dimanche 13 janvier 2013

Juan CRUZ/ El baile infinito


Literatura española
El baile infinito
Por Juan CRUZ

Arturo Pérez-Reverte dibuja un gran fresco del siglo XX, que incluye también a la Argentina, aunque lo que se impone finalmente es su maestría en el diseño de los sentimientos.

Hay libros reloj y hay libros fuente; libros especialmente precisos, en los que se baila, sobre una sola baldosa, un baile infinito. Y hay libros fuente, en los que se baila sin rumbo fijo, como sobre un barco en aguas turbulentas.

De estas dos especies de libros se alimenta la novela El tango de la Guardia Vieja, la última novela de Arturo Pérez-Reverte. Exigente, como siempre, con el rumbo de su obra narrativa, el académico que fue periodista y que ha dado algunos de los títulos más vendidos de la literatura en español del siglo XX, tan apasionado por el mar y sus barcos como por la lectura y sus consecuencias, ha acometido una tarea titánica de la que ha salido fortalecida su manera de ver la vida, con sus claroscuros y también con sus inclementes embestidas del mal o del placer. El tango de la Guardia Vieja es un libro reloj en el sentido de la precisión con que están ejecutados los tiempos de la acción novelesca: no hay en ningún momento desfallecimiento en esa exigencia cronométrica sin la cual la historia se le hubiera derramado, pues tiene cursos por donde deambular. Y, además, esa cronología, compuesta de crisis y de guerras que cruzaron el siglo XX en que ocurre la novela, es fundamental para entender los humores, desde el lujo y el placer desenfrenado hasta la melancolía y el pudor con el que se exhibe la derrota. Así pues, el tiempo, como en el mar, que obliga a la exactitud de los marineros, juega aquí un papel que el autor convierte en fundamental desde el minuto uno del libro.

Hasta los vaivenes del barco en el que se inicia esta aventura están marcados por Pérez-Reverte como circunstancias que han de ser tenidas en cuenta a la hora de evaluar situaciones más o menos eróticas que irán ensalzando la trama hasta convertirla en una historia de amor y de los placeres que el amor va provocando.

Y el libro es también un libro fuente. De una manera inteligente y también audaz, el autor de El tango de la Guardia Vieja se ha propuesto convertir esta historia en principio ajena, que nos tendría a los lectores como espectadores del engranaje de los sentimientos por los que transita, en una crónica de todos nosotros. Es un espejo de los placeres soñados, o ejercidos, pero es también un espejo que se sitúa sobre los placeres que buscamos en las relaciones, las directas o las furtivas, aquellas que esperamos que se produzcan algún día en circunstancias parecidas, hagamos o no hagamos nada para que éstas concurran en nuestra propia biografía.

De inmediato, somos cualquiera de los personajes que elijamos de la trama; ocurrido este acontecimiento, es decir, la participación del lector en la ficción que lee, ya la novela discurre a placer de uno y otro, del autor y del lector. Y ya no la dejas nunca. Es que te va la vida en ello. Pasa en otros libros de Pérez-Reverte, de ahí su éxito, pero es que en esta ocasión sublima el logro y lo alcanza, además, combinando belleza (también para describir la belleza) y acción, hasta el último instante, incluso en aquellos momentos cuyo ritmo está obligado por la melancolía. Ésta llega, como en un reloj, cuando ya el hombre y la mujer que son centrales en la novela convierten las hazañas de su corazón y de sus negocios en recuerdos que no se han marchitado tan solo porque la pasión no fue ahogada por el cinismo de la larga historia vivida por ambos.

La trama ya es conocida, y aunque es fundamental para entender la maestría narrativa de Pérez-Reverte, en este libro no es imprescindible, porque aquí lo que resulta asombroso, aparte de la exactitud, es el dibujo de los sentimientos, cómo éstos se van dibujando como si fueran elementos concretos, exhalaciones físicas de los personajes a los que da vida el autor. Max Costa, el impostor que se enrola en un crucero que parte de Europa rumbo a la Argentina, donde nació, es un bailarín y ladrón, un tipo sin escrúpulos, que seduce a una mujer rica que hace ese viaje porque su marido, un músico muy reputado, quiere cumplir en el otro lado una apuesta que ha hecho con Ravel, un colega cuya fama disputa. Ravel ha hecho su bolero; De Troeye, el compositor viajero, quiere hacer el tango perfecto. Como se habla de música, y además del tango, cuyo ritmo es tan perfecto como el ritmo del ajedrez, Pérez-Reverte exhibe en todo momento su antigua maestría en este último juego, pero la utiliza, además, para promover un ritmo (el del reloj) que afecta a todas las circunstancias dramáticas de la trama. La novela es en algún momento tan perfecta, y tan malévola, como un tango bien bailado en lugares de discreción obligatoria y también perversa, y en otros momentos es una partida de ajedrez cubierta con los velos del misterio urdido por un narrador omnisciente que sabe cuando aflojar la tensión para que aflore el sentimiento. Siendo, como es, una novela de acción, en la que hay misterios relacionados con aspectos fundamentales del tiempo que cruza (la guerra civil, la guerra mundial, los asesinatos, los espionajes), El tango de la Guardia Vieja es un balcón a los sentimientos que sólo se pueden descubrir, al final, cuando la derrota asoma por las comisuras de los labios ya desencantados de los protagonistas. Para llegar a ese climax de la melancolía han tenido que pasar muchos acontecimientos, señalados por las agujas de un reloj diabólico que al fin descubre todas las grietas donde antes hubo lujo, presunción o flores.

Arturo Pérez-Reverte ha escrito, a mi juicio, su mejor novela, después de El pintor de batallas; de ésta arrastra hasta aquí su capacidad para trazar rostros en los que hay alma. A partir de El tango de la Guardia Vieja sabemos también que su experiencia como hombre de mar ha sacado una conclusión que el lector comparte leyéndolo: sabe de los peligros de la travesía, pero también conoce a fondo que sin riesgos no hay trayecto, y los riesgos hay que asumirlos controlando bien el tiempo, haciendo que cada trozo del tiempo se vea en los gestos de quienes van en el barco. Y aquí, en este tango de tantas resonancias melancólicas, el escritor se ha fijado en todos los bailarines, incluso en los secundarios, haciéndolos bailar siempre para alcanzar una melodía perfecta. Es un baile infinito, como el de un barco sobre olas turbulentas.

EL TANGO DE LA GUARDIA VIEJA
Arturo Pérez-Reverte
Alfaguara
504 páginas
$ 139
EL EXTRANJERO

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Articulo: http://www.lanacion.com.ar 11/01/2013

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