dimanche 24 février 2013

Pedro B. REY/RIMBAUD: El último enigma de un poeta


Incógnita
El último enigma de un poeta
Por Pedro B. Rey 

Rimbaud en Java (La Bestia Equilátera), ensayo que se publicará en marzo, explora uno de los episodios más misteriosos en la vida del joven autor: su viaje a la remota isla y su posterior desaparición durante seis meses

Nunca se sabrá cómo fue Rimbaud. Es seguro que la inevitable instantánea que pueda hacerse de él cualquier lector por medio de sus palabras, de las impredecibles imágenes de sus poemas o de los relatos biográficos existentes se corresponda de manera apenas lábil con lo que debe de haber sido la realidad concreta de aquel muchacho surgido de una familia de origen campesino (nació en 1854 en Charleville, en las Ardenas, donde se crió, no lejos de la frontera con Bélgica) y que, apenas pasados sus quince años, revolucionó y escandalizó el París poético de su época con versos visionarios y eventualmente escatológicos.

Como ninguna otra, tal vez porque su perpetua fuga hacia adelante sigue teniendo algo memorablemente contemporáneo, la vida de Rimbaud pone en escena el pacto ficticio de toda biografía: las muchas que se le dedicaron (la clásica de la especialista inglesa Enid Starkie, la reciente, voluminosa de Jean-Jacques Lefrère, los originales trabajos de Alain Borer que buscan conciliar la obra escrita con la vida como obra) trazan siluetas de aristas siempre fluctuantes. No faltan los documentos que dejan constancia de sus actos y movimientos en su ciudad natal, en París, en Londres; no deja de haber rastros de sus vagabundeos por distintos lugares de Europa o de su estancia en el Cuerno de África, donde recaló, buscando convertirse en comerciante exitoso, los últimos diez años de su vida. Tampoco escasean los perfiles de primera mano (debidos a Paul Verlaine, a su profesor Georges Izambard, a su amigo Ernest Delahaye, a su propia hermana Isabelle, incluso a algunos colegas de sus últimos negocios mercantiles). Ninguno de ellos, sin embargo, logra jibarizarlo, reducirlo a la ilusión conformista de suponer cómo hubiera sido estrechar su mano de carne y hueso. Rimbaud es tan indecidible como su propia poesía, que en sus mejores momentos -sigue siendo una de sus características más indomeñables- transmite emociones de altísima intensidad sin que el lector alcance a tener la menor sospecha de aquello a lo que alude.

El enigma último, insoluble, consistiría en develar qué liga a ese individuo que, en sus treinta y siete años de vida sin pausa, parece haber excedido los modestos límites de una única personalidad. Sólo puede conjeturarse qué une al niño prodigio, casi beato, al que la madre auguraba un futuro de alto vuelo profesional, con el alumno triunfante en todo concurso nacional de poemas en latín que se le pusiera por delante. Y qué une a ese Rimbaud todavía niño con el adolescente autor de "El barco ebrio" y, casi inmediatamente después, amigo íntimo del poeta Verlaine, con quien mantuvo una relación tórrida que terminó en las páginas policiales de los diarios de Bruselas. ¿Acaso la figura ausente del padre, que abandonó a la familia cuando Arthur tenía nueve años? Y qué alquimia se produjo para que los delicados poemas que aspiraban a ser aceptados por la escuela parnasiana derivaran en las crípticas virulencias de "El corazón robado" ("Le coeur du pitre", en el original francés) o en las "Cartas del vidente", las misivas privadas en que llamaba a alcanzar lo desconocido por medio del desorden de los sentidos, por no hablar de las posteriores Una temporada en el infierno (obra en que renegaba de todas sus desmesuras, la única que el propio Arthur se encargó de publicar) o las Iluminaciones (que recolectaron y publicaron sus amigos a comienzos de los años noventa del siglo XIX, sin saber si seguía vivo o no). ¿Quizá la guerra franco-prusiana, en 1870, que postergó el inicio de las clases y convirtió al hasta entonces prolijo y obediente Rimbaud en un jactancioso vago pueblerino? ¿O fue, como a veces se sugiere, la agresión que habría sufrido en su supuesta visita a los cuarteles de la rue de Babylone, en una temprana y clandestina escapada a París? Y qué vincula a todos esos Rimbaud con el que se olvidó voluntariamente de la poesía y llevó una vida ascética, áspera en Abisinia con el fin -como aseguraba en la correspondencia con su familia- de hacer dinero y poder volver a Francia a vivir de rentas. ¿Tal vez que la poesía no fuera un fin, sino un medio de emancipación personal, la forma de escapar de una vida predecible, bajo el influjo de una madre férrea y demandante?

De Rimbaud existen escasas imágenes. Hay una que lo muestra de niño, con su hermano Frédéric, el día de su comunión. Está la foto que le tomó Etienne Carjat recién llegado a París, y también las tres, más bien borrosas, que el propio Rimbaud hizo de sí mismo en África. A ellas se sumó recientemente otra, encontrada casualmente en un mercado de pulgas parisino. Es de 1880. El ex poeta está instalado ante las escalinatas del hotel principal de Adén, el puerto del Mar Rojo, en compañía de otros colonos y exploradores franceses, no mucho antes de partir (es de sospechar) hacia Harar, el principal puesto que ocupó en lo que hoy es Etiopía. Está algo apartado y mira a cámara con aire de ligera estupefacción. La fotografía aparenta familiarizarnos con el poeta inalcanzable, pero en realidad constata la pobreza de nuestros conocimientos. Rimbaud se encuentra en una divisoria de aguas (el pasado se está volviendo pasado, una vida casi ajena; lo espera África hasta el final de sus días, cuando un tumor en la rodilla lo obliga a volver a Francia para morir), pero ignoramos de manera absoluta qué está pasando en ese momento por su mente.

En Rimbaud en Java. El viaje perdido, Jamie James explora otro de los agujeros negros de las aventuras rimbaldianas, quizás el más misterioso: el viaje que en 1876 hizo Arthur como mercenario holandés a la remota isla de Java, por entonces colonia del país europeo. Es posible que semejante acto (nada más improbable que ver a Rimbaud, que acababa de abandonar la poesía, como soldado a sueldo) fuera dictado por la curiosidad de conocer un lugar distante o por las promesas salariales. Lo cierto es que pocos días después de llegar a la isla indonesia, desertó y durante seis meses -hasta que reapareció en Charleville a fines de aquel año- su paradero fue, y sigue siendo, objeto de debate. James, neoyorquino que reside en Indonesia, sabe que retratar con veracidad a Rimbaud es una causa perdida de antemano. Somete los datos de que dispone a un ensayo tentativo de lo que podría haber experimentado el veinteañero "con suelas de viento" -como lo definió Verlaine- y acompaña a su fantasma en su hipotético itinerario javanés, al mismo tiempo que lo pone en conexión con el resto de su vida. No es lo único: en el mismo gesto, desglosa, de manera sintética, las capas geológicas de interpretaciones sobre el poeta y retrata -el gesto digresivo puede recordar a W. G. Sebald- la sensibilidad de una época y su vocación por el exotismo. Los movimientos de Rimbaud son tan variados y fascinantes -anota James en cierto lugar- que cada uno de esos pasos parece haber sido calculado para sus futuros biógrafos. A veces se olvida que su vida fue en realidad dura y sufrida. Quizás en ese malentendido, para el que tanto colabora su formidable poesía, se cifra el encantamiento que producen su figura y su obra. Tan elusivas son que, al evocarla o leerla, todos somos un poco Rimbaud.

***
Anticipo
Desembarco en el país de los deseos
Por Jamie James

El fragmento que aquí se reproduce narra la llegada de Rimbaud a Java y describe su vida cotidiana en el campamento de Salatiga

Después de rodear el oeste de Java, poco antes del mediodía del 22 de julio, el Prins van Oranje echó anclas en las radas de Batavia. Rimbaud había arribado a los calurosos países de sus deseos. En una escena que recuerda los cuentos de Herman Melville en los Mares del Sur, que Rimbaud puede haber llegado a leer en traducciones populares francesas (o en inglés), buhoneros javaneses arropados solo con sarongs remaban hasta el barco montados en piraguas, pequeñas embarcaciones nativas, para venderles a los pasajeros fruta y pasteles dulces de arroz. Tras cumplir las formalidades portuarias y una inspección sanitaria a bordo, los hombres eran transportados en piragua al Haven-Kanaal, el único, estrecho canal que servía como puerto de la capital de las Indias Orientales Holandesas. Alineadas a lo largo del muelle, había phinisi, goletas de madera pintadas con colores brillantes, construidas por carpinteros de origen Bugis, embarcaciones de aspecto orgulloso y bao ancho, con las velas recogidas manchadas de óxido. Vigorosos lascares malayos surgían de las estrechas bodegas de los barcos en fila india, transportando fardos de tabaco y sacos de té, azúcar y especias sobre la espalda.

Los soldados eran recibidos en el muelle por un comité de bienvenida integrado por dignatarios coloniales y a cada uno se le daba una rebanada de pan fresco y media botella de vino. Atravesaban a pie la parte vieja de Batavia, siempre al ritmo de un creciente toque de tambor. Al salir del puerto, pasaban por delante de los inmensos, majestuosos almacenes de la VOC, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, muchos de los cuales tenían doscientos años, incluso más. Luego se dirigían hacia el sur en dirección de la Prinsenstraat, una amplia avenida bordeada de árboles elegantes, tamarindos, canarium y llamas-del-bosque, cuyas copas los aliviaban del intenso calor. Al final de la Prinsenstraat, se subían a tranvías tirados por caballos para el largo viaje a sus cuarteles -dieciséis kilómetros, con cinco cambios-, en el suburbio agrícola de Meester Cornelis (la moderna Jatinegara, al este de Yakarta), donde permanecían una semana para reponerse del viaje y recibir capacitación adicional.

Batavia era una de las ciudades más cosmopolitas del mundo, con una población nativa traída de todo el archipiélago, hacendados y mercaderes de Europa y de los Estados Unidos, así como asentamientos de indios, árabes, un contingente de mexicanos y peruanos y, por supuesto, chinos. El tranvía de los soldados pasaba retumbando por Chinatown, donde negocios de tejas rojas flanqueaban una red de canales estrechos, con paredes de estuco veteadas de moho negro y forrado de retazos de un musgo brillante. Rojos dragones de cerámica custodiaban los techos inclinados de los templos chinos, tintineando con campanas y echando humo de incienso. Entonces, el batallón pasaba por el nuevo distrito comercial, bordeado de hoteles y negocios con grandes vitrinas de vidrio que exhibían artículos de lujo provenientes de Europa.

Los soldados realizaban uno de los cambios de tranvía en Konigsplein, el gran parque central de Batavia (hoy la Plaza Merdeka). En su libro de memorias, El mundo fue mi jardín, el botánico estadounidense David Fairchild describió cómo era esa gran plaza a fines del siglo XIX: "Estaba rodeada por ficus enormes y, bajo su sombra, javaneses con turbante caminaban descalzos, bamboleando sus hermosos sombreros de bambú, o llevando sobre sus hombros largos palos de bambú con canastas en cada extremo. Minúsculos ponis pasaban trotando a su lado, transportando a algún oficial vestido de blanco que viajaba espalda con espalda con el cochero en carros de dos ruedas llamados dos-à-dos".

Con su casi kilómetro cuadrado, considerada por los holandeses como la mayor plaza de armas del mundo, la Konigsplein estaba rodeada por un conjunto de encalados edificios neoclásicos, que incluían el museo de la Sociedad Bataviana de Artes y Ciencias, con su entrada custodiada por un elefante de bronce donado por el rey de Siam, una sala de lectura pública, las espléndidas oficinas de la Royal Steam Packet Company, hermosas iglesias y el palacio del gobernador general, que hoy es la residencia del presidente de Indonesia. Una amplia calle conducía a los soldados (fundamentalmente franceses, debe recordarse) a Waterlooplein, dominada por una alta columna triunfal que celebraba "el coraje y resolución de los belgas, entonces súbditos holandeses, que cambiaron la situación en aquella batalla, asegurando así la derrota de los franceses y la paz del mundo".

Al final de la tarde, los soldados habían alcanzado su cuartel en Meester Cornelis, una antigua fábrica de té, que es como se denominaba en Oriente a los depósitos comerciales. Allí se sumaban a otros recién llegados y quedaban a la espera de que les asignaran un destino. La mañana siguiente al arribo, el comandante del puesto entrevistaba a cada recluta, de uno en uno, para preguntarles si tenían alguna queja sobre el viaje y si poseían algún talento especial que pudieran ofrecer; para esa época, en particular se buscaban músicos y armeros.

Rimbaud fue asignado a una compañía de fusileros del primer batallón de infantería apostado en Salatiga, en las frescas colinas de Java central. Mientras se encontraban en Meester Cornelis, los soldados tenían libertad para ir a beber a los bares que habían brotado alrededor del campamento militar, pero no había ninguna oportunidad de volver a la ciudad. Al comandante se le ordenó establecer un perímetro alrededor del campamento, más allá del cual los soldados tenían prohibido ir. Cualquier hombre capturado fuera de ese radio era objeto de castigo, por lo general la confiscación de la paga y cincuenta golpes de palmeta de ratán.

El 30 de julio, Rimbaud y el resto de su compañía volvieron al puerto y fueron embarcados en el carguero Fransen van de Putte con destino a Semarang, 236 millas marinas (436 kilómetros) al este de Batavia, un viaje de dos días a lo largo de la costa norte de Java. Semarang era por aquel entonces la segunda ciudad de Java. En 1879, la popular revista de viajes Le Tour du Monde, un prototipo francés de la National Geographic, describió Semarang como una "ciudad muy linda", de largas avenidas con sombra, bordeadas de "bellas casas rodeadas por jardines de aire señorial". Al caminar por las calles de la ciudad, Désiré Charnay, el autor del artículo, encontró muchos árabes y chinos. Los hombres javaneses, escribió, vestían sarongs , chaleco de lana y gorras con visera. "Así ataviados, con un kris en el cinto, el pequeño señor javanés avanza con gravedad, tieso y taciturno, aplastado por el pesado yugo de su triste temperamento". Uno de los distritos de Semarang estaba habitado por negros, veteranos del ejército colonial holandés de la Costa de Oro y sus descendientes. La próspera población china de la ciudad construyó templos espléndidos, entre ellos Gedung Batu, que conmemoraba una visita que realizó a Semarang, en 1416, Zheng He, el almirante imperial que firmó "acuerdos de amistad" con Estados a lo largo de todo el sudeste asiático.

Los soldados fueron directamente traspasados a la estación de tren, que había comenzado a funcionar nueve años antes. Para Charnay, esto significaba media hora de caminata a través de una llanura barrosa, sin nada para distraer la vista con la excepción de grandes casetas de bambú. Los hombres abordaron un tren, que tenía un vagón destinado a los enfermos, en dirección a un lugar llamado Kedung Jati; allí, para el breve trayecto hasta el poblado de Tuntang, se pasaron a un tren más pequeño. El sistema comercial de trenes de Java -el segundo de Asia, después del de la India británica- fue inaugurado el 10 de agosto de 1867 con un ramal de veinticinco kilómetros, que iba de Semarang a la ciudad de Tanggung. La línea de Semarang tenía seis locomotoras de vapor, construidas por encargo en Berlín y Manchester, que arrastraban vagones terminados por dentro con madera de teca barnizada y tenían las ventanas con cortinas rayadas para evitar el sol. Para 1873, la red ferroviaria se había extendido por todo Java central, conectando Semarang con Yogyakarta y Surakarta, una ciudad más conocida como Solo. Los primeros trenes que operaban fuera de Batavia (a Buitenzorg, la moderna Bogor) comenzaron a funcionar ese mismo año.

Desde Tuntang hasta el campamento de Salatiga, ubicado en las suaves laderas de un volcán inactivo, el Merbabu, quedaban ocho kilómetros, una abrasadora marcha de dos horas bajo el sol del mediodía. Los soldados pasaban por campos de arroz en terrazas, lagos cenagosos donde se criaban carpas y pequeños asentamientos de casas de bambú en la selva, situados junto a los arroyos que entrecruzaban la densa jungla. Al marchar la compañía, la tierra salía a su encuentro, mientras la atmósfera refrescaba a medida que se acercaban a Salatiga, seiscientos metros por sobre el nivel del mar. Un viajero holandés llamado Van Doorn visitó la zona en 1857 y dejó por escrito un exagerado tributo a la frescura del clima: "Por la noche, era necesario que uno se cubriera bien, con un sarong y una kebaya por arriba de la manta, mientras que en Batavia y Semarang no se necesitaba nada de nada. El vino y el agua potable, que en Batavia y Semarang necesitaban ser enfriados, estaban aquí tan fríos que me dolían los dientes".

Los soldados dormían en barracones cerca del alun-alun, la plaza del pueblo. Los oficiales habían sido alojados en bungalows con columnas. En uno de esos bungalows, que en 1876 era la casa del residente ayudante y es hoy parte de las oficinas del intendente, hay una placa de mármol que conmemora la estancia de Rimbaud en el lugar. Fue colocada en 1997 por el embajador francés, Thierry de Beaucé. Lleva como inscripción el familiar verso de "Democracia": "Aux pays poivrés et détrempés" ("En los países picantes de pimienta y empapados"). Los antiguos orígenes del pueblo están avalados por un monolito que proclama la fundación de Salatiga el 24 de julio del año 750 d. C. con un poético texto sánscrito que comienza: "¡Sean felices todos los pueblos!", un sentimiento muy javanés.

Rimbaud tenía cinco compatriotas en su compañía de Salatiga: Louis Adolphe Brissonet, veintitrés años, de Lussac-les-Châteaux; un parisino llamado Emile Nicolas Dourdet, de diecinueve; Louis Durant, veintidós, de Cloué; Auguste Michaudeau, veintiocho, de Tours; y Léon Prothade Monnin, treinta y dos, de Besançon. Los franceses compartían una habitación, aunque es dudoso que Michaudeau haya llegado a verla, ya que murió a la mañana siguiente de arribar. La presencia de Rimbaud en su funeral fue obligatoria.

El entrenamiento militar comenzó ahora en serio, con ejercicios diarios en que todas las órdenes estaban dadas en holandés. Por primera vez Rimbaud tuvo contacto directo con los soldados nativos, la mayoría javaneses o molucanos, que constituían tres cuartas partes de la infantería. La disciplina del campamento, según los estándares modernos, estaba lejos de ser estricta. El uso de opio era contrario a las reglas -aunque sin duda debía de poder obtenerse con facilidad en los negocios chinos-, pero se alentaba activamente el consumo de alcohol. Un manual del ejército, que seguía usándose en 1893, instaba a generosas y frecuentes raciones de gin sobre la base de que ayudaba a la digestión y, durante las marchas largas, mantenía a raya el hambre. A los hombres también se les permitía llevar chicas a sus habitaciones, las que tuviera para ofrecer Salatiga y estuvieran dispuestas a trasladarse hasta los cuarteles. Uno de cada tres soldados europeos apostados en las Indias Orientales Holandesas era diagnosticado con una enfermedad de transmisión sexual. Rimbaud no se contó entre ellos; su dolencia le llegaría después, en África.

El 15 de agosto un cura jesuita llamado De Bruyn celebró la Asunción de la Virgen con una misa en la capilla Dionisios de Salatiga, en la parte norte de la ciudad. Rimbaud no participó: dos semanas después de haber llegado a Salatiga, había desertado.

RIMBAUD EN JAVA. EL VIAJE PERDIDO
Jamie James
La Bestia Equilátera.

Articulo : http://www.lanacion.com.ar 15/02/2013

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...