samedi 1 décembre 2012

Rubén ROMERO/ Costa GAVRAS: "El pueblo no exige libertad, exige comer. Para revertir la situación no podemos quedarnos callados".


ROLLING STONE
Costa GAVRAS: "El pueblo no exige libertad, exige comer. Para revertir la situación no podemos quedarnos callados".
Por Rubén Romero

La figura más reconocible del cine político, autor de películas como La caja de música, estrena nuevo trabajo. ¿Título? El capital. ¿Argumento? Los desmanes de la mafia financiera. En su encuentro con ‘Rolling Stone' da una lección de estilo y, claro, de compromiso. Artículo de Rubén Romero, publicado en Rolling Stone.

La figura más reconocible del cine político, autor de películas como La caja de música, estrena nuevo trabajo. ¿Título? El capital. ¿Argumento?

Los desmanes de la mafia financiera. En su encuentro con ‘Rolling Stone’ da una lección de estilo y, claro, de compromiso.

Entre nosotros, esas cosas no se denuncian”, le dice un banquero corrupto a otro que tal baila en un momento de El capital. Fuera de esa oligarquía bancaria que está llevando a la humanidad a la miseria, cada vez son más los que denuncian. El director Konstantinos Gavras (Atenas, 1933) es uno de ellos. Y no es sospechoso de oportunismo. Lleva denunciando injusticias desde 1969: primero fue Z, sobre los asesinatos políticos durante la dictadura griega; después Estado de sitio (1973) y Desaparecido (1982), sobre las acciones delictivas de la CIA en Sudamérica; o, por no extendernos, Amen (2001), retrato de la bochornosa connivencia entre el nazismo y la jerarquía católica. Medio siglo defendiendo los postulados de la izquierda y aguantando el sambenito de abuelo cebolleta.

Hasta ahora, claro, en el que la crisisestafa se ha empeñado en darle la razón.

¿Te has sentido solo durante tu trayectoria como cineasta político?
Es cierto que muchos de mis grandes amigos, como Yves Montand, Jorge Semprún o Simone Signoret ya no están entre nosotros, pero hay mucha gente que sigue trabajando para despertar conciencias en la sociedad, aunque no tengan la visibilidad que merecen.

¿Te molesta que siempre se te asocie con el cine comprometido?
Todo lo que hacemos tiene que ver con la política, y el que diga lo contrario, miente. No hacer cine político, también.

Como griego, tuviste que exiliarte por la Dictadura de los Generales; como residente en Francia, viviste el Mayo del 68; y ahora ha llegado esta crisis… ¿Cuál es tu análisis?
Grecia es un horror. Su situación es dramática y ha retrocedido muchísimo en el tiempo: está igual que durante la posguerra… De España no te puedo contar mucho, pero sí que creo que sus protestas son parecidas a las francesas. Tal vez en España tengan más contenido porque no se han producido los estallidos raciales de la periferia de París. De todas maneras, ni una ni otra son herederas de las de Mayo del 68. Aquella era una sociedad pudiente, rica. Entonces la gente salía a la calle para exigir libertad; ahora lo hacen porque tienen hambre.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Porque no se les ha parado los pies a los bancos. Ahora mismo los estados no tienen ningún tipo de poder, y los gurús financieros manipulan a los gobiernos a su antojo. El dinero no desaparece, solo cambia de manos.

En el momento cumbre de su filme, el protagonista grita a su consejo de dirección: “Somos los nuevos Robin Hood: ¡robamos a los pobres para dárselo a los ricos!”.
Es gracioso, porque cuando presenté el proyecto de El capital, los productores decían que era una exageración… Cuando la acabé, me di cuenta en seguida de que me he quedado corto retratando su falta de escrúpulos.

Es usted un referente de la izquierda europea. ¿Por qué los partidos progresistas no son capaces de encontrar respuestas a la crisis?
¡Ah, si lo supiera! [Risas]. Fíjate en Hollande, que en poquísimo tiempo como presidente francés ha decepcionado a tanta gente… No soy un político. Intento cambiar las cosas y buscar que los espectadores reaccionen ante las injusticias que reflejo en mi cine pero, al final, la búsqueda de soluciones no corresponde a los cineastas.

Sin embargo, existe cierta contradicción entre el glamour del Séptimo Arte y la situaciones que denuncia. Sin ir más lejos, Gad Elmaleh, protagonista de ‘El capital’, es el novio de Carlota Casiraghi, miembro de la familia real de un paraíso fiscal…
Pobre Carlota, ella no sabe nada de todo esto. Tiene 26 añitos y ha vivido toda su vida en un palacio, ¿qué puede saber de la vida? De la realidad sólo le interesan los caballos y Gad, del que está perdidamente enamorada…

Carlota estuvo con su novio en la première mundial en Toronto: ¿qué le pareció el filme?
Recuerdo que me dijo: “Uy, a estos ejecutivos que salen en la película los conozco. Están todo el día paseando por Mónaco”.

La pregunta más difícil: ¿hay solución o tiramos la toalla?
Para nada. Soy un optimista convencido. Creo que el ser humano está capacitado para revertir la situación y construir un mundo más justo. Pero para hacerlo, no podemos quedarnos ni callados ni sentados.

Articulo : http://www.elboomeran.com 27/11/2012

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Costa-Gavras: "Todo el cine es político"
Por Juan SARDÁ

Si hay un cineasta que no podía dejar de dar su visión sobre la coyuntura económica que vivimos ése es Costa-Gavras, que estrena 'El Capital'. Acostumbrado y comprometido con temas de gran sensibilidad social y política, el director habla con El Cultural sobre las entrañas de la crisis, la repercusión en su país, Grecia, y su relación con el cine, en especial con compañeros como Theo Angelopoulos.

“Los bancos robáis a la gente tres veces”, dice un airado personaje en El Capital. “La primera, a vuestros empleados cuando les echáis aun teniendo beneficios. La segunda, a los clientes sangrándolos con vuestros créditos. Y la tercera, destrozando el estado del bienestar porque los países tienen que gastarse todo el dinero en deuda y ya no pueden sufragarlo”.

Parece lógico que Costa-Gavras, el cineasta que durante décadas ha ejercido el papel de conciencia de Europa, aborde una situación que concentra muchas de las iras ciudadanas: “A los grandes dirigentes del mundo de hoy sólo les preocupa el capital, las finanzas”, explica a El Cultural el cineasta. “Estuve a punto de cambiar el título para que no haya confusión con el libro de Marx, pero al final lo dejé como estaba en la novela porque la película habla de eso, de cómo el capitalismo salvaje se ha adueñado de nuestra sociedad”. 

Hay que decir que la película está basada en la novela homónima de Stéphane Osmont El capital, escrita en 2004 pero recontextualizada en la crisis económica actual. Está protagonizada por un joven financiero que es ascendido a presidente de un gran banco francés, Marc Tourneil (interpretado por Gad Elmaleh), dispuesto a todo para multiplicar los ingresos de su corporación orientándola hacia los mercados financieros y dejando atrás la época en que ‘solo' se dedicaban a prestar dinero y a los planes de pensiones.

“El cambio ha sido inmenso”, dice el director, “los gobiernos acaban siendo prisioneros de las juntas de accionistas de los bancos, que siempre quieren más. Es un sistema perverso en el que el poder ya no se basa en lo social sino en la codicia de unos pocos. En Francia los bancos están ocupados por cientos de jóvenes que pasan la vida moviendo millones desde su pantalla de ordenador. Veamos una paradoja increíble. El brokerJerôme Kerviel perdió cinco mil millones de euros en una sola semana sin moverse de su sitio especulando con ingentes cantidades de dinero. Al mismo tiempo, el gobierno francés acaba de subir los impuestos a los jubilados para recaudar exactamente la misma cifra. Es un sinsentido”. 

Como diría el clásico, se castiga el pecado pero no al pecador. Tourneil, el simpático protagonista de la película, es uno de esos advenedizos que, como Julien Sorel, el héroe de Rojo y negro, logra causarnos empatía porque en su escalada social hay algo de ese mito del working class hero, el chico normal y corriente que logra hacerse un hueco entre los poderosos e incluso tomarse la revancha. 

Banqueros y función social

“Es demasiado fácil decir que los banqueros son los malvados del mundo. Hay una parte de su trabajo que cumple una función social muy importante. Además, no cumplen ese papel de villanos en la vida cotidiana. Los vemos constantemente por televisión y en los periódicos, suelen ser personas que hablan muy bien y tienen un aspecto excelente. Los banqueros son ídolos, los gobiernos son los primeros que colaboran activamente con ellos. En ese protagonista he querido también poner una nota de optimismo. Vengo de un país, Grecia, que ha sufrido las mayores desgracias y siempre ha sabido salir adelante. Estamos en un momento muy difícil pero confío en la capacidad del ser humano para remontar y en la decencia de algunas personas que dominan el mundo. Siempre existe una alternativa”. 

Costa-Gavras ha destacado por ser un director mucho más preocupado por el contenido que por la forma. Sus películas parten de tramas bien estructuradas, de corte clásico, a veces con un estilo descuidado o esquemático pero siempre con asuntos muy claros: la dictadura militar en Grecia en Z (1969), la política estadounidense en Suramérica en Estado de sitio (1972) y Desaparecido (1982) o el nazismo en Sección Especial y La caja de música (1989). 

Al componente de denuncia, siempre muy ligado a la actualidad de cada momento histórico, le acompaña el evidente gusto del director por el drama shakespeariano, las luchas de poder, las conspiraciones, los crímenes y las bajezas de quienes dominan nuestros destinos. Si antes el poder estaba en manos de los gobiernos y los políticos y contra ellos lanzaba sus dardos, que Costa-Gavras los sustituya por los grandes ejecutivos es sólo un signo de los tiempos y de que sigue en forma. “Desde los griegos hacemos espectáculo.Vamos al cine para amar, para detestar, para saber que estamos vivos. Todo el cine es político, todas esas películas de acción de Hollywood son muy políticas, incluso las comedias románticas más tontas. No veo ninguna contradicción entre hacer espectáculo y hacer películas desde un punto de vista político, es imposible escapar a eso”. 

Mientras Theo Angelopoulos, el otro gran cineasta griego del siglo pasado, arremetía contra la estética y la narrativa convencional de Costa, éste se muestra mucho más diplomático: “Theo tenía su opinión y la respeto pero no entiendo eso de que para ser de izquierdas haya que renunciar al componente de entretenimiento del cine. Yo hago películas para el público. Él nos has dejado una obra formidable y lamenté mucho su muerte”. La polémica entre estos dos grandes del cine europeo queda zanjada. Tal grado de diplomacia contrasta con el estilo airado de Angelopoulos y concuerda a la perfección con el del propio Costa-Gavras, un hombre de izquierdas moderado, un clásico socialista a la europea, a favor de un capitalismo regulado y del estado del bienestar, como queda claro en la película. 

“La caída del comunismo ha sido mala para el capitalismo”, reflexiona. “Cuando había dos bloques los soviéticos actuaban como freno a los excesos del capitalismo. Los gobiernos se sentían obligados a acotar los límites del sistema y a preocuparse por los asuntos sociales. Cuando cayó el muro cayeron con él todas las cortapisas morales. Habían ganado y tenían derecho a llegar hasta el final”. En la película, Costa-Gavras contrapone de forma clara el capitalismo europeo con el estadounidense, cuyos ejecutivos son definitivamente los villanos sin matices. Son cosas, también, de ese esquematismo tan propio de un cineasta para el que siempre ha sido más importante ser claro que preciso. 

Con una imponente mata de pelo gris, delgado y aspecto de galán a lo Cary Grant, Costa Gavras es quizá uno de los últimos representantes de ese caballero europeo culto, refinado y preocupado por los problemas del mundo, ese intelectual comprometido a la francesa que hoy está en total decadencia. Parece tan alerta y despierto como siempre: “Las nuevas generaciones te obligan a adaptarte. Me fascina, por ejemplo, su manejo de la elipsis”. Finalmente, la multiplicidad de pantallas a través de las que se mueve el cine actual le produce al veterano director inquietud y, al mismo tiempo, esperanza: “El cine reivindica hoy más que nunca el placer de la imagen. Su mito hay que preservarlo porque tiene un gran futuro”. 

Articulo : http://www.elcultural.es 30/11/2012

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