dimanche 9 décembre 2012

Fernando DÍAZ DE QUIJANO/ Alessandro BARICCO: "No me cansa escribir, pero sí el lado público y competitivo del oficio"


Alessandro Baricco: "No me cansa escribir, pero sí el lado público y competitivo del oficio"
Por Fernando DÍAZ DE QUIJANO 

El autor italiano presenta en Madrid su última novela, Mr Gwyn.

Aunque se muestra cortés en todo momento, se nota que a Alessandro Baricco (Turín, 1958), uno de los autores italianos actuales más leídos en España, no le entusiasma conceder entrevistas. O por lo menos le cansa. Pero es parte insoslayable del business editorial: los viajes relámpago, los actos de promoción, el ir y venir de editores, periodistas, agentes, jefes de prensa... Todo eso que no es parte esencial del acto de escribir pero sí del éxito. De todo eso, precisamente, huye el protagonista de su última novela, Mr Gwyn (Anagrama), que presentó este martes en Madrid en una charla con el periodista de El Cultural Alberto Ojeda en La Central de Callao. Tras la dura historia de Emaús, Baricco vuelve con una novela "límpida, divertida de escribir y de leer", escrita en un año “con gran placer”. Jasper Gwyn es un escritor londinense que, de buenas a primeras, publica en The Guardian, del que es colaborador habitual, un artículo en el que enumera 52 cosas que no volverá a hacer. Entre ellas, dejar de escribir y publicar libros -pero no la escritura-. Tras su decisión, a Jasper Gwyn se le ocurre, como una revelación, hacer “retratos escritos”, para lo cual se encierra cuatro horas al día durante un mes en un estudio con un modelo, como si se tratase de un pintor. Y el resultado estará al margen del mundo editorial. Será una relación privada entre el escritor, el retrato y el retratado.

-Gwyn explica en varias ocasiones en qué consisten este tipo de retratos, pero nos quedamos con la curiosidad de leer alguno.
-Mi último libro, Tre volte all'alba [que se publicará en España dentro de un año, nos indica], es un spin-off de la obra escrita por el protagonista. Toda la primera parte es uno de esos retratos escritos que hace Gwyn. Es más, es su autorretrato.

-¿No le gustaría llevar a cabo ese experimento con un modelo real?
-Pensé en probarlo, que sería divertido. Pero creo que se debe mantener una distancia con lo que se escribe. Prefiero imaginar cómo lo haría en vez de hacerlo realmente. Es como cuando en mi libro City hablaba de boxeo. Pasé mucho tiempo observando a púgiles, para acercarme a cómo se sienten al ser noqueados. Aunque después de escribir la novela terminé practicando boxeo porque soy un amante del deporte, en aquel momento pensé que era mejor retratar la sensación desde fuera que vivirla. Creo que mantener la distancia es importante.

-Jasper Gwyn cuida al máximo todos los detalles que rodean al acto de la creación: la luz, la música, el espacio, el material... ¿Usted también sigue un ritual cuando escribe?
-No tengo manías, no necesito un espacio o un horario determinado. Pero sí es cierto que en torno al gesto de escribir uno construye todo un mundo. Yo lo que hago es caminar. Todos mis libros los pienso caminando. También voy mucho a la biblioteca para documentarme.

-Su personaje se lanza desde la intuición a la búsqueda de una nueva forma de expresión, pero no sabe cuál será el resultado. ¿Cuando usted empieza a escribir, tiene una idea bien formada de la obra o le ocurre lo mismo que a Gwyn con su experimento?
-Siempre sé cómo va a terminar, pero transito zonas inexploradas de mi imaginación y desconozco muchas cosas como la longitud que tendrá el libro. Sé más o menos qué me voy a encontrar pero no sé si mi escritura será capaz de hacer frente a ello. La situación es como la de un viajero cuya meta es la montaña pero primero debe atravesar la jungla, y tiene la intuición de que allí encontrará algún tesoro. Si supiera de antemano qué me voy a encontrar no tendría la fuerza de escribir el libro.

-¿Ha sentido, como Gwyn, la tentación de dejar de escribir libros?
-Nunca he pensado en dejar de escribir totalmente, porque me gusta, me resulta fácil y me ayuda a estar bien. Naturalmente pienso que dentro de veinte o veinticinco años estaré harto de muchas cosas que rodean al oficio: la parte comercial, pública, de competición... Continuaré escribiendo libros pero de otro modo, aunque venda menos. De hecho, creo que en cuatro o cinco años cambiaré bastante mi forma de ejercer públicamente la profesión. Cuando veo escritores que llevan cuarenta años publicando, viajando y haciendo presentaciones me quedo estupefacto.

Articulo: http://www.elcultural.es 05/12/2012

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Mr Gwyn

Alessandro Baricco vuelve con una novela sobre un escritor que abandona su oficio

Alessandro Baricco es ya uno de los autores italianos más populares y más vendidos. Después de 'Seda', 'Homero, Ilíada' y 'Emaús' vuelve con una novela "divertida de escribir y de leer", sobre un escritor que de repente tiene ganas de parar y cambiar de actividad. Ahora se dedicará a retratar mediante la palabra, como si fuera un pintor, dando pie a un spin-off, 'Tre volte all'alba', que se publicará dentro de un año. A continuación pueden leerse las primeras páginas de 'Mr Gwyn' (Anagrama).

Mientras caminaba por Regent's Park -a lo largo de un paseo que, de entre muchos, elegía siempre-, Jasper Gwyn tuvo de pronto la límpida sensación de que todo lo que hacía cada día para ganarse la vida había dejado de ser adecuado para él. Ya le había asaltado en otras ocasiones este pensamiento, pero nunca con semejante nitidez y tanta gracia.

De manera que, de vuelta en casa, se puso a escribir un artículo que luego imprimió, metió en un sobre y llevó en persona, atravesando toda la ciudad, hasta la redacción del Guardian. Allí lo conocían. Colaboraba con ellos esporádicamente. Preguntó si sería posible esperar una semana antes de publicarlo.

El artículo consistía en una lista de cincuenta y dos cosas que Jasper Gwyn se comprometía a no volver a hacer nunca más. La primera era escribir artículos para el Guardian. La decimotercera era asistir a encuentros con grupos de alumnos aparentando seguridad en sí mismo. La trigésima primera, dejar que le hicieran fotografías con la mano en la barbilla, pensativo. La cuadragésima séptima, esforzarse por ser cordial con colegas que en realidad lo despreciaban. La última era escribir libros. En cierto modo cerraba así la vaga rendija que podía haber dejado la penúltima: publicar libros.

Hay que decir que en ese momento Jasper Gwyn era un escritor bastante de moda en Inglaterra y discretamente conocido en el extranjero. Había comenzado doce años antes con una novela de intriga ambientada en el campo galés durante la época del thatcherismo: un caso de desapariciones misteriosas. Tres años después publicó una novela breve que narraba la historia de dos hermanas que se empeñaban en no volver a verse: durante un centenar de páginas intentaban hacer realidad su modesto deseo, sin embargo el asunto resultaba imposible. La novela terminaba con una magistral escena en un muelle, en invierno. Aparte de un pequeño ensayo sobre Chesterton y dos relatos publicados en sendas recopilaciones colectivas, la obra de Jasper Gwyn se cerraba con una tercera novela, de quinientas páginas. Era la serena confesión de un viejo tirador de esgrima olímpico, ex capitán de marina, ex presentador de programas radiofónicos de variedades. Estaba escrito en primera persona y se titulaba Sin luces. Empezaba con esta frase: «A menudo he reflexionado sobre la siembra y la cosecha.»

Como mucha gente había señalado, las tres novelas eran tan diferentes entre sí que resultaba arduo reconocerlas como frutos de una misma mano. El fenómeno era bastante curioso pero no le impidió a Jasper Gwyn llegar a ser en poco tiempo un escritor reconocido por el público y respetado por gran parte de la crítica. Su talento para narrar era, por lo demás, indudable, y desconcertaba, en particular, la facilidad con que sabía meterse en la cabeza de las personas y reconstruir sus sentimientos. Parecía conocer las palabras que cada uno habría dicho, y pensar de manera anticipada los pensamientos de todos. No tiene nada de extraño que, en esos años, a muchos les pareciera razonable pronosticarle una brillante carrera.

Y, sin embargo, a la edad de cuarenta años Jasper Gwyn escribió para el Guardian un artículo en el que hacía una lista de cincuenta y dos cosas que a partir de ese día no volvería a hacer nunca más. Y la última era escribir libros. Su brillante carrera había terminado ya.

La mañana en que apareció el artículo en el Guardian -con gran despliegue, en el suplemento dominical- Jasper Gwyn estaba en España, en Granada: le pareció oportuno, dadas las circunstancias, interponer entre él y el mundo cierta distancia. Había elegido un hotelito tan modesto que no tenía siquiera teléfono en la habitación, de manera que aquella mañana tuvieron que subir para avisarle de que había una llamada para él, abajo, en la entrada. Bajó en pijama y se acercó de mala gana a un viejo teléfono amarillo lacado, situado sobre una mesita de mimbre. Se colocó el auricular en la oreja y la voz que escuchó era la de Tom Bruce Shepperd, su agente.

-¿Qué es toda esta historia, Jasper?
-¿Qué historia?

-Las cincuenta y dos cosas. Las he leído esta mañana, me ha pasado el periódico Lottie, yo todavía estaba en la cama. Ha estado a punto de darme un síncope.
-Tal vez tendría que haberte avisado.

-No irás a decirme que va en serio. ¿Es una provocación, una denuncia, qué demonios es?
-Nada, es un artículo. Pero todo es verdad.

-¿En qué sentido?
-Pues quiero decir que lo escribí en serio: eso exactamente es lo que he decidido.

-¿Me estás diciendo que vas a dejar de escribir?
-Sí.

-¿Pero te has vuelto loco o qué?
-Oye, te tengo que dejar, ¿eh?

-Espera un momento, Jasper, tenemos que hablar del tema; si no hablas de esto conmigo, que soy tu agente...
-No tengo nada más que añadir: dejo de escribir y punto.

-¿Sabes lo que te digo, Jasper? ¿Me estás escuchando? ¿Sabes lo que te digo?
-Sí, te estoy escuchando.

-Pues entonces escúchame: yo esa frase ya la he oído docenas de veces, a mí me la han dicho una cantidad de escritores que tú ni siquiera te imaginas, se la he oído afirmar incluso a Martin Amis, ¿me puedes creer?, eso fue hace unos diez años, Martin Amis me dijo esas mismas palabras, exactamente: dejo de escribir, y se trata sólo de un ejemplo, pero podría darte una veintena, ¿quieres que te haga una lista?
-No creo que sea necesario.

-¿Y sabes lo que te digo? Ni uno de ellos lo ha dejado de verdad: eso de dejarlo es algo imposible.
-Vale, de acuerdo, pero ahora tengo que colgar, Tom.

-Ni uno.
-De acuerdo.

-Buen artículo, de todas maneras.
-Gracias.

-Un auténtico guijarro en el estanque.
-No me digas esa frase, por favor.

-¿Cómo dices?
-Nada. Tengo que dejarte.

-Te espero en Londres. ¿Cuándo vas a venir?, Lottie estaría encantada de volver a verte.
-Voy a colgar, Tom.

-Jasper, hermano mío, no hagas tonterías.
-Que cuelgo, Tom.

Pero esta última frase la dijo después de haber colgado, así que Tom Bruce Shepperd no la oyó.

Articulo: http://www.elcultural.es 05/12/2012

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Alessandro Baricco
"A los bárbaros que más temo son a los que todavía creen en la guerra"
Por Alberto OJEDA

El escritor italiano publica en España 'Emaús', su novela más autobiográfica, con la que disecciona el impacto de la formación católica en los adolescentes.

Alessandro Baricco (Turín, 1958) ha escrito libros sobre pianistas encerrados en trasatlánticos (Novecento), sobre comerciantes de huevos de gusanos de seda del siglo XIX (Seda), duras historias boxeadores (City), de pintores que utilizan el agua del propio mar que contemplan para delinear sus lienzos (Océano mar)... Mundos lejanos, excéntricos, remotos, con ninguna relación directa con su experiencia autobiográfica. Pero ahora ha querido mirar atrás y concentrar su escritura en su propia adolescencia, en el Turín de los años 70. En Emaús (Anagrama) cuenta la historia de cuatro jóvenes de 17 años aferrados a su formación férreamente católica. El placer es mirado por ellos con desconfianza, como la fuente de todos los males. Hasta que irrumpe en su círculo cerrado Andre, una chica de belleza andrógina arrebatadora. El choque entre su conciencia y sus instintos tiene consecuencias devastadoras. Baricco destila a través de la trama un lamento: los prejuicios religiosos provocan ceguera ("ceguera por exceso de luz", matiza). En Italia le cayeron bastante críticas desde sectores católicos. El escritor italiano, que hoy se encuentra en Barcelona para participar en el festival Kosmópolis (y un par de semanas despúes en Cosmopoética de Córdoba), las asume con estoicismo: "Es normal que reaccionen ante una novela así". 

Pregunta.- Emaús es el libro más autobiográfico de toda su obra. ¿Sentía la necesidad de ajustar algunas cuentas con parte de su pasado?
Respuesta.- Es un libro que llevaba mucho años pensando escribir. Pero necesitaba madurez y una cierta distancia para dar el paso. No es que sea mi propia historia la que se cuenta, porque la mía es mucho más banal que la de los adolescentes que protagonizan Emaús. Pero sí es cierto que el hábitat [Turín, años 70] y el paisaje social es el mismo que he vivido yo en mi adolescencia y que, por tanto, conozco perfectamente. 

P.- Por esto le ha molestado tanto que ciertos sectores católicos hayan dicho que no tenía ni idea de los efectos de la formación religiosa en la adolescencia, ¿no?
R.- Era lo mínimo que se podía prever. Algunos ataques han sido elegantes y otros menos. Pero si el mundo católico no hubiera reaccionado contra un libro como Emaús, hubiese sido algo muy extraño.

P.- ¿Qué le queda de aquella formación católica de su juventud?
R.- Un cierto complejo de culpa que parece imposible quitártelo de encima cuando te lo han grabado en tu niñez. Y un cierto moralismo que, a veces, por rebeldía, se transforma en amoralismo. Pero también una especie de instintiva solidaridad hacia los demás. Y una inclinación digamos que por la verticalidad: uno mira la realidad que le rodea aspirando siempre a encontrar la belleza. Esta es, más o menos, la herencia de esa formación.

P.- Los años 70 en Italia se conocen sobre todo por la gran tensión política y la violencia terrorista (son los denominados Años de plomo). ¿Creía necesario recordar las vidas anónimas de esa época que permanecían al margen del enfrentamiento ideológico?
R.- Sí, quería recordar que en esos años había muchísimos jóvenes que vivían ajenos a la lucha política y armada, pero que también cultivaban pasiones, esperanzas y dramas sin que la política tuviera nada que ver en ello. Esta impermeabilidad frente a la política me interesaba recuperarla hoy, en una Italia tan politizada, en que la política parece tan importante cuando en realidad no lo es. Y remarcar que la ausencia de la política en su experiencia y en su formación no era ningún problema.

P.- Emaús retrata la división social entre ricos descreídos y una clase media muy creyente. ¿Esa división sigue siendo tan marcada en la Italia de hoy?
R.- Es que entonces la amoralidad se veía como una especie de lujo que sólo se podían permitir los ricos. Algo que no concebía la pequeña burguesía que conformaba la clase media. Esa división sigue muy presente en Italia. Lo que ha cambiado es la manera de ser católico de la pequeña burguesía, tan radical, tan rigurosa... Ahora la Iglesia está mucho más dispersa y es difícil encontrar el rastro de una formación tan férrea como la de entonces. 

P.- Si su novela fuese una parábola bíblica, ¿podría verse en Andre la encarnación del diablo? ¿O es ir demasiado lejos?
R.- Para los cuatro chicos sí. Pero simplemente encarna el mundo que está más allá de sus estrechas fronteras catolicistas. Es el mundo fascinante y complejo en el que debemos vivir, que sí, que te puede acabar matando, pero también te puede regalar una vida plena y libre, no encarcelada por los prejuicios.

P.- ¿Podría decirse que Emaús es sobre todo eso: una novela sobre la ceguera que provocan los prejuicios?
R.- Sí, por eso asocio la vida de estos adolescentes a la de los campesinos que, según cuenta Lucas en los evangelios, se encuentran con Jesús y no lo reconocen. No saben verlo. La ceguera de los cuatro protagonistas se debe, sin embargo, a un exceso de luz. Ven tanto que al final no ven nada. No entienden lo que sucede a su alrededor porque sus ideales y sus esperanzas son demasiado altos.

P.- Dejemos a un lado Emaús y entremos en su escuela de escritura, la famosa Holden. ¿Cuál es el consejo que más repite a sus alumnos?
R.- Que si quieres escribir un libro, escribas un guión de una película. Que si quieres dirigir una película, aprendas cómo se hace un cómic. Que si quieres hacer un cómic, estudies teatro... Es decir, que ejercites constantemente el cruce entre las diversas manifestaciones artísticas. 

P.- Y a aquellos que afirman que estas escuelas homologan el modo de escribir ¿qué les contestaría?
R.- Eso es un prejuicio cómodo. Si uno lee a escritores de la Holden, no hay dos iguales. En Estados Unidos, por ejemplo, de estas escuelas han salido autores tan dispares como Dan Brown y Foster Wallace.

P.- ¿Los daños del Berluconismo son irreparables para Italia o todavía tiene fe en el futuro?
R.- Se piensa que Berlusconi es quien ha llevado a Italia a la ruina, pero, en realidad, ha sido la ruina de la política, sobre todo por la falta de credibilidad provocada por corrupción, la que ha llevado al poder a un populista como Berlusconi. Éste sólo ha prolongado la caída del país. Por supuesto que tengo confianza en el futuro. Lo importante es que sea la gente joven la que rehaga el país, porque si esta labor la dejamos en las mismas manos que detentan el poder ahora no avanzaremos nada. Aunque no creo que esto suceda, porque la gente está muy harta, de Berlusconi y del resto de políticos.

P.- Es escritor, guionista, crítico musical, actor, filósofo, directo de cine, autor teatral... ¿Se identifica con la figura del humanista renacimental?
R.- (Le da la risa...) Me encantaría, pero me temo que el mío es un fenómeno distinto. En una sociedad tan especializada como la nuestra a uno como yo que hace películas, cómics, teatro y escribe libros le pueden llegar a comparar con Leonardo. Pero Leonardo, con su vastísima sabiduría, se reiría de mí. 

P.- ¿A qué bárbaros les tiene más medio hoy?
R.- A aquellos que todavía cree que con la guerra se solucionan los problemas. 

Articulo: http://www.elcultural.es 26/03/2011

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