dimanche 13 janvier 2013

Hugo BECCACECE/ CARTIER: las joyas que dominaron el poder y el amor en el siglo XX


Muestra en Madrid
Cartier: las joyas que dominaron el poder y el amor en el siglo XX
Por Hugo BECCACECE

Las piezas que exhibe el Museo Thyssen Bornemisza ilustran, en una fascinante combinación de arte, lujo y belleza, los cambios políticos, económicos y sociales de los últimos cien años.

Es una perturbadora combinación de arte, fastuosidad y belleza. Las 421 piezas de la joyería Cartier que se exhiben hasta el 17 de febrero en el Museo Thyssen Bornemisza de Madrid ilustran la evolución del gusto y, sobre todo, la historia del poder en el siglo XX, curiosamente enlazada con la religión y el amor. En esas piezas, se resume el ascenso y la caída de varios imperios, la progresiva desacralización de las costumbres y el cambio tecnológico. El lujo de las vitrinas produce un efecto, hoy casi paradójico, emparentado con lo sagrado. Muchas de esas gemas proceden de la India, donde fueron consideradas durante milenios un don de los dioses. Ratna, la palabra sánscrita para "piedra preciosa", significa "acordado". Se consideraba que eso "acordado" recibía e irradiaba la energía del cosmos. La combinación en una joya de las nueve piedras planetarias (el diamante, la perla, el rubí, el zafiro, la esmeralda, el topacio, el ojo de gato, el coral y el circón rojo) era un emblema del universo hindú. En la actualidad, esa tradición se ha perdido, pero perdura como una huella, como un sentimiento que ignora su nombre, en la admiración respetuosa y asombrada de los visitantes de la muestra.

En 1847, Louis-François Cartier (1819-1904) era un obrero en el taller de joyas de su maestro, Adolphe Picard. Tenía un gran conocimiento de relojería y de gemología, además de un espíritu independiente y emprendedor. En 1853, abrió su propio comercio en el número 5 de la rue Neuve-des-Petits-Champs. Como muchos de los joyeros de la época, ofrecía en su establecimiento sus propias creaciones, pero también las de otros talleres. Su especialidad eran los camafeos, que empleaba en broches, brazaletes y collares. Tuvo la suerte de que en 1855, la condesa Nieuwerkerke, esposa del conde Émile de Nieuwerkerke, le comprara un collar de camafeos. El conde era escultor, pero su celebridad provenía de un hecho romántico: era el amante de la princesa Mathilde Bonaparte, prima de Napoleón III y sobrina del gran Napoleón. Poco después la princesa Mathilde, guiada por el conde, se convirtió en clienta de Louis-François. Éste comprendió que había llegado la hora de tener una dirección más elegante y en 1859 se mudó al Boulevard des Italiens, donde un día llegó Eugenia de Montijo, la emperatriz de Francia, para hacerle un encargo: un acontecimiento decisivo para el éxito de la firma porque hizo de Cartier, en forma oficiosa, el proveedor del Segundo Imperio.

El clima de bonanza económica multiplicó las grandes fortunas, la corrupción y el consumo suntuario. Surgió el París moderno de las grandes avenidas diseñadas por el barón Haussmann y se desarrollaron los ferrocarriles. Hacia fines de la década de 1860 se descubrieron los inagotables yacimientos de diamantes de Sudáfrica, lo que revolucionó el mundo de la joyería.

La preferencia que los Bonaparte tuvieron por los Cartier fue una especie de legado. Cuando en 1910 la princesa Marie Bonaparte se casó con el príncipe Jorge de Grecia y Dinamarca, llevaba una tiara de la firma, en diamantes y platino, usada como bandeau. Marie fue una mujer singular y muy inteligente: ansiosa de curar su frigidez, intentó varios tipos de cura, hasta que se interesó en el psicoanálisis y se convirtió en una de las primeras discípulas extranjeras de Sigmund Freud. Llegó a ser una psicoanalista renombrada y logró rescatar a su maestro de la Alemania nazi en 1938.

Louis-François Cartier tuvo un hijo, Alfred, que se hizo cargo de la firma en 1874. Pero fueron los tres hijos de éste, Louis (1875-1942), Pierre (1878-1964) y Jacques (1884-1942), quienes le dieron al negocio una importancia internacional. Louis, el mayor, se asoció a su padre en 1898. Era un hombre de un buen gusto infalible y de un certero sentido de los negocios. En primer lugar, le propuso a Alfred que se mudaran al número 13 de la rue de la Paix, una dirección que superaba en elegancia a la del Boulevard des Italiens; por si fuera poco, estaba a un paso del Ritz, el hotel de la aristocracia y de los millonarios estadounidenses. El poder económico estaba pasando de los nobles de Europa a los millonarios de Estados Unidos que compraban tiaras para casar a sus hijas con un novio provisto de título, ya fuera un barón o un príncipe.

En esos años, la vanguardia artística se inclinaba por los diseños art nouveau, inspirados en formas naturales. Sarah Bernhardt, la gran actriz de teatro, lucía en la vida real y en la escena joyas que repetían las curvas y los motivos vegetales recreados por Alphonse Mucha. La casa Cartier rechazó las innovaciones modernistas y, en cambio, volvió a la tradición del estilo Luis XVI, que había renacido décadas antes con los gustos clásicos de Eugenia de Montijo. Fue una decisión astuta porque apuntaba a ganarse la clientela aristocrática y monárquica que necesitaba para las ceremonias oficiales una imagen más conservadora. Louis Cartier y sus hermanos recorrían los manuales de ornamentación ilustrados del siglo XVIII para buscar los temas que después recreaban en diamantes las cintas, lazos, volutas y guirnaldas del Trianon de Versalles. El estilo de esos años fue llamado precisamente "guirnalda" y el principal diseñador de las piezas durante varias décadas fue Charles Jacqueau.

POMPA Y CIRCUNSTANCIAS

A la muerte de la reina Victoria, le sucedió Eduardo VII que, como príncipe de Gales, había frecuentado muchísimo París. Allí había tenido trato con las principales y más costosas cortesanas de la Belle Époque, a las que había cubierto de piedras preciosas. El relevo británico coincidió con el cambio de siglo y fue acompañado por un cambio de costumbres: del severo mundo victoriano se pasó al elegante y licencioso período eduardiano. Eduardo fue coronado en 1902. Los Cartier resolvieron abrir una sucursal en Londres, que quedó a cargo de Pierre, para aprovechar la pompa y las circunstancias. No pudieron haber hecho nada mejor. Para la entronización, los invitados encargaron 27 tiaras, que pudieron ser admiradas por el público antes de la ceremonia en las vidrieras de la compañía.

Los matrimonios y las muertes de los soberanos europeos hicieron la buena fortuna de los Cartier. Nueve años después de haber recibido el cetro real, moría Eduardo VII y Jorge V se ceñía la corona. Con él, las damas de la corte y las invitadas internacionales tuvieron que ceñirse sus tiaras respectivas, diecinueve de las cuales fueron encargadas a Cartier. Los Windsor, con sus muertes, coronaciones e historias románticas, impusieron a los Cartier en el mundo de las testas coronadas y fueron seguidos por los monarcas de toda Europa.

Siempre se dijo que llevar una corona es una pesada carga. Para hacerla más liviana, la casa Cartier reemplazó la plata por el platino en los engarces. Fue una innovación técnica fundamental. La plata es un metal blando que necesita mucho espesor para sostener el peso de las piedras, además se oscurece con el tiempo, mientras que el platino es más ligero, resistente, y su brillo inalterable contribuye a realzar el de las gemas.

Los motivos versallescos de Charles Jacqueau llevaron a un giro, en parte imprevisto. En algunos casos, los dibujos, aunque inspirados en modelos tradicionales, terminaron cobrando un carácter abstracto. Eso se hizo evidente en un broche de diamantes y rubíes de 1904, cuya fuente no era otra que la geometría. De ese adorno, surgió una serie de gran originalidad que no le debía nada al estilo Luis XVI. Se lo bautizó "estilo moderno". Con el surgimiento del cubismo, la geometrización se acentuó y empezaron a emplearse piedras de colores vivos. Varias de las piezas creadas con ese concepto se adelantaron en más de diez años al art déco. Cuando uno las ve, las dataría equivocadamente a partir de 1925; en cambio, Cartier abandonó esa variante geométrica en 1920, cinco años antes de que las otras casas de joyería celebraran el déco casi de modo excluyente, y se volcó de lleno al exotismo.

También en 1904, Louis hizo un aporte fundamental para la vida cotidiana. Creó el reloj pulsera con correa de cuero para su amigo Alberto Santos Dumont. Eso le permitía al pionero de la aviación saber la hora tan sólo con mirar su muñeca mientras surcaba los cielos: una comodidad imprescindible en la que nadie había pensado. Ese modelo, llamado Santos Dumont, uno de los más vendidos de la joyería, fue seguido por los modelos Tonneau (1906), Tortue (1912) y el Tank (1919).

ORIENTALISMO

La irrupción de los Ballets Rusos de Diaghilev en París, en 1909, produjo una revolución en la moda y las costumbres, a la que también sucumbió Cartier. Una ola de orientalismo se abatió sobre toda Europa. La sensualidad, la combinación inédita y audaz de colores hasta entonces relegados alteraron la paleta más bien discreta de la joyería. Las escenografías de Bakst y de Benois influyeron para que Cartier empleara armonías de azul y verde, de naranja y azul, de rojo y negro, de ton sur ton en azul y en verde. Ya en 1900, Louis había quedado impresionado en la Exposición Universal por una novedad llegada de Rusia: los esmaltes trabajados de distintas maneras por la joyería Fabergé, proveedora de los zares. Esos esmaltes aumentaban de un modo casi ilimitado el colorido de las joyas y de los objets d'art. Después de los Ballets Russes las nuevas creaciones de Cartier introdujeron modificaciones en sus piezas que convirtieron en clientes a los grandes duques rusos.

El espíritu aventurero de Louis Cartier lo ayudó a dar un giro a la producción de sus talleres. No tenía por qué limitarse a los clientes europeos. Había dinastías riquísimas en Oriente, particularmente en la India, que había pasado a ser "la perla de la Corona británica", una colonia de vastísimos recursos. Entre las materias primas, proveía el 60 por ciento de diamantes al mercado internacional. Eso sí, las esmeraldas escaseaban, salvo las históricas que habían llegado por medio de los mogoles. La lenta decadencia del imperio mogol en el subcontinente asiático y su desmembramiento en reinos regionales fue aprovechada durante el siglo XVIII por la Compañía Inglesa de las Indias Orientales para apoderarse en la práctica de los Estados y las provincias que lo formaban. Los nababes, que supuestamente gobernaban provincias tan importantes como Bengala, tenían fabulosas joyas y, en busca de protección militar, hacían regalos de un lujo impensado a los monarcas británicos; por otra parte, a medida que los gobernantes locales se anexaban los reinos más débiles, los tesoros de piedras preciosas pasaban a las nuevas manos y se producía una concentración de poder y riqueza como nunca se había visto. Pero toda esa opulencia en manos de los maharajás dependía de la buena voluntad de la Compañía de Indias y su ejército de cipayos. Poco a poco los soberanos locales fueron delegando poderes en la Compañía, entre ellos el de recaudar impuestos. Los soberanos británicos, por su parte, aceptaban y propiciaban los fastuosos regalos de los maharajás por una razón hoy poco conocida. Durante la guerra civil de 1642-1649, Carlos I había empeñado las joyas reales para financiar sus ejércitos y, desde entonces, los monarcas sucesivos no habían podido recuperarlas. Hasta fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, debían alquilar las joyas para las grandes ceremonias. De modo que la astuta conquista de la India no sólo extendió los territorios de los reyes británicos, además les permitió tener piedras fabulosas que no les costaron ni una libra. Eran el presente agradecido y paradójico de los maharajás indios cuyos dominios explotaban los ingleses.

El gusto de los gobernantes indios por las alhajas hizo que recibieran con interés a Louis Cartier, que estableció una oficina en Delhi en 1911. Éste buscaba comprar piedras y consolidar las relaciones con los soberanos locales. Algunos de ellos llegaron a confiar hasta tal punto en él que le dieron sus joyas para que él las modificara o creara otras piezas combinando las piedras del tesoro de otro modo. Pronto Louis se dio cuenta de que los maharajás podían ser sus mejores clientes. Además, el contacto con la tradición local influyó profundamente en él: lo ayudó a superar las convenciones del buen tono, a realizar las composiciones de piedras y colores más osadas y a encontrar motivos de flora y un bestiario inusuales. La célebre pantera de Cartier y los brazaletes quimera, casi emblemas de la casa, encuentran su antecedente en joyas mogoles del siglo XVIII que representan tigres.

La curiosidad por las civilizaciones orientales y la búsqueda de nuevos mercados fueron dos de los principales motores que impulsaron las creaciones de Cartier. Desde sus comienzos, la casa hizo acopio de fragmentos de joyas o antigüedades de Egipto, la India, Persia (los llamaban apprêts), que engastaban en sus propias piezas de diseño moderno. La insólita alianza de los apprêts de la tradición antigua no europea con monturas del siglo XX hizo que la casa creara desde 1910, pero sobre todo en las décadas de 1920 y 1930, una serie de trabajos de gran originalidad que anticiparon y luego exaltaron la inspiración art déco . El descubrimiento en 1922 de la tumba de Tutankamón no hizo sino favorecer esa tendencia.

Durante el período de exotismo de Cartier, que se prolonga hasta hoy en algunas creaciones, las piedras grabadas eran un capítulo aparte porque debían ser de un tamaño considerable y requerían artesanos muy especializados. Los indios podían poner un alto precio a sus gemas, por lo que, a menudo, convenía comprarlas en otros mercados, pero los grandes artesanos grabadores sólo se encontraban en la India y no eran caros, de modo que las piedras debían ser compradas o trasladadas allí. A los maharajás les encantaban los motivos grabados en rubíes, esmeraldas y zafiros. A diferencia de los clientes occidentales, no temían el exceso, más aún, lo buscaban. Las esmeraldas, con frecuencia de dimensiones asombrosas, provenían de Brasil o de Colombia y eran llevadas a los talleres indios para ser grabadas. El resultado produce una especie de alucinación porque las gemas parecen frutos, caramelos o grandes pastillas como las que se vendían en los almacenes en frascos de vidrio; en el caso de las esmeraldas, las "golosinas" eran de "menta"; en el de los rubíes y zafiros, de "berries". El impulso de llevarse las piedras a la boca es casi irresistible. No por nada a las mujeres que arruinaban a sus amantes pidiéndoles joyas costosísimas se las llamabacroqueuses de diamants (del francés croquer: comer algo triturándolo y haciéndolo crujir).

Uno de los curiosos enfrentamientos entre los colonizados y sus colonizadores, que hubiera sido digno de un análisis de Edward Said, tiene su origen en las joyas. Entre 1899 y 1905, lord George Nathaniel Curzon, marqués Curzon de Kendleston, fue virrey de la India. Curiosamente Curzon buscaba frenar la decadencia y la corrupción en los pequeños reinos indios, defendía las tradiciones locales y se esforzaba para que los soberanos manejaran sus tierras con cierta independencia y provecho. A Curzon lo indignaba que los nababes, a imitación de los europeos, hicieran facetar sus piedras preciosas para que brillaran más. El tallado hacía que las gemas perdieran mucho peso y su carácter natural. Curzon reivindicaba, con mucha sensatez y buen gusto, los cabujones, que respetaban el peso original de las piedras y eran menos artificiales. Fue inútil: los maharajás, como niños, sucumbían a la hipnosis de los destellos. Sir Bhudinpar Singh le encargó a Cartier, en 1928, un collar de ceremonias de 2930 diamantes con dos rubíes montados en platino y el célebre diamante De Beers, de 234.59 quilates.

LOS MEJORES AMIGOS

El resultado más espectacular de la contaminación de gustos europeos e indios fue el estilo de las joyas tutti frutti , compuestas por rubíes, zafiros, diamantes y esmeraldas. Los dos ejemplos ilustres de ese período son un brazalete reloj que compró Linda Lee Thomas, la esposa del compositor Cole Porter, y, sobre todo, el collar tutti frutti de Daisy Fellowes, en el que causan asombro los grandes zafiros, rubíes y esmeraldas grabados en forma de hoja. Daisy, hija del duque Decazes, era la editora en París de Harper's Bazaar , una verdadera zarina de la moda. Su inmensa fortuna provenía de las máquinas de coser Singer. Su tía era Winaretta Singer, casada con el príncipe de Polignac. El primer esposo de Daisy, Jean Amédée, príncipe de Broglie, murió en la guerra de 1914. A pesar de su homosexualidad (ella lo sorprendió en la cama con el chofer, una escena frecuente en los hogares con chofer), le dio tres hijas. El segundo marido de Daisy fue Reginald Fellowes, emparentado con Winston Churchill. Daisy llevó su anglofilia hasta el extremo de convertirse en la amante de Duff Cooper, el apuesto embajador de Gran Bretaña en Francia.

En las décadas de 1920 y 1930 floreció la cafe society , integrada por un grupo cosmopolita, muy sofisticado, en el que se mezclaban los millonarios estadounidenses, miembros de la realeza, la aristocracia internacional, artistas, estrellas de Hollywood, así como hombres y mujeres sexies, a disposición de los poderosos. Sus centros de reunión eran los cafés y bares elegantes, las residencias, villas y hoteles de París, Londres, Nueva York, Roma y Venecia. Quienes tenían suficiente dinero eran clientes de Cartier y de las otras joyerías de la place Vendôme. Ese mundillo se estremeció con la historia de amor del príncipe de Gales, el futuro Eduardo VIII (que jamás sería coronado), y Wallis Simpson. Cuando él abdicó, subió al trono Jorge VI y hubo un encargo "masivo" de 27 tiaras para la coronación, el último en verdad: después de 1945, las casas reales prefieren usar las históricas en vez de encargar nuevas. Cuando Eduardo y Wallis se convirtieron en los duques de Windsor, pasaron a ser los protagonistas por excelencia de la cafe society y los encargos de joyas a Cartier se multiplicaron hasta el estallido de la Segunda Guerra; después de 1945 volvieron al ritmo anterior. En la tapa de esta revista, puede verse, por ejemplo, un broche pantera de platino, diamantes y diamantes amarillos con un zafiro de Cachemira (los más preciados) en cabujón, de 152,35 quilates. El clip fue realizado en 1949. Es la segunda pantera en tres dimensiones realizada por la joyería; la primera remataba en cabujón de esmeralda, de peso similar. Las dos fueron para Wallis. A su muerte, Cartier compraría el broche, en 1987, para su propia colección.

Las panteras eran el símbolo de las mujeres independientes (y peligrosas), tal como las concebía Jeanne Toussaint, directora de alta joyería de la firma desde 1933. Jeanne impuso una línea de motivos florales y de fauna, que tuvo un enorme éxito, pero continuó con la imagen de la fiera de piel negra hecha de oro, brillantes, ónix y piedras preciosas. Sin embargo, no siempre traían suerte. La bellísima mannequin Nina Dyer se convirtió a los 23 años, en 1953, en amante del barón Heinrich Thyssen Bornemisza, que le regaló, entre otras cosas, una isla en Jamaica. En 1954, Nina era la esposa del barón, del que se divorció a los tres meses. Tres años más tarde, la ex mannequin se casó con Sadrudin Aga Kahn, que le regaló una parure de panteras de Cartier como homenaje a los gustos de su nueva mujer: Nina acostumbraba pasearse con dos panteras vivas. También se divorció de Sadrudin. En 1965, murió de una sobredosis. Nunca se pudo probar de modo fehaciente que se tratara de un suicidio. Las mujeres de los maharajás, de los nababes y de los kanes se convirtieron en una fuente de ingresos inagotable para Cartier porque esas bellezas pasaban por tres o cuatro etapas: novias, amantes, esposas y divorciadas. En cada uno de esos períodos, ellas y sus compañeros hacían encargos fastuosos.

El matrimonio del príncipe Rainiero de Mónaco y de Grace Kelly en 1959 fue la consagración oficial de la alianza entre la alta sociedad tradicional y Hollywood. No hubo una señal más clara de la importancia que las figuras aún no llamadas "mediáticas" iban a ejercer. Eran la nueva realeza y el nuevo poder. Por supuesto, en la foto oficial que distribuía el principado a la prensa y a los súbditos, Grace llevaba joyas de Cartier: una tiara de diamantes con tres broches de adorno de diamantes y rubíes, un collar de diamantes, el anillo de compromiso, también de diamante, y una pulsera de oro. Seis años antes, en 1953, Marily Monroe había cantado "Los diamantes son los mejores amigos de una chica" en la película Los caballeros las prefieren rubias. Por supuesto, en la letra se mencionaba a Cartier.

Jean Cocteau, el poeta, cineasta, pintor y autor teatral, uno de los hombres de más talento e ingenio de París, fue nombrado miembro de la Academia de Francia en 1955 y, como tal, debió ajustarse a los ritos de ingreso a la institución. Los académicos visten en las grandes ocasiones uniforme verde y una espada cuyo diseño resume la vida y la obra de quien la lleve. Esa espada es un regalo de sus amigos. Cocteau encargó la realización del arma, de uso meramente simbólico, a Cartier. El mismo poeta la diseñó. La hoja de la espada es de acero toledano. El guardamanos representa el perfil de Orfeo, emblema de la poesía, su lira está hecha de marfil; el pomo está adornado con una gran esmeralda, donada por Chanel, y rubíes ofrecidos por Francine Weissweiler, la amiga millonaria de Jean. El drapeado de oro a lo largo del arma recuerda las colgaduras en una columna de teatro antiguo como alusión a la tragedia. La montura de la vaina lleva el sello de Cocteau (sus iniciales con una estrella), que reaparecen en la cruz en forma de estrella de seis puntas con un diamante en el centro y un rubí en cada punta. En la vaina, un motivo evoca la reja del Palais Royal, lugar de residencia del académico, y en el extremo, hay una mano que sostiene una bola de marfil, especie de cita de la bola de nieve que encierra una piedra en Les enfants terribles .

 Como una confirmación suplementaria de la letra cantada por Marilyn Monroe, la joyería compró en 1969 un diamante de talla pera, de 69,42 quilates, y se lo vendió a Richard Burton que se lo regaló a Elizabeth Taylor. Ella lo lució en el "Baile Proust", de 1971, ofrecido por el barón y la baronesa de Rothschild en el castillo de Ferrières. Liz y Richard posaron para Cecil Beaton en ropas de época. Guirnaldas de perlas y rubíes estaban entretejidas en un peinado monumental al estilo de la Belle Époque que Liz soportaba como una atleta. Debían masajearle el cuello cada dos horas. El diamante Burton opacaba todo como si hubiera sido el último fuego de artificio de una fiesta que se terminaba. ¿Taylor habrá leído En busca del tiempo perdido ?

Articulo: http://www.lanacion.com.ar 11/01/2013