mercredi 6 mars 2013

Blanca BERASÁTEGUI/Rafael CHIRBES: “Crematorio era el esplendor y En la orilla es la caída”


Rafael Chirbes
“Crematorio era el esplendor y En la orilla es la caída”
Por Blanca BERASÁTEGUI 

La cara oculta, el patio trasero y sórdido de Crematorio, que siempre estuvo ahí pero al que nadie miraba. Desde allí, desde las aguas podridas del pantano ha escrito Rafael Chirbes 'En la orilla', su nueva novela, que lanza el próximo día 5 la editorial Anagrama. Una historia llena de vidas derrotadas, de sueños rotos, de la mejor literatura. Hablamos con el escritor y publicamos en exclusiva los primeros tramos de su novela.

Que sólo escribe de lo que ven sus ojos ya lo sabíamos, pero es que ahora “ya ni anoto en mis cuadernillos”, dice Rafael Chirbes para confirmar su estado de narrador anárquico. Lo que ven esos ojos sabios de lecturas y descreídos de tanto mirar es obsesivamente desolador y huele a fracaso. Sí, Chirbes ha vuelto a hacerlo: se ha pasado estos seis últimos años plantado en el marjal, mirando y mirando, y ha escrito En la orilla. Al pantano lo ha hecho protagonista y por sus aguas fangosas ha lanzado a un coro de hombres y mujeres para que vivan sus pobres vidas sórdidas y desoladas, al borde del desahucio. La novela es de una densidad literaria y una carga simbólica apabullantes. Retumban las voces desde el estercolero, y en ese patio trasero que teníamos olvidado todo son sueños rotos. 

Chirbes sabe bien que un escritor se carga mirando y leyendo. “Digamos que entre novela y novela, lo que hago es... novela. Últimamente me cuesta cada vez más escribir, e incluso dar mi opinión sobre las cosas. Yo antes escribía en unos cuadernitos y apuntaba lo que leía, ahora ni siquiera. Porque todo me da la impresión de estar ya dicho, de que todo está trillado. Además, no tengo suficientes datos, no sabemos casi nada de las cosas... Desconocemos los intereses que hay detrás de casi todo... Libia, Mali...las maniobras de los servicios secretos... ¿Qué hay detrás? Nadie lo sabe. Así que ya sólo escribo de lo que veo y no a través de lo que me cuentan, claro que, según se mire, porque siempre escribo de lo que me cuentan los distintos modelos literarios. De esos no te puedes escapar nunca. Cuando escribía Mimoun(1988) tenía en la cabeza Otra vuelta de tuerca, de Henry James; cuando La buena letra (1992), pues siempre andaba por ahí el Lazarillo, con su peculiar ingenuidad y sabiduría. Con cada libro, una referencia. Con Crematorio (2007), tenía a Lucrecio y La Celestina

-¿Y En la orilla...?
-No lo sé. Es un libro que no tiene trama, porque cada vez me interesa menos la trama. La trama es una dictadura, lo decía Benet... En esta novela hay voces, luego un río central, que es el personaje, y yo quise desde el principio que fuera como un concertante, donde las distintas voces tuvieran el mismo tono y formaran un coro que contara lo único que me interesa contar, que es lo que está pasando. Es un libro discursivo, un libro que se me va constantemente hacia los lados, pero bueno, pensaba, si eso me sirve para abarcar más y consigo que se mantenga la tensión.... y me acordaba mientras escribía de la Historia de una barrica, de Swift, que es pura digresión. ¿Por qué no se puede contar yéndose uno por las ramas, y que éstas formen parte del tronco? Esa era la idea. 

Seis años cociendo en la orilla

La novela sale el próximo día 5, y Chirbes se nota expectante y hasta temeroso. Inseguro. Es lo menos petulante que he visto en mi vida. Y vean qué sincero: “Ayer recibí el primer ejemplar, me abalancé sobre él, empecé a ponerme colorao colorao, y me llevé un berrinche tremendo.Yo antes terminaba las novelas en estado de éxtasis, y, en cambio, últimamente me siento abatido y digo ‘no es esto, no es esto'”. Las espléndidas páginas de En la orilla las ve más tarde, ya retirada la ansiedad y sobrevenida la cordura. 

Han pasado seis años desde Crematorio y todo este tiempo ha tenido En la orilla cociendo en la caldera. “No todos somos Galdós, que en dos meses escribe un libro y ya quisiera el gato lamer el plato; otros escritores sólo podemos escribir cuando cocemos de tal manera las cosas que ya el plato parece que tiene otro sabor. ¿Que cómo lo preparo? Muy lentamente. De repente oigo voces, me llegan flashes, y escribo un diálogo, y lo dejo ahí, luego escribo un esbozo como de cuento, hasta que veo que esas cosas se van relacionando, y voy uniéndolas. Luego llega la etapa de las dudas, porque como todo lo hago a trozos, mezclando, como un rompecabezas...” 

-Dice que hasta el final no conoce el final de la novela.
-Es cierto. Si lo tuviera en la cabeza, creo que no lo escribiría. Y si tuviera en la cabeza de lo que trata el libro... tampoco. Qué envidia me dan esos escritores que lo tienen todo tan claro. Yo nada. Sigo creyendo que me salen las cosas por puñetera casualidad y nunca sé si voy a volver a escribir otro. Soy un escritor amateur, sigo siéndolo. 

Hace años Chirbes aseguraba que Crematorio le acabó resultando antipática, porque le ha tenido en un pozo oscuro. Pero En la orilla nace de las pavesas de Crematorio, del mal olor que deja la especulación y una crisis que trasciende lo económico. 

-Digamos que Crematorio es la primera línea de playa, y ésta es el pantano.Crematorio es el esplendor, y ésta es la caída. Crematorio es el fuego que arde deprisa, y en ésta es el rescoldo, porque detrás de esta falsa modernidad que hemos vivido, hay un pozo y hay un pantano que siguen estando ahí, cada vez están más podridos. Porque todos somos ahora muy modernos pero aquí siguen funcionando los mismos esquemas, los viejos tópicos franquistas. No tengo la impresión de que haya cambiado tanto el nervio de la sociedad. Enseguida ves cómo, por debajo, los comportamientos tienen una continuidad con la España que conocí a los diez años. Esta novela tiene el afán de, además de que el pantano sirva como metáfora, ser una narración en la que estén imbricados el pasado y el presente, la guerra y la posguerra, porque los mecanismos por los que unos se enriquecieron siguen funcionando y todo es como una pasta espesa y pringosa.

Y entonces el escritor dice sentir miedo. Habla y habla, discursivamente, yéndose continuamente por las ramas, como las gentes de su novela, y ve que muchas de las cosas que ha escrito, que parecían exageraciones novelescas, luego han ido sucediendo y la gente las asume. 

Un mundo de delatores

-Y eso me da miedo, porque aunque todo parece que cabalga desbocado, por otro lado veo a un país puritano, exigente, veo que nos vamos convirtiendo en un coro inquisitorial y eso me asusta. Un mundo de delatores, como si aquí nunca hubiéramos cobrado en dinero negro, como si nadie hubiera hecho trabajos sin factura... Y si a este espíritu inquisidor le acompañara una gente que se ha leído Las Tormentas del 48 de Galdós y entiende lo que es un movimiento, una revolución.... pues bueno. Pero no, aquí no tenemos formación política, y todo es improvisación y gamberreo. “Las redes sociales arden” oigo por ahí. Bueno, pues a mí las redes sociales me dan pánico. Para mí son como esas “tricoteuses” de la revolución francesa, esperando ver rodar cabezas, desde el anonimato, desde la cobardía más absoluta y esperando a ver qué cabeza cae para celebrarlo: ¡Ha caído la del rey!, ¡ha caído la de la princesa! ¡Uff! Todo eso me espanta. Y desconfío, sí, porque veo que todo se está volviendo muy judicial, y cuando se pone en marcha la justicia me echo a temblar. Yo veo que hay una lucha entre el modelo protestante y el católico, que no es sólo política y económica, también moral, entre el norte y el sur, ricos y pobres... y están las kikas esas que cortarían la cabeza a cualquier mujer que decide abortar, y está la sección femenina del PSOE que te fusilaría por mirarle las tetas a la que pasa. Me dan pánico unas y me dan terror las otras. Y me da terror Rubalcaba, y Cayo Lara persiguiendo con celo inquisitorial a sus camaradas extremeños que le fastidian sus pactos con Alfredo. 

-Está claro que no le gusta la España de hoy.
-No me gusta nada y además, me da miedo, ya digo. Por eso estoy en mi casa, solo, dueño de mis palabras y de mis silencios. Y ... no sé por qué digo estas cosas. 

Su fe en la capacidad de transformación de las cosas es cada vez menor, pero Chirbes admira a los que se esfuerzan en cambiarlas. Él no lo hace. No quiere dar falsas esperanzas, no quiere mentir, así que En la orilla resulta agobiantemente triste. Dice uno de sus protagonistas: “Con la edad, aumentan los conocimientos sobre lo desagradable de la vida”. 

-¿Y no es así? ¿A ti no te pasa? 

O “Encerrados en casa, cocían su tristeza en silencio”.
-Ese sería yo, sí. 

O “Espero del ser humano solo lo peor”.
-Bueno, eso no tanto. ¿Sabes que pasa? Hay dos cosas terribles en la vida que no hay manera de despegarse de ellas: el sexo y el dinero. Y en la orilla es un libro sobre estas dos cosas. En realidad, casi todos los libros lo son. ¿Qué es La Celestina? 

O “Los impagados apagan el amor”. Los impagados, es decir, las dificultades, ¿sacan lo peor del ser humano? 
-En la vida privada es así, sale lo peor del hombre, “el depredador originario”, que dice el libro. En la vida pública, se esfuma la retórica que lo envuelve todo y disimula la cruel mecánica de la lucha de clases. La miseria devuelve la lucha de clases al primer plano. Queda a la vista que alguien se lleva la presa y nos deja con la barriga vacía. 

El entorno, la degradación del paisaje que envuelve a los personajes y su denuncia son elementos sustanciales de la novela. Pero cree Chirbes que tenemos una idea romántica del paisaje que nos viene “de esa mentira de que los paisajes son eternos, y no lo son, muchas veces duran menos que nuestras propias vidas”. También denuncia el escritor a esos ecologistas que priman la naturaleza sobre el mismo hombre. 

-Sí, ellos buscan el bien, caiga quien caiga. Cada día hay más leyes que supuestamente nos protegen y en cambio nos dejan más desamparados. Fíjate que, en tiempos de Franco, creo que había unos quince mil presos. Ahora me parece que he leído que hay más de cien mil, y no sé cuántos más en libertad provisional o a las puertas de cumplir condena. Crece el control, el lenguaje benevolente y políticamente correcto como una espada de Damocles. Se tipifican nuevos delitos, al mismo ritmo que se apodera de todo una violencia ambiental y se instala un sutil clima de sospecha. Todos nos sentimos culpables, todos parece que tenemos algo que esconderles a los nuevos inquisidores que se envuelven en el progresismo.Florecen los ejércitos de salvación. Líbrenos Dios de quienes quieren protegernos.

“Que los libros hablen por mi”

El que mejor definió a Rafael Chirbes fue Vázquez Montalbán, con el que tenía tantas afinidades. “Chirbes, una isla que se esfuerza por serlo”, escribió. Ciertamente Chirbes es un solitario, ajeno a modas y generaciones: “El escritor lo que tiene que hacer es escribir y si tienes que hablar mucho de tus libros es que tus libros no hablan por ti. Mala cosa”. Lee a sus colegas contempóraneos, pero tiene poco que ver con ellos. “Los escritores que reniegan de la función de la literatura -capturar verdades, moldear sensibilidades- fingiendo hacerla un homenaje, y la convierten en una casa de muñecas, no me interesan”, dice sin ánimo de molestar. También dice que se siente próximo a Aramburu, que le ha gustado la última novela de Trapiello... Pero sobre todo lee a los alemanes, a los rusos, a los franceses... “¿Te das cuenta, dice, de lo mal que envejecen los libros literarios y qué bien se sostienen los libros que tienen voracidad por el exterior?La literatura sale cuando no la pretendes, si la pretendes, en lugar de un adorno sale una grieta. Pero si capturas eso que no existe, que es la verdad, resiste”. 

-¿Por qué la narrativa española, con excepciones, rehúye hablar de la realidad con una crudeza similar a la suya y prefiere modelos americanos, tal vez más inofensivos?
-Quizá sigue existiendo cierto temor al realismo, herencia de los años en que se lo despreció: parece poco literario contar lo que pasa, como si la literatura fuera algo ajeno, un juguete aparte. Se olvida que la novela es una parcelita de eso que pasa, testigo de su tiempo. Los libros de historia la bajan al suelo y acaban poniéndola en su sitio. 

En Alemania, donde Chirbes es leído y muy respetado (el gran crítico Reich-Ranicki le dedicó dos veces buen espacio en su programa de televisión, algo insólito) la novela mantiene su puesto y participa en debates sobre la construcción del país. ¿Por qué es impensable que eso ocurra aquí?
- No sé. Quizá porque Kant y Bach no nacieron en Tavernes de la Valldigna o en Castellón de la Plana. 

- Pero Galdós nació aquí...
-Sí, sin Galdós no sabríamos casi nada del XIX ¿Es que se puede aprender de alguien mejor que de Galdós? Es que es maravilloso. ¡Qué pandilla de imbéciles supuestamente modernizadores hemos tenido aquí que han despreciado a Galdós! Lo de Las Tormentas del 48, que he leído mucho con esto de los indignados, es inmejorable. Ese Sebo intrigando, esos confidentes de la policía, ese pueblo pagándolo siempre como víctima entre militares y políticos, esa lucidez política... Esa capacidad para tocar a los personajes. ¿Te has fijado que a todos los personajes de Galdós los puedes pellizcar? Si eso no es escribir bien... Le ha pasado igual a Blasco Ibañez, que ha corrido todavía peor suerte, pero léete El intruso, sobre el País Vasco. 

-¿Qué me dice, por cierto, de los indignados?
-Que desconfío mucho porque en realidad no sabemos quién es el sujeto histórico de nuestro tiempo, y eso produce mucha confusión. Uno se ha lanzado a la calle porque está cabreado, el otro porque le resulta un entretenimiento; otros porque son confidentes de la policía, o infiltrados de partidos políticos; los otros se han lanzado porque han ganado los del PP... En fin, un tótum revolútum. Yo no firmo ya manifiestos ni acudo a manifestaciones. ¿Cómo me voy a creer a estas alturas a Cándido Méndez? ¿Y al otro, a su pareja ¿A qué vienen esos aspavientos con la financiación de los partidos si ya lo dijo Alfonso Guerra: ‘Señores, el dinero de Europa se ha acabado. Ahora los ayuntamientos tienen que financiarse'? Y, por supuesto, no me creo al PP, que está en las antípodas de lo que pienso.

Esta situación - continúa Chirbes- me recuerda a la descomposición de la época de la primera Restauración, cuando se daban esas alianzas tan contra natura entre carlistas y republicanos, y eso que entonces había un movimiento obrero sólido. No, lo de ahora es un régimen podrido, porque nació de los oportunistas de un bando y de otro. Aquí socialdemócratas no había ni uno. Aquí había comunistas y anarquistas por un lado, y fascistas por otro. ¿Cómo se formaron los partidos? Se trataba de poder comer de la tarta europea y si para ello había que renunciar a la camisa azul y a la bandera roja pues se renunciaba. Todos los que entraron lo hicieron para comer de la tarta. Y vino el pelotazo, y toda esa gente del sindicalismo que acaba convirtiéndose en clase media y burguesía del nuevo régimen, y que es, por ejemplo, la que ha controlado todos estos años Andalucía. En los años ochenta empezó todo. Lo dijo Solchaga: “España es el país en el que se puede ganar más dinero en menos tiempo”. 

-¿Y ahora?
-Con estos mimbres no creo que se puede hacer gran cosa. Yo veo ahora mucha desenvoltura para dictar las obligaciones ajenas, para denunciar a la mínima y la gente se encuentra poco dispuesta a asumir sus culpas. Además, vivimos la cultura de la lástima. Todo el mundo quiere mostrar sus llagas. Hemos convertido en héroes a los pobres desgraciados. Esa moda que empezó con Callejeros de exhibir los despojos para entretener al personal me parece repugnante. 

Otra vez En la orilla. Pese a la cordialidad de la conversación, a Rafael Chirbes no le gusta hablar de sus libros. Ya lo ha dicho. “Cuando me pregunten de qué trata el libro voy a decir: ‘Pues mire usted, empieza con una cita de Diderot y acaba poniendo Beniarbeig. De eso trata mi libro'. Porque, dime, ¿trata sobre la corrupcion? No. ¿Sobre el crimen? No. ¿Sobre el suicidio? No. ¿De sexo? Tampoco. Al final, insistirán: ‘pero, estaban enamorados, o no'? Pues yo qué sé, contestaré. Si lo supiera, lo hubiera dicho. La literatura trata de la complejidad de la vida”.

***
En la orilla
Rafael CHIRBES
Publicado el 01/03/2013
26 de diciembre de 2010 

El primero en ver la carroña es Ahmed Ouallahi. 

Desde que Esteban cerró la carpintería hace más de un mes, Ahmed pasea todas las mañanas por La Marina. Su amigo Rachid lo lleva en el coche hasta el restaurante en que trabaja como pinche de cocina, y Ahmed camina desde allí hasta el rincón del pantano donde planta la caña y echa la red. Le gusta pescar en el marjal, lejos de los mirones y de los guardias. Cuando cierran la cocina del restaurante -a las tres y media de la tarde-, Rachid lo busca y, sentados en el suelo a la sombra de las cañas, comen sobre un mantel tendido en la hierba. Los une la amistad, pero también se brindan un servicio mutuo. Pagan a medias la gasolina del viejo Ford Mondeo de Rachid, una ganga que consiguió por menos de mil euros y ha resultado ser una ruina porque, según dice, traga gasolina con la misma avidez con que un alemán bebe cerveza. Desde Misent al restaurante hay quince kilómetros, lo que quiere decir que, sumando ida y vuelta, el coche se chupa tres litros. A casi uno treinta el litro, suponen unos cuatro euros diarios sólo en combustible, ciento veinte al mes, a descontar de un sueldo que apenas llega a los mil, ése es el cálculo que le hace Rachid a Ahmed (seguramente, exagera un poco), por lo que Ahmed le abona a su amigo diez euros semanales por el transporte. Si encontrara trabajo, se sacaría el carnet y se compraría su propio vehículo. Con la crisis es fácil encontrar coches y furgonetas de segunda mano a precios irrisorios, otra cosa es el rendimiento que te proporcionen después: coches de los que la gente ha tenido que desprenderse antes de que se los llevara el banco, furgonas de empresas que han quebrado, autocaravanas, camionetas: es época de oportunidades para quien tenga algún euro que invertir comprando a la baja. Lo que no sabes nunca es el regalo envenenado que guardan dentro esas gangas. Consumo desmedido de combustible, piezas que hay que cambiar al poco tiempo, accesorios que se estropean con sólo mirarlos. Lo barato suele salir caro, refunfuña Rachid, mientras le pega un acelerón. Ahí nos hemos gastado medio litro. Vuelve a acelerar. Ahora, otro medio litro. Se ríen. La crisis impone su mandato por todas partes. No sólo en los de abajo. También las empresas están quebradas o a medio quebrar.

El hermano de Rachid trabajaba en un almacén de materiales que tenía siete camiones y otros tantos chóferes, eso fue hace cuatro años. En la actualidad, los han despedido a todos y los camiones permanecen aparcados en la playa de asfalto que hay en las traseras del almacén.Cuando tienen que realizar un porte, contratan por horas a un chófer autónomo que les hace el trabajo en su propio camión, cobra al contado, a tanto la hora, a tanto el kilómetro, y vuelve a quedarse pegado al teléfono móvil, con los brazos cruzados hasta el siguiente encargo. Ahmed y Rachid charlan sobre las posibilidades de negocio que supondría comprar coches usados para revenderlos en Marruecos. 

El restaurante donde trabaja Rachid está al final de la avenida de La Marina, en realidad una carretera paralela a la playa que discurre a espaldas de la primera línea de apartamentos y se alarga entre las urbanizaciones una veintena de kilómetros desde Misent hasta el primer canal de desagüe del pantano. Ahmed camina por la cuneta poco más de un kilómetro para llegar al lugar en que pesca. Lleva la caña al hombro, la red atada a la cintura bajo la chaquetilla del chándal, y una cesta colgada a la espalda por un par de correas, a modo de mochila. Hace tres años, había infinidad de obras en este tramo de La Marina. A ambos lados de la carretera, se sucedían los montones de escombros y las edificaciones en distintas fases constructivas: solares sobre los que empezaba a concentrarse maquinaria; otros en los que la retroexcavadora abría el suelo, sacando de dentro un barro rojizo, o en los que las hormigoneras rellenaban los cimientos. Pilares de los que surgían varas de hierro, tirantes y planchas de mallazo, palés de ladrillos, montones de arena, sacos de morcem. Por todas partes se movían las cuadrillas de albañiles. Algunas fincas en las que las obras habían concluido estaban cubiertas de andamios donde hormigueaban los pintores, mientras en sus aledaños grupos de hombres removían la tierra, ajardinaban, plantaban árboles -viejos olivos, palmeras, pinos, algarrobos- y arbustos de esos que las guías definen como característicos de la flora ornamental mediterránea: baladres, jazmines, galanes de noche, claveles, rosales, y matas de hierbas aromáticas: tomillo, orégano, romero, salvia. La red de carreteras que cruza la zona soportaba un incesante tráfico de camiones que transportaban palmeras, olivos centenarios que apenas se acomodaban al hueco de las enormes macetas en que los trasladaban, o frondosos algarrobos. El aire se llenaba con el ruido metálico de los vehículos que acarreaban material de obra, contenedores para escombros, autocargantes, góndolas que trasladaban retroexcavadoras, hormigoneras. El conjunto transmitía sensación de activa colmena. 

En la soleada mañana de hoy, todo aparece tranquilo y solitario, ni una grúa rompe la línea del horizonte, ningún ruido metálico quiebra el aire, ningún zumbido, ningún martilleo agreden el oído. El primer día que fueron juntos en el coche tras quedarse Ahmed en el paro, su amigo Rachid se rió de él cuando le dijo que lo acompañaba hasta el restaurante porque iba a buscar trabajo en las obras de La Marina. ¿Trabajo? Como no sea de enterrador de suicidas, se burló Rachid. Ma keinch al jadima. Oualó. No hay trabajo, nada. Ni una sola obra en marcha en La Marina, ni media. En los buenos tiempos, muchos peones cobraban la semanada y no volvían a presentarse en el tajo porque encontraban sitios donde les ofrecían mejores condiciones. Ahora, en los balcones cuelgan carteles disuasorios. Alguien que solicita trabajo se ha convertido en animal molesto. TENEMOS CUBIERTA LA PLANTILLA DE JARDINERÍA Y MANTENIMIMENTO. NO SE NECESITA PERSONAL. ABSTENERSE, dice el cartel expuesto en los apartamentos que se levantan junto al restaurante. Por todas partes las letras rojas o negras de los carteles: SE ALQUILA SE VENDE DISPONIBLE SE ALQUILA CON OPCIÓN A COMPRA EN VENTA OPORTUNIDAD DESCUENTO DEL CUARENTA POR CIENTO, y un número de teléfono debajo. La radio habla cada mañana del estallido de la burbuja inmobiliaria, la desbocada deuda pública, la prima de riesgo, la quiebra de las cajas de ahorros y la necesidad de establecer recortes sociales y llevar a cabo una reforma laboral. Es la crisis. 

Las cifras del paro en España superan el veinte por ciento y el año que viene pueden subir hasta el veintitrés o veinticuatro. Muchos de los emigrantes viven del subsidio de desempleo, como él empezará a hacerlo, o como se supone que empezará a hacerlo en unos días, porque en la oficina del INEM, después de tener que rellenar unos cuantos papeles y hacer cola varias veces, le han dicho que tardará algún tiempo en cobrar el primer plazo. Hace cinco o seis años, todo el mundo trabajaba. La comarca entera en obras. Parecía que no iba a quedarse ni un centímetro de terreno sin hormigonar; en la actualidad, el paisaje tiene algo de campo de batalla abandonado, o de territorio sujeto a un armisticio: tierras cubiertas de hierba, naranjales convertidos en solares; frutales descuidados, muchos de ellos secos; tapias que encierran pedazos de nada. Cuando llegó a España, la mayoría de los peones de albañil de la comarca eran paisanos suyos, él mismo encontró en la obra sus primeros trabajos; después se presentaron los ecuatorianos, los peruanos, los bolivianos y los colombianos. Últimamente, ni lo uno ni lo otro. Los marroquíes se van a Francia, a Alemania, los latinoamericanos regresan a sus países, a pesar de que se habían convertido en los obreros más apreciados. Los empresarios confiaban en ellos por cuestiones de lengua, de religión, de carácter y, sobre todo, porque desde que se produjeron los atentados de 2004 en Madrid, levanta sospechas cualquiera que venga de Marruecos (la mayoría de los que se supone que pusieron las bombas fueron marroquíes) y tenga algo que ver con el islam y el islamismo. 

Ahmed piensa que los propios marroquíes colaboran en aguzar esa desconfianza y en dificultar las cosas. Sus amigos albañiles, que unos años antes bebían, fumaban y compartían porro con los españoles de la cuadrilla en la que trabajaban, se declaran practicantes, rechazan ofendidos la litrona que circula en la comida de mediodía, y, al concluir la jornada laboral, no entran en el bar. No asisten a la comida de empresa, o exigen un menú halal.Algunos reclaman que se cambie el horario laboral durante el ramadán. Hamak y Jamak. Burros y locos, los llama Ahmed. Moros y cristianos sólo entran en contacto para ver quién le da por culo a quién. Los domingos por la tarde, cuando las calles de Olba se quedan vacías porque los habitantes han ido a comer en familia, o a la playa, los marroquíes caminan solitarios; o se sientan en los quitamiedos de la carretera de Misent, en los bolardos de las aceras. Ahmed se pelea con los paisanos que, durante el ramadán, les exigen a los capataces que suspendan la pausa de la comida de mediodía y, a cambio, acorten la jornada laboral. Los putos moros estáis locos, se le quejó uno de los encargados cuando trabajaba en la carpintería y fue a descargar una partida de puertas a la obra de Pedrós. No voy a misa, ni quiero saber nada de los curas, y vosotros me pedís que ayune en el ramadán. ¿Qué les digo al chófer de la pluma, al de la retro, al de la hormigonera?, ¿qué no coman y ya merendarán a la tarde cuando vuelvan a casa?, ¿que no beban ni una gota de agua mientras se desloman a pleno sol a treinta y muchos grados de temperatura y con una humedad del setenta por ciento? 

Ahmed discute con sus paisanos: como si los nasrani no nos tuvieran bastante manía, y estuvieseis deseando que nos manden a la mierda, le dijo a Abdeljaq, que había convencido a los otros compañeros de piso para que no bebiesen cerveza con los españoles, alejaos de los impuros decía. Cuando se excitaba, aseguraba que no tardaría en llegar el día en que vieran de qué color tienen la sangre del cuello los cerdos nazarenos. Nos necesitan, argumentaba Abdeljaq, y mientras nos necesiten tendrán que aguantarnos, y si dejan de necesitarnos, se librarán de nosotros por mucho que recemos ese padrenuestro que rezan ellos y hagamos la señal de la cruz saltando con el pulgar de la frente al pecho. 

Abdeljaq celebró las bombas de Atocha. Dijo que la cara de Allah se veía con más claridad en el cielo. Hizo sus abluciones, rezó mirando a La Meca, y cocinó un mechui de cordero que se tomó vestido con gandora blanca. Todo muy ceremonioso: celebraba el martirio y la venganza. Miradla, decía señalando la pantalla de la televisión mientras chupaba del cigarrillo de hachís, está ahí, la sangre infiel. Bismillah. En la televisión, hierros retorcidos, individuos que caminaban cubriéndose la cara con las manos ensangrentadas. Ahmed criticaba a Abdeljaq cuando se quedaba a solas con Rachid: ¿ves? Los nazarenos ya no nos necesitan, así que de los primeros que prescinden es de nosotros, que somos los que les ponemos las cosas más difíciles. Prefieren quedarse con los colombianos, con los ecuatorianos. Abdeljaq blasfema. ¿Cómo puede creer alguien que está viendo el rostro de Allah? Es la blasfemia más grande que puede proferir un musulmán. Pero a Abdeljaq se le iluminan los ojos como si de verdad estuviera viéndola. Una cara feroz y satisfecha. Habla igual que un predicador fanático, profeta de la venganza: hoy nos pisan los nazarenos, les limpiamos la mierda de los retretes, les servimos sus asquerosos vinos en los bares, les construimos las casas en las que comen jaluf y follan sin hacer las abluciones ni lavarse el semen de sus prepucios, nuestras mujeres les hacen las camas y estiran las sábanas impuras, pero se acerca el día en que seremos nosotros los que los llevemos atados con una cadena por el cuello, caminando a cuatro patas. Ladrarán a las puertas de nuestras casas como lo que son: perros; y serán ellos quienes, con la lengua, nos saquen brillo a lasbelgha. A los hermanos musulmanes de América se los llevaron en barco atados con cuerdas, sujetos con cadenas, metidos en jaulas, como llevaban los caballos, las cabras, las gallinas y los cerdos. Los negros musulmanes eran nada más que animales de trabajo para los yanquis cristianos. Llega la hora de demostrarles que somos hombres que saben luchar por lo suyo. 

Ahmed argumenta: ¿es que no hay musulmanes ricos? Todos esos jeques del Golfo. ¿Y acaso los musulmanes ricos no son aún peores que los cristianos ricos? Además, los cazadores de esclavos africanos eran en su mayoría árabes. Musulmanes que esclavizaban a musulmanes.Abdeljaq niega moviendo la cabeza, se indigna: mentiras de los infieles. Pero Ahmed lo ha visto en reportajes de la televisión, y sabe que es verdad. De un extremo a otro de África temían a los árabes comerciantes de carne humana, y los temían en la India, en Indonesia, en las costas del sur de China. A ésos no les importaba la religión que tuvieran los esclavos que capturaban, cristianos, musulmanes, animistas, hindúes, budistas. Toda carne era buena para llenar las jaulas en las bodegas del barco. ¿Y qué me dices de los jedives turcos? Más crueles en sus torturas que los cristianos. ¿Y nuestros reyes?, ¿o no estamos aquí porque el difunto Hassan y su hijo Mohamed y su familia nos han echado de casa? Servimos a los perros cristianos porque nuestros perros están aún más rabiosos, nos clavan los dientes más hondo. Aquí nos tratan como a criados, allí nos han tratado como a esclavos. Hijos de puta son los hombres, el género humano, no importa el Dios en que crean o digan creer. Todos nacemos de un tabún. ¿Tú te crees que Allah bendice a esos ricachones de Fez o de Marraquech que vuelven de La Meca haciendo sonar panderos y tocando el claxon de su Mercedes importado para que toda la población vea que son lo suficientemente poderosos para haber hecho la peregrinación y poder llamarse haj? ¿Que cumplen mejor con el Corán? ¿Porque han dado las siete vueltas a la Kaaba, han correteado siete veces entre las colinas de As-Safa y Al-Marwah, y han bebido del pozo de Zamzam? Yo correteo de acá para allá setenta veces siete cada día para poder ganarme el pan. Y bebo el agua salada del pozo que guarda mi sudor. Y ellos, desde su hotel de lujo de La Meca, te humillan diciéndote que son mejores creyentes porque se permiten ir donde tú no puedes. Porque se pueden pagar el viaje a La Meca -peregrinos de primera clase en Boeing-, están convencidos de que entrarán en el paraíso antes que tú, que eres un desgraciado. ¿Es que en el cielo de Allah también habrá ricos y pobres, gente que va en Mercedes y gente que limpia los retretes de otros? ¿Qué mierda de religión es ésa? ¿Es eso el islam? Abdeljaq, te aseguro que esos peregrinos entrarán en el infierno antes que los cristianos. Que no te quepa duda. 

Ahmed ha recorrido algo más de un kilómetro desde el lugar en que su amigo Rachid lo dejó esta mañana. Dos putas situadas a la entrada del camino del marjal lo miran con desconfianza, o, al menos, eso le parece a él. Nunca sabe si es verdad que todo el mundo lo mira mal por ser moro o si es él quien se obsesiona y se cree que todo el mundo lo mira con desconfianza. Comerá con Rachid en el prado que hay junto a la charca y por el que ahora camina. Antes de salir de casa, ha tomado té, pan con aceite, un tomate y una lata de sardinas, y, para la jornada, había preparado la tartera con dos huevos duros, unas habas y unas chuletas de cordero empanadas, pero, por desgracia, se ha dejado la tartera en el portamaletas del coche de su amigo. No sé para qué traes nada, eso te lo guardas para la cena, yo sacaré algo de la cocina, buena comida, le dice cada día Rachid: el restaurante en que trabaja aparece en todas las guías, es de los mejores de Misent, pero a Ahmed le da un poco de asco esa carne sacrificada de cualquier manera, le gusta la que compra en la carnicería halal y se cocina él en casa, le gusta lo que llama comida beldi, por eso se lleva cada día su provisión, aunque acaba consumiendo la que trae Rachid. Hoy hace rato que echa de menos la tartera. Tiene hambre. Mira el reloj. Rachid traerá, como cada día, un par de tupervares con guisos en buenas condiciones pero que ya no están para servírselos a los clientes y algunas piezas de fruta o de ver dura que roba o que le dan porque presentan algún defecto. La luz ha empezado a adelgazarse, quebradiza luz de invierno que dora cada cosa que toca. La tarde ofrece suavidad: la superficie del agua, las cañas, las lejanas palmeras, las edificaciones que alcanza a ver a lo lejos, todo se va dorando poco a poco; hasta el perfil del mar que contempla si trepa por la ladera de uno de los médanos deja de ser de un azul intenso para tomar esas irisaciones melosas. Enciende un cigarro para acallar el hambre. Decide aprovechar el tiempo que le queda hasta que vuelva su amigo, y cuando termina de fumarse el cigarro, regresa al rincón de la laguna donde ha dejado la caña bien sujeta entre unos pedruscos, echa la red que lleva atada a la cintura y contempla el espejo del agua en el que los insectos trazan dibujos geométricos con sus finas patas. En la cesta guarda dos lisas de mediano tamaño y una tenca más bien pequeña. No está mal la jornada. La cena de hoy, resuelta. 

Cuando se inclina para echar otra vez la red, llaman su atención ladridos y gruñidos: a pocos metros de donde se encuentra, dos perros pelean disputándose una piltrafa. Se ladran uno a otro. Ahmed coge una piedra del suelo y los amenaza, agitando una mano, al tiempo que, con la otra, les muestra el bastón que lleva consigo cuando viene al marjal. Los perros ni siquiera lo miran. Están ocupados en gruñirse, en mostrarse los dientes. Les arroja la piedra. El proyectil rebota sobre el lomo del más grande, un pastor alemán de pelambrera sucia que, al mover la cabeza, deja ver el brillo del collar: uno de esos perros que los turistas abandonan a fin de temporada y luego vagan asilvestrados por cualquier parte durante meses, hasta que acaba llevándoselos el servicio de recogida de animales. Al recibir el impacto del proyectil, el perro suelta un gemido y se aleja cojeando, momento que aprovecha el otro animal para apoderarse del despojo por el que pelean, y meterse entre los arbustos. La piedra le ha impactado al pastor alemán en el lomo, pero el perro no cojea por el dolor que le ha producido el golpe de la piedra, sino porque no apoya en el suelo una de las patas traseras, mutilada y cubierta de costras. Ahmed supone que ha debido de ser atropellado por algún vehículo, que el animal ha pisado algún cepo o se ha enredado en una alambrada. Corre torpemente, y a la torpeza suma una actitud recelosa. Mientras se aleja, vuelve la cabeza un par de veces, como si quisiera cerciorarse de que el hombre no va tras él ni volverá a castigarlo. Un perro cojo y asustado, aunque Ahmed teme que pretenda guardar la imagen de su agresor en el espejo sanguinolento de los ojos, ¿por qué no un perro vengativo? Pero la posición servil desmiente la agresividad: el animal humilla la cabeza al reemprender con trote irregular su fuga. La actitud indica miedo, sumisión, una bestia a la que han golpeado; a la que se ha hecho sufrir. Ahmed se estremece con un sentimiento que mezcla la pena con la desconfianza hacia algo turbio que la cojera y las llagas revelan. Es asco ante lo sucio, pero también miedo ante lo cruel, la crueldad de un perro vengativo y la crueldad del hombre o los hombres que lo han golpeado. El animal muestra desgarrones en la piel, descarnaduras sanguinolentas, rastros de algo que pueden ser viejas heridas infectadas o síntomas de alguna enfermedad cutánea. 

El otro perro, más pequeño aunque de aspecto más feroz, tiene una reluciente pelambrera negra. Debido a la sorpresa que le causa la reacción del pastor alemán al ser golpeado por la piedra, en su huida hacia la maleza deja caer el pedazo de carne podrida que acaba de capturar. Lo recupera inmediatamente. Se queda con el cuerpo metido entre las cañas, sólo asoma la cabeza en la que destellan dos ojos atentos. La carroña cuelga de su boca. Ahmed, que ha mirado con curiosidad la piltrafa que los dos perros se disputan, la mira en este instante con creciente horror, porque se ha dado cuenta de que la masa de color negruzco por la que pelean los dos perros ofrece formas reconocibles: aunque tostada por la podredumbre y descarnada en algunos lugares, se trata de una mano humana. La curiosidad lo impulsa a seguir mirando, venciendo la repugnancia, el espanto que tira de su mirada hacia otro lado. Ahmed quiere, a la vez, no ver y ver; a la vez quiere no saber y saber. Amenaza con el bastón al perro negro, haciéndole retroceder algunos pasos. El animal gruñe, y aunque recula hacia los matorrales, sigue mirándolo furioso y no suelta su presa, que -ahora ya no le cabe ninguna duda a Ahmed- son los restos de una mano. En el mismo instante en que se asegura de lo que ve, la mirada se le escapa, también queriendo y sin querer, hacia unos bultos hundidos en el barro y situados unos cuantos metros más allá, a la derecha del lugar en el que hace un instante se encontraban los perros. Los bultos lo llevan a situar el origen de la pestilencia que desde hace rato percibía en el aire y nota en este momento más intensa. Dos de los bultos semihundidos en el agua y rebozados en una costra de barro dejan adivinar formas humanas. Los restos del tercer amasijo podrían pertenecer a un hombre mutilado, o al que se le ha hundido en el fango la mayor parte del cuerpo, aunque también podría tratarse de una carroña animal, un perro, una oveja, un cerdo. En cuanto identifica los restos humanos, Ahmed sabe que tiene que marcharse de inmediato. Haber visto lo convierte en cómplice de algo, lo impregna de culpabilidad. Su primer impulso es echar a correr, pero correr lo vuelve más sospechoso: empieza a caminar deprisa apartando las hojas de las cañas que le golpean la cara. 

Articulo : http://www.elcultural.es 01/03/2013