dimanche 13 janvier 2013

José A. MUÑOZ/ Binomio (I): Pilar REYES + Manuel VICENT


Binomio (I): Pilar Reyes + Manuel Vicent
Por José A. MUÑOZ 

Pilar Reyes es de origen colombiano. En 1993 entró en el mundo editorial de la mano de Conrado Zuluaga, entonces editor de Santillana, a quien sustituyó años más tarde en el cargo. Publicó a Álvaro Mutis, Fernando Vallejo, Juan Gabriel Vásquez o Laura Restrepo, haciendo que el catálogo de Alfaguara fuera uno de las más importantes -si no el que más- en cuanto a representación de autores colombianos. En 2009 se trasladó a España para ocupar el cargo de Directora Editorial de Alfaguara.

Como representante de su catálogo Pilar ha escogido al escritor castellonense Manuel Vicent, quien comenzó a publicar en el sello en la década de 1960. Desde entonces es, efectivamente, uno de los valores más reconocidos de la editorial, con obras comoTranvía a la Malvarrosa (1997), Son de mar (Premio Alfaguara 1999), La novia de Matisse (2001), El cuerpo y las olas (2007), o Aguirre, el magnífico (2011). También ha visto transformadas en libro diversas antologías de artículos, como la que llevo en las manos, Mitologías, donde se recogen 28 retratos de personajes del siglo XX publicados previamente en El País.

Bien entrada la tarde, a punto de dar las siete, vamos en el coche de Isaac, el fotógrafo que me acompaña en Madrid, rumbo al hotel donde nos citamos con Pilar y Manuel, cercano al estadio Santiago Bernabeu.

- Aquí vamos a tener problemas para aparcar, además esto es todo zona verde y se tiene que ir pagando cada hora, pero a ver si hay suerte -me cuenta Isaac antes de iniciar el habitual recorrido al que se ven sometidos los conductores cuando buscan aparcamiento, es decir, dando vueltas y más vueltas. Faltan apenas diez minutos para la hora convenida.

- A las malas, métete en el parking del hotel y santas pascuas -y así lo hace.
Subimos el hall y encontramos a Manuel recostado en un sillón. Está dormido. Me siento tentado a pedirle a Isaac que saque la cámara y le haga una foto, pero hay que respetar un acto tan íntimo (aunque ejercido en público, para qué engañarnos) como es el de la siesta. Así que me contengo y le despierto discretamente, poniendo mi mano derecha en su hombro. El escritor es de los que tiene bien engrasado el resorte y responde incorporándose a una velocidad envidiable. Pilar no nos hace esperar mucho, apenas dos minutos después, puntual y dispuesta a conversar. Hechas las presentaciones, nos sentamos en el bar.

- Oye, ¿qué vas a pedir para beber? -consulta Manuel a su editora.
- Yo un café con leche y agua.
- ¿Un café? -Manuel duda y consulta el reloj. Llega el camarero a tomar nota. Se decide, por la hora, a beber un gin-tonic. Isaac y yo nos inclinamos por un refresco de cola.
- Bueno, cuéntanos para qué somos buenos -me dice Pilar, en tono de pregunta. Sería una estupenda manera de comenzar, pero Manuel se lanza a explicar cómo se conocieron:
- La conocí cuando era practicamente una niña, en Colombia. No recuerdo con qué motivo viajé en esa ocasión, sería para una presentación o por algún premio. Ya entonces demostraba que era la más lista de todos.
- No fue por un premio, Manuel -puntualiza Pilar-. Te llevaron del Instituto Patrimonio Nacional, que se encarga de conservar los edificios considerados patrimonio arquitectónico. Me dio la impresión de que no fue hasta el aterrizaje que pensaste “¿Y para qué estoy aquí?”.

- ¡No me acordaba! Bueno, eran tiempos en que Colombia significaba “violencia”, a mediados de los 90. Un día me llaman de un Instituto anexo a la embajada de Colombia en España para invitarme a dar una charla. No lo tenía muy claro, así que dije que no. Cuando colgué el teléfono pensé que había sido un gesto cobarde, el de rechazar la oferta para ir a Bogotá, una ciudad que siempre me ha fascinado. Mientras me machacaba la conciencia, sonó de nuevo el teléfono y me preguntan si quiero ir a Colombia. Respondí que sí. Creí que era la misma persona, pero resultó que no, y encima era para otra cosa que no tenía nada que ver. Enseguida me enviaron un fax de la Compañía de Ferrocarriles de Medellín, ¡la ciudad más peligrosa de todas! Estaban restaurando las estaciones de ferrocarril clausuradas para convertirlas en museos, monumentos… Por lo visto alguien de la embajada que me leía en El País quería que fuera para dar una charla humanística. Al aterrizar en el aeropuerto de Bogotá vi a un grupo de gente y entre ellos a un tipo sonriéndome con cara de idiota. Fue entonces cuando pensé “¿Cómo he sido tan gilipollas? Estos me llevan a Medellín y seguro que alguien me pega un tiro en cuanto llegue”. Pues ese que parecía un idiota resultó ser un genio, ¿no, Pilar?
- Total.
- Juro por mis muertos que lo bien que lo pasé en Medellín aquellos diez días no lo he vuelto a pasar en mi vida. ¿Violencia? Sí, pero la vida y la muerte están pegados.
- Nos vimos por primera vez una noche cuando, de vuelta de Medellín, después de la charla, rodeado de todo este equipo de gente de Patrimonio y de Ferrocarriles que estaba embelesado con tus historias, contaste que habías encontrado a quien le hizo la autopsia a Carlos Gardel.
- ¡Sí, sí! El que me acompañó durante el viaje, el tipo de la embajada, me llevó a conocer a su padre, que era un gran caballero colombiano, un médico extraordinariamente refinado. Tomamos café una tarde y me confesó que, siendo estudiante de medicina, en junio de 1935, se produjo el accidente de aviación en la misma pista del aeropuerto, que entonces estaba en el valle de Medellín. Llevaron todos los cadáveres quemados al clínico donde estaba él, y el primer cadáver que entró llevaba incrustada en la carne una navaja. Al abrirla, leyó en la hoja “Soy de Carlos Gardel”. Bueno, de Gardel se dicen muchas cosas, y a saber si esto era cierto, pero yo me lo creía todo. No tenía otra opción, con lo que llegué a vivir en ese viaje. El tipo que comentaba antes que me recibió con cara de idiota era Gabriel García Márquez, así que lo normal es que acabara pensando que sus libros, considerados de “realismo mágico”, se quedaban en una cuarta parte de la realidad. García Márquez no hizo más que tomar ligeros apuntes de lo que pasa en su país.

En este punto, con Manuel Vicent en plena ebullición memorialística, ya nos tiene encandilados y muertos de risa. Así que continúa sin freno.
- Me llevaron al cementerio de San Pedro, lloviznando. Dos días antes se había producido allí unabalasera entre narcos y se habían matado, ahí mismo, en el cementerio, que es donde hay que matarse. En el silencio sepulcral del cementerio abarrotado, se oye, de repente, una ranchera: Juan Charrasqueado. Nos acercamos, siguiendo el sonido de la música, a un mausoleo donde habían fotos de una madre con siete hijos baleados, todos sicarios con nombres americanos, como Nilson, Hanson, Stanley Gómez… En el mausoleo la madre había ordenado instalar un disco de esos eternos que no dejaba de reproducir la ranchera hasta las trompetas del juicio final.

Le pregunto a Pilar si estas son las historias que cuenta Manuel cuando se encuentran y me confirma que sí, “me cuenta historias de gorilas”. Es aquí cuando el escritor comienza a relatarnos el suceso verídico que dio origen a un reciente artículo publicado en El País, desvelándonos que “el viaje lo hice hace poco, en compañía de Juan Antonio Corbalán, el ex baloncestista, que ahora tiene celos porque la gorila me tocó a mí”. “En realidad”, confiesa, “Pilar y yo hablamos de estas cosas, no de literatura, ni debest-sellers”.
- Pero es que esto es literatura pura, Manuel -puntualiza Pilar.
Y ahora no queda otra opción que la de escuchar la divertida narración de Manuel Vicent, tan difícil de transcribir.

Articulo: http://www.revistadeletras.net 12/01/2013