dimanche 24 février 2013

Federico de CARDENAS/ MELVILLE antes de Moby Dick


FAMA PÓSTUMA
Melville antes de Moby Dick
Por Federico de CARDENAS

Pocos escritores menos apreciados en vida como Herman Melville. Sin embargo, fue redescubierto en el segundo decenio del siglo XX a partir de Moby Dick, obra maestra.

Tercero de ocho hermanos, Herman Melville queda huérfano a los 12 años debido al suicidio de su padre y debe combinar trabajo y estudios para lograr el puesto de maestro de primaria. La paga insuficiente y el espíritu de aventuras propio de la juventud lo llevan a embarcarse, primero en un barco pesquero y luego en un ballenero, en prolongados viajes que cubren casi un decenio y cuyas peripecias alimentan lo fundamental de su obra literaria, integrada por casi una decena de novelas y dos libros de cuentos, además de ensayos y volúmenes de poesía.

Luego del relativo éxito de sus dos primeras novelas, Typee y Omú, que narran lo acaecido en sus primeros viajes, su vida literaria fue una acumulación de fracasos. Su tercera novela, una extraña fantasía titulada Mardi, desconcertó a críticos y lectores. Melville decidió reivindicarse con Redburn, acaso la más autobiográfica de sus ficciones. Luego vendrían Moby Dick o la ballena, una de las cumbres de las letras universales, la singular y excelente Pierre o las ambigüedades, cuya incomprensión acabó con el escaso prestigio que le quedaba, y sus notables y arriesgados cuentos, reunidos en parte en Historias de la Piazza (que contiene el memorable Bartleby, Las encantadas y Benito Cereno). Arruinado por las deudas, vende una propiedad rural en la que era vecino de su amigo Nathaniel Hawthorne (a quien dedica Moby Dick) y acaba su vida como inspector de aduanas en los muelles de Nueva York, un puesto que apenas le permite mantener a su amplia familia. En esos años escribe lo fundamental de su poesía y otro relato soberbio, “Billy Budd”, que no llega a terminar y que sería editado en forma póstuma.

Redburn es un relato de iniciación juvenil que se apoya en la experiencia personal de Melville a bordo del St. Lawrence en la ruta Nueva York-Liverpool-Nueva York. Este fue uno de sus primeros viajes como marinero y puede dividirse en tres partes. La primera cuenta su laborioso descubrimiento de la vida en el mar; la segunda, su estancia en Liverpool y su breve escape a Londres; la tercera es el retorno, llevando a bordo gran número de inmigrantes.

El protagonista, el joven Redburn, hijo de un caballero arruinado y él mismo en estado de gran precariedad, decide enrolarse. No tenemos dudas de lo que le espera, pero es el estilo del autor el que nos impulsa a seguir con el relato. En esta novela autobiográfica la intriga es sumamente tenue, pero mantiene al lector pendiente de hechos que se suceden a modo de estampas, la mayoría de ellos con alto valor simbólico (el contacto con el océano y su inmensidad, el primer cruce con otro barco, etc.)

Redburn es un joven educado y puritano, dispuesto a extraer consecuencias morales de todo cuanto le ocurre, o a analizar lo que encuentra en la gente que lo rodea. Un pasaje de la primera parte atrae la atención: entre sus recuerdos del salón de su casa aparece un cuadro “con una enorme ballena, tan grande como un barco y cubierta de arpones”. La ballena blanca no parece estar muy lejos. La segunda parte atrae por su cambio de registro, al describir Liverpool y Londres con un tono dickensiano que se centra en la miseria, las trampas, la perversión o la ingenuidad de sus personajes. Sin embargo, Redburn mantiene una inocencia interior que le permite distinguir casi de modo natural entre la maldad y la virtud. El viaje de vuelta que narra la tercera parte es menos tenso, puesto que el protagonista ya conoce las leyes del barco. Aquí interviene un personaje nuevo, Harry Bolton, quien se hace amigo de Redburn pese a su carácter liviano, que permite a Melville activar algunos contrastes y explicar por qué ambos acaban complementándose. En suma, estamos ante un relato de aprendizaje, en el que ya asoman tanto la visión del mundo como la capacidad de Melville para crear en base a lo simbólico, determinante unos años después para fijar la presencia del Mal en la figura de la ballena blanca. Un breve pasaje nos remite tempranamente a la abyección de ese color, que Melville aborrecía y que formó también parte de su desencuentro con Lima, descrita en célebres frases en Moby Dick, pero también en Benito Cereno. 

Articulo : http://www.larepublica.pe  24/02/2013