Ensayo
Lenkov: perdido en la traducción
Por Ignacio VIDAL FOLCH
"Durante una reciente estancia en
Sofía (Bulgaria) tuve ocasión de conocer el caso de un poeta al que iban a
darle un premio, pero en vez de eso lo mataron. O sea, el caso de la
desaparición de Grigor Lenkov".
Así comienza el ensayo de Ignacio Vidal -
Folch, escritor y periodista español, sobre la misteriosa desaparición del
poeta Grigor Lenkov durante la guerra fría. Publicado en la revista Claves
de la Razón Práctica.
1.
Durante una reciente estancia en Sofía
(Bulgaria) tuve ocasión de conocer el caso de un poeta al que iban a darle un
premio, pero en vez de eso lo mataron. O sea, el caso de la desaparición de
Grigor Lenkov. Es una historia característica de los modos, secretos y enigmas
sin resolver de la Guerra Fría al otro lado del telón, también relacionada con
la obra maestra del mayor escritor ruso de todos los tiempos, Pushkin, y
también, en fin, con la tragedia de los “desaparecidos”, cuyo destino incierto acentúa
el dolor de sus deudos y prolonga en el tiempo indefinido y sin contornos la
angustia de la espera, generalmente, por desgracia, inútil. Puedo contar esta historia,
este drama, con algún detalle tras hablar largamente con la viuda y la hija de
Lenkov, Tzveta y Goryana, y tras la lectura de algunos textos, especialmente el
libro Cómo todo se convierte en dolor e Historia (un verso de Lenkov), que reúne
cartas, diarios y otros documentos del poeta desaparecido misteriosamente a los
39 años.
Encontré la primera noticia sobre este
caso en el periódico Fin de semana. Publicaban a doble página una entrevista
con Krasimir Raydovski, que durante el antiguo régimen fue diplomático, y por
descontado agente de la Darjavna Sigurnost, la omnipotente Seguridad del
Estado. Cuenta Raydovski que conoció a la esposa de “Grigor Lenkov, poeta y
traductor del ruso; en los años 80 fue a Moscú para recibir un premio literario
y allí lo mataron…” Es la primera voz de los estamentos oficiales que hasta la
fecha haya sugerido que la muerte de Lenkov fue un homicidio; aunque Raydovski
habla de oídas, cuenta lo que se decía en sus círculos, y los datos que aporta
son imprecisos, pues no fue en los años ochenta, sino en junio de 1977, y no en
Moscú sino en Leningrado (entonces San Petersburgo) donde el poeta desapareció.
Así pues, según supe, la Unión de
escritores soviéticos invitó a Grigor Lenkov, distinguido poeta y traductor de
poesía, especialmente del checo y del ruso, a participar en las jornadas de la
“Fiesta de la poesía en Rusia”, que aquel año se dedicaba a Pushkin. Algunos
circunloquios y sobreentendidos de la carta de invitación daban a entender que
durante su estancia en la ciudad se le concedería un premio por su versión del
Eugenio Oneguin, cuya tercera edición se vendía en aquellos días en las
librerías. Sí, en el Club de los escritores y traductores en Sofía se rumoreaba
que los círculos pushkinistas de la URSS consideraban su traducción la mejor
del mundo, y que merecía el premio. Su esposa Tzveta le acompañó en el viaje.
Ella era también –es– traductora, del árabe y del ruso. En aquella época estaba
trabajando en los ensayos de Marina Tzvetaeva y de Anna Ajmatova y, como suele pasarles
a los traductores que estiman cálidamente a “sus” autores, le interesaba mucho conocer
algunos de los lugares donde transcurrió la vida, tristísima, de las dos grandes
poetisas. Además, Tzveta había traducido otro libro de muy diferente
naturaleza:
El corazón del cirujano, una autobiografía
del académico Fiador Uglov, un éxito en la URSS, y se esperaba que también lo fuera
en Bulgaria. Uglov ha sido una de las figuras más destacadas de la medicina rusa,
un eminente cardiólogo, autor de varias monografías y de 600 artículos científicos,
y catedrático de cirugía en la Universidad de Medicina Ivan Pavlov. El cirujano
y su traductora se habían carteado, y ella pensaba aprovechar la estancia en
Leningrado para entrevistarle para un periódico de Sofía.
Con Grigor y Tzveta viajó a Leningrado su
hija Goryana, en premio a las buenas notas obtenidas en el colegio y para
celebrar su décimo aniversario. El cuarto y último miembro de la familia, el
niño Marin, era muy pequeño y se quedó en Sofía a cargo de sus abuelos.
2.
El 5 de junio se celebró la sesión
inaugural de la Fiesta de la Poesía en Pskov; ante un millar de congresistas, filólogos,
académicos, profesores y literatos, Lenkov pronunció su conferencia “Traduciendo
a Pushkin”. Traducir la poesía de Pushkin no es precisamente fácil, y traducir
Eugene Oneguin mucho menos.
Por el contrario, es difícil “como
transmitir con palabras la música de Mozart”, según Mijail Chilikov, autor de
la versión española para editorial Cátedra. El argumento de esta “novela en
versos” es trivial: Eugene Oneguin, un joven aristócrata disoluto, hastiado de sí
mismo y de la vida cortesana, se retira a vivir en su hacienda, donde al cabo
de un tiempo, por un capricho de orgullo y a consecuencia de una ofensa
irrisoria, se bate en duelo con su querido amigo, el joven poeta Vladimir
Lensky, y le mata, sin querer, destruyendo en el acto su propio porvenir, perdiendo
el amor de la mujer a la que ambos aspiraban y muriendo en vida. Dicen que en
el destino de Lensky el poeta presagió su propia muerte prematura en duelo.
Como artefacto literario, Oneguin ya es
otra cosa. Sus 5.500 versos se reparten en estrofas de catorce, de pie yambo,
organizados en tres cuartetos y un pareado según la siguiente estructura: el
primer cuarteto, de versos “cruzados”, es decir, ABAB; el segundo, en pareados,
CCDD y el tercer cuarteto, en “anillo”, es decir: EFFE. Y cada estrofa se
cierra con un dístico de rimas vecinas. Esta estructura le permitía a Pushkin
moverse con comodidad en registros trágicos, descriptivos, líricos o bufos, y
salir del relato estricto cuando le convenía, para dejar caer una consideración
irónica o elogiar las piernas de una muchacha, inolvidables a pesar del tiempo
transcurrido. Tales digresiones le dan al relato un delicioso aire casual, como
si se hubiera escrito sin esfuerzo para matar el tiempo y para entretener unas
tardes lluviosas.
Pero por cierto que a sus traductores no
les debe resultar tan fácil mantener en otro idioma esa estructura. Traducir
poesía del ruso al búlgaro (o igualmente al español) ya de por sí es
extremadamente difícil, porque aunque ruso y búlgaro tengan muchas raíces
léxicas comunes son lenguas completamente diferentes por su estructura gramatical.
El ruso es un idioma sintético: las relaciones entre las palabras en la oración
se expresan a través de casos. El búlgaro, en cambio, es un idioma analítico:
las relaciones sintácticas se expresan con la ayuda de preposiciones, al igual
que en el español.
La lengua sintética ofrece más
posibilidades para la versificación. Lenkov, aun traduciendo de un idioma “cercano”,
tuvo que superar las increíbles dificultades que están establecidas en la naturaleza
misma de las dos lenguas, para obtener el ritmo, la rima y la música del texto
original sin perjudicar el sentido y sin violentar su propia lengua. Los
traductores de Eugenio Oneguin a muchas otras lenguas se han resignado a la
prosa. Por ejemplo, Nabokov en su célebre y polémica versión en inglés. Otros
han traducido verso por verso, pero han tenido que renunciar, claro está, a “la
estrofa oneguiana”, el famoso “yambo de Pushkin”, y entonces la música desaparece
por completo. Dicen que la versión de Lenkov es prodigiosa. Un logro. Y luego:
“Fue a Moscú a recoger un premio y allí lo mataron.”
3.
La noche del 6 de junio el matrimonio y su
hija cenaron en casa de unos amigos rusos, con otros invitados. A la mañana
siguiente Lenkov seguía reprochándose por haber hablado demasiado abiertamente
ante sus anfitriones sobre Ajmátova, sobre Gumilyov (poeta, esposo de la
anterior, fusilado en 1921 por orden expresa de Lenin), sobre Tzvetaeva y sobre
otros poetas y disidentes, y arrepentido de la imprudencia se proponía enmendarse,
despachar los compromisos pendientes y regresar cuanto antes a casa. De acuerdo
con él, Tzveta concertó una cita con Uglov para entrevistarle aquel mismo día
en el hospital donde trabajaba. Nada más pisar la calle, Lenkov se sintió mal, sufrió
unas convulsiones muy fuertes y se desplomó sobre la acera. Su esposa, tras
superar un momento de pánico e intentar en vano recuperarle, salió a la calzada
e intentó parar un taxi, pero no circulaba ninguno por los alrededores.
Finalmente un Lada particular se detuvo
junto a la acera; el conductor se hizo cargo de la situación y se ofreció a
llevarles al hospital de Uglov. Allí Tzveta explicó que su marido sufría
alucinaciones. Uglov le examinó el corazón, le sometió a un electrocardiograma
y aunque no percibió nada serio, salvo que la presión arterial estaba baja,
sugirió ingresarlo para mantenerle bajo observación médica y ordenó que le
administrasen una inyección. Luego llamó al médico jefe del hospital para que
organizase la hospitalización. Tzveta y Goryana acompañaron a Grigor a la
habitación y tras acomodarle en su lecho, inquietas pero confiadas en la
medicina soviética que en el bloque del Este tenía la reputación de ser la
mejor del mundo, volvieron al hotel.
Tzveta llamó a los mismos amigos rusos con
quienes habían cenado la víspera para que cuidasen de su hija durante su
ausencia, y luego volvió al hospital junto con Olga Basova, una funcionaria de
la Unión de escritores soviéticos encargada de acompañar a Lenkov durante su
estancia en los Días de la poesía. –¿Lenkov? –la recepcionista consultó el
libro de registro–: Aquí no tenemos a ningún Lenkov.
–Claro que está aquí. ¿Cómo no va a estar,
si yo lo he traído hoy mismo? El mismo académico Uglov lo ha ingresado. Fíjese
bien, por favor.
–Precisamente Uglov acababa de pasar por
allí –dijo la recepcionista– ¿No lo ha visto usted?
Tzveta se quedó confusa, era imposible que
el cirujano se hubiese cruzado con ella y no la hubiese visto. En este momento
viendo que el médico jefe bajaba por la escalera, se acercó a pedirle que los
dejara pasar, pero él la interrumpió con voz gélida:
–Su marido ha muerto.
Era evidente, explicó el médico jefe, que
el paciente sufría una profunda depresión y probablemente al quedarse solo, en
un ámbito extraño y aislado de los suyos, había entrado en un trance de dolor
mental insoportable… y había puesto fin a su vida.
Era una idea tan extravagante que a la
mujer le pareció que había oído mal. Desde luego algo no cuadraba, se había producido
una confusión en algún lugar y el médico se refería a otra persona, a algún desconocido.
¿Grigor, deprimido, suicida? No, él era un hombre alegre y no estaba en absoluto
deprimido.
–¿Pero de qué me está hablando?
–Se ha tirado por la ventana.
–¿Por la ventana? ¿Qué ventana?
–La ventana de su habitación.
–Pero si era sólo un segundo piso. Y
además en su cuarto había otros enfermos.
–En aquel momento estaba solo. Los demás
pacientes habían salido fuera y estaban jugando a shashki (damas)...
Tzveta rompió a gritar. Una enfermera se
acercó a darle una infusión de valeriana, pero ella la rechazó con un ademán.
Entonces la enfermera le espetó:
–¿Recuerda que esta mañana él hablaba de
un profesor americano con quien mantenía correspondencia?
Tzveta se quedó anonadada. Efectivamente,
cuando lo dejó en el hospital Grigor estaba hablando de Pasternak y de Doctor Zhivago;
no mantenía correspondencia con ningún profesor americano, pero era cierto que
un estudiante americano a quien había conocido en una Escuela de Verano,
durante una de sus estancias en Praga, le había regalado un ejemplar del libro
prohibido. ¿Pero a qué venía mencionar aquello como una acusación en aquel
momento?
A gritos reclamaba Tzveta ver el cadáver
de su marido.
–Ahora no es posible –dijo el doctor–, aún
está en el quirófano.
La llevaron a una salita, donde un
investigador la sometió a un interrogatorio del que ella, que se hallaba en
estado de shock, sólo recuerda que le castañeteaban los dientes y repetía “no sé
nada, yo no estaba presente, sólo sé que Grigor se reprochaba por haber
mantenido ciertas conversaciones…” Luego, como en un sueño, los amigos, o quizá
Olga Basova, la cogieron de los brazos –porque ella ni siquiera podía despegar
los pies del suelo– y se la llevaron a rastras como a un animal sacrificado.
Al día siguiente, algo recompuesta,
intentó desesperadamente encontrar a Uglov, pero nadie contestaba al teléfono
de su casa. ¿Le habría sucedido algo malo, también a él?
4.
Más tarde le dijeron que se le permitiría
ver el cadáver cuando ella llevara su ropa a la morgue. Pero luego resultó que
no pudieron complacerla en esto, supuestamente porque a consecuencia del
impacto contra el suelo el rostro de su marido había quedado horriblemente
desfigurado. Como ella porfiaba y se empeñaba en verlo, argumentaron que no
podían permitirlo “por una cuestión de humanidad” y que de todas maneras el
ataúd con el que sería repatriado tendría una ventanilla, a través de la cual
podría verle. Finalmente, antes de partir de regreso a Bulgaria Tzveta logró
contactar telefónicamente con Uglov. Con un tono de voz que ella no le había
oído nunca, impaciente y un poco impertinente, el hasta entonces cordial
cirujano declaró que había consultado con el hospital “el caso de su marido” y
que no había motivo para alterarse pues el suicidio no tenía nada de extraño,
dada su adicción.
–¿Cómo, Fiodor Grigorievich?
–Enajenación, brotes de demencia,
delirios, depresión… Son síntomas clásicos de las crisis alcohólicas.
–Pero qué dice, doctor… ¡Si Grigor no
bebe! No. Nunca más volvió a ver ni a hablar con el eminente cirujano.
En el avión a Sofía donde también viajaba
el féretro herméticamente cerrado y sin ventanilla que supuestamente contenía los
restos de su marido, se sentó en la butaca contigua a la de Tzveta un hombre atlético
y sonriente que se presentó como “VladLen” (contracción de “Vladimir Lenin”).
–Me llamo Vladlen, o sea Vladimir Lenin,
pero no soy del partido -dijo con buen humor–. Les acompaño a Sofia... y
explicaré lo que le ha sucedido a su marido.
Ella le pidió que por lo menos no se
sentase a su lado. Sin hacerse de rogar el otro se mudó a otra butaca, unas
filas más atrás. Nada más desembarcar, un coche oficial se llevó a Vladlen a la
sede de la Unión de Escritores, en la calle Angel Kanchev, donde contó la
primera versión de su historia:
“El poeta Lenkov fue ingresado en el
hospital después de que armase un escándalo con su mujer. La pareja estaba
pasando una mala época, tenían fuertes desavenencias... Él, desesperado, se tiró
por la ventana…”
En los círculos literarios, donde
presentaban a Vladlen como “un camarada” del Departamento de relaciones
internacionales de la Unión de escritores soviéticos, contaba otras versiones:
en un sitio decía que Grigor había sido alcohólico, y que en un acceso de
locura se había quitado la vida; en otro, hablaba de una depresión nerviosa congénita,
larvada hasta el día en que, encontrándose solo, en el hospital… Eran tan
diversas las versiones que difundía y que luego le llegaban a Tzveta, que ésta
juzgó que era un intoxicador incompetente, y sólo años más tarde acabó comprendiendo
que a Vladlen le daba casi igual que la gente creyese o no en sus historias,
pues lo importante era ponerlas en circulación, para que se difundiesen y contradijesen
y confundiesen y lo que de verdad pudo haber pasado y lo que pasó fueran sólo dos
versiones más: no un hecho cierto sino una confusa posibilidad. Cumplida su
tarea, “VladLen” desapareció y desde entonces no se le ha vuelto a ver.
Mientras tanto el féretro venido de Moscú
era conducido al cementerio central de Sofia sin que nadie pudiera comprobar
qué llevaba dentro. Slavi, el hermano de Lenkov, sobornó a un sepulturero para
que le dejase solo con el féretro antes de inhumarlo:
“Al cabo de un momento regresó con una
azuela y una palanca, y yo le dije que si quería podía presenciar lo que yo me
disponía a hacer. Pero él dijo: ‘Toma estas herramientas, ahora son las 18 y 18
minutos. Voy a cerrar la verja desde fuera, porque si alguien se entera de lo
que estás haciendo aquí dentro a mí me fusilarán y a ti te quemarán en una
pira. Ten en cuenta que el ataúd viene de la URSS y nosotros estamos tratando
de abrirlo. Sólo de imaginar que nos pillan se me ponen los pelos de punta.
Volveré a las 18.45, y entonces tú desaparecerás.’ Entonces yo retiré la colgadura
roja, inserté la palanca y apreté, pero no sirvió de nada. Inserté también la
azuela, y entonces la tabla cedió. Con muchos esfuerzos pude desclavar la primera
tabla. Los clavos eran largos y ganchudos. ¿Qué vi? Una lámina de metal. Metí
la mano, pero no encontré ninguna ventanilla en el metal. Desclavé otra tabla y
vi un ataúd cubierto de zinc. Estaba muy húmedo. Toqué con la palma de la mano
y sentí el frío intenso: seguro que había estado en un frigorífico. No había
ventanilla, aunque a Tzveta le habían dicho que iba a poder verle. Mentira.”
5.
Transcurren unas semanas. A través una
pariente que trabaja en la Fiscalía General del Estado llega de la Fiscalía
Suprema Soviética, en Moscú, la confirmación oficiosa de que lo que ya algunas
voces a través de la Unión de Escritores le habían adelantado a Tzveta: en
realidad lo que sucedió en el hospital fue que se cometió un error médico. El tratamiento
administrado a su marido, un vasoconstrictor en lugar del vasodilatador que
precisaba, le provocó un ataque cerebral; cuando el personal médico advirtió el
error procuraron contramedicarle y operarle de urgencia, pero todos los
esfuerzos fueron vanos; falleció en el quirófano.
Luego se puso en marcha una investigación
interna, se depuraron responsabilidades, algunos médicos fueron castigados e
incluso uno fue despedido. Cada día la viuda se presenta en una redacción o en
una editorial, telefonea a los amigos y les repite:
“Le han matado, y dicen que se ha
suicidado”. Todos la escuchan, se conduelen, se encogen de hombros, y dicen que
no hay nada que hacer. Corre el rumor de que la angustia la ha vuelto loca y
por eso va y viene por la ciudad propagando un sinfín de barbaridades.
Por mediación de un amigo de Grigor,
Tzveta conoce a Dimitar Skenderov, abogado con buenos contactos en altas
instancias de Moscú. Éste acepta sondear el caso y al cabo de unas semanas la
convoca en su despacho para decirle que “Ellos”, los rusos, habían cometido una
serie de torpezas, irregularidades y abusos; por ejemplo, era contrario a ley
vetar todo acceso al cadáver y las condiciones en que el ataúd había sido
transportado a Sofia… Se puede presentar una denuncia contra el hospital y
seguramente contra otras instancias estatales, y hay posibilidades de ganar. Y
se puede solicitar una exhumación para comprobar lo que contiene. Pero
Skenderov lo desaconseja.
–Mire, yo le recomiendo que no haga nada
que pueda parecer hostil a aquella gente. Porque se trata de gente poderosa,
rencorosa y malvada. Tiene usted hijos, ¿verdad?
–Sí, dos, Goryana y Marin.
–Bueno: si humillamos a esa gente se
vengarán de usted en sus hijos. Los destruirán, parecerá un accidente y usted
ni siquiera sabrá cómo ha sucedido.
Tzveta se toma muy en serio la advertencia
y renuncia a pleitear. Ahora tiene que resignarse y resolver la precariedad
económica en que le ha dejado la viudedad. La posibilidad de un empleo docente
en Cuba es una oportunidad tentadora para resolver sus problemas de dinero y
poner algo de distancia, siquiera física, con el pasado.
6.
Tzveta, Goryana y Marin regresaron de Cuba
al cabo de unos años, en 1984. La chica cursó estudios universitarios de
filología checa en las mismas aulas de Filología en que había estudiado su
padre, pero ella se prometió no traducir nunca textos de nadie. Se casó. Tuvo
un hijo. Se divorció. Encuentro a su hermano Marin, demostraba talento en el
dibujo y vocación de artista y se matriculó en la escuela de Teatro y
Cinematografía. Algunos dibujos suyos que representan máscaras inspiradas en
Goya y en Ensor, ilustran las cubiertas y contraportadas de las Poesías Completas
y del Álbum de fotografías, correspondencia y documentos de su padre publicados
en Sofía en el año 2002, de donde proceden algunos de los datos de este
reportaje. Tzveta tradujo el clásico árabe “Kalila y Dimna” en una edición
primorosa. Se jubiló. La vida, en fin, seguía, mientras la Historia europea
aceleraba vertiginosamente.
En todo el área socialista los tiranos fueron
destronados. Todor Zhivkov, el líder más longevo, 35 años detentando el poder,
desde 1954 hasta 1989, sufrió un golpe palaciego y en su trono fue colocado un
filósofo, Jeliu Jelev, para iniciar la transición al capitalismo democrático. En
1994 a
Tzveta le pareció que ya había pasado el peligro de reabrir el caso, tan
antiguo, de la desaparición de su marido, de modo que cursó en la Fiscalía
Nacional la solicitud de exhumación. Mientras aguardaba la respuesta de las
autoridades, una noche de otoño, su hijo Marin, de 20 años de edad, hallándose
en la fiesta de cumpleaños de una amiga, en un quinto piso, cayó al vacío y
falleció. ¡Caído de un balcón, sin testigos, como en réplica a la presunta
muerte de su padre, y en cumplimiento de las advertencias que le hizo a Tzveta
el abogado Skenderov!
Al cabo de una semana le llegaba a Tzveta
una comunicación de la Fiscalía denegando la reapertura del caso y reiterando
la versión oficial de lo que le pasó a su marido 17 años atrás: suicida en
Leningrado. Caso cerrado. Y aquel mismo día un periódico de Sofía daba noticia
del nonagésimo aniversario de Uglov. He podido ver esa entrevista en la que el
eminente cirujano explica, entre otras cosas, que está casado con una mujer
mucho más joven y que a pesar de su avanzada edad no sólo sigue en activo y
operando sino que también sigue haciendo el amor un par de veces a la semana.
En la foto se le ve embozado en el quirófano, inclinado sobre un cuerpo humano,
sosteniendo en el aire pinzas y bisturí, en plena operación, suspendida un
momento para que le retraten, está mirando a cámara, pero las gafas y la mascarilla
de tela ocultan por completo la expresión de su rostro.
No podría poner punto final a estas líneas
sin reproducir unos versos de Lenkov. Es curioso que el último poema que
escribió (aquí en traducción del escritor mexicano Reynol Pérez Vázquez), el 21
de febrero de 1977, catarata de yambos dolientes que llevan como epígrafe la
frase de los “Tristes” de Ovidio que dice “perecí por mi talento”, presagiase:
“El mundo ignorará dónde está mi tumba”:
Elegía Pontica… perecí por mi talento (Tristes,
III, 3, 74)
Por esta costa caminó Ovidio, / con la
vista puesta en el sur, hacia allá, donde / el mar se alza hasta el cielo /
como un último muro fatal. … Arrojado aquí por la ola ciega, / sepultado vivo en
este bárbaro desierto, / qué te ha quedado: escuchar / cómo suena el rompeolas
en los malecones. La luna pesa. Sube la marea, / ola tras ola vuela al galope /
como yeguada de agobiantes preguntas / que expiran a tus pies. Pero sordo es el
que fragua en Roma / un veredicto contra ti y tu verso melodioso… / Aquí los ríos
corren de sur a norte, / todos los vientos soplan al revés. El mundo no sabrá
dónde está tu tumba, / tu polvo no se mezclará con la tierra natal… / Frente a
los intereses del emperador / ¡el poeta es más insignificante que un esclavo! Pero
por encima de destinos, tierra y aguas, / por encima de los césares, el tiempo
y el espacio / yerra como un cometa dentro de las almas / el verso, voz sufrida
de la libertad. Ya es agosto otra vez. Largas bandadas / de aves giran en el
cielo como una nube oscura / y su chillido silencia tu llanto / y tu gemido arrancado
de la sangre. Ellas tienen dos patrias, tú una sola, / Ellas regresarán aquí en
primavera. / Pero tú eres un ave caída en pleno vuelo / desde su intrincada
bóveda celeste. Ya es agosto otra vez. Plateados puñales / desgarran de noche
el firmamento… / Late, late tú, corazón, envuelto en pesar, / mar de aflicción,
¡ruge! ¡ruge! ¡Abre tus cerrojos, horizonte sin límites! / Juncos, ¡alzad sutiles
flautas! / Olas, ¡desatad vuestra furia! Fuerzas naturales, ¡volcad / en mi
alma la tristeza de Nasón! En este mundo no todo ha de morir. / En este mundo
no somos huéspedes casuales. /… El fósforo de sus blancos huesos / hace que
resplandezca al alba / todo el mar.
21 de febrero de 1977
Articulo :
www.elboomeran.com 05/2012




