masacres, asesinatos y devastaciones, se apoderaba en las grandes ciudades vacías llenas
de gente solitaria de lo cotidiano, de las masacres del corazón, las devastaciones sentimentales, los crímenes contra uno mismo.

Cohen lo había adelantado todo en sus canciones, que empezó a publicar regularmente en sus discos en años impares; tras Songs of Leonard Cohen (1967) llegarían Songs from a room (1969) y Songs of love and hate (1971), que conforman la trilogía de su educación sentimental en la madurez (el último de ellos lo graba con 37 años). Mientras, en Europa, Cohen empieza a diluirse en las vidas de mucha gente como si fuera un ansiolítico entre lágrimas y tardes de lluvia, no en vano él, nacido en el Canadá francófono, no era ajeno a la influencia de la chanson y a espíritus libres encerrados en una habitación, atormentados hasta el punto de disfrutar de la vida y sus placeres por puro masoquismo, como Brel, Brassens, Ferré, Trenet o Boris Vian quien, como él, siempre andaba a medio camino –empedrado por las mismas obsesiones– entre la música y la literatura. Cohen supondrá un puente entre el fatalismo y romanticismo de la chanson y el determinismo trágico del folk del nuevo continente, y ambas influencias serán lo que conviertan en algo magistral su primer álbum, al que compareció armado con una guitarra y cantando en el límite de lo audible, como si fuera inevitable que se le escuchase.

Aquel disco lo cerraba One of us cannot be wrong, canción que Cohen terminó en el ascensor del Chelsea Hotel y que definía de esta manera: “Es lo que sientes cuando tu habitación se ha quedado vacía, tu amante se ha marchado, todo está en silencio y al abrir la ventana oyes el ruido del mundo en el exterior… Es una canción muy vieja, pero siempre es cierta, siempre es real”.

Así es, en resumen, la vida para Leonard Cohen, sólo que cuando canta, el ruido que oye por la ventana es un millón de personas escuchándole.

Articulo: http://www.elboomeran.com 27/12/2012

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