jeudi 27 décembre 2012

Hugo BECCACECE/ Una ciudad propia


Literatura argentina
Una ciudad propia
Por Hugo Beccacece 

En una sucesión de estampas de prosa clásica y límpida, Ernesto Schoo ejerce su poder de observación sobre una Buenos Aires a medias verdadera y a medias recordada

Para cualquier argentino y, me atrevería a decir, para casi todo el mundo, la expresión "Mi Buenos Aires querido" es ante todo y casi exclusivamente el tango de Gardel y Le Pera; sin embargo, al terminar de leer este breve y delicioso libro, su autor logra el milagro o la hazaña de borrar la referencia musical para apropiarse de esas palabras y dotarlas de un nuevo sentido: ese Buenos Aires querido que se desplegó ante el lector es el de Ernesto Schoo, que este año recibió el diploma de Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad.

Ya en la contratapa, Schoo advierte que esa sucesión de estampas no pretende ser una guía turística ni tampoco cubrir la "tupida trama urbana". Hay barrios que no aparecen nombrados ni una sola vez en esas páginas que tienen el carácter de un álbum personal. Las andanzas del escritor y periodista (es uno de los que más artículos le consagró a la capital) se limitan al Barrio Norte, la Recoleta, Palermo, algo del Centro, Belgrano y Flores.

Desde el primer texto dedicado al Río de la Plata y sus costas, Schoo se inscribe en una tradición literaria que no se encierra en lo nacional sino que tiende puentes hacia el mundo porque el rasgo argentino por excelencia, ya no digamos el porteño, es abrirse a todos los pueblos y a todos los paisajes. Compara en las tres primeras líneas del volumen las aguas del estuario, las del "río inmóvil", con las del Sena, el Támesis, el Tíber y el Rin.

Schoo ha sido toda su vida un gran caminador y, a partir de un don innato, ha desarrollado una mirada privilegiada no sólo por su poder de observación, sino también por las asociaciones cosmopolitas que establece (asistido por una cultura y una memoria prodigiosas) entre los edificios, los estilos y las historias de América y sobre todo de Europa. "Somos y seguimos siendo cosmopolitas y un poco (bastante) europeos desterrados." Por ejemplo, el viejo restaurante Munich de la Costanera Sur, hoy convertido en sede de la Dirección General de Museos, obra del arquitecto húngaro Andrés Kálnay, aparece descrito como una mezcla de art déco y fantasía orientalista. Pero quizá el hallazgo más revelador de la penetración y la audacia de sus comparaciones es lo que dice acerca de la confitería El Molino, de Congreso. Alguien le preguntó de qué estilo era ese magnífico edificio que, en sí mismo, es una compleja y fascinante obra maestra de la repostería. Schoo, sin vacilar, en un rapto de inspiración, le contestó: "Estilo Ballets Rusos". Y, con eso, también definió algunas de las características de otras construcciones semejantes, como la del cine Ideal, donde -recuerda el autor-, para el estreno de María Antonieta , con Norma Shearer y Tyrone Power, los acomodadores vistieron calzón corto y casaca a la moda de Luis XV.

Seguir los pasos de Schoo por Buenos Aires es descubrir a la manera de un arqueólogo ciudades superpuestas, pero no sólo las Buenos Aires del pasado, sino también las capitales de Europa que están ocultas, a la espera de alguien que las rescate en las construcciones de la Avenida de Mayo, en las follies del Jardín Zoológico, en las bóvedas suntuosas del Cementerio de la Recoleta y en las menos ostentosas de la Chacarita. En ese sentido, uno de los capítulos más bellos y representativos es "Romanticismo alemán", donde Schoo cuenta cómo redescubrió una noche de luna llena, en 1984 o 1985, en la esquina de Belgrano y Perú, el monumental edificio llamado Otto Wolf. La descripción que hace de los atlantes que parecen sostener la pesada mole, de las cúpulas, las torres y la fauna esculpida en la fachada, es precisa y, al mismo tiempo, de una sugestión y un valor narrativo propios de un cuento. Es como si a través de ese fresco reconstruyera en pocas líneas la atmósfera del imperio austrohúngaro. En esos rasgos, se reconoce al novelista de Función de gala , El baile de los guerreros , El placer desbocado , y al cuentista de Coche negro, caballos blancos .

No muchos saben que Schoo es un talentoso dibujante. Las circunstancias hicieron que esa vocación fuera sofocada por las obligaciones del periodismo y de la literatura. Fue una cuestión de azar: en el diario Tiempo argentino (el de la década de 1980), una tarde encontré abandonado en un escritorio, ya no sé si era en el mío o en el de Ernesto, un dibujo que me llamó la atención por la elegancia, la gracia y la picardía. A mi lado estaba la crítica de arte Elba Pérez. Le pregunté: "¿Quién habrá hecho esto?". Me respondió: "¿Cómo quién? ¿No reconocés que la línea es la misma de la caligrafía de Schoo?" Tenía razón. La voluptuosidad, el carácter "novelesco" de los trazos era el mismo de la letra de Ernesto. Quien haya visto manuscritos o reproducciones de manuscritos de Manuel Mujica Lainez y de Gabriele D'Annunzio puede hacerse una idea de cómo son, a primera vista, los de Schoo, aunque éstos son mucho más modernos y despojados. Con el mismo estilo de sus dibujos, la mirada de Ernesto recrea y dibuja las ciudades en el aire mientras camina por sus avenidas y sus parques. Así las narra.

Hay un aspecto muy importante en este libro. Me corrijo, no es un aspecto, es el libro mismo: la prosa admirable. La escritura de Schoo es la de un clásico. De los clásicos tiene la sencillez, la claridad y la suprema elegancia. Decir que es "refinada" sería degradarla. No hay nada que "refinar" en ella, porque lo que nombra las cosas como son no necesita de ninguna estilización pretenciosa. La frescura de esa prosa ejemplar es la asombrosa frescura de una mirada enriquecida por la experiencia, los conocimientos y la memoria del corazón.

MI BUENOS AIRES QUERIDO
Ernesto Schoo
Pre-Textos
140 páginas.

Articulo: http://www.lanacion.com.ar 14/12/2012