jeudi 27 décembre 2012

Ignacio ECHEVARRIA/ Apuntes sobre la elite cultural y la crítica


Apuntes sobre la elite cultural y la crítica
Por Ignacio ECHEVARRIA

Una de las formas de abordar el asunto de las relaciones entre crítica y elite es partir de la consideración de la crítica misma como un producto elitista. Pero esto sólo puede decirse en relación a un determinado tipo de crítica: la que se alinea en la franja de lo que, por obsoleto que se juzgue calificarla así, sigue en cierta manera reconociéndose como alta cultura.

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La cultura elitista pasa a menudo por ser una manifestación de la alta cultura, cuando no se identifica directamente con ella. Pero conviene diferenciar una de otra, por amplio que sea el margen de sus coincidencias. La alta cultura se reconoce en oposición o contraste con la baja cultura, aunque en la actualidad tiendan a cuestionarse cada vez más estos dos términos. Así ocurre, generalmente, por simples razones de corrección política, pero también debido a que, entretanto, se ha consolidado una noción más difusa y abarcadora, en la que los contrastes entre alta y baja cultura quedan en buena medida suavizados: la de cultura de masas. Es a ésta a la que cabe oponer la cultura elitista, que se distinguiría no tanto por su grado de sofisticación o excelencia –como es el caso de la alta cultura en relación a la baja, y como lo era, de distinto modo, el de la cultura aristocrática en relación a la cultura popular– como por el hecho de ser propia de esos sectores de la sociedad que se reconocen generalmente como elites. La identificación entre cultura elitista y alta cultura viene dada por ser esta última privilegio de unos pocos, y contemplada, en consecuencia, como atributo de la elite que mayormente la consume y segrega: la elite cultural. Desde este punto de vista, cabe sostener que la alta cultura es la cultura propia de la elite cultural. Pero la de alta cultura es, en rigor, una categoría más amplia y más difusa que la de cultura elitista. Y en cualquier caso hay que aceptar la existencia de elites –incluso de elites culturales– que no comparten los códigos de la alta cultura y que hacen suyos objetos y manifestaciones tanto de la baja cultura como de la cultura popular.

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“Es esencial recordar que no debemos considerar a las capas superiores como poseedoras de más cultura que las inferiores, sino como representantes de una cultura más consciente y más especializada”, escribe T. S. Eliot. Tal y como suele ser entendida, la crítica es, precisamente, el instrumento por medio del cual la cultura cobra consciencia de sí misma y se especializa en los más diversos ámbitos. En la medida en que profundiza en su objeto, la crítica tiende naturalmente a la especialización. Es en el campo de cada especialidad donde se percibe más nítidamente el papel que la crítica desempeña como instrumento al servicio de una determinada elite profesional, que a través de ella refrenda sus credenciales, sus jerarquías y sus escalafones. El lenguaje de la crítica, con su tendencia a la especialización, a la jerga, es el rasgo que la caracteriza de cara al profano como producto elitista.

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El concepto de crítica es ajeno al ámbito de la cultura popular en la medida en que ésta no tiene conciencia de serlo. La cultura de masas, sin embargo, sí se percibe a sí misma como cultura. A su servicio trabaja la llamada industria cultural, que sólo puede existir en la medida en que la cultura se ha constituido en objeto específico de consumo, reconocible como tal.
La cultura de masas es, como tantas veces se ha dicho, reacia a la crítica, pero eso no supone que sea impermeable a ella, como sí lo es la cultura popular. En cierto modo, cabe decir que la cultura de masas provee a sus consumidores de unos códigos tan reconocibles, en definitiva, como los que sirven a la cultura elitista para distinguirse de ella. Si no a través de la crítica, esos códigos se instruyen por medio de la publicidad, que actúa como sucedáneo de aquélla y que cumple una función asimismo preceptiva y discriminante.

Por otro lado, la de masas no es, como la popular, una cultura dada: conoce distintos grados de integración y de participación, proporcionales al consumo que cada individuo es capaz de hacer de ella.

Satisface un instinto de pertenencia no por gregario menos activo y persistente que el que determina la continuidad de una elite. La especialización en el consumo de productos culturales es una de las formas en que ese instinto de pertenencia se satisface, dentro de una gama amplísima de posibilidades. Cada cual escoge los productos que le resultan más afines o que mejor le sirven para reforzar las propias señas de identidad. Ello es indicio de que, pese a su horizontalidad, la cultura de masas no es ni mucho menos homogénea. Comprende una rica gama de tribus, por así llamarlas, que quedan lejos de constituir elites propiamente dichas, ni mucho menos, pero que construyen un mapa muy diversificado y a menudo contrastado de grupos y de tendencias tanto estéticas como, en un sentido más o menos estricto, ideológicas. La crítica opera dentro de esta diversidad, en el marco de la cual ella misma termina por ofrecerse como un producto más.

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Una de las formas de abordar el asunto de las relaciones entre crítica y elite es partir de la consideración de la crítica misma como un producto elitista. Pero esto sólo puede decirse en relación a un determinado tipo de crítica: la que se alinea en la franja de lo que, por obsoleto que se juzgue calificarla así, sigue en cierta manera reconociéndose como alta cultura. Hay también una crítica que participa de la baja cultura, no sólo ocupándose de ella con mayor o menor condescendencia, como tantas veces ocurre, sino cumpliendo, en el nivel que le es propio, sus tradicionales funciones de orientación y de codificación.

En el horizonte de la cultura de masas, la crítica procura elementos para la elección del propio consumo y, como ya se ha sugerido, para su especialización. Y le cabe hacerlo al servicio de grupos sociales que de ningún modo cabe identificar como elites. Conviene recordar, como hace Adorno, que en los orígenes de la cultura de masas “los críticos profesionales eran ante todo informadores: daban un orientación para moverse en el mercado de los productos espirituales”. No es casualidad, por otro lado, que en su monumental trabajo sobre La distinción. Criterio y bases sociales del gusto (1979), Pierre Bourdieu sólo emplee en tres ocasiones el término elite. No lo necesita para su propósito, que es discurrir sobre cómo el gusto es una construcción social que contribuye a la diferenciación y al mantenimiento de las clases sociales. Bien es cierto que, a lo largo de casi seiscientas páginas de letra apretadísima, Bourdieu tampoco necesita emplear el término crítica más que en tres ocasiones. Para Bourdieu, la crítica es simplemente una pieza más del engranaje mucho más amplio –y en buena medida inconsciente– que a través del gusto contribuye a la reproducción de las clases y a su desigualdad.

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Tarde o temprano, la cuestión de las relaciones entre crítica y elite topa con la dicotomía entre elite y clase. La teoría de las elites se enfrentó desde sus orígenes a la teoría marxista de las clases, que ha solido desdeñarla, no sin buenas razones. Es cierto que, desde el punto de vista de la sociología, la noción de elite se asimila en amplia medida a la de clase dominante, y que los intentos de perfilarla más nítidamente acuden a menudo a argumentos más bien dudosos, cuando no tenebrosos. El talón de Aquiles de la teoría de las elites lo constituyen los mecanismos de selección que intervienen en su constitución y mantenimiento. Parece evidente que esa selección sólo puede ser operada por ellas mismas, lo que pone en entredicho la presunta objetividad del proceso. De la circularidad a que aboca todo intento de deslindar las nociones de clase y elite ofrece un ejemplo la definición que de este término da María Moliner en su diccionario: “elite (del fr. élite). f. Grupo selecto de personas, por pertenecer a una clase social elevada o por destacar en una actividad”.

¿Cuántas de las actividades en que destacan las elites son patrimonio más o menos exclusivo de las clases sociales elevadas, lo cual concede a sus miembros una decisiva ventaja para destacar en ellas?

Aun sustraída del marco de la teoría de las elites, y ya se comulgue o no con la teoría de las clases, el concepto de elite se revela sin embargo útil y pertinente para calificar determinadas minorías que acaparan poder y prestigio social, que desempeñan funciones directivas dentro de su propia esfera de actuación, y que a consecuencia de ello se atribuyen determinados privilegios. Dicha noción reúne connotaciones específicas de mérito y de superioridad, incluso inter pares. Y es en atención a estas connotaciones que cabe señalar a la crítica como procuradora de los criterios que las determinan.

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De la existencia de las elites se deriva la existencia de la cultura elitista. Y sería en el marco de esta cultura elitista en el que podría hablarse, a su vez, de una crítica elitista y del crítico que la practica como sujeto perteneciente a la elite cultural. Planteada en estos términos, la cuestión de las relaciones entre crítica y elite carece de mayor interés, dado que se resuelve en una simple cuestión de pertenencia y alineamiento de la crítica con los intereses de la elite a la que sirve. Sólo si se acepta que la elite cultural es susceptible no sólo de renovarse sino también de ser desplazada por una elite nueva, portadora de nuevas marcas y valores, se abre la expectativa de cierta tensión entre crítica y elite. En este último caso, la crítica suele actuar como vanguardia del cambio, y venir impulsada por individuos que, precisamente por no pertenecer a la elite cultural, o haber renegado de ella, son capaces de socavar los criterios de distinción aceptados, cuando no de oponerles otros nuevos. Es improbable que esto ocurra, sin embargo, si la crítica se mantiene en los cauces creados y controlados por las elites culturales ya establecidas. Para que no sea así, la crítica necesita un soporte social suficientemente amplio como para asegurarle nuevos cauces. Pero si se da este soporte, eso significa que, aun oponiéndose a la elite establecida, el crítico se postula a sí mismo como representante y cómplice de una elite nueva.

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Tanto en el mantenimiento de las elites culturales como en su relevo desempeña un importante papel el esnobismo. La constante mimetización del gusto de la elite cultural por parte de la cultura de masas empuja a ésta a un constante esfuerzo de diferenciación, para el que se requiere el concurso de una crítica siempre dispuesta a desplazar los objetos de su interés y a sofisticar las vías de acceso a ellos. Pero la crítica también puede, por el contrario, actuar como herramienta mediante la cual la cultura de la elite se hace accesible a los individuos que no pertenecen a ella. Esta ambivalencia sugiere que, en relación a la elite cultural, la crítica muy bien puede cumplir funciones de signo distinto e incluso opuesto, según el crítico pertenezca o no a ella y cuáles sean, en este último caso, sus objetivos.

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Cualquiera sea la posición relativa del crítico en el campo en el que interviene, importa dilucidar si la crítica misma lleva intrínsecamente asociado un cierto espíritu de elite. Invita a pensar que sea así el tipo de funciones se le suelen atribuir: articular la diferencia, generar distancia, establecer prioridades, arbitrar entre valores en disputa, desarrollar una visión ordenadora, seleccionar, proponer un canon. El tipo de especialización que entraña la crítica es el que los miembros de la elite ostentan para acreditar su pertenencia a ella. De hecho, podría postularse que, en tanto se acepta como inevitable la existencia de las elites, éstas se mostrarán más eficaces en la medida en que la crítica interviene más radicalmente en los criterios de selección.

Pues, en el mejor de los casos, la crítica parece entrañar un ideal de elite que se confronta constantemente con el de la elite existente. El problema consiste en que ese ideal suele estar generado a partir de los intereses de esa misma elite. Se llega por aquí a la refutación de la que ha sido objeto la crítica tradicional por parte del pensamiento materialista, que la juzga fatalmente sujeta a la órbita cuyas manifestaciones enjuicia. “Todo aquel que juega la carta de la superioridad respecto de algo tiene que sentirse siempre al mismo tiempo como miembro del edificio en cuyo último piso se encuentra”, dejó dicho Adorno. Así es como se siente Eliot cuando en sus Notas para la definición de la cultura discurre sobre las diferencias entre la clase y la elite y llega, algo temeroso, a la conclusión de que “los individuos de la clase dominante que constituyen el núcleo de la elite cultural no deben por ello ser aislados de la clase a la cual pertenecen, pues si no fueran miembros de esa clase no tendrán ningún papel que jugar”.

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Cabe plantear la cuestión al revés y preguntarse si la existencia de una elite cultural comporta necesariamente la intervención del espíritu crítico. Éste parece haber sido el punto de vista de los gobiernos totalitarios de uno y otro signo, siempre suspicaces respecto a las elites culturales, incluso aquellas surgidas al amparo del nuevo poder. Hay motivos para pensar que sí, que la noción misma de elite siempre queda en algún punto atravesada por la de crítica, por muy sometida que ésta quede a sus intereses. Eso sería lo que, en definitiva, la diferenciaría de las nociones de clase o de casta. Y lo que justificaría el valor de fetiche que mantiene la crítica en una cultura que tiende a ningunearla de un modo cada vez más ostentoso.

Las elites culturales se aferran a la crítica como garante de su reconocimiento como tales y de su continuidad. La alternativa es la sustitución del criterio de excelencia por el de éxito, cuyos peligros ya Karl Mannheim se ocupó de señalar, advirtiendo cómo impone al relevo de las elites un ritmo demasiado rápido, que atenta contra la continuidad social, la cual depende de “la lenta y gradual expansión de la influencia de los grupos dominantes”. La llamada de alerta de Mannheim es casi contemporánea de las agoreras advertencias que Walter Benjamin lanza en 1928, cuando califica de  “insensatos” a quienes lamentan la decadencia de la crítica, cuya hora, dice, sonó hace ya tiempo. “La mirada hoy por hoy más esencial”, escribe Benjamin, “la mirada mercantil, que llega al corazón de las cosas, se llama publicidad” (Dirección única).

Pero la publicidad, es bien sabido, no favorece a las elites, que, acaso por no aceptar a su debido tiempo el diagnóstico de Benjamin, se han empecinado en todo este tiempo en un modelo de crítica que ha revelado su ineficiencia para sustentarlas. Es muy probable que se deba a ello su propia decadencia.

Articulo: http://www.elboomeran.com 12/2012

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