dimanche 24 février 2013

Bernabé SARABIA/Zygmunt BAUMAN: Sobre la educación en un mundo líquido


Sobre la educación en un mundo líquido
Zygmunt BAUMAN
Traducción de Dolores Payás. Paidós. Barcelona, 2013. 151 pp, 15'90 e. Ebook: 10'44 e.
Por Bernabé SARABIA 

Nacido en Poznan (Polonia) en 1925, Zygmunt Bauman tuvo que huir con su familia a la Unión Soviética cuando Polonia fue invadida en 1939 por los nazis. Participó en la Segunda Guerra Mundial como artillero y tomó parte en la batalla de Berlín en 1945. En 1954 comenzó su carrera académica en la Universidad de Varsovia. Purgado y desposeído de su nacionalidad en 1968, abandona Polonia. Tras enseñar en la Universidad de Tel Aviv en 1971 obtuvo una cátedra en Leeds. Desde entonces abandona el polaco y adopta el inglés como lengua escrita. 

Sobre la educación en un mundo líquido es el segundo libro de conversaciones publicado por Bauman. El primero fue un brillante y profundo diálogo con Keith Tester, catedrático de Teoría Social en la Universidad de Portsmouth (Polity Press, 2001). En esta ocasión es Ricardo Mazzeo, también dedicado a la docencia, la contraparte de esta serie de veinte entrevistas. Dichas conversaciones comenzaron con ocasión de la invitación recibida por Bauman para inaugurar un congreso celebrado en Rímini en 2009 bajo el título La calidad inclusiva de la escuela y finalizaron durante las conferencias que pronunció en Módena en septiembre de 2011. 

El marco temporal que circunscribe este conjunto de textos está marcado por el estallido de la burbuja económica y sus consecuencias. Miles y miles de jóvenes compartían, antes de la debacle, la creencia de que en lo alto de la pirámide social existía un hueco para ellos. Se creía que bastaba un título universitario para entrar en un sistema que prometía la felicidad a través del consumo. 

Desde los años 50 las expectativas sociales iban siempre al alza. En los tiempos malos que abuelos o padres debieron atravesar existían dificultades, pero a pesar de todo siempre se veía la luz al final del túnel. Para la generación de jóvenes que desde 2008 debe enfrentarse a la crisis, la luz está envuelta en tinieblas, no se vislumbra con claridad la salida.Educados en la idea de que podrían superar a sus padres por muy lejos que éstos hubieran llegado, la realidad les ha caído encima y deben enfrentarse a un mundo duro e inhóspito. Por otro lado, no han sido preparados para una economía de trabajos volátiles en el que el desempleo sobrevuela sus vidas. 

Los últimos treinta años registran una expansión gigantesca de la educación superior, un imparable crecimiento en el número de estudiantes y profesores. El título universitario era una promesa de trabajos atractivos. Sin embargo, la crisis y los recortes en los presupuesto educativos coinciden con un aumento tremendo de las matrículas universitarias, especialmente notorio en los estudios de postgrado. La promoción social a través de la educación, en opinión de Bauman, se ha quebrado. Los graduados tienen empleos muy por debajo de las expectativas generadas por sus títulos o, incluso, no tienen trabajo y continúan viviendo a la sombra de sus familias. Los afortunados que consiguen trabajar se ven envueltos en relaciones tensas o conflictivas con los jefes, los compañeros de trabajo o los clientes. 

En este penoso horizonte las nuevas tecnologías desempeñan un papel lleno de ambivalencia. Los ordenadores, las tabletas o los teléfonos inteligentes se introducen en casa, en los fines de semana o en las minivacaciones. Informan y nos conectan con los amigos o los seres queridos pero a la vez impiden la separación de la oficina, del trabajo o del jefe. Apenas queda excusa para no trabajar en sábado o domingo si hace falta completar un informe inacabado o el proyecto que debe entregarse el lunes. Con todo, el problema de fondo de la “crisis de la educación” no es instrumental. No se trata sólo de si la Universidad prepara mejor o peor para el futuro laboral de sus estudiantes. El desafío central para Bauman reside en que la esencia de la idea de educación, tal como estaba concebida a lo largo de la modernidad, se ha venido abajo. Se han puesto en tela de juicio los elementos constitutivos de la pedagogía tradicional. 

La naturaleza cambiante y sujeta a mutaciones imprevisibles, de la sociedad actual descoloca los viejos principios del aprendizaje. Principios que fueron concebidos para un mundo perdurable en el que la memoria era un activo positivo. Ya en el siglo XXI la memoria es vista como algo inútil, potencialmente incapacitante o, incluso, engañosa. El “mundo líquido” que presenta Bauman se caracteriza por su volatilidad, por el cambio instantáneo. En un mundo desregularizado e imprevisible los objetivos de la educación ortodoxa tienen un encaje lleno de dificultades. Los hábitos consagrados, las costumbres arraigadas, los marcos cognitivos sólidos o el elogio de valores estables, se convierten en impedimentos. El mercado del conocimiento ya no pide lealtad a largo plazo, vínculos duraderos o compromisos irrompibles. En el mercado abierto y desregulado puede ocurrir cualquier cosa y el éxito puede ser una derivada que nada tenga que ver con el esfuerzo educativo y que quizá no vuelva a repetirse. Grandes estrellas del firmamento mediático como Steve Jobs, Jack Dorsey, el inventor de Twitter, o Damien Hirst, ídolo del BritArt, han pasado por la experiencia del abandono escolar. 

En la sociedad de la información, el conocimiento se presenta en forma de cascada de datos e informaciones que con demasiada frecuencia son fragmentarios e inconexos. Cuando la cantidad de información tiende a aumentar y se distribuye a una velocidad cada vez mayor, la creación de secuencias narrativas se vuelve, como afirma Bauman, cada vez más difícil. La “cultura líquida moderna” ya no es una cultura de aprendizaje, es, sobre todo, una “cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido”.

Sobre la educación en un mundo líquido es un brillante texto que encaja en lo que a lo largo de la última década Bauman ha definido como el tránsito a la postmodernidad, un tiempo en el que las personas han dejado de creer en las grandes promesas hechas por las modernas ideologías. Vivimos una “modernidad líquida”, entendida ésta como una “sociedad de consumidores individualizada y sin regulaciones”. Una sociedad en la que, pese a los muchos motivos de preocupación, no cabe caer para Bauman en la desesperación. Como en toda conversación el diálogo abandona y vuelve al hilo conductor. De ahí que el turno de palabras entre Bauman y Mazzeo se deslice hacia hechos que por su relevancia marcan el tiempo de la actualidad. La Primavera árabe o los movimientos que han florecido espontáneos al calor del descontento social y de Internet estos últimos años son pespuntes que dan color e interés a un texto que el lector quisiera con más páginas. 

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Malo, peor, pésimo
Por Fernando Aramburu 

Nuestros abuelos padecieron la guerra y sus consecuencias. Nuestros padres se mataron a trabajar. Los siguientes disfrutamos de la época más apacible en la historia de Europa, hemos arrasado con las provisiones de bienestar y a los chavales de hoy les hemos dejado el desorden y los desperdicios de la fiesta. Ah, y las deudas. ¿Es eso lo que nos están diciendo diversos intelectuales entrados en la melancolía de los años? ¿Vargas Llosa cuando diagnostica la trivialización de la cultura? ¿José Luis Sampedro, quien, sin mencionar a China, Suiza, Escandinavia, declara muerto el actual sistema económico? ¿Stéphane Hessel llamando a la indignación? ¿O Zygmunt Bauman anunciando por carta el fin de la felicidad? ¡Qué tiempos aquellos en que no había tiempo ni para problemas psicológicos! En que las guerras continuas, la penuria, las epidemias, el analfabetismo, simplificaban la existencia humana. Cada día están más lejos los jardines. 

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44 cartas desde el mundo líquido
Zygmunt Bauman
Traducción de Marta Pino. Paidós. Barcelona, 2011. 213 páginas, 18 euros
Por Bernabé SARABIA

En 2010 Zygmunt Bauman recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Ese mismo año la Universidad de Leeds, de la que forma parte como Catedrático Emérito, inauguraba en su honor The Bauman Institute, un centro dedicado al estudio de los problemas sociales. Nacido en 1925 en Polonia, Bauman ha sufrido los embates de nazis, comunistas y antisemitas. Quizá esos años de maceración y sufrimiento hayan contribuido de modo decisivo a su excepcional capacidad de análisis del mundo que comienza a cristalizar en el último tercio del siglo XX y que se confirma en la primera década de nuestro siglo. 

Su análisis del paso de la modernidad tal como era entendida en la Ilustración a la “modernidad líquida” (liquid modernity) ha sido estudiado en las Facultades de Sociología de todo el mundo y ha servido al ingente número de sus lectores para entender, entre otras muchas cosas, la influencia del cambio y de la incertidumbre crónica en sus vidas. 

En esta su última entrega Bauman procede de un modo similar a sus anteriores libros. Elige un tema y hace de él un libro, en general más corto que largo, que puede ser leído en el tren, en el autobús o encima de una mesa con un lápiz para subrayar y anotar en los márgenes. El amor, el miedo, la globalización, la identidad o Europa han sido algunos de sus éxitos. 

44 cartas desde el mundo líquido deriva de un encargo que le hizo a Bauman una publicación italiana, “La Repubblica delle Donne”, para que les enviara entre 2008 y 2009 un texto de unas cuatro páginas cada dos semanas. De ahí ésta recopilación en versión “corregida y, en cierto modo ampliada”. La cifra, cuarenta y cuatro, es un homenaje, un tanto críptico, a la obra destinada a la liberación de Polonia del poeta judío polaco Adam Mickiewicz. 

En estas cuarenta y cuatro cartas Bauman sigue su habitual método constructivo: elige un tema, lo desmonta y lo vuelve a montar, todo ello con un cierto sabor hegeliano, a la vez que lo engloba en su marco teórico. Dicho marco se ancla en su visión de la realidad actual como un mundo “líquido”, que no se mantiene rígido ni conserva su forma. Un mundo que Bruce Lee resumía en un consejo recogido por la publicidad: “Be water my friend”. 

Los temas sobre los que reflexiona Bauman en estas páginas no tienen desperdicio, ya que abordan desde la “soledad masificada” del sujeto del siglo XXI a las dificultades en las relaciones generacionales entre padres e hijos. En el entretanto analiza twitter y las redes sociales, los cambios acontecidos en el concepto de privacidad, el disparatado consumo adolescente, las niñas-mujeres, las élites culturales, el papel de la industria farmacéutica y la salud o los problemas de la educación actual.

No piense el lector que estudiar lo obvio, las cosas que “siempre están ahí” y que forman, como el teléfono móvil, parte de la vida cotidiana son fáciles de analizar. Como escribe Bauman, “su carácter ordinario es una pantalla que disuade de todo escrutinio”. Desvelar los misterios profundos y enigmáticos que esconde lo cotidiano requiere una maestría al alcance de muy pocos. Bauman es el gran maestro en pensar, explorar y sacar a la luz las cosas que se encuentran “al alcance de la mano”.

Por otro lado, para este sociólogo universal que vive en una frondosa urbanización en pleno Yorkshire, la política no conforma su interés inmediato. En parte por eso no ha sido profeta en su tierra de adopción hasta muy tarde.Cuando Tony Blair se sacó de la manga la Tercera Vía y el Nuevo Laborismo su sociólogo de cabecera fue Anthony Giddens. Quizá estén cambiando ahora las cosas porque el nuevo líder del partido laborista británico, Ed Milliband, se ha confesado admirador de la ingente obra de Bauman. 

No usar el teléfono móvil, seguir fumando en pipa y despedir este libro con un capítulo de rendida admiración al espíritu rebelde de Camus, encajan con un pensador del siglo XXI. Un sociólogo que sitúa al lector en una posición desde la que puede entender mejor el cambiante mundo del siglo XXI con mayor nitidez y profundidad. Bauman es un políglota de la modernidad que pese a su ya extensa obra ofrece siempre nuevas perspectivas. Para los incrédulos sólo una comparación, por odiosa que resulte. Léase la obra de Stéphane Hessel y se verá que no hay color. 

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Zygmunt Bauman
“La izquierda abandonó a los débiles”
Por Daniel ARJONA 
Publicado el 22/10/2010

Alain Touraine y Zygmunt Bauman recogen este año el premio de Comunicación y Humanidades por crear “instrumentos conceptuales singularmente valiosos para entender el cambiante y acelerado mundo en el que vivimos”. La modernidad líquida de Bauman es tal vez el concepto más original y esclarecedor de la sociología actual.

A sus 85 años Zygmut Bauman (Poznan, 1925) ha atravesado el siglo XX sin perder pie en sus más oscuros recovecos para alcanzar el XXI pleno de experiencia y lucidez. Residente en Gran Bretaña desde los 70, tras huir sucesivamente de los nazis alemanes y los comunistas polacos, antisemitas todos, a sus estudios sobre el Holocausto siguieron los fundamentales analísis sociológicos de la contemporaneidad que le han dado fama mundial. ¿Quién no se ha topado con el concepto de “modernidad líquida”, con la noción del fin de las clases medias y la eclosión de “los nuevos pobres”? ¿Cómo no sentirse interpelado por sus advertencias acerca de la disolución de las seguridades de la sociedad del bienestar, del auge de la incertidumbre, el miedo y el olvido? 

- Y sin embargo, en su obra aún prende un rescoldo de optimismo.
- Me niego a abandonar la esperanza de que haremos lo que se debe hacer. Aunque no resulta evidente, tal y como están las cosas hoy. La tendencia a la desigualdad, que según los registros aumentaba de manera constante hasta hace poco, se ha invertido. La diferencia entre la renta per cápita que separa a los países desarrollados del resto del mundo seguía creciendo hasta hace poco tiempo, mientras que la diferencia entre los ricos y los pobres en todos o casi todos los países del primer mundo disminuía y el tema de la desigualdad social parecía firmemente bajo control en ellos... La situación actual es exactamente la contraria: el PIB de los países más ricos y de los países más pobres está acercándose e incluso colmando la diferencia que les solía separar, mientras que la distancia entre la cabeza y la cola de la jerarquía de la riqueza y de los ingresos en muchos de los países desarrollados ha vuelto a su envergadura de antaño, olvidada hace ya tiempo. 

- Nace así una nueva pobreza en los países avanzados. ¿No hay futuro para la clase media?
- La clase media, esto es, la gran masa de población que se extiende desde los que se encuentran en la parte más alta y cuya riqueza está garantizada hasta los de la parte más baja, que tienen garantizada su pobreza, está destinada a durar tanto como la sociedad dirigida por el mercado. Peroactualmente está viviendo unos tiempos difíciles y muchos de los países endeudados hasta el cuello, que temen nuevos recortes y despidos y que afrontan la necesidad de reducir drásticamente sus niveles de bienestar, revisan a la baja su modo de vida. Hace más o menos una década, el gran pensador estadounidense Richard Rorty insinuaba que, tras décadas de “aburguesamiento del proletariado”, entraríamos en una época de “proletarización de la clase media, es decir, de la “burguesía”. Hoy en día, la insinuación de Rorty parece cada vez más una profecía que se está cumpliendo... 

Menos opciones

- ¿La crisis acelera la tendencia que usted señala hacia la modernidad líquida y las identidades flexibles?
- La modernidad sigue siendo tan líquida como antes, incluso más que antes de la crisis actual, y por eso las identidades sólo pueden seguir siendo flexibles. Sin embargo, lo que cambió el hundimiento del crédito es el abanico de posibilidades que se abrió ante esas “identidades flexibles” y su capacidad para elegir e imponer lo que elijan. Para muchas personas el número de opciones probablemente se reducirá, la capacidad de elegir disminuirá radicalmente. Las generaciones más jóvenes que entran ahora en el mercado de trabajo se enfrentan a una fragilidad social que la mayoría de sus padres pudo evitar: los horrores del empleo a corto plazo y su debilidad, y asumir la necesidad de aceptar la degradación social y el drástico recorte de las ambiciones personales. Incluso la perspectiva de la humillación personal y el rechazo de la valía y la dignidad, esas pruebas del destino tan potencialmente dolorosas para la autoestima humana... 

- ¿Y la felicidad?
- Hasta la reciente crisis la visión del mundo se construía sobre el “disfrute ahora y pague más tarde”. La felicidad estaba casi totalmente basada en una mayor libertad: más opciones, más cambios, más deseos y más emoción, experiencias no probadas y sensaciones deliciosas. Todos los demás problemas se resolverían solos. Pero actualmente nuestro mundo padece claustrofobia, cada vez más repleto de competidores. La protección de lo que ya tenemos está a la orden del día, más que la persecución de lo que todavía no tenemos. La seguridad se está desplazando, despacio aunque de manera constante, hacia el lugar que hasta hace poco ocupaba la libertad: “Asegurémonos de que nadie nos quita lo que ya hemos conseguido, más que preocuparnos de conseguir más” se convierte en el lema del día. La “seguridad” se eleva a valor supremo. Los Gobiernos buscan legitimar su poder a través de la demostración de su dureza con la criminalidad, la inmigración o el terrorismo. 

Más allá de toda duda

- ¿Por qué afirma que la izquierda ha olvidado su compromiso de defender a los pobres?
- Bien, una de las razones es porque es verdad, más allá de toda duda razonable. Los partidos de izquierdas han abandonado en general -en el ejercicio de su gobierno, pero, cada vez más, también en sus declaraciones- la causa del más débil: de los pobres, de los humillados, de los abandonados o los discriminados. Olvidaron e incluso rechazaron abiertamente los dos principios axiomáticos en los que se basa la crítica izquierdista del statu quo: primero, que la comunidad tiene el deber de asegurar a cualquiera de sus miembros frente a un infortunio individual, y segundo, que la calidad de la sociedad debería medirse, no en función del bienestar medio de sus miembros, sino del de sus partes más débiles. En su lugar, compiten con la derecha política por allanar el camino al gobierno de los mercados y de la filosofía que fomentan con hechos y palabras, a pesar de la creciente injusticia, la desigualdad y el sufrimiento que ello conlleva. Mientras, la extrema derecha y los movimientos populistas recogen los postulados que la izquierda abandonó pretendiendo ser sus engañosos defensores, mientras desvían a la gente del verdadero origen de su desgracia. 

- Sus tesis seducen a los antiglobalizadores. ¿No observa una globalización positiva?
- Hasta ahora, sólo hemos presenciado la globalización negativa, es decir, la globalización de fuerzas como las finanzas, el comercio de materias primas, la información, la criminalidad, el terrorismo, las drogas y el tráfico de armas que son fuerzas que, a pesar de sus profundas diferencias, están unidas por su costumbre y su intención de “violar las fronteras”: por su resistencia, su rechazo y su inobservancia de las leyes locales, los valores, las costumbres y los intereses y por el incumplimiento de la voluntad de los “nativos”. Todavía no hemos empezado en serio la globalización positiva: la ardua lucha para diseñar, construir y poner en marcha unas verdaderas instituciones políticas y judiciales globales y con iniciativa, con el derecho y la capacidad de controlar y supervisar las actividades de todas esas fuerzas actualmente desenfrenadas y de adelantarse a las consecuencias destructivas y catastróficas de sus promesas. 

La tierra de Cervantes

- ¿Qué valor tiene para usted el premio Príncipe de Asturias?
- El Príncipe de Asturias es más importante para mí que cualquier otro galardón porque viene de España, la tierra de Miguel de Cervantes el autor de la mejor novela que jamás se ha escrito y el padre fundador de las humanidades. Cervantes fue el primero en lograr lo que todos los que trabajamos en las Humanidades tratamos de hacer con un éxito dispar. Como dijo otro novelista, Milan Kundera, Cervantes envió a Don Quijote a rasgar los telones cosidos entre sí con remiendos de mitos, máscaras, estereotipos y prejuicios, cortinas que cubren firmemente el mundo en el que vivimos y que nos esforzamos en comprender. Pero estamos destinados a luchar en vano mientras el telón no se alce o no se rasgue. Don Quijote no era un conquistador, fue conquistado. Pero en su derrota demostró que todo lo que podemos hacer frente a esa ineluctable derrota llamada vida es tratar de comprenderla. 

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Mundo consumo. Ética del individuo en el mundo global
Zygmunt Bauman
Trad. de Albino Santos. Paidós. 250 pp, 22'50 e.
Por Manuel BARRIOS CASARES
Publicado el 02/04/2010

Desde que acuñara el concepto de “modernidad líquida” para referirse a la fisonomía emergente en las sociedades contemporáneas tras la Guerra Fría, el sociólogo Zygmunt Bauman (Poznan, 1925) no ha dejado de aplicarlo con éxito a la descripción de los más diversos fenómenos de nuestro mundo: las relaciones laborales, los vínculos afectivos, la búsqueda de la felicidad, la inseguridad, el miedo o el amor. En todos ellos detecta similar disolución de los firmes lazos que mantenían cohesionada la estructura social en la era del capitalismo industrial. 

Ahora bien, puesto que en esta nueva etapa no desaparecen sin más las formas anteriores, sino que conviven y se amalgaman con sus variantes líquidas, Bauman añade a sus análisis una aguda conciencia de las ambivalencias propias de esta segunda modernidad. De ahí que sus libros no se queden en la mera descripción de toda esa multiplicidad de fenómenos, sino que siempre ofrezcan al lector pautas eficaces de comprensión de los procesos que los originan y una clarividente interpretación de su significado. 

Pese a este valor añadido, y a pesar también de la amenidad que suele acompañar a sus textos, últimamente éstos venían acusando cierto carácter reiterativo. No es el caso de Mundo consumo. La obra nos devuelve el mejor perfil de este incisivo crítico del presente, que retorna una vez más a sus temas habituales, pero lo hace con frescura argumental y un enfoque comprehensivo, ordenado en torno a una cuestión central: ¿es posible la ética en este mundo globalizado de consumidores? El interrogante, que dio título al ciclo de conferencias pronunciado por el autor en la Universidad de Viena, base de este libro, funciona aquí como un espléndido hilo conductor para recorrer el conjunto de su producción intelectual. 

Nos encontramos así con una revisión de la temática de Modernidad y Holocausto -donde se defendía la tesis de que sin inventos típicamente modernos como la tecnología, la burocracia o la ingeniería social a gran escala, difícilmente habría sido posible aquel “asesinato cate- gorial” en masa que fue el holocausto judío- que nos permite entender mejor cómo la mirada inicial de Bauman al lado oscuro de la modernidad se ha extendido luego a sus formas líquidas, aparentemente libres de toda tentación totalitaria y, sin embargo, no menos opresivas. Aquí se sitúa el grueso de su interés por los efectos del capitalismo en la psique de los individuos: si antes la ética del trabajo trataba de imponer su control mediante una coacción interiorizada, ahora, en un escenario cada vez más desregularizado y privatizado, la nueva estética del consumo libera el principio del placer para explotarlo lucrativamente en los mercados. Esta política de la vida, carente de pautas y lazos sociales perdurables, deja a los individuos abandonados a su suerte, obsesionados por su propio bienestar. La nueva identidad que se construye en este mundo a base de consumir determinadas marcas, dispuesta a cada momento a mudar de estilo y tirar a la basura el anterior, se toma a sí misma y a los demás como productos desechables. Programas televisivos de máxima audiencia como Gran hermano, Supervivientes o El eslabón más débilexpresan de forma meridiana qué ideología opera aquí: la que piensa que la vida es una lucha encarnizada por la supervivencia individual, donde los otros son meros competidores a los que hay que vencer y donde la confianza o la compasión sólo llevan al fracaso. 

En un mundo así, donde la libertad se entiende como la capacidad de huir del propio yo para comprarse uno nuevo, ¿es posible la ética? Sin pecar de ingenuo, tras cargar las tintas en los rasgos negativos de esta ambivalente modernidad líquida nuestra, Bauman cree que sí, que la globalización es una oportunidad tanto o más que una amenaza, pues supone que todos somos mutuamente dependientes, que ya no hay eximente moral cuando otros seres humanos sufren y que, por ello, la solidaridad de un destino compartido es algo cada vez más factible. Ojalá que sea así y ése sea el destino que nos alcance. 

Zigmunt Bauman acuñó su más afamado concepto en las páginas de Liquid Modernity, texto publicado por la Universidad de Cambridge en el año 2000. Allí realizaba el siguiente símil, germen de tan productiva expresión: “Los sólidos conservan su forma y persisten en el tiempo: duran, mientras que los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen. Como la desregulación, la flexibilización o la liberalización de los mercados”.

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Amor líquido
Por Zygmunt Bauman

En una escena del filme más humano de Andrzej Wajda -Korczak- , Janusz Korczak (seudónimo literario del gran pedagogo Henryk Goldzsmit), un héroe fílmico absolutamente humano, recuerda los horrores de las guerras libradas durante la vida de su sufrida generación. Por supuesto, recuerda las atrocidades y las condena y las aborrece tal como esos actos inhumanos merecen ser condenados y aborrecidos. Sin embargo, lo que más horror le produce es el recuerdo de un hombre borracho que patea a un niño.

En nuestro mundo obsesionado con las estadísticas, los promedios y las mayorías, tendemos a medir el grado de inhumanidad de las guerras por medio del número de víctimas. Tendemos a medir el mal, la crueldad, el escarnio y la infamia de la victimización por medio del número de víctimas. Pero en 1944, en medio de la guerra más criminal en la que se hayan enzarzado los seres humanos, Ludwig Wittgenstein señaló:
“Ningún grito atormentado puede ser mayor que el grito de un solo hombre.
O mejor, ningún tormento puede ser mayor que el que puede sufrir un solo ser humano. Todo el planeta no puede sufrir un tormento mayor que una sola alma.” 

Medio siglo más tarde, presionada por Leslie Stahl de la cadena de televisión CBS, quien la interrogaba acerca del medio millón de niños que murieron como resultado del constante bloqueo estadounidense a Irak, Madeleine Albright, entonces embajadora estadounidense ante las Naciones Unidas, no negó la acusación y admitió que había sido “difícil tomar esa decisión”. Pero la justificó: “pensamos que valió la pena pagar ese precio”. Seamos justos: Albright no estaba ni está sola en su razonamiento. “No se puede hacer una tortilla sin cascar huevos” es la excusa favorita de los visionarios, de los voceros de las visiones respaldadas oficialmente y de los generales que actúan a instancias de esos voceros. Esa fórmula se ha convertido, con el paso de los años, en un verdadero lema de nuestros valientes tiempos modernos. Quienes sean esos “nosotros” que “pensamos”, en cuyo nombre habló Albright, su clase de juicio, de extrema y fría crueldad, es exactamente lo que despertó la oposición de Wittgenstein y lo que consternó, indignó y repugnó a Korczak, decidiéndolo a construir toda una vida basada en esa repugnancia.

La mayoría de nosotros coincidiría en que el sufrimiento sin sentido y el dolor infligido insensatamente no pueden tener excusa y no serían defendibles ante ningún tribunal, pero menos están dispuestos a admitir que matar de hambre o causar la muerte a un solo ser humano no es ni puede ser “un precio que valga la pena pagar”, por “sensata” o incluso noble que pueda ser la causa por la que se paga. El precio no puede ser nunca la humillación o la negación de la dignidad humana. No se trata tan sólo de que la vida digna y el respeto debido a la humanidad de cada ser humano se combinan para constituir un valor supremo que no puede ser superado ni compensado por cualquier volumen ni cantidad de otros valores, sino que todos los otros valores solamente son valores en cuanto sirven a la dignidad humana y promueven su causa. Todas las cosas valiosas de la vida humana son tan sólo vales de compra para ese valor que hace que la vida sea digna de ser vivida. Quien busque la supervivencia asesinando la humanidad de otro ser humano sólo consigue sobrevivir a la muerte de su propia humanidad.

La negación de la dignidad humana desacredita el valor de cualquier causa que necesite de esa negación para confirmarse. Y el sufrimiento de un solo niño desacredita ese valor tan radical y completamente como el sufrimiento de millones. El principio que puede resultar cierto en el caso de las tortillas se convierte en una cruel mentira cuando se lo aplica a la felicidad y el bienestar humanos.

Los biógrafos y discípulos de Korczak suelen aceptar en general que la clave de sus ideas y actos era su amor a los niños. Esa interpretación tiene sólidos fundamentos: Korczak sentía un amor apasionado e incondicional, completo y abarcativo hacia los niños, un amor capaz de sostener toda una vida con un sentido de integridad y cohesión. Sin embargo, al igual que todas las interpretaciones, ésta no abarca completamente a su objeto. 

Korczak amaba a los niños como pocos de nosotros somos capaces de amar, pero lo que amaba en los niños era su humanidad. La humanidad en su mejor faceta: no distorsionada, no trunca, en estado puro, íntegra, completa en su infancia incipiente, colmada de una promesa aún no traicionada y de un potencial todavía no contaminado. Los potenciales portadores de esa humanidad nacen y crecen en un mundo más propenso a cortarles las alas que a alentarlos a desplegarlas para volar, y por eso, según Korczak, sólo en los niños se podía encontrar humanidad, y preservarla (por un tiempo, sólo por un tiempo) en estado prístino y completo.

Tal vez sería mejor cambiar los hábitos del mundo y hacer del hábitat humano un lugar más hospitalario para la dignidad humana, de modo que el ingreso a la vida adulta no comprometa la humanidad de los niños. El joven Hen-ryk Goldszmit compartía las esperanzas de su siglo y creía que cambiar los abominables hábitos del mundo estaba en poder de los seres humanos, que era una tarea factible y viable. Pero con el correr de los años, a medida que las pilas de víctimas y los “daños colaterales”, provocados tanto por las malas intenciones como por las intenciones nobles, crecieron hasta el cielo, y a medida que la necrosis y putrefacción de la carne, que suele ser también el destino de los sueños, dejaban cada vez menos espacio a la imaginación, esas elevadas esperanzas perdieron toda credibilidad. Janusz Korczak conocía perfectamente la incómoda verdad que tampoco Henryk Goldszmit ignoraba: que no existen atajos que conduzcan a un mundo hecho a la medida de la dignidad humana, dado que es improbable que “el mundo que existe realmente”, construido cada día por gente ya despojada de su dignidad y desacostumbrada a respetar la dignidad humana de los otros, pueda reconstruirse según esa medida .

En nuestro mundo, la perfección no puede imponerse por ley. No es posible imponer la virtud y tampoco se puede convencer al mundo de que adopte una conducta virtuosa. No podemos hacer que el mundo sea amable y considerado con los seres humanos que lo habitan, ni que se adecue a los sueños de dignidad que anhelamos. Pero hay que intentarlo. Y uno lo intenta. Lo intentaría, al menos, si uno fuera el Janusz Korczak que surgió de Henryk Goldszmit. ¿Pero cómo intentarlo? Un poco como los visionarios utópicos a la vieja usanza, que, tras haber fracasado en su intento de lograr la cuadratura del círculo de seguridad y libertad dentro de la Gran Sociedad, se convirtieron en diseñadores de comunidades cercadas, centros comerciales y parques temáticos Pero en nuestro caso, lo intentamos protegiendo la dignidad con la que nace todo ser humano de ladrones y estafadores que pretenden robarla o distorsionarla o mutilarla, y emprendiendo esa labor de protección de toda una vida cuando aún hay tiempo, durante los años de dignidad de la infancia. Trataríamos de cerrar el establo antes de que el caballo se desboque o sea robado.

[Zygmunt Bauman, profesor emérito de las Universidades de Leeds y Varsovia, es considerado el sociólogo europeo contemporáneo más importante. El Cultural anticipa un fragmento de Amor líquido, uno de sus últimos libros, que FCE publica el lunes 18 de julio.] 

Articulo : http://www.elcultural.es 22/02/2013

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