jeudi 27 décembre 2012

Sergio RODRIGUEZ BLANCO/ Cuatro horas con Leonora CARRINGTON


Entrevistas
Cuatro horas con Leonora Carrington
Por Sergio RODRIGUEZ BLANCO

La última pintora surrealista murió en México en mayo de 2011. Este encuentro, transcurrido en su casa años atrás, revela la mística y misterios de "la novia del viento".

El soplo frío que suele abrazar los atardeceres de diciembre en la Ciudad de México se había instalado en la atmósfera de la casa. Sentada en una silla de madera, la última pintora surrealista dejó de mirar a la gata que se rozaba dando vueltas alrededor de mi mochila y dirigió sus ojos de 88 años a los míos.

Cuatro horas antes, me había abierto camino por la Colonia Roma hacia la casa de Leonora Carrington. Era un lunes 12 de diciembre de 2005 y, quizá por ser la festividad de la Virgen de Guadalupe, una calma fantasmagórica palpitaba en esas calles muy alejadas de la basílica donde peregrinan cada año miles de devotos. La casa de la mujer nacida en Lancashire, Inglaterra, tenía el aspecto de una fortaleza de otro tiempo. 

Cuando pulsé el timbre, los vaticinios de quienes sabían que Leonora me iba a recibir resonaron en mi memoria como campanadas: “Nunca da entrevistas y es huraña”, “A lo mejor conversa poco porque no domina el español”, “Nunca habla del pasado ni de su pintura, así que no le preguntes de esos temas”. Cuando se abrió la puerta, apareció una mujer espigada, con el cabello gris recogido hacia atrás, y un suéter lila. 

–Pase. Llega temprano.

En el recibidor, los travesaños horizontales sujetaban un techo pintado de blanco. Un aparato telefónico atestiguaba que ese rincón, presidido por una enorme vasija de la cultura huichol, era el lugar de sus conversaciones a distancia.

–La gata sabe que usted ha llegado. No está aquí porque tiene miedo en general a los hombres –dijo Leonora–. A mi marido no, pero él está arriba, en la cama. 

Luego mencionó algo más sobre Emerico “Chiki” Weisz, un dato sin importancia, pero me hizo darle mi palabra de que no lo publicaría.

–Lo aprecio –agradeció–, porque yo tengo la mala costumbre de decir lo que me pasa por la cabeza. Y eso no es bueno.

Sonó el timbre, y Yolanda, la mujer que ayudaba a cuidar al marido de Leonora, abrió a Juan Ignacio, el fotógrafo que me acompañaría el resto de la entrevista. Mientras él trataba de robarle alguna instantánea, Carrington lo miró de reojo con desaprobación:

–No empiece con eso –le dijo–, no tuve tiempo de cambiar por ropa bonita, lo que no tengo de todas maneras. 

El silbido de la tetera comenzó a templar el aire. Yolanda se apresuró a quitarla del fuego. Una cajetilla de Kent apareció sobre la mesa.

–Hay que dejar reposar el té unos cinco minutos. Ustedes no fuman, ¿verdad? Como los jóvenes de hoy. Yo sí fumo. Desde los once años.

Leonora se había criado en una mansión de campo en Lancashire gobernada por los designios de un padre casi siempre ausente, magnate de la industria textil, y una madre irlandesa venida a más que dejó la crianza de sus hijos en manos de las institutrices y de los cuentos celtas de la abuela. Para Carrington, expulsada en su niñez de varias escuelas de señoritas hasta recibir el sobrenombre de “la ineducable”, charlar era también un espacio para ejercer la rebeldía. Ya había demostrado hacía mucho tiempo que no le agradaban los titubeos, los mundos de apariencias ni los protocolos vacíos, y mucho menos cumplir las expectativas de otros en contra de su voluntad: por eso su presentación a los quince años en la corte de Jorge v no dio frutos a pesar de los esfuerzos de su madre por emparentar con la aristocracia.

Mientras recorría la casa de un salón a otro, el brío de sus piernas parecía negar que “la novia del viento”, como alguna vez la llamó el pintor surrealista Max Ernst, hubiera nacido en 1917, igual que la revolución rusa. De pie junto al fogón, con su cigarrillo aún sin encender en la mano levantada, no era tan difícil imaginarla muchísimo más joven, en el París previo a la gran contienda, en plena relación con Ernst, cuando apareció en una fiesta disfrazada de diosa romana, ceñida en una sábana de la que pronto se despojaría para quedar desnuda ante el gesto boquiabierto de los invitados. Casi setenta años después de ese episodio y de haberse convertido en la musa de los surrealistas, todavía quedaba en su anatomía menuda y larga algo de aquella pose envuelta en un torbellino de indocilidad.

Se puso el cigarrillo en la boca, acercó una llama azul a la punta del pitillo y aspiró con lentitud. Con su voz grave, me contó que el día anterior había estado dibujando. Después de un año de trajín, escaleras y desvelos a causa de la salud de su marido, una mejora repentina de Chiki la había llevado a retomar los lápices y pinceles.

–No le molesta si fumo –dijo con voz humeante–... En su casa no fumaré. 

La mezcla del tabaco y el té modificaron de nuevo el ambiente de la cocina. Las cafeterías, coincidencia o no, fueron para ella umbrales en los que su vida cambió de rumbo. Como aquella tarde de 1936 cuando era una estudiante de arte en Londres y la cerveza que le sirvieron estaba a punto de desbordarse, hasta que el dedo de Max Ernst irrumpió en el momento justo para taparla y evitar que se derramara. Fue un flechazo. Ella tenía 19 años, él 46. En 1937 se fugaría con él a Francia, entraría en el círculo surrealista y su vida abriría un capítulo de arte y pasión hasta que el estallido de la Segunda Guerra Mundial los alcanzara.

Años más tarde, en otra cafetería, en Lisboa, su suerte volvió a decidirse. Fue un par de años después de que los nazis capturaran en Francia a Max Ernst, que era alemán. Carrington había viajado a España en 1940 y había estado internada durante casi un año en un manicomio de Santander por intervención de su familia. Cuando la sacaron para conducirla a una nueva clínica en Sudáfrica, el custodio que la acompañaba aceptó que se detuvieran un momento en una cafetería: Leonora fingió dolor de estómago y se escapó por la puerta trasera. Poco después se casó con su amigo Renato Leduc, embajador de México en Portugal, para poder huir de Europa con inmunidad diplomática. Zarparon a Nueva York en 1942 y, tras una estancia breve, en 1943 un automóvil los llevó a México.

Leonora contuvo el humo y caminó al otro lado de la estancia. Exhaló una bocanada y hurgó en unos papeles hasta encontrar un periódico de la semana anterior: me lo mostró abierto en una entrevista que la calificaba como un “animal artístico”.

 –Yo creo que quien lo escribió se quería hacer el importante. Me enojé. Me parece un poco de mala leche porque en México ser un animal significa otra cosa. Lo que yo quería decir es que somos completa y realmente animales. No sabemos exactamente qué somos. Ustedes no aparentan ser agresivos, aunque usted –se dirigió a mí– como periodista seguramente lo es.

–Procuro no serlo. Prefiero conversar –le dije.

El cigarro casi se consumía en su mano izquierda, Leonora tenía exactamente la misma posición distraída que en una fotografía de 1946, tomada en la Ciudad de México cuando se casó con “Chiki” Weisz. En aquella imagen también sostenía un cigarrillo con una mano, mientras que los dedos de la derecha se entrelazaban con los de la izquierda de su segundo marido.

La infusión estaba lista. Entre sorbos, me dijo que su interés era sobrevivir, la salud de sus hijos y la de todos los animales, que a diferencia de los humanos son felices porque no se ponen a matar diciendo que es para el bien del mundo. Después retomó el tema del té: le gustaba “tan negro casi como el café”, y lo tomaba para ver si el cerebro funcionaba todavía. “No mucho”, concluyó, y me propuso pasar a otra clase de preguntas. 

–¿Sueña? –indagué.
–Algunas veces, pero no recuerdo ningún sueño en este momento. ¿Por qué pregunta eso, ha estado en psicoanálisis?
–Solo me daba curiosidad saber qué soñaba la última pintora de la corriente surrealista.
–Yo creo que dar explicaciones de la pintura es un poco gratuito; se intelectualiza algo que realmente no es del mundo del intelecto. 
–¿Y de qué mundo es?
–No sé. Si quiere tengo unos cuadros que le puedo enseñar. Pero no tomen fotos porque está un poco abandonado.

Más allá de las paredes de la cocina, toda la casa tiritaba. Al fondo de un pasillo se divisaba un cuerpo flaco sobre una cama grande. 

–Mira –señaló una de sus esculturas amontonadas en el corredor, tuteándome por primera vez en aquella tarde–, el modelo de esta pieza es cera. No parece, pero es. Tócalo. Delicadamente porque se puede caer. Pasemos si quieres. Yolanda, ¿está presentable el señor?

Primero entró Carrington. Tras ella, atravesé la frontera del dormitorio y empecé a compartir el oxígeno denso que respiraba Emerico “Chiki” Weisz, el marido de Leonora. Tenía 94 años y una sonrisa como la de los kurós de la Grecia antigua. Sus pupilas, dos esferas con mala vista, me inspeccionaban como un elemento extraño. 
–Chiki, mira, vienen a verte –dijo Leonora–. Les estoy enseñando la casa a estos jóvenes señores.

Esa anatomía casi inmóvil pertenecía a un viejo fotógrafo que pasaría los últimos años de su vida sin apenas hablar, hasta que murió el 14 de enero de 2007, dos años y un mes después de mi visita. Era difícil imaginar que el cuerpo delgado que vi entre las sábanas fuera el del judío húngaro que primero cruzó Europa a pie para escapar de la persecución nazi, después escapó de un campo de concentración en Argelia y finalmente logró arribar al puerto de Veracruz el 1° de octubre de 1942 a bordo del Serpa Pinto, el último barco que partió de Europa rumbo a América. Sus manos, estratégicamente junto al control a distancia de la televisión, se veían aún rollizas. Eran las mismas que construyeron la célebre “maleta mexicana”, perdida durante setenta años: unas cajas de cartón donde permanecieron ocultas las fotografías que tomó Robert Capa de la Guerra Civil Española, encontradas hace poco –aunque Weisz ya no lo llegaría a saber– en la mansión de un militar que las tuvo guardadas a unas manzanas de allí. Capa, su compatriota y mejor amigo, era quien le había conseguido los documentos falsos para llegar a México. Chiki conoció a Leonora en 1944 durante una reunión en la casa cercana de José y Kati Horna, la autora de la fotografía donde la artista sostiene un eterno cigarrillo a punto de agotarse y estrecha la mano de Weisz.

Lo saludé. Él solo mantuvo una sonrisa, casi ausente, hasta que la cámara de Juan Ignacio, apagada como nos había pedido la pintora, lo despertó. La sonrisa de Weisz cobró vida y sus ojos muy redondos se abrieron aún más, curioseando desde lejos la máquina digital.

Afuera, apretaban contra la ventana las hojas abundantes de una jacaranda que crecía en el patio interno. Desde que levantaron el edificio contiguo, las ramas aprisionadas entre cuatro muros condenaron las ventanas interiores a la penumbra. Sin embargo, la escasez de luz natural nunca fue un problema en el hogar de un fotógrafo que pasó media vida en el cuarto oscuro, y de una pintora atraída por los sortilegios medievales.

–¿Quieren ver mis cuadros? Esperen un momentito. Voy a buscar la llave de arriba.

La única forma de acceder al estudio de Leonora era a través de una escalera metálica de caracol que se rizaba por fuera de la casa. Desde el hueco del patio se elevaban por encima de nosotros las ramas más altas de la jacaranda en busca del penúltimo rayo del día. A pesar de la claridad, la luna ya había salido y le faltaba un gajo en la parte inferior. La pintora observó este detalle con ojos infantiles, como si fuera la primera vez que se percatara de las fases del satélite.

–No es llena. Nunca he sabido si está bajando o subiendo.

Buscó las llaves en el bolsillo y abrió la puerta del taller, una construcción que no formaba parte de la estructura original de la casa. Aquella fortaleza había sido una imprenta antes de ser el hogar del matrimonio Weisz Carrington, que ya llevaba casi sesenta años viviendo allí. Llegaron a la Colonia Roma cuando su hijo Pablo tenía tres meses y Gabriel poco más de un año. Muy cerca de allí vivía su amiga Kati Horna –húngara como Chiki– con su marido José Horna, un español que tenía terror a los nazis porque era gitano. Todos los refugiados que llegaron huyendo de la Guerra Civil Española y de la Segunda Guerra Mundial habían sufrido la severidad de la violencia y no querían recordarla. La misma Leonora, que en Europa dejó atrás a dos grandes enemigos –los nazis y su familia–, pronto encontró un hogar en aquel México donde también recomenzaban su vida todos los que serían sus amigos entrañables: Kati, José, la pintora Remedios Varo y su marido el poeta Benjamin Péret, el director de cine surrealista Luis Buñuel, Wolfgang Paalen y la pintora francesa Alice Rahon.

La casa de Leonora fue testigo de reuniones en las que casi siempre, como artistas de una vanguardia que se adaptaba a los tiempos, charlaban más sobre la creatividad venidera que sobre la melancolía del pasado europeo.
En seis décadas, la casa no había sido remodelada sustancialmente, y el día de mi visita la arquitectura conservaba el aspecto de cueva de druidas que ya tenía desde antes. La puerta del estudio estaba oxidada, pero no chirrió al abrirse. Era un espacio pequeño, pero suficiente para acogernos a Leonora, al fotógrafo y a mí. Un caballete vacío ocupaba el centro. No nos mostró las piezas que estaba dibujando porque, advirtió, nunca desvelaba su trabajo en proceso. En cambio, sacó de un aparador un par de óleos terminados. 

En el cuadro The White People habitaban seres de anatomías fuliginosas como las bocanadas de sus pitillos. Las presencias etéreas inspiradas en leyendas celtas son un elemento recurrente en la obra que Leonora desarrolló a partir de su llegada a México. En la estabilidad de su casa encontró un lugar propio para profundizar en las ciencias ocultas, el espiritismo, la astrología y la cábala. A diferencia del surrealismo europeo, en el universo de su pintura mexicana se acentúan fragmentos de su memoria y su imaginación, pero buceando en un mundo de referencias a la mística ancestral, la botánica o lo espiritual. El humor también puede rastrearse en sus cuadros. En el segundo óleo que nos mostró, La mesa redonda de los ejecutivos de venta, el juego de palabras se establecía entre el título de la pintura y la imagen, donde unos personajes vestidos con trajes de oficina que parecían pesar toneladas estaban resolviendo un asunto de vida o muerte.

–¿No se han fijado que estas mesas largas se llaman mesas redondas? –dijo señalando a la pintura–. Es tan absurdo como ser un ejecutivo de venta. Horrible. ¿Qué quiere decir “ejecutivo”? Yo no sé. Yo crecí en un convento. Me mandaron para educarme y no me eduqué mucho. No pasé ni un solo examen con más de dos puntos sobre cien. 

Las arquitecturas tenebrosas que recrean sus lienzos dan fe de que el viaje a Italia que hizo de muy joven, y sobre todo su paso por la ciudad de Siena, influyó en su mirada mucho más que las lecciones de las religiosas. 

Nos quedamos en silencio y contemplamos ambas pinturas durante un buen rato. Antes de que yo fuera a preguntarle algo sobre su trabajo, sacó su escudo:

–Yo no hablo de mi pintura, en general. ¿Usted sabe cuál es la diferencia entre la imagen y la palabra? Mire, se puso triste –dijo retándome de nuevo.

Traté de elaborar una buena respuesta rápidamente y le dije que la palabra a veces busca desentrañar los misterios de la imagen, y que en otras ocasiones, como en el arte conceptual, las palabras son parte de la propia obra.

–¿Cuál es el conceptual? ¿El que pone una caja con basura o donde sale un viejo paraguas sin telas, o algo así? Si el arte necesita una explicación, ¿dónde está lo visual?

Entonces agregó que pintar, ante todo, le divertía.

–Pero también hay lugar para la angustia, un sabor áspero que llega, sobre todo, cuando no encuentro las formas que estoy buscando.

–¿El arte tiene que ver con explorar los deseos?

–Sí, todos hacemos eso –respondió–. 

Miró la noche que se nos venía encima y su expresión cambió: nos confesó que se sentía una mujer cobarde y nos preguntó si nosotros también lo éramos. Le dijimos que sí.

–Todos tenemos algo de cobardes –sentenció mirando a lo alto.

Se acordó de que era una jornada festiva y que muchos peregrinos estarían adorando el lienzo de la Virgen Morena del Tepeyac.

–Ah, esto me gusta: el cuento de la Virgen de Guadalupe; pero hay muchas diosas, como la Coatlicue. ¿No se ha fijado usted en la cabeza de Coatlicue? –me dijo, con referencia a una pieza prehispánica de los aztecas–. Véalo, son dos cabezas de serpiente hacia la cara; yo me fijé en esto.

–¿Qué le gusta más de México? –le pregunté.

–Me gusta que aquí todavía vive el mito. Hace unas tres semanas volví a visitar el Museo de Antropología. Yo no había ido desde no sé cuándo y me sorprendí. Una tal imaginación. Lo que lamento un poco es que no se ve mucha imaginación en el arte actual, en ninguna parte. No estoy hablando en particular de México, pero no hay imaginación ni cierto conocimiento técnico; parece que eso ya no existe.

–¿Se ha fijado en que tengo las manos muy grandes? Extienda la suya.

Atendí su petición y puso su gran palma sobre la mía.

–Dicen que las manos grandes son de partera. Sé que es muy misterioso mi gusto por trabajar con las manos, pero me proporciona una paz interior que nada más me da. Si no fuera pintora, sería alguna otra cosa con las manos: albañil o carpintera. 

Se quitó la gabardina y se acomodó en un sillón, en mitad de lo que parecía una sala de paso. En realidad era una pequeña biblioteca “sin libros valiosos económicamente, solo por los recuerdos”. Los estantes albergaban volúmenes oscurecidos por el uso, todos en inglés, el idioma en que siempre se comunicaba con sus hijos. Explicó que si hubiera podido conocer a un escritor le habría gustado que le presentaran a Ian McEwan, autor de Expiación, una novela de amor y culpa ambientada en la Segunda Guerra Mundial. La imagen de Cecilia, la hija mayor de la familia Tallis, saliendo empapada de una fuente solo con ropa interior mientras los ojos de Robbie la espían, bien podría haber estado basada en la juventud tumultuosa de Carrington.

–Me gusta mucho como escribe McEwan. Es para mí la perfección. Es de una sencillez total. Ni una palabra sobra. Y me gusta también porque escribe poco; no escribe como si una gallina pusiera huevos.

Busqué sin suerte un ejemplar del libro que le regaló su madre en los años treinta: Surrealism, de Herbert Read (1936). Sus páginas fueron una catapulta que le hizo descubrir las pinturas de Max Ernst, enamorarse de ellas y luego de él, y entrar en el círculo parisino de los surrealistas liderado por André Breton. En esta pequeña biblioteca personal sin un ápice de polvo había algunos libros relacionados con la exploración del universo, como una antología de Dennis Richard Danielson titulada The Book of the Cosmos. En casa de una artista estudiosa de la magia antigua y del ocultismo también había libros poco predecibles: buena parte de un estante estaba dedicada a autores del género de horror como Stephen King, Peter Straub y Dean Koontz. Por los dobleces de las páginas amarillentas, se notaba que habían sido muy leídos o muy prestados.

–Antes leía libros de terror –dijo Leonora cuando vio mi cara de sorpresa–. Ahora prefiero otros más pacíficos. Los de terror me dan miedo. Algo que siempre hago es leer todo dos veces, por lo menos. Así no se me olvida.

Le pregunté por el libro de Read y evadió el asunto. En lugar de responder, me consoló con una anécdota infantil. Siendo niña, todavía en Inglaterra, soñaba con tener un gato de peluche como el gato Félix, para abrazarlo. Su madre le regaló un gato de juguete, pero era tan grande y duro que jamás pudo estrecharlo.

–El segundo regalo fue peor. Yo quería mucho a los caballos y recuerdo con horror un caballo de juguete forrado con piel. Yo pregunté si habían matado un caballo para hacerlo, y me dijeron que sí. Todavía siento ese olor a polvo.

Un regalo de sus padres que sí le agradó, al menos en el momento de recibirlo, fue una muñeca que se llamaba Elsie, pero la experiencia también fue castrante: estaba vestida de una forma tan delicada que nunca dejaron que la tocara.

–La guardaron bajo llave y de vez en cuando me la enseñaban. Era una frustración total.

Su mano jugaba con la tela roja del sillón mientras contaba estos episodios. Sublimaba con su risa las heridas infantiles. Quedó claro que cuando su madre, sin llaves ni prohibiciones, le regaló Surrealism, que además de pinturas incluía el ensayo “Límites/no fronteras del surrealismo” de André Breton, Carrington devoró las páginas hasta casi memorizarlas. Las consecuencias fueron de intensidad superlativa: la joven renunciaría a su vida burguesa para seguir el impulso del amor y el arte, a pesar del repudio de su familia.

De los recuerdos infantiles, saltó a su llegada a México en 1942. Recordó aquel viaje en coche desde Nueva York, cuando aún estaba casada con Renato Leduc y no hablaba casi español. Pasó su primera noche en el Hotel Regis y le llamaron la atención los árboles viejos de la Alameda Central. El hotel se derrumbaría en el terremoto de 1985.

–¿Recuerda esos primeros días en la Ciudad de México?

–Claramente. La primera persona que conocí fue Agustín Lara, y no me quería. 

–¿Por qué?

–Agustín Lara me preguntó: “¿Cómo le gusta México?”. Pero lo dijo de una manera tan agresiva que yo le contesté agresivamente: “¿Qué hay que gustar?, es un país como todos los países. Qué parte de México quieres saber si me gusta o no me gusta”, y se enfureció el angelito.

Yo no había leído esa anécdota del compositor mexicano en sus biografías. Ella me confirmó que nunca había querido buscarse enemigos, y menos pretendía hacerlo a sus 88 años. Me repitió que era asustadiza y que todos somos un poco cobardes, pero, a diferencia de otras anécdotas de aquella tarde, no me hizo jurar silencio. 

Entonces quise saber si ella estaba de acuerdo con la máxima que André Breton acuñó durante su viaje a México en 1938, cuando dijo que era el “lugar surrealista por excelencia”. Esa muletilla caló en la cultura popular a tal grado que aún hoy los mexicanos la repiten cuando se topan con las absurdidades de la vida cotidiana. Leonora, con total sangre fría, desmintió la frase del padre teórico del surrealismo.

–Yo creo que Breton tiró un poco las cosas hacia su propia invención. No creo que México sea surrealista. Para mí es más mitológico.

Leonora miraba de refilón al fotógrafo que había regresado del baño y tiritaba con la cámara en la mano. 

–Iba a dar la vuelta hasta allá, y estaba cerrado –explicó Juan Ignacio–.Vine para acá y pensé que era la puerta que estaba antes y entré en un cuarto oscuro. 

–Ex cuarto oscuro –corrigió Leonora–. Es para fotógrafo. Pero ya no. Y yo no me atrevo a hacer limpieza. Me pierdo. Chiki ya no lo usa. Él ya no hace nada. Qué lástima. Sería mejor que se comprara buenos lentes y leyera, pero no se puede forzar a alguien, ahora a estas alturas. Ahora solo ve televisión. No me habla.

La gata moduló un “miau” que sonó como un “sí”.

–Y usted, ya no me tome más fotos, porque me veo como las bolsas de una pintura conceptual –bromeó.

Le pregunté si el sarcasmo le divertía tanto como la pintura.

–Todo me molesta. Soy muy enojona. Ustedes no me molestan. Me molestan si son agresivos. Una vez me contó María Félix que en un país de habla española le preguntaron: “Dicen que usted es lesbiana”. Y María le contestó: “Si todos los hombres fueran como usted, lo sería”. Me parece muy bien contestado. Me hice amiga de ella por su hijo Quique, que vino para que le hiciera un retrato. Él se murió y María también. Desaparece la gente que uno quería. Eso es lo muy triste de la vejez.

–¿Cuál es la última alegría que ha recibido? 

–Yo recibo todos los días algo de alegría. Al ver las plantas en mi patio chiquito, que tengo fuera de mi cuarto; al ver la gata; al ver mis hijos todo el tiempo, siento alegría. ¿Usted cree que yo me veo como alguien triste? No, ¿verdad que no? Tengo miedo. Miedo a la muerte. Si me pregunta qué me gustaría saber, me gustaría saber qué es esta cosa: muerte.

Leonora empezó a tararear un son de Veracruz con una voz menos ronca. Solo faltaban las marimbas de fondo en la casa helada. Cantó así: “¿Cuántas criaturitas ha chupado usted? Ninguna, ninguna, ninguna, no sé”. No era una canción irlandesa, sino un son de Veracruz que narra la historia de un hombre que tiene deseos sexuales hacia una bruja, y transita por las estrofas tratando de consumarlos.

–¿Usted cree en brujas?

–Sí. Y en brujos también. Mira, mira. Le gustó su equipaje –me dijo, señalando a la gata, que ahora se arrullaba con mi mochila, y que al saberse descubierta, maulló otra vez.

Le pregunté si creía en la magia y respiró a fondo.

–¿Cómo define usted la magia? Primero dígame. Para mí todo es magia. El hecho de que usted puede hacer así –dijo, con su rostro dando vueltas–, o yo puedo hacer así –con la mano derecha de arriba a abajo, como si sostuviera uno de sus pinceles–. Todo es totalmente mágico. Mire la gata, ¿no le parece mágica?

La última palabra se gasificó al contacto con el aire frío.

Leonora Carrington murió el 25 de mayo de 2011, a los 94 años, cinco años y medio después de esta entrevista.

Articulo: http://www.elmalpensante.com 08/2012

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...