Retrato del escritor bipolar
Por Rafael NARBONA
Durante siglos no tuvo nombre. Era la
enfermedad silenciosa, el mal secreto que se disfrazaba de depresión, paranoia
o locura y que era mejor ocultar. Pero el transtorno bipolar existe, y es
devastador: escritores como Tolstoi, Balzac, Faulkner, Hemingway, Virginia
Woolf, Tennessee Williams, Juan Ramón Jiménez o José Agustín Goytisolo
sufrieron sus embates con desesperación, a menudo hasta la muerte.
En realidad, su nombre exacto da igual:
hoy sabemos que el transtorno bipolar sólo es una pirueta formal concebida en
los libros de psiquiatría. Es la antigua psicosis maníaco-depresiva, pero con
un nombre que infunde menos temor y rechazo. El Cultural visita a algunos de
sus más ilustres enfermos literarios, sabiendo que existen muchas historias
silenciadas, demasiadas, aún por descubrir.
Aunque se desconoce la etiología de la
enfermedad, hay un relativo consenso en cuanto a que se trata de un desorden
bioquímico, con origen genético y hereditario, pero con desencadenantes
externos. La angustia, la ansiedad o una experiencia traumática, pueden
desencadenar un brote y desembocar en el suicidio. El 20 por ciento de los
enfermos se quita la vida y al menos un 50 por ciento lo intenta. La lista
de escritores, músicos y pintores que se despidieron del mundo con un trágico
estampido o un gesto silencioso desborda cualquier estimación
superficial.
Hemingway es uno de los casos más conocidos. Hijo
de un padre suicida, conservó la pistola que le dejó huérfano durante toda su
vida. Con un humor oscilante, que le hacía transitar de la euforia y la
temeridad a cierta misantropía, el 2 de julio de 1961 se voló la cabeza con una
escopeta de dos cañones.
La herida de Sylvia Plath
Su nieta Margaux prefirió el fenobarbital
y escogió una fecha simbólica: el 1 de julio de 1996. Al igual que su abuelo,
sufría depresiones y se refugiaba en el alcohol. No está de más señalar
que el autor de El viejo y el mar padecía un insomnio obstinado
que sólo se apaciguaba con la luz. La luz es un potente antidepresivo en
muchos bipolares, pues mejora su estado de ánimo y les ayuda a experimentar una
tibia esperanza.
El suicido de Sylvia Plath reúne todas las
características de las tragedias griegas. El 11 de febrero de 1963,
después de largas depresiones y anteriores intentos de suicidio, se levantó en
su piso de Londres y preparó el desayuno a sus hijos. Después, abrió el
horno de la cocina e introdujo la cabeza, abriendo las espitas de gas. Separada
de Ted Hughes, había soportado un invierno de soledad y privaciones que
exacerbó sus tendencias autodestructivas. Al principio consideró que alquilar
el apartamento donde había vivido W. B. Yeats representaba apostar por la vida,
pero la herida que estragaba su alma permanecía abierta desde que perdió a su
padre a los nueve años. En sus sobrecogedores y bellísimos Diarios, ya había
anotado en julio de 1950: “Quizá nunca llegue a ser feliz, pero esta noche
estoy contenta”. En 1957, no se apreciaba ningún cambio esperanzador: “He
estado dando tumbos por ahí, lúgubre, oscura, desolada, enferma. Si supero este
año será la victoria más grande que haya alcanzado nunca”. En 1959, las cosas
no han mejorado: “Mi cabeza es un batallón de problemas”. Eso sí, parece que la
infelicidad es el estímulo principal de susDiarios: “Sólo escribo aquí cuando
estoy en un callejón sin salida”. En mayo de 1961, se interrumpen
los Diarios, pero el 16 de octubre de 1962 escribe, refiriéndose a su
asombroso poemario Ariel, compuesto en pocas semanas, presumiblemente en
pleno brote de manía: “Soy una escritora de genio; se me ha concedido el don.
Estoy escribiendo los mejores poemas de mi vida, los que me harán
famosa...”.
Tal vez Virginia Woolf es el caso más
célebre de escritora bipolar, acosada sin tregua por la enfermedad. La
inminencia de una nueva crisis hizo que el 28 de octubre de 1961 se encaminara
al río Ouse con los bolsillos llenos de piedras. Se dejó arrastrar por la
corriente y no se recuperó su cuerpo hasta el 18 de abril. Su marido enterró
sus cenizas al pie de un árbol en Rodmell, Sussex. Virginia dejó una
conmovedora nota: “Siento que voy a enloquecer de nuevo. Sé que esta vez no me
recuperaré (...). No puedo luchar más. Ni siquiera puedo escribir esto
adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la
felicidad de mi vida. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo
he perdido excepto la certeza de tu bondad”.
No menos dramático es el caso de David
Foster Wallace, que se ahorcó el 12 de diciembre de 2008, con 46 años. El
narrador y ensayista que poetizó sobre el malestar de un tiempo donde los
medios audiovisuales se han constituido en criterio de realidad, propiciando la
deshumanización y la disgregación social, luchó durante dos décadas contra una
bipolaridad con predominancia de las tendencias depresivas. Durante mucho
tiempo, la fenelzina le mantuvo estable, pero los efectos secundarios
(disquinesias faciales, inhibición sexual, sobrepeso, pérdida de reflejos) le
hicieron abandonar la medicación. Al poco de interrumpir el tratamiento, la
depresión regresó con toda su ferocidad. Se ensayaron nuevos tratamientos, sin
conseguir una remisión. Finalmente, venció la tristeza, sembrando la consternación
entre sus amigos y familiares, que contemplaron su muerte con una mezcla de
estupor, rabia y fatalismo. Franzen, Zadie Smith y Don DeLillo hablaron en
un homenaje póstumo, lamentando la pérdida del cronista esencial de la
posmodernidad.
En nuestro país, la bipolaridad ha
afectado a figuras como José Agustín Goytisolo, Pedro Casariego, Leopoldo María
Panero, Luis Martín Santos y Juan Ramón Jiménez. Es difícil establecer un
diagnóstico en el caso de Juan Ramón, pero su ansiedad generalizada, su hipocondría,
su tendencia al aislamiento, sus brotes de emotividad, sus crisis depresivas y
su obsesión por la muerte, inducen a pensar que la bipolaridad es una
explicación posible de un carácter difícil y propenso al conflicto. Luis
Cernuda le dedicó unas palabras poco compasivas, acusándole de ser una especie
de Mr. Hyde, pero Cernuda no parece el más indicado para hablar de equilibrio y
voluntad de conciliación. En la época de Juan Ramón, no se hablaba de
bipolaridad, sino de neurosis, pero yo me atrevería a afirmar que su neurosis
hoy se diagnosticaría como trastorno bipolar, sin excluir otras patologías
concomitantes. Pedro Casariego, escritor, poeta y pintor, hermano de
Martín y Nicolás Casariego, escogió el 8 de enero de 1993 para arrojarse a las vías
del tren en la estación de Aravaca. Dos días antes había considerado concluida
su obra gráfica y literaria al finalizar Pernambuco, el elefante blanco, un
cuento concebido como un regalo para su hija Julieta. “Mordido por un tren
hambriento”, dejó el recuerdo de “un artista misterioso, intrigante, insólito”,
según Ángel González. Su padre, el poeta Pedro Casariego H. Vaquero, le
describió como “un raro, con virtudes poderosas, como la honestidad, el
estoicismo, la austeridad y la clarividencia”. Creo necesario mencionar que,
según Juan Ramón, “el poeta no es un filósofo, sino un clarividente”.
El loco egregio
Leopoldo María Panero es el loco egregio
de nuestras letras, que nunca ha ocultado su desorden interior. Nacido en
Madrid en 1948, sufrió la primera hospitalización psiquiátrica en 1970. Más
adelante, ingresaría por propia voluntad en las unidades de psiquiatría de
Mondragón y Las Palmas de Gran Canaria. Maldito, provocador, iconoclasta,
incrédulo, aficionado al alcohol y enamorado de la heroína durante una década,
su poesía brota de un desafío permanente a la razón, que no acepta las reglas
del pensamiento lógico aplicadas al lenguaje, la vida o la moral. Su
clarividencia convive con su progresiva desintegración personal. Aunque
los médicos diagnostican esquizofrenia, no puede descartarse un trastorno
esquizoafectivo de tipo bipolar. A fin de cuentas, las últimas
investigaciones sostienen que el trastorno bipolar y la esquizofrenia proceden
de una causa común: una expresión defectuosa de los genes encargados de la
producción de mielina en el sistema nervioso central.
En el ámbito de las letras
hispanoamericanas, podríamos citar a Alejandra Pizarnik, que paralizó su
corazón con 50 pastillas de secobarbital, uno de los barbitúricos empleados por
Marilyn Monroe en su “probable suicidio”. Se cree que Pizarnik sufría Trastorno
Límite de la Personalidad, una alteración psicológica que incluye inestabilidad
afectiva, sentimientos de vacío e inutilidad, parasuicidios (autolesiones),
irascibilidad. El diagnóstico diferencial atribuye a cada patología unos rasgos
propios, pero reconoce que algunas enfermedades mentales pueden concurrir
conjuntamente y admite que el Trastorno Límite de la Personalidad puede
interpretarse como el umbral de la bipolaridad. Pizarnik escribió:
“Siniestro delirio amar una sombra./La sombra no muere./Y mi amor/sólo abraza
lo que fluye/como lava del infierno”. No es una mala descripción del tormento
interior de los bipolares. Ni la esquizofrenia ni el trastorno bipolar se
caracterizan por una doble personalidad que sólo existe en las ficciones
cinematográficas.
Rompehielos contra el cerebro
¿Se puede convivir con el trastorno
bipolar? Faulkner, Tennessee Williams, Twain, Tolstoi, Dickens, Hermann Hesse,
Gorki, Schubert, Beethoven, Stevenson o Balzac lo consiguieron, no sin pagar un
notable tributo de sufrimiento. Van Gogh, Schumann, Kurt Cobain, Cesare Pavese
o Pier Angeli no fueron tan afortunados.Un brote de manía es como un
rompehielos que embiste contra el cerebro. Durante largas noches de
insomnio, las ideas crepitan como un bosque en llamas. La depresión es un
atardecer interminable. Sientes que las horas no existen, que deambulas por un
vacío perfecto. La muerte no es una intrusa. Es un pequeño claro donde te
reencuentras con el paraíso.
No hago literatura. Convivo con esta
enfermedad desde 1996 y conozco todos sus estadios. En ese tiempo, he logrado
desarrollar una actividad razonable como crítico literario y docente. Mi
hermano Juan Luis no tuvo tanta suerte. Se suicidó en 1982. ¿Hay alguna
relación entre el trastorno bipolar y la creatividad? La manía imprime un ritmo
vertiginoso al cerebro, favoreciendo la aparición de ideas y asociaciones,
algunas completamente irracionales, pero que en el terreno de la poesía son
verdaderas fulguraciones.
No es nada extraño que Van Gogh creara
cerca de 900 obras en diez años, con interrupciones provocadas por las crisis
depresivas. ¿Significa eso que el sufrimiento es el precio del arte? ¿Se
equivocaba Nietzsche al afirmar que “el dolor nos hace profundos”? ¿Tenía razón
Hölderlin cuando aseguraba que “sólo merecen el nombre de arte las obras
capaces de expresar la experiencia del dolor”? La vida no comercia con
transacciones de esta naturaleza. Nadie escoge el dolor, pero el artista
bipolar, cercado por la inestabilidad, la desolación y la muerte, nos hace
pensar que algunos hombres nacen -a su pesar- con un destino.
Articulo : http://www.elcultural.es 24/02/2012







