dimanche 10 février 2013

Hugo BECCACECE/ Tras las huellas de una obsesión


Crónicas de la selva
Tras las huellas de una obsesión
Por Hugo Beccacece 

Un galerista vive empeñado en confirmar el hipotético encuentro entre Proust y el diseñador español Mariano Fortuny y Madrazo; Help Valentino!, escuela under de grandes estrellas.

Max Berliner, 93 años, de frac rosa. Ricardo Bauleo, en smoking de animal print . "Va a ser como una noche de entrega de los Oscar", dice Renata Schussheim. "Mucho glamour ." Se refiere a Póstumos , la obra de José María Muscari para la que está diseñando el vestuario. La pieza de Muscari tiene una idea en común con la noche de los Oscar de otros tiempos, cuando reservaba unos minutos a la memoria: reunir a grandes figuras de épocas pasadas en una escena. Por ejemplo, en cierta ocasión, en una calesita, lo que los españoles llaman un tiovivo, Hollywood reunió a estrellas de las comedias musicales ya retiradas como Cyd Charisse, Ann Miller, Jane Powell, June Allyson, que giraban para el público montadas en una especie de gigantesca torta de cumpleaños, exhibidas en lo alto de un trapecio o en una especie de pequeña comarca (un quinto o un sexto de torta), separada de la de su vecina por muros de lentejuelas y decámetros de muselina, brocado y lamé. En el espectáculo de Muscari, la Vía Láctea estará formada por Hilda Bernard, Gogó Rojo, Nelly Prince, Edda Díaz, Erika Wallner, Luisa Albinoni y Tito Mendoza, además de Berliner y Bauleo. "Gogó tiene que estar vestida de rojo", continúa Schussheim. "Alguien que se llama Rojo sólo puede aparecer de rojo. Todos llegan a un espacio blanco, grande, como un hall de hotel internacional y cada uno va a hablar de algún sueño que no pudo cumplir." Como II sogni nel cassetto la película de Renato Castellani.

De cada una de las figuras elegidas por Muscari podría escribirse una novela en seis o siete volúmenes. Tomemos un ejemplo. Edda Díaz empezó su carrera en la década de 1960 con Help Valentino! , que combinaba la comedia musical, el music hall y la revista con mucho talento e ingenio. Tenía como compañeros a Carlos Perciavale, Antonio Gasalla y Nora Blay, una actriz que pronto dejó la carrera. Los cuatro eran prácticamente desconocidos. La productora era Inés Quesada. Todos se dirigían los unos a los otros. El espectáculo se daba en una habitación de uno de los últimos conventillos de Buenos Aires, pero con una ubicación excepcional: Callao y avenida Libertador. El público se sentaba en sillas de paja, las de Van Gogh, pero muy bajas, y hacía cola en los corredores del conventillo. No había baño porque el baño era la "sala" de luces. Lo que pasaba en esa habitación antes y después de la función era tan cómico como la representación. Edda, que siempre tuvo un lado dramático poco explotado en escena, podía hacer de Bette Davis para divertir a sus colegas y soñaba con Chejov porque todas las actrices de Buenos Aires, Cipe Lincovsky a la cabeza, querían hacer Chejov (Lincovsky cedía Brecht porque se daba el gusto cada tanto con Madre Coraje ). Carlos Perciavale, en cambio, como cábala secreta que el grupo cada vez fingía ignorar, antes de cada función, no encontraba algún elemento de su vestuario y salía de la especie de pequeña carpa donde todos se cambiaban (hazaña de virtuosismo espacial), y en la habitación aún vacía de espectadores, para ir cargando de energía el ambiente, amenazaba con no salir a escena, con no actuar, si no aparecía lo que se hubiera perdido. Siempre aparecía y Carlos terminaba de maquillarse. Edda lo calmaba: "Sos un Dios. Valentino resucitado". En una ocasión, llegaron María Elena Walsh y María Herminia Avellaneda, como "anónimas" espectadoras. El resto del público no dejaba de mirarlas. Cuando todo terminó, las dos se retiraron en silencio. Tan sólo musitaron dos palabras al iluminador, que también hacía de acomodador, de guía, de todo. Los cuatro intérpretes se abalanzaron sobre él. "¿Qué te dijeron? Porque son ¡terribles! Si no les gustó, te hunden. Si les gustó, trabajamos un año por el boca en boca." El iluminador, por una vez transformado en divo, hizo un silencio teatral y, por último repitió las augustas palabras: "Son divinos. ¡Divinos!" Help Valentino! se mantuvo más de un año en el conventillo.

Guillermo de Osma, el galerista y ensayista español, habla de su libro Fortuny, Proust y los Ballets Rusos , sentado a una mesa de La Biela, en Recoleta. Desde hace más de dos décadas, está empeñado en confirmar un hipotético encuentro entre el autor de En busca del tiempo perdido y Mariano Fortuny y Madrazo, el diseñador, escenógrafo, creador de textiles y fotógrafo, hijo del pintor Fortuny y Marsal. Proust describe en su libro los magníficos vestidos y capas, los deslumbrantes terciopelos y túnicas Delphos creados por Fortuny. El narrador de la novela viste con ellos a Albertina, su amante, una de las muchachas en flor.

"Siempre me obsesionó la idea de que esos dos personajes, Proust y Fortuny, se hubieran encontrado. Hallé algunos testimonios, pero ninguna de esas huellas me satisface del todo. Proust estuvo en Venecia cuando Fortuny estaba allí, tenían amigos comunes, deberían haberse conocido y, sin embargo, lo que, de verdad queda registrado es la gran admiración de Proust por esa ropa y esos textiles inspirados en el arte veneciano. El resto es vago. Hace muchos años, vine a la Argentina y entrevisté a las personas que, por edad, profesión y frecuentaciones podían saber algo sobre el asunto. Tenía la esperanza de que alguna de ellas hubiera conocido a Proust o a alguno de sus amigos. Eran poquísimas. Una de ellas era el poeta, ensayista y crítico literario, Ángel Battistessa. Por supuesto, no tenía ninguna información de primera mano, aunque había tratado a personajes de la época. Por último, decidí escribir este librito en el que reúno los pasajes de Proust en que menciona a Fortuny y describe sus creaciones, además reflexiono sobre el carácter de la vestimenta a principios del siglo XX. En esos años, la moda, que tanto apasionaba a Proust, estuvo influida de un modo decisivo por los Ballets Rusos de Diaghilev y por el orientalismo de Paul Poiret. Ese orientalismo también tocaba a Fortuny por la admiración que sentía hacia todo lo veneciano. Venecia era la puerta italiana hacia Oriente. Quizás este ensayo haya sido una buena manera de dejar atrás esa inquietud por confirmar el encuentro del escritor y del artista. De todos modos, aunque eso haya sucedido hace más de un siglo, ¿estás seguro de que no hay nadie que me pueda proporcionar algún dato, una carta olvidada, algo, en fin?"

Articulo : http://www.lanacion.com.ar 08/02/2013

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