dimanche 10 février 2013

Christopher HITCHENS/ Los defectos de la gravedad


LA GACETA
Los defectos de la gravedad
Por Christopher HITCHENS

Incluso el paseo más relajado por la inglesa Cambridge trae a la mente un panteón de grandes mentes científicas, pero ninguna mayor que la de Isaac Newton. En esta reseña del fino estudio biográfico que Peter Ackroyd emprendió en torno al genio del cálculo y la gravitación universal, el agudo escritor inglés Christopher Hitchens recorre la ciudad y partes de la vida de este hombre mítico y contradictorio.

Esta reseña es la reproducción que apareció en abril de 2008 en Vanity Fair, con la autorización de los herederos de Christopher Hitchens. Traducción de Manuel Casals. Artículo publicado en La Gaceta (revista editada por FCE).

Cuando yo era niño e iba a una escuela metodista en Cambridge, Inglaterra, trataba de beber tanta agua como me fuera posible. Esta práctica se basaba en la falsa esperanza de que así podría adquirir algunas nociones de ciencia y matemáticas, materias en las que era un mal estudiante sin remedio, y me parecía que en Cambridge sólo el agua podía explicar la extraordinaria profusión de genio matemático que había orecido en esa pequeña y bastante fría ciudad en las llanuras de East Anglia. Si usted da un paseo por la ciudad puede caminar, por ejemplo, delante del Laboratorio Cavendish en Free School Lane. Es fácil que le pase inadvertido: su llamativa falta de espacio y de recursos, su carácter en general austero y amateur, fueron amorosamente satirizados en la encantadora novela de Penelope Fitzgerald The Gate of Angels. No obstante, el trabajo realizado en este edi cio sin pretensiones ha  merecido  un  total  de  29  premios  Nobel,  el  más conocido de los cuales quizá sea el otorgado a sir John Cockcroft y Ernest Walton por el desarrollo, en 1932, del primer acelerador de partículas (lo que les permitió ser los primeros en dividir el átomo sin necesidad de utilizar material radioactivo). Esto ocurrió durante la excepcional dirección del profesor Ernest Rutherford, cuya benigna y brillante gestión al frente del Cavendish también propició los premios Nobel de sir James Chadwick, por el descubrimiento del neutrón, y de sir Edward Appleton, por la demostración de la existencia de una capa de la ionosfera que puede transmitir ondas de radio de forma able. No es precisamente una nota a pie de página agregar a sir Mark Oliphant, pionero en el desarrollo del radar de microondas y que voló a Estados Unidos durante la segunda Guerra Mundial para ayudar a los cientícos estadunidenses en la búsqueda de aplicaciones no pací cas de la división del átomo realizada en el Laboratorio Cavendish, en el programa que más tarde se convertiría en el Proyecto Manhattan. En muy poco tiempo, Robert Oppenheimer, otro de los protegidos del Cavendish de Rutherford, murmuró para sí mismo —mientras presenciaba la primera detonación nuclear, cerca de Alamogordo, Nuevo México— una línea del  Bhagavad Gita: “Me he convertido en la muerte: el destructor de mundos.”

Frente a eso, y en un descanso del trabajo en el mismo laboratorio, el 28 de febrero de 1953, los investigadores James Watson y Francis Crick se escaparon a un pub a la vuelta de la esquina, cerca de Bene’t Street. Watson recuerda haberse sentido “un poco mareado cuando, en el almuerzo, Francis entró en el Eagle para decirle a todo el que quisiera oírle que había encontrado el secreto de la vida”. La estructura del ácido desoxirribonucleico, el ladrillo esencial de la existencia misma, resultó tener la armoniosa forma de una doble hélice. Así,
la  humanidad  estaba  en  camino  de  desentrañar y analizar los hilos fundamentales que forman nuestro adn. (Fue en el Eagle, en un momento menos memorable, que más tarde tomé mi primera cerveza ilegal y eliminé para el resto de mi vida el estúpido hábito de tomar agua.)

Continuando nuestro paseo —o recorrido de bar en bar—, podríamos pasar por Christ’s College, el alma máter del reverendo William Paley. A comienzos del
siglo xix, el libro Teología natural de Paley, con el argumento de que toda la “creación” abogaba por la existencia de un diseñador divino, se convirtió en el texto clave para los que veían la mano de dios en las maravillas de la naturaleza. No mucho después, llegaba a la misma universidad un joven estudiante llamado Charles Darwin, quien se sintió aterrado al recibir las mismas habitaciones que había ocupado Paley. Como naturalista y biólogo, Darwin esperaba seguir el camino del gran hombre y quizá también llegar a ser sacerdote, pero, entre tanto, sus investigaciones habrían de conducirlo a una conclusión algo diferente. Tras quitarnos el sombrero por esta sorprendente coincidencia, también podemos hacer una pausa para re exionar frente a las puertas del Trinity Hall, la escuela que ayudó a formar a Stephen Hawking, quien ahora ostenta la Cátedra Lucasiana de Matemáticas y también es miembro del Gonville & Caius College. Hasta hace relativamente poco tiempo, era posible encontrar al célebre anatomista del tiempo y el espacio, nacido justo en el aniversario 300 de la muerte de Galileo, circulando por estas calles y plazas medievales en su carrito eléctrico: es el mejor ejemplo que uno podría encontrar de un cerebro y un intelecto puros. ¿Y quién puede pasar por los grandes jardines y espaciosas habitaciones del Trinity College sin pensar en Bertrand Russell, que podría haber sido famoso en varios departamentos, desde el adulterio hasta el radicalismo, pero cuya obra más imponente es probablemente  Principia mathematica, fruto de una colaboración de 10 años con Alfred North Whitehead? “El manuscrito se hizo más y más grande”, recuerda Russell en su autobiografía, y en la mera transcripción, cuando el trabajo principal estaba completo, llegó a trabajar “de diez a doce horas al día durante ocho meses al año, de 1907 a 1910 […] y cada vez que me iba a dar un paseo solía ener miedo de que la casa se incendiara y se quemara el manuscrito. No era, por supuesto, el tipo de manuscrito que pudiera escribirse a máquina, o incluso copiarse.

Cuando nalmente lo llevamos a la editorial de la universidad, era tan grande que tuvimos que rentar un viejo carromato para tal propósito.” Al reexionar sobre esta experiencia agotadora, recuerda que muy a menudo llegó a considerar el suicidio y escribió que “mi intelecto nunca se recuperó del todo de la tensión. Desde entonces denitivamente soy menos capaz de lidiar con abstracciones complejas de lo que era antes.” (Esto lo dice el hombre que llegó a escribir una Historia de la losofía occidental.)  Pero  hablar  del  Trinity también es convocar a la gura más importante de todas: el hombre que escribió los primeros Principia mathematica, que ocupó la Cátedra Lucasiana más de tres siglos antes que Hawking y que, mientras que el resto del país estaba paralizado por el miedo a la gran plaga de 1665-1666, “revolucionó el mundo de la losofía natural. Dio el primer tratamiento adecuado del cálculo; dividió la luz blanca en sus colores constitutivos; empezó la exploración de la gravitación universal. Y sólo contaba con 24 años de edad.”

Esta cita proviene de la biografía escrita por Peter Ackroyd de sir Isaac Newton, quien no se percató, como cuenta la leyenda, de las implicaciones de la gravedad por la caída de una manzana. En sus investigaciones era bastante más meticuloso que eso y, como madame Curie con el radio, no temía experimentar consigo mismo. Así, en su afán de distinguir la luz del color, se quedó mirando el sol con un ojo, para descubrir las consecuencias. Fue tan imprudente con su propia vista que, para recuperarse de la experiencia, tuvo que pasar tres días en una habitación completamente a oscuras. Más tarde, para probar  la  teoría  de  Descartes  de  que  la  luz  palpitaba como una “presión” a través del éter, deslizó una aguja grande “entre mi ojo y el hueso, lo más cerca posible que pude de la parte posterior del ojo”. Perseverante hasta el punto de la obsesión, estaba tratando de alterar la curva de su retina para poder observar los resultados, aun a riesgo de quedarse ciego.

Tenemos la tendencia a amar las anécdotas sobre manzanas y “eurekas” porque hacen que el genio cientíco parezca más humano y más azaroso, pero  otro  gran  habitante  de  Cambridge,  sir  Leslie Stephen, estaba más cerca de la verdad cuando armó que genio era “la capacidad de esforzarse”. Isaac Newton fue uno de los mayores adictos al trabajo de todos los tiempos, así como uno de los grandes insomnes. Su laboriosidad y aplicación hacen que Bertrand Russell parezca un vago (y, como Russell, tenía un miedo enfermizo a que el fuego se propagara entre sus papeles y libros, lo que, de hecho, ocurrió más de una vez). En una ocasión decidió que un telescopio reector sería un instrumento mejor que el modelo convencional de refracción, y se empeñó  en  construirlo  él  mismo.  Cuando  se  le  preguntó dónde había obtenido las herramientas para esta difícil tarea, respondió entre risas que también él había fabricado las herramientas. De este modo, confeccionó un espejo parabólico de una aleación de estaño y cobre que él mismo había tallado, alisado y pulido hasta alcanzar un acabado similar al vidrio, y construyó un tubo y una montura para sostenerlo. Este telescopio de unos quince centímetros tenía la misma ecacia que uno de refracción de poco menos de dos metros, ya que eliminaba las distorsiones de la luz causadas por el uso de lentes.

En contraste con esta claridad y pureza, Newton pasó  gran  parte  de  su  tiempo  sumido  en  una  autogenerada  niebla  de  superstición  y  excentricidades. Creía en el perdido arte de la alquimia, por el cual los metales básicos pueden transmutarse en oro; algunos mechones de su cabello que han llegado hasta nosotros muestran que había grandes rastros de plomo  y  mercurio  en  su  organismo,  lo  que  sugiere  que también experimentó en sí mismo en este campo.

(Eso ayudaría a explicar los incendios en su habitación, ya que los alquimistas tenían que mantener un horno encendido en todo momento para sus extravagantes planes.) No contento con la estrecha visión de la piedra losofal y el elixir de la vida, creía que en el cosmos había una especie de semen universal, y que las brillantes colas de los cometas que rastreaba en el cielo contenían materia de reposición de vital importancia para la vida en la Tierra. Era un excéntrico religioso que, según Ackroyd, consideraba que los católicos eran “hijos de la ramera de Roma”. También se entregaba a arcanas lecturas del libro del Apocalipsis y estaba obsesionado con las medidas reales del templo de Salomón. Por otro lado, Newton eligió escribir sus de por sí difíciles Principia mathematica en  latín,  jactándose  de  que  esto  la  haría  aún  menos accesible  para  el  vulgo.  Sigue  siendo  venerado  en  el pequeño mundo del esoterismo y las manías conspiratorias, y aparece como un miembro del “Priorato de Sión” en El código Da Vinci. Además, secularistas y racionalistas, a su manera, también conspiran para mantener viva su mítica reputación. Así, todavía se dice que el hermoso “Mathematical Bridge”, que cruza el río Cam a la altura del Queen’s College, fue diseñado por Newton de manera que se mantuviera en pie sin clavos ni tornillos o juntas, sólo por efecto de la fuerza gravitacional. Según cuenta la leyenda, cuando cientícos de una época posterior lo desmantelaron  para  descubrir  su  secreto,  no  pudieron encontrar la manera de armarlo de nuevo y tuvieron que usar pernos y bisagras para volver a erigirlo.

Newton murió en 1727, y el puente no fue construido sino en 1749, pero los rumores y las fantasías son mucho más fuertes que la realidad.

Pero también lo son los prejuicios anticientícos. Francis Crick no creía en dios (propuso que en su college en Cambridge hubiera un burdel en lugar de una capilla), pero siguió al piadoso Newton en la especulación  de  que  la  vida  había  sido  “sembrada” en la Tierra por una civilización superior. Su colega de la “doble hélice”, James Watson, especuló en varias ocasiones, contra toda evidencia, que las mujeres y las personas con demasiada melanina en la pigmentación de su piel están genéticamente programados para rendir menos. Tal vez esto no debería sorprendernos  tanto.  Joseph  Priestley,  el  gran  humanista unitario y descubridor del oxígeno, abrazó la falsa teoría de la química de los gases según la cual éstos se queman porque contienen “ogisto”, lo que se denominó el “principio de in amabilidad”. Alfred Russel Wallace, gran colaborador de Darwin y tal vez incluso su inspiración intelectual, nunca era más feliz que cuando asistía a sesiones de espiritismo y se maravillaba por la aparición de ectoplasmas. Puede que no sea hasta Albert Einstein que encontremos un verdadero cientíco que también es una persona sana y lúcida, con un humanismo genial como parte de su concepción del mundo —e incluso Einstein fue blando respecto de Stalin y la Unión Soviética.
Tendemos a olvidar que la palabra cientíco sólo fue de uso común a partir de 1834. Antes de ese momento,  el  título  reinante  era  la  denominación  más sutil de lósofo natural. Isaac Newton pudo haber sido un excéntrico, un solitario, un fanático religioso y, durante su periodo al frente de la Casa de Moneda, un entusiasta de que se colgara a todo tipo de embaucadores. Sin embargo, fue un gran conocedor de los pensadores del pasado y de las lenguas antiguas, y cuando hizo una lista de los siete colores del espectro, tras haberlos separado cuidadosamente de la luz blanca que todo lo envuelve, lo hizo por una analogía con las siete notas de la escala musical.

Cualquier otra conclusión, según él, habría violado el principio pitagórico de la armonía. Probablemente  estaba  equivocado  en  este  anticipo  de  la  teoría
del campo unicado que habría de eludir incluso a Einstein, pero uno tiene que admirar a alguien que se atreve a equivocarse de manera tan hermosa.

Pero no todo sobre Newton era así de armonioso. Está claro que odiaba a las mujeres y bien puede ser que haya muerto virgen, pues le aterrorizaba el sexo
(y creía que la sangre menstrual de las prostitutas poseía propiedades mágicas). Peter Ackroyd, uno de los mejores escritores de Inglaterra, crea un misterio donde no lo hay cuando habla de la obsesión de Newton con el carmesí, que lo llevó a escoger el mobiliario de su habitación completamente de ese color, desde las cortinas hasta los cojines. “Se han dado muchas explicaciones para esto —escribe—, incluyendo su estudio de la óptica, su preocupación por la alquimia o su deseo de asumir una grandeza cuasi-regia”. Yo tiendo a pensar en una explicación más fácil y más uterina…

El libro del que escribo es el tercer volumen de la serie Brief Lives de Ackroyd, él mismo discípulo notable del Clare College de Cambridge, que ya ha “hecho” a Chaucer y a Turner, así como largas biografías de Dickens, T. S. Eliot,1 Blake y la ciudad de Londres (de más de 800 páginas), por lo que bien puede ser el autor inglés más prolíco  de  su  generación. Y, lo que me parece alentador, escribe de forma conmovedora y reveladora acerca de Isaac Newton, sin ser, igual que yo, ni un cientíco ni un matemático. En nuestros días de juventud, en Cambridge, la disputa pública más famosa era entre el “cientíco”  C.  P.  Snow  y  el  “literato”  F.  R.  Leavis, que con el tiempo se convirtió en una lucha internacional de varios volúmenes sobre “las dos culturas”, o la incapacidad de los físicos para comprender o apreciar la literatura frente a la negativa de los departamentos de literatura de aceptar el más pequeño “cientismo” en la alfabetización. Ackroyd nos ayuda a conrmar que ésta es una falsa distinción con una larga historia. Keats, por ejemplo, creía que Newton había convertido nuestro mundo en un lugar árido, nito y poco romántico, y que un trabajo como el suyo podría “conquistar todos los misterios con la regla y la línea [y] destejer el arco iris”. No podía estar más equivocado: Newton era amigo de toda mística y amante de las ciencias ocultas, y deseaba a toda costa preservar los secretos del templo y evitar que el universo se convirtiera en una cifra conocida. Por todo eso, generó mucha más luz de lo que había previsto, y un día no muy lejano podremos considerar a la física como un área más “tal vez la más dinámica” de las humanidades. Nunca hubiera creído esto cuando sin mucha fe intenté por primera vez beber el agua de Cambridge, pero eso fue antes de que Carl Sagan, y Lawrence Krauss, y Steven Weinberg, y Stephen Hawking fusionaran las letras y la ciencia (y el humor), y se encaramaran para situarse, como el propio Newton una vez expresó, “sobre los hombros de gigantes”.

Reproducimos esta reseña, que apareció en abril de 2008 en Vanity Fair, con la autorización de los herederos de Christopher Hitchens, a quienes damos las gracias. Traducción de Manuel Casals.

Christopher Hitchens fue un originalísimo ensayista, afecto a la polémica en materias tan diversas como la fe, la política exterior estadunidense, la literatura de ayer y de hoy.

1[1] El Fondo publicó en 1992 la traducción al español de esta magníca biografía, en versión de Tedi López Mills.

Articulo : http://www.elboomeran.com 07/02/2013