dimanche 10 février 2013

Francesc ARROYO/ Eugenio TRÍAS, el filósofo de las antenas poéticas


Eugenio Trías, el filósofo de las antenas poéticas
Por Francesc ARROYO

Era uno de los pensadores españoles más significativos de las últimas décadas. Entre lo más destacado de su obra se encuentra su concepto de la llamada "filosofía del límite".

A principios de los años setenta se podía fumar en casi todas partes. Por supuesto, en las aulas universitarias. Y Eugenio Trías (Barcelona, 1942) fumaba. Y mucho. Era, además, muy tímido, de modo que llegaba a la Universidad de Barcelona, donde iniciaba su carrera docente, con un par de horas de antelación para darse carrerilla. Se metía en el bar, donde también fumaba, y se sentaba con algunos alumnos a los que explicaba la clase que luego iba a dar (Filosofía Contemporánea, era la asignatura). Quizá ese fumar ayudó en demasía a un cáncer que le estalló hace algo más de cinco años y contra el que uno de los filósofos españoles más significados de los últimos años fue luchando sin tregua. Hasta hoy, que le venció de manera definitiva en su ciudad natal, a los 70 años.

La universidad fue siempre su casa. Durante alguno de los cierres con los que la dictadura obsequiaba a los estudiantes, Trías se negaba a cortar el discurso y se reunía con ellos en su propio domicilio o en bares más o menos cercanos al edificio universitario. Allí estaba en su salsa: sin tribuna ni distancia. Quizá era una respuesta a sus orígenes familiares, una alta burguesía catalana a la que perteneció su padre, Carlos Trías Beltrán, político falangista. La política nunca le llamó del todo, como sí le ocurrió a su hermano Jorge Trías. Un tercero, Carlos Trías, con el que llegó a compartir de joven algún libro a cuatro manos en 1970 (Santa Ava de Adis Abebas, firmando bajo el seudónimo común de Cargenio Trías), tiró por la literatura y se hizo escritor.

Él se había licenciado en Filosofía en 1964 en su fundacional Universidad de Barcelona y su brillantez le llevó a que inmediatamente, apenas un año después, fuera profesor ayudante, que pasaría a ser en breve adjunto en el mismo centro y en la Universidad Autónoma de Barcelona. Nada del pensamiento le era ajeno: la ética, la reflexión cívico-política, la filosofía de la religión, la estética… Quizá por ello había publicado ya varios libros antes de haber cumplido los 30 años. Luego, de repente, se fue. A Brasil. Una época explicada con no poco sentido del humor en su autobiografía El árbol de la vida (2003). Pero volvió pronto, y con solo 32 años ya recibía el primero de cerca de una quincena de reconocimientos. Sería en 1974 por Drama e identidad, donde ya dejaba ver su pasión por la música al buscar estructuras comunes entre la sonata y la tragedia. El estudio obtendría el premio Nueva Crítica, que abría un palmarés que le llevaría, solo un año después, al Anagrama de ensayo por El artista y la verdad. Otro hito de esa trayectoria sería, en 1983, el Nacional de Ensayo por Lo bello y lo siniestro.

Convencido de que la filosofía debía tener “antenas poéticas”, intentó impregnar de ello sus títulos más celebrados en el métier, quizá La filosofía y su sombra y Teoría de las ideologías. Catedrático de Estética desde 1986 en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona adonde había llegado invitado por Xavier Rubert de Ventós una década antes, se decía que era el introductor del estructuralismo y de Foucault. Era mucho más, claro, y sabía mucho más, como demostró a lo largo de los casi 30 títulos que publicó hasta casi ayer mismo. En su obra escrita (hay otra obra difusa en las clases impartidas en varias universidades, la última la Pompeu Fabra de Barcelona, en donde desde 1992 ejercía como catedrático de Historia de las Ideas), hay conceptos que resultan clave. En especial, el de límite. La filosofía es pensamiento en el límite y es la noción de límite lo que ilumina el conjunto del ser. Resulta difícil no ver en esta visión del sujeto en el mundo una imagen de una de sus pasiones: el cine. En el cine clásico, la pantalla es el límite que confiere sentido al haz de proyecciones de luz que, sin ese límite, se perderían en la nada, dejaría de ser percibidas por el espectador-sujeto. El desarrollo de esta cosmovisión la expuso en Lógica del límite (1991).

Bibliografía seleccionada

De cine (Galaxia Gutenberg, de próxima publicación)
La imaginación sonora (Galaxia Gutenberg, 2010)
Creaciones filosóficas I: Ética y estética (Galaxia Gutenberg, 2010)
Creaciones filosóficas II: Filosofía y religión (Galaxia Gutenberg, 2010)
El canto de las sirenas: argumentos musicales (Galaxia Gutenberg, 2007)
La dispersión (Arena, 2006)
Prefacio a Goethe (Acantilado, 2006)
La política y su sombra (Anagrama, 2005)
Tratado de la pasión (Debolsillo, 2005)
El hilo de la verdad (Destino, 2004)
El árbol de la vida (Destino, 2003)
Ética y condición humana (Península, 2003)
Ciudad sobre ciudad: arte, religión y ética en el cambio de milenio (Destino, 2001)
Pensar en público (Destino, 2001)
Pensar la religión (Destino, 2001)
Los límites del mundo (Destino, 2000)
La razón fronteriza (Destino, 1999)
El artista en la ciudad (Anagrama, 1997)
La edad del espíritu (Debolsillo, 1995)
Drama e identidad (Destino, 1993)
La filosofía y su sombra (Seix Barral, 1983)
Lo bello y lo siniestro (Debolsillo, 1982)
Meditación sobre el poder (Anagrama, 1975)

De esa pasión por el cine dejó constancia en Vértigo y pasión (1998), que incluye un texto sobre la película de Hitchcock que contribuye a dar título a la obra. En los últimos meses, Trías estaba trabajando en un texto dedicado, precisamente, al cine. Iba a ser el paralelo, en el conjunto de sus reflexiones, a las dedicadas a la música en su última obra publicada y una de las más exitosas: La imaginación sonora (2010).

Porque si el cine fue una pasión, la otra (filosofía al margen) fue la música. Él mismo explicó en sus memorias la relación con este arte a partir del momento en que su padre le regaló un tocadiscos. La imaginación sonora es una obra dedicada al pensamiento musical. Pero no solo. De hecho, ninguna de sus obras era solo lo que se apuntaba en el prólogo. De un modo u otro, abrían siempre camino hacia otros destinos. Ahí, sin embargo, apuntaba más: a todo lo que siempre quiso comprender y sistematizar y que termina en la muerte. Leerlo sobrecogía a quienes ya sabían que se hallaba enfermo. “Es posible preguntarse: ¿es esta vida presagio de una vida diferente? ¿Son nuestras vidas 'preludios de una desconocida canción que tendría en la muerte su primera y solemne nota', como decía Franz Liszt?”. Pero la muerte, seguía reflexionando en primera persona, “nos aguarda siempre detrás, a nuestras espaldas; en el peor de los casos, esperando una estocada a traición; en el mejor, asistiendo por anticipado al moribundo. Espera nuestro último suspiro para enterrarnos, o para disolvernos en el fuego, en el humo, en ceniza”. “Se muere varias veces en el argumento de la vida”, escribía en la coda final. Y en ese mismo punto, en nota a pie de página, una cita de una película de David Lynch: “Nada, no pasa nada, te estás muriendo”. Y añadía: “Acto seguido se ve la cámara en la parte superior de la pantalla, y el director ordena; ‘corten”.

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REPORTAJE:
La música como agitación total
Eugenio Trías trata de grandes compositores en 'El canto de las sirenas'
Por Juan CRUZ
17 SEP 2007

La música, dice Eugenio Trías, filósofo barcelonés de 65 años, es capaz de la mayor agitación y también del mayor sosiego. 

Terminó este libro, El canto de las sirenas (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores), más de mil páginas, en medio de una enorme incertidumbre emocional, antes y después de una operación gravísima, y aparece cuando aún le aflora la última herida de su vida, la muerte de su hermano Carlos; como recordaba aquí en una hermosa necrológica Rosa Regàs, Carlos era la otra parte de aquel seudónimo, Cargenio, con el que en los setenta los Trías irrumpieron juntos en la narrativa española. En la incertidumbre y en el horror, Trías encontró en la música vitalidad o consuelo. En la introducción de su libro cuenta de qué cosas es capaz la música: "Salutación, vacilación, temor, consternación, sufrimiento, angustia, pánico, alegría...". Los músicos en los que ha basado su excursión van de Monteverdi, Bach, Haydn, Mozart y Beethoven a Cage, Boulez, Stockhausen y Xenakis. Un último capítulo tiene a Platón como guía, que le introduce en la reunión de música con filosofía. He aquí algunos puntos de los que nos habló el pasado viernes en Madrid.

- Agitar. "Quería demostrar la capacidad que la música tiene de agitar todas las actitudes. La música es una forma de conocer nuestra relación con el mundo; nos acompaña desde el origen, en el primer testimonio del Homo simbolicus ya está la música. Y mi intención ha sido ponerla en el centro, porque a veces la relegamos, como si fuera hilo musical. La música es como un hilo de Ariadna que nos guía. Este libro es una especie de historia de la cultura en clave musical".

- Platón. "La música está en el corazón de su concepción de la naturaleza, de la educación. En Platón hay muchas concepciones de la música, y trato de armonizarlas, porque representan en él un continuo: para hablar de la concupiscencia, del Eros... la música siempre está presente. El alma está construida, según él, por principios musicales... Por eso pongo en primer plano a Platón en mi libro... Pero no siempre la música ha tenido el lugar central que merecía; en el siglo XX la música queda como expulsada. Y no debe estarlo. La escritura musical es una forma de escritura notabilísima, muy original. Muy de Occidente. Porque surge de los monasterios, y alcanza un gran apogeo en los siglos IX y X".

- La radio. "La música me acompaña desde los 10 años. Me conectó con el mundo gracias a la radio. Es entonces cuando empiezo a reconocer un tipo de música que me emocionaba mucho y cuyos autores eran nombres de pronunciación difícil: Beethoven, Haydn, Brahms. En Vilasar de Mar, donde veraneábamos, buscaba esos nombres en la biblioteca pública. Allí iba tomando notas y poco a poco me iba formando una cierta idea de lo que era la música clásica. Mi abuela fue, sobre todo, mi educadora. Me incitó a que aprendiera piano. Pero me di cuenta de que mi carrera no iba a ser la de pianista. Por respeto. Lo que me interesaba sobre todo era el aprendizaje de la partitura musical, el solfeo. Quería no sólo escuchar la música, quería leerla".

- ¿Y esto de quién es? "La música es un gesto, un estilo. ¿Cómo puedes reconocer que esto es de Brahms? Y es fundamental: es de Brahms, pero no es de Beethoven; es de Xenakis, pero no es de Stockhausen. Es un enigma apasionante: descubrir de dónde vienen esos sonidos. En el fondo este libro es la cristalización del trato que he ido teniendo con la música durante toda mi vida. A veces he estado más enfrascado con la docencia o con la filosofía, pero la música siempre ha estado ahí, diciendo. Es mi pasión, como el cine. Como en la música, el cine me interesa por autores. Ver al creador, eso es lo que quiero, como he hecho aquí. Yo dirijo el libro al que ama la música, o al que quiere amarla".

- El amigo Mendelssohn. "Yo tuve un momento muy delicado no hace mucho, cuando estaba terminando el libro. Sufrí una intervención pulmonar grave. En la convalecencia, dolorosísima, pedí permiso para tener un sistema de música en lugar del televisor, y el músico que me acompañó durante todo ese tiempo fue Mendelssohn. Es un músico que transmite gozo; necesitaba una especie de intensificación vital... En momentos de duelo, cuando necesito paz, la compañía de la música ha sido fundamental. Beethoven, por ejemplo, te ayuda en los momentos confesionales. La buena música tiene una capacidad dialéctica extraordinaria; hay piezas de Beethoven que pasan de la expresión máxima de rudeza a un lirismo extraordinario, sabe modular muy bien estos grandes contrastes. Claro que la música se puede utilizar también para fines horribles; ahí están el Tercer Reich, el estalinismo, usándola para excitar la violencia".

- ¿Y a qué se agarra uno? "Cuando viene el dolor, como cuando se produjo este verano la muerte de mi hermano Carlos, para mí la música adquiere una capacidad de compañía superior a cualquier otra arte, e incluso a la filosofía; tiene un punto de inmediatez, que es otro de sus misterios. Mientras todo esto ocurría escuchaba a Beethoven, las tres últimas sonatas. Y, al final, cuando tuvimos la ceremonia de su despedida, hubo allí un enorme sentido poético: yo hice una carta; Mario Gas, Constantino Romero y Vicky Peña leyeron párrafos de Carlos, y todo acabó con una canción de Schubert, una canción de bebedores, para él fue tan importante el vino... Lo que se escribió de él, el hermoso texto de Rosa Regàs, Un héroe de nuestro tiempo, lo que escribió Azúa, lo que escribió Gas... todo eso nos confortó mucho, y me he alegrado muchísimo por Cristina Fernández Cubas, mi cuñada, que es la que en este momento vive de modo más delicado la situación. Carlos tenía un gran talento literario, se lo reconocerán... A veces he visitado el texto que hicimos juntos, el que firmamos como Cargenio. Un libro bicéfalo, que integraba personajes bicéfalos en la propia narración".

- Ahora. "Empecé a escribir este libro cuando tenía 60 años; ahora tengo 65. Cuando me enfermé sentía rabia: tenía esbozados ensayos sobre Verdi, sobre músicos del Renacimiento, ¡y se iban a quedar sin acabar! ¡Ahora he acabado una segunda parte del ensayo sobre Beethoven! ¿La música con la que siempre viviría? Con las cuatro últimas sonatas de Beethoven, el Quinteto en Sol Menor de Mozart. Con eso podría alcanzarse la felicidad en una isla desierta".

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Filosofía con antenas poéticas
Eugenio Trías reordena en dos volúmenes toda su obra ensayística
Por Javier RODRÍGUEZ MARCOS
26 DIC 2009

"Audacias metafísicas, coartadas estéticas". En El árbol de la vida(Destino, 2003), su libro de memorias, contaba Eugenio Trías que si quisiera caracterizar con una frase el conjunto de textos que empezó a escribir a mediados de los años setenta, recién vuelto de América Latina, sería ésa.

"Iba a llevar a cabo", escribió, "ejercicios ensayísticos (en donde ensayo significa siempre, tiento, aventura, experimento) con el fin de ir gestando, con prudencia pero sin temor, una construcción ontológica o metafísica. Por debajo del estilo ensayístico se iría abriendo paso cierta voluntad de tratado". Si el ensayo era la coartada estilística, reconocía, la envoltura "estética" era la coartada temática.
Trías (Barcelona, 1942) publicó su primera obra, La filosofía y su sombra, en 1969. 40 años y 33 títulos después, acaba de reordenar en los dos tomos de Creaciones filosóficas (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores) ese tratado subterráneo del que hablaba en sus memorias. Una voluntad de sistema -palabra maldita en los últimos tiempos- que hacen de él uno de los pocos filósofos europeos cuya obra mantiene, en tiempos de triunfo absoluto del fragmento, el sentido unitario de los sistemas clásicos de pensamiento. "Filosofía del límite" será posiblemente el concepto por el que los diccionarios -o los buscadores de Internet- clasifiquen en el futuro a Eugenio Trías.

Con todo, el pensador matiza: "El sistema siempre es a posteriori, surge de manera natural. Podría decirse que mi obra es una ilación de fragmentos. Si las piezas del puzle encajan al final, ¿por qué iba a desencajarlas yo?" El filósofo presentó en la sede madrileña del Círculo de Lectores esa suerte de mapa, y a la vez territorio, de su filosofía. Entre el público estaba el traductor Eustaquio Barjau, que, recordó Trías, un día le dijo: "Deja que el sistema se vaya haciendo solo". Y ahí delante está el sistema: en 2.800 páginas impresas en papel Biblia.

El filósofo catalán, catedrático en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, reivindica, -"más allá de la invención de conceptos"-, el carácter creativo del pensamiento: "Siempre digo que la mía es una escritura filosófica con antenas poéticas". De ahí el título -Creaciones filosóficas- de la nueva recopilación, cosida a base de rescatar unas veces libros completos y otras, sus capítulos más significativos.

El pensador habla del nuevo orden de su obra como de una reordenación urbana -"será que mi mujer es arquitecta y que di clase muchos años en la escuela de Arquitectura"- de "los barrios de la ciudad del límite. O de la ciudad fronteriza". Si el primer volumen recoge su producción dedicada a la ética y la estética -con títulos como El artista en la ciudad, Lo bello y lo siniestro y ensayos dedicados a Goya, Goethe o Thomas Mann- el segundo se centra en la filosofía y la religión -presente en La razón fronteriza o La edad del espíritu-.
Cuenta Trías que cuando él empezó a preocuparse por la religión en los años noventa del siglo pasado buena parte de sus colegas lo miraban como a un marciano. "Vi que había un punto de inflexión con la revolución islámica y el auge de los integrismos. Lo que a mí me interesa es conciliar un agnosticismo responsable y una confesionalidad en la que el sujeto pueda responder", dice. "Lo peor de las religiones es su conexión con ciertas formas obscenas de política. Y que prevalezca lo literal. Ya en el siglo XIV se había separado lo que el Corán tiene de legislación o de reelaboración en términos simbólicos. Lo terrible es que, tras un periodo de crítica y escepticismo, se vuelva a la lectura literal".

Como religión y filosofía son dos disciplinas que llevan siglos peleándose con la verdad Trías reconoce que para él ésta es también "una aspiración". "La audacia del pensamiento consiste en encontrar alguna respuesta respecto al reto de la verdad, pero asumida de forma crítica, no dogmática. Hemos padecido una razón ensoberbecida incapaz de reconocer sus propios límites".

En su opinión, la lucha es ahora para que la sociedad no sea sólo la del conocimiento sino también la del pensamiento. Y sus preguntas siguen en pie: ¿qué podemos conocer?, ¿qué debemos hacer?, ¿qué somos? "La filosofía pone de los nervios porque no es resolutiva".

Después de El canto de las sirenas (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2007), Eugenio Trías sigue transitando por el camino de la música. Tiene incluso un título provisional para su próximo libro, La imaginación sonora. Pero, reconoce, tiene también un problema de salud: "Me estoy quedando sordo".

Articulo : http://elpais.com 10/02/2013

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