dimanche 9 décembre 2012

Roger BARTRA/ Octavio PAZ, redentor


Artículo
Octavio PAZ, redentor
Por Roger BARTRA

La publicación de Redentores, el último libro de Enrique Krauze, ha desatado numerosas polémicas a lo largo y ancho de América Latina. A partir de esta obra, Roger Bartra analiza el peculiar caso del Nobel mexicano, quien –luego de abandonar su militancia comunista de juventud– osciló etnre un liberalismo de tono menor y una obstinada fe en la redención revolucionaria.

En la historia de las ideas del siglo XX hay momentos fascinantes que marcan la transición de algunos escritores y pensadores revolucionarios a una condición diferente y difícil de definir. La nueva condición puede ser liberal, utópica, libertaria, posmoderna o religiosa. Esta conversión ocurre generalmente en los momentos en que la tensión o la crisis política motivan a muchos intelectuales a meditar sobre su responsabilidad y su participación en los flujos políticos y sociales. Enrique Krauze, en su magnífico libro Redentores (Debate, México, 2011), se ha propuesto, entre otras cosas, examinar algunos de estos procesos de conversión o escudriñar los motivos que bloquearon la transición. Se trata de una colección de biografías de pensadores y líderes latinoamericanos; cada una es una pieza vívida y crítica, impregnada de entusiasmo personal por las ideas y los hechos. La prosa de Krauze es lúcida y la narrativa es apasionante. Le interesa, en algunos casos, observar el tránsito entre el comunismo y el liberalismo. ¿Cómo se pasa de la redención a la democracia? ¿Cómo se renuncia a la revolución para abrazar el liberalismo? ¿Qué es lo que detona el desencanto? La presencia o ausencia de este proceso de transición ha sido ampliamente discutida e investigada, especialmente en Europa. La vida y la obra de intelectuales como André Gide, Arthur Koestler, Jean-Paul Sartre, Jorge Semprún, Ignazio Silone y muchos otros han sido examinadas largamente. ¿Qué sucede en el espíritu de una persona que abandona alguno de los grandes mitos del siglo XX ligados a la redención, como el comunismo, el marxismo, la revolución, la liberación nacional o el hombre nuevo? Para reflexionar sobre este problema me referiré al largo capítulo que Krauze dedica a Octavio Paz, el más extenso y emocionalmente comprometido de todo el libro. No dejaré de mencionar algunas experiencias personales, pues he estado implicado en este proceso complejo de abandonar el mito de la revolución.

Octavio Paz sufrió una lenta conversión que lo alejó de sus convicciones radicales juveniles. Podemos observar otros dos casos paralelos, en los que encontramos el ejemplo paradigmático de una transformación casi perfecta (Mario Vargas Llosa) y la situación de un escritor que tercamente se ha negado a abandonar su castrismo (Gabriel García Márquez). La vida de Octavio Paz no se deja reducir a ninguno de estos dos extremos y Enrique Krauze se propuso investigar los laberínticos vínculos de Paz con la revolución. El resultado de esta exploración es una de las más agudas críticas que se hayan hecho al pensamiento político de Paz, una crítica sin embargo atenuada por la gran admiración que siente Krauze por el poeta. Para él, Octavio Paz no logró culminar su travesía liberal y se mantuvo siempre, hasta el final, como un revolucionario. No abandonó nunca totalmente su vocación redentora.

Una anécdota es ilustrativa. A principios de los años noventa, durante una cena, el escritor José Luis Martínez, buen amigo de Paz, le dijo: “Octavio, tú en realidad nunca fuiste revolucionario”. Paz se indignó enormemente. Krauze comenta que Paz “había practicado la revolución a través de la poesía y el pensamiento” y que en el poeta hubo siempre una llama revolucionaria viva. Por ello también afirma que “la democracia liberal no podía saciar a Paz. Era demasiado insípida y formal”.

Esto no quiere decir que Paz se hubiera quedado anclado en su marxismo y su cercanía a los comunistas de los años treinta y cuarenta. No se había atrevido a defender a André Gide cuando el escritor francés fue atacado en España por haber denunciado la represión stalinista, en el Congreso de Escritores de Valencia. Siempre lo lamentó. En cambio sí tuvo el coraje de confrontar el dogmatismo de Pablo Neruda, que en los años cuarenta era cónsul de Chile en México. Sin embargo, en esa época, dice Krauze, Paz “seguía arraigado, sentimentalmente, a la revolución campesina y zapatista, e ideológicamente a la revolución mundial profetizada por Marx”.

En El laberinto de la soledad, Paz expresa de manera fulgurante su amor a la revolución, a esa “súbita inmersión de México en su propio ser”. Krauze comenta que el poeta siempre pensó “que México había encontrado su camino en la revolución mexicana”. Cuando se publicó El laberinto, José Vasconcelos exaltó el hecho de que Paz rechazase el liberalismo, pero insólitamente le reprochó haber olvidado el impulso democrático original de la revolución, encarnado en el ideario de Francisco Madero. Krauze observa que esta crítica la hace un Vasconcelos simpatizante del fascismo, no un liberal, y comenta melancólicamente que “Paz comenzaría a entender el sentido de esa crítica en 1968”.

¿Inicia Paz en 1968 su travesía liberal? Después de tantos años de servir al Estado revolucionario mexicano, el poeta comienza a dudar y proclama su ruptura al renunciar como embajador de México en la India. Pero no renuncia al ideal revolucionario, aunque este ideal ya no será, desde luego, el de la revolución bolchevique ni el de la revolución cubana. Se vuelve un crítico ácido de los avatares de la revolución mexicana, pero no la abandona por completo. Aceptó que el gobierno de Luis Echeverría le había “devuelto la transparencia a las palabras” y cobijado por el ambiente de apertura comienza a publicar la revista Plural, donde colaboraba un amplio abanico de escritores. Sin embargo, Krauze hace notar que los “iracundos jóvenes de 1968 casi no tuvieron representación” en la revista y observa la ausencia de Gabriel García Márquez.

No obstante, dice Krauze, Paz escribe para los lectores de izquierda, actitud que mantuvo toda su vida.

Estoy completamente de acuerdo con esta idea. Quiero recordar que hace más de treinta años, en 1979, cuando una apertura legal permitió a la izquierda radical participar en las elecciones, escribí un artículo en el que imaginaba que Paz votaría por el Partido Comunista: “La tragicómica batalla que Octavio Paz ha organizado contra el marxismo es, a todas luces, una áspera guerra consigo mismo. Atrapado como está por el príncipe moderno, entabla una lucha por sepultar a ese comunista que subsiste, agazapado, en el fondo del espíritu de Octavio Paz. Por eso, a pesar de todo, no logra convertirse en un intelectual anticomunista y reaccionario: sigue siendo, pese a todo, un intelectual que escribe para la izquierda y cuyas mejores ideas y descubrimientos serán (y son) recogidos por la izquierda” (Unomásuno, 8 de junio de 1979).

Afirmar en aquella época que Paz era un intelectual que escribía para la izquierda, y decir que la izquierda recogía sus ideas, contrastaba con la actitud de muchos que lo consideraban como un intelectual autoritario de derecha. En 1977 había tenido una dura querella con Carlos Monsiváis sobre el socialismo, y en 1984 su efigie fue quemada por algunos ultraizquierdistas frente a la Embajada de Estados Unidos. Pero había mucha gente de izquierda que leía y apreciaba a Paz, aunque lo criticaban. En aquella época en la izquierda se discutía mucho y todo estaba sujeto a crítica. En mi artículo también afirmé que las “bofetadas que con tenaz regularidad reparte Octavio Paz a los marxistas son dolorosas porque van cargadas de razón”. No dejé de criticarle a Paz su cercanía con el Leviatán filantrópico, pero reconocía que había duendecillos comunistas, que aún habitaban los edificios de las iglesias militantes, y que tenían lazos secretos con su poesía.

Krauze cree que Paz estaba solo “frente a una cultura doblemente hegemónica: el nacionalismo gobiernista y el dogmatismo de izquierda”. No creo que fuera así: la izquierda en su conjunto (la dogmática y la no dogmática) fue un fenómeno completamente marginal y minoritario. No era hegemónica ni siquiera en las universidades, salvo algunos casos exóticos. Paz no pudo o no quiso aceptar que había muchos “duendecillos comunistas” que lo apreciaban y lo querían. Tampoco Krauze parece reconocer que, detrás del griterío, había una izquierda democrática que admiraba el pensamiento crítico del poeta y que se hallaba dispersa en muy diversos ámbitos, desde los partidos hasta las universidades. Paz había ido a la Unam el 10 de junio de 1971 a dar una lectura de su poesía; el acto se suspendió cuando se supo de la sangrienta agresión a los estudiantes por parte de los llamados Halcones organizados por el gobierno. Desde entonces no había querido volver a la universidad, hasta que en 1980 lo convencí de que participase en una mesa redonda para discutir el manuscrito de mi libro Las redes imaginarias del poder político, donde también participarían el escritor Carlos Monsiváis y el filósofo Luis Villoro. Paz aceptó con la condición de que el acto no se abriese al público y asistiesen solo personas especialmente invitadas. La discusión fue muy animada y Paz quedó tan contento que nos invitó a los participantes y a algunos amigos a cenar a su casa. Allí decidimos que era necesario impulsar conjuntamente el debate sobre el socialismo y la izquierda. Para ello acordamos que las revistas Vuelta, dirigida por Paz, y El Machete, la revista mensual del Partido Comunista, que yo dirigía, harían un llamado a impulsar una discusión de altura. Con este fin Vuelta publicaría la intervención de Villoro y la mía, y El Machete publicaría las de Monsiváis y Paz. Poco después llamé por teléfono a Paz para cristalizar el acuerdo. Lo primero que me dijo es que no me convenía publicarlo a él pues la gente del Partido Comunista me crearía dificultades. Le contesté que estaba dispuesto a enfrentarlas y que yo tenía plena libertad para publicar lo que quisiera, sin censura. De hecho, el secretario general del partido, Arnoldo Martínez Verdugo, sabía de estos acuerdos con Paz y me había manifestado su apoyo: él también creía que Paz formaba parte del mundo de la izquierda. Paz, entonces, me confesó que a él no le convenía publicar en una revista comunista (seguramente temía perder la publicidad de algunas empresas). Así fue como se desvaneció una posibilidad de abrir la discusión en forma civilizada.

Pero debo decir que Paz había tenido en parte razón: los sectores más dogmáticos y duros del partido sí generaron dificultades y presionaron a la dirección para que cortase el subsidio a El Machete; la revista desapareció después de publicar solamente quince números. Hay que agregar que el partido estaba a punto de disolverse en una fusión con otras fuerzas de izquierda, algunas de las cuales veían con malos ojos a una revista tan heterodoxa como la que yo conducía. Dos dirigentes de esas fuerzas se opusieron tajantemente a que El Machete formara parte del nuevo partido: el dogmático Alejandro Gascón Mercado y el nacionalista Heberto Castillo.

Entre mis planes frustrados para impulsar y abrir la discusión se encontraba la posibilidad de implicar en ella a Gabriel García Márquez, quien había aceptado ser un miembro “secreto” de la redacción de El Machete. Asistía a las reuniones de la redacción en las oficinas de la revista y, algo típico del novelista colombiano, impulsaba y animaba nuestras actitudes críticas, heterodoxas e iconoclastas sin aceptar hacerlo público ni comprometerse por escrito. Gracias a la información que nos transmitía afiné mi actitud crítica hacia la revolución cubana, algo que él jamás ha querido hacer abiertamente y por lo cual ha sido criticado.

Quiero señalar que había un aspecto de las corrientes de izquierda reformistas y revisionistas que molestaba a Paz. Yo coincidía con él en que las revoluciones socialistas habían desembocado en Estados dictatoriales; pero yo agregaba la revolución mexicana a la lista de los movimientos que habían auspiciado regímenes autoritarios. Una gran parte de la izquierda comenzaba a rechazar la idea de revolución, para sustituirla por la de democracia. Y esto era algo que Paz no admitía fácilmente. Le gustaba más la interpretación trotskista según la cual la revolución mexicana se había interrumpido y era necesario continuarla. De alguna manera, Paz tenía alojada en su espíritu la idea de una maravillosa revolución permanente que podía aflorar tanto en la poesía como en la política, en el arte como en las instituciones.

Paz se volvió reformista pero era al mismo tiempo revolucionario. Por esto Krauze afirma que “no era liberal, sino un peculiar socialista libertario. Paz nunca dejó de ponderar el sistema político al que había servido. Negar esa historia era negar la revolución mexicana”. El poeta hizo un severo juicio del marxismo, del leninismo y del bolchevismo. Sin embargo, señala Krauze, faltaba un acusado en el juicio: el propio Octavio Paz. El poeta se dio cuenta y vivió la crítica como un intento acaso vano de expiar un pecado que, según dijo en 1975, “nos ha manchado y ha manchado también, fatalmente, nuestros escritos”. Desde luego que este pecado, para Paz, era infinitamente peor en Louis Aragon, Paul Éluard o Pablo Neruda, cuyo stalinismo los llevó a perder el alma (“Polvos de aquellos lodos”).

En 1985, Paz espera que el PRI, en un futuro contexto en que comparta el poder con otros partidos, vuelva al pasado, a sus orígenes, a la inmensa aspiración democrática de 1910: “Realizar esa aspiración será convertir efectivamente la revolución en institución” (“PRI: hora cumplida”). Tres años después, al comentar las elecciones de 1988, Paz no se convence de que el nuevo partido de izquierda encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas haya sido derrotado mediante un fraude descomunal, que no fue más que la continuación de los que se habían orquestado durante décadas. Le parece que la izquierda unida quiere volver al pasado y que se enfrenta a una fracción del grupo dirigente que es la más joven, inteligente y dinámica (encabezada por Carlos Salinas de Gortari, uno de los presidentes más odiados). No se percata de que Cuauhtémoc Cárdenas quería hacer precisamente lo que Paz le pedía al PRI en 1985: volver a los orígenes.

Lo curioso es que, aunque Paz recomienda a la izquierda agrupada en torno de Cuauhtémoc Cárdenas que abandone el populismo, genere un programa, se modernice y repudie el socialismo totalitario, es en el PRI donde finca sus esperanzas redentoras: “Deberá reformarse, dejar de ser un partido de Estado y transformarse en lo que podría y debería ser: un partido socialdemócrata de centro-izquierda”. Desde luego, como sabemos, eso fue precisamente lo que el presidente Salinas de Gortari bloqueó. Las tendencias socialdemócratas estaban en otro lado, en el PRD, y allí se han desarrollado, aunque hasta la fecha no han logrado cristalizar de manera fecunda ni frenar las tradiciones populistas. El PRI de 2012 es un partido que no se ha renovado, no ha propuesto nada nuevo, se sostiene en el autoritarismo de los gobiernos estatales que controla y avanza más gracias al fracaso y las debilidades de los otros partidos que por su propia creatividad.

Krauze afirma, con razón, que en aquella época Octavio Paz “entró en una zona de perplejidad”. Ciertamente, la confusión provenía de la llama viva de la redención revolucionaria que Paz mantenía en su espíritu, en un mundo donde la fe en la revolución estaba casi apagada, y en un México donde las ideas revolucionarias eran cada vez más un mito conservador que incluso podía adoptar formas religiosas.

Este tono religioso, como muy bien lo ve Krauze, tuvo una de sus más claras expresiones durante el intenso discurso inaugural de Paz en el congreso internacional que se reunió en Valencia en 1987 para conmemorar otro congreso, reunido cincuenta años antes en el mismo lugar, durante la Guerra Civil Española, y al que había asistido el poeta. Regresó al lugar de su pecado original para realizar un acto de expiación. Allí volví a ver a Paz, que se sorprendió de encontrarme en ese congreso; no nos habíamos visto desde 1980, en la Unam, y no me dí cuenta, hasta mi llegada, de que yo sería el único mexicano, además de Paz, que iría al congreso. Tampoco él se lo esperaba.

En el congreso Paz había dicho, como en confesión: “Quisimos ser los hermanos de las víctimas y nos descubrimos cómplices”. Recordaba su fe marxista de hacía cincuenta años, muda ante el terror que había desatado Stalin en la Unión Soviética. Me conmovió, pues mis orígenes están en la Guerra Civil Española y mis padres formaron parte de esas víctimas que Paz había ido a apoyar. Tuvieron que huir del franquismo y siempre detestaron el stalinismo. En mi intervención dije que estaba harto de las explicaciones globales, desencantado de los monopolios de coherencia y de los megasistemas: “Hemos sido agobiados por la culpa y el pecado, estamos sujetos a la lucha de clases, nos devora un complejo reptílico, el instinto de Tánatos nos asedia o el poder de Leviatán nos aplasta”. Definitivamente yo pertenecía a una generación que no se sentía manchada por los pecados stalinistas. Estaba harto de evocar enemigos y de la tradición bélica que había atrapado a mis padres. Paz había terminado su discurso diciendo que en Madrid, en la Ciudad Universitaria, a través de un muro había escuchado las voces de los franquistas; así entendió que los enemigos eran humanos. Yo ya no quería hablar de enemigos contra los cuales debía hacerse la revolución, o a los cuales había que redimir u obligar a expiar públicamente sus faltas.

Después de la caída del Muro de Berlín, Paz organizó en 1990 un gran acto de expiación para discutir y celebrar el hundimiento del bloque socialista, para reflexionar sobre el papel de los intelectuales, sobre la experiencia de la libertad, y para escudriñar el futuro del mundo. Me sentí representado allí por Mario Vargas Llosa cuando caracterizó el sistema político mexicano como una dictadura perfecta, lo que causó el enojo de Paz, quien defendió el régimen emanado de la revolución mexicana y dijo preferir una definición más aséptica: “dominación hegemónica de un partido”. Krauze dice acertadamente que en los últimos años de su vida “la historia y el azar le hicieron jugadas extrañas que lo dejaron perplejo”. La defensa de la revolución fue la que más perplejidades ocasionó al poeta en toda su vida.

Paz no fue un teórico de la política y por ello nos dejó ideas confusas e incluso contradictorias. El gran valor de sus ensayos políticos está en su poder metafórico, la agudeza con que sintetizaba sus juicios, la belleza plástica de sus imágenes y el gran refinamiento de su escritura. El motor de sus reflexiones políticas radicaba en la búsqueda incesante y en la crítica permanente de la idea de revolución, bajo todas sus encarnaciones. Acaso temía que si abandonaba esta idea se apagarían las luces con las que iluminaba su exploración de la política. La brillante anatomía biográfica de Krauze nos ayuda a comprender que el culto a la revolución dejó cicatrices en el pensamiento de Paz, pero al mismo tiempo las huellas de antiguas heridas lo estimularon a continuar su reflexión. 

Articulo: http://www.elmalpensante.com  08/2012