dimanche 24 février 2013

Fabio GREMENTIERI/ Racionalismo: la utopía del progreso


Fin de fiesta
Racionalismo: la utopía del progreso
Por Fabio GREMENTIERI 

Pasada la euforia del Art Déco, un estilo llega a Buenos Aires para depurar los excesos del eclecticismo y proponer una nueva modernidad funcional y minimalista, pero también evocadora de las tradiciones de una autenticidad rioplatense

Finalizada la Primera Guerra Mundial, irrumpe en la arquitectura de Europa el "Movimiento Moderno" que pretende ser una revolución internacional, una utopía como la socialista, lanzada a mejorar la vida de las viejas sociedades, aceleradamente industrializadas en las décadas precedentes. Funcionalismo estricto, estética maquinista, minimalismo o urbanismo de tabla rasa son algunos de los mandamientos de la última modernidad.

Por esa época, Buenos Aires venía bailando un desaforado eclecticismo hecho de innumerables ritmos europeos que ya combinaba con otros americanos para lograr un "tango arquitectónico" propio, salpicado por cortes y quebradas Art Déco. Justo antes de terminar la fiesta radical de los años veinte se presenta al baile de disfraces arquitectónico porteño una obra que hace escándalo. Desnuda como Josephine Baker en el escenario del teatro Astral, la casa de Victoria Ocampo en Palermo Chico es la declaración de una nueva y auténtica modernidad que aquí se llamará "Racionalismo". Y a ese futuro templo del Grupo Sur lo bendice de cuerpo presente nada menos que Le Corbusier, a pesar de que fuera diseñado y construido por un gran sacrílego como el clasicista Alejandro Bustillo.

Es evidente que desde el primer ladrillo, el racionalismo argentino fue en esencia diverso del europeo. En sintonía con el caso estadounidense, en el ámbito local no estaban planteados de igual manera los conflictos sociales, políticos, económicos y culturales que generaron esa reacción ético-estética en Europa. Aquí en el sur, dentro del sincretismo racionalista, va a persistir una heterogeneidad dentro de la uniformidad, ya que la cultura arquitectónica local seguía nutriéndose en varias fuentes, con la actuación de innumerables profesionales extranjeros, la utilización de materiales y sistemas técnico-constructivos importados, el empleo de mano de obra inmigrante y la adopción de modelos e iconografías europeos de transmisión y asimilación casi instantánea.

A lo largo de la década de 1930 la arquitectura discreta y sobria del Racionalismo permite reaccionar contra la "falsedad" del eclecticismo inmigratorio y hacerle frente al caos ensoñador de la ciudad de la Belle Époque . Se rememoran la simplicidad y la pureza de la arquitectura criolla, ese neoclasicismo rural y popular del siglo XIX añorado por la elite conservadora.

Este retour á l'ordre mundial tiene en Buenos Aires un buen sustrato en la estética y la matriz compositiva del clasicismo dieciochesco de origen francés, en boga desde 1900. Más allá de líneas puristas, de ventanas horizontales y de techos planos, los edificios de departamentos racionalistas se basan en geometrías, ejes y proporciones de la arquitectura del iluminismo. Se integran al paisaje urbano y son una más de las tradicionales construcciones porteñas de varios pisos, aunque vestidas de impecable guardapolvo blanco ejecutado en revoque símil piedra.

Construidos "como los dioses", la calidad de los materiales o la perfección de la ejecución son los únicos ornamentos. En los interiores, la resolución espacial y plástica iba de los diseños más ortodoxos con cuartos en enfiladas a los juegos espaciales innovadores, con interpenetración de recintos y expansiones hacia balcones y terrazas. Exteriormente, se asemejan a imágenes que van desde fragmentos de transatlánticos o aviones hasta pequeñas usinas o factorías, pasando por elegantes laboratorios u hospitales. Y sus remates, antes que perfiles de castillos, parecen cubiertas de barcos con puentes de mando, chimeneas y cabinas.

Entre estos edificios reina el Kavanagh, una magistral síntesis de Racionalismo y Art Déco, de renovación y tradición, de París y Nueva York; la construcción de hormigón armado más alta del planeta entonces y el primer edificio de departamentos del mundo con aire acondicionado central en todos los pisos. El Racionalismo también propone rascacielos de trabajo como el Comega y el Safico. Primeros en su tipo, son fruto de especiales condiciones de inversión, de aprovechamiento del terreno y de los códigos de edificación. Son también el resultado de la aplicación de moderna tecnología para uso flexible según las oscilaciones del inestable mercado de inicios de los años treinta.

Esta moderna monumentalidad de nuestros moderados "rasca-nubes" sintetizaba la cultura edilicia de las dos márgenes del Atlántico Norte, al mismo tiempo que encarnaba el imaginario de la ciudad moderna en América del Sur: menos presuntuosa que la estadounidense, menos idealista que la europea.

En el impulso estatal por reactivar la economía, las obras públicas serán fundamentales. Y la sanidad y la vialidad van a requerir soluciones funcionales. Para los primeros, el Racionalismo propone los megabloques de los hospitales Policial Churruca, Militar Central y Ferroviario, y también los conjuntos del Argerich y del Fernández, con la aséptica estética de unas "máquinas de sanar".
En materia de transporte, rutas y caminos van reemplazando a los ferrocarriles, y el Automóvil Club Argentino acompaña el desarrollo del sistema con una red de estaciones de servicio por todo el país. En Buenos Aires construye su "terminal" sobre la Avenida del Libertador conjugando funcionalidad, imagen monumental, integración de arquitectura e ingeniería, calidad constructiva y aceptación pública.

Pasados el cine mudo y la euforia déco , el Racionalismo también se apropia de los "palacios de ilusión" para transformarlos en "naves de evasión". El hormigón armado y la iluminación son forzados al máximo -y en estado puro- para crear estructuras en audaces voladizos o revestimientos de luz difusa, siguiendo el imperativo de las líneas aerodinámicas. Las fachadas ostentan ventanales cada vez más amplios que diluyen el límite entre el foyer y la calle, las marquesinas son alardes técnicos que flotan sobre los transeúntes, y las salas se vuelven cápsulas de formas envolventes donde todo el juego iconográfico y semántico queda en manos de la pantalla cuando se oscurece la sala.

La catedral es el Gran Rex, donde nuevamente se resumen dos vertientes: la modernidad europea con su diseño estructural para el frente y el hall de acceso; y el funcionalismo monumental y un Art Déco aerodinámico de origen estadounidense para la inmensa sala. Hito fundamental en la aceptación de la modernidad en niveles masivos, modelo de renovación estética y obra maestra de la arquitectura del siglo XX, el Gran Rex pertenece al selecto grupo de edificios que exceden las necesidades iniciales y se convierten en paradigmas de la cultura y la memoria ciudadanas.

Indisolublemente ligado a la arquitectura, el urbanismo digitó el Movimiento Moderno y trató de solucionar los conflictos de una Buenos Aires metropolitana: la relación de la ciudad con el río y con los suburbios, la congestión del centro, las conexiones viales norte-sur, la resolución del tejido construido en el damero de manzanas o el nuevo equipamiento burocrático y de servicios. Así surgen la avenida 9 de Julio -con el Obelisco incluido-, el ensanche de las avenidas Este-Oeste y el trazado de la avenida General Paz. Al mismo tiempo aparecerá el legendario plan maestro para Buenos Aires que Le Corbusier realiza en París poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Un proyecto para una ciudad moderna que no prosperará aquí, porque hacía rato que se estaba transitando la posmodernidad.

Foto: Terraza del mítico Kavanagh (Florida 1065). 
Articulo : http://www.pagina12.com.ar 22/02/2013