dimanche 24 février 2013

Capitán SWING/'Guerra y emancipación'


'Guerra y emancipación'
Karl Marx/Abraham Lincoln
Por Capitán SWING

Marx y Lincoln mantuvieron correspondencia al final de la Guerra Civil estadounidense. Aunque los separaban más cosas aparte del Atlántico, coincidían en la causa de los trabajadores libres y en la urgente necesidad de acabar con la esclavitud. Estos escritos señalan el importante papel de los comunistas internacionales en oposición al reconocimiento europeo de la Confederación. Frente a la presuntuosa opinión del Londres liberal de su tiempo, que afirmaba que el verdadero motivo del conflicto eran los aranceles, Marx sabía que la crisis tenía que ver con la esclavitud. Era consciente de que el capitalismo podía fácilmente apoyar e incluso prosperar a costa de ésta y otras formas de servidumbre humana. Sus numerosos escritos sobre la Guerra Civil, lejos de propugnar un socialismo de raza blanca, demuestran una intención universalista: «sólo el rescate de una raza encadenada llevaría a la reconstrucción de un mundo social».

Poco después, los ideales del comunismo atrajeron a miles de adeptos por todo EE.UU., y la Asociación Internacional de Trabajadores trató de radicalizar la revolución inacabada de Lincoln promoviendo los derechos de los trabajadores blancos y negros, nativos y extranjeros, contribuyendo a una crítica profunda de los magnates que se enriquecieron con la Guerra, e inspirando una extraordinaria serie de huelgas y luchas de clase en las décadas siguientes.

Introducción  
Karl Marx y Abraham Lincoln: Una curiosa convergencia (1)

Karl Marx y Abraham Lincoln mantuvieron actitudes diametralmente opuestas respecto de lo que entonces se llamaba la «cuestión social». Lincoln representó felizmente a las corporaciones ferroviarias en calidad de abogado. Como político, era un paladín del trabajo asalariado libre y de la revolución mercantil. Karl Marx, por el contrario, era un enemigo declarado del capitalismo, e insistía en que el trabajo asalariado era en realidad esclavitud asalariada ya que el trabajador se veía forzado por la necesidad económica a vender su distintivo atributo humano -su fuerza de trabajo- si no quería ver a su familia afrontar rápidamente el hambre y la falta de techo.

Huelga decir que la crítica de Marx al capitalismo no niega que tenga rasgos progresivos, y la defensa de Lincoln del mundo empresarial no se extendía a los negocios cuyos beneficios se derivaban directamente de la posesión de esclavos. Ambos situaban un concepto de trabajo no recompensado en el centro de su filosofía política, y ambos rechazaban la esclavitud en razón de que era intensivamente explotadora. Lincoln creyó su deber defender la Unión, la cual consideraba como un experimento providencial en el terreno de la democracia representativa que había que defender por cualesquiera medios al alcance. Marx concebía la república democrática como la forma política que permitiría a la clase obrera desarrollar su capacidad de liderar a la sociedad en su conjunto, y ello pese a que veía muchas limitaciones en las instituciones políticas de los Estados Unidos. 

Con su «corrupción» y sus «farsas» dieron un barniz popular al gobierno de los ricos, con privilegios especiales para los propietarios de esclavos. Lincoln creía que la Constitución de los Estados Unidos tenía recursos sobrados para enjaular y contener al «poder esclavista», hasta que llegara el momento en que fuera posible finiquitarlo.

En este texto quisiera analizar por qué dos hombres que pertenecían a mundos tan diferentes y tenían perspectivas contrarias, coincidieron no obstante en un tema de importancia histórica e incluso hicieron que esos mundos tuvieran mutuamente un contacto fugaz. Me propongo escudriñar las opciones y las oportunidades que la Guerra Civil ofreció a Marx y a los partidarios de la Internacional tanto en Europa como en los Estados Unidos. La Guerra Civil y su inmediata secuela tuvo mayor impacto en Marx de lo que a menudo se piensa; y asimismo las ideas de Marx y Engels tuvieron mayor impacto en los Estados Unidos, un país célebre por su impermeabilidad al socialismo, de lo que normalmente se admite. Es desde luego harto sabido que Karl Marx era un partidario entusiasta de la Unión en la Guerra Civil americana y que, en nombre de la Asociación Internacional de Trabajadores, redactó un mensaje de apoyo a Abraham Lincoln con ocasión de la reelección de este en 1864 y que el embajador de los Estados Unidos en Londres transmitió una respuesta cortés aunque muy breve de parte del presidente.2

Pero los antecedentes y las implicaciones de este intercambio apenas se han tomado en consideración.

Hacia finales de 1864 los liberales y los radicales europeos empezaron a apoyar al norte, pero Marx lo había hecho desde el principio. Para empezar, la causa del sur atraía de forma clara a liberales y radicales, en parte porque muchos de ellos desconfiaban de los Estados fuertes y defendían el derecho de las naciones pequeñas a la autodeterminación. El propio Lincoln insistía en 1861 en que el norte luchaba por defender la Unión, no por liberar a los esclavos. Muchos liberales europeos estaban impresionados por el hecho de que las secesiones las habían llevado a cabo asambleas razonablemente democráticas. Hay que reconocer que los esclavos del sur no contaban en absoluto, pero entonces muy pocos negros en los Estados leales tenían voto alguno, y muchos seguían siendo esclavos. También había corrientes minoritarias en el movimiento obrero y socialista europeo que preferían el agrarismo sureño a la sociedad comercial del norte.

Si la Guerra Civil no era sobre la defensa de la esclavitud, entonces el puro argumento unionista carecía de fuerza. La opinión progresista en Europa no se alteró lo más mínimo cuando Bélgica se separó de Los Países Bajos en 1830 o, más tarde, en 1905, cuando Noruega se escindió de Suecia. Si los Países Bajos o Suecia hubieran recurrido a la guerra para defender esas uniones habrían sido condenados por doquier. El propio Marx denunció la dominación británica de Irlanda contra los deseos de su pueblo.

En diciembre de 1860, Horacio Greeley, el editor radical del New York Tribune, un periódico en el que Marx colaboraba con frecuencia, declaró que la secesión estaba mal pero que no debería resistirse por medios militares. Abolicionistas veteranos tales como Frederick Douglas, Wendell Phillips y William Lloyd Garrison aceptaban la secesión porque creían que debilitaría el funesto poder que la esclavitud tenía sobre el Estado federal. Para muchos fuera de Norteamérica, la actitud hacia la guerra dependía ampliamente de si se la consideraba un conflicto en el que estaba en juego principalmente la esclavitud. Algunos miembros del gobierno británico se inclinaban a reconocer a la Confederación y, de haberlo hecho, habría supuesto un gran espaldarazo para el sur. Pero a partir de 1807, cuando Gran Bretaña hubo abolido su comercio atlántico de esclavos, el gobierno británico hizo de la supresión del tráfico esclavista un punto central de la Pax Britannica. Cuando Lord Palmerston, como ministro de exteriores o como primer ministro, negociaba un tratado de libre comercio con un Estado atlántico lo acompañaba invariablemente con un convenio de prohibición del comercio de esclavos. Si se hiciera patente que la Confederación en realidad luchaba simplemente por defender la esclavitud sería extraordinariamente difícil que el gobierno de Londres la reconociera.

Marx como crítico de las explicaciones económicas de la guerra Desde el principio, Marx desdeñó profundamente a los que apoyaban lo que él entendía era básicamente una revuelta de propietarios de esclavos. Insistió en que era bastante erróneo decir, como algunos decían, que se trataba de una disputa sobre política económica. Resumiendo lo que consideró era la obstinada visión adoptada por influyentes voces británicas, escribió:3
La guerra entre el norte y el sur [dicen] no es más que una simple guerra de aranceles, una guerra entre un sistema proteccionista y otro librecambista, en la que Inglaterra se pone, naturalmente, del lado de la libertad comercial... Le estaba reservado al Times hacer este brillante descubrimiento, aplicándose el Economist [de Londres] a desarrollar el tema en detalle. ¡Ciertamente [sostenían], todo sería muy distinto si esta guerra se librase por la abolición de la esclavitud!, pero [a$rman]... esta guerra nada tiene que ver con la cuestión de la esclavitud.4

Entonces, como ahora, !e Economist era una publicación quinta esencialmente liberal.

Marx optó sin vacilaciones por el norte, pero ello no significaba que no fuera consciente de sus graves defectos como bandera del trabajo libre. Atacó abiertamente la timidez de sus generales y la venalidad de muchos de sus servidores públicos. No obstante, vio la Guerra Civil como un punto de inflexión decisivo en la historia del siglo XIX. Una victoria del norte sentaría las bases para la emancipación de los esclavos y supondría un gran paso adelante para la causa de los trabajadores a ambos lados del atlántico. El apoyo al norte era una cuestión vital, a su entender, y resultó primordial en sus esfuerzos por construir la Asociación Internacional de Trabajadores.

La opción política de Marx surgió de un temprano análisis de las raíces de la guerra, que se negaba a definir en los términos inicialmente adoptados por los propios contendientes. La conocida convicción de Marx según la cual la política echa raíces en relaciones sociales antagónicas lo llevó a centrarse en las propiedades estructurales de las dos secciones, y en el surgimiento a partir de ahí de intereses y formas de vida social contradictorios.

Marx y Engels estaban bastante bien informados sobre la evolución de los acontecimientos norteamericanos. Muchos de sus amigos y camaradas habían emigrado a los Estados Unidos en los años de reacción que siguieron al fracaso de las revoluciones democráticas europeas en 1848. Con pocas excepciones, esos émigrés fueron al norte, especialmente al noroeste, no al sur. Marx y Engels mantuvieron una intensa correspondencia con los émigrés, leían sus periódicos y escribían para ellos.

Ambos eran bien conscientes de la posición privilegiada de los propietarios de esclavos en la estructura del Estado norteamericano, pero pensaban que estaba amenazado por el crecimiento del norte y el noroeste. La elección de Lincoln era una amenaza para el dominio sureño de las instituciones centrales de la república, tal cual se manifestaba en los fallos del Tribunal Supremo, en los alineamientos del Congreso, en la legislación sobre esclavos fugitivos y en los decretos represivos. En julio de 1861 Marx escribía a Engels: «He llegado a la conclusión de que el conflicto entre el sur y el norte —este no ha hecho más que retroceder en los últimos 50 años, haciendo una concesión tras otra— por en ha llegado a un punto crítico… debido al peso que el extraordinario desarrollo de los Estados del noroeste ha puesto en la balanza. La población allí, con su rica mezcla de alemanes e ingleses recién llegados y, más aún, compuesta en su mayoría de granjeros que trabajan para sí mismos, no se dejaba por supuesto intimidar tan fácilmente como el caballero de Wall Street y los cuáqueros de Boston».5

Habría sido deseable ver esto expresado de una forma algo más delicada y elogiosa —los cuáqueros mostraron un gran coraje en su resistencia a los propietarios de esclavos— pero es bastante cierto que muchos de los alemanes e ingleses que buscaron refugio en los Estados Unidos después de 1848 trajeron consigo un radicalismo secular que cambió y fortaleció la causa antiesclavista en los Estados Unidos ampliando su base de apoyo. Antes de considerar la naturaleza de lo que podríamos llamar el correctivo alemán, será útil que nos detengamos en la evolución del análisis de Marx.

La premisa clara del argumento de Marx es que el norte se estaba expandiendo a mayor velocidad que el sur, como de hecho así era. Pero Marx sostiene que es el sur el que está urgido por la necesidad de expandirse territorialmente. La expansión territorial del norte y el noroeste, como muy bien sabía Marx, era el reflejo del trascendental proceso de industrialización capitalista. El sur podía hablar del «Rey Algodón», pero la verdad era que el crecimiento sureño en absoluto tenía una base tan amplia como el del norte. Las exportaciones de algodón crecieron, pero poco más.

En opinión de Marx, el sur tenía tres motivos para la expansión. En primer lugar, su agricultura era extensiva así que los colonos andaban permanentemente en busca de nueva tierra. En segundo lugar, los Estados esclavistas necesitaban mantener su poder de veto en el Senado, y para este 'n necesitaban acuñar nuevos Estados esclavistas al mismo ritmo en que eran reconocidos los nuevos Estados «libres». En tercer lugar, la numerosa clase de inquietos jóvenes blancos impacientes por hacer fortuna persuadió a los líderes de la sociedad sureña de que debían encontrarles una salida externa si no querían que terminaran causando problemas en casa.6

Por sí mismo, el argumento de que había escasez de tierra en el sur tiene una validez limitada. La construcción de más líneas férreas podría haber puesto más tierras en cultivo. Alternativamente, los colonos podrían haber hecho un mejor uso de los fertilizantes, como hicieron los plantadores en Cuba. Si había escasez, era una escasez de esclavos, en relación al auge de la economía de plantación de algodón de la década de 1850.

Combinado con el punto tercero —la masa de impacientes filibusteros— el argumento de la escasez cobra más fuerza. No había una escasez absoluta de tierra y esclavos, pero era lo único que los colonos podían ofrecer a sus hijos. Los blancos del sur tenían grandes familias y había excedente de «hijos jóvenes» que querían abrirse camino en el mundo. En la década de 1850 estos jóvenes —con lo que Marx llamó sus «turbulentas nostalgias»— se habían visto atraídos al «filibusterismo» —expediciones dirigidas a Cuba y Nicaragua— al igual que otros aventureros parecidos habían buscado gloria y fortuna en Texas y México. Sus padres no siempre aprobaban sus métodos oportunistas pero sí veían el atractivo de adquirir nuevas tierras.

Sin duda, el argumento más contundente de Marx era el que se refería a factores políticos: «Para mantener su influencia en el Senado y, a través del Senado, su hegemonía sobre los Estados Unidos, el sur ha menester de crear incesantemente nuevos Estados esclavistas. Ahora bien, esto solo es posible conquistando países extranjeros —por ejemplo Texas— o transformando los territorios pertenecientes a los Estados Unidos, primero en territorios de esclavos, y luego en Estados esclavistas» 7

Marx concluía: «Como se ve, todo el movimiento reposaba —y todavía reposa— sobre el problema de los esclavos. Es cierto que no se trata directamente de emancipar —o no— a los esclavos en el seno de los Estados esclavistas existentes; se trata, antes bien, de saber si veinte millones de hombres libres del norte van a dejarse dominar más tiempo por una oligarquía de trescientos mil propietarios de esclavos».8

Como ciencia social y como periodismo esto podría resultar impresionante, pero no le permitía a Marx sacar la conclusión política que buscaba. La subordinación política de los norteños no era el equivalente de la esclavitud e incluso podría verse aliviada con la secesión del sur. Marx además insistía en que era una locura imaginar que los propietarios de esclavos quedarían satisfechos con el reconocimiento norteño de la confederación. Antes bien, eso abriría la puerta a un sur agresivo que pugnaría por incorporar los Estados fronterizos y asegurar la hegemonía esclavista en toda Norteamérica. Recordaba a sus lectores que fue bajo el liderazgo del sur como la Unión había intentado introducir «la propaganda armada de la esclavitud en México, América Central y el sur.»9

La anexión de la Cuba española, con su "oreciente sistema esclavista, siempre había sido un objetivo sureño. Lo que Marx pensaba y sostenía verdaderamente era que dos sistemas sociales se enfrentaban mutuamente, el sistema de esclavos y el sistema del trabajo libre: «La lucha ha estallado porque los dos sistemas no pueden coexistir en paz por más tiempo sobre el continente norteamericano. Esa lucha solo puede terminar con la victoria de uno o del otro.»10

En esta lucha mortal el norte, por muy moderadas que fueran sus inclinaciones iniciales, al final, se vería empujado a tomar medidas revolucionarias. Marx creía que el modelo de Estado pretendido por los propietarios de esclavos del sur era muy diferente de la república a la que aspiraban los norteños. No desgranó todas sus razones, pero sobre esto estaba esencialmente en lo cierto. Los propietarios de esclavos del sur querían ver un Estado federal que preservara la propiedad esclavista, que devolviera a los esclavos fugitivos e impidiera sus fugas, tal como se establecía en la Ley de Esclavos Fugitivos de 1850, que permitiera a los sureños acceder a una porción equitativa de los territorios federales. Los colonos estaban felices con el modesto tamaño y las escasas competencias del Estado federal de Estados Unidos antes de la guerra, pues ello suponía impuestos reducidos y poca o ninguna interferencia en su peculiar institución». No querían ni aranceles altos ni mejoras internas onerosas. Ahora bien, esta visión restringida del Estadovenía acompañada de disposiciones que afectaban a las vidas de los ciudadanos de los Estados del norte incluso en aspectos íntimos. La Ley de Esclavos Fugitivos de 1850 exigía que todos los ciudadanos cooperaran con las autoridades federales para aprehender a los huidos. En la opinión del sur, los propietarios de esclavos deberían tener la libertad de llevar esclavos a los territorios federales, algo que los emigrantes de los Estados del norte veían como una intrusión injusta y desagradable, ya fueran antiesclavistas o simplemente anti–negros.

Los sureños también querían la censura del correo federal, negando su uso para la literatura abolicionista. Apoyaban una política exterior que promoviera futuras adquisiciones aptas para el desarrollo de las plantaciones. Lo que no querían era un Estado con el poder de intervenir en los especiales arreglos internos de los propios Estados esclavistas. Para ellos un presidente republicano, con el poder de nombrar a miles de funcionarios federales en los Estados del sur y con ninguna intención de suprimir a los abolicionistas radicales, suponía un gran peligro.

En su calidad de Whig crecido en Kentucky y el sur de Illinois, Lincoln estaba bastante familiarizado con las tensiones de las tierras fronterizas entre el sur y el norte. Él y su esposa tenían parientes cercanos que poseían esclavos, y uno de ellos —un tío de su esposa— poseía cuarenta y ocho. Lincoln estaba dispuesto a reconocer los derechos legales y constitucionales de los propietarios de esclavos, pero a la vez rechazaba el repertorio de ilegalidades en el comportamiento de los propietarios de esclavos y sus aliados del norte. En su primer gran discurso, pronunciado en 1838 en el Liceo de la Juventud de Spring'eld, denunció los linchamientos de negros y el asesinato de un editor abolicionista. Estos sucesos violaban el imperio de la ley que debería ser la «religión política» de todo ciudadano.11

También insistió en que sería perfectamente constitucional que el Congreso prohibiera la esclavitud en el distrito federal de Washington. Lincoln creía que deberían encontrarse los medios para la emancipación gradual de los esclavos, con compensación a sus propietarios y ayudando a los otrora esclavos a establecerse en África. Algunos propietarios de esclavos, Henry Clay notablemente, un hombre al que Lincoln admiraba enormemente, abogaban por lo que se conocía como la «colonización» de los afro–americanos, tratándolos como extranjeros en la tierra en la que la mayoría de ellos había nacido. El apoyo de Lincoln a la colonización lo separaba de las principales corrientes del abolicionismo, pero su compromiso con la integridad del Estado federal, su temprana desaprobación de la ilegalidad de los defensores de la esclavitud, y su rechazo de la demanda de trato especial por parte de los propietarios de esclavos, eran todos temas señalados que, de una forma más desarrollada, serían asumidos por el Partido Republicano en la década de 1850. A diferencia de los radicales, no fulminaba al «poder esclavista», pero sí alimentaba un nuevo ideal más exigente de nación y de república. Mientras que el sentimiento nacional estadounidense anterior a la guerra difería del de los propietarios de esclavos, los republicanos patrocinaban una nueva visión de la nación que desafiaba la creciente inclinación al excepcionalismo del sur.

Marx no comparó directamente las pretensiones de norte y sur como nacionalismos en competencia. En lugar de ello, cuestionó que el sur fuera una nación. Escribió: «“El sur”, sin embargo, no es ni un territorio geográficamente bien diferenciado del norte ni una unidad moral. No es un país en absoluto, sino una divisa de combate».12

Estando mucho más cerca de la situación que Marx, muchos compartían el mismo juicio en los años anteriores a 1861, pero pronto tuvieron que reconocer que la Confederación de hecho adquirió rápidamente muchos de los símbolos ideológicos de una nación completa con una pretendida «unidad moral» basada
en la exaltación de la raza y los valores de una sociedad esclavista, y en la convicción de que los sureños blancos eran los verdaderos americanos. Sus valores eran una extraña mezcla de patriotismo y paternalismo tradicionales y —solo para los blancos— de libertarismo. Cientos de miles de sureños blancos que no poseían esclavos, sin embargo pelearon y murieron por la rebelión en el convencimiento de que la Confederación era la encarnación de sus privilegios raciales y de su civilización rural. Los rebeldes luchaban por una causa que representaba una forma de vida. Dentro de la Unión, la mayoría de los propietarios de esclavos defendían una tributación mínima y amplios derechos «estatales». La masa de blancos sureños sin esclavos no solo tenía el voto sino que además disfrutaba de la «libertad de la pradera», es decir, que podían pastorear a sus animales y cazar en las vastas extensiones de tierra pública y de tierra privada inculta. Estos privilegios les permitían vivir, como ellos decían, «a lo grande», cazando jabalíes y entreteniéndose con otros juegos. Engels le hizo ver a Marx que el movimiento secesionista tenía respaldo popular en gran parte del sur.13

Por supuesto, los negros estaban excluidos del proceso político, pero también lo estaban en la mayor parte del norte. El nacionalismo sureño en sí mismo respondía a, y estimulaba, el nacionalismo unionista o yanqui. Las nuevas prensas a vapor vertieron un torrente de periódicos, revistas y novelas, que evocaban imaginarias comunidades rivales.14

El capitalismo impreso se hizo aún más dinámico gracias a las comunicaciones por cable y por vía férrea. Mientras que La Cabaña del Tío Tom de Harriet Beecher Stowe provocó las lágrimas del lector del norte, a los sureños les pareció un grotesco libelo. La comunidad imaginaria del norte no podía acoger al propietario de esclavos, no digamos ya al tratante de esclavos. La del sur caía presa del miedo y la indignación ante el abolicionista y el editor radical de periódicos, con sus calumnias contra el honor sureño y su apoyo abierto a las fugas y la resistencia de los esclavos. El que ambos imaginarios nacionales incompatibles desempeñaran un papel en el desencadenamiento del conflicto en absoluto resta importancia a la discrepancia de fondo entre dos formaciones sociales que dieron origen a tales imaginarios.

Que la Guerra Civil fue un «conflicto irreprimible», que sus raíces están en los dos diferentes regímenes laborales de las dos secciones, y que cristalizó en imágenes opuestas de la buena sociedad, no son proposiciones novedosas. Han sido muchos los que han sostenido versiones parecidas, entre ellos, historiadores tan notables como David Potter, Don Fehrenbacker, Eric Foner, Eugene Genovese y John Ashworth.15

Los marxistas que han estudiado los orígenes de la Guerra Civil norteamericana han tendido a considerar, como el propio Marx, que el conflicto no remitía a intereses económicos rivales sino a los presupuestos políticos e ideológicos más amplios del orden social de las dos secciones. De hecho, los fabricantes y comerciantes de Europa y del norte no tenían ningún reparo en hacer negocios con los plantadores del sur. El enfrentamiento nacía más bien del evidente antagonismo de clase entre los propietarios de esclavos y los trabajadores libres o independientes. Los ideólogos del sur consideraban que los trabajadores asalariados del norte padecían una humillante dependencia, en comparación con la «libertad de la pradera» y el reconocimiento de que disfrutaban los blancos del sur. La «ideología del trabajo libre» de los antiesclavistas y republicanos del norte, por el contrario, hacía hincapié en que el laborioso trabajador del norte tenía la perspectiva de convertirse en un artesano, un pequeño empresario, un profesional o un granjero. La disponibilidad de tierra para asentamiento en los territorios federales era parte de esa promesa. La disponibilidad de una buena educación pública también ayudaba a dotar de realidad a la perspectiva de movilidad social y desarrollo artesanal. Los valores sureños tales como el valor marcial, el patriotismo y el honor se enfrentaban a los ideales norteños de desarrollo e industria, porque las relaciones sociales que los producían demandaban estructuras políticas diferentes para mantenerse y reproducirse.

La idea de que los nacionalismos rivales desempeñaron su papel surge por extensión de esas concepciones, pero Daniel Crofts señala la dificultad de precisar el momento exacto de su nacimiento:
Resulta tentador proyectar sobre los meses prebélicos los apasionados nacionalismos que surgieron a mediados de abril [1861].
Hacerlo no sería un completo error, pero invitaría a la distorsión. Los irreconciliablemente antagonistas norte y sur descritos por historiadores como Foner y Genovese eran mucho más fáciles de detectar después del 15 de abril. Entonces, y solo entonces, pudieron los norteños empezar a pensar en términos de un conflicto instado en nombre de «los intereses generales del auto–gobierno» y las esperanzas de la humanidad y los intereses de la libertad entre todos los pueblos por los siglos de los siglos. 16

Pero los términos citados en esta interpretación conceden demasiado a la retórica unionista. El objetivo bélico de la Unión era con toda sencillez la preservación de la Unión, no «los intereses del auto–gobierno», una idea a la que también se adhería la Confederación. Ambos nacionalismos rivales tenían un carácter marcadamente expansivo, siendo el unionista continental en esta fase mientras que la Confederación ansiaba nuevos territorios esclavistas hacia el sur (sobre todo Cuba) y hacia el oeste. El conflicto era pues un conflicto entre imperios rivales y no solo entre nacionalismos en competencia. El sentimiento nacional no hace buena la opresión. Lincoln había enunciado principios que tenían una relación directa con el derecho a la auto–determinación del sur cuando declaraba lo siguiente:
La doctrina del autogobierno es correcta —absoluta y eternamente correcta—, pero no tiene una aplicación justa como aquí se pretende. O tal vez debería decir que la justa aplicación depende de si un negro es o no es un hombre. Si no es un hombre, en ese caso, el que lo sea puede, en virtud del autogobierno, obrar con él como le plazca. Pero si el negro es un hombre, ¿no es en tal sentido una destrucción del autogobierno decir que tampoco él se gobernará a sí mismo? Cuando el hombre blanco se gobierna a sí mismo, tenemos el autogobierno, pero, cuando se gobierna a sí mismo y también gobierna a otro hombre, eso es algo más que autogobierno, eso es despotismo. Si el negro es un hombre, ¿por qué me enseña entonces mi antigua fe que «todos los hombres han sido creados iguales» y que no puede haber derecho moral alguno en relación con que un hombre esclavice a otro? 17

Lincoln había pronunciado esas palabras en 1854 a propósito de la disputa sobre el derecho de las comunidades en los territorios federales a establecerse como nuevos Estados. Por muy atractivo y convincente que pudiera parecer el argumento de Lincoln, solo podía esgrimirse a favor de la resistencia norteña a la secesión si el propio norte había repudiado la esclavitud. Pero Lincoln y la mayoría de los republicanos toleraban la supervivencia de la esclavitud en al Unión, y solo se oponían a su extensión en los territorios federales. Una vez elegido, la principal preocupación de Lincoln fue cortejar a los Estados esclavistas fronterizos y asegurarse de que el menor número posible de ellos apoyara la rebelión. Su éxito en esto se convirtió en la causa principal de la cautela que mostró en sus movimientos en contra de la esclavitud. Reformar la constitución para ilegalizar la esclavitud requeriría en cualquier caso el apoyo de amplias mayorías cualificadas en el Congreso y en los Estados. Dado que los esclavos del sur tenían más valor que todas las máquinas, fábricas, muelles, ferrocarriles y granjas del norte juntas no había ninguna posibilidad de ofrecer una compensación. Lincoln observó en su Discurso Inaugural que la única diferencia fundamental entre las dos secciones se refería a la expansión de la esclavitud.

Muchos historiadores estadounidenses tratan de una manera fatalista la decisión norteña de ir a la guerra, haciéndose eco de la última frase del propio Lincoln. «Y estalló la guerra». 18

La causa unionista —el nacionalismo estadounidense o americano— se da simplemente por supuesta como un valor absoluto que no necesita justificación alguna. Sin embargo, Sean Wilentz se muestra más audaz siguiendo el ejemplo del Primer Discurso Inaugural:
Por encima y aparte de la cuestión de la esclavitud, Lincoln defendió resueltamente determinados ideales básicos de libertad y auto–gobierno democrático, para reivindicar los cuales afirmaba haber sido elegido. Según decía, había una única «disputa sustancial» en la crisis seccional: «Una sección de nuestro país cree que la esclavitud es justa y debe extenderse, mientras que la otra cree que es mala y no debe extenderse.» 19

No podía haber dudas sobre dónde estaba Lincoln, y dónde estaría su administración, sobre esa cuestión moral fundamental. 20

Pero la fórmula de Lincoln era deliberadamente débil. Si la esclavitud era realmente una atrocidad moral entonces debería haber dicho que la esclavitud era «mala y debía ser abolida». Y por si pudiera haber dudas sobre la posición de Lincoln, es un simple hecho que muchos de sus contemporáneos, especialmente los radicales y los abolicionistas, en realidad dudaban de él y de su administración.

Si el nuevo presidente no podía pronunciarse más claramente en contra de la esclavitud entonces difícilmente podía pretender que el tema dominante en la guerra fuera suprimir la rebelión. Lincoln prefería que la causa de la Unión —y su juramento del cargo así lo indicaba—, fuera una resistencia a la rebelión que estuviera ampliamente justificada y fuera plenamente autosuficiente. Por eso, antes de ordenar la acción militar, esperó hasta que una instalación federal hubo sido atacada, para subrayar que la secesión era una rebelión.

Lincoln combatía el filibusterismo de los aventureros sureños pero se había comprometido con la consolidación. Se había opuesto a la guerra mexicana, pero en 1848 había apoyado abiertamente la campaña presidencial del General Zahary Taylor, propietario de esclavos y vencedor de los mexicanos. William Seward, que al poco tiempo sería secretario de Estado con Lincoln, apuntaba claramente otra poderosa consideración, a saber: el daño que la secesión haría a la proyección global del poder estadounidense. Hablando en el Senado en enero de 1861, declaraba:
El barco de guerra americano es un noble espectáculo. Lo he visto entrar en un puerto del mediterráneo. Todo el mundo quedaba maravillado y todos hablaban sobre él. Salvas de artillería procedentes de los fuertes y los barcos en puerto saludaban a su bandera. Príncipes y princesas y comerciantes le rendían homenaje, y todos lo bendecían como heraldo de esperanza de su propia y de#nitiva libertad… Ahora imagino que el mismo noble navío entra en el mismo puerto. La bandera de treinta y tres estrellas y trece rayas ha quedado arriada, y en su lugar se iza una señal que exhibe el emblema de una estrella solitaria o un árbol de palmito.

Los hombres preguntan, «¿Quién es la extraña que así roba en nuestras aguas?» La despectiva respuesta es: «Viene de una de las oscuras repúblicas de Norteamérica. Dejémosla pasar». 21

La secesión de un número limitado de Estados rurales, desde esta óptica, no disminuiría simplemente el poder de Estados Unidos, o entregaría el control del Mississippi, sino que supondría el #n del «imperio de la libertad». Seward estaba hablando en el Senado y dirigía sus observaciones tanto a los sureños moderados, a los que podría disuadir de unirse al movimiento secesionista, como a los norteños. Si se hubiera alcanzado un compromiso, y se hubiera salvaguardado algún tipo de unión nominal, podemos estar bien seguros de que habría sido sellado con la expansión territorial, con toda probabilidad con la anexión de Cuba.

El presidente confederado, Jefferson Davis, también intentó restar importancia a la defensa de la esclavitud como motivo del conflicto y en su lugar insistió en la amenaza que el norte suponía para los derechos de los Estados y en las afrentas hechas al honor del sur. Hacía hincapié en la continuidad entre los ideales de la revolución americana y su supuesta encarnación de última hora en la Confederación. La constitución confederada estaba modelada siguiendo de cerca a la de 1787. El vicepresidente de Davis, Alexander Stephens, no era tan cuidadoso y la naturaleza misma del conflicto no dejaba de poner de relieve su dependencia de la esclavitud.

Las exigencias de la guerra obligaron a la Confederación a gravar y requisar la riqueza de sus ciudadanos —y a hacer caso omiso de los derechos de los Estados— en proporciones masivas.

Por supuesto, los disidentes del norte decían que Lincoln y los republicanos pisoteaban las libertades republicanas, pero esto se hacía en nombre de un nacionalismo unionista que muchos demócratas y otros tantos republicanos suscribían. Según avanzaba el conflicto, la relevancia de la esclavitud en la sociedad sureña cobró una importancia decisiva, creando diversos problemas a la Confederación y tornándose en objetivo de la estrategia unionista. El muy tardío intento de la Confederación de liberar a unos pocos cientos de esclavos y alistarlos en una milicia de color llegó demasiado tarde como para tener algún impacto, y además descansaba en un acuerdo racial. Pero implícitamente reconocía que el sur había construido sobre frágiles cimientos.

Los germano-americanos

Volvamos a las fuentes del conflicto y a la naturaleza de la amenaza republicana. La crisis de la Guerra Civil fue por supuesto precipitada por el crecimiento del Partido Republicano y la elección de un presidente republicano. Lincoln podría hacer un montón de nombramientos, incluidos muchos en los propios Estados 32 sureños. Podría vetar la legislación y dar órdenes al aparato ejecutivo. Además, la sociedad civil del norte se había hecho tolerante a la escalada de provocaciones que iba desde La Cabaña del Tío Tom hasta el ataque de John Brown a Harper’s Ferry. Si bien los líderes sureños abominaban del abolicionismo religioso, tenían aún más miedo al crecimiento de una política republicana secular que pudiera ganarse a las mayorías del norte y utilizarlas después para dominar al Estado.

Esto nos lleva a la contribución, tantas veces descuidada, de los germano–americanos. El estudio de Bruce Levine, the Spirit of 1848, muestra el impacto transformador que tuvo la enorme inmigración alemana de alrededor de mediados del XIX. 22

En esta época, la inmigración estaba alcanzando nuevas cotas y los alemanes comprendían entre un tercio y un medio de todos los recién llegados. Solo en el año 1853 llegó más de un cuarto de millón de inmigrantes alemanes. Los germano–americanos pronto se naturalizaron y significaron un importante caladero de votos para quien supiera cómo cortejarlos. Al principio la retórica democrática tuvo alguna influencia pero, para mediados de la década de 1850, muchos germano–americanos se sintieron atraídos por los republicanos, y ellos mismos contribuyeron a la amplia difusión del republicanismo y el antiesclavismo.

El protestantismo evangélico incluyó profundamente en el abolicionismo de los Estados Unidos. El repudio evangélico de la esclavitud era muy bien recibido, pero a la postre una asociación tan estrecha terminó por limitar el alcance del antiesclavismo. Los evangélicos identificaban el antiesclavismo con la templanza y el protestantismo, y esto disminuyó el atractivo del antiesclavismo a los ojos de muchos católicos y de no pocos librepensadores. Ya en los años treinta, William Lloyd Garrison y William Channing intentaron basar la crítica antiesclavista en variedades más racionalistas del cristianismo protestante. Los inmigrantes ingleses también se inclinaban por el antiesclavismo.23

Pero la inmigración alemana a gran escala fortaleció enormemente la cultura secular del antiesclavismo. Con sus cervecerías y jardines de cerveza, sus conciertos musicales y sus Turnverein [clubes deportivos], los radicales alemanes proporcionaron una fuerte corriente secular de antiesclavismo, e incluso los protestantes alemanes tenían inquietudes que les diferenciaban de los metodistas y baptistas norteamericanos.

La causa de la templanza era crucial para los evangélicos, pero no tenía ningún encanto para los inmigrantes alemanes y nórdicos. Los germano–americanos más radicales defendían los derechos de las mujeres y el sufragio femenino, con Mathilda Anneke publicando un periódico de mujeres en lengua alemana. Margarete Schurz tuvo in"uencia en la introducción de guarderías públicas. A veces los seguidores germano–americanos de Marx son retratados como tolerantes a los prejuicios de los varones sindicalistas blancos, pero esto es injusto. Cuando Joseph Weydemeyer, viejo amigo y camarada de Marx, ayudó a fundar la Liga Americana de Trabajadores [Amerikanische Arbeitersbund] en 1853, su declaración de principios fundacional establecía que «pueden hacerse miembros todos los trabajadores que viven en los Estados Unidos sin distinción de ocupación, lengua, color o sexo». 24

Hoy una fórmula así suena enteramente convencional, pero en 1853 tenía mucha frescura. De hecho, puede que esta sea la primera ocasión en que la adoptó una organización de trabajadores. Los revolucionarios germano–americanos no inventaron por sí solos esta posición, pero sí hicieron suya inmediatamente la crítica de la exclusión racial y de género promovida inicialmente por los abolicionistas radicales.


La masa de germano–americanos era naturalmente hostil al chovinismo nativista de los Know Nothings. El Partido Republicano solo emergió como fuerza dominante en el norte en la década de 1850 cuando venció a los Know Nothings (o Partido Americano), y cuando repudió su propia tentación nativista.
Aunque algunos líderes republicanos coquetearon con el prejuicio nativista, el partido en sí atacó —incluso demonizó— al «poder esclavista», y no a los inmigrantes. La presencia de cientos de miles de votantes germano–americanos ayudó a asegurar esta orientación.

Conforme se desarrollaba la Guerra Civil, los germano–americanos, y sus amigos de ultramar, siguieron proporcionando un apoyo vital a la causa del norte. Al 'nal, 200.000 alemanes combatieron por la Unión, de los cuales 36.000 lo hicieron en unidades de habla alemana. Carl Schurz llegó a general de división,
y más tarde a senador. Fritz Sigel y Alexander Schimmelfennig llegaron a generales. El amigo y colaborador de Marx, Joseph Weydemeyer, fue coronel, y sirvió como o'cial del Estado Mayor en San Luis para Frémont. Otros dos miembros de la Liga Comunista que también llegaron a o'ciales unionistas eran August Willich y Fritz Anneke. La verdad es que la correspondencia de Marx y Engels está repleta de referencias a los progresos de estos amigos y conocidos.
Los recursos militares representados por el amplio alistamiento germano–americano eran muy signi'cativos, pero lo mismo podría decirse de los contingentes de irlandeses americanos que llegaron a ser igual de grandes. Los germano–americanos eran muy receptivos a la idea antiesclavista, y esto habría
de dar un nuevo sentido a la naturaleza de la guerra y a la forma en que debía lucharse. Al revisar una reciente colección de cientos de cartas escritas por los voluntarios germano–americanos, Kenneth Barkin escribe: «la principal razón para ir de voluntario [en el ejército de la Unión] era acabar con la esclavitud». 25

Esta nueva investigación con'rma en buena medida la argumentación de Levine en the Spirit of 1848.


1  - Este artículo está basado en una conferencia para el bicentenario del nacimiento de Lincoln impartida como parte de una serie organizada por el Departamento de Historia de Illinois en Urbana–Champaign en 0ctubre de 2009. Quisiera agradecer a David Levine y sus colegas su invitación así como sus múltiples y útiles comentarios (aunque naturalmente quedan absueltos de toda responsabilidad por los juicios o errores particulares). Traducción de Andrés de Francisco.
2 - Textos recogidos en este volumen
3 - Marx (1961).
4 - Cfr. en esta edición «La Guerra Civil Norteamericana».
5 - Marx (1985), p. 114
6 - Marx (1961), pp. 57–70
7 - Marx (1961), p. 68. Aquí me limito a explicar y evaluar brevemente el análisis de Marx de los orígenes de la Guerra Civil, si bien los textos que he citado rechazan con suficiente claridad el reduccionismo económico. El énfasis de Marx en la centralidad de los temas económicos puede compararse con el que se encuentra en Moore (1966).
Para una reciente interpretación que usa muchos conceptos de Marx, véase Ashworth
(2007).
La cita es de «La Guerra Civil Norteamericana», en esta edición. (N. del T.)
8 - Marx (1961), p. 68
9 - Marx (1961), p. 71.
10 - Marx y Engels (1984), p. 50. [La cita es de «La Guerra Civil en los Estados
Unidos», en esta edición.]
11 - Foner (2010).
12  - Marx y Engels (1961), p. 72.
    [«La Guerra civil en los Estados Unidos», en esta edición.]
13 - Engels (1961), p. 326.
14 - Anderson (1996).
15 - Potter (1976); Genovese (1967); Foner (1970); Ashworth (1995); Ashworth (2007).
16 - Crofts (2005), p. 197.
17 - Abraham Lincoln, «Discurso en Peoria» (Illinois), el 16 de octubre de 1854, en respuesta a la Ley Kansas–Nebraska. La cita de la Declaración de Independencia pone una nota patriótica, aunque algunos podrían sacar la conclusión de que el discurso también invalidaba la ruptura de 1776, dada la importancia de la esclavitud en diversas colonias esclavistas norteamericanas. Sin duda, Lincoln habría insistido en que la objeción no era válida para Jorge III y sus gobiernos, pues estaban profundamente implicados en la esclavitud, y en que al menos los Padres Fundadores estaban incómodos con la institución.
La cita es de la traducción de J. Alcoriza y A. Lastra para la edición de Abraham Lincoln (2005), El Discurso de Gettysburg y otros escritos sobre la Unión, Madrid:
Tecnos, p.94 (N. del T.)
18 - La frase «Y estalló la guerra», tomada del Segundo Discurso Inaugural de
Lincoln, se ha utilizado en muchas valiosas interpretaciones, pero su negación implícita de la activa implicación del norte impide reconocer el surgimiento de un nuevo nacionalismo o señalar el déficit de legitimidad de la Unión en 1861-1862, y por consiguiente un factor vital que obligó al Presidente a remediarlo. Véase, por ejemplo, Stampp (1970); Cro+s (2005); McPherson (2007), p. 17
19 - «Primer Discurso Inaugural», recogido en esta edición. (N. del T.)
20 - Wilentz (2005), p. 783. Wilentz saca la siguiente conclusión a partir de estas observaciones: «la única forma justa y legítima de resolver la cuestión [i.e, la diferencia sobre la extensión de la esclavitud], insistía Lincoln…, era mediante una decisión democrática deliberada tomada por la ciudadanía.» (Wilentz (2005), p. 763). Louis Menand deja sugerida una réplica en la siguiente observación: «la Guerra Civil era una reivindicación, como Lincoln había esperado que fuera, del experimento americano.
Excepto por una cosa, a saber que la gente que vive en sociedades democráticas no suele resolver sus desacuerdos matándose los unos a los otros» (Menand (2001), p. x).
21 - Citado en Bensel (1990), p. 18. Para un análisis de los planes expansionistas de Seward y de su fracaso ante los procesos de mayor alcance desatados por la Guerra Civil, véase LaFeber (1963), pp. 24–32.
22 - Levine (1992).
23 - La sobre–representación de inmigrantes británicos en las (las del activismo
antiesclavista de la década de 1830 se pone de manifesto en Richards (1978).
24 - Levine (1992), p. 125. En décadas posteriores algunos germano–americanos
de hecho aminoraron los derechos de las mujeres cuando querían reclutar sindicalistas de origen irlandés, pero, aunque esto debe ser debidamente observado, en absoluto caracteriza a todos los germano–americanos, fueran seguidores de Marx o no. Para un interesante estudio, que a veces vira hacia la caricatura, véase Messer–Kruse (1998). Este autor siente un justi(cable orgullo por la tradición radical americana nativa y hace algunas críticas correctas de algunas de las posiciones de los «marxistas» germano–americanos, pero está tan obsesionado con contraponer las dos culturas políticas étnicas que pierde de vista lo muy efectivamente que a menudo se combinaron, especialmente en los años 1850–70. Véase Buhle (1991) para una valoración más equilibrada.
25 - Barkin (2008), p. 71.

Articulo : http://www.elboomeran.com 14/02/2013

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