samedi 26 janvier 2013

Laura MARTÍN/ WAGNER, todo el mundo tiene un precio


Wagner, todo el mundo tiene un precio
Por Laura MARTÍN

Blas Matamoro recopila para Fórcola Ediciones las cartas del compositor sobre Luis II de Baviera, su explotado mecenas.

“Adorable y maravilloso amigo: ¡Qué alegría y qué tristeza pensar en Vos! Enseguida late mi corazón con altura y orgullo si oigo cuán hermoso, señorial y seguro recorre su camino mi regio ángel, despertando la sorpresa y el encanto a su paso”. “Mi amado, querido y prodigioso amigo: Sólo el ideal puede unirnos de por vida: sólo en la suprema comprensión podemos darnos un puro y humano vínculo, hacer plena nuestra unión, verificar la única y esclarecida dignidad: nos amamos como dos hombres que están por encima de las leyes del mundo”. 

En estos términos se dirige Richard Wagner a su mecenas y protector, Luis II de Baviera, en el epistolario recopilado por Blas Matamoro para Fórcola Ediciones. El libro sale este lunes a la venta, en pleno año conmemorativo del centenario de Wagner. Cartas al monarca, a Franz Liszt, a Hans von Bülow y a otros artistas y funcionarios relacionados con su creación operística en el entorno palaciego, precedidas de un exhaustivo prólogo que contextualiza al reino de Baviera en un escenario de incertidumbre ante la guerra franco-prusiana y la unificación de Alemania. De los cuarenta volúmenes que recogen las misivas del compositor, tan sólo dos están disponibles en español, de forma que Matamoro tuvo que llevar a cabo una labor de traducción además de selección de aquellas cartas que mejor plasman la sangría de Wagner a un Luis II al que la historia recordará por su locura, cuenta a El Cultural. 

A pesar de lo que deja traslucir la correspondencia, Matamoro es rotundo: “Luis II era fóbico en todo lo relacionado con tocarse. Tenía enamoramientos estéticos, platónicos si se quiere, pero en ningún caso llegó a la cama con nadie. Y con Wagner mucho menos. Pero Wagner explotaba esa afección mórbida. Siempre les puso precio a sus relaciones con los demás, era un hombre de poder”. Para el maestro, su mecenas era una fuente inagotable de ingresos y comodidades que le permitió dedicarse a su música sin sobresaltos, asegura. Sus halagos al rey y su supuesta inspiración para Parsifal al ver un retrato del monarca no se corresponden con la realidad, son “un cuento chino. A Wagner le gustaba poner en práctica la escenografía heroica”. 

Ni siquiera la influencia del compositor fue tan fuerte sobre Luis II como se piensa, sostiene Matamoro. Si bien se refleja en la construcción del teatro de Bayreuth, lo cierto es que la estética que impulsó el soberano se acerca más al barroco, a las ideas de Luis XIV, que a la fantasía de Wagner. Tanto el palacio de Neuschwanstein como muchos otros de los edificios erigidos durante su reinado se concibieron como “un parque temático, quería hacer en pequeño lo que Luis XIV hizo en grande, pero un parque temático al fin y al cabo”. De hecho, ese teatro en el que ambos se dejaron la piel y al que Wagner concedió la exclusividad de las representaciones de Parsifal, fue en realidad un proyecto que pudo ser llevado a cabo en Berlín e incluso en Estados Unidos, pero que no prosperó. Por supuesto, las razones de su permanencia en Baviera estuvieron teñidas de patriotismo. 

Las cartas dejan entrever a un Wagner adulador, poético rayando la cursilería, y, sobre todo, ajeno a la realidad política de su tiempo. La única mención a la situación europea se refiere a la guerra austro-prusiana de 1866, un enfrentamiento en el que Baviera, que apoyaba los intereses austriacos, salió perdedora y obligada a unirse a la Confederación alemana. Apenas cuatro años más tarde, con el estallido de la guerra franco-prusiana en 1870, el reino de Luis II se vio envuelto en otro conflicto militar, comprometido como estaba a poner sus tropas al servicio del creciente imperio al mando de Bismarck. La derrota francesa resultó en una humillación, con la proclamación de Guillermo I como emperador en pleno Palacio de Versalles, símbolo por excelencia de la monarquía francesa. El gesto no se olvidaría, y en ese mismo lugar se redactarían las degradantes condiciones de la rendición alemana en la I Guerra Mundial, uno de los gérmenes que propició el auge del nazismo. Para Luis II, simpatizante del catolicismo francés y reticente a la hegemonía prusiana, el resultado de la guerra fue un revés. 

Wagner intercambió también una abundante correspondencia con el compositor húngaro Franz Liszt y el director de orquesta Hans von Bülow. De sobra es sabido que Wagner no soportaba que se alteraran sus obras, así que le encantaba trabajar con Von Bülow, siempre respetuoso con sus partituras. El director estaba casado con Cosima, hija de Liszt, que más tarde se convertiría en amante de Wagner. Se casaron en 1870, con la desaprobación inicial del propio Liszt, y por supuesto de Luis II. 

El autor de El anillo de los nibelungos y El holandés errante falleció en Venecia en 1883 de un ataque cardiaco, todavía bajo la protección de un Luis II cada vez más encerrado en su excentricidad. El monarca fue declarado incapacitado para gobernar y, apenas tres años después de su admirado músico, apareció ahogado en el lago de Starnberg junto a su psiquiatra, en unas circunstancias que nunca se llegaron a esclarecer. 

***
Querido Luis. Firmado: Wagner

Fórcola edita las cartas del compositor que ilustran su relación con Luis II de Baviera

Luis II de Baviera, el rey loco, el "único rey verdadero de su siglo", según el poeta Paul Verlaine, fue quien hizo posible el desarrollo de la creación artística de Wagner. Convertido en su mecenas, el monarca se identificaba por completo con las ideas y el espíritu épico que el compositor transmitía en sus óperas. Blas Matamoro recoge en 'Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth' (Fórcola Ediciones), el epistolario de Wagner con el propio Luis II y otras personalidades de la época, como Franz Liszt y el director de orquesta Hans von Bülow, para ilustrar su relación con este "rey virginal y genial cortesano". 

A continuación se pueden leer algunas de las cartas recogidas en el libro.

A Hans von Bülow, Berlín
Starnberg, Baviera, 18 de mayo de 1864

[...] Este año no os invito a pasar una temporada conmigo porque estoy tan lejos y porque ya no temo tanto inquietaros como animaros. Para el próximo año me resulta muy difícil planear un veraneo con vosotros. Con todo te pido un favor y es que si puedes me ayudes a explicar fácilmente a mi joven y prodigioso rey un concepto de mi música para los Nibelungos. Te he mencionado para ello y él se ha mostrado contento.

Es ésta ahora mi más hermosa conquista, sin mancha ni la menor nube; pura, honda, entusiasta entrega del animoso discípulo al maestro. Nunca he tenido un alumno tan plenamente mío como éste. ¡Es increíble! Hay que oír, ver y sentir a este excelente joven Parsifal. En los asuntos de gobierno es firme, estricto y celoso, se vale por sí mismo, nadie influye en él y todos lo reconocen como un rey pleno y efectivo. ¡Todo un milagro, querido!

Ahora pueden su destino y la naturaleza de las cosas; no sé hasta dónde podrá él llegar. Su padre apenas lo formó entre los diez y los veinte años. Luego empezó a reinar, inesperadamente. Cuatro meses más tarde mandó llamarme. Desde entonces todo el país me observa, como si mi influencia sobre el rey pudiera ser dañina. ¡Insensatos! Él es él y yo soy yo; me ama como soy y él no me aceptaría si yo fuera distinto. ¡Tan auténtico y puro es todo esto!

Pero realmente, lo siento así, lo amo cuanto un ser puede amar, tanto que creo que mi muerte seguiría inmediatamente a la suya [...]. 

***
Al rey Luis II de Baviera
14 de abril de 1865
Adorable y maravilloso amigo:

¡Qué alegría y qué tristeza pensar en Vos! Enseguida late mi corazón con altura y orgullo si oigo cuán hermoso, señorial y seguro recorre su camino mi regio ángel, despertando la sorpresa y el encanto a su paso; de pronto siento angustia y temor cuando percibo que padece, pesaroso e impedido. Cerca y, sin embargo, lejos me siento cuando lo sueño. ¡Qué prodigioso destino! Tan extraordinario y tan raro como una leyenda que se ha vuelto realidad en mi vida.

¡Amigo mío, íntimo amado, único y excelente! Con lágrimas en los ojos pregunto: ¿Cómo estáis? ¿Os acongojáis? ¿Os alegráis? ¿Qué siente el más dulce de los reyes?

Hoy es de nuevo Viernes Santo, día sacro, notable en todo el mundo, día de la redención, de las penurias de Dios. ¿Quién contiene la inmensidad? El inefable, el más confiado por la humanidad, Dios el Creador, que sigue siendo incomprensible, Dios el maestro lleno de amor, íntimo amado e incomprendido: Dios el sufriente, escrito con fuego en nuestro corazón, pleno sentido de la existencia, que carga el mayor de los pesares. ¡Dios doloroso y visible! La enseñanza que no comprendemos nos alcanza ahora: Dios está en nosotros y el mundo es su milagro. ¿Quién lo ha creado? ¡Gran pregunta! ¿Quién lo ha construido? Dios en nuestros corazones, en la más honda tristeza que nos produce compadecernos de Dios.

Un cálido y soleado Viernes Santo me ha allegado con su santa presencia algo de Parsifal: ya vive en mí y crece como un niño en el seno materno. Cada Viernes Santo cumple un año más y celebro el día de su concepción, al cual sigue el de su nacimiento. El último Viernes Santo lo pasé como fugitivo en Múnich: estaba de viaje y ese día no quise viajar; enfermo y doliente me tomé una noche de descanso. Atravesé algunas calles de la ciudad. Hacía un tiempo rudo y convulso. Un pueblo en duelo ondeaba por las plazas y las iglesias. En un callejón lateral observé un retrato en una ventana. Lo veía por primera vez. Era el joven heredero del trono. Me atrajo la inefable fuerza que irradiaba esa imagen llena de alma. «Aun no siendo todavía el rey, podrías reconocerlo como tal y ahora él es el rey», me dije. «Nada sabe de ti.» Callado y solo seguí mi camino. A pesar de estar tan triste, ese día fue el de la concepción de mi Parsifal. Sí, la imagen en la callejuela me condujo involuntariamente hacia mi héroe: el joven rey y Parsifal se fundieron en uno solo. Los anuncios de mi vida eran débiles, decadentes, estaba yo hondamente desesperado y, de pronto, recordé el luminoso Viernes Santo de la primera concepción. Un corazón de mujer, amable, dulce, íntimo y generoso me tomó bajo su protección y defensa. Mi deseo de un año se colmó, tuve mi casita con su amistoso jardín, en un maravilloso lugar, con espléndidas vistas sobre el lago de Zúrich y los Alpes. Advertí que era el primer día de la primavera y en la almena de mi asilo doblaban las campanas, los pájaros cantaban, las primeras flores se abrían para mí, era el hondo éxtasis de la concepción de Parsifal. Quise volver a navegar por el lago de Zúrich, ver y buscar cómo podría volver a hallar la casita, tranquila y apartada. Acongojado y frío por fuera, sin esperanzas por dentro, cansado, en busca de la muerte, es lo que resentí en Múnich el último Viernes Santo, cerca de la suprema gloria de mi vida, el sol que en mi noche habría de brillar, el redentor, ¡el salvador de mi existencia! Es lo más prodigioso y milagroso que un poeta puede hallar. 

Ahora nacerá Tristán, crecerá, se expandirá, cada día es una nueva fiesta, una fiesta de agradecimiento al Rey Parsifal.

***
Al rey Luis II de Baviera
Lucerna, 24 de julio de 1866
¡Amado!

El corazón habla y decide, quiere decir que mantiene alta la cabeza.

[...] Esa parte del pueblo, que denomino la juventud bávara que ahora parece desorientada al conocer vuestro deseo de renunciar a la corona, ésa, amado amigo, es la que verdaderamente apesadumbra mi corazón. ¿La habéis tenido en cuenta? Y lo más importante: es vuestro destino, el lejano futuro de vuestra vida. ¡Oh, cielos, Luis mío! ¡Sois tan joven, aún tan nuevo en este mundo! Fuera de vuestros castillos, reconoced vuestra Múnich, vuestra Baviera, vuestro pueblo. Excusad mi audacia quizá dura, que acaso os parezca un reproche. Pero excusad también mi grave preocupación, el sentimiento de una terrible responsabilidad que me conmueve. ¿Os parecerá el mundo como ahora pensáis? ¡No lo creo! Cuando seáis un hombre maduro hallaréis el mundo más extenso y vuestras pretensiones reconocidas, estoy seguro. La tensión ideal se relajará pero el sentimiento viril dejará sus huellas en las realizaciones del poder. Primero habréis de medir el poder que ahora os comprime con su opresivo peso. Entonces comprenderéis cómo habríais aplicado ese poder a la consecución de potentes finalidades. El anhelo de renunciar os hostigaría y os sentiríais impotente. La monarquía, creedlo, es una religión. El rey cree en sí mismo y, en caso contrario, no lo es. ¿Cómo, si esa fe ahora os falta, si no obstante yace en lo más hondo de vos y esclarece vuestra conciencia, es que esa fe en vos mismo no puede ser vuestra legitimación? ¿Si, al contrario, llegara el arrepentimiento? ¡Decidlo, amado! Si advirtiera la menor sombra en vos, ¿en qué miseria me sentiría hundido si no impidiera vuestra actual decisión, en qué abismo me abandonaría?

[...] Esta obra está igualmente dirigida a vuestra liberación. ¡Sí! Los maestros cantores, desde Núremberg, habrán de conducir al rey de Baviera fuera de la Residencia de Múnich hacia la frescura y el aire libre de Franconia, esa Franconia donde mi Walter se siente en casa y donde su maestro doméstico, el sajón Hans Sachs, habrá de llevarlo a Núremberg y allí coronarlo. Éste era mi jubiloso y sereno proyecto. Habría hallado Baviera a su rey, el que aún espera la nobleza de su pueblo. Ahora inquietaos pues mi Walter es presa de angustia. ¿He de decirme, como Sachs: «Alto, esto no puede ser»? No lo creo, sino que vos habréis de compartir mi plan, cordial y amistosamente. [...] A comienzos del próximo año, hacia finales del invierno, estaré preparado e iré a Núremberg donde se realizan los preparativos. Antes, en otoño, os visitaré en Hohenschwangau para reforzar mi potencia prodigiosa. 

[...] La Unión Alemana se ha realizado miserablemente. No es para alegrarse de que el príncipe de esa Unión, que no tiene en cuenta los intereses del conjunto alemán sino los de su propia dinastía, sea tan simple e interesado por sus amigos. Desde hace tiempo somete a Alemania a la voluntad y a los fines de Prusia. Decid públicamente que no se reconoce en vos la dignidad del rey del país con el más antiguo linaje de Alemania y si no es éste vuestro fundamento mayor y más honroso. No puede ser que un corazón entusiasta y de noble sentimiento, el rey de Baviera, sea utilizado como involuntario instrumento en las intrigas de los curas romanos. Desde hace tres siglos, sin embargo, casi sin excepciones, éste parece ser el destino de la dinastía bávara. 

[...] Mientras Alemania, políticamente, se acuesta para su quizá largo sueño invernal bajo la custodia de Prusia, nosotros preparamos con gusto, reposados y en silencio, el noble hogar donde alguna vez el sol alemán volverá a encenderse. 

***
A Franz Liszt, Weimar
Bayreuth, 18 de mayo de 1872
Mi grande y querido amigo:

Cósima aseguró que tú no vendrías ni aunque yo te invitara. ¡Lo debemos soportar como hemos soportado tantas otras cosas! Pero yo no puedo evitar invitarte. Y ¿qué clamo cuando digo: ven? Llegaste a mi vida como el más grande hombre al cual debería dirigir la más confiada palabra de amigo; hace mucho te separaste de mí, tal vez porque no confiabas en mí tanto como yo en ti. Por ti surgieron de mí las más íntimas esencias y colmaron mi anhelo de saberte confiable. Así vives tú en lo más bello que existe ante mí y en mí, y como sobre un sepulcro estamos enlazados. Fuiste el primero que me ennobleció con su amor; estoy casado contigo y te pertenezco para toda una segunda y más elevada vida que yo no podría vivir a solas. Tú podrás serlo todo para mí, en tanto yo, para ti, apenas un poco. ¡Qué provecho, ser enorme ante ti!

Ahora te digo: ¡ven! Con lo que también te digo: ¡ven hacia ti mismo! ¡Bendito y amado seas, tal como lo decidiste!

***
Al rey Luis II de Baviera, Múnich
Siena, 28 de septiembre de 1880

He debido entregar ahora toda mi obra idealmente concebida a un teatro y a una práctica teatral considerados por mí como profundamente inmorales, que en este momento debo poner en cuestión muy seriamente si no quiero que la última y más luminosa de mis obras tenga el mismo destino de cualquier carrera operística común. Yo finalmente no he debido desconocer una decisiva penuria en el objeto puro que es el tema de mi Parsifal. De hecho ¿cómo podrá y deberá representarse una acción en la cual los sublimes misterios de la fe cristiana han de mostrarse en la escena de unos teatros como los nuestros, entre un repertorio operístico y ante un público como el nuestro? No quiero ni pensar lo que la dirección de nuestra Iglesia puede considerar cuando eleva su protesta contra unas versiones visuales de los sagrados misterios en las mismas tablas en las que ayer y hoy la frivolidad campa por sus fueros y ante un público que fue educado por dicha frivolidad. Con justos sentimientos subtitulé mi Parsifal como Sacro festival escénico. Por ello quiero dedicarlo a una escena igualmente sacra que anduve buscando y que sólo puede ser la de mi teatro de los festivales de Bayreuth. Entonces: es allí donde Parsifal es y será representado siempre y exclusivamente en el futuro. No deberá ser ofrecido como entretenimiento en ningún otro teatro. Si esto ocurriere sería lo único de lo que me ocuparía, y pensaría cómo y por qué medios poder asegurar esa determinación de mi obra. 

Articulo : http://www.elcultural.es  21/01/2013

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