dimanche 24 février 2013

Charles Mc GIBBON/ Sicut Judaeis


Sicut Judaeis
Por Charles Mc GIBBON

La película de Mel Gibson La Pasión de Cristo y sus aún más infames y borrachas verborreas antisemíticas han reavivado en la mente de muchos la conexión entre antisemitismo y cristianismo en los últimos años. 

La película como tal, aun teniendo sus estereotípicos Judíos malignos y de nariz aguileña disfrutando de la muerte de Jesucristo, enfatiza el hecho de que no todo el pueblo judío fue cómplice según el testimonio de los Evangelios. Al fin y al cabo todos los personajes en los Evangelios, los doce apóstoles y el mismo Jesús de Nazaret, como su propio nombre demuestra, eran judíos. Aún con todo esto, la película- y tras las ofensivas declaraciones de Mel Gibson- ha llevado a muchos lideres judíos a sentirse incómodos. O como lo expresó el rabino A. James Rubin:
“Los judíos del siglo I fueron retratados como sanguinarios y deseosos de matar a Cristo... La turba judía de la película aclamaba por la crucifixión de Jesús. El papel esencial en la muerte de Cristo jugado por el gobernador de la antigua Judea, Poncio Pilato, fue minimizado y desinfectado”.

Sin duda, la película en su totalidad recordó, a muchos en la comunidad judía, a las Representaciones de la Pasión que tanto odio crearon contra los judíos durante la Edad Oscura de la Europa medieval. Sin embargo, este odio creado por las Representaciones es sólo un mito. El obstinado mito cultural de que la fuente del antisemitismo moderno se sitúa en este retrato negativo de los judíos durante la época medieval europea es una grave distorsión de la historia de ambas fes.

Tal afirmación necesita una base sólida y una visión panorámica de las Representaciones de la Pasión, de las que la película de Mel Gibson es descendiente directa. Las Representaciones de la Pasión en Europa no se establecieron verdaderamente hasta después de La Reforma Protestante, y por ello Las raíces históricas del Anti-Semitismo la representación más famosa, en Oberammergau, a menudo apelada “el abuelo de las Representaciones de la Pasión”, no se originó hasta el siglo XVII. Los verdaderos orígenes de las Representaciones de la Pasión, obviamente, se encuentran en la Liturgia Católica. Esta se estableció en el siglo XIV y, a medida que la educación se extendió más allá de la clerecía, comenzó a salir de la iglesia a la calle, donde el pueblo medieval y los monjes celebrarían las festividades de Semana Santa, todavía con la supervisión de una clerecía establecida, incluyendo una reconstrucción de la Pasión. Algunas poseían un contenido altamente anti-judaico, pero todas, incuestionablemente, lo eran en mayor o menor medida. El ejemplo más notable de Representación pre-reformista, La Pasión de Viena, retrataba toda la historia de la relación entre Dios y el hombre, comenzando por el Edén, pasando por la historia del pueblo judío y culminaba, no en la Crucifixión, sino en la Ultima Cena. La Crucifixión y Resurrección eran consideradas demasiado importantes por el clero para ser extraídas de la liturgia (o representación teatral) de la misa como tal.

La omisión de la Crucifixión y Resurrección puede sorprender a muchos y, sin duda, va en contra de los conceptos modernos de barbarismo antisemita medieval.
Aun así es indudablemente cierto que existieron muchísimos pogromos y persecuciones contra los judíos incluso en la Alta Edad Media. Fueron puestos en gueto y a menudo expulsados del país por gobernantes seculares tras cobrarles todos los impuestos posibles. Entonces, ¿por qué en la Pasión de Viena, y otras parecidas, el pueblo llano de la Europa medieval no eligió representar a sus “cabezas de turco” rituales como los asesinos del Salvador?, ¿por qué esta práctica sólo comenzó a ser más común conforme acababa la Edad Media y comenzaba la Edad Moderna? La respuesta es sorprendente. Existía una organización muy poderosa en la Europa medieval que, aunque no se cuidase mucho de la fe judía y de la Tora, a la que consideraban pérfida y fuertemente resistente a las evidencias presentadas en su contra, sentía que tenía una larga responsabilidad, de unos mil años de antigüedad, de proteger al pueblo judío: La Iglesia Católica. Las razones eran prácticas y mundanas en muchas ocasiones, pero poderosamente basadas en razones de fe y exégesis bíblica.  La Bula Papal “Sicut Judaeis” dictada por Gregorio X en 1272 muestra la posición de la Iglesia a través de la historia:
“Aun no siendo permitido a los judíos en sus asambleas llevar a cabo presuntuosamente para sí mismos más que aquello que les es permitido por ley, aun así no deben sufrir ninguna desventaja en aquellos [privilegios] que les han sido otorgados. Aunque prefieren persistir en su tenacidad que reconocer la palabra de los profetas y los misterios de las Escrituras, y así llegar a un conocimiento de la fe cristiana y la salvación; aun así tanto en cuanto han hecho una apelación a nuestra protección y ayuda, admitimos por lo tanto su petición y les ofrecemos el escudo de nuestra protección a través de la clemencia de la piedad cristiana, siguiendo los pasos de nuestros predecesores de dichosa memoria, los papas de Roma, Calixto, Eugenio, Inocencio y Honorio.

Decretamos además que ningún cristiano les obligará, o a uno de su grupo, a ser bautizados contra su voluntad. Pero si cualquiera de ellos tomase refugio por su propio acuerdo con los cristianos, por convicción, entonces, después de que sea manifiesta su intención, será hecho cristiano sin intriga alguna. Pues, sin duda, esa persona quien sea conocida por llegar al bautismo cristiano no libremente, sino contra su voluntad, no es conocido por poseer la Fe Cristiana.”

Así fue la realidad en la Edad Oscura a la que Mel Gibson pretende arrojarnos. Sería sencillo, por lo tanto, simplemente rechazar la representación que el director  hace de la Pasión como un ejemplo de los desafortunados productos de la reforma de Martin Lutero. El mismo Lutero que, en su recelo por liberar la biblia de las manos de los ambiciosos curas y dársela al pueblo llano en su propia lengua, aparentemente obvió el porqué de la Biblia como un todo. Leyó el Antiguo Testamento no como la Iglesia Católica lo ha hecho tradicionalmente, como un microcosmos de la perfidia del hombre en cuanto a Dios. Aunque el Israel del Antiguo Testamento era considerado como desbancado por el “Nuevo, Universal y Eterno Israel” de la Iglesia, las advertencias en la Tora y las otras partes del Antiguo Testamento de los profetas de Israel contra su falta de fe fueron leídas como advertencias a toda la humanidad que partiese de la fe en el Dios de Abraham. Lutero prefería, más bien, deleitarse en el Antiguo Testamento como si fuese un cuento sobre  lo malvados que son los judíos en contraposición a los cristianos. El simple título de uno de sus trabajos, Sobre Los Judíos y Sus Mentiras, es prueba suficiente de esto y adentrarnos en el verdadero contenido del libro sería de mal gusto. Es suficiente con mencionar que esta obra es considerada por la mayoría de los académicos, tanto laicos, judíos, reformistas y católicos, como un factor muy contribuyente en la aceptación cultural del Nazismo en Alemania cuatrocientos años más tarde.

Pero, como siempre, la Historia no es tan sencilla. Para encontrar la principal raíz del antisemitismo moderno debemos retrotraernos incluso más atrás en la historia, al momento de la escritura de los mismos Evangelios, a los últimos siglos del Imperio Romano y los primeros siglos del cristianismo y, crucialmente, al último siglo de la existencia de Israel como una nación territorial. El debate sobre la existencia del Jesús histórico es un polvorín del que con mucho gusto pasaremos de largo, aunque los archivos históricos sugieren que muy probablemente sí existió y que las fechas tradicionalmente expuestas, del 1 al 33 D.C, son tan probables como cualquier otra.

Aun así hay una fecha indiscutible entre los historiadores: La destrucción total de Jerusalén por los romanos en el 70 D.C, incluyendo la destrucción y expolio del Templo de Salomón y, unos sesenta años más tarde, la tercera y última revuelta de los Judíos contra los romanos, el Bar Kojba, que terminó en el 136 D.C. con la total aniquilación de la población judía en Judea y la diáspora de los supervivientes por el Mediterráneo. Los judíos no volverían a crear un asentamiento mayoritario en la Tierra Santa hasta mil ochocientos años más tarde. Fueron estos hechos, más que cualquier explicación en los Evangelios- los cuales dejaban bastante claro el contexto de la crucifixión de Jesús, y aunque dos mil años de división cultural han hecho que la idea “los judíos mataron a Cristo” sea algo más plausible, sigue sin ser abalada por cualquier lectura analítica e imparcial de los textos-, los que alimentaron en una minoría en la nueva religión cristiana el prejuicio de que el pueblo judío fue castigado por el asesinato del Salvador y su obstinado rechazo a reconocer que el viejo orden había terminado.

El más importante en esta minoría de cristianos fue Marcion de Sinope, quien fue excomulgado de la Iglesia en 144 D.C por su idea de que la verdadera intención de la revelación cristiana era derrocar al Dios vengativo del Antiguo Testamento y reemplazarlo con el Dios del Amor de los cristianos. Fue vehementemente anti-judío en su visión y predicó que la sangre de Cristo manchaba sus manos, como en Mateo 27:25: “A lo cual respondiendo todo el pueblo, dijo: Recaiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Y no aceptó la interpretación ortodoxa de que, a causa de la resurrección, el horror de estas líneas se transforma en una súplica de redención y nueva esperanza: “He ahí el Cordero de Dios, ved aquí el que quita los pecados del mundo.” (Juan 1:29) “Estos son, los que han venido de una tribulación grande, y lavaron sus vestiduras, y las blanquearon o purificaron en la sangre del Cordero.” (Apocalipsis 7:14)

La crucifixión y resurrección de Cristo, en la teología ortodoxa, es tanto un hecho histórico y temporal en el que unos pocos Judíos y romanos fueron actores, como, trascendiendo la temporalidad del acto, un hecho eterno y por lo tanto un escenario en el que toda la humanidad está llamada a tomar parte. De ahí que, desde la Iglesia más primigenia las diferentes partes de la liturgia del Viernes Santo fueran dichas por diferentes voces en la misa, como las líneas de Mateo 27:25, que crearon una especial controversia en la película de Gibson, eran habladas a menudo por los profanos, como en la misa de Novus Ordo hoy en día.  Marcion tampoco aceptó lo dicho en la epístola de San Pablo a los Hebreos: “Así que, hermanos, mediante la sangre de Jesús, tenemos plena libertad para entrar en el Lugar Santísimo, por el camino nuevo y vivo que él nos ha abierto a través de la cortina, es decir, a través de su cuerpo”; puesto que era demasiado cercano al énfasis en la venganza y el sacrificio que él veía en el Antiguo Testamento. Para Marcio la Crucifixión era un ejemplo del camino del amor que la humanidad debía seguir. Veía la destrucción del estado judío por parte de los Romanos como consecuencia de sus propias acciones y su insensatez al alabar al “Demiurgo”, término usado por los gnósticos para designar al maligno dios-creador que seducía las mentes en el mundo material, del cual Marcion se apropió y utilizó para el Dios de Moisés y de los profetas del Antiguo Testamento.

La herejía marcionita fue la herejía más temprana de la Iglesia, y no sin razones: ¿Cómo puede el Dios que murió por nuestros pecados ser el mismo Dios que promete una venganza terrible sobre los infieles en el Antiguo Testamento?
Sin duda esta es aún una pregunta a la que muchos desearían dar la respuesta fácil y simplemente apartar el cristianismo de sus orígenes judíos, puesto que las interpretaciones liberales del cristianismo del estilo del Marcionismo florecen entre las ideas heterogéneas de nuestra sociedad multicultural. Es cierto que esto no daña a nadie, no pide mucho a cambio ni tampoco causa ofensa alguna. Y ciertamente, según la sabiduría popular, esta es la línea divisoria entre el “buen” cristianismo que pretende dar amor y apoyo a una gente perdida y débil en manos de fuerzas que están fuera de su control, y el cristianismo “malo” de tiempos antiguos, sujetada obstinadamente, en contra de toda razón, por “paters” obsesionados con el Pecado Original y por católicos sexualmente reprimidos. Pero aquellos que alaban tales versiones del cristianismo como progresistas o “positivas” harán bien en recordar sus orígenes anti-judaicos. Esto no quiere decir que aquellos que siguen este tipo de cristianismo sean antisemitas, ni mucho menos, si no que el cristianismo, si se le priva de sus orígenes, pierde todo su poder redentor y transformador y se moverá vagando en la matriz de nuestra cultura sin prestar contribución alguna. Este abandono del aspecto judío único de la fe cristiana es creado fundamentalmente por una mala lectura de las Escrituras judías, que es la verdadera raíz del antisemitismo moderno. Esta incorrecta lectura era común en el siglo XIX y XX en los años que precedieron al Holocausto y que ahora está retornando desafortunadamente debido a la adolescencia del movimiento “secular militante”, alimentado por un tipo, bizarro y peculiarmente moderno, de lectura literal de la Biblia. Esta sale de aquellos que “tienen ojos para ver y no ven, tienen oídos para oír y no oyen” (Ezequiel 12:2),  de aquellos que no son judíos y aquellos cristianos que olvidarían que la esencia de su fe es judía, puesto que tienden a no entender al llamado Dios de la Venganza que encontramos en el Antiguo Testamento.

Charles Maurras, el líder del movimiento nacionalista y antisemita Action Française, resumió con precisión en los años 20 el problema que muchos hoy en día tienen con las interpretaciones tradicionales de las Escrituras judeo-cristianas:
“Isaías y Jesús, David y Jeremías, Ezequiel y Salomón, traducidos abruptamente a su lengua, revelaron al hombre la vanidad del esfuerzo por nuestra civilización. Le enseñaron, con el acento de la autoridad, que es la marca de lo divino, que tenía en su corazón un juez que es dueño de todo.  Y, finalmente, a través de sus ejemplos y refranes, le proporcionaron modelos de pura locura”.
El sorprendentemente bien leído e inteligente Charles Maurras no era un antisemita corriente, defendía tranquila y racionalmente aquello que la mayoría de sus seguidores sólo sentían en sus venas, una profunda repugnancia y horror hacia el mensaje de las Escrituras hebreas. Y no se le puede considerar un loco como a Hitler por pensar de esa manera, pues el pueblo Judío fue una civilización extrañísima en el Mundo Antiguo: tras haber vencido a sus enemigos y alzar grandes ciudades, estableciendo justicia y construyendo grandes templos a su dios, ¿qué hicieron?, ¿conquistaron otras tierras?, ¿establecieron rutas comerciales para aumentar su riqueza?, ¿crearon grandes escuelas de filosofía y cultura? No. Hicieron algo bastante peculiar,  hicieron caso a “la voz que clama en el desierto” (Juan 1:23):
“Venid acá, oh naciones, y escuchad;  pueblos, estad atentos; oiga la tierra y toda su población: el orbe todo, y cuanto en él vive. Porque la indignación del Señor va a descargar sobre todas las naciones y su furor sobre todos sus ejércitos: los matará, y hará en ellos una cacería. Arrojados serán al campo sus muertos, y exalarán sus cadáveres un hedor insufrible: los montes quedarán inficionados con su sangre.”. (Isaías 34:1-3)

“Ahora bien, escucha, oh Jacob, siervo mío, y tú, oh Israel, a quién escogí. Esto dice el señor, que te ha hecho y te ha formado, tu favorecedor desde el seno de tu madre: no temas, oh Jacob siervo mío, y tú, oh rectísimo, a quién elegí para que fueses mío. Porque yo derramaré aguas sobre la tierra sedienta, y haré correr caudalosos ríos por los heriales: derramaré mi espíritu sobre tu linaje, y la bendición mía sobre tus descendientes” (Isaias 44:1-3)

Aun así decir que esta es la palabra de Dios es no leer las Escrituras hebreas con suficiente cuidado, pues sólo Moisés, en el Antiguo Testamento, es mencionado hablando con el Señor, y lo que se dijo en esa conversación no está reflejada en las Escrituras, simplemente volvió con los Diez Mandamientos. En Isaías y otros profetas se muestra la idea de “hijo del hombre”,  la descendencia del engaño, la miseria, la perversidad y la injusticia humana. La voz marginada, la voz de los débiles, los indefensos y los oprimidos no está en los templos o en la filosofía, ni en las ciudades de las civilizaciones sino que “grita en el desierto”, grita como Maurras observó hábilmente con una voz de venganza, de ira y furia apocalíptica que trae maldición tras maldición sobre la civilización que la ha engendrado. Como cualquier judío piadoso sabe, esa es la esencia de la fe abrahámica, que hace surgir esa voz, y lo inmuniza con el poder del Todopoderoso. A través de Él no es una voz que deba ser tratada o criminalizada, como hace nuestra civilización con aquellos que obstinadamente rehúsan seguir todos sus preceptos, es elevada, hecha sagrada, se convierte en la misma “palabra de Dios”.

Ese temor al verdadero mensaje de las Escrituras hebreas, más que la triste necedad de aquellos que se aferran a formas reaccionarias de religión, puede tener mucho que ver con la raíz del antisemitismo moderno.

Articulo : http://www.elboomeran.com 14/02/2013