samedi 26 janvier 2013

Daniel ARJONA/ El sistema de David


El sistema de David
Por Daniel ARJONA 

Los fosterwallianos españoles saludan la publicación de la primera novela del malogrado genio.

Borrachos perdidos, Wan-Dang Lang y Biff Diggerance se cuelan en una residencia universitaria femenina con la arriesgada misión, encomendada por su Hermandad, de que algunas de las chicas les firmen el culo. Pero Lenore Beadsman se niega. Años después, la bisabuela de Lenore se esfuma junto a otras veinticinco personas de la residencia de ancianos Shaker Heights. El desastre persigue a la telefonista Beadsman, de tan opulenta familia como modesta profesión, perdida en una catastrófica relación con su jefe, el estrafalario Rick Vigorous. Y para colmo, el desierto acecha. ¿Qué desierto?El Gran Ohio Desértico (G.O.D.), concebido y ejecutado décadas atrás por un Gobernador temeroso de que la vida holgada tornara blandos y confiados a sus conciudadanos.

La escoba del sistema, la primera novela inédita en español del imposible David Foster Wallace, brinda todos los pantagruélicos sabores, el estrépito imaginativo y las más redentoras carcajadas que los lectores del malogrado genio estadounidense ya conocen. Y la edición en español de la joven editorial Pálido Fuego, desembarcando en estos momentos en las librerías, desbroza además, a machetazos, una trocha para que toda una nueva generación de lectores se cuele en el festín narrativo que brinda el inigualable sistema de David. Los escritores fosterwallianos españoles avisan de lo que nos espera.

Por ejemplo, Juan Francisco Ferré, último premio Herralde con Karnaval(Anagrama, 2012), aprecia en La escoba del sistema “el verdadero talento de un escritor, su auténtica magnitud como creador. Y, por supuesto, las tres novelas de Wallace, incluida la inconclusa El rey pálido, son magistrales. Como brillante debut, La escoba del sistema posee un ingenio narrativo y un hilarante sentido del humor y una frescura estilística que en sus novelas posteriores se expandirían pero de modo más siniestro. Leí esta novela hace mucho tiempo en versión original y he reclamado durante años la necesidad de ponerla al alcance del lector español. Es una magnífica noticia que José Luis Amores se haya atrevido él solo a traducirla y publicarla. A muchos lectores, conozcan o no a Wallace de antemano, les dejará estupefactos”.

Para Eduardo Lago, premio Nadal por Llámame Brooklyn (Destino, 2006), la primera andanada narrativa de Foster Wallace “es una novela que anuncia el nacimiento de una nueva manera de entender la literatura. En ella el genio de Wallace está todavía en agraz, pero está. Queremos tanto a Foster Wallace porque nos sobrecogen su genio, su vulnerabilidad y su trágico fin. Por su generosidad intelectual e inteligencia, porque arriesga”. 

Apunta Laura Fernández, en trance de publicar La chica zombie (Seix Barral) que “La escoba del sistema podría haber sido uno de los deliciosos cuentos de La niña del pelo raro si no fuese una novela. De hecho, a quienes disfrutaron de cada una de las historias de ese libro, les encantará La escoba del sistema. Para cuando la escribió, DFW aún creía que podía construir historias con arco narrativo, historias con un final que, sin embargo, nunca llegaba. Una vez entrevisté a Harlan Coben, que fue compañero suyo en la Universidad, de hecho, compartían habitación en el campus, y me dijo queWallace estaba obsesionado con el final de sus historias, mejor dicho, con su incapacidad para terminarlas. Y en La escoba del sistema es donde quizá se ve con más claridad a qué se refería”.

El escritor y librero de la Antonio Machado, Álex Portero, acaba de tachar de la lista el libro, el único que le faltaba por leer del autor, que perseguía desde hace tiempo. “La lectura de La escoba del sistema se parece a avanzar con los ojos vendados por una especie de laberinto muy complejo y lleno de estímulos, cada paso es un enigma, cuanto más avanzas más perdido te encuentras, es -también- una experiencia delirante, divertidísima, cada dos por tres te preguntas: ¿a dónde quiere ir a parar este tipo?, el final te deja con el cuerpo en plena vibración, con ganas de más y cansado al mismo tiempo, raro, pero satisfecho... Todas estas contradicciones son las que hacen que admire tanto su trabajo".

Antonio J. Rodríguez, autor de Fresy cool (Mondadori, 2012) que anduvo obsesionado con Foster Wallace, razona que lo importante de su obra “es su humanismo, y su habilidad, como se dice en el cine, para girar la ruleta de las emociones; algo de lo cual tanto autores como críticos solemos olvidarnos cuando hablamos de literatura, cuando, en verdad, esa destreza para arrojar luz sobre la condición humana es una de las claves elementales de la literatura. O por decirlo de otra manera: si no has estado a punto de romper a llorar o no te has partido de risa leyéndolo, entonces eres un replicante. Al mismo tiempo, no deja de parecerme asombrosa la fecha de su muerte, el 12 de septiembre de 2008. Lo que significa que DFW es un autor de otra época. Un autor capital para comprender los presuntos años de un Occidente feliz y relajado, en donde su retrato de la sociedad de la época es deprimente y desalentador. Años prósperos; gente igualmente arruinada. Y creo que no hay que perder de vista esto para comprender la decepción moral que trae consigo asomarse al sujeto contemporáneo. Antes y después de 2008”.

La publicación en apenas un año de la póstuma e inacabada El rey pálido(Mondadori, 2012), de las Conversaciones con David Foster Wallace (Pálido fuego, 2012) y, ahora, de La escoba del sistema, parece haber propiciado una inflación de lectores tan justa como dudosa, una cierta bolañización de un autor tan inacabable como, en ocasiones, de compleja lectura. Así, Ferré supone que “siempre necesitamos un gran escritor americano que ocupe la vacante. Como una mascota o un fetiche cultural al que enseñar cuando queremos quedar bien. Franzen es demasiado mainstream, Lethem irregular, Danielewski y y Vollmann minoritarios. Y Wallace tiene la ventaja añadida de estar muerto, su obra ya no puede dejarnos en entredicho. En un país como éste, donde Pynchon y los miembros más brillantes de su generación (léase Coover o Barth) nunca acabaron de entrar, sorprende que su vástago más original sea tan apreciado. Esa actitud tiene algo de sospechoso, desde luego. No me acabo de creer que Wallace, con su genio exuberante y sus novelas incontrolables y estilísticamente enrevesadas, guste a tantos lectores en estos tiempos de facilidad intelectual y literatura predigerida”.

A Eduardo Lago, Bolaño se le parece a Foster Wallace “como un huevo a una castaña. Creo que el proceso al que alude no tiene que ver con la escritura sino con el márketing. En ese sentido es falso que no sumen lectores, no paran de hacerlo, aunque en el caso de Bolaño el interés por él se ha ralentizado. A Wallace le obsesionaba saber a quién se seguiría leyendo dentro de cien años. En ese sentido, su obra perdurará más que la de Bolaño, que da muestras de envejecimiento prematuro, tras el deslumbramiento inicial”. 

“Cuando alguien escribe algo del tamaño y la ambición de La broma infinitaespera pasar a la Historia, aunque sea con pocos lectores”, defiende Laura Fernández, “digamos que si está ocurriendo algo parecido a una bolañización, el tipo se lo ha ganado a pulso”. Para Álex Portero DFW lo tiene todo aparentemente para poder ser explotado como producto vendible a los caprichos de la modernidad: aspecto característico, un tránsito por las drogas, problemas mentales, éxito, y finalmente el suicidio. "Pero creo que la complejidad de la obra de Wallace es una frontera difícilmente salvable para el público masivo”. 

Y Antonio J. Rodríguez concluye: “Todas esas escaramuzas pusilánimes entre presuntas escuelas literarias, todos esos nombres que siempre lo han acompañado (que si autores posmodernos, que si autores no posmodernos…), todas esas disertaciones filosóficas acerca de su obra, todas esas conjeturas sobre la historia literaria reciente acerca de si es o no el mejor autor contemporáneo de su generación, no son sino cuestiones secundarias; entre otros motivos porque DFW era un francotirador”. 

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Conversaciones con David Foster Wallace
Stephen J. Burn
Traducción de José Luis Amores. Pálido Fuego, 2012. 238 pp. 18 e.
Por Nadal  SUAU
Publicado el 04/01/2013

Aquí estoy, rebasando la red del fin de año para pegarle de volea a un veredicto que, en realidad, ya ha corrido por las redes sociales: lasConversaciones con David Foster Wallace, editadas por el profesor Stephen J. Burn, fueron uno de los libros del 2012. Al menos, si a uno le interesa la narrativa norteamericana contemporánea. Este 2013 se prevén dos nuevas alegrías para los wallacianos españoles, porque Mondadori ha anunciado la traducción de la muy comentada y completa (aunque, en mi opinión, bastante plana) biografía elaborada por D. T. Max y, sobre todo, Pálido Fuego nos traerá en febrero la primera novela de Wallace, cuyo fenomenal título, La escoba del sistema, esconde cerca de quinientas páginas familiar y wittgensteinamente bromistas. Va a ser una fiesta. 

Las Conversaciones son una juerga y también una cosa muy seria. Si a uno le interesa DFW se verá tentado a subrayarlo, aproximadamente, todo.Una ilusión: reproducir aquí medio libro. Citas como esta: “la televisión no inventó nuestra infantilidad estética más que el Proyecto Manhattan inventó la agresión”. O esta otra: “la saga Terminator de Cameron puede verse como metáfora de toda la literatura tras Roland Barthes”. O una de acreditado éxito en mi muro de Facebook: “la idea de probar a ser escritor me repelía, principalmente a causa de todos los estetas afectados que conocí en la universidad y que llevaban boinas y se acariciaban las barbillas y se llamaban a sí mismos escritores. Todavía me aterroriza parecerme a esos tipos”. Ahora bien, admitamos que DFW no es una religión universal y habrá quien no se considere muy interesado en él. En ese caso, este libro sigue mereciendo la pena; en primer lugar, porque probablemente logrará que cambie de opinión. Pero, si no, al lector le quedarán muchos placeres a los que aferrarse: una panorámica sensatísima sobre la literatura americana de las últimas décadas, incluyendo listas y pistas sobre otros escritores; numerosas reflexiones sobre la cultura americana y el éxito, la diversión o la televisión; varios chistes muy buenos; Wittgenstein explicado con gracia.

Reconoces una personalidad absorbente al constatar que los entrevistadores de DFW sólo son capaces de poner en juego un recurso estilístico: imitar a DFW. La mayoría de ellos son hábiles y cultos y muy listos (el más decepcionante de sus interlocutores en este libro, tomen nota, es el único europeo), pero ante él sólo queda remedar su gracia, someterse a su talento.La clave es la de siempre en este autor: la tensión entre ironía posmoderna y generosidad. Me gusta cuando DFW pronuncia viejas palabras nobles: belleza, verdad, autoridad. Porque él está inmerso en un huracán de discusiones perfectamente sofisticadas, conoce la universidad y la academia y se pregunta por la recursión o la ironía, por la autoconciencia o la metaficción, y participa de la guerra experimental haciendo crecer el campo de batalla, hasta el punto de que parece, y tal vez es, un genuino representante de su generación y del trato difícil que esa generación tiene con la anterior, con la cultura de masas o con lo que sea que nos obligue a aguzar nuestro lenguaje técnico y nuestro cinismo. Pero en él, al final, siempre percibes un latido (¿un clic?) de vida no teórica, de compasión no mediatizada. Puedes creerte sus viejas palabras nobles, porque es evidente que sabe cuánto cuesta, y lo que cuesta, pronunciarlas hoy. 

Wallace dice creer en una literatura que no se limite a recordar qué difícil es ser hoy de verdad un ser humano; eso ya lo sabemos, y cualquiera que quiera demostrar que es inteligente te lo va a decir. Lo interesante, afirma DFW, es preguntarse cómo llevamos el hecho de que, pese a ello, seguimos siendo humanos o podemos serlo. Ahí está resumida su literatura. Ahí, y en esta divisa que en sus libros se sobrepone a todo (también al instinto suicida): “gran parte del propósito de la narrativa consiste en agravar esa sensación de encierro y soledad y muerte, para inducir a la gente a afrontarla, puesto que cualquier posible salvación humana requiere que antes nos enfrentemos a lo que nos resulta espantoso, a lo que queremos negar”. Era un tipo muy bueno. 

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Foster Wallace o el placer de editar
Por Daniel ARJONA 
Publicado el 15/11/2012

Pálido fuego, la pequeña editorial de José Luis Amores, arranca con dos obras inéditas del genial escritor estadounidense.

Un economista desconocido en el mundillo de la letra impresa monta Pálido fuego, editorial de novela hard, alta literatura, tan divertida como ardua. Por placer. Y por responsabilidad. Ni de Barcelona ni siquiera de Madrid, es, ustedes disculpen, “de provincias”. ¿Su nombre? José Luis Amores (Málaga, 1968). ¿El género? Nada menos que dos Foster Wallace para empezar: las Conversaciones con el malogrado escritor, que este jueves se presentan en Madrid, y La escoba del sistema, primera novela inédita en español, que estará lista en febrero. ¿De dónde sale Amores?

"Comprendo que en un país como el nuestro, colonia de becarios eternos y pasantías sine die, resulte extraño que alguien ajeno a un sector decida introducirse en él sin más bagaje profesional que el oído y meramente intuido. El truco, si lo hay, es tener un interés verdadero en hacer y decidirse a aprender haciendo”. Amores amenaza además con próximas delicatessen literarias como Spurious, de Lars Lyer, Mi primo, mi gastroenterólogo, de Mark Leyner o la joya de la vanguardia literaria estadounidense, House of Leaves, de Mark Z. Danielewski, un collage compositivo del que Bret Easton Ellis afirmó: “deja sin sentido a la mayor parte del resto de narrativa. Cabe imaginarse a Pynchon, Ballard, Stephen King y Foster Wallace a los pies de Danielewski, atragantándose de asombro, sorpresa y risas, sobrecogidos”.

No es una empresa editorial que apele a lectores acomodaticios. La literatura que le gusta al neonato editor pasa de puntillas en un mercado editorial tan trémulo y facilón como el nuestro. “Supongo que si nadie se decidía a traducir esas obras es porque las cuentas no salen si editas a la manera tradicional, con bastante carga de costes indirectos. La literatura que me gusta no disfruta de muchos lectores, esa es la impresión; y producir libros de estas características es caro, básicamente porque las traducciones son más difíciles conforme aumenta el nivel intelectual de la obra, y en el caso de los libros que vamos a editar ese nivel es de los más altos que cabe imaginar”. 

Pero a José Luis Amores, que aterriza desde el mundo del marketing no le asusta la dudosa rentabilidad de su apuesta: “Lo dijo, bien dicho, Schumacher, el economista, 'lo pequeño es hermoso'. A lo que habría que añadir que socialmente rentable. El mundo, y especialmente España, necesita un tejido productivo conformado por pequeñas iniciativas que vengan a paliar el destrozo -económico, social, cultural- que han causado las grandes corporaciones”. 

David Foster Wallace. El autor de La broma infinita se ahorcó el 12 de septiembre de 2008 dejando una novela inacabada (El rey pálido, Mondadori, 2012). Su literatura es extraña, gargantuesca, desnortada, tremendamente divertida. Su pecado coincide con el de otros grandes como el ignoto Pynchon o DeLillo, una aparente ininteligibilidad. ¿Por qué rinde entonces a sus pies a quién se topa con él? “¿Por crear una poética como pocos escritores han sabido y pueden hacer? ¿Por hacernos pensar al mismo tiempo que nos entretiene? ¿Por no bajar nunca el listón de las expectativas del lector, ni tratarlo de manera condescendiente ni, por supuesto, insultar su inteligencia? ¿Por no aburrirnos jamás?”. Amores, al quite.

El primer libro de Pálido Fuego, Conversaciones con David Foster Wallace en edición de Michael J. Burn, agrupa las 20 mejores entrevistas concedidas por el escritor. Allí se colman las expectativas de sus más fieles lectores, que podrán rellenar los huecos vitales y literarios que se abren tras la lectura de sus obras. Pero también lo disfrutará “todo aquel interesado en saber qué se ha cocido de verdad en el país con mayor producción literaria del mundo, tanto en lo que respecta a alta literatura como entretenimiento comercial”. Y es además, apuntilla Amores “un libro fundamental para quien escriba o sienta el deseo de escribir”.

El periodista que busca primicias de La escoba del sistema, el siguiente lanzamiento y presumible estrella del pequeño sello malagueño, no consigue gran cosa. Y es que esta tarde, a las ocho, en la librería Tipos Infames de Madrid se leerán en primicia algunas páginas de la traducción. El editor sólo adelanta, con evidente sentido del marketing, que se trata de “un Wallace terriblemente divertido, con una forma de narrar arrolladora y una historia francamente genial. No extraña que el libro haya tenido siete ediciones en USA en los últimos años, sin contar las que ha tenido desde 1987, año de su primera publicación, y que se haya traducido al francés, italiano, alemán, japonés... Podría decirse que La escoba es el reverso de La broma infinita, o esta última el reverso tenebroso de aquélla. Lo que en una resulta triste y terrible en la otra es alegría, exultación y optimismo”.

Foster Wallace, Pynchon, Danielewski, pero también DeLillo, Cormac McCarthy o William Gaddis se han visto de un tiempo a estas partes editadas y reeditadas en español en un mano a mano entre grandes y pequeñas editoriales esperanzador. Obras difíciles, tumultuosas, desbordantes, de culto, que no se sabe si por azar o necesidad, emergen del misterio y parecen al fin tocar el cielo del mainstream. “Ojalá tuvieras razón y el número de adeptos a este tipo de libros aumentara de verdad”, suspira Amores, “sería una señal clara y medible del inconformismo de nuestra sociedad. Y te aseguro que entonces las cosas podrían empezar a cambiar”. 

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David Foster Wallace
El rey pálido desvela su rostro el 17-N
Por Nadal SUAU 
Publicado el 11/11/2011

Primero, hablemos del personaje. De su aspecto, que lo convirtió en un icono: el pelo largo, sus dimensiones de grandullón, la ropa informal. Su naturalidad. Consideremos brevemente su biografía: la infancia y juventud en Illinois de este hijo de profesores que sudaba demasiado, jugaba al tenis con pericia o se interesaba por las matemáticas; y luego, el éxito de su carrera literaria, en vísperas de que el 17 de noviembre Mondadori lance al fin El rey pálido, la esperadísima novela póstuma e inédita de David Foster Wallace (Nueva York, 1962-2008).

Al principio, cuando publicó The broom of the system a finales de los 80, obtuvo una fama moderada entre los más listos de su generación; luego, conLa broma infinita (1996), estallaron la moda y el prestigio: hubo portadas para David Foster Wallace, elogios desmesurados, chicas preguntando por él, listas que celebraban su obra maestra. Y está, en fin, todo ese entusiasmo de sus amigos, colegas y editores, explicándonos que Wallace era encantador, vivaz, inteligentísimo, luminoso... David Lipsky ha dicho de él que ejercía en los demás el mismo efecto que una taza de café. Los despertaba, los excitaba, hacía que sintieran gratitud. 

Y luego,claro, está su suicidio. Es muy tentador convertir el suicidio en un emisor de significado literario: ya sabemos que muchos escritores se suicidan, y que la lucidez (Wallace era lúcido en grado extremo) puede convertir la vida en algo de difícil digestión... Pero hay un problema: la literatura de David Foster Wallace no es la de un suicida. Trataré de demostrarlo más adelante. Ahora, recordemos sólo que Wallace padecía depresión. Quienes lo amaron insisten siempre en subrayar que Wallace no era su depresión, que cuando lograba alejar la enfermedad se revelaba como un hombre intenso, vivo. Y durante un tiempo lo logró, gracias a su propio tesón y a un fármaco llamado Nardil. 

Estaba casado con la artista Karen Green desde 2004. Vivían en California, él daba clases de escritura narrativa y tenían dos perros. Parece ser, en fin, que era razonablemente feliz. Y entonces abandonó el tratamiento de Nardil, en parte porque le ocasionaba malas reacciones con algunos alimentos, en parte por ese mismo tesón que hemos mencionado: ¿hay que ceder a una “adicción”?, debía pensar Wallace. Él, no. Sin embargo, solo ante ella, la enfermedad venció: tras doce sesiones de electroshock, numerosas consultas médicas y un primer intento fallido, el escritor logró suicidarse. Se ahorcó un día de 2008, aprovechando las pocas horas que su esposa lo dejó solo en casa. Tenía 46 años. Su hermana ha declarado algo terrible y en cierto modo hermoso: que se imagina a David besando a sus dos perros y pidiéndoles perdón antes de izar la soga. 

Después del suicidio, llegaron el llanto y también las interpretaciones y el mito y, por supuesto, las preguntas: ¿estaba por llegar su mejor libro? ¿Cómo habría analizado las mutaciones sociales que están teniendo lugar? ¿Qué habría opinado de Libertad, de su amigo Jonathan Franzen, ese intento (probablemente fallido) de volver a poner la literatura en el centro de la discusión pública y, ustedes perdonen, moral? Y últimamente se me ocurre otra, dirigida al lector compulsivo de memorias de deportistas que era: ¿qué habría pensado de la reciente biografía de Rafa Nadal, escrita por John Carlin (más que “con” John Carlin, sospecho) y anunciada como su “historia” cuando lo realmente interesante de Rafa Nadal es que carece de historia? Pero en fin, lo más importante que cabe apuntar tras la muerte de Wallace fue la aparición del legajo que ha acabado en nuestras manos con el título de El rey pálido. 

Larga, desbordada, incompleta. Wallace llevaba años trabajando en “algo largo” que lo había obligado a documentarse y estudiar (en una entrevista telefónica de 1998 con Gus Van Sant ya confesaba estar asistiendo a clases de contabilidad fiscal) para sumergirse en el mundo de los Impuestos y la Agencia Tributaria. O sea, en el espantoso, puro aburrimiento. Ese iba a ser el motivo de su tercera novela, que quedó incompleta. Su viuda y el editor Michael Pietsch encontraron quilos de material disperso en diferentes soportes (papel impreso o escrito a mano, cuadernos, discos, etc.) que Pietsch tuvo que someter no sólo a criba sino, sobre todo, a un orden más o menos coherente. Si uno lo piensa, es una responsabilidad mareante: escoger el principio de un libro de David Foster Wallace. Escoger su final. Decidir dónde encajan esas piezas aparentemente inconexas con la espina dorsal del libro que, en algún caso, se habían publicado con anterioridad como relato. Creo que Pietsch ha hecho bien su trabajo y que El rey pálido es, no diré el mejor libro de Wallace, porque sería ciertamente frívolo decir eso de un libro que no es lo que debió ser, pero desde luego un desbordante, magistral, admirable ejemplo de gran literatura.

Pero, ¿qué clase de literatura?. Permítanme una mirada panorámica sobre la obra de David Foster Wallace, un escritor que afrontó con enorme coraje el reto de tomar el testigo de una generación tan extraordinaria, la de Pynchon o DeLillo, que probablemente lo condenará, cuando el tiempo pase, a una condición epigonal. Y será injusto, porque ni su talento ni sus planteamientos artísticos lo merecen. De Wallace pueden apuntarse muchas cosas: es frecuente, por ejemplo, hablar de su estilo digresivo, huracanado, tan inagotable que tiene que recurrir a notas a pie de página numerosas y larguísimas, como si nunca nada quedara cerrado, como si cada acotación a la acotación fuera imprescindible; también podemos admirar la naturalidad con que nos interpela directa, amistosamente, haciéndonos esa clase de bromas sarcásticas que exigen un teatral “ehem, ehem”, o bien planteando febriles callejones lógicos sin salida, absurdos enigmas de huevo y gallina. También es frecuente señalar que hablamos de un autor de trasfondo analítico, filosófico, aunque yo creo que ese no es exactamente su punto fuerte. Wallace es un narrador, ese es su don; y aunque era muy inteligente, su inteligencia era narrativa. 

Planteemos, por ejemplo, un peculiar duelo entre el americano y Michel Houellebecq: como cronistas, ambos asistieron a un festival porno, y ambos han dedicado muchas páginas al mundo del turismo. Pues bien, si tenemos que valorar el resultado desde las ideas, la victoria es francesa; literariamente, en cambio, vence David Foster Wallace, que nos deslumbra y nos mata de la risa con sus reportajes “Gran hilo rojo”, en Hablemos de langostas, y “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”, en el libro del mismo título. Por cierto, qué bueno era Wallace titulando. 

La clave radica, a mi entender, en un punto esencial de su escritura: la poderosa, irresoluble tensión entre la ironía posmoderna (o post-posmoderna, o posmoderna de tercera ola, o como ustedes y los académicos quieran llamarlo) y la vocación de decir algo honesto, compasivo y sólido. El talento de Wallace es sarcástico, experimental y desencantado: tiene que reírse de todas las cosas horribles de nuestro tiempo (lo grotesco, lo hortera o lo mendaz), y su inteligencia lo condena a ver con lucidez cómo todo está infectado, cómo avanza la extinción. Como a la mayoría de nosotros, le cuesta creer en nada. Pero no se resigna. En su voz palpita una añoranza de la autoridad ganada legítimamente, de la restauración del valor de las palabras hermosas, de la verdad. Aunque no quiero ponerme demasiado estupendo, esta cita de Nietzsche me recuerda mucho a DFW: “las cosas grandes exigen que de ellas se guarde silencio o se hable con grandeza: con grandeza, es decir, cínicamente y con inocencia·. Cinismo e inocencia. Así escribe nuestro hombre, ya sea analizando la función cultural de la tv o la dificultad de establecer un discurso literario en nuestra era mediática. 

Si les parece, volvamos a El rey pálido, esa tremenda crónica de la vida tributaria de los Estados Unidos, con Jimmy Carter y sobre todo Ronald Reagan (“El Vaquero”) al fondo y, por tanto, con una melodía política sonando todo el tiempo que suena a Réquiem o a “fuga musical de evasión de responsabilidades”. No se asusten, pero el gran tema de este libro es, ya lo he dicho antes, el aburrimiento. El rey pálido habla de tipos que quieren trabajar en Hacienda, de clases de contabilidad o de cómo la historia se ha convertido en una simple acumulación de datos estadísticos: “en el mundo actual, las fronteras están fijas y ya se han generado los datos más importantes. Caballeros, la frontera heroica de hoy día está en el ordenamiento y la utilización de esos datos. Clasificación, organización y presentación”. También habla de burocracia: “aprendí que el mundo de los hombres tal como existe hoy en día es una burocracia”. Y un poquito más adelante: “la clave burocrática subyacente es la capacidad para soportar el aburrimiento. Para operar con eficiencia en un entorno que descarta todo lo que es vital y humano. Para respirar, por así decirlo, sin aire”.

El capítulo 22 y otros pasajes. Hasta ahora, mis wallaces favoritos eran los dos libros de ensayos que he citado y el gozoso Entrevistas breves con hombres repulsivos. La broma infinita, aunque ciertamente es admirable, también resulta agotadora y a menudo nos sentimos tentados de afirmar que su título es el más honesto de la historia de la literatura. Ahora, El rey pálidotrastoca, al menos parcialmente, mi canon wallaciano: si no es su mejor libro, desde luego contiene sus mejores páginas. No es que todo sea igual de bueno: así, me interesa relativamente poco el jueguecito que se trae con el autor-narrador-personaje, y creo que la historia de Meredith Rand resulta obvia. Además, nadie duda, ni siquiera la “nota del editor”, que el libro adolece de reiteraciones y torpezas de estilo típicas de un manuscrito inacabado. Dicho esto, por favor, presten atención al extraordinario capítulo 22, o a cualquiera de los bellísimos pasajes que involucran al padre del personaje David Wallace. O al descacharrante diálogo que arranca cuando alguien pregunta a otro, “¿en qué piensas tú cuando te masturbas?” 

Tanto en su arrollador inglés como en la espectacular traducción de Javier Calvo, esta prosa nos deja estupefactos: ¿es posible narrar durante una cincuentena de páginas un banalísimo trayecto en autobús con un tipo sudando y otro mirando el paisaje, y que de eso salga algo admisible? Sí, lo es. ¿Es posible plantar a un jesuita con regusto a personaje de DeLillo en una clase de la universidad intentando convencernos de que la contabilidad es un oficio heroico y que tal estampa nos interese?Nuevamente, sí. Esto, y mucho más, es posible por lo que he dicho antes: porque Wallace es lúcido e implacable, pero también extrañamente sentimental y noble. Porque sabe que existen las epifanías. En fin, cinismo e inocencia. Y lecturas: Wallace había leído a esos tan pasados de moda existencialistas (aquí alude a Camus o Kierkegaard, como en otros libros suyos, y también a Cioran) sin que la lección del desgarro humano le pasara por alto. 

Para acabar, y aunque no debiéramos sacar conclusión alguna a partir de este dato, digamos que el concepto de suicidio planea en cinco pasajes sobre la superficie de El rey pálido, seis si contamos este desolador fragmento en las notas finales: “David Wallace desaparece: se convierte en criatura del sistema”. Todo lo contrario: este escritor magnífico se ha burlado de ese sistema con su obra. Su suicidio fue, simplemente y sin frivolidades interpretativas, un desastre. 

Destino y lenguaje

Hace unos mese, Columbia University Press publicó Fate, Time, And Language: An Essay on Free Will, la tesis que un muy precoz David Foster Wallace dedicó a Richard Taylor, filósofo y semántico por excelencia, antes de alcanzar fama como ensayista y narrador. En el libro, DFW desmonta, implacable y profundamente escéptico, las tesis sobre el lenguaje y la realidad del, a su juicio,“sobrevalorado” Taylor, ya que, “vulneran algunas de nuestras intuiciones esenciales sobre la libertad del hombre”. 

Editado por Steven M. Cahn y Maureen Eckert, el libro reproduce la obra de Taylor mientras que James Ryerson relaciona en la introducción los primeros trabajos filosóficos de Wallace con su obra narrativa posterior y Jay Garfield completa el volumen con un epílogo biográfico. 

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Wallace, de cine
Por Carlos Reviriego

DFW también puso en práctica su impagable talento analítico en el territorio cinematográfico. El extenso (80 páginas) y clarificador texto David Lynch conserva la cabeza -recogido en la colección de ensayos Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (Mondadori, 2001)- es una pieza fundamental de análisis en torno a los mecanismos de creación y las poéticas visuales de uno de los creadores esenciales del cine estadounidense, de quien DFW se declaraba un “fan loco”. 

Tomando como punto de partida su visita al rodaje de Carretera perdida en enero de 1996, gracias a un encargo de la revista Premiere, DFW va desgranando con su obsesivo poder de observación un análisis extraordinariamente lúcido de la obra de "el director vanguarista/vanguardista pero comercialmente viable/extravagante más importante de Estados Unidos". Es quizás la mejor y más completa reflexión -y desde luego la más divertida- que se ha escrito nunca sobre la compleja, delirante obra de un autor acaso tan complejo y delirante como el propio DFW.

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La broma infinita
David Foster Wallace
Traducción de Marcelo Covián. Mondadori, 2002. 1208 páginas, 30 euros
Por Diego DONCEL 
Publicado el 16/01/2003

Desde que en 1996 la Little, Brown & Company publicara La broma infinita, la crítica norteamericana ha querido ver en ella un icono de la nueva sensibilidad.

Innovadora, desmesurada, inteligente, eran los adjetivos más utilizados para calificar su más de un millar de páginas. Considerada como un clásico de nuestros días, se veía en ella una forma de homenaje y profanación de los postulados postmodernistas, y una forma de superación de la herencia de Pynchon, de William Gaddis o de Burroughs.

Novela compleja, con esa complejidad que reclamaba Don DeLillo para expresar el oleaje rico y denso de la experiencia actual, novela crítica sobre nuestro modelo presente de cultura, es además una novela soberbiamente escrita. El despliegue de recursos, la portentosa imaginación, el retrato de los personajes, la misma trama argumentativa están encaminados a describir un mundo occidental y el futuro devorado por sus propios mitos, que tienen en el placer y el consumo una nueva modalidad de vida y donde el tono melancólico de dejación es el mismo que de una y otra manera ha tratado de narrar la generación a la que Wallace pertenece.

David Foster Wallace ha creado para ello una sociedad futurista donde el calendario está regido por marcas comerciales, los cambios políticos han llevado a instaurar un totalitarismo ecológico y los grupos terroristas campan a sus anchas. Todo esto para crear una compleja red de elementos satíricos que se centran en los dos grandes temas narrativos de nuestro tiempo: el de la identidad personal y el del derrumbe de la institución de la familia. Por sus páginas desfilan seres atenazados por la droga y la farmacología, desequilibrados por las normas sociales y por una personalidad en crisis.

Se puede achacar a la novela el dar lugar a un revoltijo psicodélico de caracteres, anécdotas, bromas, monólogos... Se puede achacar también también la profusión de tramas secundarias, la sospecha de encontrarnos ante algo no sufientemente reposado, pero Wallace cuando recorre a la erudición, cuando disecciona toda la cultura pop de nuestra época es magistral. Su vanguardismo tiene razón de ser en tanto nace ciertamente de querer contemplar la realidad en toda su complejidad icónica y simbólica, y a la vez el dar una vuelta de tuerca a la tradición de la narrativa norteamericana. Esta galería de personajes adictos al escapismo, en constante rehabilitación dibujan una consecuencia de nuestras peores pesadillas.

Jonathan Franzen dijo de la novela de Foster Wallace que era una crítica de la cultura de la hospitalidad pasiva. La ironía y la sátira son los elementos básicos de su sentido del humor. D. F. Wallace representa en nuestro imaginario literario esa creencia de que la gran literatura es tan peligrosa como el fuego, pero nadie puede quitarnos la belleza de su peligro. Aunque a Wallace se le podría decir lo que Nietzsche opinó de Kant: que era un cerebro fino y un alma pedantesca. 

Articulo : http://www.elcultural.es 18/01/2013