dimanche 13 janvier 2013

Dwight GARNER/ Un crítico en defensa de los críticos realmente críticos


Artículo
Un crítico en defensa de los críticos realmente críticos
Por Dwight GARNER

Opinar de manera descarnada sobre el trabajo ajeno nunca ha sido una actividad muy bien recibida. Pero es indispensable, no solo si queremos una mejor literatura sino (sobre todo) un mundo menos complaciente. 

En la primavera de 1983, la revista Esquire convocó a lo que ellos llamaron “simposio de venganza”. Los editores pidieron a un grupo de escritores conocidos que “se despacharan sin complejos” contra sus más duros y detestables críticos. Los resultados fueron espectaculares.

Jim Harrison llamó a sus detractores “petimetres vestidos de tweed” y “artistas de pasabocas”. Roy Blount Jr. declaró acerca de Larry McMurtry, quien había destrozado uno de sus libros: “He oído que el tipo es absurda, atrozmente bajito. Sobre todo cuando lleva sombrero de vaquero”. Erica Jong recordó que Paul Theroux, al reseñar su novela Miedo a volar, se refirió a ella con las palabras “coño de mamut”. (La verdad es que se refería al personaje principal de la novela.) Jong replicó: “Puesto que el señor Theroux no tiene conocimiento alguno del órgano en cuestión, no puedo evitar preguntarme si ciertas angustias sobre su propia anatomía estarán en la raíz (es un decir) de su reseña”.

Ser criticado duele, y devolver el disparo –a veces literalmente– causa regocijo. El novelista Richard Ford, tras una reseña displicente de Alice Hoffman en The New York Times Book Review, en 1986, la emprendió a balazos contra una de las novelas de la reseñista y le mandó por correo el mutilado objeto. “Mi esposa disparó primero”, parece que dijo. Años después escupió en público al novelista Colson Whitehead, que había reseñado duramente otro de sus libros. Whitehead comentó después: “No es la primera vez que una gallina vieja se me babea encima, y probablemente no será la última”.

Ford es de la vieja escuela. La mayoría de nosotros, al enfrentarnos a palabras dolorosas, no recurrimos ni a la pistola ni al gargajo, a pesar de que mucho nos gustaría. Lo que hacemos, en cambio, es sufrir en silencio. Tratamos de mantenernos tan animados como el novelista Kingsley Amis, quien comentó que una mala reseña podía arruinar el desayuno, pero que no debería arruinar el almuerzo. Probablemente ayudaba el hecho de que Amis bebía alcohol con el almuerzo.

Hay mucho que aprender de la reacción de los escritores a las opiniones descarnadas. Sobre todo, no hay que seguir el ejemplo de May Sarton. Cuando la misma publicación destrozó una de sus novelas a finales de los años setenta, Sarton básicamente se acostó en posición fetal y permaneció así ovillada durante meses. Después detalló la experiencia en un pésimo libro titulado Recovering: A Journal (1980). 

“Me sentí”, escribió Sarton, “como un ciervo cazado”. Paul Fussell, historiador y crítico, se lanzó sobre el comentario. “El ciervo”, le recordó a Sarton, “no emerge de la privacidad y el silencio del bosque para menear la cornamenta, provocar a los cazadores e invitarlos a probar puntería”. 

Soy crítico profesional: alguien que cobra, semana tras semana, por probar su puntería. Es un trabajo que le va bien a mi temperamento. Me gusta la gente –los artistas y también los civiles– que no es grosera ni censuradora, pero que tampoco es timorata. Desde la niñez he detestado la cultura norteamericana del “siéntase bien”, del “todos caminemos en puntillas”. Lo que pido es un poco de franqueza. Lo que pido es un poco de humor. Lo que pido es un poco de realidad. Sobre todo, pido debate.

Mis padres son gente adorable, religiosa, de buenos modales, y me educaron para que me quedara callado cuando no tuviera nada que decir. Pero secretamente yo deseaba ser el hijo febril de una pareja como Richard Burton y Elizabeth Taylor en ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, la obra de Edward Albee: un chico que crece como la hierba entre sofás empapados de ginebra. Quería dramas incipientes. Quería estar donde volaran las palabras y las copas de coctel. 

El trabajo como crítico le enseña a uno a esquivar las palabras y los trozos de vidrio de las copas. He desarrollado una piel bastante gruesa. Los críticos sufren ataques, especialmente en nuestra cultura. La observación de Jean Sibelius –“A ningún crítico se le ha erigido nunca una estatua”– se cita alrededor de una vez por semana. Entre las citas famosas, esta me parece especialmente banal. Implica un aspecto descorazonador de nuestra cultura.

Los mejores trabajos de Alfred Kazin, George Orwell, Lionel Trilling, Pauline Kael y Dwight Macdonald (para nombrar solo unos pocos de los críticos más perspicaces del siglo pasado) son más valiosos –y más estimulantes– que cualquier novela, excepto las de primerísimo nivel. Que no haya un Alfred Kazin en Brooklyn casi basta para que un letraherido quiera mudarse a Oxford, Inglaterra. O al menos a Oxford, Mississippi. 

En una entrevista del año 2000 en The Harvard Advocate, Dave Eggers profirió un alegato, quejumbroso y memorable, contra los críticos. Lo siguiente es una parte de lo que dijo:

No sean críticos, se los ruego. Yo fui crítico una vez, y me gustaría retractarme de todo lo que dije, porque lo que dije venía de un lugar ignorante y hediondo, y fue dicho con una voz que era toda rabia y envidia. No desechen un libro ajeno hasta que hayan escrito uno propio, y no desechen una película ajena hasta que hayan hecho una propia, y no desechen a una persona hasta que la hayan conocido. Ser de mente abierta y generoso y comprensivo e indulgente y tolerante es un trabajo duro, pero por Dios, eso es lo que importa. Lo que importa es decir que sí.

Soy un tremendo admirador de Eggers (quizás deba decir que hace varios años colaboró con una introducción para un breve libro mío), y parte de mí adora este discurso. Es emocionante. Parece salido de una versión del final de Rudy, pero escenificada en una librería independiente. Lo puedo imaginar impreso en una camiseta.

Sin embargo, y aun a riesgo de tenderle una emboscada por algo que dijo hace más de una década, la mayor parte de mí deplora ese discurso. Lo que hace Eggers es alegar, en tonos exaltantes, a favor de un suicidio intelectual colectivo. Cuando una obra de arte le haga pensar o sentir algo, sugiere Eggers, lo mejor es que se lo guarde. Eggers propone una nación de zombis donde el ingenio y el debate mueran poco a poco. Un lugar donde ninguna persona pensante mayor de siete años querría pasar una tarde. Aunque todos, para ver el lado positivo, irían a comprarse un helado. 

La triste verdad sobre el mundo de los libros es que no necesita más novelistas que digan que sí, ni menos aún más críticos que digan que sí. Nos estamos ahogando en ellos. Lo que necesitamos, ahora que las secciones literarias de los periódicos se están encogiendo y desapareciendo como glaciares, son críticos con autoridad y capacidad de castigo: lo bastante perspicaces para señalar las voces que deben alcanzar elogios legítimos; lo bastante insultantes para recordarnos que no todo el mundo recibe, ni tampoco merece, una estrella dorada.

En Ardent Spirits, su libro de memorias de 2009, el novelista Reynolds Price, muerto el año pasado, comentaba brevemente el triste estado de las secciones literarias en los periódicos. En los años cincuenta, a comienzos de su carrera, una primera novela en Estados Unidos recibía cerca de noventa reseñas individuales; ahora una novela decente tendrá suerte si recibe veinte. La mayoría serán amables chorros de tinta que no hacen más que una descripción de la trama coronada, como una rodaja de limón en una Coca-Cola Light, con aquella espantosa palabra, útil para escurrirse de cualquier problema: “apasionante”.

Pero si he desarrollado un duro caparazón en mi vida profesional, lejos de mi portátil soy tan sensible como cualquiera. Tal vez más. Rumio cada desaire. Poseo una colección de grandes éxitos de las heridas que mi psiquis ha recibido por algún comentario cortante. Puedo evocarlos con un clic de la mente, como videos de YouTube.

A nadie le gusta que lo critiquen. El sonido de una crítica hace daño al oído; puede parecernos que las críticas amenazan nuestro estatus, en el trabajo y en casa. John Adams lo dijo maravillosamente: “El deseo de estima es una necesidad natural tan real como el hambre, y la desatención o el desprecio del mundo son un dolor tan severo como la gota o los cálculos”. Si usted ha sufrido de gota alguna vez, notará la agudeza de esa observación.

Me paso todo el tiempo pensando en crítica literaria o cultural. Pero a veces, cuando estoy discutiendo sin cuartel con mi mujer, o cuando se me va la mano en severidad con mis hijos –¿quién dijo que todos los padres son republicanos mientras que todas las madres son demócratas?–, o cuando estoy, ante mis editores, del lado de quien recibe la crítica, pienso que no sé nada de las palabras ni de su poder para herir o para informar.

¿Qué es la crítica? Karl Marx lo sabía bastante bien. Un día perfecto en un mundo perfecto, escribió, sería aquel en que el feliz ciudadano “cazara en la mañana, pescara después del mediodía, criara su ganado al atardecer” y finalmente “criticara después de la cena”, quizás con una botella de vino en la mesa.

Marx comprendió que la crítica no significa lanzar desaires mezquinos y malhumorados al estilo Simon Cowell. No necesariamente significa cubrir a alguien de ridículo. Significa hablar de ideas, de la estética y de la moral como si estas cosas importaran (e importan). En el fondo, la crítica es un acto de amor. Nuestras facultades críticas son lo que nos hace humanos.

Hay muchas maneras de reaccionar cuando a uno le tocan palabras duras. Las revistas y los libros de autoayuda están llenos de consejos sobre cómo mantener la sonrisa y guardarse la defensa para después. O cómo hay que darse 48 horas de enfurruñamiento. O cómo no hay que tomarla contra el mensajero. O cómo, en las palabras de la canción de Jerome Kern y Dorothy Fields, hay que levantarse del suelo y sacudirse el polvo.

Edna St. Vincent Millay daba a los escritores un sabio consejo que sigue siendo sabio décadas después. “Quien publica un libro se presenta voluntariamente ante el pueblo con los pantalones abajo”, dijo. “Si el libro es bueno, nada puede herirlo. Si el libro es malo, nada puede ayudarle”. En otras palabras, lo que decía es: “Cree en ti mismo”. Es un mensaje que todos necesitamos.

Son tiempos interesantes para ser crítico. Ya no quedamos muchos, y recibimos presiones de todas partes justo cuando nuevos medios como Twitter y Yelp se han vuelto toda opinión, todo el tiempo. Pero en su incesante cotorreo digitalizado hay poco que pueda llamarse verdadera crítica.

Soy fan de Twitter y me encanta la comparación, entre graciosa y malvada, que hace Jonah Peretti: “Twitter es un servicio simple usado por personas inteligentes. Facebook es un servicio inteligente usado por personas simples”. Pero Twitter es un medio que quita los colmillos a sus usuarios. Allí, una palabra negativa tiene el mismo efecto que un murciélago en el shower de una novia.

En un inteligente artículo que lleva por título “Contra el entusiasmo”, publicado en Slate a comienzos de agosto, Jacob Silverman señaló la manera en que Twitter, al menos para los escritores, se ha convertido en una “sociedad de admiración mutua” y por lo tanto en un grave peligro para la cultura literaria.

“Si uno pasa tiempo en Twitter o en la blogosfera”, escribió Silverman, “se verá realmente acosado por la amabilidad, por un entusiasmo sin tregua que lo convencerá de que todo libro nuevo es maravilloso y todo escritor es el mayor admirador de los demás escritores”.

Esto no es solo superficial, añadió, sino también falso. Y la constante fraternización fingida ha hecho que la opinión genuina y honesta nos parezca más dura de lo debido, como una reacción aguafiestas de los dioses. “Un reseñista no debería ser una máquina de recomendar”, añadió Silverman, “y sin embargo nos hemos resignado a ese papel, debido en parte a que lo alienta el aprensivo comunitarismo de Twitter”.

¡Bravo, joven Silverman! (Por favor, retuitéenlo.)

Hasta que encuentren ustedes el valor para decir lo que piensan y defender su opinión, jóvenes críticos y tuiteros amables, siempre les quedará el consejo que el crítico George Seldes dio en el título de su libro de memorias de 1953: “Di la verdad, y corre”. 

Articulo: http://www.elmalpensante.com 09/2012

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