dimanche 10 février 2013

Hugo BECCACECE/ El lado oscuro de la amistad


Crónicas de la selva
El lado oscuro de la amistad
Por Hugo Beccacece

Una obra que cuenta el apego entre una legendaria actriz y un dramaturgo estadounidense es buena excusa para repasar las hazañas y disputas italianas de un increíble trío literario.

Roma es la ciudad del amor, pero también de los demonios. Oscar Barney Finn prepara el estreno de Noches romanas, la obra de Franco D'Alessandro, con Virginia Innocenti en el papel de Anna Magnani y Osmar Núñez como Tennessee Williams. Las biografías siempre atrajeron al director argentino. En cine, hizo Cuatro caras para Victoria , sobre Victoria Ocampo, y ahora se encuentra en la mitad del rodaje de un film sobre Pablo Neruda; en teatro, puso en escena Vita y Virginia, acerca de la relación que unió a Virginia Woolf y Vita Sackville-West.

"La pieza cuenta momentos de la amistad entre Anna Magnani y Tennessee Williams, que duró veinticuatro años", dice Barney. "Él escribió para ella La rosa tatuada , que Magnani no estrenó en teatro, pero en cambio protagonizó en cine. Además, también actuó en Piel de serpiente, basada en otro texto de Williams. Estaban unidos por muchas cosas comunes, entre otras el humor y el espíritu dramático. Anna y Tennessee habían tenido una niñez muy dura, con episodios difíciles. Los dos, en la madurez, se enamoraban de hombres más jóvenes, anónimos."

Aveces, Magnani entablaba relaciones con compañeros de trabajo que no tenían ningún brillo; por ejemplo, un electricista muy buen mozo, al que llevaba vestido de smoking a las premières y a los festivales, al lado de Visconti y de De Sica, y todos se esforzaban en tratarlo como a un igual. Quien no fingía era el electricista, que se dormía en las películas y en los restaurantes. Anna compartía ese lado oscuro de su vida con Tennessee. Hacia fines de la década de 1940, Williams tomó como amante y secretario a Frank Merlo. En las memorias de Tennessee, éste recuerda que sufría cada vez que todos se precipitaban a festejarlo como autor célebre y ni siquiera saludaban a Frank. Merlo aceptaba la situación. Sin embargo, todo eso de un modo tortuoso se pagaba. Sólo una vez, una anfitriona le dedicó más tiempo a Merlo que a Tennessee y éste le agradeció conmovido sin pronunciar una palabra, tan sólo con una mirada. Ella le dijo: "Sé de qué se trata".

En la posguerra, Italia fue el campo de batalla de Tennessee Williams, Gore Vidal y Truman Capote. A veces, los tres coincidían en Roma. Se disputaban directores, actores, condesas y atléticos muchachos de Via Veneto. Vidal y Williams supieron mantenerse unidos por la amistad; Capote y Vidal, en cambio, se mostraban los puños y las afiladas uñas. Tennessee era el "dueño" de "la" Magnani. Truman se ufanaba de su amistad con la hermosa Marella Agnelli, uno de sus "cisnes", esposa de Gianni, el dueño de la Fiat. Vidal, simplemente, conocía a toda la alta sociedad de la península. A pesar de la intimidad entre Anna y Tennessee, Vidal logró un privilegio que Tennessee no alcanzó: Gore apareció en una película en la que también se asomó Anna. Fue en Roma , de Federico Fellini. En una escena, Vidal da un testimonio sobre la ciudad, sentado a la mesa de un restaurante; casi al final del film, Magnani le dedicó un cameo a su amigo Federico. Fue la última vez que se mostró en la pantalla.

Andy Warhol resumió el vínculo entre Tennessee, Truman y Gore con una fórmula perfecta. Decía que deberían alquilar el Madison Square Garden para ofrecer un match en el que cada uno de ellos imitara a los otros dos; por último, tendrían que enfrentarse todos contra todos a las trompadas. Norman Mailer sería el árbitro, en el papel de heterosexual de servicio.

Vidal conoció la Costa Amalfitana al lado de Williams, cuando los dos eran jóvenes amigos. Habían comprado un jeep militar de segunda mano, una especie de reliquia de la Segunda Guerra, y se largaron a conocer el sur de Italia. La bellísima Costiera es célebre por los paisajes y la peligrosa ruta que serpentea al borde del abismo. Williams se lanzó, volante entre las dos manos, por las sinuosidades del camino, mientras le decía a Gore: "No sé cómo hago para manejar. Tengo un ojo ciego: hace años que no veo nada con él. Este sol deberían prohibirlo. Me deja inútil el ojo sano. Los italianos lo ponen para matar turistas. Es difícil mirar las vistas, conducir y evitar a los que vienen por la otra mano. Nunca manejo del todo por mi mano. Y estas curvas...". Vidal, aterrado, sólo estaba atento a la cinta de asfalto, el panorama lo tenía sin cuidado. La segunda vez que paseó por Positano y Amalfi comprendió que el Tirreno, sin Williams al volante, era el paraíso. Terminó por comprarse lo que sería su famosa villa de Ravello.

Triunfo sobre los celulares. En el estreno de El doctor Lacan , de Pablo Zunino, en el teatro La Comedia, antes de que empezara el espectáculo, el autor salió al proscenio y le habló al público (sala colmada). Con una "máscara" severa, a lo Buster Keaton, pero tono pícaro y mucho humor, Zunino pidió que apagaran las chicharras de los celulares. Resignado a convivir con el efecto pantalla, inevitable en el cine, en la ópera, en el baño, en las conferencias, confesó que sólo aspiraba al silencio del teléfono, y que estaba dispuesto a tolerar los mensajitos de texto. En un gesto de comprensión terapéutica (Zunino es psicoanalista), dijo que si alguien, de pronto, sufría un ataque de pánico o el síndrome de abstinencia de teléfono móvil, podía, con mucha discreción, mandar un mensaje de importancia vital a la persona de la que se tratara para anunciarle, como si se declarara la guerra, que estaba viendo El doctor Lacan . Las risas que esa corta, certera y graciosa advertencia produjo fueron las primeras de las varias que, a modo de comentario, festejaron los parlamentos de Jacques Lacan y Gloria, su secretaria española. Lo curioso es que mientras Zunino hablaba, varias parejas se codearon como uno acostumbra para señalar: "¡Eso es lo que vos hacés!". A lo que el "codeado" respondía con el índice en ristra como una lanza acusadora que retrucaba: "¡Mirá quién habla!". En un sector, alcanzó a oírse el susurro de una señora: "Si ahora hasta atienden el teléfono en la misa... ¡En la misa!" Quizá por ese ejemplo de lesa divinidad, durante toda la función, la historia del doctor Lacan no fue perturbada por el demonio. Los aparatos de maléficos resplandores dieron paz a los presentes. Un milagro, Dieu merci .

Articulo : http://www.lanacion.com.ar 01/02/2013

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