Escritor Peruano
IWASAKI: «Mis libros nunca han estado
entre los más vendidos, sino entre los más saldados»
Por Pedro Pablo GUERRERO
Invitado por el Centro Cultural de España,
el escritor peruano radicado en Sevilla visitara Chile para hablar acerca del
flamenco, las ficciones apocalípticas y los escritores más excéntricos de su país.
Fernando Iwasaki (Lima, 1961) publico hace
siete años una novela ambientada en el siglo XVII, escrita al mas puro estilo
del barroco hispano, con una prosa digna del Siglo de Oro. Neguijón (Alfaguara,
2005) es fruto de lo que su autor llama “tesis interrumptus”. Es decir, de las
investigaciones que llevo a cabo, durante años, en archivos coloniales para
realizar su doctorado en historia sobre los procesos de inquisición y santidad
en Lima, aunque lo que despertó su curiosidad en el camino fueron las teorías y
practicas odontológicas de la época. La Universidad de Sevilla sigue esperando
la tesis, pero la literatura hispanoamericana gano una de las mejores novelas históricas
de las últimas décadas.
Radicado en España desde 1989, Iwasaki es
un escritor sin fronteras. En sus ficciones breves, editadas por Paginas de
Espuma, se pasea con soltura por la Lima colonial (Inquisiciones peruanas,
1994), el relato macabro (Ajuar funerario, 2004), la sátira (España, aparta de
mi estos premios, 2009) y el cuento erótico (Helarte de amar, 2006). Queda
claro que sabe titular, y que domina los juegos de palabras con la gracia de
Cabrera Infante. “Nunca he dejado de reivindicar su magisterio sobre mi obra y
mi manera de estar en el mundo”, declara respecto de su amigo.
Como el autor cubano, Iwasaki sabe una
enormidad de cine, pero sobre todo de futbol, televisión y música. Dirige en
Sevilla la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco, creada por una
hispanista y mecenas estadounidense. Cuando le preguntan como llego a ese
cargo, Iwasaki responde: “Muy sencillo: ¿de qué podría vivir un escritor
peruano de apellido japonés en Sevilla? Sin duda de la enseñanza del flamenco.
Fuera de bromas, del flamenco pago la hipoteca y los estudios de mis hijas,
mientras que la literatura sobrevive como puede en una agenda colonizada por
los trabajos alimenticios. En cualquier caso, ya me ocupo yo de que los caminos
con ella se crucen”.
A su larga lista de obras, Iwasaki agrega
varias en colaboración. Con Jorge Volpi publico una edición comentada de los
Cuentos Completos, de Edgar Allan Poe (Paginas de Espuma, 2008). Experto en
cuentos, junto al escritor venezolano Gustavo Guerrero preparo la antología Les
bonnes nouvelles de l’Amérique latine (Gallimard, 2010).
“Ví mucha televisión”
En su libro mas reciente, Papel carbón
(2012), Iwasaki recupera sus primeras narraciones, publicadas entre 1983 y
1993, cuando “queríamos que cada pagina fuera impecable”, como recuerda en el
prologo. Y no se refiere a la calidad literaria, sino a los borrones,
tachaduras y manchones que eran inevitables en tiempos de la maquina de
escribir, antes de las cintas correctoras y el típex.
-Afirmas en tu prologo que el computador abolió
para siempre una forma de escribir.
-En El sueño del Rey Rojo, Alberto Manguel
demuestra que las tabletas y las pantallas han cambiado nuestra manera de leer,
de forma tal que ha desaparecido una forma de leer que inauguro San Agustín. Yo
era más modesto, porque solo me refería a los manuscritos originales. Estoy
seguro que dentro de unos años será imposible comparar las versiones
preliminares de obras acabadas – como ha ocurrido con las novelas de Faulkner –
porque los procesadores de textos eliminaran las versiones anteriores si es que
el propio autor no las envía directamente a la papelera.
-La televisión permea tus relatos. ¿Te has
aliado a ella luego de comprender que no puedes derrotarla?
-Cuando era niño ví mucha televisión,
quizá porque éramos siete hermanos y aquel electrodoméstico de compañía era muy
eficaz para apaciguar a esas fieras que fuimos. Con todo, la televisión de los
60 y 70 forma parte de la educación sentimental de muchos escritores de mi
generación y se podría decir que quienes fuimos niños y adolescentes por
aquellos anos vimos las mismas cosas. Por otro lado, mis primeras
colaboraciones en la prensa española fueron como critico de televisión. De 1989 a 1999 viví de eso.
Ahora bien, sé que no me va a creer,
pero desde hace tres anos, con el apagón analógico, ha desaparecido el
televisor de casa. Primero porque la programación actual no me atrae y –
segundo – porque me he descubierto minusválido digital.
-En “España, aparta…” satirizabas la
omnipresencia de los medios. ¿Han cambiado las cosas desde 2009?
-Mi libro pretendía ofrecer una caricatura
de la llamada “sociedad del espectáculo”, concepto que ahora se discute más
gracias al ensayo de Mario Vargas Llosa, pero que ya Debord había lanzado hace
unos anos. Las cosas han ido a peor, desde luego, pero no solo en España sino
en todo el mundo. Un ejemplo curioso es la superficie – en centímetros
cuadrados - de las imágenes y fotografías
en los suplementos supuestamente literarios. A mi me gustaría que haya mas
superficie de letras para leer, pero se ha impuesto la idea de abrumarnos con
fotos y dibujos. Y de la televisión mejor ni hablemos.
-¿Compartes el punto de vista de Vargas
Llosa en “La civilización del espectáculo”?
-Comparto muchos de sus puntos de vista y
otros no. La crítica de Volpi es acertada con respecto al tipo de intelectual
que representa Vargas Llosa y que seguramente desaparecerá con él y con quienes
somos como él. Mi discapacidad digital, por ejemplo, no me lleva a condenar los
aparatos que no comprendo, las posibilidades bienhechoras que ofrecen Internet
o la incesante innovación tecnológica. Yo no las puedo disfrutar en toda su
magnitud, pero es maravilloso que los demás si puedan. La relación de las
nuevas generaciones con la música, los libros, el cine y la fotografía muy
pronto no tendrá nada que ver con la de mi generación y las anteriores, pero
eso no los condena a ser menos que nosotros. Por ultimo, la banalización – como
la globalización – es un fenómeno que siempre ha existido, pero que los
prodigiosos recursos de nuestra época han potenciado hasta la nausea.
-¿Volverás en un nuevo libro al Siglo de
Oro?
-Desde la ficción, no lo creo. Desde el
ensayo y la investigación, seguro que regresaré. Se trata de una época
fascinante donde el conocimiento consentía préstamos y cruces que ahora
definiríamos como “posmodernos”, pero que en aquella época eran normales y
naturales. Cuando Cervantes escribió el Quijote, las novelas de caballerías
eran para los “frikis” de la época. Hoy el lugar de las novelas de las caballerías
lo ocupan los cómics, los templarios y los vampiros metros sexuales.
Bolaño, Borges, Cabrera Infante
-Conociste a Bolaño unas semanas antes de
su muerte, luego de intercambiar postales y llamadas telefónicas durante años. ¿Imaginaste
que iba a se tan famoso?
-Cuando reseñé Los detectives salvajes en
la revista Renacimiento, y a partir de ahí cada vez que me réferi a su obra,
siempre aseguré que estábamos ante un escritor extraordinario. Entonces Roberto
vivía y sin embargo yo ignoraba que
estuviera tan enfermo. Para mi Bolaño no toco una tecla en especial sino que escribió
desde otro lado, acaso sabiendo que se trataba de un lugar sin retorno. Luego
algunos despicados han creado una leyenda absurda, colmada de excesos y
malditismos que no lo representan en absoluto. Con todo, creo que los lectores
jóvenes fueron hechizados por esa literaria, gamberra y cosmopolita de los
poetas del real visceralismo.
-En tu caso, ¿sentiste en algún momento la
necesidad imperiosa de desprenderte del hechizo de Borges?
-No hay que desprenderse jamás ni de
Borges ni de los Beatles.
-¿Crees que, como Cabrera Infante, ocupas
una posición excéntrica en el canon latinoamericano?
-Si Guillermo no es un autor más central o
céntrico es única y exclusivamente por razones políticas. De hecho, estoy
seguro que dentro de unos años su obra y su figura serán revalorizadas en su
justa medida. ¿Cuántas personas han leído O y Exorcismos de esti(l)o? ¡Y sin
embargo son fastuosos! Lo mío es distinto, porque no puedo pretender compararme
con él. Yo si puedo ser excéntrico, marginal y atípico porque es verdad: no
estoy en el centro de nada y mis libros nunca han estado entre los más vendidos
sino más bien entre los más saldados. Por lo tanto, no hay punto de
comparación.
-¿Es autobiográfico tu cuento “La sombra
del guerrero”, sobre un hijo de japonés y peruana que no frecuento la colonia
Nikkei ni hablaba de sus ancestros?
-Ese cuento será el primer latido de una
novela que todavía no he escrito y que me gustaría dedicar a la memoria de mi
abuelo, quien murió en Lima durante los anos de persecución de la colonia
japonesa, como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, a
mediados de los 80 yo ni siquiera sabía que mi padre era bilingüe y que su
japonés es del siglo XIX. Eso lo descubrí en Sevilla, gracias a que Reiji
Nagakawa – traductor al japonés de Shakespeare y Joyce – converso con él y me
lo contó. Me habría encantado que mi padre nos hubiera enseñado la lengua en la
que mi oji (abuelo) le contaba kwaidan antes de dormir. Pero mi padre quedo
huérfano a los doce años y tuvo que esconderse – como muchas familias japonesas
- en parroquias y salvaron de las
palizas y deportaciones al campo de concentración de “Cristal City” en Texas.
Yo creo que mi padre – “japonés” para los peruanos y ainoko para los japoneses
– enterró su memoria japonesa como estrategia de supervivencia.
-¿Afecta la actual crisis española tu
escritura literaria?
-Siempre he estado más cerca del sarcasmo
que de la depresión. La crisis europea es dura y parece mentira que en apenas
dos generaciones la sociedad haya olvidado las penurias de las posguerras
mundiales y civiles. Eso es algo que los latinoamericanos jamás olvidamos,
porque nacemos con la conciencia de la crisis.
Articulo: http://www.emol.com/
21/07/2012




