dimanche 27 mai 2012

Ignacio VIDAL FOLCH/LENKOV: perdido en la traducción


Ensayo
Lenkov: perdido en la traducción
Por Ignacio VIDAL FOLCH

"Durante una reciente estancia en Sofía (Bulgaria) tuve ocasión de conocer el caso de un poeta al que iban a darle un premio, pero en vez de eso lo mataron. O sea, el caso de la desaparición de Grigor Lenkov".

Así comienza el ensayo de Ignacio Vidal - Folch, escritor y periodista español, sobre la misteriosa desaparición del poeta Grigor Lenkov durante la guerra fría. Publicado en la revista Claves de la Razón Práctica.

1.

Durante una reciente estancia en Sofía (Bulgaria) tuve ocasión de conocer el caso de un poeta al que iban a darle un premio, pero en vez de eso lo mataron. O sea, el caso de la desaparición de Grigor Lenkov. Es una historia característica de los modos, secretos y enigmas sin resolver de la Guerra Fría al otro lado del telón, también relacionada con la obra maestra del mayor escritor ruso de todos los tiempos, Pushkin, y también, en fin, con la tragedia de los “desaparecidos”, cuyo destino incierto acentúa el dolor de sus deudos y prolonga en el tiempo indefinido y sin contornos la angustia de la espera, generalmente, por desgracia, inútil. Puedo contar esta historia, este drama, con algún detalle tras hablar largamente con la viuda y la hija de Lenkov, Tzveta y Goryana, y tras la lectura de algunos textos, especialmente el libro Cómo todo se convierte en dolor e Historia (un verso de Lenkov), que reúne cartas, diarios y otros documentos del poeta desaparecido misteriosamente a los 39 años.

Encontré la primera noticia sobre este caso en el periódico Fin de semana. Publicaban a doble página una entrevista con Krasimir Raydovski, que durante el antiguo régimen fue diplomático, y por descontado agente de la Darjavna Sigurnost, la omnipotente Seguridad del Estado. Cuenta Raydovski que conoció a la esposa de “Grigor Lenkov, poeta y traductor del ruso; en los años 80 fue a Moscú para recibir un premio literario y allí lo mataron…” Es la primera voz de los estamentos oficiales que hasta la fecha haya sugerido que la muerte de Lenkov fue un homicidio; aunque Raydovski habla de oídas, cuenta lo que se decía en sus círculos, y los datos que aporta son imprecisos, pues no fue en los años ochenta, sino en junio de 1977, y no en Moscú sino en Leningrado (entonces San Petersburgo) donde el poeta desapareció.

Así pues, según supe, la Unión de escritores soviéticos invitó a Grigor Lenkov, distinguido poeta y traductor de poesía, especialmente del checo y del ruso, a participar en las jornadas de la “Fiesta de la poesía en Rusia”, que aquel año se dedicaba a Pushkin. Algunos circunloquios y sobreentendidos de la carta de invitación daban a entender que durante su estancia en la ciudad se le concedería un premio por su versión del Eugenio Oneguin, cuya tercera edición se vendía en aquellos días en las librerías. Sí, en el Club de los escritores y traductores en Sofía se rumoreaba que los círculos pushkinistas de la URSS consideraban su traducción la mejor del mundo, y que merecía el premio. Su esposa Tzveta le acompañó en el viaje. Ella era también –es– traductora, del árabe y del ruso. En aquella época estaba trabajando en los ensayos de Marina Tzvetaeva y de Anna Ajmatova y, como suele pasarles a los traductores que estiman cálidamente a “sus” autores, le interesaba mucho conocer algunos de los lugares donde transcurrió la vida, tristísima, de las dos grandes poetisas. Además, Tzveta había traducido otro libro de muy diferente naturaleza:
El corazón del cirujano, una autobiografía del académico Fiador Uglov, un éxito en la URSS, y se esperaba que también lo fuera en Bulgaria. Uglov ha sido una de las figuras más destacadas de la medicina rusa, un eminente cardiólogo, autor de varias monografías y de 600 artículos científicos, y catedrático de cirugía en la Universidad de Medicina Ivan Pavlov. El cirujano y su traductora se habían carteado, y ella pensaba aprovechar la estancia en Leningrado para entrevistarle para un periódico de Sofía.

Con Grigor y Tzveta viajó a Leningrado su hija Goryana, en premio a las buenas notas obtenidas en el colegio y para celebrar su décimo aniversario. El cuarto y último miembro de la familia, el niño Marin, era muy pequeño y se quedó en Sofía a cargo de sus abuelos.

2.

El 5 de junio se celebró la sesión inaugural de la Fiesta de la Poesía en Pskov; ante un millar de congresistas, filólogos, académicos, profesores y literatos, Lenkov pronunció su conferencia “Traduciendo a Pushkin”. Traducir la poesía de Pushkin no es precisamente fácil, y traducir Eugene Oneguin mucho menos.
Por el contrario, es difícil “como transmitir con palabras la música de Mozart”, según Mijail Chilikov, autor de la versión española para editorial Cátedra. El argumento de esta “novela en versos” es trivial: Eugene Oneguin, un joven aristócrata disoluto, hastiado de sí mismo y de la vida cortesana, se retira a vivir en su hacienda, donde al cabo de un tiempo, por un capricho de orgullo y a consecuencia de una ofensa irrisoria, se bate en duelo con su querido amigo, el joven poeta Vladimir Lensky, y le mata, sin querer, destruyendo en el acto su propio porvenir, perdiendo el amor de la mujer a la que ambos aspiraban y muriendo en vida. Dicen que en el destino de Lensky el poeta presagió su propia muerte prematura en duelo.

Como artefacto literario, Oneguin ya es otra cosa. Sus 5.500 versos se reparten en estrofas de catorce, de pie yambo, organizados en tres cuartetos y un pareado según la siguiente estructura: el primer cuarteto, de versos “cruzados”, es decir, ABAB; el segundo, en pareados, CCDD y el tercer cuarteto, en “anillo”, es decir: EFFE. Y cada estrofa se cierra con un dístico de rimas vecinas. Esta estructura le permitía a Pushkin moverse con comodidad en registros trágicos, descriptivos, líricos o bufos, y salir del relato estricto cuando le convenía, para dejar caer una consideración irónica o elogiar las piernas de una muchacha, inolvidables a pesar del tiempo transcurrido. Tales digresiones le dan al relato un delicioso aire casual, como si se hubiera escrito sin esfuerzo para matar el tiempo y para entretener unas tardes lluviosas.

Pero por cierto que a sus traductores no les debe resultar tan fácil mantener en otro idioma esa estructura. Traducir poesía del ruso al búlgaro (o igualmente al español) ya de por sí es extremadamente difícil, porque aunque ruso y búlgaro tengan muchas raíces léxicas comunes son lenguas completamente diferentes por su estructura gramatical. El ruso es un idioma sintético: las relaciones entre las palabras en la oración se expresan a través de casos. El búlgaro, en cambio, es un idioma analítico: las relaciones sintácticas se expresan con la ayuda de preposiciones, al igual que en el español.

La lengua sintética ofrece más posibilidades para la versificación. Lenkov, aun traduciendo de un idioma “cercano”, tuvo que superar las increíbles dificultades que están establecidas en la naturaleza misma de las dos lenguas, para obtener el ritmo, la rima y la música del texto original sin perjudicar el sentido y sin violentar su propia lengua. Los traductores de Eugenio Oneguin a muchas otras lenguas se han resignado a la prosa. Por ejemplo, Nabokov en su célebre y polémica versión en inglés. Otros han traducido verso por verso, pero han tenido que renunciar, claro está, a “la estrofa oneguiana”, el famoso “yambo de Pushkin”, y entonces la música desaparece por completo. Dicen que la versión de Lenkov es prodigiosa. Un logro. Y luego: “Fue a Moscú a recoger un premio y allí lo mataron.”

3.

La noche del 6 de junio el matrimonio y su hija cenaron en casa de unos amigos rusos, con otros invitados. A la mañana siguiente Lenkov seguía reprochándose por haber hablado demasiado abiertamente ante sus anfitriones sobre Ajmátova, sobre Gumilyov (poeta, esposo de la anterior, fusilado en 1921 por orden expresa de Lenin), sobre Tzvetaeva y sobre otros poetas y disidentes, y arrepentido de la imprudencia se proponía enmendarse, despachar los compromisos pendientes y regresar cuanto antes a casa. De acuerdo con él, Tzveta concertó una cita con Uglov para entrevistarle aquel mismo día en el hospital donde trabajaba. Nada más pisar la calle, Lenkov se sintió mal, sufrió unas convulsiones muy fuertes y se desplomó sobre la acera. Su esposa, tras superar un momento de pánico e intentar en vano recuperarle, salió a la calzada e intentó parar un taxi, pero no circulaba ninguno por los alrededores.

Finalmente un Lada particular se detuvo junto a la acera; el conductor se hizo cargo de la situación y se ofreció a llevarles al hospital de Uglov. Allí Tzveta explicó que su marido sufría alucinaciones. Uglov le examinó el corazón, le sometió a un electrocardiograma y aunque no percibió nada serio, salvo que la presión arterial estaba baja, sugirió ingresarlo para mantenerle bajo observación médica y ordenó que le administrasen una inyección. Luego llamó al médico jefe del hospital para que organizase la hospitalización. Tzveta y Goryana acompañaron a Grigor a la habitación y tras acomodarle en su lecho, inquietas pero confiadas en la medicina soviética que en el bloque del Este tenía la reputación de ser la mejor del mundo, volvieron al hotel.

Tzveta llamó a los mismos amigos rusos con quienes habían cenado la víspera para que cuidasen de su hija durante su ausencia, y luego volvió al hospital junto con Olga Basova, una funcionaria de la Unión de escritores soviéticos encargada de acompañar a Lenkov durante su estancia en los Días de la poesía. –¿Lenkov? –la recepcionista consultó el libro de registro–: Aquí no tenemos a ningún Lenkov.
–Claro que está aquí. ¿Cómo no va a estar, si yo lo he traído hoy mismo? El mismo académico Uglov lo ha ingresado. Fíjese bien, por favor.
–Precisamente Uglov acababa de pasar por allí –dijo la recepcionista– ¿No lo ha visto usted?
Tzveta se quedó confusa, era imposible que el cirujano se hubiese cruzado con ella y no la hubiese visto. En este momento viendo que el médico jefe bajaba por la escalera, se acercó a pedirle que los dejara pasar, pero él la interrumpió con voz gélida:
–Su marido ha muerto.
Era evidente, explicó el médico jefe, que el paciente sufría una profunda depresión y probablemente al quedarse solo, en un ámbito extraño y aislado de los suyos, había entrado en un trance de dolor mental insoportable… y había puesto fin a su vida.

Era una idea tan extravagante que a la mujer le pareció que había oído mal. Desde luego algo no cuadraba, se había producido una confusión en algún lugar y el médico se refería a otra persona, a algún desconocido. ¿Grigor, deprimido, suicida? No, él era un hombre alegre y no estaba en absoluto deprimido.
–¿Pero de qué me está hablando?
–Se ha tirado por la ventana.
–¿Por la ventana? ¿Qué ventana?
–La ventana de su habitación.
–Pero si era sólo un segundo piso. Y además en su cuarto había otros enfermos.
–En aquel momento estaba solo. Los demás pacientes habían salido fuera y estaban jugando a shashki (damas)...

Tzveta rompió a gritar. Una enfermera se acercó a darle una infusión de valeriana, pero ella la rechazó con un ademán. Entonces la enfermera le espetó:
–¿Recuerda que esta mañana él hablaba de un profesor americano con quien mantenía correspondencia?

Tzveta se quedó anonadada. Efectivamente, cuando lo dejó en el hospital Grigor estaba hablando de Pasternak y de Doctor Zhivago; no mantenía correspondencia con ningún profesor americano, pero era cierto que un estudiante americano a quien había conocido en una Escuela de Verano, durante una de sus estancias en Praga, le había regalado un ejemplar del libro prohibido. ¿Pero a qué venía mencionar aquello como una acusación en aquel momento?

A gritos reclamaba Tzveta ver el cadáver de su marido.
–Ahora no es posible –dijo el doctor–, aún está en el quirófano.

La llevaron a una salita, donde un investigador la sometió a un interrogatorio del que ella, que se hallaba en estado de shock, sólo recuerda que le castañeteaban los dientes y repetía “no sé nada, yo no estaba presente, sólo sé que Grigor se reprochaba por haber mantenido ciertas conversaciones…” Luego, como en un sueño, los amigos, o quizá Olga Basova, la cogieron de los brazos –porque ella ni siquiera podía despegar los pies del suelo– y se la llevaron a rastras como a un animal sacrificado.

Al día siguiente, algo recompuesta, intentó desesperadamente encontrar a Uglov, pero nadie contestaba al teléfono de su casa. ¿Le habría sucedido algo malo, también a él?

4.

Más tarde le dijeron que se le permitiría ver el cadáver cuando ella llevara su ropa a la morgue. Pero luego resultó que no pudieron complacerla en esto, supuestamente porque a consecuencia del impacto contra el suelo el rostro de su marido había quedado horriblemente desfigurado. Como ella porfiaba y se empeñaba en verlo, argumentaron que no podían permitirlo “por una cuestión de humanidad” y que de todas maneras el ataúd con el que sería repatriado tendría una ventanilla, a través de la cual podría verle. Finalmente, antes de partir de regreso a Bulgaria Tzveta logró contactar telefónicamente con Uglov. Con un tono de voz que ella no le había oído nunca, impaciente y un poco impertinente, el hasta entonces cordial cirujano declaró que había consultado con el hospital “el caso de su marido” y que no había motivo para alterarse pues el suicidio no tenía nada de extraño, dada su adicción.
–¿Cómo, Fiodor Grigorievich?
–Enajenación, brotes de demencia, delirios, depresión… Son síntomas clásicos de las crisis alcohólicas.
–Pero qué dice, doctor… ¡Si Grigor no bebe! No. Nunca más volvió a ver ni a hablar con el eminente cirujano.

En el avión a Sofía donde también viajaba el féretro herméticamente cerrado y sin ventanilla que supuestamente contenía los restos de su marido, se sentó en la butaca contigua a la de Tzveta un hombre atlético y sonriente que se presentó como “VladLen” (contracción de “Vladimir Lenin”).

–Me llamo Vladlen, o sea Vladimir Lenin, pero no soy del partido -dijo con buen humor–. Les acompaño a Sofia... y explicaré lo que le ha sucedido a su marido.

Ella le pidió que por lo menos no se sentase a su lado. Sin hacerse de rogar el otro se mudó a otra butaca, unas filas más atrás. Nada más desembarcar, un coche oficial se llevó a Vladlen a la sede de la Unión de Escritores, en la calle Angel Kanchev, donde contó la primera versión de su historia:
“El poeta Lenkov fue ingresado en el hospital después de que armase un escándalo con su mujer. La pareja estaba pasando una mala época, tenían fuertes desavenencias... Él, desesperado, se tiró por la ventana…”

En los círculos literarios, donde presentaban a Vladlen como “un camarada” del Departamento de relaciones internacionales de la Unión de escritores soviéticos, contaba otras versiones: en un sitio decía que Grigor había sido alcohólico, y que en un acceso de locura se había quitado la vida; en otro, hablaba de una depresión nerviosa congénita, larvada hasta el día en que, encontrándose solo, en el hospital… Eran tan diversas las versiones que difundía y que luego le llegaban a Tzveta, que ésta juzgó que era un intoxicador incompetente, y sólo años más tarde acabó comprendiendo que a Vladlen le daba casi igual que la gente creyese o no en sus historias, pues lo importante era ponerlas en circulación, para que se difundiesen y contradijesen y confundiesen y lo que de verdad pudo haber pasado y lo que pasó fueran sólo dos versiones más: no un hecho cierto sino una confusa posibilidad. Cumplida su tarea, “VladLen” desapareció y desde entonces no se le ha vuelto a ver.

Mientras tanto el féretro venido de Moscú era conducido al cementerio central de Sofia sin que nadie pudiera comprobar qué llevaba dentro. Slavi, el hermano de Lenkov, sobornó a un sepulturero para que le dejase solo con el féretro antes de inhumarlo:
“Al cabo de un momento regresó con una azuela y una palanca, y yo le dije que si quería podía presenciar lo que yo me disponía a hacer. Pero él dijo: ‘Toma estas herramientas, ahora son las 18 y 18 minutos. Voy a cerrar la verja desde fuera, porque si alguien se entera de lo que estás haciendo aquí dentro a mí me fusilarán y a ti te quemarán en una pira. Ten en cuenta que el ataúd viene de la URSS y nosotros estamos tratando de abrirlo. Sólo de imaginar que nos pillan se me ponen los pelos de punta. Volveré a las 18.45, y entonces tú desaparecerás.’ Entonces yo retiré la colgadura roja, inserté la palanca y apreté, pero no sirvió de nada. Inserté también la azuela, y entonces la tabla cedió. Con muchos esfuerzos pude desclavar la primera tabla. Los clavos eran largos y ganchudos. ¿Qué vi? Una lámina de metal. Metí la mano, pero no encontré ninguna ventanilla en el metal. Desclavé otra tabla y vi un ataúd cubierto de zinc. Estaba muy húmedo. Toqué con la palma de la mano y sentí el frío intenso: seguro que había estado en un frigorífico. No había ventanilla, aunque a Tzveta le habían dicho que iba a poder verle. Mentira.”

5.

Transcurren unas semanas. A través una pariente que trabaja en la Fiscalía General del Estado llega de la Fiscalía Suprema Soviética, en Moscú, la confirmación oficiosa de que lo que ya algunas voces a través de la Unión de Escritores le habían adelantado a Tzveta: en realidad lo que sucedió en el hospital fue que se cometió un error médico. El tratamiento administrado a su marido, un vasoconstrictor en lugar del vasodilatador que precisaba, le provocó un ataque cerebral; cuando el personal médico advirtió el error procuraron contramedicarle y operarle de urgencia, pero todos los esfuerzos fueron vanos; falleció en el quirófano.

Luego se puso en marcha una investigación interna, se depuraron responsabilidades, algunos médicos fueron castigados e incluso uno fue despedido. Cada día la viuda se presenta en una redacción o en una editorial, telefonea a los amigos y les repite:
“Le han matado, y dicen que se ha suicidado”. Todos la escuchan, se conduelen, se encogen de hombros, y dicen que no hay nada que hacer. Corre el rumor de que la angustia la ha vuelto loca y por eso va y viene por la ciudad propagando un sinfín de barbaridades.

Por mediación de un amigo de Grigor, Tzveta conoce a Dimitar Skenderov, abogado con buenos contactos en altas instancias de Moscú. Éste acepta sondear el caso y al cabo de unas semanas la convoca en su despacho para decirle que “Ellos”, los rusos, habían cometido una serie de torpezas, irregularidades y abusos; por ejemplo, era contrario a ley vetar todo acceso al cadáver y las condiciones en que el ataúd había sido transportado a Sofia… Se puede presentar una denuncia contra el hospital y seguramente contra otras instancias estatales, y hay posibilidades de ganar. Y se puede solicitar una exhumación para comprobar lo que contiene. Pero Skenderov lo desaconseja.
–Mire, yo le recomiendo que no haga nada que pueda parecer hostil a aquella gente. Porque se trata de gente poderosa, rencorosa y malvada. Tiene usted hijos, ¿verdad?
–Sí, dos, Goryana y Marin.
–Bueno: si humillamos a esa gente se vengarán de usted en sus hijos. Los destruirán, parecerá un accidente y usted ni siquiera sabrá cómo ha sucedido.

Tzveta se toma muy en serio la advertencia y renuncia a pleitear. Ahora tiene que resignarse y resolver la precariedad económica en que le ha dejado la viudedad. La posibilidad de un empleo docente en Cuba es una oportunidad tentadora para resolver sus problemas de dinero y poner algo de distancia, siquiera física, con el pasado.

6.

Tzveta, Goryana y Marin regresaron de Cuba al cabo de unos años, en 1984. La chica cursó estudios universitarios de filología checa en las mismas aulas de Filología en que había estudiado su padre, pero ella se prometió no traducir nunca textos de nadie. Se casó. Tuvo un hijo. Se divorció. Encuentro a su hermano Marin, demostraba talento en el dibujo y vocación de artista y se matriculó en la escuela de Teatro y Cinematografía. Algunos dibujos suyos que representan máscaras inspiradas en Goya y en Ensor, ilustran las cubiertas y contraportadas de las Poesías Completas y del Álbum de fotografías, correspondencia y documentos de su padre publicados en Sofía en el año 2002, de donde proceden algunos de los datos de este reportaje. Tzveta tradujo el clásico árabe “Kalila y Dimna” en una edición primorosa. Se jubiló. La vida, en fin, seguía, mientras la Historia europea aceleraba vertiginosamente.

En todo el área socialista los tiranos fueron destronados. Todor Zhivkov, el líder más longevo, 35 años detentando el poder, desde 1954 hasta 1989, sufrió un golpe palaciego y en su trono fue colocado un filósofo, Jeliu Jelev, para iniciar la transición al capitalismo democrático. En 1994 a Tzveta le pareció que ya había pasado el peligro de reabrir el caso, tan antiguo, de la desaparición de su marido, de modo que cursó en la Fiscalía Nacional la solicitud de exhumación. Mientras aguardaba la respuesta de las autoridades, una noche de otoño, su hijo Marin, de 20 años de edad, hallándose en la fiesta de cumpleaños de una amiga, en un quinto piso, cayó al vacío y falleció. ¡Caído de un balcón, sin testigos, como en réplica a la presunta muerte de su padre, y en cumplimiento de las advertencias que le hizo a Tzveta el abogado Skenderov!

Al cabo de una semana le llegaba a Tzveta una comunicación de la Fiscalía denegando la reapertura del caso y reiterando la versión oficial de lo que le pasó a su marido 17 años atrás: suicida en Leningrado. Caso cerrado. Y aquel mismo día un periódico de Sofía daba noticia del nonagésimo aniversario de Uglov. He podido ver esa entrevista en la que el eminente cirujano explica, entre otras cosas, que está casado con una mujer mucho más joven y que a pesar de su avanzada edad no sólo sigue en activo y operando sino que también sigue haciendo el amor un par de veces a la semana. En la foto se le ve embozado en el quirófano, inclinado sobre un cuerpo humano, sosteniendo en el aire pinzas y bisturí, en plena operación, suspendida un momento para que le retraten, está mirando a cámara, pero las gafas y la mascarilla de tela ocultan por completo la expresión de su rostro.

No podría poner punto final a estas líneas sin reproducir unos versos de Lenkov. Es curioso que el último poema que escribió (aquí en traducción del escritor mexicano Reynol Pérez Vázquez), el 21 de febrero de 1977, catarata de yambos dolientes que llevan como epígrafe la frase de los “Tristes” de Ovidio que dice “perecí por mi talento”, presagiase: “El mundo ignorará dónde está mi tumba”:

Elegía Pontica… perecí por mi talento (Tristes, III, 3, 74)

Por esta costa caminó Ovidio, / con la vista puesta en el sur, hacia allá, donde / el mar se alza hasta el cielo / como un último muro fatal. … Arrojado aquí por la ola ciega, / sepultado vivo en este bárbaro desierto, / qué te ha quedado: escuchar / cómo suena el rompeolas en los malecones. La luna pesa. Sube la marea, / ola tras ola vuela al galope / como yeguada de agobiantes preguntas / que expiran a tus pies. Pero sordo es el que fragua en Roma / un veredicto contra ti y tu verso melodioso… / Aquí los ríos corren de sur a norte, / todos los vientos soplan al revés. El mundo no sabrá dónde está tu tumba, / tu polvo no se mezclará con la tierra natal… / Frente a los intereses del emperador / ¡el poeta es más insignificante que un esclavo! Pero por encima de destinos, tierra y aguas, / por encima de los césares, el tiempo y el espacio / yerra como un cometa dentro de las almas / el verso, voz sufrida de la libertad. Ya es agosto otra vez. Largas bandadas / de aves giran en el cielo como una nube oscura / y su chillido silencia tu llanto / y tu gemido arrancado de la sangre. Ellas tienen dos patrias, tú una sola, / Ellas regresarán aquí en primavera. / Pero tú eres un ave caída en pleno vuelo / desde su intrincada bóveda celeste. Ya es agosto otra vez. Plateados puñales / desgarran de noche el firmamento… / Late, late tú, corazón, envuelto en pesar, / mar de aflicción, ¡ruge! ¡ruge! ¡Abre tus cerrojos, horizonte sin límites! / Juncos, ¡alzad sutiles flautas! / Olas, ¡desatad vuestra furia! Fuerzas naturales, ¡volcad / en mi alma la tristeza de Nasón! En este mundo no todo ha de morir. / En este mundo no somos huéspedes casuales. /… El fósforo de sus blancos huesos / hace que resplandezca al alba / todo el mar.

21 de febrero de 1977
Articulo : www.elboomeran.com 05/2012

Hernando GOMEZ BUENDIA/ Una carta por la paz


Columnas
Una carta por la paz
Por Hernando Gómez Buendía

El anuncio de las Farc de abandonar el secuestro extorsivo ha abierto de nuevo la perspectiva de una eventual salida pacífica al conflicto. ¿Qué se puede esperar de esta promesa?

“Las Farc son el enemigo de Colombia”, “a las Farc hay queacabarlas”, “todo lo que digan las Farc es falso”. Estas tres frases recogen el consenso popular de los últimos diez años, y derrotar a las Farc es lo más parecido que hemos tenido a un “proyecto nacional” en la historia. 

Si alguien cree que exagero, le recuerdo que ninguna causa ha movilizado tales multitudes como la marcha del 4 de febrero de 2008 en contra de las Farc (y que la marcha contra los paramilitares del 6 de marzo siguiente no tuvo casi eco). O, más sencillamente, le recuerdo que Santos fue elegido por cuenta de Uribe, y que Uribe fue elegido y reelegido por cuenta del repudio visceral del pueblo colombiano hacia las Farc. 

Menciono estas obviedades porque sin ellas no se aprecian bien la extensión y la intensidad del rechazo a cualquier propuesta o conato de negociar otra vez con la guerrilla. Incluidas –o comenzando por– las propuestas o conatos de la propia guerrilla. Después de 48 años de comunicados, declaraciones y documentos farragosos que nadie lee, nadie entiende y nadie quiere entender, los medios al unísono descartan todo lo que diga o anuncie la guerrilla –porque a las Farc no se les puede creer–. 

Y por supuesto, si alguien intenta entender lo que dice el enemigo, se expone a que lo malentiendan o lo tilden de traidor. 

Sin embargo, al enemigo hay que entenderlo si se piensa hablar con él, como también hay que entenderlo para poder derrotarlo. Y así, en medio del ruido y de las suspicacias, algunos académicos han dedicado años a estudiar los documentos y a tratar de comprender qué está pasando dentro de las guerrillas. 

Pues a raíz del anuncio de que las Farc no harían más secuestros extorsivos, un grupo de más de cien académicos de distintas orientaciones políticas dirigimos una carta al presidente Santos, exhortándolo a recordar otra frase de su discurso de posesión: “La puerta del diálogo no está cerrada con llave... mi gobierno estará abierto a cualquier conversación que busque la erradicación de la violencia y la construcción de una sociedad más próspera, equitativa y justa”. 

La carta se justifica porque en el comunicado del “Estado Mayor de las Farc-EP” no hay uno sino varios elementos novedosos que los medios no captaron, que el país no conoce y que objetivamente significan algún rayo de luz del otro lado de la puerta. Me refiero a cinco cambios de posición, en lo que va corrido desde que se rompieron los diálogos del Caguán, que se retoman o añaden en el nuevo documento: 

Primero, hay que recordar que el mal llamado “canje humanitario” (si es canje no es humanitario y viceversa) fue el tema único de diálogo (o mejor, de no diálogo) entre las Farc y el gobierno de Uribe. Con Santos, y en especial desde que “Timochenko” está al mando, la guerrilla insiste más y más en dialogar para la paz (dice el comunicado: “... por nuestra parte consideramos que no caben más largas a la posibilidad de entablar conversaciones”). 

Segundo, en el Caguán se había acordado una “agenda común” de 12 macrotemas y 107 puntos que implicaban refundar a Colombia. Incluso en estos días la guerrilla habló de “retomar la agenda del Caguán”, y esto produjo el predecible intercambio de epítetos entre Pastrana y un señor José Obdulio. Pues ahora la fórmula se cambia por “conversar para hallar una salida civilizada a los graves problemas sociales y políticos que originan el conflicto armado”.

Tercero, en vez del “canje de prisioneros de guerra” que pedían (y que de hecho lograron bajo el gobierno Samper), las Farc venían liberando a los soldados y policías cautivos, y ahora anuncian que además de los seis cuyo regreso esperamos en pocos días, entregarán a “los cuatro restantes en nuestro poder”. 

Cuarto, y más llamativo, fue la derogatoria de la “parte pertinente de la Ley 002 expedida por nuestro pleno del Estado Mayor del año 2000”, que autorizaba el secuestro extorsivo o “la retención de civiles con fines financieros”. Esto ha sido un clamor popular (de hecho, la base del principal clamor contra las Farc) y una exigencia constante del gobierno para sentarse a dialogar, que ahora el mando guerrillero adopta sin contraprestación alguna. 

Quinto, lo más sutil pero más importante se introduce después de derogar aquella “ley” infame: “... es hora de que se comience a aclarar quiénes y con qué propósitos secuestran hoy en Colombia”. Al decir que no todas las atrocidades son obra de un solo bando e invitar a que alguien verifique, se hace el prólogo a la propuesta de “comenzar por un acuerdo de regularización de la confrontación y de liberación de prisioneros políticos”. La “regularización” es una palabra técnica que significa aceptar la vigencia y respetar las normas del derecho internacional humanitario, por parte de ambos actores armados; es decir, acabar con la pipetas, las minas antipersonas o el reclutamiento de menores (además de los secuestros), pero también con las torturas, las desapariciones o los falsos positivos.

Las respuestas del gobierno (por lo menos las públicas) no se dirigieron en realidad a las Farc sino al público –o en todo caso se abstuvieron de entrar en los argumentos del comunicado–. 

Una de ellas, la del vicepresidente Garzón, apeló sin más rodeos al “síndrome del Caguán”. No conviene sentarse a dialogar con una guerrilla “que puede estar ganando tiempo para seguir con su actividad ilegal”. Eso fue lo que hicieron las Farc durante los 39 meses que duró aquel proceso (del cual, por lo demás, Angelino Garzón fue coprotagonista), pero no es la manera seria de adelantar unas negociaciones. Los diálogos pueden darse discretamente y en el exterior, sin necesidad de “zonas de distensión”, de “despejes”, y ni siquiera de treguas. 

El presidente en cambio “valoró el anuncio como un paso importante y necesario, aunque no suficiente”. Y renunciar al secuestro es insuficiente porque –según repite Santos hasta el cansancio– las Farc deben abandonar el “terrorismo”, el narcotráfico y cualquier otra forma de “delincuencia”. Uso comillas porque de la extensión que se haga de estas palabras, en mi opinión, depende si la paz en Colombia es posible o es del todo imposible. 

Me explico. Si las Farc dejan de secuestrar, de extorsionar, de “tomarse” los pueblos, de emboscar policías y soldados –si dejan, en resumen, de ejercer la violencia–, las propias Farc dejarían de existir. Es lo terrible de la guerrilla colombiana: que solamente existe en cuanto ejerce violencia porque carece casi completamente de presencia, fortaleza y habilidad política. Si esta guerrilla deja de disparar, el gobierno y la opinión sencillamente se olvidarán de ella –salvo que decida volver a disparar–: o sea, en castellano, que poner la condición de abandonar la “delincuencia” para poder dialogar es pretender que el otro se suicide antes de invitarlo a la mesa.

Este, ni más ni menos, fue el tuit del ex presidente Uribe en relación con el anuncio de las Farc, porque “es lo mismo de siempre” y porque “también el comunicado indica que seguirán secuestrando policías y militares”. 

Y es aquí donde el asunto de la “regularización” podría venir al caso. En virtud de este acuerdo inicial, las Farc y la Fuerza Pública tendrían que abstenerse de todas las acciones prohibidas por el dih, es decir, limitarse a la guerra regular (por eso se llama así) entre los dos combatientes, sin ataques contra la población civil, uso de armas desproporcionadas ni abuso de los prisioneros –aunque la guerra regular sí implica la captura de combatientes enemigos–. 

En lugar de impedir a todo trance que el presidente Santos piense siquiera en negociar algún acuerdo con las Farc, Álvaro Uribe debería subrayar y celebrar los cambios en la actitud de la guerrilla, porque esos cambios son sobre todo el resultado de los triunfos de la Seguridad Democrática:

1. El “canje humanitario” se acabó prácticamente por sustracción de materia a raíz de la Operación Jaque, que dejó a la guerrilla sin “canjeables” de verdad. 

2. Diez años de ofensiva militar exitosa amansaron el sueño de la “revolución por contrato” que implicaba la agenda del Caguán, y lo cambiaron por otro más limitado de atender las causas que hacen que el conflicto armado interno permanezca. 

3. Renunciar al secuestro fue la exigencia principal del presidente Uribe a la guerrilla, y es el intento de mostrarle al país que esta vez, tras los golpes, las Farc sí están dispuestas a las concesiones. 

Si el enemigo quiere hacer la paz porque ha perdido fuerza, ¡bienvenida la paz! En un país que lleva 48 años de desangre, cuyo gasto militar es el mayor del hemisferio (incluyendo a Estados Unidos), que no puede avanzar porque lo ahogan los señores de la guerra, acelerar el fin de las hostilidades es el primer deber del gobernante y la primera tarea de la ciudadanía. 

Articulo: http://www.elmalpensante.com 03/2012

Juan Manuel VIAL/ La macabra lucidez de PYNCHON


REVISTA UDP
La macabra lucidez de Pynchon
Por Juan Manuel VIAL

Ensayo sobre la obra de Thomas Pynchon, escritor estadounidense contemporáneo, calificado por Harold Bloom como el más grande prosista vivo de Estados Unidos. Artículo escrito por Juan Manuel Vial, periodista y crítico literario, que será publicado en la Revista de la Universidad Diego Portales (UDP) en su próximo número y que ha sido concedido como adelanto para El Boomeran(g).

El número 09 de la Revista UDP saldrá a finales de mayo y estará disponible en su página WEB.

"Es cierto que la literatura de Pynchon no es papita para cualquier paladar, pues acarrea un alto nivel de complejidad y, con frecuencia, puede estar teledirigida a un espacio que el lector, quienquiera que sea, por lo general no domina a cabalidad: el subconsciente".
Los paranoicos no son paranoicos (Proverbio 5) porque sean paranoicos, sino porque siguen metiéndose deliberadamente, los malditos imbéciles, en situaciones paranoicas”.
Thomas Pynchon, El arcoíris de gravedad.

Durante el ano 1999 vi en tres o cuatro ocasiones a Harold Bloom pasear tranquilamente por Washington Square, la famosa plaza neoyorquina. Entiendo que el daba clases en una facultad adyacente de la New York University, mientras que yo vivía a un par de cuadras del lugar. Hastiado del blanco que reflejaban las desnudas paredes del departamento en que moraba, buena parte de las mañanas se me iba holgazaneando por aquella plaza que, sin aviso previo, podía transformarse con impresionante fluidez en un llamativo circo humano. A veces, dispuesto a perder cinco dólares en pocos minutos, jugaba una partida de ajedrez con alguno de los innumerables vagabundos ilustrados que vegetaban por allí; en otras ocasiones solo miraba a mi alrededor, sin tener mucho en que pensar y ciertamente sin algo mejor que hacer. Fue bajo aquel estado que un día distinguí entre el resto de los caminantes la figura del crítico literario más poderoso de Estados Unidos. Sus rasgos físicos, ciertamente, eran notorios e inequívocos: gruesa papada bamboleante, ojos líquidos y saltones, de tamaño bovino, manos finas, la mirada divagante, el cuerpo ancho, muy alto, y ese andar sereno y reposado. Si mal no recuerdo, ni en aquella ni en las siguientes ocasiones lo vi por su cuenta, sino que siempre acompañado de alguna mujer atractiva, quizás colega, quizás amiga, quizás alumna privilegiada o tal vez amante. Pero jamás se me paso por la mente abordarlo y decirle lo que mascullaba entre dientes al verlo avanzar a la distancia: pocos años antes, Bloom había publicado El canon occidental, un libro que a algunos jóvenes de ese entonces nos pareció abusivo, arbitrario, prepotente y elitista.

Hoy por hoy, 16 o 17 años después de que publicase su polémico canon, mi opinión acerca de Bloom ha cambiado. La mesura que otorga la edad, mas ciertas lecturas claves, han hecho que mi sentimiento hacia el se acerque a la admiración. El canon occidental, volumen que he vuelto a leer recientemente, es sin lugar a dudas un libro ineludible. Y probablemente buena parte del encono y la animadversión que provoco su publicación en muchos de nosotros, muchachos graves, severos, y por ende bastante tontones, se debió a la falta de humor que en su momento demostramos ante el ingenioso ardid publicitario apreciable en el titulo. Pero no es el canon, sino un par de juicios de su autor, tan ciertos como que después del día cae la noche, lo que mas me ha acercado a Bloom en el ultimo tiempo. En el primero de ellos sostiene algo que la gente juiciosa de todo el mundo sabe de sobra hace rato, a excepción, claro esta, de las elites políticas chilenas: “Isabel Allende es una pésima escritora”. En el segundo predicamento, desarrollado con variedad de matices a lo largo de décadas, Bloom se demuestra un grandísimo admirador de la literatura de Thomas Pynchon, a quien considera “el más grande prosista vivo de Estados Unidos”.

Quienes no han leido los libros de Pynchon, o quienes si, y en vez de provecho han obtenido una sensacion confusa que media entre la perplejidad y la repugnancia, suelen decir que sus obras son inaccesibles, excluyentes e incluso sucias, o que están diseñadas para el disfrute de una casta de lectores híper intelectualizados que poseen un conocimiento de mundo similar al del autor. Otros, yendo más lejos, aseguran que hay que ser un iniciado en el gnosticismo, como lo es Pynchon, para entender de qué tratan sus escritos. Juicios de esta naturaleza o liviandad pasan por alto una regla fundamental de la literatura: los libros inteligentes tienen la virtud de hacer más inteligentes a quienes los leen hasta el final (y más a aquellos que, no habiéndolos entendido bien en una primera lectura, se permiten una segunda intentona). Sin embargo, es cierto que la literatura de Pynchon no es papita para cualquier paladar, pues acarrea un alto nivel de complejidad y, con frecuencia, puede estar teledirigida a un espacio que el lector, quienquiera que sea, por lo general no domina a cabalidad: el subconsciente.

Ahora, lejos de cualquier profundización teórica, a simple vista, podría decirse, es fácil percibir un atributo tremendo en la narrativa de Pynchon, y este tiene que ver con el hecho de que el autor vendría a ser un delicado parlante de su fragorosa imaginación. La técnica de Pynchon es exquisita, eso no lo discute nadie, pero su verdadero logro –en su caso una hazana es aquella capacidad de articular una infinidad de universos paralelos dentro de lo que para el es el enorme, si es que no infinito, campo de la novela. Todo esto lo aprehendió muy bien Roberto Bolaño. En palabras de Bloom, “Pynchon sobrepasa en inventiva a cualquier escritor estadounidense desde Faulkner, característica que el doctor Johnson, el mas grande los críticos literarios occidentales, consideraba correctamente como la esencia de la poesía o la ficción. Lo que puede juzgarse como el mayor talento de Pynchon es su vasto control, una habilidad preternatural para ordenar tamaña exuberancia de inventiva. La cualidad estética suprema de Pynchon es aquello que Hazlitt llamaba gusto, o lo que transmitió Blake en uno de sus proverbios infernales: exuberancia es belleza”.

Pynchon, se sabe, es también el más grande desconocido de las letras estadounidenses. Por casi cinco décadas, con una monomanía y una dedicación impresionantes (hay quienes dicen que el motor de todo ello es la exacerbada paranoia que sufriría), el hombre ha cultivado un estricto anonimato, al punto de que la única fotografía cierta que existe de su persona es la de un anuario universitario de principios de los cincuenta. No obstante, los datos biográficos que interesa conocer son de común acceso: nace en 1937, en Glen Cove, estado de Nueva York; egresa del colegio en 1953, a los 16 años, como el segundo mejor alumno de su clase; en 1958 se matricula en la Cornell University, donde estudia física y literatura; abandona Cornell brevemente para unirse a la Marina, pero regresa a completar ambas carreras; atendió a las conferencias que dio Nabokov en Cornell, aunque el ruso aseguro mas tarde no recordar a nadie llamado Pynchon entre su grey; se gradúa en 1958 y ese mismo ano rechaza una oferta de Cornell para ensenar escritura creativa, un puesto editorial en Esquire y la beca Wilson.

Mientras escribe V., su primera novela, vive en el Greenwich Village; en 1960 comienza a trabajar como ingeniero de la Boeing en Seattle, ocupación que mantendrá hasta 1962; en ese periodo publica algunos cuentos en revistas literarias, así como también un articulo relativo al misil guiado Bomarc en Aerospace; en 1963 publica V., que gana el premio de la fundación Faulkner a la mejor novela del ano; en 1965 publica La subasta del lote 49, también premiada; en 1973 le corresponde el turno a El arcoíris de gravedad, considerada su obra maestra, con la que obtiene el National Book Award (el autor envío a un payaso a recibir el galardón); pese a ser elegida en forma unánime por el comité del Pulitzer para competir por dicho premio, una entidad consejera ajena al Pulitzer le niega dicho privilegio por tratarse de “una novela obscena”; luego vendrán una colección de cuentos, Lento aprendizaje (1984), y cuatro novelas mas: Vineland (1990), Mason y Dixon (1997), Contraluz (2006, recién traducida al castellano) e Inherent Vice (2009).

El misterio alrededor de la figura y la identidad de Pynchon se ha convertido en un tema de culto que ha estimulado incesantes habladurías y una notable seguidilla de especulaciones alocadas. El mito se vio alentado por la desaparición de los papeles que atestiguaban su paso por la universidad, por la Marina y por la Boeing. Pynchon, un tipo inteligente, no ha hecho nada por desmentir los rumores. Pero una investigación periodística, a través de la cual cierta reportera de CNN dio con el, revelo que, además de existir en carne y hueso, el hombre es un ciudadano común y corriente, uno entre millones de neoyorquinos que habitualmente hacen sus compras en el almacén de la esquina, se juntan a almorzar con sus amigos y, con frecuencia, escapan de esa ciudad infernal para disfrutar algunos días de campo junto a sus familiares o amigos. En la novela Vineland figuran brevemente dos geniecillas del montaje cinematográfico, las hermanas Pisk, quienes aportan algo al respecto: “Se habían criado en Nueva York, lugar que, salvo geográficamente, jamás habían abandonado. Para ellas, lo único real de California eran las mil formas en que no llegaba a ser Nueva York [...]. Encontraban a la gente de la costa oeste ‘fría y distante’, y jamás se olvidaban de la ‘calidez y espíritu de vecindad’ de la vida en los apartamentos de la Gran Manzana [...]. Nosotras no tenemos que pasarnos las vidas encapsuladas en nuestros autos –señalaba Zipi–, .verdad? No, y nunca tenemos que mandar a nuestros perros y gatos al psicoanalista, y desde luego nosotras no salimos del agua, le echamos un polvo a alguien ahí mismo y después nos vamos a paso ligero sin dejar ni el numero de teléfono”.

Por ser sumamente oscura, retorcida, paranoide, extensa, compleja, y a ratos perturbadora, es la identidad literaria de Thomas Pynchon, y no la real, la que de verdad interesa. Tanto Borges como Pynchon escribieron fantasías, pero mientras Borges encamino sus aptitudes hacia ciertas curiosidades del lenguaje o de las matemáticas, Pynchon centro las suyas en la capacidad del hombre para ejecutar los pasos del mal y los tropiezos del amor.

Ahora, es fácil, muy fácil, dejarse tentar por un jueguecito inútil y ligeramente ordinario, y así forzar, aunque sea por un instante, algunas conclusiones al vuelo. La orgia de drogas, depravaciones, coprofagía, pedofilia, o de “sublimidad negativa”, para ocupar la elegante expresión de Bloom, es demasiado vivida en sus libros, esta demasiado enquistada en su ADN de escritor, como para conseguir sofocar permanentemente todo rapto de suspicacia.

A mi, por ejemplo, me parece improbable que alguien que jamás haya probado la cocaína pueda describirla con la seguridad y lucidez que lo hace Pynchon. “Delante de la puerta de acceso a la proa se encuentra con un grupo de borrachos y atontados aristócratas que bloquean el pasillo, junto con un desordenado montón de botellas, vasos y copas, a los que hacen compañía, sentados en circulo, en el suelo, un corro de adictos a la cocaína que, en ese momento, no sienten otra cosa que el cosquilleo de pajaritos de cristal que les revolotean narices arriba, a través de una selva de pelos, que se les antojan salidos de la punta de un puñal de oro con rubíes engastados”. El arcoíris de gravedad, libro del cual procede la cita anterior, esta dedicado a nos lo quita de las manos, Justicia y el FBI tratan de hacer ellos el negocio o arruinarlo, y francamente –bajando la voz– .te das cuenta de lo barata que esta la coca desde el ano 81? .Como demonios justificas eso?”. En El arcoíris de gravedad casi todos los participantes, alrededor de trescientos, pueden perfectamente llegar a calzar en una de las siguientes caracterizaciones denigratorias: “Dentro descubren una combinación de bar, fumadero de opio, cabaret, casino y casa de lenocinio, con todas las salas rebosantes de soldados, marineros, mujeres, bribones, conjuradores, traficantes, drogadictos, ganaderos, perdedores, voyeurs, homosexuales, fetichistas, espías y pobres diablos solo necesitados de compañía..., todos ellos hablando, cantando o armando alboroto, pero las paredes insonorizadas de la casa impiden que el jolgorio se oiga fuera”.

James Wood, otro de los grandes críticos estadounidenses en ejercicio, sostiene acertadamente que la farsa del siglo XVIII calo profundo en el estilo de Pynchon (Wood se refiere específicamente al Tom Jones, de Henry Fielding): “No hay nada mas dieciochesco que el amor de Pynchon por la acumulación de argumentos picarescos; su burla de la pedantería, que al mismo tiempo es amor por la pedantería; su habito de hacer que sus personajes planos dancen por un instante en el estrado para luego eliminarlos bruscamente de escena; su devoción vodevilesca por nombres tontos, bromas, percances, disfraces, errores tontos, y suma y sigue. Hay placeres que obtener leyendo estos lienzos amistosos y poblados, y hay pasajes de inmensa belleza, pero, como en la farsa, el costo en cuanto a la seriedad final es considerable: cada quien esta protegido de las amenazas reales porque nadie realmente existe. Las enormes turbinas del incesante creador de historias producen tal ruido que al final nadie puede ser escuchado”. Es fácil entender el desden Richard Farina, poeta, cantante de folk e icono de la contracultura narcotizada de principios de los sesenta, quien, dicho sea de paso, sufrió una muerte de lo mas pynchonesca en abril de 1966 (Wikipedia ofrece una excelente versión del hecho).

Ambos muchachos se conocieron en Cornell, el ano 1958, en un ambiente en el que para Pynchon, a diferencia de Farina, reinaba una acentuada represión sexual: “1958, ténganlo por cierto, era otro planeta [...]. El rock and roll nos había acompañado por algunos pocos anos, pero la formula sexo, drogas y rock and roll aun no estaba lista para muchos de nosotros”, apunto en un famoso prologo a la única novela que escribió Farina. La declaración, además de que nos permite fijar con exactitud la época en que Pynchon comenzó a probar ciertos narcóticos prohibidos, alcanza también una insospechada trascendencia visual: la única imagen que de el conocemos, la que retrata a un muchachote dientan y encorbatado que luce su mejor sonrisa de anuario, ciertamente no coincide con la imagen del Thomas Pynchon que llegaríamos a conocer a través de sus libros.

Los personajes de Pynchon, los cientos que aparecen en sus novelas, conforman una humanidad llamativamente morosa. En la novela V., donde una misma historia es contada a través de una docena de variaciones, uno de los protagonistas, Profane, “seguía siendo un muchacho ameboideo, blando y gordo, el pelo trasquilado corto, creciendo a retazos, los ojos pequeños como los de un cerdo y demasiado separados”. En Vineland, obra ambientada en una comunidad de marihuaneros californianos que lucha contra los embates persecutorios de la era Reagan, las conspiraciones –y las suspicacias que estas incitan- se despliegan a cada instante. “Nadie nos protege en esta administración, el Departamento de Estado no nos puede ver, para el Consejo Nacional de Seguridad somos bazofia, si Aduanas no que denotan sus palabras, pues, a fin de cuentas, Wood es un predicador fanático del realismo a ultranza, pero, aun así, su juicio pasa por alto una cualidad fundamental, y a la vez perturbadora, en la literatura de Pynchon: muchos de sus “argumentos picarescos” son tan reales como la letra misma en que están impresos.

Las conspiraciones descritas en los libros de Pynchon no son, como pudiera pensarse en un primer instante, producto de una imaginación enfurecida y desatada. Allí, en ese rasgo perturbador, radica uno de los más grandes placeres de leer a Pynchon: su inventiva afiebrada no se desboca a la hora de describir conflagraciones; las conflagraciones están y siempre estarán ahí, a tiro de piedra. Leer a Pynchon implica calibrar la paranoia del que escribe y, luego, en mayor o menor grado, comenzar a sentirla en carne propia. Es sorprendente el numero de personajes secundarios reales (o si se prefiere “históricos”) que animan las ficciones de Pynchon, así como también lo es el llamativo numero de complots genuinos, aunque no muy conocidos, que el escritor plasmo en sus novelas. Tras leerlas, siempre persiste una macabra interrogante: .y si Pynchon estuviera en lo cierto? El foco de todas las relaciones, de las innumerables relaciones propuestas en El arcoíris de gravedad, es el carismático cohete V-2. Y aunque así, a primera vista, el asunto pueda parecer alocado, es imposible ignorar el hecho de que una de las mejores novelas sobre la Segunda Guerra Mundial, que tiene mucho más asidero en la investigación de hechos reales que en la farsa, fue escrita por alguien que cumplió ocho anos el día de la victoria aliada.

Si se trata de vislumbrar la difusa identidad de Pynchon por medio de sus libros –en un momento de candor esa fue la ambición de este artículo, tal vez lo mejor sea centrarnos en un solo personaje, en Tyrone Slothrop, protagonista de El arcoíris de gravedad. Antes que nada, el joven es un paranoico profesional que, entre 1944 y 1945, deambula de manera incesante por Europa, casi siempre disfrazado, ya sea de chancho, de oficial ruso, de dandy o de “Hombrecohete”. El fin de la Segunda Guerra Mundial queda ensombrecido en el relato por la dureza y el desenfreno reinantes en los continuos círculos depravados o decadentes que visita Slothrop. Sin embargo, ni las drogas, ni los raptos de pedofilia dura, ni las partusas, ni el exorbitante número de amistades reprobables con que se codea logran corromper al estoico Slothrop. Al poder, al poder oculto e innominado, a esos que Pynchon denomina Ellos, siempre con mayúscula, Slothrop solo les interesa porque, dicen, es capaz de predecir cuando caerá un cohete en un lugar determinado: “Su supervivencia hasta la fecha es una prueba de que ha actuado con información anticipada y evitando la zona en el momento en que se suponía caería el cohete”. Por sobre esa habilidad inconsciente, Slothrop se define como un puritano que cree en la Palabra, también con mayúscula, aunque es muy improbable que con ello Pynchon se refiera a la palabra de Dios. Sus ancestros, los de Slothrop, y también los de Pynchon, ya habían hecho el pacto generaciones atrás: “Mierda, dinero y Palabra, las tres verdades norteamericanas impulsoras de la movilidad norteamericana, los ligaron definitivamente, según afirmaban los Slothrop, al destino del país”.

Mierda, dinero y Palabra, tres ingredientes que puestos en una misma licuadora infernal rebalsan los capilares de la imaginacion de Thomas Pynchon. ¿Salvación?, ¿Redención? Claro que no. Más bien, una posibilidad aterradora: la paranoia “no es nada menos que el comienzo, el primer paso, en el descubrimiento de que todo está conectado, todo en la Creación”.

Juan Manuel Vial. Periodista. Crítico literario del diario La Tercera.
Articulo: www.elboomeran.com 05/2012

Gabriela CABEZON CAMARA/Entrevista a Jonathan FRANZEN


LITERATURA
Jonathan Franzen: “La riqueza de un país y su creación de literatura realista están ligadas”
Por Gabriela CABEZON CAMARA

El autor de “Las Correcciones” y “Libertad”, cuenta su vida de escritor, Sus iras políticas y explica cómo hace para crear sus complejos personajes.

"Es una una situación incómoda, pero la verdad es que a mí las cosas me están yendo mejor justo cuando al país le van peor”, termina de decir, levanta la vista –porque la baja, en un gesto reflexivo y calmo, mientras responde cada pregunta– y sonríe Jonathan Franzen. Está descalzo, sentado a la mesa, de espaldas a la cocina, en su departamento del Upper East Side de Manhattan, un barrio próspero dentro de la isla próspera, a pocas cuadras de Central Park: todo hermoso.

Franzen recibe a cronista y fotógrafa, descalzas también, son las reglas de la casa, y ofrece té, café, agua. Y se sienta. Y empieza a hablar. Franzen es el escritor que se hizo famoso en 2001 con su novela Las Correcciones, y el que fue considerado autor de la primera gran novela americana del Siglo XXI con Libertad. Fue tapa de la revista Time –legendaria y prestigiosa– en agosto de 2010. Era la primera vez en diez años que la revista le dedicaba la tapa a un escritor. Titularon así: “Gran Novelista Americano. No es el más rico ni el más famoso. Sus personajes no resuelven misterios, no tienen poderes mágicos ni viven en el futuro. Pero su nueva novela, Libertad, nos muestra la manera en que vivimos”.

Las Correcciones se publicó por primera vez en septiembre de 2001. Una semana después, una ecuación inusitada cambiaría la política internacional: fueron dos aviones estrellados y dos torres caídas en esta isla bonita, lo que mostró las fisuras del poder de Estados Unidos. Y también su fortaleza: la de su enorme aparato militar en las guerras “contra el terrorismo” en Afganistán e Irak.

Acaba de reeditarse en nuestro país Las Correcciones (Edhasa). Pasaron once años desde su primera edición en Estados Unidos. De esos años hablaba Franzen al principio de esta entrevista, que empezó con esta pregunta.

-¿Qué cambios fueron más importantes, a tu criterio, en tu país y en tu vida en esta década? 
-En lo que se refiere a mí, estoy menos enojado, aunque en términos políticos sentí mucha ira durante la era Bush. Pero me hice famoso con Las Correcciones y no me pareció propio de alguien tan afortunado como yo estar tan enfadado– se ríe. Y sigue: La verdad es que aún me cuesta creer que haya escrito ese libro. Y me resulta extraña la ira que tiene. No es que haya cambiado de opinión ni que haya menos motivos para estar enojado, al contrario. Y ya no puedo escribir con ese humor, porque el humor tiene mucho que ver con la agresión: no me divierte más la forma en que mis personajes se enojan con el mundo. Respecto de los cambios en el país, el más importante para mí es que la gente es más destructiva de lo que era en 2000; nos autodestruimos constantemente y mientras tanto estamos el día entero enganchados a Facebook, Twitter. Por otra parte, el país está en una posición mucho más débil, económica y estratégicamente, que hace 11 años. La situación medioambiental empeora y sin embargo, tengo la sensación de que es mucho más fácil no pensar en eso, porque estamos todo el día jugando con los nuevos aparatos electrónicos.

-¿Antes se pensaba más en términos políticos? 
-El 11S fue interesante porque en todas partes se discutía sobre el tema, qué había pasado, cuál sería la respuesta adecuada. Ahora es muy difícil tener una conversación adulta y racional sobre cualquier cosa. Todo lleva a la distracción, las imágenes repetidas una y otra vez en televisión, Internet. Todo lo que parece haber es sombra y destrucción. En los 90 yo sentía que era el único que se daba cuenta de lo que estaba mal y que tenía luchar contra eso. Ya no, es un alivio, ahora siento que mi responsabilidad es solo hacer compañía a los lectores que me preocupan.

-Tus muchísimos lectores ¿te hicieron sentir acompañado también políticamente?
-Sí, saber que había muchos otros que también estaban enojados con lo que pasaba me hizo sentir menos solo. Esa debe ser una de las ventajas del realismo. 

-¿Por qué elegiste esta corriente literaria? 
-En este país el realismo nunca murió: pasó por una cara posmoderna, en la que ciertos escritores privilegiados hacían un trabajo no convencional, pero siempre se produjo ficción realista seria. Siempre hay personas como Toni Morrison, Alice Munro, Norman Mailer. En parte, creo que esto sucede porque este es un país enorme, educado y rico: podés vivir de escribir, hay un gran mercado. Si estás en un país donde la literatura es principalmente para las élites, que es lo que, creo, pasa en la mayor parte del mundo, entonces se vuelve atractivo el hecho de hacer una literatura muy difícil. Parece haber algún tipo de conexión entre la riqueza de un país y su producción de literatura realista, eso opino, aunque no lo puedo probar. Pero la novela surgió y empezó a tener su forma en economías en expansión, cuando se empezaron a vender libros para las clases bajas y medias.

-¿Y cómo empezó tu relación con la literatura? 
-Mi padre me leía cada noche, libros básicos que los chicos americanos solían leer: Tom Sawyer, La Isla del tesoro, Los viajes de Gulliver, y rápidamente me empezó a gustar leer. Mis padres eran bastante mayores y estaban ocupados, tenía amigos, pero solo podía verlos a la tarde, así que simplemente leía, constantemente. Libros de divulgación científica, ciencia ficción, de todo. Aunque no creo haber tenido una buena educación en la escuela pública. Recién en la universidad empecé a entender algo. La mía no era una familia de lectores y mucho menos de escritores. Creían en el valor de la lectura como elemento de formación y nada más. Mi madre incluso pensaba que la ficción era deshonesta, que inventaba mentiras. Ellos no alentaron en absoluto mi carrera de escritor, pensaban que no era práctico, querían que fuera médico o ingeniero, que tuviera alguna profesión útil.

-¿Llegaron a ver lo bien que te va? 
-No.

-Qué lastima.
-Sí, la verdad que sí.

-¿Cómo decidiste ser escritor? 
-Soy una persona competitiva. Ya en el colegio me di cuenta de que siempre había alguno mejor en matemática o en física. Pero no había nadie tan bueno en inglés como yo, así que eso fue una señal. Cuando tenía 17 escribimos y publicamos un texto con un amigo y nos pagaron 100 dólares y nos dieron ejemplares. La idea de hacer algo tan divertido y además ganar dinero fue irresistible. Después, en la universidad, tomé la literatura como una religión, me volví muy ambicioso, probablemente porque sentí que tenía que tener un gran éxito para que mis padres vieran que había elegido bien no siendo médico o ingeniero. Además, quería ser el mejor, jugar en lo más alto.

-Te salió bien.
-Sí, parece que sí.

-¿Es cierto que cuando te jugaste por la literatura te la pasaste años a pizza porque no tenías plata? 
-Nunca comprábamos pizza, la hacíamos, que es más barato. Pensé que me llevaría solo dos años escribir una novela y venderla, y poder decirles a mis padres que estaba todo bien, pero tardé seis. Aunque en aquel momento pareció una eternidad, visto más ampliamente fue bastante rápido. Empecé el libro a los 22 y estaba publicado a los 28 (habla de La ciudad veintisiete). Me casé, tuve un trabajo de media jornada, nunca salíamos a comer, éramos muy pobres y solitarios, y eso se convirtió en un problema después, pero en aquellos años trabajaba 8 horas, después cenábamos, a lo sumo con una cerveza barata, luego leía 4 o 5 horas, seis noches a la semana, y con todo ese tiempo leyendo durante cinco años, realmente llegás a saber lo que se ha hecho en novela. De vez en cuando íbamos a ver una película, porque había un cine que pasaba dos películas por dos dólares. Fue un buen momento, pero nunca volvería a estar tan aislado. Tengo amigos, responsabilidades familiares, trabajo.

-Tanto “Las Correcciones” como “Libertad” son novelas que cuentan historias de familias, ¿por qué? 
-No estoy muy seguro de que sean novelas familiares. En Las Correcciones, la familia entera sólo se junta una vez Sí, pero es una novela de familia, como Los hermanos Karamazov.

-¿Los hermanos Karamazov es una novela de familia?
-No hay demasiado sobre dinámicas familiares en ese libro. Tenés todos esos personajes que están emparentados, y eso solo te hace saber mucho de ellos: tomemos por ejemplo a Dimitri, él es hijo y hermano, siempre hay sentimientos fuertes asociados con ser un chico, un hermano, un padre, pero la mayor parte de lo que vemos de él no tiene nada que ver con su hermano, sale con la chica, va a terribles fiestas… Es la historia de una familia, de todos modos. Y es una elección: hay muchas novelas que hacen eje en otro tipo de vínculos.Creo que poner a los personajes en una relación de familia les suma mucho. EnLas Correcciones, por ejemplo, mayormente vemos a los personajes aislados del resto de su familia. Solo están juntos en una escena de una página; los vemos cuando eran chiquitos, pero ni siquiera ahí interactúan mucho. Ponés un padre, una madre y un hijo y enseguida te preguntás cuánto se parece a cada uno, qué conflictos entre los padres afectan al chico: estas preguntas se te ocurren casi automáticamente. Solo con especificar la relación, hay un valor añadido. Y tomo valor añadido de donde sea que lo encuentre. Es difícil crear valor literario, es difícil crear textos con mucho significado, y la familia es una forma rica y fácil de hacerlo, no entiendo por qué no la usan muchos más escritores.

Porque no es tan fácil… 

-No, no lo es, pero creo que Las Correcciones más que una novela familiar, es una novela donde la historia central es que un hombre mayor se está desmoronando y ni sus hijos ni su mujer quieren aceptarlo. Todo el mundo huye de las verdades horribles.

Franzen vive solo y dice que no le interesa tener hijos. Tal vez por eso cierra así: “Las dinámicas psicológicas profundas entre hermanos y padres e hijos me interesan mucho, pero el día a día de una familia no me interesa demasiado”.

Articulo: http://www.revistaenie.clarin.com 25/05/2012