dimanche 24 février 2013

Robert BRINGHURST/¿Para qué leemos?


¿Para qué leemos?
Por Robert BRINGHURST

La lectura está en riesgo: no la de libros en particular, sino la propia capacidad humana de extraer significados de aquello que lo rodea. Pero hay esperanza: Bringhurst ve en el pasado las claves para dotar de nuevos contenidos esta práctica milenaria. 

Publicamos aquí este ensayo a manera de jubiloso anuncio de que ya viene en camino la versión 4.0 de Los elementos del estilo tipográfico, con la que en 2012 el libro festejó sus primeros 20 años de vida de las cosas para las que  no  sirven  la  lectura o la escritura es para presumir los nombres de gente que uno conoce. Debo explicar, entonces, que se me invitó a dar esta ponencia en un simposio llamado The Future of Reading en el Rochester Institute of Technology (rit), realizado del 9 al 12 de junio de 2010. Yo fui el último ponente y David Pankow, quien me invitó, me pidió que, además de compartir algunas ideas mías, enlazara los hilos que hubieran surgido a lo largo de esos cuatro días. Por tanto, esta ponencia está condimentada con referencias a quienes hablaron antes que yo: Chris Anderson, editor de la revista Wired; mi ilustre colega Margaret Atwood; la profesora Johanna Drucker, de ucla; el calígrafo Kris Holmes; el retórico Richard Lanham; John Orwant, director de ingeniería de Google Books, y el eminente etnolingüista Dennis Tedlock. Ninguna de estas personas necesitan que hable en su defensa y ahora que terminó el simposio podría eliminar sus nombres del texto, pero hacerlo sería grosero.

Hubo otros cinco ponentes cuyas ideas aparecen en el texto, pero cuyos nombres veo que olvidé mencionar. Son Molly Barton, de Penguin Books; Jane Friedman, otrora directora general de Harper Collins; la profesora Katherine Hayles, de Duke University; el neuropsicólogo Denis Pelli, de New York University (cuya elegante investigación sobre los mecanismos  de  la  lectura me  ha  interesado  desde hace tiempo), y la profesora Amit Ray del propio (quien habló con precisión del proyecto Wikipedia y su constante crecimiento, la cual existe ya casi en trescientas lenguas).

I

Me gusta mucho eso que llamamos imaginación —la habilidad para ver lo que no está delante de los ojos— y me gusta que así funcione la lectura. Le das a la gente unas cuantas marcas simples y abstractas, que representan sonidos pronunciables, que a su vez representan significados imaginables y que crean imágenes de sí mismas. También me gusta la atención —siempre y cuando no se dirija a mí— y me gusta que así funcione escuchar. Le das a la gente algunos sonidos simples y reproducibles, que representan, de nuevo, significados imaginables y, si los quieren escuchar, probablemente lo harán. Si no los quiere escuchar, tal vez no. Así que sólo hablaré e, incluso cuando un apoyo visual podría ser útil las imágenes tendrán que formarse en sus mentes. Las pinturas rupestres en Chauvet y Lascaux, las vasijas pintadas de la Grecia arcaica, los rollos egipcios ilustrados y los códices pictográficos del México precolombino nos recuerdan que los apoyos visuales son muy viejos. Presentar imágenes y dejar que las palabras se formen en la mente de las personas puede ser tan bueno como el método opuesto. Pero quiero recordarles, si me lo permiten, que la lectura  es  una  forma  de  concentración,  como  sentarse alrededor de una fogata para escuchar o acostarse a la luz de las estrellas para observarlas. Las palabras, tomando una frase de Eric Gill, no son cosas ni  representaciones de  las  cosas:  son  gestos  —y  los gestos, escritos o hablados, son lo que mejor las representan—. Esto es fundamental para el pasado de la lectura y, apuesto, para su futuro.

He escuchado cosas muy interesantes en este simposio e incluso cosas que describiría como esperanzadoras. Yo me considero sumamente optimista y para probarlo  les  diré  que,  aunque  todo  indique  lo contrario, creo que es muy probable que haya un futuro. Incluso creo que la lectura, definida en un sentido muy amplio y profundo, puede ser parte de ese futuro. Si el Homosapiens participará de él es una pregunta distinta. La actividad humana de los últimos siglos ha sido en su conjunto tan miope y egocéntrico que ahora es difícil defender la idea de que nuestra especie merece un futuro. Pero claro, lo que no mereces no es siempre lo que no recibes. Hay muchas excepciones individuales y no dudo de que muchas se encuentren en este auditorio. Pero lo que hacemos todos juntos, como especie, es sentarnos en la cima de la cadena alimenticia, engordándonos. ¿Qué futuro hay en eso?

Hubo un época en que las humanidades (que de alguna forma u otra siempre dependen de la lectura) y las ciencias (que dependen tanto de la lectura y la escritura  como  de  la  investigación)  se  promovieron entre los políticos y los contribuyentes con la idea de que éstas llevarían a la gente a pensar más allá de su miopía y egocentrismo, a tener una perspectiva más amplia en el espacio, más larga en el tiempo, más respetuosa de la diversidad biológica y con un enfoque ambiental más vasto. Esto no funcionó. Hay más seres humanos leyendo y escribiendo ahora que nunca antes y el apetito por ciertos tipos de lectura es posiblemente el mayor que haya existido, pues en la era de las computadoras personales y los mensajes de texto leer es una forma cada vez más poderosa para que las personas hagan tratos financieros y sociales.

Esto pudo haber empeorado las cosas. La lectura se está manifestando como una forma más para que los seres humanos abusen de todo y de todos, para ejercer mayor control sobre otras especies y para extraer más recursos de los miembros de nuestra especie que todavía no han nacido. En estas condiciones cada vez es más difícil defender la idea de que los seres humanos merecen un futuro, e incluso de que la lectura merece un futuro.

Quizá se preguntarán qué quise decir cuando me describí como un optimista. Permítanme aclararlo.

La  biosfera  en  su  totalidad,  hasta  que  el  equilibrio de poder comenzó a cambiar en el neolítico y otra vez durante la revolución industrial, fue al parecer un éxito rotundo. Millones de especies han muerto —los registros fósiles están llenos de ellas— pero  la  biosfera  como  un  todo,  la  ecología global como un todo, con sus habitantes —incluyendo los seres humanos preindustriales—, fue un proyecto exitoso. Billones, trillones, cuatrillones, quintillones de criaturas asesinaron y se comieron unas a otras, y las que no lo hicieron se murieron de hambre, pero así funcionaba el sistema. Ninguna especie tenía demasiado poder, así que ninguna podía tomar el control. Hubo seres humanos que vivieron en ese mundo, bajo esas reglas, por al menos cien mil años —y lo hicieron con modestia y éxito—. Vivieron de miles de maneras distintas, en miles de ambientes distintos, en África, Asia y Europa, Australia y Oceanía, Norte y Sudamérica.

Durante la mayor parte de ese tiempo —al menos el 95 por ciento— no se leía ni se escribía en el sentido estricto, antropológico, de esas palabras. Pero sí existían la mayoría de las cosas para las que sirven la lectura y la escritura, de acuerdo con los lectores y los escritores: había literatura; había relatos, mitológicos e históricos; había canciones y proverbios y parábolas; había también grandes ciclos de historias, cadenas de historias. Incluso podríamos llamarlas libros, si ustedes pueden evitar la idea de que los libros tienen que ser objetos materiales.

Si definimos un libro como un objeto físico —un códice, por ejemplo—, entonces nos aferraremos a la idea de que una agenda telefónica, una lista de partes, un catálogo de ventas por correo pueden ser libros tanto como lo son Moby Dick o Ulises o Madame Bovary, mientras que una epopeya o un ciclo de historias, que incorporan la sabiduría de sociedades milenarias que supieron cómo vivir en su parte del mundo sin destruir la riqueza de ese mundo, sólo serán libros cuando sean escritos.

Hay mucho que decir sobre la definición inmaterial  de  un  libro,  pero  a grades  rasgos  es  la  siguiente: un libro es un tejido verbal, una estructura de palabras tan grande y rica que uno se puede perder en ella. Es un bosque de lenguaje estructurado y significativo, un acotado ecosistema de lenguaje, una cascada de lenguaje, sin importar si es escrito u oral. Un libro material que no contenga un bosque semejante entre sus cubiertas es un caparazón vacío, un cadáver, un cuerpo sin alma. Es un maniquí que aparenta ser un libro, pero que no puede actuar como tal cuando se pasan sus páginas.

El libro físico —como dijo Richard Lanham el otro día— puede tener un valor de talismán y eso es importante. Sin embargo, cuando tratas con talismanes tienes que  recordar  la  diferencia  entre  el talismán mismo y el espíritu que representa. Moby Dick es un libro y algunos lo amamos tanto que queremos honrarlo al componerlo con una magnífica tipografía e imprimirlo bien, en muy buen papel, tal vez con algunos estupendos grabados en madera de barcos, arpones y ballenas que ofrezcan cierto alivio gráfico, y luego empastarlo muy bien y mostrarlo como un icono. Hacer esto es algo bueno. Pero si el vestuario es demasiado llamativo, puede resultar contraproducente. Los libros, ya sean escritos u orales, son y deben ser objetos útiles. Tienen que usarse, como los zapatos y los calcetines. En otras palabras, los tienes que leer —y para que valgan la pena tienes que leerlos tú mismo—. No hay máquinas que lo puedan hacer por ti; tampoco lo puede hacer otra persona. Alguien más podría leerlo en voz alta mientras escuchas, pero de todos modos tienes que leerlo con tus oídos en vez de hacerlo con tus ojos.
Seguramente algunos conocerán ese maravilloso poema de Pablo Neruda en que celebra un hermoso par de calcetines que una mujer llamada Maru Mori tejió para él. Dice así:

resistí la tentación aguda
de guardarlos
como los colegiales
preservan
las luciérnagas,
como los eruditos
coleccionan
documentos sagrados,
resistí
el impulso furioso
de ponerlos
en una jaula
de oro
y darle cada día
alpiste
y pulpa de melón rosado.
Como descubridores
que en la selva
entregan el rarísimo
venado verde
al asador
y se lo comen
con remordimiento,
estiré
los pies
y me enfundé
los
bellos
calcetines,
y
luego los zapatos.

Eso es lo que se debe hacer aun con el par de calcetines más fi no; eso es lo que se debe hacer con los libros más fi nos. Pero para que resistir la tentación de ponerlos en una jaula de oro valga la pena, la tentación debe estar ahí. Deben ser obras en las que te puedas perder, obras contra las que te puedas medir y obras que aprendas a amar y, por tanto, a atesorar.


II

Una cosa graciosa respecto de los libros: pensamos que son la sabiduría encarnada, el valor encarnado, pero sabemos que algunos no son tan buenos —más no siempre es mejor—. Consideremos por ejemplo el registro escrito de esas dos lenguas que John Orwant mencionó ayer: el kalaallisut y el kutenai. John dijo que Google escaneó 82 libros en kalaallisut y cero en kutenai. El kalaallisut, como dijo, es una lengua groenlandesa. Más precisamente, el kalaallisut es la forma moderna de lo que seguramente fue la primera lengua que los seres humanos llevaron a Groenlandia y técnicamente no es un idioma, sino el dialecto groenlandés del inuktitut, lengua hablada por los nativos del ártico canadiense central y oriental. El kutenai es también un idioma de los indios americanos, hablada por mis vecinos en el sudeste de la Columbia Británica y algunas personas del otro lado de la frontera, en el norte de Idaho y Montana.

Existen buenos libros en inuktitut, algunos de los cuales están en el dialecto kalaallisut, pero la única forma de alcanzar la cifra de 82 libros sería incluir una gran cantidad de propaganda de misioneros traducida del danés al kalaallisut.

Por otro lado, a veces más sí es mejor. Existen dos importantes libros escritos en kutenai. Uno de ellos se le dictó a Franz Boas en agosto de 1914 cerca de Cranbrook, en Columbia Británica, y lo publicó el Bureau of American Ethnology en 1918 con el título Kutenai Tales. Es un libro bilingüe, con el original en kutenai y la traducción al inglés. El autor principal es un hombre llamado Pałnapi, que nació hacia 1854 y murió hacia 1920. El otro libro importante en kutenai fue narrado en la década de 1980, y se registró en una grabadora, por Anne Pierre y Rosalie McCoy —que eran monolingües en kutenai, a pesar de sus nombres de aspecto europeo—. Sus palabras fueron transcritas y traducidas por Elizabeth Gravalle y el manuscrito ha permanecido 25 años en las manos de un lingüista que hasta ahora se ha negado a publicarlos.

Si se publicara ese manojo de historias inéditas, la biblioteca de literatura oral kutenai disponible para el mundo se incrementaría en un 100 por ciento. Y si algún estudioso decidiera dedicar su vida a desenterrar los tesoros del kalaallisut de la Biblioteca Real en Copenhague, donde hay varios miles de páginas de literatura oral kalaallisut inédita, dictada a Knud Rasmussen, Heinrich Rink y Franz Boas, entre otros, entonces podrían de verdad existir 82 libros en kalaallisut dignos de estar en un archivo digital. Sin embargo, no es sufi ciente apuntar tu veloz escáner hacia manuscritos como éstos y luego poner las páginas en el servidor. Queda un arduo trabajo editorial por hacer para que sea posible una verdadera lectura. Si este tipo de trabajo editorial, que exige paciencia y mucho tiempo, no tiene futuro, la lectura tampoco lo tendrá.

Cuando aprendes la lengua de una cultura oral, la última etapa, que no todos alcanzan, consiste en  aprender  a  contar  historias.  Pałnapi,  que  le  relató esas historias a Franz Boas en kutenai, o Victoria Howard, la mujer clackamas que Kris Holmes mencionó esta mañana, que le contaba historias al estudiante de Boas, Melville Jacobs, en una lengua llamada kiksht, son personas que realmente terminaron su formación. Habían aprendido su lengua no  sólo  como un  vehículo  para  la  interacción  personal. Lo aprendieron tan bien que podían hablar en  defensa  de  su  cultura.  No  habían  memorizado las historias. Habían aprendido a construirlas, de la misma forma en que uno aprende, al aprender una lengua, a hacer oraciones. Y habían aprendido muchos temas, a la manera del jazzista que aprende muchas melodías. Habían desarrollado asimismo una noción nueva y más amplia sobre para qué sirve el lenguaje. Quien relata un mito se involucra profundamente en lo que hace, aunque esa forma de usar la lengua es mucho más impersonal que la usada  en una  conversación  normal.  La  llamamos  literatura, aunque no se escriba nada.

Aprender a hacer ese tipo de trabajo —el trabajo de sostener una literatura oral— signifi ca aprender el léxico, la sintaxis, la morfología y la prosodia de la narrativa, y así poder  hablar en historias con la misma fl uidez con la que los hablantes ordinarios hablan en oraciones. Signifi ca, por lo tanto, convertirse realmente en una parte funcional de su propia cascada lingüística, convertirse en parte de la lluvia y en parte del río.

En  las  culturas  neolíticas  la  prosodia  narrativa es casi siempre métrica. Las grandes historias se relatan usualmente en algún tipo de verso medido, por ejemplo el hexámetro dactílico de la  Ilíada y la Odisea:

νδρα μοι ννεπε, μοσα, πολύτροπον,
ς μάλα πολλ
πλάγχθη, πε Τροίης ερν πτολίεθρον
περσεν·
πολλν δ νθρώπων δεν στεα κα
νόον γνω,
πολλ δ γ ν πόντ πάθεν λγεα ν
κατ θυμόν,
ρνύμενος ν τε ψυχν κα νόστον
ταίρων…

Así. En las lenguas mesoamericanas —y también en algunas del este de Indonesia— la prosodia narrativa tiene usualmente una forma diferente. En lugar de que los versos tengan una medida acústica, uno encuentra versos pareados semánticamente: afirmaciones que se parean sintácticamente y que riman en significado, no en sonido. Dennis Tedlock mencionó estos versos pareados esta mañana, cuando nos daba una lección sobre la escritura maya.

En los pueblos nativos de la América más al norte, la  prosodia  narrativa usualmente  toma  otra  forma distinta: ni acústica ni sintáctica, sino fractal y noética. El relato tiene una fi gura como de árbol o de flor, o de cuarteto de cuerdas o de obra en cinco actos. La estructura se percibe no como un orden de sonidos sino como un orden de acciones y significados, y ese orden se repite en escalas que varían, reduciéndose hasta los episodios individuales más pequeños. En haida, por ejemplo, una lengua de la costa de Columbia Británica y del sudeste de Alaska, una de las grandes historias que relata uno de los grandes contadores de historias, un poeta conocido por el nombre de Skaay, comienza así: Ll gidaagang wansuuga.

Ll gidaagang wansuuga.
Skyaamskun ghinwaay llaghan ttl gitghan
jihlgwagaangang wansuuga.
Ll xhaatgha llagha kkuugagang wansuuga.
Ll daaghalang stins:
nang dlquunas
gyaan ising nang hittaghaniina.

Tal vez escuchen aquí algunos patrones acústicos y sintácticos, pero ésos no son los patrones sobre los que se construye el poema. Para encontrar la estructura de la historia tendríamos que escuchar todo el poema y luego recorrerlo una vez más.

Les digo todo eso para poder afirmar que hay, por así decirlo, mucho que leer en una cultura oral y también mucho que reflexionar. Sólo que lo tienes que leer con los oídos, no con los ojos. En una cultura oral, la lengua sólo se escribe si alguien como Boas o Melville Jacobs llega de afuera y toma un dictado, o alguien como Jacobs o Dennis Tedlock llega con una grabadora y encuentra el momento preciso para apretar el botón. Aun entonces la versión escrita no circulará dentro de la cultura misma. Dentro de esa cultura, las palabras sólo se escriben en el aire y la gente sigue leyendo con sus oídos, pero sí leen en un sentido trascendental de la palabra. Sí prestan atención, de manera sostenida y profunda, a largas y complejas cadenas de símbolos y signos.


III

Una definición inmaterial del libro va de la mano, a mi parecer, con una definición  inmaterial  de  la  lectura. En el sentido más amplio, creo que significa simplemente presentar atención a lo que está frente a ti y tratar de entenderlo. Los peces lo hacen cuando nadan en el agua. Los pájaros lo hacen al volar por el aire y al posarse en los árboles o en los postes de luz a esperar el desayuno. Los gusanos lo hacen cuando pican  la  tierra  y  yo  lo  hago,  no sólo en  la  biblioteca, sino también cuando escucho esos pájaros o cuando miro el agua y pienso en esos peces. Esta forma fundamental de la lectura es mucho más antigua que la primera inscripción protoliteraria, más antigua que el habla humana, más aún que los primeros primates anónimos que trepaban los árboles del norte de África hace unos sesenta millones de años. El mundo de esos tempranos lectores ha sufrido la acción de los seres humanos y sus máquinas en los últimos siglos, pero sigue existiendo, y ese tipo de lectura sigue existiendo. A donde va la seguimos.

En el sentido amplio de la palabra, también hay escritura en ese mundo. Hay millones de criaturas que escriben significados en el aire y en la tierra, que lloran, gritan y hacen gestos, que abren caminos y dejan rastros. Pero las criaturas que no están en la cima de la cadena alimenticia tienen que leer más de lo que escriben. En este reino la lectura es más abundante, más importante y cotidiana que la escritura. Es lo que tienes que hacer, día tras día, para comer y aplazar el día en que tú, a tu vez, serás alimento.

Ese tipo de lectura y escritura no sólo es casi universal, es también natural.

En el sentido estricto, como todos sabemos, escribir y leer se refiere a una actividad que sólo la practican grupos muy organizados de seres humanos, conocedores de la agricultura y proclives a llevar registros administrativos: significa crear y descifrar signos visibles relacionados con esa cosa invisible y casi intangible, pero extremadamente peligrosa, llamada el habla humana. Después de que este tipo de lectura y escritura se pone en marcha, lo tomamos prestado personas que no estamos tan enfocadas a la administración: bichos raros como yo, que quieren usarlo para darle a las historias y los poemas y las ideas y las composiciones musicales una existencia material independiente, semipermanente; lo hacemos para que hablen por sí mismas, como las pinturas y las esculturas.

Por lo general, a ese tipo de lectura y escritura se le llama artificial. Sólo existe cuando grupos muy organizados de seres humanos dedican mucho tiempo y esfuerzo para mantenerlo. Pero algunas de las cosas que se hacen con él y algunas de las cosas para las que se usa no son de ninguna manera artificiales.

Margaret  Atwood  habló  al  principio  de  este  simposio sobre ese cambio crucial desde la escritura de los propietarios y los clérigos, que querían mantener el control sobre lo que era suyo, a la escritura de los pensadores y oyentes, que querían estar en contacto con lo que oían. Desde luego, ambos tipos de escritura todavía existen, pero es el último tipo el que asociamos con los escritores y también con los lectores.

Dije hace un momento que la escritura de los seres humanos es llamada artificial, pero artificial es una palabra engañosa. Hay evidencia de que este
tipo de lectura y escritura es, en ciertas condiciones, natural e inevitable para los seres humanos.

La evidencia es clara. Más de una vez, grupos muy organizados de personas inventaron y desarrollaron sistemas de escritura, independientes los unos de los otros, en lugares extremadamente alejados.
¿Cuántas veces? No lo sabemos, pero al menos tres: cerca del Tigris y el Éufrates en Mesopotamia, cerca del Huáng Hé o río Amarillo en China central y cerca de Río Azul en Yucatán y el norte de Guatemala, a donde Dennis Tedlock nos llevó esta mañana. El valle del Nilo en el norte de Egipto y el valle del Indo en el sur de Paquistán, entre otros, son lugares donde los seres humanos claramente inventaron la escritura y donde la invención tal vez fue esencialmente independiente de toda influencia externa.

Si parece que la escritura ama los ríos es porque la escritura ama la agricultura y eso se debe a que la escritura es una forma avanzada de agricultura lingüística. “Escribir es plantar”, dice un poema que recuerdo de algún lado, y leer es cosechar. La cosecha siempre ha sido un tiempo de celebración, pero también significa trabajo. Hay lugares donde las personas todavía lo hacen por sí mismas y donde saben bien que a su vez genera más trabajo: trillar y moler, pelar y cocer, deshuesar y secar, y luego a seguir celebrando. En las sociedades industriales, todas estas actividades cruciales están ya mecanizadas. Tengo una fuerte corazonada de que el impulso por digitalizar libros y distribuirlos por internet a máquinas lectoras surge de un sueño similar: un deseo por construir máquinas que escriban y editen e impriman y lean los libros por nosotros, mientras nosotros subimos a ver la tele.

IV

Como todas las granjas, todas las civilizaciones decaen tarde o temprano y sus sistemas de escritura frecuentemente fracasan con ellas. De los sistemas tempranos que conocemos, hay dos ganadores indiscutibles. Uno fue la escritura logográfica desarrollada cerca del río Amarillo, que se ha ramificado en decenas de millares de pictogramas que representan el léxico del Han chino, las dos escrituras silábicas japonesas (hiragana y katakana) y el hangul o escritura coreana. (La escritura coreana, por cierto, consta de un sutil y compacto alfabeto fonético escrito con grupos silábicos, pero se desarrolló, como los silabarios japoneses, a partir de los elementos fonéticos de la escritura china.) El otro gran ganador fue la escritura consonántica de los fenicios, que ahora tiene cientos de descendientes: los alfabetos latino, griego y cirílico, los sistemas consonánticos hebreo y arábigo, todas las escrituras silábicas de la India y el Tíbet, y muchas más.

Las grandes tradiciones escriturales y caligráficas —chino, japonés y coreano por un lado; latín, árabe, persa, devanagari y javanés por el otro— han crecido de estas dos raíces.

Cuando una escritura es tan compleja como la de estas grandes culturas, se crea una fuerte unión física entre leer y escribir. En nuestra tristemente decadente y mecanizada sociedad, las personas aprenden las técnicas rudimentarias de leer y escribir más o menos a la par, pero en nuestro mundo las dos cosas tienen poco que ver. Las formas de las letras que escribimos y las que leemos son realmente diferentes —a menos de que seamos Kris Holmes o Hermann Zapf o Matthew Carter, pero la mayoría no lo somos—. En una verdadera cultura caligráfica —la dinastía Tang en China, el Japón de los Fujiwara, el Quattrocento italiano, la Turquía otomana o Bagdad en tiempos del califato abasí—, las cosas son distintas. En cualquiera de estas culturas, la escritura es una profesión especializada, sólo saben leer y escribir quienes lo necesitan y la escritura se considera como un baile de la mano, algo sumamente refinado y apreciado. No es como hablar, cosa que cualquiera puede  hacer,  sino  como  bailar  ballet  o tocar el violonchelo. No toda la gente que hace estas cosas lo hace tan bien como Nijinsky o Rostropovich, pero en ese tipo de cultura no aprendes a leer sin adquirir cuando menos un poco de habilidad caligráfica. Así que, si vives en este tipo de cultura y has aprendido a leer, también tienes una conexión física con cada letra o carácter. Tienes cierta sensibilidad para apreciar una página. Cuando un pianista escucha a alguien más tocar el piano, sabe lo que está pasando. Puede sentir en sus hombros y antebrazos y dedos lo que hace el otro músico. En una cultura caligráfi ca eso es lo que pasa cuando la gente  lee.  Uno  sabe  cómo  se  hizo cada  trazo,  cada remate, cada adorno.

Cuando llega la imprenta a una cultura caligráfica, se empieza a erosionar ese lazo. En China esto ocurrió en una época temprana, pero la erosión fue incompleta. La imprenta funcionaba con tipos de madera, en los que equipos de artesanos tallaban páginas enteras y las letras desarrollaron un estilo que se llama songti o mingti, los cuales están llenos de ángulos, remates remarcados y trazos de grosor uniforme. Los tipos de letra usados comúnmente para los libros impresos en China aún tienen ese estilo, que poco se parece a la caligrafía oriental.

La imprenta y la escritura se separaron sin remedio, pero la caligrafía sobrevivió como un arte tanto popular como aristocrático, con un aura de prestigio. En Europa occidental el proceso fue diferente.

Chinos y coreanos tuvieron tipos móviles mucho antes que los europeos, pero para una escritura con miles de caracteres los tipos móviles causaban grandes problemas de almacenamiento y manejo, por lo que los impresores coreanos y chinos los habían abandonado mucho antes de que Gutenberg naciera.  Cuando los  europeos  finalmente intentaron  usarlos,  se  dieron  cuenta  de  que  se adaptaba  a su escritura perfectamente. Si imprimes con tipos de madera, tienes que tallar cada carácter cada vez que aparece. Por lo tanto, tienes que tallar muy rápido. Con los tipos móviles, tienes que tallar cada carácter en cada tamaño una sola vez, o unas pocas veces, y luego fundes copias de lo que has tallado. Si tu  conjunto  de  caracteres  es  enorme,  también  tienes que tallar con rapidez. Si el conjunto de caracteres es pequeño, puedes dedicar mucho tiempo al tallado, como hicieron los talladores de tipos europeos. Aprendieron a imitar la mano de algunos escribas. Así que, por un tiempo, en la Europa del siglo XVI, la relación visceral, sensorial, entre leer y escribir —la habilidad para apreciar la forma de cada letra— sobrevivió a pesar del cambio de la caligrafía a la imprenta. La caligrafía sobrevivió también

* “Pero las enseñanzas no se pueden transportar en otra vasija, sino que es  necesario,  después  de  entregar  su  precio,  recogerlas  con  el  alma  propia”,  Platón, Protágoras 314b,  Diálogos  I, traducción de Julio Calogne, Emilio Lledó y Carlos García Gual, Madrid, Gredos, 2008, p. 512. [N. del t.]

Articulo : http://www.elboomeran.com 14/02/2013