jeudi 27 décembre 2012

Iván GUZMAN LOPEZ/ Gustavo Adolfo BÉCQUER, el poeta del sentimiento


Gustavo Adolfo BÉCQUER, el poeta del sentimiento 
Por Iván GUZMAN LOPEZ 

Gustavo Adolfo Bécquer es considerado uno de los más importantes escritores españoles, siendo un referente obligado en el estudio de la literatura universal del siglo XIX . 

La Navidad, tan bella para muchos, tan espléndida, tan del corazón, se embellece más con la recordación de un hombre, y una vida, y una obra, que navegaron entre el misterio y la realidad; entre la luminosidad y la oscuridad; entre la riqueza (al menos la literaria) y los padecimientos de la injusta ausencia de recursos materiales. Ese hombre es el poeta y narrador  español Gustavo Adolfo Domínguez Bastida, mejor conocido como Gustavo Adolfo Bécquer, fallecido el 22 de diciembre de 1870. Doce días antes de su desaparición, vencido ya ante la grave enfermedad que lo azotaba, expresó con dolor y desesperanza, en uno de sus poemarios:

“Lloro por mí. Lloro la vida que me huye (...) ¿Y por qué no has de vivir? (...) Porque es imposible. Cuando caigan secas esas hojas que murmuran armoniosas sobre nuestras cabezas, yo moriré también y el viento llevará algún día su polvo y el mío, ¿quién sabe adónde? (...) ¡Debíamos secarnos! ¡Debíamos morir y girar arrastradas por los remolinos del viento!”

Su vida

Llegar a la vida del español Gustavo Adolfo Bécquer, quien nació en Sevilla el 17 de febrero de 1836, en el hogar de José María Domínguez Bécquer y Joaquina María Bastida, es entrar a un mundo de contradicciones, de luces, de misterios, de sombras y de belleza.

En todo caso, ese mundo está signado por la literatura, que desde muy pequeño tocó su corazón y su espíritu sensible. En 1854, con tan solo 18 años y en compañía de Narciso Campillo y Julio Nombela, sus amigos de infancia, decide viajar a Madrid en busca de la gloria literaria.

Aunque la música y la pintura nunca le fueron indiferentes, fue la poesía, definitivamente, el camino que había de transitar, felizmente unas veces, con dolor, y hasta con agonía manifiesta, otras. Para ello se inscribe en la línea de los “poetas del sentimiento” como Garcilaso, Herrera y Rioja, que crearon un lenguaje propio para la expresión del amor.

De a poco va construyendo una concepción nueva de la literatura, en especial de la poesía en prosa y verso, que le muestra claramente por dónde debe encaminar su trabajo literario. Descubre que es por el camino del sentimiento. Ese camino, que ya le había mostrado los sueños de la niñez y la juventud. Entonces expresa: 

“El ángel de las ilusiones nos conduce sobre sus doradas alas a un mundo desconocido, a esa región que tanto halaga nuestros sueños de juventud (...) Entre la niñez y los primeros sentimientos del amor hay una edad incomprensible para nosotros (...) Qué edad más hermosa que la juventud, que esa edad en que el hombre en el estado casi de una inocencia envidiable (...) La poesía, la música, la pintura, las bellas artes, todo lo más hermoso y más perfecto es hijo de este entusiasmo”.

Aunque su trabajo periodístico le otorga algún prestigio, y alguna forma modesta de sobrevivir, es realmente el conjunto de sus “Rimas y leyendas” lo que lo hace célebre y le otorga sitial de honor en el concierto literario del mundo.

“Rimas y leyendas”

Publicado en 1871, “Rimas y leyendas” está compuesto de 76 rimas y 25 leyendas. Las Rimas expresan, en su sencillez y estructura formal, múltiples sentimientos de una manera clara y sugerente; en ellas, Bécquer ensaya formas del lenguaje que le permiten conseguir poemas verdaderos, construcciones verbales en las que queda aprisionada la poesía.

Los temas son auténticamente poéticos, teniendo en cuenta que para él es poético todo aquello que implique un grado de belleza superior, por entrar en el ámbito del misterio: el amor, la admiración ante la naturaleza y ante lo bello; la pregunta cósmica del hombre, la fe, los sentimientos, el dolor, la soledad.

Tanto en las Rimas como en las leyendas, está claro que la poética para Bécquer está alimentada del misterio, cuyo componente es la belleza, cayendo incluso en la esfera de lo inefable, que es aquello que la lengua no puede definir y menos delimitar.

En las Rimas, cantadas por generaciones enteras, encontramos desarrollos temáticos como la poesía misma (rimas “I”, “XI”), el amor (rimas “XII”, “XXIX”), el desengaño (rimas “XXX”, “LI”), el dolor y la angustia (rimas “LII” y “LXXI”).
Dice Bécquer, en su “Rima LIII”:

“Volverán las oscuras golondrinas 
en tu balcón sus nidos a colgar,
 y otra vez con el ala a sus cristales 
jugando llamarán.

Pero aquellas que el vuelo refrenaban 
tu hermosura y mi dicha a contemplar, 
aquellas que aprendieron nuestros nombres... 
¡esas... no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas 
de tu jardín las tapias a escalar, 
y otra vez a la tarde aún más hermosas 
sus flores se abrirán.

Pero aquellas, cuajadas de rocío 
cuyas gotas mirábamos temblar 
y caer como lágrimas del día... 
¡esas... no volverán!

Volverán del amor en tus oídos 
las palabras ardientes a sonar; 
tu corazón de su profundo sueño 
tal vez despertará.

Pero mudo y absorto y de rodillas 
como se adora a Dios ante su altar
como yo te he querido...; desengáñate, 
¡así... no te querrán!”

Las “Leyendas” son narraciones cortas, auténticas muestras de poesía en prosa, donde se aprecia a un Bécquer maestro absoluto en el terreno de la prosa lírica. De exuberante belleza, se acuñan perfectamente en la definición de romanticismo.

En ellas se expresa la poética más avanzada: Intuición, misterio, búsqueda. Esto constituye la belleza para Bécquer: un ideal presente en el mundo, pero escondida, y que debe ser perseguida en medio de una oscuridad atrayente, pero también terrorífica.

Leyendas como “Los ojos verdes”, “Maese Pérez el organista”, “El rayo de luna”, “Creed en Dios”, “El beso”, entre otras, son de extraordinaria belleza y de obligada lectura. 

Un fragmento de “Los ojos verdes”, dice:

“Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título. Hoy, que se me ha presentado ocasión, lo he puesto con letras grandes en la primera cuartilla de papel, y luego he dejado a capricho volar la pluma.

Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tal cuales ellos eran: luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano. De todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para hacerme comprender en este que pudiéramos llamar boceto de un cuadro que pintaré algún día”.

Hay que decir de Bécquer, que Rubén Darío, Miguel de Unamuno, Antonio y Manuel Machado, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, entre otros, lo han considerado como figura fundacional, descubridora de nuevos mundos para la sensibilidad y la forma expresiva.

Acosado por sinsabores y apremios económicos; refugiado en su mundo interior y sin ver publicada su obra completa, le sorprende la muerte, como ya se dijo, el martes 22 de diciembre de 1870, trayéndole como presea la gloria terrenal. La inefable gloria literaria terrenal que sobrevive al tiempo y a los hombres.  Contaba entonces, nuestro poeta, ¡con tan solo 34 años de edad!

“La cruz del diablo”, fragmento

“El crepúsculo comenzaba a extender sus ligeras alas de vapor sobre las pintorescas orillas del Segre, cuando después de una fatigosa jornada llegamos a Bellver, término de nuestro viaje. Bellver es una pequeña población situada a la falda de una colina, por detrás de la cual se ven elevarse, como las gradas de un colosal anfiteatro de granito, las empinadas y nebulosas crestas de los Pirineos.

Los blancos caseríos que la rodean, salpicados aquí y allá sobre una ondulante sábana de verdura, parecen a lo lejos un bando de palomas que han abatido su vuelo para apagar su sed en las aguas de la ribera.

Una pelada roca, a cuyos pies tuercen estas su curso, y sobre cuya cima se notan aún remotos vestigios de construcción, señala la antigua línea divisoria entre el condado de Urgel y el más importante de sus feudos. A la derecha del tortuoso sendero que conduce a este punto, remontando la corriente del río y siguiendo sus curvas y frondosos márgenes, se encuentra una cruz.

El asta y los brazos son de hierro; la redonda base en que se apoya, de mármol, y la escalinata que a ella conduce, de oscuros y mal unidos fragmentos de sillería.
(…)

Yo había adelantado algunos minutos a mis compañeros de viaje, y deteniendo mi escuálida cabalgadura, contemplaba en silencio aquella cruz, muda y sencilla expresión de las creencias y la piedad de otros siglos.
(…)

Impulsado de un pensamiento religioso, espontáneo e indefinible, eché maquinalmente pie a tierra, me descubrí, y comencé a buscar en el fondo de mi memoria una de aquellas oraciones que me enseñaron cuando niño; una de aquellas oraciones, que cuando más tarde se escapan involuntarias de nuestros labios, parece que aligeran el pecho oprimido, y semejantes a las lágrimas, alivian el dolor, que también toma estas formas para evaporarse.

Ya había comenzado a murmurarla, cuando de improviso sentí que me sacudían con violencia por los hombros. Volví la cara: un hombre estaba al lado mío.

Era uno de nuestros guías natural del país, el cual, con una indescriptible expresión de terror pintada en el rostro, pugnaba por arrastrarme consigo y cubrir mi cabeza con el fieltro que aún tenía en mis manos.

Mi primera mirada, mitad de asombro, mitad de cólera, equivalía a una interrogación enérgica, aunque muda.

El pobre hombre sin cejar en su empeño de alejarme de aquel sitio, contestó a ella con estas palabras, que entonces no pude comprender, pero en las que había un acento de verdad que me sobrecogió: -¡Por la memoria de su madre! ¡Por lo más sagrado que tenga en el mundo, señorito, cúbrase usted la cabeza y aléjese más que de prisa de esta cruz! ¡Tan desesperado está usted que, no bastándole la ayuda de Dios, recurre a la del demonio!

Yo permanecí un rato mirándole en silencio. Francamente, creí que estaba loco; pero él prosiguió con igual vehemencia:
-Usted busca la frontera; pues bien, si delante de esa cruz le pide usted al cielo que le preste ayuda, las cumbres de los montes vecinos se levantarán en una sola noche hasta las estrellas invisibles, solo porque no encontremos la raya en toda nuestra vida.
Yo no puedo menos de sonreírme.
-¿Se burla usted?... ¿Cree acaso que esa es una cruz santa como la del porche de nuestra iglesia?...
-¿Quién lo duda?
-Pues se engaña usted de medio a medio; porque esa cruz, salvo lo que tiene de Dios, está maldita... esa cruz pertenece a un espíritu maligno, y por eso le llaman La Cruz del Diablo”.

Ilustración: Mateo Camargo H.
Articulo: http://www.elmundo.com  27/12/2012

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